Edición: Héctor García Quintana
Ernesto Ortiz Hernández
Diseño: Yenia María González
Corrección: Ernesto Ortiz
Impresión: Pedro Pablo Mejías
 
  Jurado / Cuarta Edición del Concurso
Ángel Santiesteban
Rafael A. Bernal Castellanos
Yomar González

 
Agnieska Hernández Díaz
(Pinar del Río, 1977)
Miembro de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Editora de la revista La Gaveta de Pinar del Río. Miembro del Taller de Creación Onelio Jorge Cardoso de Ciudad de La Habana.
Ha recibido varios premios, entre los que se destacan: Celestino de Cuento de la ciudad de Holguín, José A. Baragaño (ambos en 2001), así como en diversos encuentros de Talleres Literarios en la provincia vueltabajera. En 1998 obtuvo la Beca de Creación Mascarada, de la AHS en Pinar del Río.
Cuentos suyos se antologan en El Ojo de La Noche, de la Editorial Letras Cubanas, y Los caminos de Eva, Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002.
Publicaciones suyas aparecen en las revistas Cauce, deLIRAS, La Gaveta, las cuales incluyen cuentos, fragmentos de novela, artículos relacionados con la Literatura y las Artes Plásticas, así como reseñas literarias.
Su novela Con la piel roja te veas, está en proceso editorial por la institución Hermanos Loynaz.

 

Contraportada

Laura, Laurita, abre los ojos” (…) “Laurita, abre los ojos que no vas a morirte ahora. ¿Bien? Nadie se muere en el momento preciso y menos mientras haya gente a su alrededor” Pero la niña agoniza. Un grupo de adultos intenta asirla a la vida. Cada uno esconde sus propios miedos, actúa su propio papel para evadir el soplo de la parca.
¿Cuáles son los motivos que los atraen a los pies de la moribunda y qué curso tomarán sus vidas luego del desenlace? Sólo es un motivo, un justo medio que define actitudes y posiciones de diferentes personajes atrapados por la presencia de la muerte; una parte de este relato donde se entremezclan absurdo y realidad, amor y desamor, traición y lealtad. Conviven en él pasiones ocultas o a la luz, la deshumanización que provoca la miseria desesperada junto al abandono del escarnio ante la presencia ineludible de la muerte. Un relato que provoca llanto o risa, disfrute y reflexión, y que nos enseña una necesaria verdad: a la muerte “se evade con mucha vida”./ Héctor García Quintana


Sobre el ilustrador de cubierta
Abel Barreto Olivera
(1977)
Estudiante de Artes Plásticas del Instituto Superior de Arte. Miembro del Departamento de Intervenciones Públicas del ISA.
Ha participado en varias exposiciones colectivas. Mención en el primer salón de Arte Joven, 1997. Mención en el XV Salón Provincial de Artes Plásticas. Primer premio en el salón 14 de Diciembre, 1997. Expo "De tal palo tal astilla", Centro Cultural del ICAIC, La Habana. Participó en la Bienal Nacional de Pequeño Formato. Expuso en la muestra colateral a la VII Bienal de La Habana.


 

FIESTA SOLEMNE DE BACO

Agnieska Hernández

 

Un arranque libre hacia los seis peldaños. El vértigo. La escalera se convierte en un sitio prohibido dentro de tanta línea recta, o al menos vedada si hay aguardiente de por medio. Ni Decano ni sangrías ni mojitos; prefiere el Silver Dry y el aguardiente, como cuando se aclaraba la garganta antes de iniciar la matanza. Los cerdos esperaban dentro de las naves con los ojitos vidriosos, convencidos de que la hoja del cuchillo entraría directamente en sus pieles; por eso los gruñidos resultaban insoportables. Allí mismo había que empezar dándole muerte a alguno para iniciar la sucesión de muslos, filetes, chorizos; lo que le gustaba a Bertha.

En la celebración de fin de año siempre comían varios tipos de carne. Eloy llegaba con un saco blanco al hombro; se imaginaba a sí mismo rey mago cuando ponía, sobre la mesa de su casa, las piezas sanguinolentas y algunas partes ya horneadas y con los bordes tostados. Después de tanta fiesta lo alcanzaba el regaño de Bertha, por el ron, malnacido, que no hay día en que no te ciegue. No hay día en el que no levantes el codo y le quites la paz a los muertos y la tranquilidad a Dios. Luego, ni con reproches, lograban llevarlo al baño. Como si quisiera evitar que el ron se le fuera del cuerpo; lo apretaba contra su piel mientras se abotonaba la camisa, el cinto, el pantalón húmedo porque, con el tiempo, había comenzado a orinarse como parte de la embriaguez. Era un sueño tibio y pesado en el que alcanzaba el inodoro; lo palpaba, incluso, antes de estirar el brazo hasta la pared del frente. Bertha lo esperaba en la puerta del baño, en bata de dormir, le decía Eloy, Eloy, para despertarlo porque una caída podría salirle de a pesos. Y él continuaba fluyendo. La bebida se le acumulaba en la barriga y no conseguía sacársela del cuerpo ni con todas las veces que iba a orinar. Su esposa lo llamaba; le advertía que estaba descalzo y el piso sucio, frío. No era como cuando dormían bajo el mosquitero de tul amarillento, que ella volteaba la cabeza para no respirar el olor que escapaba por los poros de su marido, una peste, el tufo, la prueba de que continuaba bebiendo aunque siempre juraba que no volvería a hacerlo. En el baño, él destilaba el ron sacado a escondidas de los tanques de aluminio del matadero; se le salía del cuerpo y humedecía las sábanas. En medio de la tibieza del orine siempre lo sorprendía la voz de Bertha, agitada y furiosa, sumergida en el alambique de esos sueños.

Ahora, después de caer de la escalera, siente que acaba un viaje diario y permitido; todos hablan deliberadamente del tiempo. Lo alejan de la baranda que él mismo mandó a construir para que los hijos no fuesen a lastimarse cuando aún tenían blanda la mollera. Quieren que el susto le pase pronto con agua fresca y una pregunta. ¿Cuándo se va a dar cuenta de que un solo trago, una pizca así, ya le hace mucho daño porque está saturado? Tienen miedo de que la caída pueda repetirse. Eloy se pasa las manos por las clavículas y el vientre, nada le duele. También un hombre serio, sano y maduro, puede rodar como un berraco. Se mareó un poco y punto final al tema. No soporta cuando comienzan a cuestionarlo con tanta bobería. Lo dejan solo con Bertha. No fue él quien compró la bebida esta vez; se la regalaron. Tú tienes mucha suerte, dice ella. Se la regalaron, insistió Eloy, fue Olimpia, me pidió un favor, que le trajera unas botellas para la fiesta de esta noche; por eso no van a la Misa del Gallo. Y, por hacerle ese favor, Olimpia le alcanzó una copita transparente para que él mismo se sirviera. Eloy empujó el codo tan rápido como pudo y sintió unos deseos horribles de abrir la glotis y, una vez más, formar parte de ese círculo que se extendía desde los tanques del matadero hasta su cuerpo, en el que podía destilarse todo el aguardiente del mundo.
Olimpia traspasa la cerca que separa los dos patios y él la llama para que cuente la verdad. Demuéstrales que sólo me di un trago. Ella quiere comprar más cosas para la fiesta, por eso había hablado con Eloy, porque bebidas, galletas, queso y demás, no están incluidos en lo que le paga mensualmente. Es él quien le lleva hasta su casa, le pone en las narices lo que necesita. Lo que a Bertha le molesta, y tiene que hacer un esfuerzo para no gritárselo a Olimpia en su cara, es que ella aparezca con esas ganas de divertirse cuando Eloy ya está tranquilo. A ver, ¿por qué no le da un trozo de jamón o un filete de pescado? ¿Por qué no le da, al pobre viejo, algo de lo que tiene para divertir a la gente esta noche? Él sale a buscarle lo que pide y, mientras camina, se llena un poco de ese regocijo; siente en sí mismo el carnaval que Olimpia levanta para pedir los favores. En la sala, también prende un cigarro si ella quiere; está nerviosa, que no la vean fumar, ni la misma Bertha. Si alguien llega, como ha ocurrido miles de veces, se forma un cruce de manos y es Eloy quien termina aspirando bocanadas. Es raro que una mujer que no se atreve a comer algo de lo que otra persona toca, se lleve a la boca hasta el último centímetro del filtro que está en las callosas manos de él. Aspiran y sueltan humo, comprueban que Bertha no los mira; no tardará en llegar porque Olimpia tiene miles de defectos pero le agrada, la hace reír con tantas ocurrencias. Como si Olimpia no tuviera límites, no la frenan obscenidades y suelta carcajadas estridentes. Sabe que no importa ser gorda y bajita, con la cara abultada por la grasa, si cuando la piel está así bien estirada da una sensación de bienestar. Rozagante, salpicona, y con los senos bien grandes, hasta dónde llegarán cuando se quite los sostenes. Es Eloy quien hace todas sus compras y a veces, cuando quiere endulzarlo, Olimpia le dice que va a pagarle ese mismo día. Es una buena idea porque a ella generalmente se le olvida y retrasa el dinero una semana. Un tiempo que ante los ojos de ella no es nada y para él significa un espacio de agonía con los bolsillos vacíos, ni viandas ni cigarros y sin tomar tragos. Cuando Olimpia olvida el pago, porque es eso realmente lo que sucede, olvido, él se muestra más cordial que de costumbre; se le aparece constantemente con una y otra compra, pregunta si desea algo, todo para encontrar un gesto, una palabra que la haga recordar que ya es el segundo miércoles del mes y ese es el tiempo máximo que puede soportar. Después Eloy se da un trago y va a hablar con Sabina, a la que también le pide su dinero. Ellas se disculparon; comienza otro mes con la jovialidad de siempre. Bertha, parada en el patio, escucha si su esposo reclama el dinero y le grita que no sea intranquilo, si es que nunca han dejado de pagarle, desesperado; pide disculpas por él a pesar de que Sabina y Olimpia ni siquiera se molestan; lo entienden. Bertha se ofusca, algo la tiene descontenta. ¿Por qué, en lugar de darle ron, no le brindan costillas de puerco? Él las consiente y Bertha protesta; por eso no ha ido a la sala esta tarde. Está indispuesta con Olimpia. ¿Por qué le da ron a Eloy? ¿No se le ocurre darle, al pobre viejo, algo de las tantas cosas que tiene para divertir a la gente esta noche?

