A LOS LECTORES
En el cuadragésimo aniversario de Playa Girón y desde mi casa en la Diáspora rompí el surco en la tarea demorada de escribir sobre mí transitar por la larga, compleja, complicada y confusa experiencia de mi país y de mi pueblo durante la segunda mitad del siglo XX. Inicié este proyecto muy cerca de mis 67 años de vida iluminada y sostenida por cuatro fuerzas que abrazan e impulsan mi existencia, el amor, la fe, el conocimiento y la libertad. Por ellos y con ellos mi peregrinar terrenal ha sido hermosísimo y, en verdad, excepcional. Sin ellos, estoy segura, yo hubiese sido otra persona. Cuando mis estudiantes universitarios me piden una auto-descripción yo les respondo: “soy una cubana, cristiana existencial…, con profundas preocupaciones sociales.
Las memorias de mi niñez y adolescencia son agridulces… Nacer prematura, pesando libra y media, negra por la falta de oxígeno y con pronóstico más que reservado en cuanto a las posibilidades de sobrevivir, constituyó ya un reto enorme para mi madre y para mí… Mis primeros catorce años durísimos, sometida a un régimen de rehabilitación cuasi-militar: lo primero en casa era cumplir cabalmente con el plan de los médicos para mi lenta recuperación física. No fui al colegio hasta los 10 años cuando ya podía caminar un poco. Tuve maestros en casa desde los 3 años, incluso tutores en el idioma inglés. Heredé de mi abuelo paterno la destreza lingüística y antes de los doce ya era bilingüe español-inglés y había empezado mis clases de francés. Pero en mi medio sociocultural santiaguero de los años 40 y 50, yo no encajaba en los patrones femeninos de la época: era una cojita, gordita, tímida y callada… La norma para las jovencitas entonces era tratar de ser atractiva y simpática, pescar a un buen partido, casarse y tener una familia.
Los que me conocen desde hace muchos años no conciben mi etapa violeta. A partir de mis dieciséis años experimenté una intensa metanoia: ¡la oruga se hace mariposa…! Toda la energía ausente de mis piernas y pies se concentró en la cabeza y el corazón… El Paráclito [Espíritu Santo] me regaló una fe hermosa y fuerte, una sed de conocimiento y un ansia de libertad que se refuerzan mutuamente en mi vivir cotidiano. La experiencia del Amor del Padre encarnado en el amor de mis padres y de mi bellísima comunidad de afectos, a lo largo y ancho de mi vida…, es, sin dudas, la Savia que alimenta esas otras dimensiones que colorean y dan sabor a mi diario bregar. ¡No ha sido fácil pero ha sido fabuloso! Lo que muchos pudieran mirar como mi cruz, yo lo veo como una bendición… Estoy intelectual, espiritual y moralmente convencida que si yo no fuera “una minusválida….” yo hubiera sido una persona, no solamente distinta sino mucho más limitada…, en mi capacidad de trabajo, en la profundidad y riqueza de mi experiencia religiosa, entre otras cosas. Identifico en mí un potencial enorme para el mal, y me regocijo profunda e íntimamente cada vez que libremente escojo el bien... Esta vivencia intensa y repetida de libertad…, me coloca, a veces, en situaciones peligrosas… ¡que yo disfruto muchísimo!
Los mecanismos compensatorios y de sublimación psicológicos han sido importantes en mi desarrollo físico, emocional, intelectual, social, espiritual, moral y axiológico. La consistencia y compromiso con principios y valores, ha marcado sólidamente los perfiles de mi personalidad y de mis quehaceres cotidianos a corto, mediano y largo plazo. Yo rompo patrones desde principio. Echando una mirada abarcadora sobre mis ya muchos años de vida, no consigo señalar ni un momento de aburrimiento. Por un cúmulo de razones diversas, siempre he vivido con apasionado interés, tanto experiencias positivas como negativas, unas y otras han sido siempre nutritivas y aleccionadoras. Comparto el criterio humanista de que solamente es error aquello de lo que nada aprendemos…
Espiritual y teleológicamente vivo sabiendo que todo en mi existencia es parte del Plan de Dios sobre mí y sobre el sentido, a veces misterioso…, de mi diario bregar… En el transcurso de los últimos años, acompañando a mi madre en su lenta despedida de la tierra y tránsito hacia su encuentro con Jesucristo en la eternidad, adquirí la certeza de la incertidumbre… Entonces, luego de estar acostumbrada a anticipar y planear cada paso de mi cotidiano quehacer…, tuve que caminar a tientas en la oscuridad…, con el único consuelo de saber que mi Señor estaba junto a mí y que Él es mi faro y mi piloto… Después de tantas lecturas, reflexiones, discusiones y debates…, coincido con Sócrates en que sólo sé que no sé nada y, sin embargo, ¡sigo empeñada en buscar respuestas a tantas preguntas…!
