| El tiempo es la oportunidad que Dios da a los hombres para ejercer su
libertad y su responsabilidad. Los días y los años son ritmos vitales que van marcando
el paso de la gente y de los pueblos.
En el trance de esos ritmos humanos cada tiempo puede ser ocasión de
progresos y retrocesos. Los que ven la vida desde la rutina de la cotidianidad pueden
perder la perspectiva del camino. Es necesario alzar los ojos para ver hacia atrás lo que
hemos avanzado; hacia delante, lo que nos falta, y hacia arriba, para recibir las luces
que permiten el balance.
Es por eso que los grandes acontecimientos provocan valoraciones en sus
aniversarios. Exigen recuento, gozo renovado por lo que hemos vivido, nuevo impulso para
que "no se apague la esperanza". Hace un año de la visita del Santo
Padre Juan Pablo II a Cuba y nos vemos animados a evocar lo ocurrido, rastrear sus
consecuencias, sacar lecciones, buscar inspiración para seguir adelante.
Sabemos que un año permite una perspectiva serena del acontecimiento pero no
histórica. La historia se irá delineando con el paso de mucho más tiempo y sólo
entonces se podrá valorar con cierta veracidad lo que ha significado este evento eclesial
en el devenir de la nación cubana.
Pero vivimos de los "signos de los tiempos" y al compás de
sus ritmos naturales. Un año es un pulso y debemos sentirlo, vivirlo, apreciarlo en toda
su intensidad.
La visita ha sido ante todo un acontecimiento de fe. Es decir, que la primera
señal ha sido recibida como un renacer de la religión que sale a la calle porque hace
tiempo latía en el secreto de las conciencias. La manifestación pública de la fe es ya,
de por sí, un gran regalo para el alma de los pueblos. Los cinco días de expansión de
nuestras creencias no significaron tanto un hecho extraordinario, cuanto el regreso
temporal a la normalidad de la libertad religiosa a la que todo pueblo tiene derecho
natural. Lo vemos más excepcional porque precisamente estábamos, y aún seguimos, en una
situación anómala con relación a la manifestación pública de la conciencia de fe.
De esta primera constatación deviene el primer desafío de la visita: la
normalización de la libertad religiosa en Cuba, que por supuesto incluye como aspecto
esencial la dimensión social de la fe. Es decir, la participación activa y generosa de
los creyentes en todos los ámbitos de la vida civil.
Muchas veces se restringe la normalización de la libertad religiosa a la
mejoría formal de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, o incluso, aún menos,
entre la Jerarquía eclesial y la Jerarquía civil. Lo que pasó en aquellos cinco días
en cuanto a expansión del sentimiento y la práctica religiosa, el acceso a las plazas y
los medios de comunicación, el anuncio de temas y la denuncia de injusticias con el fin
de mejorar el destino del pueblo, la síntesis vital entre el amor a la Patria y a la Fe,
la cercanía a lo más profundo del alma de nuestro pueblo con sus dolores y esperanzas,
la comunión entre todos los cubanos piensen como piensen y vivan donde vivan; eso, que
fue excepcional durante la visita, debe hacerse vida cotidiana.
Otra vivencia que hemos tenido como fruto de la visita fue que la Nación
cubana extendida en la diáspora por el exilio, la emigración, el trabajo y la cultura,
puede celebrar junto a la parte que vive aquí, y cooperar al buen desarrollo de un
evento, puede dialogar y participar, desde su diversidad, en la reconstrucción de una
convivencia pacífica y creativa por encima de fronteras geográficas, económicas e
ideológicas. Nadie se preguntó en las plazas de Cuba de dónde venía el cubano que
cantaba a su lado o qué había hecho en el pasado; nadie preguntó al tomar la mano del
cubano de al lado para decirle a Dios Padre nuestro, qué ideas políticas o filosofía
profesaba. Lo cubano estuvo por encima de las partes. La nación por encima de las
riberas. La fraternidad universal por encima de estrecheces de mente y de proyectos. Eso,
que fue excepcional durante la visita, debe hacerse vida cotidiana.
En consecuencia de esa primacía de lo cubano, se hizo patente que es posible
aceptar la diversidad, e incluso, agradecer "en nombre de todo el pueblo de
Cuba", todos los criterios, aun aquellos "con los cuales pueda estar en
desacuerdo", según las palabras de despedida del Presidente cubano.
Esto fue una gran muestra de pluralismo, de respeto a las opciones ajenas, de
convivencia civilizada y pacífica. El trabajo de las comisiones diocesanas y nacionales
en las que creyentes y no creyentes, católicos y comunistas, laicos sencillos y
dirigentes partidistas, prepararon la visita, fue otro gran ejercicio de participación y
respeto a la diversidad. Quedó demostrado por unos meses y cinco días que la nación no
se desintegrará porque participen en sus decisiones personas y grupos de diferentes
opciones políticas o religiosas.
Eso, que fue excepcional durante la visita y su preparación, debe hacerse
vida cotidiana.