Si fue capaz de alegrarse con la noticia de la jubilación; por qué en el momento preciso no sintió ni un poco de esa felicidad. La despedida le pareció sincera; además, se veía que la gente lo quería de verdad. Todos, hasta los que él regañaba por robarse la carne, decían que lo iban a extrañar. Aquella mañana caminó unos metros y volvió la cabeza para decirles adiós. Aún permanecían parados al otro lado de la cerca; unos pocos se dirigían ya a sus puestos y él estuvo seguro de que la próxima vez que mirara atrás no los encontraría. Por eso no lo hizo; no quería ver, como única despedida, el nombre del matadero de cerdos escrito en letras rojas. Si cada paso para la jubilación había sido certero, qué lo molestaba ahora realmente. Si la partida se había llevado a cabo con música, palabras bonitas y mucha cerveza, qué ocasionaba su disgusto y el sobrecogimiento que sentía al verse caminando, solo, hacia la carretera. Eran las nueve de la mañana y estaba algo cansado por el trabajo de la noche anterior. El camión volvería al matadero a eso de las tres con la gente del próximo turno; ellos harían, poco a poco, el trabajo que él había hecho durante años. Desollar, matar los animales, llenarse las uñas de sangre. Acaso no comprendía que esta era la libertad de algo que siempre lo había hecho sentirse mal, era el fin de los crímenes. Mataba animales, pero seres vivos de cualquier modo; se había convertido en un verdadero especialista para asesinarlos. Hundía el cuchillo tan profundamente en sus carnes, que el dorso de la mano entraba por las heridas. Al principio tenía que beber casi un litro de aguardiente para atreverse a apuñalearlos y, sólo cuando ya estaba ebrio, adquiría el valor suficiente para convertir a las víctimas en animales expiatorios de la vejación y el maltrato. A veces les susurraba al oído que los mataría lentamente y aquello no era abuso sino miedo; él mismo le tenía horror a la muerte. Un día descubrió que si introducía la hoja del cuchillo ladeada, la matanza se volvía eficaz; el cerdo apenas podía quejarse ni tenía tiempo para sentir el dolor.

Alguien haría, a partir de ese momento, el trabajo que tantas veces le había resultado bochornoso. Estaba adaptado a la actividad durante las noches, menos calor, más tranquilidad; y en el invierno se quitaba el frío con aguardiente puro y limpio, recién sacado de los tanques, o bien se frotaba la sangre de los animales en la piel. Sólo uno, y ya no recordaba el nombre porque eran muchos hombres, uno rubio, no tomaba alcohol como ellos. El resto de los trabajadores amanecía con sed y Eloy no los dejaba ni sentarse para que no se durmieran en el piso, porque el cansancio y el aguardiente siempre daban deseos de tirarse al suelo. A él mismo, el ron se le había ido metiendo en el cuerpo y no podía definir exactamente en qué parte; la bebida se estancaba en algún lugar y licuaba la sangre, la diluía hasta darle una fuerza extraña que muchos descargaban en los animales. Al principio no era así; tenía que beber, al menos para sentirse contento, mucho más de lo que Bertha podía suponer.

¿Por qué se llevaba del matadero la facilidad de emborracharse solamente con un trago? Avanzó hasta la carretera sin saber qué hacer cuando llegara la noche y fuera la hora en que habitualmente regresaba al trabajo. Para qué utilizaría las madrugadas si había invertido el ritmo de los días. No se lo negó a Bertha; la casa, el sueño, todo le quedaba estrecho ahora.
Aquel día puso un trozo de carne sobre la mesa y aconsejó ahorrarlo. Pasó muchas horas sentado en el portal mientras Bertha bostezaba a su lado; no estaba acostumbrada a pasar sueño, pero no se atrevía a dejarlo solo esa noche. Lo malo era que la gente se acostaba justo cuando él tenía deseos de reír, de beber. Tal vez un poco de ron lo ayudaba a poner la cabeza sobre la almohada. Desde la tarde había escondido una botella en el cuarto y deseaba que su esposa se acostara para poder sentarse con el aguardiente entre las piernas. A veces, pensaba, le gustaría volver al matadero y pedir que lo dejaran estar allá para sobrevivir las noches. Como único pago pediría uno o dos filetes a fin de mes y listo.
Aquella noche despertó a la familia con su algarabía; confundidos, se asomaron al portal donde él gritaba que iría a trabajar, por eso ya estaba vestido; a esa hora sus amigos lo estarían esperando para beber y así, completamente ebrios, hundirían los puños en las heridas de los cerdos hasta palpar el dolor ajeno.
Terminó de hacer las compras de Olimpia y, para probarle a su mujer que se siente bien, que ya ni siquiera recuerda que rodó por las escaleras, le pide dos huevos fritos, malangas; es verdad, le gusta vivir bien y eso qué tiene de malo. Se esfuerza en esta vida para eso, lo reconoce; el resto de las necesidades son secundarias. Para qué tantos vestidos ni tanto lujo. La comida es lo único que garantiza buena salud y eso no puede comprarlo nadie, ni Olimpia ni Sabina con el dinero que tienen. Eloy se sienta a la mesa, a la cabecera, como de costumbre, y Bertha lo mira; no hay Dios que la haga sentarse a comer tranquilamente. Él traga las viandas sin masticarlas apenas y, cuando toma agua, primero se enjuaga la boca antes de tragársela. Quizás por eso nadie lo invita a alguna fiesta, para que no haga papelazos. Para qué tanta finura si, en definitiva, la gente se pudre cuando se muere, se la comen los gusanos. Él bebe cada vez que le da la gana, en su propia casa y sin molestar a nadie; después se acuesta, hasta el otro día, y a las seis ya está despierto, sobrio, sin resacas ni cansancios.
Eloy se levanta de la mesa. Va a ayudar a Olimpia. Se comprometió a arreglarle el patio para la fiesta. Bertha le recuerda, irritada, que no le gusta que vaya a esa casa. Tiene que estar loco, total, si él sólo vale un comino para todos ellos.

_Gracias a eso es que comemos.
_ ¡Ni loca te acompaño!
No termina de escucharla. El patio de Olimpia queda listo antes de las ocho. Es él quien saca las sillas del comedor y las ordena en forma de círculo, un trago, improvisa unos bancos de madera, un trago. A Bertha no le gusta el tumulto de personas, olvida que las relaciones con los demás siempre son buenas; puede que hasta las discusiones. Está seguro de que será una noche inolvidable, entre las observaciones de los conocidos, las necedades de los tercos, las contradicciones que irán apareciendo en todas las conversaciones hasta que, al final, será una sola y gran discusión ilógica, el producto de la alegría y la embriaguez, los espíritus fecundándose unos a otros porque es eso lo que se propone Olimpia cuando los invita a divertirse.
Camina hasta donde están Olimpia y Ricardo; los ve esconder el whisky. Eso no le importa, en lo absoluto, si lo hacen para no irritar a Bertha. ¿A qué hora llega tu hija? Olimpia le responde que espera a Aisa más o menos para las diez y luego le pide que compre más botellas para la fiesta de bienvenida. Claro que él recuerda la carita de Aisa, no se parece a ninguno de ellos; siempre tuvo algo en la piel, en los ojos, flaquita y melindrosa. A veces, cuando Olimpia recibe cartas de España, les lee algún pedacito a él y a Bertha. Aisa les envía besos y, en Navidad, dinero para que Bertha se compre unos zapatos y Eloy una botella de Chivas Regal, para ver si alguna vez consigue saturarlo. Su mujer es tan desconfiada que supone que no les entregan todo lo que la muchacha envía. Puede que sea cierto; no será él quien se lo pregunte a la muchachita cuando llegue.
Cuando regresa con la bebida, la música se escucha mucho mejor, y todo, de alguna forma, tiene el encanto de Aisa. Él y Bertha estarán a salvo siempre que ella esté cerca. Aisa, la dueña de los caballitos, la del billete y los pesos duros, que lo prefiere a él casi por encima de la propia Olimpia. Nadie se atreverá a negarle atenciones o a dejarlo solo esta noche. Ricardo hasta se pone celoso; siempre ha tratado a la hija de su mujer como a la suya propia. Con Eloy es otra cosa, agradecida y conmovida, el único hombre humilde y santo que Aisa conoce sobre la tierra.

