¡Cuba, cuida a tus familias
para que conserves sano tu corazón!

 

Aņo XV. No. 85. mayo - junio de 2008


     

“La familia es lo único que uno tiene”, se oye mucho en Cuba: la familia es el refugio, para muchos la única razón para seguir luchando a pesar de tantos problemas, lo único que se considera verdadero y por lo que vale la pena sacrificarse, es, aunque sea contradictorio, una de las razones por las que se abandona el país definitivamente o en «misiones» como «única manera» de mejorar el modo de vida.
A pesar de tanto divorcio, aborto o promiscuidad que también existen, la familia sigue siendo central en nuestra nación desparramada por el mundo, los cubanos cuidamos en nuestras casas a los ancianos, «nos mudamos» a los hospitales cuando hay un enfermo, y ponemos a nuestros hijos y a nuestros padres (sobre todo a la madre) en el centro de nuestra vida. Estos elementos positivos se deben a la matriz cristiana de nuestra cultura, que en muchos aspectos fue evangelizada y de la cual ni el ateísmo ni los falsos mesianismos han logrado arrancar lo fundamental.
La familia está también en el centro del Plan de Dios en la Creación: “Dios creó al hombre, lo creó a su imagen; varón y mujer los creó, y les dio su bendición: Tengan muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo.”(Gen 1,27). De manera que el mandato de participar en la obra creadora “gobernando” al mundo fue dado a la persona humana que vive en familia, de ahí que cualquier forma de organización social tiene su origen y su centro en la familia, formada a partir del matrimonio de una mujer y un hombre. Las uniones entre personas del mismo sexo no pueden equipararse entonces a la familia, ni considerarse para éstas la posibilidad de adoptar hijos, aunque sí sean objeto de otros derechos fundamentales, los cuales deben estar protegidos debidamente por la ley.
En la tradición bíblica el matrimonio no es un simple convenio o una unión ocasional, es una comunidad de amor que genera vida, tanto por la procreación como porque desarrolla múltiples actividades y proyectos en los diferentes ambientes de la sociedad, estableciendo múltiples relaciones con otras personas, familias y grupos. En el matrimonio, la mujer y el hombre se entregan y comparten la intimidad, la economía y todas las dimensiones de la vida. Dicha entrega implica respeto al otro, la tolerancia al error, la enmienda fraterna, y la promoción mutua, de modo que cada parte de la pareja encuentre en el otro apoyo incondicional para su crecimiento profesional, económico o religioso.
El matrimonio, tal como lo entendemos los cristianos, es una experiencia de libertad que hace cada vez más libres a los cónyuges, porque las obligaciones y responsabilidades asumidas relanzan sus vidas a la misma experiencia creadora de Dios, así la familia resulta punto de partida para una forma de vida individual y social más plena. La familia es el lugar del descanso y la evaluación, el lugar donde se aprende a cultivar la vida en pequeño, para luego poderla promover en otros ambientes de la sociedad, es el lugar donde cada individuo encuentra los complementos que necesita para su realización.
La familia es el lugar donde se aprende a convivir con los defectos del otro, por tanto es la cuna de la tolerancia y la convivencia pacífica que deben ejercerse en la sociedad; la familia es el lugar donde se deben establecer acuerdos y reglas de convivencia, los cuales son la cuna del marco legal que debe regir la sociedad. Por tanto la violencia, la mentira y la infidelidad son contrarias a la familia, y deben ser rechazados radicalmente, así será más pacífica, veraz y transparente la vida en la sociedad.
“El que se casa, casa quiere” es otro refrán muy popular en Cuba, que habla por sí solo, sin embargo, además de una casa digna donde cada nueva familia pueda tener privacidad y espacio para fundar su propio estilo de vida; se necesitan otras condiciones, como la posibilidad de trabajar con una remuneración justa que alcance para el sustento y permita la recreación y el ahorro, así la familia no tendrá que separarse debido a que alguno de sus miembros debe salir a trabajar lejos del hogar o a otro país como forma de conseguir el sustento y de progresar económicamente. El mundo laboral y el resto de las organizaciones sociales deben respetar el tiempo y espacio de la familia, evitándose las movilizaciones y los programas escolares que obligan al niño o al adolescente a separarse la familia para poder estudiar. En Cuba esta es una realidad que obedece a un modelo social ya superado por la humanidad en el que el Estado y ciertos presupuestos ideológicos tienen preponderancia sobre la familia y el ejercicio de la libertad religiosa y de conciencia.
