La emigración,
un fenómeno alarmante

 

Aņo XV. No. 89. enero - febrero de 2009


     

¿Por qué hay tantos cubanos que quieren irse y se van de su Patria?, ¿por qué renuncian algunos, dentro de su misma Patria, a su propia ciudadanía para acogerse a una ciudadanía extranjera?, ¿por qué profesionales, obreros, artistas, sacerdotes, deportistas, militares, militantes o gente anónima y sencilla aprovechan cualquier salida temporal, personal u oficial, para quedarse en el extranjero?. Así preguntaron hace 15 años los Obispos cubanos en la memorable carta pastoral “El Amor todo lo Espera” que trató sobre nuestra realidad social y dentro de ella, la emigración como uno de nuestros fenómenos más alarmantes.
Las personas tienen derecho a escoger dónde vivir, y de ir a los lugares donde tengan mayores oportunidades de mejorar su calidad de vida y realizar sus sueños y proyectos. A lo largo de la historia las personas han emigrado como parte de grupos que conquistan otras tierras, que huyen de las guerras, buscan agua, mejores tierras, trabajo o libertad. Han existido también emigraciones forzadas relacionadas con la esclavitud o con diversas formas de desalojo. Varias naciones se han formado gracias a la afluencia de inmigrantes y otras han desaparecido. La emigración representa el movimiento de la riqueza más grande que tiene el mundo: las personas y aquellos países o naciones que han acogido y brindado oportunidades de desarrollo a tal riqueza, han progresado, mientras que los que la han ahuyentado o dejado escapar, se han empobrecido.  
Cuba fue un país de inmigrantes aún desde tiempos de la colonia, a pesar de los múltiples problemas que tuvimos hasta entrada la República, muchas personas, fundamentalmente de Europa y Asia, encontraron en nuestro país mayores oportunidades que en los suyos para mejorar su vida. A pesar de que vivimos el drama de la esclavitud y el traslado forzado de esclavos africanos, éstos, al abolirse la esclavitud, pasaron a formar parte del ajiaco multicolor de la cubanidad, que fuera enriquecido también por españoles, chinos, árabes o europeos del Este.
Cuba se convirtió en un país de emigrantes a partir del triunfo de la Revolución, casi desde el principio algunas personas emigraron por temor a ser castigadas por estar comprometidas con el anterior régimen, otras muchas, por desacuerdo con los cambios que se producían, los cuales, en pocos años, privaron de sus propiedades y proyectos de vida tanto a pequeños empresarios como a grandes. Muchos intelectuales y artistas no encontraron tampoco lugar en el nuevo orden social.
Luego, a la usanza de los regímenes del llamado socialismo real ya casi extinto, a los ciudadanos se les hizo muy difícil salir del país, a menos que fuera de forma definitiva o a asuntos de interés gubernamental, reservados sólo a personas seleccionadas. Esta situación se ha matizado mucho en la actualidad, siendo posibles los viajes de paseo por invitación, a contratos de trabajo, o por interés de algunas instituciones no gubernamentales, pero los ciudadanos siguen necesitando un permiso de salida para viajar, además de la visa del país visitado. Dicho permiso de salida puede negarse por muchísimas razones de todo tipo. Hay más de un millón de cubanos viviendo fuera de Cuba y ninguno quiere volver a asentarse en su país de origen. Otros tantos cubanos que viven aquí quieren marcharse. Tampoco es Cuba un destino  para las personas de otras nacionalidades que buscan mejorar o que huyen de realidades inhumanas.
Las respuestas a las preguntas de los obispos citadas arriba no han sido dadas con objetividad y verdadero espíritu crítico por ninguno de los implicados. Muchos de los que se marchan afirman simplemente que quieren mejorar económicamente, pero no reconocen que las causas de la crisis económica están fundamentalmente en la errada política del Estado, el Estado achaca toda la responsabilidad al embargo económico de los EU sin reconocer que la mayor parte del problema está dentro de Cuba, y otros, que reconocen y denuncian el carácter político del drama, son perseguidos.
El problema de fondo está tal vez en que se obliga a los ciudadanos a escoger entre una de las dos alternativas de una disyuntiva injusta: te adaptas a la actual situación y acatas la política del Estado limitándote a cumplir sus tareas y a confiar incondicionalmente en éste, o te vas del país. La posibilidad de la transformación pacífica por iniciativa ciudadana está proscrita, sin distinguir los que realmente quieren el bien de la nación de los que no, aún cuando las iniciativas partan desde las mismas estructuras sociales y legalidad vigentes. La oposición pacífica propia de cualquier sistema democrático es vista como un ataque al Estado.
Muchas personas en Cuba tal vez no perciban tales esencias, pero sí viven en carne propia la “certeza” de que “aquí nada va a cambiar” y que si quieres mejorar “tienes que irte o buscarte un trabajo fuera, o alguna misión”. Surgiendo así una suerte de emigración de terciopelo o parcial que separa familias y obliga a profesionales y trabajadores de todo tipo a buscar fuera del país con enormes cuotas de sacrificio humano, lo que debía encontrar dentro. Ciertamente se ha hecho mucho bien con estas “misiones” en lugares donde hay muchos necesitados, pero estas deberían partir de la voluntad cierta de ayudar y no por la obligación encubierta de resolver necesidades básicas.