Eloy abre la puerta que da al portal. Se ocupa de esas cosas sin que se lo pidan; es lo que le gusta hacer, disponer, organizar la velada aun cuando a Bertha esas cosas le parecen excesivas, la gran payasada. Los hijos de Sabina lo saludan en la sala como si no lo hubiesen visto en la tarde cuando él les llevó la última compra. ¡Comandante!, dice Silvio y lo abraza. Este es mi otro padre. Eloy saludó a uno y a otro y corrió a atender la puerta que ya daba otro timbrazo. A las nueve, la casa estuvo repleta de gente, familiares y amigos de Aisa, que vendría con Federico, explicaba Olimpia. A partir de ese momento se generó una conversación donde unos afirmaban que el español era un poco viejo para Aisa, mientras otros defendían la relación. Eloy admiraba a Federico quien, aun siendo pintor, era capaz de comer en loza o porcelana indistintamente. En su última visita a Cuba, hacía ya unos dos años, hasta había probado unos huevos que Bertha estaba cocinando y luego se había quedado a beber con Eloy toda la tarde. Sólo arrechavala, decía, algo que nos queme la garganta, mi viejo. Descubrieron que los dos se ponían nostálgicos con la bebida. Federico extrañaba un pequeño bar ,”El Azulito”, al que iba casi diariamente cuando vivía en Bilbao. Ningún otro lugar le resultaba tan acogedor en Madrid y Eloy hablaba una y otra vez del matadero, las noches acostado junto a los animales y el calor de la sangre. Le explicaba a Federico que las mujeres tenían una conexión casi natural con la sangre; era su propio cuerpo el que, voluntariamente, lograba la salida de un fluido eterno y oscuro de un olor fuerte y casi nauseabundo. Después llegaba el parto y la sangre lo inundaba todo. El hombre veía la sangre de un modo casi peligroso, contranatura, generalmente después de dañarse la piel o ser violentado por una fuerza superior a la suya. Le confesaba a Federico que nunca había matado a nadie, aunque estaba seguro de que podía hacerlo; bastaría con cerrar los ojos, recordar los gruñidos temblorosos y la piel reseca de los cerdos para sentir el valor. Eso era una broma. La matanza de los cerdos sólo era un proceso infinito desde el cuchillo hasta los mejores chorizos, asados, la exposición de la comida a borbotones, lo único que lo hacía olvidar los días en los que padeció tanta hambre.
A cada rato llegaban nuevos invitados a la fiesta. Gente elegante, linda. Eloy se acomodó en un asiento ubicado frente a los hijos de Sabina, que estaban en compañía de sus mujeres. Habían tenido la suerte de casarse, en una ceremonia común para las dos parejas, el mismo día que él dejó el matadero; por eso no tuvo fuerzas para ir a la boda. Aquella noche se sentó en el portal y Olimpia fue la única que lo notó diferente, cansado; le dijo que no se preocupara, ni a él ni a Bertha iba a faltarles algo para comer mientras Aisa estuviera viva y allí, tan elegante como estaba Olimpia, lo abrazó y le propuso que le hiciera las compras; incluso, tal vez hasta Sabina se embullaba y así las dos le pagarían algo para que pudiese vivir. Eloy se sorprendió, con tantas preocupaciones no había notado que Olimpia iba a la boda de los hijos de Sabina, quien también estaría en la ceremonia, alegre, resuelta y mucho menos ostentosa.

 


No le dijo que estaba llegando para que no se hiciera la santa. Federico sabía que todas las cosas tenían un principio y que, al final, Aisa se amoldaría a él y él a ella, hasta que no hubiera necesidad de repetir tanto las cosas para entenderse. Sólo a veces creía conocerla, quizás cuando la despertaba por las mañanas o hablaban de música. Enya, Tchaichosky, Schubert, el “Concierto de Aranjuéz” con el que a ella le gustaba dormirse. Coincidían en que “Las Mil y una Noches” era una obra genial. Él hablaba mal de Vargas Llosa y ella lo defendía. Todo servía para conversar. Evitaban los nacionalismos: ni Cervantes, ni Carpentier, ni Unamuno, tampoco Lezama y nada de Lorca. Entonces los alemanes. Ni gaitas ni palmas, cero andaluces. Ni negros ni vascos.
Federico no tosió, no arrastró los pies, no movió con fuerza el picaporte de la puerta para que Aisa no tuviera tiempo de hacerse la santa. ¿Ves que sí te gusta escuchar la música exageradamente alta? ¿Ves que no extrañas a tu familia tanto como dices? Cuando salían a cenar, Aisa olvidaba que era una especie de ama de casa. Evitaba hablar de Sabina para no molestarlo, porque a él le extrañaba que esa mujer les escribiera hasta seis cartas mensuales. Delante de Federico y vestida para salir, volvía a sentirse dramaturga, preparada para estar cerca de las tablas. Recordaba perfectamente su adaptación de “Noticias del Imperio”. Ella había cortado todo lo excesivo de Fernando del Paso para que Carla fuese María Carlota de Bélgica, emperatriz de México y de América, María Carlota Amelia, prima de la Reina de Inglaterra. Aisa siempre estuvo segura de que ese guión sólo podría ser actuado por Carla, y no porque fuese su mejor amiga, sino porque tenía la piel blanca y era alta casi flaca, fea pero de una belleza extraña. Aisa nunca negó que le gustaba trabajar con las obras de los otros, arreglarlas, usarlas nuevamente. Se molestó cuando presentaron “Otra vez Jehová con su cuento de Sodoma”. No le gustaba “La última resurrección” y odiaba cuando la gente se ponía a hablar mal de los cuentos de Bretch porque, en definitiva, a él había que entenderlo como un todo, lo demás venía a complementar. Que nadie se atreviera a menospreciar “El círculo de tiza de Augsburgo”, “La herida de Sócrates”, “La Historia de Giacomo Ui”. ¿Cómo era, posible, Federico, que siendo él pintor nunca hubiera leído esas historias? Le sonrió a su esposo cuando la invitó a comer fuera y él contestó que, en España, ella podía hacer lo que le viniese en ganas; le dio un beso y que corriera a vestirse.
Aisa estuvo frente al closet repleto de ropas, zapatos, perfumes, cosméticos. Ya habían pasado más de cuatro años y ella todavía se asombraba. Ahora podría perdérsele cualquier cosa que no lo notaría. Ya no era dramaturga, como tampoco repetía un vestido, ni la comida; jamás se acostaba más de dos noches en la misma sábana y hasta tenía un olor peculiar. Ella, que nunca había olido a nada, quizás a sudor, a alfombra, a limón o a cansancio, ahora olía a nuevo. Recordaba una camisa azul comprada con mucho esfuerzo cuando era casi una niña, unos zapatos con el tacón gastado, la tristeza de tener buen gusto con el bolsillo vacío y la mente abierta. Inteligente y dramaturga. ¿Por qué nunca se atrevió a adaptar “El Maestro y Margarita”?
Estuvo lista, de gris y blanco, con más deseos de tomar algo que de ir a comer fuera. Federico la besó, le cebó las nalgas; se sentía cautivado cuando la veía impecablemente arreglada. Él tampoco quería ir al restaurant; no existía nada mejor que despeinarla, arrancarle los aretes con los dientes y hacerla perder con su boca el color del lápiz labial. Quedaría rojo como un tomate después de besarla, un tomate que olía a Charlie Number Five. ¿Por qué siempre quieres abrazarme cuando estoy vestida para salir? No sé; será impotencia de mi parte. Será.

Llanio la habría mirado de los pies a la cabeza, midiéndola, pesándole los brazos y las piernas hasta sugerirle que no fuese tan tonta y se quitara la ropa, si Federico estaba muy “handsome”. Esas cosas de Llanio siempre lograban molestarla, casi insultante cuando hablaba de la belleza. Las mujeres y los hombres, su tema preferido, era lo que tanto le gustaba cuestionar; a ella nunca le había celebrado siquiera un vestido. En realidad, los españoles sólo se volvían locos con las mulatas. Qué iba a decir Llanio de ella, blanca, lechosa, teniendo en cuenta que el amigo de su esposo tampoco era el típico ibérico fogoso. Nada de tías después de las exposiciones ni invitaciones a cenar con mujeres; tan cerca de Federico que, aunque ella no lo decía, se molestaba cada vez que los veía juntos. Se sentía confundida y los miraba llena de dudas. Lo peor era que mientras ellos andaban sosegados, pasivos y en la más cómoda posición, ella debía estar siempre pendiente de cada pregunta para que no fuesen a burlarse. En Madrid apenas le quedaba tiempo para ser dramaturga; no era una persona segura de sí misma. Si no estaba segura no era una mujer linda, deseada, ni apetitosa. Su marido pintaba y últimamente hacía performances de los que luego aparecía alguna referencia en Art Nexus.
Cada vez que iba a Cuba la encontraban más fina. Nunca más había vuelto a tener grasa en las manos después de comer porque Federico la criticaba y se volvía implacable con la gente que no era cuidadosa en la mesa.

