"Sólo el amor construye..."
"Con
el amor se ve..."
José
Martí
Reconciliación y
reconstrucción son dos formas de llamar al mismo proceso mediante el cual se restablecen
los puentes de comunicación, diálogo, justicia y amor.
Restablecer esos
lazos abarca, desde reconstruir a la propia persona que necesita reconciliarse consigo
misma, con su pasado, con lo que es, con lo que desea ser; pasa por las relaciones
interpersonales, matrimoniales o de amistad; alcanza el restablecimiento de la comunión
entre los distintos sectores de la misma nación y también entre varias naciones y
regiones de la tierra; hasta llegar a la reconciliación con Dios, al que, los que
creemos, reconocemos como Padre de todos los hombres sin distinción, por lo tanto hacedor
de la más profunda y duradera fraternidad universal.
Toda persona
necesita, en algún momento de su vida, reconciliarse con su historia; toda familia
necesita momentos de reconciliación; toda comunidad cristiana también los necesita; todo
país se encuentra en circunstancias en que lo más importante es cerrar heridas, sanar la
memoria, cultivar la misericordia y el perdón, otorgar la amnistía del corazón y de la
ley, escribir la historia sin enconar revanchas, para reemprender una nueva etapa del
camino.
Creemos que Cuba
también está en una etapa de su historia en la que la reconciliación es el camino y el
contenido de la necesaria reconstrucción del país.
Hace unas semanas
hemos visto por la televisión un proceso de reclamación por daños humanos. No
cuestionamos aquí su carácter legal, o su eficacia, o su deseo de impartir justicia
muchos años después de lo ocurrido, queremos referirnos al método, que pudiera traer
para el presente y el futuro de Cuba un clima que no favorezca la deseada reconciliación.
Debemos comenzar
diciendo que la reconciliación no significa desmantelar la justicia, ni esconder la
verdad de los hechos, -por cierto, toda la verdad y no sólo una parte-; no significa
tampoco desconocer la historia, desfigurarla, mutilarla...
Reconciliación, más
que demandar, es perdonar, es misericordia que tiene en cuenta la justicia, pero que la
supera con la magnanimidad.
Reconciliación no es
abrir heridas viejas aunque ciertas. Es sanar y vendar, no enconar y exhibir lo que la
injusticia y el odio rompió. Creemos que ante la crueldad debe existir un pudor que no se
empeñe en una morbosa vuelta a lo que dañó, lo que humilló, lo que marcó para siempre
a una generación.
Lo brutal, por inicuo
y por vergonzoso, no debe presentarse ni por ejemplarizante lección, pues lo que desea
enseñar se hace a tal costo de ignominia que en lugar de despertar la bondad que intenta
cultivar, aviva sentimientos de venganza y rencor que como dijera Martí nos
colocan en el bando de los que odian y destruyen.
Sólo el perdón y el
amor construyen. Colóquese a un pueblo ante las crueldades humanas y devuélvanse a la
luz pública de niños, adolescentes y jóvenes que no vivieron esa época dura, las
iniquidades de que fueron capaces otros hombres y otras generaciones y se estará
sembrando la revancha, no la amnistía, se estará envenenando el clima donde respiramos,
no serenando los espíritus -lo que no significa olvidar la justicia- para poder comenzar
de nuevo. Los pueblos no se reconstruyen abriendo heridas sino fortaleciendo corazones. Y
creer que el corazón se hace recio a base de violencia ha sido el origen de todas las
guerras y confrontaciones de la historia que debemos superar definitivamente.
A sembrar valores y
despertar los sentimientos de justicia y bondad, perdón y reconciliación, deben
dedicarse los medios de comunicación social de todos los países, también de Cuba, y no
a brindarnos una reiterada secuencia de violencia y muerte que difícilmente ayude a que
no vuelva la historia que ya tuvieron que sufrir varias generaciones de cubanos.
El poco tiempo de las
transmisiones de la televisión, que alcanza a llegar a un gran público, debería
dedicarse a más programas como "Vale la pena" o "Para la Vida" y a
menos como las novelas repletas de corrupción, infidelidades maritales, modelos de vida
extraños a los nuestros y sentimientos verdaderamente no constructivos.
La televisión
debería dedicar más tiempo a programas como «Orígenes» o «De la Gran Escena» y
menos a películas de violencia y muerte como las del sábado. Menos a reciclar el dolor,
la injusticia, y más a sembrar la convivencia fraterna y el amor.
