Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa,
Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza;
quien a Dios tiene, nada le falta: Sólo Dios basta.
Santa Teresa de Jesús
(1515-1582)
Para ver claro
no podemos perder la perspectiva.
Toda situación depende, en gran medida, del ángulo des
de el que se analice. Hay personas que viven como si nada estuviera
cambiando, como si nada fuera a cambiar. Esto es, por lo menos, una
falta de perspectiva.
Nos hemos llegado a creer que las cosas, los proyectos y las personas
son eternos. No sabemos por qué, pero, a veces, tenemos la sensación
de que las cosas van para largo, de que no vamos a ver un
cambio, de que la vida de nuestros hijos será idéntica
a la nuestra. Seguimos pensando en que tendrán que seguir nuestro
mismo camino trillado, tenemos la ingenuidad de pensar de que su futuro
será igual a nuestro pasado y para todos los tiempos. Esta apreciación
de la realidad es, además de un error de perspectiva, una trampa
sicológica para atraparnos en el inmovilismo, en la parálisis,
en la inercia de que nada puede cambiar.
Para salir de este sopor que alienta el conservadurismo bastaría
con mirar hacia atrás y analizar nuestro propio país en
los últimos 10 o 12 años. ¿Cambian o no han cambiado
las cosas? En nuestros propios hogares, en nuestros centros de trabajo,
en toda nuestra sociedad, son evidentes las cosas que han cambiado.
Pongamos varios ejemplos que nos sirvan para despertar del letargo de
que nada cambia, de que todo seguirá igual.
-Hace doce años el 85 % de nuestro comercio exterior estaba en
manos de la Unión Soviética y el campo socialista. Hoy
nuestro comercio se comparte entre más de cien naciones, la inmensa
mayoría del mundo capitalista, y la URSS y el campo socialista
desaparecieron. ¿Quién lo iba a decir? ¿Cambian
o no cambian las realidades que creíamos eternas potencias?.
-Hace doce años en Cuba había una única moneda,
la nuestra, el peso cubano, y podíamos comprar en tiendas que
vendían en esa propia moneda, como resulta lógico y normal.
Hoy, en Cuba hay tres tipos de monedas: el peso, el peso convertible(llamado
chavito) y el dollar norteamericano. Dos tipos de tiendas, dos clases
de ciudadanos:los que tienen divisa y los que viven de su salario en
pesos cubanos. Esa es la diferencia. ¿Quién lo iba a decir?
Todavía recordamos a personas que estuvieron en la cárcel
por tenencia ilícita de divisas. ¿Cambian o no cambian
las cosas que nos parecía imposible que cambiaran?
-Hace doce años, en Cuba la inmensa mayoría de nuestros
jóvenes soñaban con sus carreras en nuestras universidades
y sabían que estas eran garantía para poder superarse,
vivir, mantener a su familia y progresar dentro de un modelo modesto
pero honesto. Hoy vemos crecer la cantidad de jóvenes que están
en la calle, sin trabajar, viviendo del sexo, del juego, de los negocios
ilícitos. No son todos, ni son la mayoría, pero ahí
están las escuelas en las que se les paga algo para que estudien,
muestra de la preocupación del Estado y de una realidad que no
podía imaginarse hace una década. ¿Cambian o no
cambian las cosas que nos parecía imposible que cambiaran?
-Hace doce años, todo lo que era extranjero era diversionismo
ideológico, hasta las publicaciones de la URSS comenzaron a serlo.
Las empresas foráneas eran peligrosas multinacionales que venían
a explotar las riquezas de nuestro suelo y el trabajo manufacturero
de nuestro pueblo. Hoy, ya lo estamos viendo, esas empresas se llaman
firmas, hacen empresas mixtas con las cubanas, invierten
aquí, tienen un porte y aspecto muy atrayente para nuestros empresarios
que desean entrar en ese mundo para mejorar. Es verdad que
dicen que no tienen todas las facilidades para implantarse aquí,
pero el hecho es que están ya aquí. Pagan, la mayoría
de las veces, al Estado en divisa y el Estado cubano paga en pesos y
algunos estímulos a nuestros compatriotas. ¿Cambian o
no cambian las cosas que nos parecía imposible que cambiaran?
