"Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres,
es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de
la paz"
(Constitución de la UNESCO)
Al comenzar el esperado año 2000 las
personas y los pueblos hemos revivido el sentido del tiempo, hemos celebrado el rito de
las etapas históricas, del devenir de la vida y de la necesidad del ser humano de marcar
hitos que diferencien la cotidianidad de su existencia.
El tiempo adquiere un
significado mayor y muchos se disponen a hacer un recuento, sacar un balance, proyectar el
futuro. Quienes pueden hacer esto sin desanimarse, viven en la esperanza. Quienes se dejan
llevar por el tedio de la existencia siempre igual, siempre de un tono, en la que los
avatares gobiernan la vida, y no a la inversa, caen en el desaliento.
El mundo cristiano celebra
los dos mil años del nacimiento de Jesucristo y toda la humanidad marca el ritmo de un
nuevo siglo y un nuevo milenio con la invitación a cambiar, a la renovación, a los
nuevos proyectos.
Cada persona hace su balance,
cada grupo revisa sus relaciones interpersonales, cada comunidad evalúa la vida que
comparte, cada nación se pregunta por su futuro. La humanidad también se deja interpelar
por los medios de comunicación que unas veces animan y otras desvían la atención de lo
esencial. Las organizaciones internacionales reflexionan sobre el presente y el porvenir.
Al terminar su mandato al
frente de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la
Cultura (UNESCO) su Secretario General, el Sr. Federico Mayor Zaragoza, que ha conocido
bien la realidad internacional y también de muchos países, ha dejado un libro muy
interesante en el que señala algunas de las realidades en que vive nuestro mundo y que
necesitan solución, a las que él llama: "los nudos gordianos de nuestra
época."
Y dice mientras los enumera:
"Son de todos conocidos:
la exclusión y la discriminación, con pretextos étnicos, culturales o ideológicos; la
miseria urbana y la decadencia de las zonas rurales; las migraciones masivas; el
despilfarro de los recursos del planeta y el deterioro del medio ambiente; las nuevas
pandemias como el Sida, y las antiguas que cobran renovada virulencia, como la
tuberculosis o el paludismo; el tráfico de armas, de drogas y de "dinero
negro"; la guerra y la violación de los derechos humanos y la inercia. La inercia
que hace que todavía se use la fuerza sin contemplaciones, sin desacelerar la maquinaria
de la guerra. La inercia que impide a los decisores ver lejos y adoptar soluciones
imaginativas, pensando en los demás y no sólo en sí mismos." (Federico Mayor
Zaragoza. "Los nudos gordianos". Editorial Galaxia Gutenberg. Barcelona 1999,
pag. 193)
He aquí una síntesis de
algunos de los desafíos de este comienzo del año 2000. Como pueblo y como personas,
debemos no sólo lamentarnos, constatarlos, sino preguntarnos qué parte de
responsabilidad tenemos en el surgimiento o mantenimiento de estas situaciones de
injusticia. Pero, aún más, estos desafíos deberían servir para buscar entre todos no
sólo responsabilidad sino soluciones. La de cada uno, las del bien común, las que están
a nuestro alcance porque las podemos remediar en nosotros mismos, en nuestras familias y
en nuestros centros de trabajo, y las que están a nuestro alcance sólo porque podemos
influir en la opinión pública, en la crítica constructiva y realista, en la
proposición de salidas con la participación de todos.
No se trata de soluciones
mesiánicas o mágicas, ni de esconder la cabeza como el avestruz para dejar pasar la vida
con la inercia de que hablaba el autor del libro citado y que no se debe reducir a la
inercia de los que toman las decisiones, sino a la de los ciudadanos que no tomamos la
parte de la soberanía personal que nos ha dado Dios sencillamente, como seres humanos,
sujetos de derechos y deberes, "protagonistas de nuestra historia personal y
social."
Más adelante, el saliente
Secretario General de la UNESCO hablaba de las soluciones y las esperanzas:
"Es cierto que la
complejidad del mundo actual no permite formular soluciones sencillas para todos estos
problemas... no admite el análisis reduccionista que pretendía hasta hace poco buscar
una causa única de todos los males y, una vez identificada ésta, conseguir el remedio
mágico una suerte de bálsamo de Fierabrás- que curaría de golpe todas las
aflicciones. En cambio, sí es posible concebir un conjunto de medidas parciales, cuya
aplicación tendría un efecto decisivo sobre esa gama de problemas. Grosso modo, esas
soluciones atañen a la gobernabilidad democrática; la educación y la ciencia; la
cultura y el desarrollo duradero; y la construcción de la paz." (Obra citada, pag.