Se vio bien arreglada y rió frente al espejo. A menudo, Federico la tomaba por la cintura y la llevaba a la ventana, invitándola a medir Moncloa con la vista, y ella, para complacerlo, exclamaba ¨…dando gracias a Dios porque ya hemos dejado atrás las infectas tierras calientes y con ellas Veracruz y los zopilotes y el vómito negro...” Carla había aprendido cada parlamento de memoria. De nada valió que pasara tantos días manoseando el guión porque al final lo dijo todo como le dio la gana, usó ropas blancas y se presentó ante el público con una escoba en la mano. Carla, con cara de barrendera, recitó el texto y la cagó, la cagó, resultó una copia suplicante de María Carlota y aun así se alarmó cuando no la aplaudieron.
Federico continuó cebándole las nalgas a pesar de que ella atendía el teléfono. El portero quiso saber si recibirían visitas a esa hora. ¿Quién es? El hombre que está aquí abajo se llama Llanio. Ah, sí; por favor dígale que nos espere ahí mismo. Aisa se arrepintió instantáneamente de que su esposo le hubiese quitado el lápiz labial, la despeinara, estrujara la ropa en su cuerpo. Ya nada quedaría como la primera vez. Ahora se trataba de pintar sobre lo pintado y de ordenar lo que él había dejado en desorden.
La primera palabra de Llanio estuvo dedicada a Federico: handsome, cualquier tía se moriría por tu verga. Aisa se ruborizó; le sucedía frecuentemente cuando compartía con ellos y el amigo de su esposo no cuidaba el lenguaje, a pesar de que ella misma se había prometido, cientos de veces, que no haría caso a sus desplantes, groserías y halagos desmesurados que siempre ensalzaban a Federico y la dejaban a ella en el principio, el único punto del que no había podido moverse desde que llegó a España y conoció al fatal amigo de su marido.
Llanio tenía un libro entre las manos y se lo obsequió a Federico. Mañana en la batalla piensa en mí, exclamó al entregárselo. Mañana en la batalla piensa en mí, en cuando fui mortal. Mañana en la batalla caiga tu espada sin filo, desespera y muere. Te gustará, afirmó mirando a Federico. Llanio aun no había saludado a Aisa y ya estaban perdidos en una conversación; parecían extraviados en una noche a la que no la dejarían entrar. Federico tenía que rescatarla tomándola de la mano para atraerla hasta ellos, mientras Llanio entraba al carro sin ningún pudor y ocupaba el asiento delantero, demostrando así que la dejaba atrás una vez más. Entonces comenzaba su juego de palabras sobre el hombre y la mujer, Adán y Eva, Napoleón y Josefina, Romeo y Julieta, Dante y Beatriz y, por fin, la pareja perfecta, Federico y Aisa; o no, mejor Aisa y Federico. Aisa, punto, Federico. La molestaba pero no la halagaba ni la tenía en cuenta; nunca le había dirigido una mirada reparadora ni siquiera para saber cómo era ella realmente, la forma convencional de transmitirle que al menos sabía que estaba viva y compartía la noche junto a ellos.
Aisa se propuso reclamar la atención de Llanio, así que se adelantó y lo invitó a cenar. ¿Con ustedes? ¿Federico, tu mujer tiene dinero para invitarme y pagar mis gastos? Volvía a ruborizarla; demasiado fácil dejarla en ridículo frente a su esposo, quien ya había notado varias veces la impotencia de ella para soportar la inmadurez de Llanio, que ahora se adelantaba con otra de sus preguntas sin sentido. ¿Aisa, tú sabes lo que es una mujer? Respóndeme; no creas que es una bobada. ¿Qué es una mujer? Ella quería algo corto, contundente; cualquier idea quedaría atrás al lado de la suspicacia de Llanio, adaptado a las disputas con estudiantes que hablaban a la vez y a conversaciones en grupos donde primaba la rebeldía y la negación por la negación. Eso mismo, para contestarle tendría que negarlo todo y no negar nada. Aisa quiso, de pronto, ser como Dadá, porque cualquier forma de repugnancia susceptible de transformarse en una negación de la familia era Dadá. La protesta del ser ocupado en una acción destructora era Dadá... Dadá, abolición de la memoria; y así ella quedaría olvidada. Dadá, abolición del porvenir. Quiso ser Tzará, Willy Verkauf, Picabia, Duchamp, cualquiera que tuviera una respuesta. Entonces, Llanio, puedo decirte que una mujer es como invertir el origen etimológico de la palabra Dadá. Llanio, los negros Kru llaman al rabo de la vaca sagrada, Dadá. El cubo y la madre toman, en cierta parte de Italia, ese mismo nombre. Un caballo de madera, la nodriza, la doble afirmación en ruso y en rumano: Dadá. Mi querido amigo, la mujer es como Dadá o al menos es quien lo origina; la mujer crea un ser que, en cuanto puede, silabea Da–da. ¿Satisfecho?
Llanio le respondió que no, pero esa noche se sentía particularmente halagado y se volvió hacia el asiento trasero para poder mirarla. ¿Cuántas mujeres que sean buenas periodistas tú conoces; cuántas han sido presidentes, científicas; cuántas han creado Microsoft; cuántas han sido Dios? ¿Cuántas mujeres tienen su propio dinero para pagar, una noche, la cena de dos hombres con buen apetito? Pero no quiero divagar; acepto tu invitación y sólo te librarás de mí cuando aclares mi pregunta.

Federico se mantenía atento al tráfico y a veces sonreía; le encantaba la posición despiadada que Llanio tomaba frente a ella, que parecía desesperada por defenderse porque eso le había sucedido desde el primer momento. Justo cuando Federico los presentó y Llanio le hizo una pregunta, sólo una, y ya había pasado mucho tiempo y ella todavía la retenía en la memoria mientras esperaba el día de respondérsela. ¿Qué haces en España, muchachita, si no tienes una editorial interesada en publicarte, si tienes nombre de árabe, ojos azules, eres delgada in extremi y, para colmos, te chupas una religión de dos pares de cojones? Federico gozó la pregunta porque esa era la única forma en que podían conocerse su mujer y su mejor amigo. Ahora, en el carro, Llanio volvía a descargarle un incógnita. Ella apenas se había recuperado de la discusión anterior, en la que había puesto todo su empeño para sonreír y no blasfemar. Tenía que ocultar las ganas de pedirle a Federico que sacara a ese hombre monstruoso de su lado o de lo contrario ella se iría a cualquier parte, sola, donde pudiera pasar la noche que se habían prometido cuando estaban en el cuarto. Ya veo qué tía te guardas en casa, Federico, cualquier día te pedirá la berga para mover las cortinas de un teatro.

 


Eloy escuchó la voz de Bertha. Era raro que no hubiese llegado antes, si al final siempre corría tras él para evitar que hiciera payasadas. La última vez que Eloy fue a una de las fiestas de Olimpia, Bertha apareció justo cuando él ya estaba contento y bailaba en medio de la gente, personas lindas, elegantes. Lo aplaudían y él bailaba para hacerlos reír. Ninguno de ellos sabía una canción que él había aprendido desde niño, cuando movía el cuerpo al compás de Palo, palo, palito, palo y con eso le daban una peseta. Aquello no era baile sino palo, palo, palito, palo, con las rodillas semiflexionadas una y otra vez, arriba y abajo, palito, palo. A Bertha no le gustaba recordar esos tiempos. Aunque en esa época todavía no soñaba ni quién sería su marido, ahora le daban lástima esas cosas. Ella guardaba una foto justo en medio de palo palito, que siempre le ponía los ojos llorosos.
En parte su mujer tenía razón; las fiestas de Olimpia y Ricardo no estaban destinadas a la familia, ni siquiera a él, que les hacía las compras. Esas fiestas eran una especie de orgías a las que invitaban amigos y conocidos, gente linda que siempre terminaba saltando en un solo pie al compás de palo, palo, palito, palo. La última vez hasta filmaron un video de los que se divertían y defendían el placer de ser felices al menos esa noche. El ron se adentraba en el cuerpo aunque él dijera que nunca más volvería a caerse de espaldas por culpa de la bebida. Lo juraba y se lo había prometido a Bertha miles de veces mientras ella peleaba; ya no soportaba más esas borracheras, ni que la gente lo llevara hasta la casa porque a él el cuerpo se le iba hacia atrás como un muñeco, un niño blandito que necesitaba apoyo para sentarse. Al día siguiente nunca recordaba lo sucedido. Se negaba a admitir los consejos de los hijos, el regaño del más grande, el silencio de Bertha mientras servía el almuerzo. Cada borrachera lo volvía peor. Así llegó una vez con los ojos cerrados hasta una loma de piedras que estaba frente a la casa y se quedó dormido delante de todos los vecinos, que corrieron a ayudarlo, pensaron que tenía una fatiga. Así se fue de cabeza contra un cuadro de Jesucristo que Bertha tenía en el cuarto. Borracho, se orinó en el escaparate, durmió en un sillón, tiró manotazos al aire cuando intentaron levantarlo, tumbó a Bertha de la cama cuando ella le pasó por encima para amarrar el mosquitero a la pared. Con el tiempo se había vuelto un borrachín y todo eso era palo, palito, palito, palo, contento y divertido entre gente elegante y linda que lo aplaudía constantemente para que siguiera bailando.

Una noche, Ricardo y Olimpia los llamaron, a él y a Bertha, para que se vieran en el video de aquella fiesta. La cámara había filmado los sucesos, la diversión, el desorden de los que dejaron entrar el aguardiente en sus cuerpos. Eloy rió al verse en la televisión. Las carcajadas eran porque casi no podía creerlo; él, donde a veces estaba Pedro Infante, el noticiero; él, donde salían Libertad Lamarque, Agustín Lara, Rita, donde Cantinflas aparecía con el cinto en la barriga. Eloy comprendió de pronto que las imágenes de Tito Guisa, Silvana Pampini y Jorge Negrete no eran parte solamente de una casualidad. A las claras se veía la intención de quien había filmado el video de la fiesta, justo alrededor de una mesa donde existía un cake, rodeado por los invitados, del que sólo quedó más tarde una tabla humedecida y restos de merengue. Y él pegado a aquella mesa, aferrado a los restos de dulce; eso era lo que aparecía en el televisor y hacía que Bertha bajara los ojos. Ahora los poros de Eloy lucían abiertos como cráteres, el bigote sucio, manchado de nicotina y mientras él tragaba, se introducía la comida en la boca con los puños cerrados. De esa forma asquerosa estaba ahora en la pantalla, mostrando la dentadura postiza y el bolo de dulce ablandándose con la saliva. Bertha no quiso ver más, era suficiente; miraba el video y lloraba, no podía decirles, a Ricardo y a Olimpia, que lo que le habían hecho a Eloy era un verdadero abuso aprovechándose de que, el pobre, estaba borracho. Ricardo y Olimpia reían y le pedían a Bertha que no se fuera para que disfrutara del final, la mejor parte. Ella salió de la casa aparentando que se avergonzaba de su marido borracho y no que se sentía impotente ante ellos, que aquella noche se habían parado al lado de Eloy para hacerlo comer los restos de dulces como un puerco, sin saber que la gente le tiraba las sobras. Eloy sintió hambre y comió, quiso algo azucarado en su boca y cogió el merengue que ellos no pudieron digerir. Eloy comprendió la sed y bebió un poco de las sobras que estaban en cada vaso. En el video se veía a Olimpia, con la bocaza abierta, dejando salir una de sus carcajadas; no era bueno eso de que otro bebiera las sobras de uno porque así se sabrían los secretos de todos los que estaban en la fiesta esa noche.