-Hace doce años parecía como que todos pensábamos
de forma monolítica y unánime. No se conocían organizaciones
independientes de la sociedad civil, no abundaban los medios de expresión
diversos y disonantes. El miedo era mayor que todo y la crítica
en la calle era casi inaudible y casi inenarrable. Hoy, ya sabemos por
las mismas estadísticas de la prensa oficial que hay un porciento,
que parece creciente con relación al año 1976 en que se
aprobó la Constitución de la República, que opina
distinto, que expresa sin miedo sus alternativas, que firma con su carnet
de identidad sus proyectos y que las críticas pueden ser escuchadas
en cualquier esquina de la calle y narradas en el centro de trabajo,
ocupando los espacios abiertos que les han conquistado al miedo.
Podríamos seguir esta lista de realidades cambiantes, para bien
y para mal, pero cambiantes. No se trata de hacer ahora un análisis
ético o político sobre cada una de estas realidades con
algunas de las cuales estamos francamente en desacuerdo. Se trata de
constatar que todo cambia, aún cuando no nos demos cuenta, cuando
vayan pasando tan poco a poco que parezca imperceptible. Todo va cambiando,
casi siempre de afuera hacia dentro, de lo circunstancial a lo esencial,
del detalle a la médula de las realidades sociales.
La médula de toda realidad social es el hombre y la mujer, la
persona humana. Hasta ella llega la repercusión directa o indirecta
de los cambios: es la persona la que sufre cuando es para mal, es la
persona la que se promueve humanamente cuando es para bien. Es la persona
la que es manipulada cuando no protagoniza los cambios, es la persona
la que se libera y crece y crea cuando puede tomar las riendas de los
cambios. Es la persona humana la que se desanima cuando le hacen creer
que nada cambia y nada se moverá, que nada es posible y hasta
que no debemos apostar por lo imposible.
Hace doce años todo aquello que ha cambiado era imposible, parecía
imposible, nos hicieron creer de un lado y del otro. En el seno de nuestras
familias nos criaron y nos educaron dentro del miedo y la falsa prudencia
porque creían o le hicieron creer que nada cambiaría.
He aquí una clave para entender por qué se ha dilatado
el cambio, por qué hasta algunos de los que debían ser
maestros de la conversión y la renovación, recomendaron
en ocasiones, ser sensatos, cambiar para adentro de nosotros
mismos, ensimismarnos en lo trascendente que equivalía a decir
en lo individual e intimista, porque aquí las cosas
no van a cambiar, por lo menos, por ahora. Era la época del reacomodo,
del miedo con máscara de prudencia. Eran otros tiempos, ¿Quién
diría hoy que lo imposible no puede irse transformando, gradualmente,
perseverantemente, en algo posible y perfectible?
Creemos que hay que trabajar en hacer visibles los cambios. En hacer
evidente la posibilidad del cambio. En hacer consciente la provisionalidad
absoluta de todo lo terreno. No es sólo una tarea cívica
es, además, una misión típicamente religiosa.
Debemos creer y anunciar que nada es eterno. Nada. Debemos creer y anunciar
que nada es incambiable, nada. Debemos creer y anunciar que nada es
inmutable en este mundo.
Para los que creemos en la Trascendencia: sólo Dios es eterno.
Y ni Él mismo ha querido atrincherarse en esa inmutabilidad.
Así lo explica San Pablo en la Biblia: Cristo, a pesar
de su condición divina, no hizo alarde de su categoría
de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó
la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así,
actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse
incluso a la muerte, y una muerte de cruz. (Filipenses 2,6- 8)
De modo que si Dios mismo ha actuado así, se ha metido en la
historia de los hombres y no ha hecho alarde de su posición divina,
¿Cómo deberíamos asumir esa misma historia los
hombres y mujeres que sabemos, por nuestros propios errores y limitaciones,
que no somos ni eternos, ni Dios?
