Los últimos acontecimientos
vividos en Cuba nos invitan a reflexionar sobre el valor de la vida humana, sobre su
inalienable dignidad, sobre el respeto que le es debido, sobre la obligación personal y
comunitaria de cuidar la vida en su integridad y plenitud.
El mundo de hoy se ha hecho más sensible a este tema que en la edad media o
en la modernidad racionalista y materialista. Es necesario valorar este asunto como una
trayectoria, como un camino en que se ha ido tomando conciencia gradualmente, a medida que
la familia humana ha ido accediendo a mayores grados de madurez.
El mismo concepto de "cultura de la vida" es relativamente reciente
en su uso común. Comencemos por tratar de desentrañar esta frase.
Se entiende como cultura de la vida: En primer lugar, el respeto por todo ser
viviente, eso significa que su integridad física, su personalidad moral y su
participación cívica no pueden ser violadas, ni disminuidas, ni segregadas, ni
manipuladas, ni eliminadas, por ninguna persona, estructura o institución social,
política, económica o religiosa.
En una palabra: es aceptar que la vida humana tiene un valor absoluto,
prioritario y universal.
Aceptar este primer aspecto de la cultura de la vida supone que las
restricciones o la eliminación total de la vida no se pueden considerar entre las
opciones posibles. Su carácter absoluto significa que todo lo demás se debe relativizar
ante la preservación y el desarrollo de la vida humana. Su carácter prioritario
significa que otros valores como el orden social, los intereses políticos, el desarrollo
económico, la observancia de las creencias religiosas, la opinión pública, la
independencia, los conflictos entre personas, familias y estados... deben detenerse ante
el carácter sagrado de la vida humana.
Su carácter universal significa que estos aspectos anteriores deben ser
válidos e inviolables en todas las latitudes, en todas las culturas, en todos los
sistemas económicos y políticos, en toda religión auténtica, en todos los tiempos.
Como sabemos por la historia, y por la misma experiencia de la Iglesia, no
siempre ha sido así. Durante siglos se mató en nombre de la religión, en nombre de la
independencia, de la política, de las ambiciones económicas, de los regionalismos, de
las diferencias étnicas, incluso se ha llegado a matar en nombre de la vida. No es
necesario aclarar que estas experiencias negativas y casi universales que todavía hoy
perduran en algunos sitios, no pueden ser justificación, ni consuelo para seguir
embarrancados en una cultura de la muerte.
Se trata de un proceso histórico y moral, que como todo camino de progreso
humano tiene sus avances y retrocesos, sufridos por el hombre. Desde la época de la
hoguera, la horca y el cuchillo, la guillotina, pasando por las armas nucleares y
químicas de exterminio masivo, los misiles teledirigidos y las guerras de talante
quirúrgico para extirpar lo que se considera indeseable, llegando hasta las torturas
físicas y sicológicas, la persecución brutal o sutil por expresar opiniones, disentir
pacíficamente o proponer alternativas, la pena de muerte, la prisión arbitraria y
despersonalizante que no rehabilita sino pervierte, y otros signos e instrumentos de
muerte que todavía subsisten en proporción no pequeña. Ante esto debemos cultivar, por
lo menos dos actitudes: una, deben ser consideradas todas sin exclusión, como animales
prehistóricos y absolutamente obsoletos; dos, debemos trabajar para que ninguna
justificación antropológica, social, política, estatal, religiosa, pueda validar el uso
de estas maquinarias de muerte.
Estas manifestaciones de la cultura de la muerte deben ir desapareciendo de la
faz de la tierra. El primer paso no son las leyes, sino la conciencia de que son
obsoletas, de que pertenecen a un pasado que no debe volver, de que todas van contra la
dignidad y los derechos del hombre, especialmente, del sagrado derecho a la vida.
En el caso específico de la pena capital existe actualmente en el mundo una
conciencia cada vez más arraigada de que debe ser abolida absolutamente porque la pena de
muerte ni es solución para el que comete el crimen, ni sirve de escarmiento a los demás.
Las estadísticas demuestran que la implantación de la pena de muerte no disminuye la
delincuencia como se espera al justificar su aplicación. La mayoría de los países
miembros de la ONU ha abolido ya la pena de muerte y en otros son muy fuertes las
campañas que llevan a cabo sobre todo las fuerzas progresistas y de izquierda. El Papa
Juan Pablo II es uno de los principales promotores de la abolición de la pena de muerte.
Así lo ha pedido en los propios Estados Unidos.
Ningún ser humano, ni ningún tribunal, ni ningún poder político o
religioso es dueño de la vida de otra persona, ni puede disponer de ella, aunque fuera
con el pretexto de cuidar al resto de la sociedad. Es criterio común de que la sociedad
contemporánea ha creado los medios incruentos para cumplir su misión de proteger al
resto de la sociedad de la criminalidad sin tener que llegar al recurso de la pena de
muerte. La vida humana es sagrada e inviolable desde su concepción en el seno materno
hasta su fin natural en esta tierra. Sólo Dios puede darla y sólo Dios puede quitarla.
