Vivir
la Navidad en el tránsito entre un siglo y otro,
entre el segundo y el tercer milenio de la era cristiana, y
vivir la Navidad en Cuba hoy, es todo un desafío para el espíritu
humano.
Al
concluir el año del Gran Jubileo con el que hemos celebrado
los 2000 años del nacimiento de Jesucristo pudiéramos preguntarnos:
¿Qué ha significado para cada uno de nosotros esa conmemoración?
¿Qué ha significado realmente para la Iglesia en Cuba? ¿Qué
ha dejado como siembra y esperanza para Cuba?
Las
respuestas pueden ser muy variadas. Nosotros quisiéramos, solamente,
destacar que este Año del Jubileo 2000 ha sido para Cuba y su
Iglesia una oportunidad. Ha sido una puerta, una "hora
única", como expresaron los Obispos cubanos en su mensaje
por el Año Jubilar.
El
tiempo pasa. Todo pasa. Y al mirar atrás, vuelven a nuestras
conciencias las preguntas y el balance: ¿Hemos aprovechado bien
la oportunidad? ¿Hemos abierto puertas en nuestra Iglesia y
en nuestra sociedad? ¿Hemos atravesado las puertas cuyo dintel
deja pasar ya la gracia de algo nuevo y mejor? ¿Qué ha cambiado
en nuestras vidas y en la vida de nuestros ambientes y de nuestro
pueblo? ¿Han sido las celebraciones jubilares por los 20 siglos
del Nacimiento del Redentor signos de liberación plena para
las personas, su dignidad y sus derechos; para las familias,
su estabilidad y crecimiento; para la sociedad, su renovación
y cambio? ¿Cómo estamos viviendo este tránsito y qué hemos hecho
en esta "hora única"?
Hace
dos mil años, los hombres y las mujeres del pueblo de Jesús
vivieron aquella "hora única" en la oscuridad de la
noche, en medio de su trabajo cotidiano, no hubo estridencias
ni celebraciones públicas... pero algo nuevo había nacido, algo
había cambiado en las entrañas de la humanidad, y más que algo,
"Alguien" había traspasado la puerta santa de nuestra
naturaleza caída. Sí, porque, aún cuando estamos por tierra,
brilla en el interior de cada ser humano la luz indefectible
de la imagen de Dios.
Tres
experiencias marcaban la existencia de aquella gente sencilla
y trabajadora: el miedo, el cansancio y las ganas de tener una
buena noticia para sus vidas.
Mirando
a nuestro alrededor encontramos hoy, en Cuba, estas mismas realidades:
el miedo, el cansancio y el ansia de tener una buena noticia.
de una mejoría que alivie las más profundas expectativas, y
que traiga paz y verdadero progreso para nuestras vidas que
transcurren, igual o peor, en este tiempo que pasa.
Creemos
que entre estas tres experiencias vamos luchando los cubanos,
vamos esperando, vamos mirando la hora que pasó y ya no será
más y el tiempo por venir, lleno de incertidumbres y expectativas.
El
miedo es una vivencia humana. Todos lo hemos experimentado.
Sus causas más profundas son la inseguridad y la desconfianza.
Sus consecuencias más visibles son la huida y la doble cara
para no mostrar lo que de verdad pensamos, lo que más queremos,
lo que nos motiva por dentro, lo que esperamos. Escapar y simular:
dos actitudes que son signo de un clima de miedo y acoso. La
consecuencia más penosa del miedo es la parálisis de la vida
real y la simulación de una vida de puertas afuera. No nos atrevemos
a decir que no estamos de acuerdo con algo o que, por el contrario,
nos sentimos bien en otros ambientes. Sencillamente, le susurramos
casi al oído del otro, en el santuario de la intimidad más cerrada:
Tu sabes... yo quisiera... pero la situación está muy mala.
Vamos a esperar. Y así transcurre esta "hora única".
Quizá
ni siquiera nos damos cuenta de que, con nuestra excusa, estamos
reconociendo más claramente que con mil denuncias públicas,
que el clima que se respira es de miedo, que no actuamos por
convicción sino por precaver, para no tener que lamentar. Que,
quizás, estemos regresando a tiempos ya superados, sin saber
que es imposible volver atrás. Lo vivido es incoercible, lo
que significa que no puede ser suprimido ni borrado por coerción.