 


Sólo se tratan en ocasiones especiales. Nadie las ha visto discutir. Dicen que Olimpia y Sabina se miran de reojo y que, si una de las dos está en el portal, la otra no sale de su casa. Nada de eso es cierto. No se hablan; nadie sabe las razones ni ellas la dicen. Sabina no se atrevería a maldecir a Olimpia, ni esta la acusaría a ella; sólo sueltan esa incomodidad como un poco a poco que olvidan en los días especiales, cuando hay enfermos o en los velorios. Eloy las conoce muy bien; sabe que cuando Sabina clausura la ventana no lo hace porque de esa parte viene la lluvia, es que no soporta la risa estridente, las carcajadas con las que Olimpia adorna las conversaciones.
Eloy regresa a la puerta y hace pasar a otros invitados, entre ellos Sabina, los que son recibidos por Ricardo en medio de la sala, gente de esa que lo sabe todo aunque en la cara se les pinte la misma nada. Preguntan si viene Federico. Ricardo responde lo que quieren y más. El español gana mucho dinero y un viaje a Cuba no lo cambiaría por nada. Eloy bebe. Todas las fiestas son, al fin y al cabo, demasiado aburridas; sólo mejoran cuando el alcohol llega a ese lugar donde hace cosquillas y pone feliz a la pobre gente. Él mismo tampoco es divertido ni ocurrente. Aisa siempre le dice bueno, sencillo, el único hombre humilde que queda sobre la tierra y no sólo él, todos los que están en la fiesta quieren verla llegar.
Sabina habla de Aisa con mucho cariño; la quiso desde el día en que se atrevió a albergarlas a ella y a su madre en su propia casa. Olimpia era una mujer de la calle, de la que nadie tenía más referencias que la de verla en el portal de la bodega, plantada y fuerte contra todo el que intentara sacarlas de allí a ella y a su hijita. Fue idea de Bertha lo de darle un techo a Olimpia y que fuera precisamente el techo de Sabina, quien no se negó y eso sí lo aclaró muy bien aquel día, esa mujer tenía una hijita que no podía continuar ni un día más cogiendo el sereno de las noches. Si ya hacía una semana que Olimpia había puesto la cuna en un rincón de la bodega para esperar que el gobierno o quien fuera se compadeciera y le dieran una casa para vivir. Y eso no era bueno, explicaba Sabina aquella tarde mientras aceptaba la propuesta de Bertha, si querían que esa niña alguna vez se volviera una mujer decente y tal vez no como la madre. Aquella noche, Sabina misma fue a buscar a Olimpia; le hizo señas, desde la acera, para que recogiera sus trapos y se fuera con ella. En cuanto estuvieron sentadas le ofreció leche caliente y le prestó algunas ropas. No tenían el mismo peso ni estatura semejante, pero las ropas de Sabina se ajustaban a las masas de Olimpia, marcaban sus carnes y Sabina supo, desde ese instante, que había llevado la desgracia a su propia casa. Sintió por Olimpia un miedo súbito; lo que a ella misma la hacía lucir desgarbada, era perfecto en el cuerpo de aquella mujer que, a pesar de llevar una semana durmiendo mal y casi sin comer, ni siquiera se notaba decaída.
Sabina le dedicó tiempo a Aisa, más que la propia madre y así la cuidó hasta los siete años. La niña aprendió a decirle mamita y Olimpia terminó poniéndose celosa por tanta complicidad entre las dos.
Eloy disfruta de la fiesta y bebe del vaso de Olimpia; acerca sus bigotes al sitio donde aún queda una mancha roja de lápiz labial. Es el último sorbo y tendrá que bebérselo de un tirón si quiere saber los secretos. Aprieta los ojos; no quiere ver; no quiere cuestionarlas, ni a ella ni a Sabina. No quiere saber si dos cosas se suceden siempre en relación fatal, de modo que después de aparecer la primera, obligatoriamente aparece la segunda. Primero, Ricardo era el novio, novio para casarse con Sabina y llegaba a la casa justo cuando Olimpia se quedaba sola. Ahora hace mucho tiempo que Olimpia es la mujer de Ricardo y cuando este se queda solo es que se abre la ventana que comunica con la casa de Sabina. Luego Ricardo se marcha, aparece un carro y Olimpia se sube a él.
Eloy vuelve a beber. Quizás a él nunca nadie lo invita a las fiestas para que no termine ebrio, haciendo las payasadas que tanto repudia Bertha. Hoy es diferente; bebe a escondidas lo que a ellos les sobra para no preocuparlos, no sea que comiencen a aconsejarle que no se dé ni un trago para que no haga el ridículo; hasta se prometió a sí mismo que esta noche no iba a emborracharse, no iba a molestarlos, no tenía la intención de arruinarles la fiesta ni de caerse en la acera como le sucedió a Olimpia la última vez que se bajó de aquel carro que siempre la esperaba en la calle. En el vaso de Olimpia apenas queda algo para beber. Eloy lo sabe antes de llevárselo a la boca. Ella se empina una cerveza hasta el fondo, fondo blanco, como si fuera un hombre sediento. Sólo la ha visto perder el control una sola vez, aquella tarde que bajó del carro y se quedó parada en la acera sin mover los pies, sin poder ir hacia delante, mientras el hombre la tomaba por el brazo y la obligaba a andar a fuerza de empujones. Sabina le explicó a Aisa que aquel olor que se desprendía del cuerpo de su madre no era olor a fogón ni a alcohol de hospital, sino al espíritu del vino, flor inestable. ¿Qué era eso? Olimpia olía al perfume de Eloy; no al que él usaba generalmente, sino cuando se ponía pegajoso, majadero, irremediablemente cómico, y se sacaba los dientes postizos para enseñárselos a los muchachos.

Olimpia disfruta de su fiesta y le pide a Ricardo que se asome a la puerta para ver si llegan otros invitados. Si ese negro supiera la mitad de las cosas que ella ha hecho, la agarraría por el cuello y dejaría de llamarla mamita. Quizás por eso escondió la verdad. No le dijo que el hombre del carro durmió en la casa y Aisa los sintió durante la madrugada. Aquella tarde Sabina había insistido para que la niña se quedara en su casa y Olimpia dijo que a partir de ese día ella misma cuidaría de su hija; ya no quería más gente extraña en su vida, conociéndolo y juzgándolo todo. Al día siguiente Aisa se debatió entre dos pensamientos, traicionar a su madre u ocultarle a Ricardo lo ocurrido. La niña sólo se atrevió a pedirle consejo a Sabina y lo resolvieron todo entre las dos con rezos, canciones; toda la tarde fue una alabanza a la dignidad, al amor, la voz de Sabina que a veces se apagaba para hablar de la felicidad de Ricardo.
Eloy siente en la puerta otro timbrazo y corre a abrir aun cuando ve que alguien se le adelanta. Vuelve a la sala para agarrar más vasos; quiere el hálito, la respiración que se queda pegada a las paredes del cristal. Sólo él puede ingerir ese ánimo de fiesta y vigor que todos derrochan. En realidad, en la pizca que mancha el fondo de los vasos queda muy poco de esa energía. Son las dolencias de cada uno las que se quedan pegadas a las vasijas y eso también tiene que beberse.
¿Y tú, qué milagro que compartes esta noche con nosotros? Eloy se queda mirando a Sabina. Aún cuando ella acepta la fiesta ya trae el juicio formado sin pensar en modificarlo, sólo en sostenerlo. Sabina sólo usará palabras duras, el tono áspero con el que justifica su presencia; saluda a todo el que encuentra a su paso; les besa la cara o les toca simplemente la mano como si pudiera salvarlos de esa alegría que a ella tanto le molesta. Olimpia la ve llegar; preguntarle qué hace en su fiesta es como buscar si el número de las estrellas es par o impar. Sabina no cabe en la casa; sus ganas de purificarlo todo ahogan el baile y la música, aturden el paso del vino a la sangre. La presencia de esa mujercita en la fiesta hace que la bebida no corra hacia ese sitio donde hace cosquillas y divierte a la gente, sino que se extiende hacia una zona de melancolía y culpas reconocidas, el pecado de los otros que Sabina tanto detesta, desde que los ve levantarse hasta que se acuestan, desde que los ve reír hasta que los imagina en sus camas con los ojos cerrados, pero con los globos oculares revoloteándoles bajo los párpados; no pueden estar contentos de sí mismos.
Desde que Eloy y Sabina se encontraron en la puerta, andaban con semejante paso entre los invitados; él delante y ella siguiéndolo, hablando bajo para no hacerse notar. A veces, cuando el baile y la repartición de platos les cohibían el paso, se esforzaba en alcanzarlo. Siéntate Sabina, que aquí nadie te molestará y la acomodó en un rinconcito distante del ajetreo del baile y las conversaciones picantes, casi obscenas, que ya comenzaban a expandirse por la noche. Las mujeres se ponen cariñosas con la bebida; se vuelven besuconas, dice Olimpia, y los hombres se ponen vigorosos, tanto que al final hasta molesta; se les acumula demasiada sangre en el órgano y eso no es sensibilidad sino... ¿El órgano?, chilló Ricardo. ¿Qué órgano? ¿Un instrumento musical de viento de grandes dimensiones? ¿Es eso de lo que nos estás hablando, Olimpia, del que se emplea en las iglesias? ¿Te refieres a una máquina, a un aparato que transmite movimiento? No, así no eres mi mujer. Esta es la fiesta solemne de Baco, nuestra orgía, un festín para beber y comer mucho y para nombrar las cosas por su verdadero nombre. Sabina obtuvo, por fin, una ventana que le permitiera ver a Ricardo; fue un espacio que se quedó sin habitar cuando una pareja se plegó sobre sí misma y, a través de ese hueco, Sabina miró y obtuvo la voz del negro, las semillas en colores y los miles de ancestros vigorosos y fuertes que hacían a Ricardo oscuro, malsano, bello como todos los mulatos de piel clara. Sabina quiso sellar de pronto esa ventana, clausurarla con gente que franqueara el paso para no ver más esa cara de ojos oscuros que se le enfrentaba como si del otro lado no continuara incitando conversaciones. Olimpia, estamos esperando a que digas el nombre de ese “órgano” que desconocemos. Ya sabemos que es viril y tiene posición de ascensión, que es como el cuerno del poder y la abundancia, pero qué más. Ricardo, al decir más, hundía los labios y buscaba a Sabina con la vista para hacerla sonrojar. Dímelo, Olimpia, ¿cómo se llama ese órgano?, insistía Ricardo. Suelta ese nombre, si tú lo sabes muy bien y tienes toda la fuerza del mundo para decirlo; eres hija de Oshún, sólo ella puede dominarte. Sabina no podía clausurar bruscamente la ventana que ella misma había abierto. No puede, no puede flaquear; por primera vez en su vida quiere sostenerle la mirada a ese negro, quien logró un agujero más grande para darle celos y la encontró justo en el rincón donde ella se había acomodado desde el primer momento. Sabina corre la cortina invisible, respira aliviada y se recuesta después de escapar de esos ojos que la ponen tan nerviosa. Por fin, Olimpia, ¿vas a decírnoslo? ¿Sí o sí? ¿Cómo se llama el órgano que tanto te gusta? ¿Méntula? ¿Te satisfago si digo que puede llamársele pudendo, glande, bálano? ¡Qué lo diga! ¡Que lo diga! Alrededor de Olimpia se formó un coro que pedía que ella complaciera a Ricardo y él no esperó más para volver a incitarla. Habla, Olimpia o no me quedará más remedio que mostrárselo a Sabina para ver si ella sabe cómo es que se llama ese órgano que tanto te asusta.

