
MI PRIMERA ETAPA EN MIAMI [2]
Esta etapa va desde septiembre de 1961 a septiembre de 1966. Fueron cinco años duros y difíciles. Aunque ya yo era una joven de 27 años, profesional y bilingüe, llegar sola, sin un centavo, al entorno extraño y agitado de Miami post-Girón fue una experiencia distinta, dolorosa, confusa y enriquecedora a la vez. Al salir del avión me percaté que no traía dinero alguno en la cartera. Al pasar Inmigración le pedí al funcionario que me facilitara una monedita de diez centavos a fin de avisarle por teléfono a un tío para que pasara a recogerme. Al día siguiente le devolví la monedita pegada a una tarjetica 3x5 dentro de un sobre.
Mi primer empleo en Miami fue recortando periódicos con noticias sobre Cuba. Pocas semanas más tarde conseguí trabajo en una escuela nocturna en la Pequeña Habana adonde muchos de mis compatriotas asistían a clases para aprender inglés. Aquí mi salario era de $13 diarios sin beneficios: los días feriados o cuando me enfermaba no cobraba... Fui sobreviviendo hasta que me contrataron como profesora de español en Notre Dame Academy –una secundaria de monjitas- en Miami. Mis padres llegaron en junio de 1962 y, por supuesto, nos mudamos los tres juntos. Nos dijeron que si ellos vivían aparte de mí podrían recibir ayudas múltiples para personas mayores pero los tres coincidimos en que mejor era estar juntos como una familia. Esta opción dificultó muchos años después el lograr beneficios para mi madre en sus postreros años de vida con dolencias y achaques geriátricos.
Desde el otoño del 61 al verano del 63 estuve trabajando con la Delegación en el Exterior del MRP. Poco a poco, me fui dando cabal cuenta de que este esfuerzo era baldío. El regreso de los prisioneros de Girón fue la gota que rebosó mi copa de militante anti-castrista, fuera de Cuba. Se agudizó en mí la conciencia de que había que emprender la tarea inevitable de la supervivencia personal y profesional y aguardar otras oportunidades de ayudar a los compañeros de lucha encarcelados en la Isla. Escribí una carta a prisión informándole a los amigos allí que yo cesaba en esta lucha estéril y que me mantendría dispuesta a considerar otras opciones viables en un futuro. Mi partero del exilio fue Eugenio del Busto -entonces sacerdote- siempre amigo y cubano muy cercano..., que me acompañó en esta experiencia medular. Me convencí que la forma de lucha ensayada hasta entonces, no era efectiva, en particular, fuera del país. Había que buscar otros parámetros de vinculación con el país y con su pueblo. Buscaba aún sin saberlo, el montarme, otra vez, en el carrito de la Historia. El proceso nacional durante las décadas de los años sesenta y setenta, con sus aciertos y desaciertos, parecía ser irreversible... Se imponía el repensar a Cuba... En ese entorno mental y emocional y un tanto a la buena de Dios..., comenzamos a reunirnos en las noches de los lunes, en mi casa, alrededor de Carmelo Mesa Lago a conversar sobre la economía en Cuba. Carmelo y yo nos encontramos e iniciamos nuestra preciosa relación humana y profesional como amigos y colegas en el Instituto de Acción Social: un programa de la Arquidiócesis de Miami para los cubanos que llegaban como refugiados políticos. Se les impartía cursos de inglés, de doctrina social de la Iglesia, de materialismo dialéctico, de economía. Yo enseñaba doctrina social católica –desde León XIII hasta Juan XXIII-. Algunos de mis colegas profesores eran Carmelo Mesa Lago, Ángel del Cerro, Fermín Peinado, Jorge Castellanos, entre otros. [Castellanos y Peinado habían sido mis profesores en la Universidad de Oriente].
Carmelo parte hacia Ithaca, N. Y. a realizar sus estudios doctorales en economía. La gente sigue viniendo a casa los lunes y hablamos de cualquier tema relacionado con Cuba. Simultáneamente se está celebrando en Roma el Concilio Vaticano II. En 1965, en una escala en Miami, desde Roma rumbo a Venezuela, conversé con Mons. Eduardo Boza Masvidal, + -Obispo cubano expulsado en el Covadonga en septiembre de 1961 y radicado en Los Teques, cerca de Caracas-, y compartí con él el sueño de un encuentro entre cubanos de pensamiento católico y otros, para juntos reflexionar sobre la experiencia nacional. Con la bendición de Mons. Boza comienzo a escribir cartas a un puñado de compatriotas regados por tres continentes. Poco a poco me llegan las respuestas diciendo: “¡Qué buena idea... mantenme informado!” Comprometida con la idea..., seguí empeñada en hacerla realidad. Pasito a pasito, se fueron despejando los obstáculos y logramos congregarnos en la ciudad de Washington, D. C., del 4 al 6 de abril de 1969. Treinta cubanos, mujeres y hombres muy diversos, que venían de lugares cercanos y lejanos, más o menos jóvenes y no tan jóvenes... Todos llegamos un tanto curiosos y asombrados..., sin poder anticipar qué pasaría allí... Este encuentro se conoce como la Primera Reunión de Estudios Cubanos (PREC), precursora inmediata del Instituto de Estudios Cubanos (IEC), que adquiere perfil institucional con la elaboración de sus primeros Estatutos en 1972 y su proceso legal que culmina en 1973 cuando se establece como una ONG, con fines no-lucrativos y plenamente exenta de impuestos federales en los Estados Unidos, bajo la categoría (501-c-3})