Las
relaciones humanas, las excelentes colaboraciones entre instituciones,
el clima de respeto mutuo y el compartir los sueños y esperanzas
y no sólo eso tan importante, sino la vida cotidiana, los pocos
recursos, la buena amistad; eso no puede ser olvidado, ni suprimido
de la conciencia de las personas. Todo lo más que puede suceder
es que lo pasemos a otro nivel de la conciencia, donde por estar
más profundo y escondido, resulta, muchas veces, más inolvidable
y atractivo. Es sólo cuestión de tiempo.
Pero,
mientras pasa el tiempo en este hábitat de recelos y aprensiones,
unido a la lucha por la subsistencia cotidiana, viene el cansancio.
No se trata sólo del agotamiento de las fuerzas físicas de cada
día. Eso es normal y, a veces, si el cansancio tiene un sentido
y un proyecto, es vivido con un gozo interior y un sentido de
ofrenda, que enaltece al ser humano.
Se
trata del cansancio existencial, del agobio de lo mismo, del
aburrimiento de la rutina sin sentido y sin oportunidades honestas.
Escuchamos, cada vez más, a nuestro alrededor frases como estas:
"Ahí estamos, escapando", u otra peor: "Hay que
"buscarse la vida resolviendo" y, en ocasiones, no
siempre, ese "resolver" es robar, es vivir en la deshonestidad
para poder sobrevivir. Hay que reconocer, gracias a Dios, que
hay muchas personas, muchos cubanos, honestos, trabajadores,
sacrificados, que no ceden a este ambiente y que salvan el decoro
de muchos otros. Pero debemos contener el contagio. Este ambiente,
cuando no vemos otra salida que la de reprimir lo que se considere
delito, cansa el espíritu y fatiga la conciencia. Porque es
una enfermedad del espíritu, no de las manos, como pudiéramos
creer al considerar las medidas que se toman ante estas situaciones.
Es
necesario complementar las medidas con soluciones. No nos quedemos
en la queja. La queja sola cansa más. Solucionar la causa es
el único modo de resolver un problema de verdad. No desesperemos
de las situaciones y mucho menos de las personas. Hay que creer
más "en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud"
que en la coerción de lo malo y la intimidación del espíritu.
Cultivar la virtud y educar el espíritu, he aquí un proyecto
para salir del cansancio existencial.
Y
la tercera experiencia es, precisamente, el ansia de tener una
buena noticia, de emprender algo que realmente responda a nuestras
expectativas personales, a las esperanzas de nuestra familia,
al real desarrollo humano integral de nuestra sociedad. Miremos
a nuestro alrededor y busquemos la causa profunda del creciente
aislamiento de las personas, las familias, e incluso, de la
comunidad internacional. Busquemos la causa profunda del desaliento
y la indiferencia ante todo. Perecería como si se hubiera creado
una coraza que nos vacuna del asombro, de la capacidad de maravillarnos
por dentro y de motivarnos con lo que nos convoca para quedarnos
aquí, y trabajar abnegadamente por Cuba y su futuro. Incluso,
parece ser que también el mensaje auténticamente religioso padece
la respuesta de la indiferencia. Puede ser que no estemos presentando
ninguna buena noticia que pueda ser "una gran alegría para
todo el pueblo" como dice el Evangelio de Lucas en el capítulo
2, versículo 10.
Pues
bien, Navidad es, precisamente, eso: el anuncio de una Buena
Noticia. O mejor, debería serlo.
Y
esta Navidad del 2000, con la que el mundo cristiano clausura
las celebraciones del Jubileo por los 20 siglos del nacimiento
de Jesús, es otro "tiempo propicio" en el que deberíamos
buscar en Cristo, el nuevo camino, la nueva y eterna Verdad
y la plenitud de una vida liberada, desde su raíz, del miedo,
del cansancio existencial y de la desesperanza.
Esto
no significa que le queramos imponer a nadie las creencias religiosas.
Ni que no respetemos las creencias de los demás, o sus increencias,
o incluso, esa fe terrenal que anima a muchos a seguir luchando
y no dejarse vencer en la vida. Se trata de proponer un nuevo
estilo de convivencia humana, un nuevo humanismo que reconstruye
a toda la persona y a la sociedad.