 


Todo metal es cuerpo: Todo plomo es metal: Luego todo plomo es cuerpo. Sigue tú, Aisa. Ningún metal es vegetal: Todo plomo es metal: Luego ningún plomo es vegetal. Te toca, Federico. Todo metal es cuerpo: Algún mineral es metal: Luego algún mineral es cuerpo. Dale, Llanio.
Paseaban por la ciudad. A los tres les gustaba Moncloa. También Llanio vivía en la calle Donoso Cortés y coincidían en que era un buen lugar; pero Aisa recordaba La Habana con nostalgia y tenía la virtud de contagiar a Federico cuando comenzaba a hablarle de plazas viejas, El Faro y el mar reiterado por todas las narraciones del noventa en adelante. Mencionaron La Habana y, por primera vez en la noche, Aisa logró dejar a Llanio atrás. Él, que sólo podía decir algo insustancial sobre las mulatas, comprendió enseguida que la pareja se distanciaba hacia un sitio desconocido. No tuvo de dónde sacar una oración, la palabra que le permitiera rescatar a su amigo y adueñarse de todas las conversaciones. Federico no se dejó provocar con otro tema; estaba sumido en una noche habanera, que ahora volvía a relatar porque le parecía divertida. Sentado en el Malecón y con las piernas colgadas hacia el agua, podía divertirse observando a una pareja que se besaba, se comían. Todo no estaba fotografiado en las revistas. No tenía deseos de regresar al Inglaterra aquella noche; allá sólo tendría una habitación organizada. Frente al mar se sentía cómodo como nunca; se antojaba de lamer los dientes de la muchacha que ya abría las piernas para que el novio introdujera la mano. Federico imaginaba el pulgar acariciando el pubis mientras el Hotel Inglaterra seguía lejos, demasiado distante de ese momento como para intentar llegar a él y meterse en las sábanas hasta perder el insomnio lentamente. La chica introdujo la mano en el pantalón del novio y, cuando no le bastó, se acostó bocabajo sobre el muro para darse el gran banquetazo frente al mar.
A la izquierda estaba un grupo de jóvenes y casi no se entendía lo que hablaban; se comunicaban a la vez y reían continuamente. Carla fue la primera en divisar al yuma que lucía elegante y tenía cualquier edad. Eso no importaba en lo absoluto. Treinta, cincuenta. Él la miro pero Carla no superaba a la chica fogosa de la derecha, ahora completamente fundida con el muchacho. El grupo comenzaba el juego intelectual de adivinar los nombres de las buenas películas, a través de los gestos y señas que hicieran algunos de ellos. Carla rogó para ser la primera; unió los dedos índice y pulgar de ambas manos, de manera que simulara una esfera y luego, con la mano derecha, fingió que lasqueaba esa esfera. Movió todos los dedos con la palma de la mano hacia arriba, chchchchch. Se escuchó una voz que adivinaba el nombre de la película: ¡“Tomates verdes fritos”! Demasiado fácil, si la habían visto todos, el día anterior, en el Payret. Federico continuó observando a la chica Playboy que, en el fondo, se le parecía a alguien que repartió invitaciones para hacer un performance en un salón. En las invitaciones estaba escrito que esa mujer se desnudaría. El salón estuvo repleto justo a las ocho y la artista permaneció sentada y con la ropa puesta; habían acudido motivados por el escándalo y la lujuria.

En el grupo seguía el juego y le llegó el turno a Aisa. Federico la vio ubicarse justo bajo un poste de luz, de manera que en una mitad de su cuerpo se proyectaba la sombra y la otra parte sobresalía en la claridad mostrando una figura tenue, un solo seno, un parrilla costal, un ojo azul ciclópeo, un hemicuerpo iluminado y uno apagado. Esa era su descripción de la película, a ver quién la adivinaba. ¿La trilogía de Juliet Binoche? No, qué tontos. Aisa continuaba abandonada a su bisección de luz y sombra, la dicotomía de su cuerpo delgado, oscuro y claro, la medianía que pasaba por ese centro formado por la nariz, el mentón, el esternón, el ombligo. Federico, para complacer a su amigo, que últimamente sentía una fatal devoción por las culturas orientales, seguía contando como ella, tras el poste, simulaba los elementos Ying, a la derecha, y Yang a la izquierda, la región ventral y dorsal del cuerpo. Ella, Aisa, jugaba con sus amigos a una teoría de creación universal, el Yang masculino y el Ying femenino y negro, contrarios pero dependientes, el fruto de una lucha de contrarios que sólo se curaban con los contrarios. Ninguno de los del grupo adivinaba el nombre de la película y Carla se moría por encontrar la respuesta exacta. El español se había sentado frente a ellos, demostrando que escuchaba y se entretenía con el juego. Todos vieron que Federico se levantaba del muro. ¿Qué parte tienes en la sombra, chula? ¿La izquierda? Hace muy poco que viste “El lado oscuro del corazón”. Bravo, adivinó el yuma. Bravo, Federico.
Cuando llegó a esta parte de la historia, Aisa se inclinó hacia el asiento delantero del carro y lo besó en la nuca. A partir de ese día en el Malecón ellos habían seguido viéndose. Todo, todo lo que tengo de impar en el cuerpo te pertenece, dijo después de besarlo. Llanio tuvo que confesar que era una forma bonita de conocer a una mujer; eso no era tan extraño en un hombre como su amigo, siempre rodeado de sucesos capaces de asombrar a la gente. Dime, Aisa, esposa del hombre más apuesto de España, cónyuge y costilla de este Adán, si eres digna de que él derroche su inteligencia contigo. Aquel día mencionaste el corazón, quizás sin saber con qué elemento se corresponde; tal vez ni crees que todos los fenómenos se encuentran en una relación de creación y dominio. Aisa no respondió y Llanio se apuró en explicar para no darle la oportunidad de encontrar una salida decorosa. Cada elemento se relaciona con un órgano Zang y una víscera Fu. Corazón le corresponde a Fuego y se expresa en lengua, arteria, alegría, amargo, rojo, color de verano, verano. ¿Y con qué te identificas tú, Llanio? Veo que no tienes ni la más remota idea de esto, Aisa; mi elemento es la madera y habla de hígado, ojo, tendón, ira, ácido, verde, viento y primavera. No siguió hablando con ella, quería saber qué había pasado entre Federico y la chica Playboy. ¿Dejaste que se fuera sin que se merendara tu sexo? Aisa se enfadó pero no se atrevió a intervenir porque su esposo ya daba una respuesta. Era ilógico creer que el novio iba a soltar a una muchacha así. Llanio subió las piernas sobre el asiento del carro y se las cubrió con el suéter. Sí, le gustaría ir a La Habana con ellos en Diciembre. Le gustaría topar con esa tía comilona que se daba los banquetazos frente al mar.

 


Comenzaron a dar chillidos de alegría. Aisa, Federico y un amigo estaban por aparecer en la fiesta. Eloy se sintió más tranquilo al pensar que pronto llegarían del aeropuerto. Si a alguien estimaba en la vida era a Aisa, tan linda y divertida.
Carla pidió permiso para entrar al baño y Eloy la vio salir, un rato más tarde, con el lápiz labial reforzado; su pelo, revuelto con el baile, volvía a acomodarse sobre los hombros porque Carla levantaba los brazos como si quisiera llegar más alto a cada momento y, en medio de sus movimientos desmesurados, dejaba ver un argolla aferrada a su ombligo. Bailaba sola y con los ojos puestos en los hombres. A Eloy le pareció que la joven estaba borracha y se acercó para advertirle que no fuera hacia el centro de la sala, sino que ocupara un asiento más modesto junto a Sabina. Él les sirvió té a ambas y luego continuó con la tetera en la mano para llenar todos los vasos que aceptaban el cumplido. Ya no podía estar tranquilo; sentía una especie de alboroto muy peculiar por ver y no ver, por encontrar a Aisa con la carita humedecida por las lágrimas en cuanto lo abrazara.
Carla intentaba hablar con Sabina pero esta hacía como que no la escuchaba para no verse en el compromiso de confesar que jamás, jamás, se inmiscuía en la vida de Olimpia; por tanto no le interesaba que esa mujer estuviese casada con un negro. Carla se sintió ofendida y se fue a flirtear con los hermanos de Aisa que, por primera vez en la noche, estaban sin sus esposas, las cuales eran idénticas entre sí o al menos así las veía Carla. No podía diferenciarse entre una y otra si las dos tenían el pelo normal, los ojos y el mentón normales, no bailaban y solo permanecían al lado de sus maridos.

