La familia tiene una doble importancia, en primer lugar para las personas, porque es el espacio ideal e insustituible en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones del bien y el mal, aprende a amar y ser amado o aprende a odiar y ser odiado, aprende o no, todas las obligaciones que debe asumir responsablemente como ciudadano y como miembro de ella. Las obligaciones de sus miembros no pueden estar limitadas a un contrato, sino que se derivan de la misma esencia y naturaleza mística de la familia. La otra gran importancia es su rol social, porque es una comunidad natural, donde se experimenta la sociabilidad humana, contribuyendo de manera única e insustituible también, al bien de la sociedad.
Una sociedad que se fundamente en los preceptos cristianos de la familia, es la mejor garantía para luchar contra toda tendencia individualista y colectivista, porque siempre en ella, la persona humana, ocupará el centro de atención como un fin y nunca como un medio. La familia debe siempre priorizarse con relación a la sociedad y al Estado, porque ella es la célula primaria de la sociedad, es la condición misma de éstos, porque los precede, y no puede estar por lo tanto, en función de ellos, es la sociedad y el Estado los que deben estar en función de la familia, por la importantísima tarea educativa que de ella emana.
Mucho se habla hoy en día de la crisis mundial de la familia y de los valores humanos, y por supuesto nuestra sociedad no está exenta de ella. Cuba vive una violencia familiar que a nuestro juicio tiene dos dimensiones, una violencia que nace desde su seno y se irradia hacia sus miembros y la sociedad, y otra que se ejerce sobre ella por instituciones que coartan su importancia, funciones y responsabilidades. Cuando se habla de violencia familiar, no necesariamente tiene que ser la agresión física o corporal que tanta vejación causa, existen otras formas más solapadas que originan tantos o más daños que la primera.
Muchos ejemplos podemos esgrimir para evidenciar la violencia familiar que vivimos en Cuba, basta echar una mirada a nuestro alrededor, en nuestro propio barrio para darnos cuenta de ello, solo hay que tener un poco de agudeza y querer ver lo que subyace como normal y cotidiano. La propia situación de escasez de viviendas ha obligado a la familia cubana desde los propios comienzos de la década de los 60 a convivir en una misma casa diferentes generaciones –hijos, padres y abuelos- lo cual, en la mayoría de los casos, provoca conflictos generacionales muy graves, que terminan en falta de respeto, agresiones verbales y físicas, exclusiones, enajenaciones, ironías, entre otras manifestaciones deprimentes. Si a esta desgracia le unimos el alcoholismo, que ha aumentado su incidencia en Cuba, sobre todo en los jóvenes conjuntamente con el consumo de drogas, la situación se torna mucho más crítica, llegando a la depauperación familiar.
El denigrante, chabacano y populista comportamiento ciudadano, hoy en día, de muchas personas, pero en especial de los adolescentes y los jóvenes, también evidencia una convivencia familiar sin normas de conducta y de valores éticos y morales. Esta erosión, por supuesto, es producto de que se ha sustituido el valor de la familia y se ha suplantado por parte del Estado cubano y de muchas instituciones, sus responsabilidades educativas para con sus miembros y para con la sociedad. La familia cubana vive y actúa subordinada y en función del Estado y sus instituciones. Cuando se aborda un ómnibus, o se entra a un establecimiento público, donde afloran estas denigrantes e indeseables conductas, se aprecia una total permisividad e indolencia por parte de las personas que representan a esas instituciones, como si esta problemática no fuese de su incumbencia y cayera en tierra de nadie. También es evidente tal permisividad por parte de todos nosotros, que no somos capaces de alzar la voz para reclamar nuestros deberes y derechos. Esto también es muestra de una agresividad sobre la familia.
Sabemos que en otros países de nuestra área geográfica existen muchos niños, adolescentes y jóvenes que no tienen acceso a la educación escolar y sin embargo cultivan una conducta ciudadana y normas de convivencia positivas, y esto es producto a la educación familiar y a la propia sociedad que a través de sus organizaciones e instituciones públicas y privadas, así lo exigen. Contrastando, en Cuba, todos tenemos acceso a una educación escolar fundamentada en un solo estilo pedagógico materialista y ateo, y sin embargo deja mucho que desear el comportamiento de una gran cantidad de adolescentes y jóvenes, tanto en el seno familiar como en la sociedad, y es porque una gran mayoría de maestros, profesores y funcionarios, así como padres de familia no son modelos a seguir y se pierde el verdadero paradigma educativo. Convencidos estamos, de que si la familia cubana pudiese optar por una educación acorde con el estilo pedagógico de su preferencia, muchos de estos males se subsanarían. Esta exclusión, a nuestro entender, es otra forma de agresión violenta y solapada sobre la familia cubana.
El índice de divorcio en Cuba sigue elevándose a cifras astronómicas, lo cual demuestra que no existe una concepción clara y profunda por parte de los cónyuges de la importancia del matrimonio; el hedonismo y el materialismo extremo son plagas que contaminan nuestra sociedad. Esta deficiencia se hereda de generación en generación y los jóvenes contraen el compromiso civil, sin quemar las etapas de pre-noviazgo, noviazgo y de preparación para el matrimonio, como misterio divino y sacramento de la Iglesia. Se casan sin estar listos para formar una familia estable y duradera. La separación de los matrimonios del contexto familiar por el cumplimiento de misiones y colaboraciones internacionalistas, único recurso que le queda al profesional cubano para mejorar un poco económicamente, ha sido causa en muchos casos, de infidelidad y de destrucción de la familia.
Existen otras causas de separación familiar como es el éxodo de los jóvenes, buscando espacios fuera de su país, donde puedan realizarse profesionalmente y vivir dignamente de la remuneración por su trabajo, que ha entristecido y enlutado a la familia cubana. La tan deseada reunificación familiar, manipulada muchas veces como castigo a desertores, es otra agravante que viola la dignidad y el derecho natural de la familia. Concebimos como agresión y violencia familiar el que los padres al no devengar un salario justo por su trabajo, su familia viva en la pobreza sin poder satisfacer las necesidades más primarias de alimentación, vestimenta y techo.
El Pontificio Consejo “Justicia y Paz” a través del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, establece que la familia debe ser reconocida como sujeto activo y protagonista consciente de la vida social, que lejos de ser objeto de acciones y manipulaciones políticas, puede y debe ser, ente activo en la vida social del país, que a través de su movilización formativa y educativa, exija que las leyes y las instituciones del Estado, no solo no sean ofensivas, sino que sostengan y defiendan positivamente, los derechos y deberes de la familia.