
MI VIDA BORICUA [3]
Al terminar mi Ph.D. en Washington, D. C. el 7 de mayo de 1968, ya habíamos tomado la decisión mi madre y yo de trasladarnos a Puerto Rico para reunirnos de nuevo con mi padre, quien trabajaba allí con otros amigos santiagueros en una pequeña empresa de construcción. Yo había hecho gestiones de trabajo en la docencia universitaria y comencé a enseñar en el Puerto Rico Junior College, en su Recinto de Cupey, una comunidad vecina de San Juan y dentro de la zona metropolitana. Desde la Isla del Encanto continué las gestiones –por correos y teléfono- para culminar el proyecto de la (PREC) anteriormente mencionada.
Mi breve estancia en la tierra de Pablo Casals fue refrescante. Trabajé con boricuas y cubanos interesantes y de calidad profesional y humana, independentistas, estadistas y partidarios del Estado Libre Asociado (ELA). Aprendí que la esencia de la cultura puertorriqueña se encierra en el símbolo del coquí...: este minúsculo animal –ranita o sapito- canta incesantemente de noche. Parece débil pero es bien fuerte. Se oye pero no se ve..., como el Dios del Antiguo Testamento. Su peculiaridad es que solamente sobrevive en la Isla. Muchos boricuas han querido transplantarlo a territorio continental y han fracasado en su empeño de tenerlo en casa fuera de su sitio natal. A los hijos de Borinquen le sucede algo similar al coquí: cuando regresan al terruño revientan en fiestas, música, bailes, comida y bebida... En suelo extraño son, muchas veces, reservados y desentendidos del acontecer en su entorno. La vitalidad y alegría isleñas se esconden bajo el ropaje del aburrimiento y la enajenación.
Con los puertorriqueños aprendí solidaridad y democracia. Muchos de mis compatriotas, radicados exitosamente en la tierra de Hostos y Clemente, han adquirido fama de echones... [mezcla de agresivos, pedantes y “marqueses de casa sola...” ]. Creo que los cubanos podríamos compartir con los boricuas nuestra lucha por la soberanía y nuestra capacidad de supervivencia..., contra viento y marea... Sería bonito y solidario que juntos, unos y otros, encarnáramos los versos que dicen:
Cuba y Puerto Rico son
de un pájaro las dos alas
reciben flores y balas
en el mismo corazón.11
Mi estancia breve en la Isla me dio la oportunidad de conocer y querer a gente sencilla, sincera y servicial. Regresé a Miami por razones culturales, profesionales, económicas y políticas. A finales de los años sesenta ya la capital del exilio comenzaba a tener perfiles más amplios como bisagra cultural y comercial de las Américas. Despuntando el Tercer Milenio el potencial integral de la ciudad y su entorno era evidente para empresarios, artistas, académicos, políticos, periodistas y ciudadanos del mundo.