Eloy tomó el vaso y bebió para encontrar otros secretos. Quería hallar, en el fondo, los restos del último aliento sensual de Carla. Bebió y sólo halló un amargor que se pegó a la parte posterior de su lengua. Se llevó a la boca un nuevo sorbo en el que ansiaba encontrar sueños profanos, imprudentes, marcados por el desatino del sexo y el sabor de los labios de la italiana Sofía Loren, Silvana Pampini. Cualquiera de ellas besaría como Carla. Le extrañó que en el fondo del vaso no hubiera ni un solo secreto, sino un sermón que no se atrevió a aborrecer de inmediato. Ya tenía que beber el sorbo y vivir de ese hálito. Estuvo seguro de que no existía una repugnancia absoluta o de lo contrario él mismo, adaptado a los peores secretos ajenos, a las más duras obscenidades de la gente, habría vomitado en aquel vaso donde encontró, únicamente, un resuello angelical. El vaso de Sabina trocado con el de Carla en un espacio apenas perceptible. Sabina había colocado su té tan lejos de sí, que más bien quedaba cerca de Carla y él se había dejado confundir. Ahora comprendía la distancia que lo separaba de Sabina; se creía tan pura que sentía asco de él cada vez que le veía las manos callosas; se le revolvía el estómago tan solo al ver los dedos que alguna vez habían tenido que hundirse en la sangre de los cerdos. Alguien tenía que hacer el trabajo del matadero y eso era lo que Sabina nunca había comprendido en su oficio de juzgar a los demás. El alma de la carne está en la sangre; a ella le venía esa idea a la cabeza en cuanto lo escuchaba hablar sobre aquellos días de trabajo intenso, el proceso que se extendía desde la muerte de los animales, las piezas sanguinolentas, hasta los jamones y chorizos. Al beber el té que quedaba en el vaso de Sabina, comprendía por qué ella jamás lo saludaba con un beso, no le daba la mano ni aceptaba café en su casa. Pensó en no beber el último sorbo. La vio huesuda, seria, con los ojos irritables y unas ganas inmensas de sanarlo todo y encontró el nombre de Jehová repudiando a miles de santos con halos, aureolas, nimbos y formas luminosas. Sabina había leído que esos atuendos tenían sus orígenes en una época precristiana y quién era ella para decir que esos halos también se utilizaban para representar a Júpiter, Neptuno, Baco, Apolo. Permanecía callada sin saber que él caminaba por el fondo de todos sus secretos y encontraba a cada paso un muro, una barrera, una capa hecha por ella para contrarrestar la emoción de la fiesta. Era evidente que a esa mujer no le interesaban la música ni el baile; de ella sólo podría libarse la traición de la alegría. A la religión no debía entrarse por odios ni por una categoría de sublimación en la que Sabina le daba valor a Dios para olvidar lo que tanto le dolía. Un Negro. Un negro hermoso y con los dientes perfectamente acomodados en la boca, que se había casado con otra. Sabina lloraba cuando estaba sola. Olimpia nunca había cesado de hilvanar casualidades que la acercaran a Ricardo, hasta hacerlo su marido definitivamente.

Sabina, cuando era la persona más incrédula del mundo y nadie le había mostrado otra religión, adoraba el mundo de semillas fértiles de Ricardo. Un día traicionó la confianza que ese negro ponía en ella cada vez que la invitaba a entrar a su cuarto. Ricardo le pidió que se quedara sobre la cama mientras él iba a lavarse; siempre lo hacía antes y después del sexo; se despojaba de toda la suciedad de la mujer que era lo único capaz de debilitar al hombre. Sabina lo esperó en silencio; no pudo soportar la tentación de agradarle, hacer la primera locura de su vida, mientras Ricardo aplacaba su furia masculina bajo la ducha. Cuando regresó al cuarto, Sabina lo esperaba con una cara muy estúpida y no le negó que había sido capaz de encender todas la velas; destapó algo que se le pareció a un ánfora y adornó su cuerpo desnudo con siete collares hechos de cuentas en colores, mientras él se daba un baño para llegar puro hasta ella. Sabina corre en el fondo del té; se escabulle por la vergüenza que siente al ver que Ricardo se come las carcajadas de otra mujer a la que, cada noche, le llena el vientre de semillas. Sabina se apodera de Aisa y le enseña que alguien tiene que salvar a su madre, salvarla. Olimpia es una pecadora dispuesta a casarse con un negro si ellas dos no rezan lo suficiente. Tal vez Olimpia tampoco perdona a Sabina porque fue ella quien le enseñó a Aisa que el cumpleaños era el día del nacimiento, no una práctica bíblica y por esa razón no debía celebrarse. Entonces, nada de regalos ni de flores. El hecho de celebrar el cumpleaños se remontaba mucho más atrás de lo que las personas creían, al dominio de la religión y la magia. La costumbre de felicitar, dar regalos y hacer una fiesta con velas encendidas, le dijo Aisa a su madre cuando puso una muñeca rubia sobre la cama, tienen el propósito de proteger de los demonios al que celebra la fiesta y de garantizar su seguridad durante el año entrante. Nada del ángel custodio, el hada madrina o el santo patrón. Aquel día Aisa sólo tenía diez años y se negó a aceptar el regalo de su madre. Olimpia salió del cuarto corriendo, dispuesta a atropellar a Sabina, a Jehová, al Viejo y al Nuevo Testamento; entre todos le habían robado la ingenuidad a la niña, le habían quitado hasta la posibilidad de ser feliz el día de su cumpleaños. Olimpia gritó junto a la ventana, para que Sabina la oyera, que todo en la vida no podía ser obediencia, respeto y, menos, pensamiento y contradicción. Sabina se mantuvo del otro lado de la ventana sin atreverse a abrirla; ya sentía los golpes del puño contra la madera. Desde allí sentía los resuellos de Ricardo en su lucha por contener a Olimpia. Los pectorales del negro moviéndose como dos moles, los bíceps dilatados conteniendo los golpes que caían sobre la ventana y se extendían desde la madera hasta la cara de Sabina.

Eloy se sentía molesto. En el último sorbo del té de Sabina había tropezado con demasiadas cosas, una obsesión casi ridícula por la salvación de las almas, el interés sin límites por todo lo que fuera una versión de la “Biblia”. Guardaba una traducción de Felipe Scío de San Miguel, de la que se jactaba porque se la había regalado alguien muy querido. Antes de esa había leído “El libro del pueblo de Dios” (por Levorrati–Trusso), la “Biblia de Jerusalén”, donde el tetragrámaton se traducía Yahve’h, comenzando en Génesis 2:4, el primer lugar donde aparecía. Sabina leía cualquier cosa que tratara de religión. ¿Algunos de los que estaba en esa fiesta tan ridícula conocía el significado de creer en algo? ¿Necesitaban creer? Eloy se atrevía a cuestionar todo lo que encontraba en el fondo del vaso de Sabina y la miraba con pena; a pesar de tanta fuerza, era como una niña fácil de ruborizar cada vez que Ricardo le pasaba cerca. Alguna vez, sólo que para eso tuvo que pasar mucho tiempo, Ricardo le perdonó el ultraje de sus creencias, la frescura con que ella encendió las velas. Quizás por eso el castigo natural que se le fue encima cuando lo que más deseaba en el mundo era quedar embarazada de ese hombre. El huevo no se implantó en pleno útero, sino en otro lugar y allí estiró las mucosas, las paredes de los órganos y rompió los tejidos provocando una hemorragia vergonzosa en su ropa interior. Bastó con que se empeñara en ocultar el embarazo para que todos hablaran de aquel sangramiento repentino de Sabina. Bastaron los deseos de olvidar a cada momento, para que la imagen de ese negro malsano se volviera más fuerte en su cabecita que solo podía odiar y despreciar a Olimpia. Ese fue el empujón que Sabina necesitó para llegar a Jehová, renunciar al marido ajeno y franquear ese momento en el que se había congelado su vida por culpa de alguien que no merecía tanto sufrimiento.
Eloy dejó el vaso en el piso nuevamente. Los invitados bebían, conversaban en voz alta y repicaban las tazas contra los platos. Olimpia les servía a todos, incluso a él que era quien le servía a ella siempre. Esta noche él es el invitado especial de Aisa, quizás por eso todos lo complacen, lo invitan a la comelata aun cuando temen que se emborrache como tantas veces, que se ponga contento y sienta esos deseos inmensos de bailar en medio de los invitados, gente elegante y linda que deja entrar el aguardiente en sus cuerpos mientras esperan por Aisa.
Ya no quería volver a mirar a Sabina. Sentía por ella una especie de repulsión; justamente en el último trago, había comprendido el asco que ella sentía al recordarlo como un matarife de animales para poder ganarse la vida. Sabina se permitía el lujo de juzgar a los demás; siempre lo había tenido todo; se daba el lujo de consumir la carne limpia y desangrada, implorando con un rezo que la gente siguiera absteniéndose de comer cosas sacrificadas y con sangre y cosas estranguladas o a las que se les hubiera dado muerte sin escurrirles la sangre.

 


Llanio les dijo que no estaba interesado en la fiesta, a menos que estuviese ahí la tía comilona que se sentaría con él frente al mar para hacer lo mismo que aquella muchacha de la que, con tanto favor, había hablado Federico. Podría encontrar a otra mujer cualquiera, capaz de olvidar la presión familiar y el acato de la moral, que eran dos cosas a las que él jamás les daba importancia. En ese punto Federico habló; hacía rato que no intervenía en la conversación y le aconsejó a Llanio portarse bien en la casa de Aisa, donde encontraría a personas muy decentes.
Aisa tenía miedo. El amigo de su esposo en realidad era casi amoral. Podía volverse implacable si llegaba a saber que Federico no decía la verdad con respecto a la familia de ella. Había que calmar la euforia de Llanio, muy capaz de llegar preguntando por alguna mujer que estuviese deseosa de ir a ver el Malecón a esa hora, una mujer que no fuera tan tímida y jodidamente medida como todas las yucas que podían encontrarse después de cruzar el Atlántico, el Cantábrico y el Caribe. A ella le parecía que la culpa de lo que pasaba con Llanio la tenía Federico; su esposo permitía que ese hombre vapuleara las conversaciones e hilvanara discursos contra cualquier cosa perteneciente al género femenino y ella era lo único que cumplía esos requisitos cuando estaban los tres juntos; ese odio caminaba hacia ella, se le posaba encima y la hacía dudar de la hombría de Llanio. No bastaba con decirse a sí misma que tenía capacidad suficiente para tolerarlo, darle el perdón que nunca otra persona podría otorgarle a alguien como él. Nada era suficiente porque Llanio, mientras se desplazaban desde el aereopuerto hasta la Habana Vieja en una auto rentado, continuaba hablando mal de las mujeres, del teatro, a la vez que disfrutaba la rabia que podía adivinar en la cara de Aisa.