Pero ni el mismo Dios quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.
En ese sentido Jesucristo expresó: "He venido para que tengan vida y la
tengan en abundancia".
Por tanto, los auténticos seguidores de Cristo, han reconocido los errores
históricos en cuanto a este tema de las penas y castigos y promueven hoy, como siempre,
la cultura de la vida. Sería iluso querer juzgar con la mentalidad y la cultura de hoy
los hechos y mentalidades del pasado. Lo que sí está claro es que la humanidad ha
llegado a un estadío en que existe una repulsa universal a la violencia y a la muerte.
Esta conciencia compartida por la inmensa mayoría de los ciudadanos del mundo no ha
podido evitar o detener las acciones violentas, las leyes injustas, las guerras
fratricidas y la aplicación del aborto y de la pena de muerte que los Estados
contemporáneos se deciden a promover haciendo caso omiso al llamado de los pueblos y
caminando en el sentido contrario de la historia humana, por muchas razones de estado,
justificaciones de disciplina social, o razones económicas, o incluso criterios
personales que pudieran esgrimirse para defender esas expresiones de la cultura de la
muerte.
Especialmente en el continente latinoamericano existe una fuerte conciencia y
una muy atenta sensibilidad hacia este tema. Pudiéramos decir que uno de los consensos
más fuertes y pujantes que animan hoy la acción social y la promoción humana en esta
región es la defensa de la cultura de la vida y la oposición activa y pacífica a la
cultura de la muerte.
Pero la cultura de la vida no es sólo abolir las acciones y signos de muerte
que ya sería un paso trascendental en la historia de la familia humana y en la historia
propia de cada pueblo. Cultura significa "cultivo". Es decir, siembra, labranza,
escarde, abonar, regar, podar, cosechar. En este sentido, cultura de la vida debe
significar no sólo la denuncia de la violencia y de la muerte, sino el anuncio y el
cultivo de la vida como valor supremo querido por Dios: "la gloria de Dios es que el
hombre viva" ha dicho uno de los doctores de la espiritualidad cristiana.
Por tanto promover la cultura de la vida es también, y sobre todo, sembrar
valores y virtudes que favorezcan la vida humana y la ecología. Es labrar, en el
carácter y el alma de las nuevas generaciones y de todo el pueblo, un espíritu
tolerante, no violento, pluralista, respetuoso del orden y la disciplina social, educado
para vivir en la verdad y la justicia. Hay que forjar en el carácter de los pueblos la
convicción de no ceder al recurso fácil y expedito a la violencia para contener la
corrupción y la criminalidad. La violencia engendra más violencia y el círculo vicioso
del crimen-castigo-venganza-desorden social, debe ser desarticulado a fuerza de labrar el
espíritu humano en la virtud. Esta es la única fuerza capaz de frenar al que se siente
tentado a delinquir.
Sólo esa fuerza interior de la virtud puede detener la mano del criminal, la
bota del opresor, el cerebro de quien concibe el mal, la pudrición del corrupto, el
impulso del violento, que las fuerzas del orden no siempre pueden erradicar, aunque son
siempre necesarias para mantener no sólo la disciplina social sino para favorecer un
clima de serenidad y entendimiento civilizado en el seno de la comunidad.
Mientras se pueda prevenir el crimen con la vigilancia, mientras se pueda
localizar el móvil del criminal con la colaboración de la ciudadanía, mientras se pueda
descubrir al autor de los hechos por medio de las técnicas y de las investigaciones
policiales, se podrá remediar las consecuencias de la cultura de la muerte. Se pudiera,
incluso coartar un poco esa criminalidad y corrupción por miedo al castigo. Pero la vida
nos ha enseñado que estos medios y técnicas, esta vigilancia y esos castigos, son sólo
remediales, paliativos, mitigantes y soluciones puntuales para los hechos prevenidos o
procesados. La raíz del problema es otra. La esencia del asunto está en las causas de
esa corrupción, de esa criminalidad, de esos desórdenes sociales, de esa vulgaridad y
violencia. Si no vamos a la raíz, de poco servirá la poda cuando se enferma un árbol.
No basta podar, escardar las malas hierbas, botar la escoria, eso sólo atiende a lo que
se ve, lo que ya está enfermo o es indeseable, pero el árbol de la civilización y la
convivencia pacífica necesita ser cultivado para la vida desde la raíz de los problemas.
La raíz de toda delincuencia personal, de toda corrupción social, de toda
violencia individual o institucionalizada está en el alma de los hombres, en la
conciencia de cada persona, en el corazón humano. Y hasta allí hay que llegar con las
soluciones.