A
la gente sencilla de "aquel pueblo que andaba en tinieblas"
le brilló una nueva luz. A la gente trabajadora y pobre de aquel
pueblo de Palestina se le abrió una puerta, no la salida para
escapar, sino la entrada en su propia vida para reconstruirla
desde adentro y para los demás. Pero no fue solo para la gente
de aquel poblado. Las buenas noticias corren a la velocidad
de las expectativas que borbotean y corren en las venas de los
pueblos. Las buenas noticias no permiten el encierro, ni el
aislamiento del que las ha recibido y vive por ellas, se desbordan,
saltan, trascienden nuestros egoísmos; rompen los encierros
que nos imponemos unos a otros, crean un clima de confianza,
respirable, creíble; y abren las puertas a las esperanzas reales.
Renuevan la convocatoria de las utopías. Elevan el espíritu
y ponen nuestros pies sobre la tierra que nos vio nacer y a
la que debemos querer sin escapar de ella y sin vivir de ella.
Los
magos del Oriente escucharon esa convocatoria; tuvieron ojos
para ver aquella pequeña luz en la oscuridad de la noche y en
tierra extraña. No sabían los caminos, pero preguntaron. No
creyeron ciegamente en las indicaciones de los poderosos de
aquel tiempo, sino que siguieron las señales. No cedieron a
las trampas de los que pusieron su saber al servicio de la muerte.
Nunca regresaron por el mismo camino. (cfr. Mateo 2, 1-12)
Navidad
es anuncio de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. Ayer, hoy y
siempre. Navidad es creer que es posible vencer el miedo, liberarnos
del agobio existencial y ser protagonistas de nuestra existencia
para poder alcanzar las expectativas que nos sugiera la esperanza.
He
aquí el anuncio de hace dos mil años, que resuene hoy en nuestros
corazones y en el alma de Cuba:
"No tengan miedo,
les traigo una buena noticia,
que será una gran alegría
para todo el pueblo:
Hoy en la ciudad de David
les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.
Como señal encontrarán a
un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
En aquel momento, una multitud
de ángeles alababan a Dios diciendo:
Gloria a Dios en el cielo
Y en la tierra paz a los
hombres de buena voluntad."
(Evangelio de San Lucas
2,10-14)
La
gloria de Dios es que el pueblo tenga una buena noticia que
responda a sus mejores anhelos.
La
gloria de Dios es que las personas y los pueblos no tengan miedo.
La
gloria de Dios es que las personas y los pueblos vivan en la
verdadera alegría.
La
gloria de Dios es que las personas y los pueblos tengan paz.
Y
como donde hay miedo no se puede vivir en paz resuena esta invitación
del Evangelio en Cuba, que vive hoy el tránsito hacia una nueva
sociedad en la verdad y la alegría, aún cuando no veamos todavía
todos los caminos y nos parezca que la noche dura mucho y el
amanecer demore. Tampoco los pastores y los magos vieron claro.
Ni siquiera la Virgen y San José vieron todo de una vez.
Pero
todos podían abrir los ojos y abrir las puertas de su corazón
para ver las señales. Unos la vieron, otros no veían ningún
cambio. Ningún tránsito. Nada más que la noche.
Otros
se engañaban a sí mismos esperando grandes señales y a un Mesías
del poder.
Los
más sencillos, que suelen ser los más desprovistos de prejuicios
y falsas expectativas, vieron las señales, creyeron en un niño
y lanzaron al mundo la buena noticia. Por ellos la conocemos
hoy. Por ellos celebramos el gran Jubileo. Por ellos el mundo
ha sido mejor después de Cristo. Por ellos nos podemos salvar
del miedo, del cansancio, del acoso, del desaliento. Y no por
los otros que no vieron, no quisieron ver, o pusieron su poder
y su saber al servicio de la mentira. Por ellos nos llegó el
miedo, por ellos heredamos la noche, por ellos seguimos cansados
y agobiados.
Ante
nosotros se abren estas puertas, aún cuando el 6 de Enero se
cierre por 25 años en Roma la simbólica Puerta Santa del Jubileo
cristiano: Se abre un nuevo siglo y un nuevo milenio. Se abren
la libertad y la solidaridad. Se abren la justicia y la paz.
Abrir la paz es vencer el miedo. Abrir la puerta de la paz puede
ser la apasionante tarea de toda una vida.
No
nos desanimemos por las puertas que se cierran. Se deben seguir
abriendo. Se pueden seguir abriendo. Es más, todos los cubanos
tenemos el deber y el derecho de seguir abriéndolas. Aquí y
ahora.
No
tengamos miedo.
Feliz
Navidad: las puertas se abrirán.
Pinar
del Río, 8 de Diciembre de 2000.