LA VISITA DEL PAPA A CUBA

 

Año III. No. 17. enero-febrero. 1997


 

Con gran alegría y expectación los católicos cubanos esperamos la anunciada visita de su Santidad el Papa Juan Pablo II en enero de 1998.

Nuestro país es la única nación de este hemisferio que el Papa no ha visitado todavía. Las condiciones no estaban creadas aún y la visita debía ocurrir en el mejor momento, se ha dicho por parte de la Iglesia y del Estado cubanos.

Ahora, luego de una serie de intercambios, visitas y gestos de buena voluntad y entendimiento, parece ser que se van creando aquellas condiciones que se necesitan para que la visita del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica sea verdaderamente lo que debe ser.

En primer lugar, que la visita sea de carácter pastoral, es decir, que la Iglesia Católica que vive en Cuba sea la principal destinataria y organizadora de la visita pontificia. Es el Pastor supremo de la Iglesia que viene a visitar a una parte de su grey que tiene su propia historia en esta Isla desde hace más de 500 años.

El carácter pastoral de la visita papal podría incluir también encuentros y conversaciones con las autoridades de la Nación y con personas del mundo de la cultura, del trabajo, la economía, y de otros ambientes sociales. Del mismo modo podría darse un encuentro con representantes de otras denominaciones religiosas.

El carácter pastoral de la visita del Papa tampoco es obstáculo para que Juan Pablo II sea recibido con los honores y la dignidad de Soberano del Estado Vaticano, responsabilidad que comparte con la principal de sus misiones que es ser Padre espiritual de millones de católicos esparcidos por todo el mundo.

Así lo recibiremos los católicos de Cuba, como se recibe al Padre que quiere con especial ternura a sus hijos. Y nos alegramos de tener todo este año 1997, para que la Iglesia pueda prepararse para este acontecimiento sin antecedentes en la historia de nuestra Patria. En las visitas del Papa resulta definitorio y especialmente importante la preparación que se hace antes de su llegada.

Los católicos cubanos sabemos, por experiencia propia, que el Papa comparte todas nuestras inquietudes, nuestros sufrimientos y esperanzas, que conoce muy a fondo nuestra situación porque la ha vivido en carne propia, aunque las circunstancias históricas varíen y la geografía sea diferente.

Sabemos que conoce nuestra situación, como Iglesia y como Nación, porque el Santo Padre tiene una estrecha y sistemática comunicación con todos los Obispos cubanos, con sacerdotes, religiosas y laicos que lo visitan. Conoce nuestra situación por los enviados especiales –cardenales y obispos- que frecuentemente han visitado nuestro País y han compartido nuestras vivencias desde las iglesias diocesanas hasta el contacto con las más altas autoridades de la nación.

La visita de Monseñor Taurán ha sido un punto culminante y señero en esta comunicación.

El Papa conoce nuestra situación, en fin, especialmente, a través de su representante personal ante el Estado y la Iglesia cubanos que es el Nuncio Apostólico que, cotidianamente, se empeña en acompañar con solicitud cordial a esta Iglesia local y a este noble pueblo del que ella forma parte inseparable.

Los católicos, que conocemos mejor esta cercanía, estamos confiados en que la visita del Santo Padre Juan Pablo II a Cuba será, no sólo para compartir personalmente nuestros "gozos y esperanzas, nuestras tristezas y angustias", sino para confirmarnos en la fe que nos alienta y animarnos "en el amor que todo lo espera".

La visita pastoral del Sumo Pontífice a Cuba será para confirmar y potenciar lo que esta Iglesia está haciendo para anunciar a nuestro pueblo la Buena Noticia de Jesucristo, será para confirmar y fecundar las obras que concretan la triple misión de la Iglesia: el culto, la caridad y el profetismo.

No se puede reducir la misión de la Iglesia, y por tanto la labor del Santo Padre, al culto. Algunos se preocupan sólo por si las misas que va a celebrar el Papa son en locales cerrados o abiertos, en catedrales o en plazas. Esto, como todos comprenderemos, es un asunto absolutamente circunstancial. Esto no define la visita de un líder religioso a una nación de 500 años de tradición católica.

Lo que define la visita del Papa, a nuestra forma de ver, es su encuentro con la Iglesia que vive en Cuba, una Iglesia con sus potencialidades y servicios en franco crecimiento y con sus limitaciones y carencias que le impiden alcanzar a servir a todos los miembros de esta nación que se acercan a ella con gran confianza, profunda credibilidad y muchas espectativas.

Pero el encuentro del Papa con la Iglesia Católica que vive en Cuba es también el encuentro del Santo Padre con el pueblo de esta noble nación de la que la Iglesia forma parte entrañable. No se trata, pues, de que el Papa solamente vaya a preocuparse por los asuntos estrictamente eclesiásticos –si se les pudiera considerar así- pues todo lo que hace la Iglesia es para servir al pueblo del que forma parte y para anunciar la buena noticia del Evangelio a cada hombre concreto, desde su propia historia y esperanzas.

Entonces, nada humano le es ajeno al Papa en sus viajes pastorales, nada que promueva al hombre, su dignidad y sus derechos, su felicidad. En sus viajes por el mundo entero, el Papa va iluminando con los criterios del Evangelio todos los sectores de la vida del hombre: su familia, su trabajo, su cultura, su religión, el país donde vive, con su situación económica, política y social, con su situación nacional e internacional.