La familia tiene el deber de educar a los hijos formando sus dimensiones racional, afectiva, de la voluntad y corporal, orientándolas al bien y proveyendo en ellas el componente religioso, a este deber corresponde el derecho de los padres de poder escoger los contenidos y el estilo educativo que desean para ello. El Estado debe garantizar que la educación esté al alcance de todos, asegurando la debida diversidad de estilos y contenidos, dentro de los límites que impone la convivencia pacífica y la búsqueda del bien común. Los padres no deben hacer dejación de su responsabilidad en la educación de los hijos, y al mismo tiempo, ninguna otra institución debe arrogársela. La familia, la escuela y la Iglesia deben constituir una comunidad educativa –señaló el Papa Juan Pablo II en su visita a Cuba- donde las hijas y los hijos de Cuba puedan crecer en humanidad. Así la familia, comunidad primigenia del educando, se abre a las comunidades escolar y eclesial, cada una de las cuales tiene su propio e imprescindible papel y también su propia autonomía, la cual no niega si no potencia, al acordar con la familia los contenidos, los estilos pedagógicos y las reglas bajo las cuales se desarrolla el proceso de formación de las personas. En nuestro país hay aún un largo camino que recorrer en este sentido.
Otro deber de la familia, en cuanto núcleo fundamental de la sociedad, es el de contribuir al progreso de la cosa pública, es decir el compromiso político. Éste no se reduce a la militancia en un partido político, aunque la incluye. En sentido amplio, dicho compromiso implica la gestión por la mejora de las condiciones de vida en el barrio, la escuela o el trabajo, pasa por la participación en la sociedad civil, y puede llegar al Estado. La familia es la primera escuela de socialización y debe animar el compromiso social de sus miembros respetando sus diversas opciones y vocación. A este deber corresponde el derecho a que se respete su integridad y privacidad con independencia de las opciones políticas de sus miembros. En Cuba las opciones políticas de un signo y de otro han costado separación y sufrimiento de la familia, sobre todo en los casos en que alguno de sus miembros sufre prisión debido a razones por las que su propia conciencia no lo condena; aquí también hay mucho por cambiar entre nosotros.
Otro deber de la comunidad familiar es producir riquezas, que va más allá de conseguir el sustento. Los miembros de la familia, y ésta como institución, tienen el derecho de escoger por qué caminos buscar su progreso económico, y para ello debe contar con todas las opciones éticamente aceptables, especialmente en Cuba, cuyo pueblo es señaladamente emprendedor. Baste recordar que tras la independencia, los negocios familiares fueron el principal motor de crecimiento económico, y que hace 15 años, cuando esta alternativa fue permitida otra vez de forma fugaz y limitada, el país se llenó de nuevos pequeños negocios que cambiaron su aspecto. La familia cubana debe poder ejercer el derecho a buscar su propio sustento de forma libre y creativa.
La familia debe estar junta, conversar, jugar, disfrutar juntos de algún entretenimiento, compartir la mesa, orar, ir a la Iglesia…, la familia debe tener sus tiempos y su espacio para convivir. Todo el esfuerzo cotidiano de cada miembro adquiere su sentido pleno cuando se disfrutan los tiempos y espacios de la familia. ¡Cuántas familias de Cuba comen hoy todos con el plato en la mano frente al televisor en lugar de compartir la mesa! ¡Para cuántos de nosotros la casa es un lugar donde se está poco tiempo para resolver necesidades vitales, sin que se ponga en su debido lugar el compartir con los demás miembros! He aquí un gran reto para la familia en Cuba, el cual, va más allá del contenido del plato, del tiempo que nos roba la lucha por la supervivencia, o de la cantidad de generaciones que convivan en la misma casa.
La Iglesia es la gran familia de los que han elegido seguir a Jesucristo, en ella cada familia debe encontrar refugio, enseñanza, apoyo y referencia para el camino de la vida. La Iglesia es una comunidad heterogénea de personas y familias donde cada cual debe encontrar su espacio y donde todos se encuentren cotidianamente con el otro, y con el Otro, el Dios que vive en una Familia llamada Santísima Trinidad, que es el modelo supremo de convivencia, que ha tenido su mayor expresión en el mundo en la familia de Nazaret, donde creció Jesucristo, al abrigo de María Santísima y de San José, ejemplos de vida para todo el mundo.
El camino para llevar adelante nuestras familias no es otro que Jesucristo, señaló también el Papa, para lo cual advirtió que es necesario recuperar los valores religiosos en el ámbito familiar y social, fomentando la práctica de las virtudes que conformaron los orígenes de la nación cubana, en el proceso de construir su futuro "con todos y para el bien de todos", como pedía José Martí.
Los valores y actitudes cristianas propios de nuestra cultura deben ser cultivados y potenciados por todos, para que podamos pasar de una limitada conservación de buenas costumbres, contra las que atenta un ambiente hostil, al cultivo de una forma de vida nueva y más plena, que permita hacer de nuestro hogar una casa donde todos podamos y queramos vivir con dignidad.