Las soluciones que se están dando ante la criminalidad, la corrupción, la
vulgaridad y la violencia ¿llegan al alma de la gente, trabajan con el cambio de su
corazón, educan su conciencia para la libertad y la solidaridad, forjan su carácter para
la honestidad y el respeto a lo ajeno?. O por el contrario, intentan atajar sobre todo con
leyes y medidas represivas lo que todo el pueblo repele pero que la mayoría no coopera en
solucionar, manteniendo una actitud violenta en lo más mínimo, abandonando la educación
que dan a sus hijos en manos de otros o de nadie, favoreciendo la doble moral, la vida en
la mentira y las soluciones fáciles en el robo, la farsa y la huida.
No seamos hipócritas condenando a unos cuantos, alegrándonos de unas medidas
venidas sólo del Estado, reprimiendo a los que no se ajustan a los parámetros
establecidos por la estructura, con esto solo no se soluciona el problema de raíz.
Mientras hacemos esto, seguimos consintiendo o incluso recomendando a nuestros propios
hijos que "resuelvan", es decir, que roben en sus escuelas y trabajos. Esos
serán los futuros delincuentes y rateros de mayor envergadura. Mientras vemos los juicios
por la televisión, en nuestro propio hogar no actuamos con justicia y sobornamos a
nuestros propios hijos con propuestas como esta "Si haces esto, te regalaré esto
otro". Si el interés material es la única motivación que sembramos en nuestros
hijos, estamos preparando los corruptos del mañana. Mientras nos espantamos
farisaicamente por la violencia de los asaltantes nocturnos o de los violadores, en
nuestros propios hogares deformamos a nuestros hijos con actitudes y respuestas violentas
y maltratamos a nuestros familiares con saña y sin paciencia ni piedad. Y en nuestras
escuelas y grupos de amigos se siguen destacando las actitudes violentas como únicos
paradigmas para resolver los problemas sociales y presentando modelos que favorecen esta
concepción de la vida, aún con las mejores intenciones del mundo. Estaremos abonando la
semilla de la violencia que germinará en la primera explosión que intente resolver en el
desorden lo que todos queremos resolver en la convivencia pacífica.
La cultura de la vida más allá de los remedios. Tiene que ver con la salud
del alma, con la forja de las virtudes y no sólo de valores venidos desde fuera de la
conciencia y de la propia voluntad. Enseñanza de valores sin forja de virtudes es sembrar
sin arar el campo, sin abrir el surco. Sin forja de virtud, no solamente florece la mala
hierba de la corrupción y el desorden, sino que se empobrece la Patria porque sus propios
hijos la maltratan o la descuidan o la abandonan. No por gusto dijo Varela que "No
hay Patria sin virtud". He aquí la raíz del problema. La esencia de la solución:
La cultura de la vida es el cultivo de la virtud.
Pero falta un último eslabón: Cultivar la virtud es labrar el espíritu
humano y para esta labranza no se pueden usar los mismos instrumentos que para reprimir el
cuerpo, o para alimentarlo, o para complacerlo. Los instrumentos para alcanzar los frutos
del espíritu son la educación, las relaciones humanas, la religión, el sacrificio, la
búsqueda de la verdad y de la justicia, la entrega a los demás... La virtud es
patrimonio de todo hombre, sea creyente o no, pero la religión es sin duda la fuente más
profunda, perseverante, sacrificada y plena de la virtud. Si cultivamos el espíritu de
nuestro pueblo con estos instrumentos de la cultura de la vida, entonces "los frutos
del espíritu" serán: "el amor, la alegría, la paz, la tolerancia, la
amabilidad, la bondad, la fe, la mansedumbre, el dominio de sí mismo. Y no hay ley frente
a esto." Así nos había alertado San Pablo en su carta a los Gálatas hace casi 2000
años.
Y más adelante nos propone un proyecto para alcanzar esta siembra de
virtudes: "Si alguno es sorprendido en alguna falta... corregidlo con espíritu de
mansedumbre. Y no te descuides de ti mismo, que también tú puedes ser puesto a prueba.
Ayudáos mutuamente a llevar las cargas...Que cada uno examine su conducta y sea ella la
que le proporcione motivos de satisfacción, pero sin apropiarse de méritos ajenos.
Porque cada uno debe llevar su propia carga. No os engañéis; de Dios nadie se burla, lo
que cada uno siembra, eso cosechará. Quien siembre su vida de apetitos desordenados,
cosechará corrupción, mas quien siembre espíritu, a través del espíritu, cosechará
vida eterna." (Gálatas 6, 1-8)
"La vida eterna es que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a
Jesucristo tu enviado" (Jn.17, 3). Esta es la esencia de la religión. Por eso el
Padre Varela completó su pensamiento y su programa así: No hay patria sin virtud, ni
virtud con impiedad.
Nosotros podemos añadir: ni cultura de la vida plena, sin virtud y sin
religión.
Aún más: la cultura de la vida es el mejor culto de los cubanos a la
dignidad plena del hombre.
Pinar del Río, 4 de Abril de 1999
Solemnidad de la Resurrección de Jesucristo.
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