Todo cambia en este mundo, las personas, las cosas, los trabajos, las
empresas, los proyectos políticos, las economías, el modo
de vivir las religiones, el modo de gobernar a los pueblos, el modo
de conquistar los logros sociales, el modo de enriquecer las culturas.
Todo cambia, hasta la vida misma.
Debemos decir, con respeto y serenidad, que todo proyecto humano, por
sí mismo, precisamente por ser humano, es transitorio, pasajero,
cambiable para bien y para mal, perfectible, renovable, es agotable
y un día caduca. Todo proyecto humano se acaba, se termina y
debe dar paso a lo nuevo, a lo mejor.
La vida misma nos lo enseña. No pequemos de ingenuos o de idealistas:
todo en la vida nace, crece, se multiplica, muere. Las personas y los
proyectos. La Iglesia misma, como realidad histórica que también
es, ha existido con todo su esplendor en algunos lugares de esta tierra
donde hoy no queda ni el polvo de aquella gloria. Antiguamente, cuando
el fastuoso ceremonial de la coronación de un Papa parecía
invitar a pensar que estaría allí sobre el trono de Roma
eternamente, la sabiduría cristiana hacía aparecer en
la liturgia católica un humilde fraile que frente a la imponente
silla gestatoria en la que era llevado en hombros el Papa, quemaba una
mecha de estopa que se hacía cenizas en el momento y le decía
a Su Santidad: Sic transit gloria mundi. Así pasa
la gloria de este mundo.
Y así ha pasado siempre. La vida es camino no trinchera. La vida
es cambio, no momificación. La nación que, confiando sinceramente
o llevada por el poder, piense que todo seguirá igual para siempre,
ni vive en la realidad, ni aprende de la historia, ni se prepara para
el futuro. Y si no nos preparamos para el futuro, nos sorprenderán
los cambios inevitables y será el caos y la violencia que nadie
quiere.
Cerrar la puerta al cambio es cerrarla a la transición gradual
y pacífica y todos sabemos que el cambio es ley de la vida y
de la historia y que si no es por la vía preparada, pacífica,
gradual y protagonizada por todos los sectores del pueblo, le cederemos
el paso a lo que nadie quiere:esa es la alternativa que se puede vislumbrar
y que quiera Dios jamás ocurra.
Pensémoslo sosegadamente. Cese la crispación. Ceda la
presión para que disminuya el miedo. Demos espacios de auténtico
debate público. Pongamos en manos de todos los ciudadanos toda
la información y no las partes de ella que nos convenga. Confiemos
en que las personas son seres normales que, con sus pobrezas y limitaciones,
pueden informarse, discernir, elegir y equivocarse. Lo otro no es ni
humano, ni considera a los demás como lo que son.
El peor servicio que se le puede prestar a un pueblo es pensar que la
gente no sabe o no puede, y es necesario explicárselo todo y
hay que indicarle por dónde debe caminar. La peor perspectiva
que se puede tener sobre un pueblo es creer que no es capaz de escoger
y tomar la responsabilidad de la vida y de la historia por sí
mismo.
Ni el Estado, ni la oposición, ni el exilio, ni la Iglesia, ni
los gobiernos extranjeros deberían asumir esta perspectiva negativa
sobre el pueblo cubano. Por muy pobre de información, por muy
dañado éticamente, por muy empobrecido cívicamente
que esté una nación, lo peor no es que se equivoque en
su elección. Lo peor es no darle ni la libertad para equivocarse
y para asumir sus propios errores. Lo peor es menospreciar su capacidad
de protagonizar su propia historia.
Confiemos, pues, en Cuba y sus ciudadanos. Pongamos en manos de todos,
los destinos de la Patria. No perdamos la esperanza. Propongamos proyectos
diversos y debatámoslos con libertad.
Y hagámoslo con la certeza inquebrantable de que todo pasa. Y
todo llega.
Pinar
del Río, 29 de Junio de 2002.