En un esfuerzo consciente de entender mejor el sentido de mi existencia, emprendo la tarea de repensar mi itinerario cubano: me paseo punzantemente por mis años santiagueros –hasta los veintisiete- cuando salí de Cuba creyendo que regresaría en pocos meses y transcurrieron casi 18 años de distancia, nostalgia e impotencia… Volví a pisar suelo cubano el 18 de noviembre de 1978. Era una noche sin luna. En la oscuridad de la pista del Aeropuerto José Martí bajé la escalerilla del avión del brazo del Pbro. Ernesto García Rubio. Ambos volamos desde Kingston, Jamaica, en un Ilushin 62, con muchos otros compatriotas invitados por el gobierno de Cuba a dialogar sobre una agenda de común interés. Los que respondimos positivamente a esa convocatoria sabíamos los riesgos que corríamos (dos fueron asesinados en Nueva Jersey y Puerto Rico; otros padecimos una campaña larga y tenaz de terrorismo verbal y físico)1. Todos teníamos una agenda personal, política o comercial. La mía fue personal y política y considero que se cumplió, al menos en un 90 %: (a) asomarme directamente a la realidad insular; (b) revincularme con mi Iglesia en Cuba; (c) participar, de alguna manera, en el esfuerzo de abrir la sociedad cubana; y (d) tratar de sacar de presidio a tres entrañables amigos que seguían atascados en las cárceles cubanas. Veintiocho años después tirios y troyanos coinciden en el criterio que… “desde El Diálogo, Cuba es la misma…, aunque no es igual…” Sucesos como la Embajada del Perú; El Mariel; Los Balseros del 94; y el flujo creciente de los Balseros del Aire -entre otros-, no hubiesen tenido lugar sin el Encuentro del 78.
Ya llevo más de 40 años fuera de mi país. Identifico 3 destierros en más de cuatro décadas de cubana errante. El primero desde agosto del 61 a noviembre del 78; el segundo desde agosto del 80 a diciembre del 89 y el tercero desde septiembre del 91 hasta el presente. Solamente el primero fue voluntario. Desde el 80 hasta hoy es el gobierno cubano el que, espasmódicamente, me impide viajar a mi terruño. Hay dos dinámicas operativas que marcan y definen la política del régimen isleño, en especial, cuando de cubanos se trata, residentes en la Isla o en su Diáspora: (a) la norma es la no-norma y (b) el misterio y la arbitrariedad. El mantener a los cubanos, en ambas riberas del río nacional, en estos dos columpios mentales y emocionales le permite a los que mandan un mejor control de la conducta de los ciudadanos. La gente no sabe bien a qué atenerse y uno se siente como suspendida en el aire, sin conseguir plantar bien los pies y sin ver claro el camino que se ha de transitar… Esto, ciertamente, es un factor importante para comprender por qué el proceso de cambio o sucesión transcurre tan lentamente en la tierra de Varela, Maceo y Martí.
También pienso que nuestra Diáspora juega de alguna manera en el devenir nacional y que cada día aumentarán en cantidad, calidad y diversidad los lazos y vasos vivificantes entre todos los cubanos y recíprocamente entre Cuba y su Provincia Ultramarina, cuya capital es Miami pero que comprende municipios transnacionales en otras ciudades de Yankilandia; España; México; Puerto Rico; Venezuela; Chile; Suecia y múltiples otros puntos del planeta. Los cubanos somos los judíos del Caribe –compartiendo con los hebreos algunas características psicoculturales significativas- y tenemos una diáspora creciente y dispersa como los hijos de Jacob y los de de Confucio. La prioridad ético política de los compatriotas insulares es principio rector y no-negociable para mí: lo que podamos hacer por Cuba y su destino ha de ser pautado por los que viven adentro, con la cooperación abierta y eficaz de los que radicamos afuera. El futuro de Cuba y de todos sus hijos ha de ser incluyente y democrático... Las exclusiones e imposiciones siempre acarrean dolor y enajenación.
Quiero, otra vez, expresar mi gratitud a tantos que conforman y comparten mi existir integral de cubana y santiaguera que reside aquí y vive allá... Mis afectos insulares saben que en este destierro ya demasiado largo…, ¡mi cerebro y mi corazón sintonizan y laten con los que allá viven, sufren, luchan y esperan!
María Cristina Herrera