Eso es contribuir a
la unidad y la reconciliación nacional que todos los cubanos merecemos.
Dicen los mejores
pedagogos, incluidos los cubanos, que tenemos muy buenos, que no se educa resaltando lo
negativo sino proponiendo lo positivo. Dicen también que no es poniendo malos ejemplos en
el aula o en la familia como se evitan las malas acciones en el futuro, sino que existe
una reacción sicológica ante este tipo de muestra macabra que en lugar de repulsión
provoca un morbo de lo prohibido, de lo destructivo, que algunos autores llaman el
Thánatos.
Tenemos la
convicción de que no es este el camino de un futuro de mayor justicia y fraternidad para
Cuba sino el del perdón, la amnistía y el Ágape, que es la fuerza positiva del amor que
construye.
Amnistía es olvidar
lo que pasó para empezar de nuevo rompiendo la cadena de la violencia y la revancha.
Amnistía es olvidar. No en el sentido de borrar la memoria histórica y la verdad, lo
que, por otra parte, es imposible. Aquí olvidar significa el propósito y la voluntad de
no reabrir las heridas, ni reavivar el encono, ni dejar escapar las fuerzas negativas de
la venganza.
Nunca sobran ejemplos
en la historia de Cuba, y son muchos, que demuestran que en los momentos más críticos,
de mayor confrontación, en los momentos en que se gestaba un nuevo orden de mayor
justicia y libertad, los padres fundadores no resaltaron las viejas heridas sino sembraron
la virtud de la benevolencia y el proyecto de un hogar nacional "donde quepamos
todos"-como dijera Martí.
Leamos en el
Manifiesto de Montecristi, que bien podría ser el manifiesto de la reconciliación entre
todos los cubanos y con todos los pueblos, y veremos la nobleza del alma de nuestros
patricios. Ellos "declaran..., ante la patria, su limpieza de todo odio, su
indulgencia fraterna para con los cubanos tímidos equivocados, su radical respeto al
decoro del hombre, nervio del combate y cimiento de la república."
Debemos evitar todo
cuanto pudiera llevarnos al despeñadero de la violencia. Debemos ahorrarle a Cuba más
amarguras y resentimientos. Debemos construir sobre el perdón y el amor. La alternativa a
este pacífico y cordial camino es la pendiente de la confrontación. Debemos cerrarle,
desde ahora, el paso a esos sentimientos de odiosas reivindicaciones violentas.
Callar sobre la
verdad del dolor ajeno y no ponerse del lado de la justicia es vergonzoso, pero reabrir
las heridas del pasado pudiera ser una manipulación del dolor ajeno y ser utilizado para
fines de Estado. Así lo veía el Apóstol:
"Con ir de
espaldas a la verdad... no se suprime la verdad. En un pueblo, hay que tener las manos
sobre el corazón del pueblo...Y el corazón crece, y la paz pública, cuando los
elementos nacionales de cólera y desorden, se convierten, por su propia virtud, en
elementos de amor y orden." (José Martí. "Juntos, y el Secretario".
Patria, 21 de mayo de 1892.O.c. Vol. I p.555)
Cubramos la
ignominia, ciertamente injusta, con el manto de la dignidad con que, la frente en alto,
sufre el hombre noble, y evitemos con el perdón y la misericordia de hoy, nuevas
revanchas que estuvieran por venir.
Cerremos la cuenta
del pasado. Que la lección de la historia salvaguarde, junto con la verdad de lo que
pasó, la inconmovible voluntad de olvidar las injusticias para que no se nos envenene el
corazón y para que la nación pueda cerrar las heridas con la serenidad y el sosiego que
da la certeza de que nunca más se echará mano de la memoria para reavivar el encono y
señalar enemigos.
Invitar al perdón y
la reconciliación, esa es nuestra intención. Respetar el dolor de todos los que
sufrieron y fueron heridos, muertos o mutilados en el cuerpo o en el alma por unos y por
otros. Ayudar a reconocer la verdad y la justicia donde quiera que estén. Pero no enconar
más, sino sanar las almas y los corazones.
Una buena actitud y
un buen programa de vida para que Cuba entre en una nueva etapa de su historia en
vísperas del nuevo milenio por la única puerta que construye: el amor.
Pinar del Río, 8 de Julio de 1999.
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