Palabras pronunciadas por la Dra. DULCE MARÍA LOYNAZ en el acto del día 23 de abril de 1978, "Día del Idioma"
Director de la Academia Cubana de la Lengua. Sr. Embajador de España Señores Académicos. Señoras y Señores.
No sé si entre el culto auditorio aquí reunido se encuentra alguien que haya presenciado alguna vez el nacimiento de un río. No es un espectáculo común y en más de una ocasión se esconde tanto que por mucho tiempo, años, siglos, este alumbramiento del agua permanece en la sombra, constituye un misterio geográfico. Porque la Geografía tiene sus misterios como los tiene la Historia. Digo esto ante el hecho de que disponiéndose todos los pueblos de habla hispana a celebrar en el presente año el milenario de nuestro hermoso idioma, son muchas las personas que se me han acercado -atribuyéndome posiblemente más ciencia de la que poseo- para preguntar cómo hemos podido establecer tan remota fecha. No hoy ya, que este acto sólo corresponde a la conmemoración cervantina que es función de la Academia celebrar todos los años, pero en otra ocasión que ella dedique expresamente a festejar el acontecimiento como se propone, esa pregunta muchas veces hecha, será casi contestada. Y explico el casi, porque si difícil nos fue escudriñar en fenómenos que teníamos, puede decirse, en tiempo presente, como en el caso de ciertos ríos, más debe serlo remontar la corriente de los siglos para descubrir la génesis del lenguaje. No obstante, eso se ha hecho. O por lo menos, se acepta ya que fue el año 978 aquel en que aparecieron unas primeras páginas escritas en español. Un español rudimentario, un español de nebulosa, de fruta verde todavía donde la almendra a medio descascarar, ya se adivina jugosa y dulce. Y así como tantas veces el río al nacer sólo parece una madeja de hilos de agua, y luego el agua va creciendo, nutriéndose de nuevas aguas, las que se precipitan en las lluvias, las que descienden de las nevadas cumbres o la embocan en su trayecto los afluentes, hasta convertirse en caudalosa masa líquida, así repito, nuestro caudalosa idioma pasó por maravilla de la naturaleza, sólo que la pasó a través del hombre. Y de un monasterio obscuro, perdido en las soledades de la cantábrica cordillera, salió el idioma un día hace mil años, para convertirse en el torrente luminoso que volcó España en nuestro hemisferio. Gran don fue el suyo, y sólo suyo, aunque después nosotros nos hayamos apresurado en acrecentar la hermosura que se nos confiara. Ahora el idioma es obra de todos: los grandes escritores, oradores, poetas lo afinaron y extrajeron sus más recónditas esencias, se sirvieron con singular maestría del habla popular y hasta le adjudicaron jerarquías que debemos respetar, al menos mientras no se invente nada mejor. Todo esto lo hicieron los maestros del idioma pero el idioma ya estaba allí. Estaba allí y lo seguirá estando mientras la misma masa anónima que le dió la vida no termine también por darle muerte. Porque llegado un punto en el tiempo o en el espacio, el hombre, obediente a no sé qué fuerza ciega, tiende a destruír lo que ha creado. Cuidemos el idioma: es nuestro más legítimo patrimonio y perteneciendo a todos ya, todos estamos en el deber y en el derecho de defenderlo. En el día de hoy tendremos la oportunidad de escuchar a uno de sus más celosos guardadores, a un pulcro administrador de ese caudal, el profesor Don Adolfo Tortoló. Este acucioso investigador, con la modestia y la paciencia que suelen caracterizar al sabio, ha dedicado gran parte de su existencia a seguir el curso de este hilo de agua primigenia que partiendo de recatada celda mínima se echó a correr por altibajos y torrenteras, se echó a crecer en aluvión y todavía está creciendo. Ahora es un río sagrado: tan solo por vanas modas o vanos alardes de rebeldía, no enturbiemos sus linfas con el vocablo torpe o la expresión soez. Son también parte del lenguaje, ya lo sabemos, pero todo tiene su lugar y su hora y la proliferación de tales estridencias en los escritores modernos ya se va haciendo fatigosa, porque es además artificial y rebuscada. Yo no pretendo atar el verbo a un solo estilo, a un solo cánon, como tampoco lo deseo atado a una sola verdad o un solo espejismo. Pero hay varias formas de ataduras y estamos incurriendo en una más, si no se tiene en cuenta otra manera de escribir que no sea sacando de los muelles y los burdeles, palabras hasta ahora relegadas a allí. Los que con material tan poco recomendable nos trufan libros enteros, parecen ignorar que el idioma como los ríos, se traza su propio cauce, busca por sí solo su natural equilibrio. Ni sujeto ni desbordado, lo queremos ver.
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