Para la Iglesia queda todavía, un año después, la experiencia de que ella
debe y puede servir al resto de nuestro pueblo desde esa credibilidad y capacidad de
convocatoria que quedó demostrada fehacientemente durante La Visita. Ella demostró a las
autoridades de la Nación que es capaz de organizar y garantizar el orden ciudadano en sus
celebraciones públicas. Ella demostró que no se deja manipular por intereses foráneos o
extraños a su misión al mismo tiempo que no dejó enmudecer su compromiso profético de
anuncio de la verdad y denuncia de la injusticia "por pequeña que esta sea, pues
de lo contrario la Iglesia no sería fiel a la misión confiada por Jesucristo. Está en
juego el hombre, la persona concreta. Aunque los tiempos y las circunstancias cambien,
siempre hay quienes necesitan de la voz de la Iglesia para que sean reconocidas sus
angustias, sus dolores y miserias." -así resonó la voz del Pontífice en medio
de un atronador aplauso en la Plaza de la Revolución, en el mismo corazón de Cuba- "Los
que se encuentren en estas circunstancias pueden estar seguros de que no quedarán
defraudados, pues la Iglesia está con ellos y el Papa abraza con el corazón y con su
palabra de aliento a todo aquel que sufre la injusticia." (Homilía en La Habana.
No. 5)
Dejó para la Iglesia cubana el más alto reto de su historia. Puso muy arriba
el salto de coherencia que hasta hoy ha mantenido la Iglesia cubana para poder darle
continuidad al magisterio, los gestos y el proyecto eclesial y social que el Papa ha
inaugurado durante aquellos cinco días.
Eso, que fue excepcional por su altura, debe convertirse en vida cotidiana de
nuestra Iglesia.
Tanto para la Iglesia, como para el resto de la sociedad civil cubana han
quedado no sólo delineados proféticamente los rasgos fundamentales de ese proyecto de
vida personal y social al sonar "la hora de emprender los nuevos caminos que
exigen los tiempos de renovación que vivimos, al acercarse el Tercer milenio del
cristianismo." (Idem.no.7) El Papa ha llamado al mundo a abrirse a Cuba y a Cuba
a abrirse al mundo y en primer lugar a todos los cubanos ya que "el bien de una
nación debe ser fomentado y procurado por los propios ciudadanos a través de medios
pacíficos y graduales. De este modo cada persona, gozando de libertad de expresión,
capacidad de iniciativa y de propuesta en el seno de la sociedad civil, y de la adecuada
libertad de asociación, podrá colaborar eficazmente en la búsqueda del bien
común." (Homilía en Santiago. No.4)
Pero aunque esta frase de apertura del mundo y de Cuba es, quizás, la frase
más conocida de la Visita, creemos que la médula espinal del magisterio del Papa en
Cuba, el concepto que da organicidad y articula todas las propuestas pontificias, es el
que dijo al momento mismo de llegar a la Habana y que repitió tres veces durante aquellos
cinco días: "Ustedes son y deben ser los protagonistas de su propia historia
personal y nacional".
Fue reiterando esta idea y la fue explicitando cuando dijo a las familias en
Santa Clara:
"Los padres, sin esperar que otros les
reemplacen en lo que es su responsabilidad, deben poder escoger para sus hijos el estilo
pedagógico, los contenidos éticos y cívicos y la inspiración religiosa en los que
desean formarlos integralmente. No esperen que todo les venga dado." (No.6)
Cuando dijo a los jóvenes en Camagüey:
"Nadie puede eludir el reto de la época en
la que le ha tocado vivir. Ocupen el lugar que les corresponde en la gran familia de los
pueblos...acojan el llamado a ser virtuosos. Ello quiere decir que sean fuertes por
dentro, grandes de alma, ricos en los mejores sentimientos, valientes en la verdad,
audaces en la libertad, constantes en la responsabilidad, generosos en el amor,
invencibles en la esperanza. La felicidad se alcanza desde el sacrificio. No busquen fuera
lo que pueden encontrar dentro. No esperen de los otros lo que ustedes son capaces y
están llamados a ser y hacer. No dejen para mañana el construir una sociedad nueva,
donde los sueños más nobles no se frustren y donde ustedes puedan ser los protagonistas
de su historia." (Mensaje no.4 y Homilía no. 4)
Así lo explica en su más reciente mensaje a la Iglesia cubana en ocasión
del primer aniversario de su visita: "Asumir esta responsabilidad debe significar
hoy para la Iglesia en Cuba poder profesar la fe en ámbitos públicos reconocidos;
ejercer la caridad de forma personal y social; educar las conciencias para la libertad y
el servicio de todos los hombres y estimular las iniciativas que puedan configurar una
nueva sociedad."
Un año después de su decisiva visita, el Papa da un paso adelante en su
magisterio y nos garantiza su compañía en esta "nueva etapa" de nuestra
historia.
Ahora toca a la Iglesia en Cuba, pastores y fieles laicos, sacerdotes y
religiosas, preguntarnos cómo actuaremos ante esta responsabilidad de la que un día
tendremos que rendirle cuenta a nuestro pueblo y a Dios.
Pinar del Río, 25 de Enero de 1999.
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