194)
He aquí un apremiante
programa de vida para el próximo siglo y milenio, para hoy. Este proyecto se sostiene en
esos cuatro pilares, algunos con dos columnas, todos interrelacionados entre sí.
Todavía más importante es
el método sugerido, la perspectiva, la mística para la acción: buscar medidas
parciales, pequeñas, posibles, cuya articulación provocaría un "efecto
decisivo". Que al pasar al nuevo siglo, quede con el anterior la falsa cultura de las
soluciones únicas y totales. Que quede atrás con el viejo siglo que termina la equívoca
esperanza de las soluciones mesiánicas venidas desde arriba y desde afuera. Venga con el
nuevo siglo el protagonismo de la persona humana como centro y sujeto de las soluciones
interdependientes y comunitarias. Venga también el protagonismo de los grupos intermedios
y la sociedad civil como espacios de participación y creación libre. Venga con el nuevo
siglo el protagonismo de los pueblos, de la diversidad cultural, de la identidad abierta y
compartida en el respeto de unas naciones y culturas junto a otras, desmantelando los
centros hegemónicos de poder, símbolo arcaico de los siglos del segundo milenio que
termina no sólo en el tiempo, sino en las conciencias de muchos hombres y mujeres
liberados de esa cultura del inmovilismo, la dominación y la muerte.
Pero sin simplificar ni
dramatizar. El cardenal Etchegaray, presidente emérito del Pontificio Consejo para la
Justicia y la Paz precisaba en uno de sus libros: "La paz no es tan sencilla como la
imagina el corazón, pero mucho más sencilla de cómo la establece la razón."
(Avanzo como un asno. Pag. 46)
Venga, pues, la cultura de la
creatividad, la solidaridad y la paz. Y que venzamos al enemigo principal del comienzo de
toda nueva etapa y de toda renovación: la inercia de los ciudadanos y de los que deciden,
por encargo de ellos, el destino de las naciones.
Mayor Zaragoza termina su
libro diciendo que esta tarea para fomentar la cultura de la paz va indisolublemente unida
a la educación para el diálogo, a la educación para el disentimiento y el consenso, a
la educación para la libertad y la responsabilidad, en una palabra a la educación para
la rebeldía moral y la cultura de los medios pacíficos.
En este sentido dice:
"Esta tarea de
"construcción de la paz" es, a la larga, mucho más provechosa y económica que
el apaciguamiento a corto plazo... Según la leyenda, Alejandro Magno cortó con la espada
el nudo gordiano que le daría el imperio de Asia. Pero los nudos gordianos de nuestra
época sólo pueden ser cortados con la palabra. En lengua inglesa, la similitud entre
"palabra" (word) y "espada"(sword) ha generado muchos comentarios
ingeniosos... Nada hay más opuesto a la guerra y la violencia, simbolizadas en la espada,
que el habla, origen de términos como parlamentario y parlamento. En la capacidad de los
seres humanos para solucionar los conflictos mediante el diálogo y el debate ha radicado
siempre la esperanza de construir una sociedad más pacífica y fecunda. Por eso insisto a
menudo en la necesidad de fomentar el disentimiento y la rebeldía moral, sin violencia,
ante la inercia y los lugares comunes. Porque, como digo en uno de mis poemas, "sólo
los rebeldes/ son vigas/ del cambio/ que la condición humana/ exige."
"Los intelectuales,
artífices del pensamiento, tienen una responsabilidad de primer orden en esta tarea... El
gigantesco esfuerzo realizado... por millones de hombres y mujeres de buena voluntad, se
orienta a la construcción de la paz mediante la palabra." (Obra citada, pag.
198-199)
Que este sea el desafío que
anime nuestra esperanza: Construir una cultura de paz, mediante la palabra y la acción
sin violencias. Mediante la educación y la participación, mediante la justicia y el
derecho.
A una obra así bien vale
consagrarle la vida. Toda la vida.
Pinar del Río, 1 de Enero del 2000
Jornada Mundial de la Paz.
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