Otro gran drama es el del éxodo a través del Estrecho de la Florida que ha costado miles de vidas, y ante el cual cabría preguntarse: ¿por qué los cubanos son capaces de arriesgarse tanto para marcharse y no lo son de igual modo para afrontar las consecuencias de intentar mejorar su hogar nacional? La respuesta no está tampoco clara entre nosotros, pero tal vez pase por el hecho de que la travesía por el Estrecho es una empresa de pocos días, que de tener éxito, asegura las oportunidades de progreso que no se tienen en Cuba; mientras que el intento por cambiar el país puede tener consecuencias negativas que ciertamente no son la muerte, pero sí un grupo de limitaciones que sumadas a las cotidianas hacen la vida prácticamente imposible a la persona y a su familia, las cuales a veces van acompañadas de la cárcel.
Cuba padece también emigración interna motivada por las diferencias de calidad de vida y oportunidades entre el campo y la ciudad, entre el occidente y el oriente, entre La Habana y otras ciudades. Lo cual tiene su causa en las políticas administrativas y tuvo sus antecedentes en iniciativas del Estado como las reubicaciones de campesinos en los años 70 y 80 como parte de los procesos de estatalización de la tierra o en los años 60 a consecuencia de los conflictos armados en el centro del país. El éxodo es una realidad que vive toda la nación, y una de las principales vías de empobrecimiento del país.
En la tradición bíblica, el éxodo es la marcha hacia la tierra prometida, el lugar separado por Dios para su pueblo, lugar que “mana leche y miel (Ex 3, 7-10)”. Aunque se trató de una huida de la explotación y la miseria, la tierra prometida no era un lugar cultivado y vacío de personas, preparado por arte de magia para cuando el pueblo llegara. Esta tierra tuvo que ser conquistada y cultivada con sudor y luego defendida de múltiples invasiones y peligros. A esa tierra se llegó luego de 40 años a través del desierto, lo que significó un camino de purificación para el pueblo, y un entrenamiento que les serviría después para construir un país al llegar a la tierra que Dios les había prometido. Vista con perspectiva cristiana la tierra prometida de La Biblia es el lugar que de manera natural pertenece a un pueblo, lugar al que hay que marchar por los caminos de la purificación, y que hay que quitar de las manos de quienes se oponen a que la nación funde un país,  el cual progresará y se librará de las calamidades de este mundo en la media en que sea fiel su la Alianza con Dios (Gen 15, 17-20), y construya el orden basado en la Ley de Dios (Ex 15,24-27) que Jesucristo luego completara (Jn 13,31-35) con el mandamiento del Amor. En nuestros días, en que el cristianismo ha perneado muchas de las culturas de la humanidad, los elementos de la Alianza están presentes en lo que hoy conocemos como Derechos Fundamentales, Principios Democráticos o Respeto a la Dignidad Humana y que prevalecen en aquellos países que hoy llamamos desarrollados o de éxito, aunque la Alianza de Dios con la Humanidad sea mucho más que la aplicación de estos principios, ya que implica la conversión de la persona y la sociedad a un modo de vida basado en el amor y en la relación íntima con Dios, que salva por su Gracia.
Llegado este punto, se puede ver que la tradición bíblica cristiana invita a las personas y a los pueblos a realizar su propio proyecto de nación basado en principios y consensos que busquen el bienestar de todos, sin dejarse vencer por los enemigos y pasando duros períodos de prueba. No hay lugar indigno en el mundo, porque toda la creación es buena (Gen 1,1-31), son las miserias humanas las que hacen hostiles algunos lugares. Esas son las miserias que hay que superar a fuerza de bien. Por eso la Iglesia no se va de ningún lugar aunque las condiciones sociales, económicas o políticas sean desfavorables, la Iglesia son las personas que viven en la fe de Cristo. Al mismo tiempo la Iglesia respeta la voluntad de las personas de emigrar huyendo de realidades inhumanas y persecuciones, o simplemente buscando mejores oportunidades para su realización, comprendiendo que hay personas para quienes la permanencia en Cuba se vuelve sostenible únicamente con cuotas de heroicidad que no se le pueden pedir a nadie, aunque sean éstas un camino privilegiado a la santidad.
En vez de una respuesta a las preguntas sobre el drama de la emigración en Cuba, los obispos hace 15 años invitaron a resolver sus causas entre los cubanos, andando caminos nuevos basados en el diálogo y la reconciliación, en lugar de culpar a los de fuera, aunque tengan alguna cuota de responsabilidad, ni esperar todo de ellos, aunque se necesite su colaboración.
En Cuba es hora de que se abran para todos los cubanos nuevas oportunidades para tomar en las manos las riendas de nuestras vidas, de modo que podamos, entre cubanos y abiertos al mundo, encontrar en Cuba los caminos para nuestra propia realización personal y nacional, de modo que veamos al mundo como una extensión de nuestra tierra, y no el lugar donde, abandonando ésta, podemos realizar nuestros sueños. La solución está en nuestras manos, desde el Estado, hasta el ciudadano común, y no depende de ninguna fuerza foránea. Cuba es y debe ser el hogar de todos.

Pinar del Río, 2 de febrero de 2009
"Nuestra Señora de La Candelaria"