En Cuba seguramente podremos enriquecernos con estas sabias y evangélicas enseñanzas del Santo Padre. Ellas encontrarán eco y raíz en las más auténticas tradiciones de nuestra cultura e identidad nacional, que tienen matriz e inspiración cristiana desde Varela, Céspedes y Martí.

Esta esperanza no se funda en los signos externos de esa visita, ni en las genuinas y multitudinarias celebraciones que darán testimonios del amor de los cubanos por este líder religioso mundial. Nuestra esperanza se funda en Jesucristo que es el único Señor de la historia de los hombres y de los pueblos. Él guía a su pueblo por los caminos de la justicia y la paz, por los caminos de la libertad y la solidaridad, por los caminos de la verdad y la misericordia, por los caminos de la reconciliación.

Esta esperanza madura y serena nos impulsa a prepararnos bien para la visita del Vicario del Jesucristo. El Señor le dio a San Pedro –el primer Papa- y a sus sucesores la misión de "confirmar la fe de sus hermanos". Eso hará el Santo Padre; pero debemos pedir al Señor, como los Apóstoles, que "aumente nuestra fe" para que el Papa pueda confirmar una fe más sólida, más autentica, más comprometida, más sacrificada, más feliz.

Pero la fe sin obras está muerta, como nos enseñaba Santiago, por tanto debemos "hacer las obras de la fe" (Santiago 2,26). Esas obras son las que darán veracidad y fecundidad a nuestra fe, las que darán testimonio de la única intensión de la vida cristiana: servir, servir a nuestro pueblo.

Los católicos cubanos debemos decir y hacer como Jesús: "No he venido a ser servido, sino a servir". Esto dice también el Santo Padre cuando visita a las naciones de la tierra. Sirviendo en nombre de Cristo –Servidor, el Papa animará a todos los cubanos a crecer en humanidad, en solidaridad, en justicia, en libertad, en reconciliación, en dignidad.

Pero toca a los católicos cubanos prepararnos para un mejor servicio a nuestro pueblo, para servir a la causa del hombre cubano, para servir al crecimiento espiritual, moral y material de la nación, para promover, sobre todo en los más jóvenes el arraigo patrio, el amor a nuestra cultura y a nuestra historia, el amor a la soberanía y a la identidad nacional. La visita del Papa es un estímulo extraordinario para animarnos en este servicio.

El Papa no vendrá a hacer milagros espectaculares, el no es el Mesías, sino que viene a confirmar la fe en el verdadero Mesías. El Papa no es el Salvador, sino que viene a confirmar la fe en el verdadero Salvador. El Papa viene a confirmar y a potenciar, a bendecir y a animar la fe, la esperanza y el amor de los cubanos.

El Papa viene a confirmar y potenciar, a bendecir y a animar las obras que los católicos y todos los cubanos hayamos sido capaces de emprender para poner en práctica esa fe, esa esperanza y ese amor, aquello que los católicos y todos los cubanos hayamos sido capaces de hacer para contribuir a que Cuba crezca en humanidad, en libertad y solidaridad, en reconciliación y dignidad nacional, en virtud y auténtica religión, en soberanía y servicios desinteresados a las demás naciones de la tierra.

No esperemos más que lo que seamos capaces de ser y hacer en este sentido. Cuando el padre llega a la casa de sus hijos no se pone a hacer lo que les corresponde a ellos, eso los deformaría. El padre conoce las obras de sus hijos y los anima a continuarlas, los estimula con sus experiencia, los alerta con su sabiduría, los acompaña y consuela en sus dificultades, pero deja que sus hijos sean ellos mismos y respeta el ritmo de su crecimiento. Sobre todo se alegra de los progresos de sus hijos y comparte con todo el mundo los avances en su desarrollo. Eso hace un padre: eso hace el Santo Padre.

Corresponde a los hijos crecer, madurar, comprometerse con su casa, con su familia, con Cuba, hacer las obras de la justicia y del bien. Le corresponde a los hijos hacerlo siempre, más aún cuando el padre está lejos, ellos tienen que aprender a arreglar su casa porque debe estar arreglada, y porque la convivencia se hace más feliz... Y cuando el padre anuncia la esperada visita lo principal está hecho, han sido las obras de toda la vida, ha sido el crecimiento de cada mañana, ha sido el sacrificio callado y perseverante de cada noche oscura, han sido las obras de la luz.

En la medida en que esas obras sean más auténticas y hayan servido más a la familia cubana, mayor alegría le daremos al Padre. En la medida en que se acorte la diferencia entre lo que se dice en la cumbre y lo que se hace en lo cotidiano. En la medida en que el padre encuentre más maduros y responsables, más libres y solidarios a sus hijos, de modo que puedan resolver por sí mismos los problemas de la casa, entonces más se alegrará toda la familia cubana.

Aunque siempre nos gusta hacer algo especial cuando nos visita nuestro padre, la familia sabe bien que lo menos importante son los detalles de última hora, que sólo son gestos que demuestran el cariño que hemos cultivado en el silencio. Estos gestos hacen también la alegría del padre y de los hijos. Pero no podrán agregar casi nada a esa preparación sosegada de la virtud que crece en lo cotidiano, de las semillas de luz que fecundan los surcos de la vida, y de las obras del Espíritu que renuevan a la humanidad.

Seguir sembrando estas semillas con paz, cultivar con empeño la tierra cubana para que de frutos y compartir con amor el pan caliente del hogar nacional: así prepararemos la visita del Padre Peregrino desde ahora y hasta enero de 1998.

Sea así.

 

Pinar del Río, 25 de Diciembre de 1996