Ellos tres fueron el toque final de la fiesta. Llanio también saludaba y cada vez que alguien le estrechaba la mano advertía que, de proponérselo, podría avasallar a toda esa gente que, por creerlo español, casi le besaba la mano. A los hombres, Llanio casi no les miraba la cara, todo lo contrario con las mujeres, a quienes les escudriñaba el rostro buscando algún indicio de atrevimiento, un gesto que indicara el valor que hacía falta para ir al Malecón a hacer lo mismo de aquella descripción que estaba a punto de pedirle nuevamente a Federico. El Malecón no era para tontos ni para gente que se lanzaba al mar como judías, tontos de poca leche en la cabeza que se ahogaban en las dos primeras millas o se deshidrataban por el sol; locos, pero cojonudos. Ese muro era para tías como la chica que había visto Federico, mujer hambrienta de sexo que se extasiaba con un dedo cerca del pubis. Cuando estuvieron sin Aisa, Llanio le preguntó tantas veces sobre ese hecho a Federico, que este tuvo que jurarle que era verdad, todo era verdad. Aquella comilona se había tragado, por debajo, claro, hasta un cucurucho de maní empujado por el novio. Llanio estaba algo turbado y pensativo; por eso no advirtió que Eloy se le acercaba para extenderle un vaso.
Por fin la fiesta lograba equilibrarse después de la llegada de Aisa. A las diez ya se habían acabado el llanto y aquellos abrazos que a los españoles les resultaban espantosos. Todos volvían a sus asientos. Llanio aún no se sentía a gusto, no mientras siguieran mirándolo tan fijamente con esas caras curiosas. Con tantos ojos encima no podría comenzar su labor con respecto a la mujer escogida para esa noche, la tía con ganas de lamer, escupir, de abrir las piernas en el Malecón, la mujercita atrevida que ya le sonreía desde su asiento en el centro de la sala.

 


Aisa continuó saludando, internándose cada vez más en los pequeños grupos donde la recibían amistosamente. Eloy estuvo próximo a agarrarla por la cintura, taparle los ojos y hacerla girar hacia él. No se hubiese atrevido a confesarlo pero, en el fondo, le molestaba que ella no hubiese ido a saludarlo. Por qué postergaba el momento de darle un abrazo y casi lo ignoraba. Se propuso llamar la atención de Aisa del único modo que tenía para hacerlo, bebiendo hasta matarse, hasta preocuparla y hacerla correr desesperada.
Para que ella sepa que ya es el momento de saludarlo, él tendrá que beber sin mesura hasta que alguien exclame su miedo en voz alta, el temor que todos tienen de que él se emborrache y arruine la fiesta. En cuanto lo vean empinarse la botella recordarán que, por culpa del ron, ya se rompió la cabeza contra un cuadro de Jesucristo que Bertha tenía en el cuarto. Volverá a todas las memorias el día en que Eloy se subió a una loma de piedras de la que no pudo volver a bajarse. Una de esas veces, quizás la más infeliz de sus borracheras, fue cuando gritó cosas contra Ricardo. Fue una sensación extraña, como si de pronto el ron no hubiese andado por los sitios habituales, sino por una zona del cuerpo donde sólo producía celos malditos. Desear a Olimpia era una estupidez. Había sido absurdo eso de gritarle tantas groserías a Ricardo quien, al día siguiente, sin ningún tipo de resentimiento dijo que lo perdonaba, que ni siquiera le guardaba rencor por tanta majadería.

Luego él también se disculpó con Ricardo y le explicó que generalmente pasaba las borracheras en silencio. Se acostaba y dormía como un bendito. Era una resaca tranquila, a pesar de que Bertha era peor que el vértigo y las náuseas; no cesaba de insultarlo tan solo porque él se había atrevido a beber. Bertha, cuando se cansaba de discutir, se acercaba para darle algunas bofetadas muy rápidas y se alejaba para no darle la oportunidad de devolverle el golpe. A él nunca le importó nada de eso. Jamás se hubiese atrevido a tocarla a pesar de que ella adoptaba una actitud desesperante. Era la bebida lo que lo ayudaba a perdonarla, no sólo a ella, sino a todas las personas que únicamente reparaban en él cuando necesitaban pedirle un favor. Las personas lo saludaban cuando querían algo y, mientras, él no existía para ninguno, que se jodieran ahora, que pasaran un poco de trabajo. Olimpia, Sabina y hasta Ricardo, vivían gracias a que él les ponía todo en las narices, les acercaba a las bocas cuanto pedían para poder vivir.
En realidad no se arrepentía de haberle gritado tantas cosas a Ricardo en medio de aquella borrachera. Por suerte todo había quedado como un juego. Quién iba a creer que un viejo, decrépito y hasta sucio como él, iba a estar loco por una mujer tan fina como Olimpia. A nadie le cabía en la cabeza; y lo que para él era lo más serio del mundo quedaba en la barrabasada de la borrachera. Eso era lo que lo molestaba realmente, que ahora se burlaran del amor que sentía por Olimpia como si no pudiera ser cierto.
Eloy se distanció un poco del resto de los invitados y comenzó a llevar a cabo su proyecto para acercarse a Aisa. La gente conversaba, fumaba, mientras él bebía a pico de botella. El hígado, las vías biliares, la salud; no era más que un pretexto de los médicos para ayudar a mantener el orden en la sociedad. Nadie se moría de ron como mismo nadie se moría por ser feliz ni por comer carne diariamente. Si en el mundo no había mayor placer que el de tomar la alegría prestada y disolver en el ron las necesidades, los problemas y el amor que uno podía sentir por una mujer que siempre sería de otro, aunque ese otro fuese un negro. El ron siempre le había dado valor y si no, que le preguntaran a los cerdos cuando él se daba unos tragos. El aguardiente espantaba el miedo, la indecisión de tomar un puñal y hundirlo en la carne grasienta de los animales. Al principio, de tan suave que empujaba la hoja, casi los dejaba agonizando. No tenía el poder de aniquilarlos con una sola cortada. Los cerdos se revolvían en el suelo sin fuerza para levantarse y lo miraban con los ojitos vidriosos como implorándole que los matara de una vez; esa matanza a medias ya era el colmo del maltrato. Lo maldecían porque hundía el cuchillo con ese miedo tonto de provocar la muerte.

 


Aisa se levantó de la silla y Llanio la sostuvo por el brazo; luego se ubicó en una butaca frente a ella y comenzó a reírse con ironía. ¡Vaya, vaya! Ahora sé por qué practicas una religión tan dura contigo misma. Tu madre me ha estado contando que la culpa es de aquella señora que está sentada allá. ¿Sabina, no es sí como se llama? Pero hay algo que no me queda claro todavía, niñita, y es a quién tratas de redimir. Sólo contéstame si ese alguien está entre nosotros esta noche y me iré de tu lado.
A Llanio no podía enfrentarlo a locas ni a tientas ni hacerlo babear con una explicación bíblica; lo único que pudo decirle fue que, aunque él no lo creyera, a través de Jehová existía la posibilidad de nacer otra vez. ¿Otra vez, Aisa? Sí, nacer del agua, ser bautizado y engendrado mediante el espíritu de Dios, y eso no tiene que ver con segundas personas sino con nosotros mismos. La corrupción no hereda incorrupción, Llanio, por eso es que le temo. Dejó de hablar con él cuando advirtió que apenas la escuchaba. Otra vez conseguía ponerla en una situación ridícula mientras se dedicaba a mirar descaradamente a Olimpia. Creo saber de quién te avergúenzas, muchachita; pero no tienes ni puta idea de que tu madre es un ser excepcional. Vives en el país de los consejos y te has dedicado a escuchar cómo debería ser Olimpia. Ninguno de ustedes, ni siquiera tú misma, que vives al lado del hombre más apuesto de Madrid, has logrado ser feliz como ella; al menos es limpia de alma y sencilla, y eso a vosotros os falta bastante en este país; todos tienen el ego muy saludable.
_Llanio, haz lo que quieras. Vete a admirar a mi esposo; mira, Federico ya se cambió la camisa.
_No, no esta noche. Con el tiempo, al igual que tú, me he ido aburriendo de Federico. Voy a inventar una excusa para ir al Vedado y así desataré todos los demonios para que anden sueltos esta noche.
_Vete, me da lo mismo, asqueroso.
_No lo creo, pero igual.
Aisa lo vio salir directamente a hablar con Olimpia y Ricardo, para que lo acompañaran al Vedado en el auto rentado. Les mostró la dirección copiada en una hoja y Ricardo no lo pensó dos veces para decir que prefería quedarse en la fiesta, además, parecía más bien que esa noche llovería o al menos eso es lo que indicaba tanto viento. Acompáñalo tú, Olimpia y avísale de las calles por las que tiene que doblar; avísale con tiempo, que tú eres fatal para las direcciones.

 


Llanio terminaba una conversación con Ricardo y Olimpia sobre los niños racistas que tanto abundaban en España, muy capaces de hacer un escalafón descendente de rechazos, encabezado por gitanos, moros– árabes, judíos, asiáticos, negros, sudacas, del que tampoco escapaban los portugueses. España no era como ellos creían, sino el lugar donde más se bebía en el mundo, el sitio de mayor corrupción, donde la gente asistía drogada, como si tal cosa, al Palacio de los Festivales de San Fander, para dormirse con “Vita de San Francesco”, “Tres pasajes del Poverello”, “San Francesco predica a las golondrinas”; les confesó que él mismo había asistido a ese lugar hacía sólo unas noches y aquello era la barbaridad del aburrimiento. Olimpia y Ricardo rieron; les hacía gracia la entonación con la que Llanio inventaba el cuento para divertirlos un poco.
Aisa quiso impedir que su madre saliera con Llanio; no se veía bien que andaran juntos a una hora como esa. El español, por lo disparatado que era, y Olimpia, que tampoco era la mesura en persona, no eran buena mezcla. Llanio ya le daba las gracias por aceptar acompañarlo, no sin reconocer que jamás le pedía a los demás lo que él mismo no fuese capaz de hacer. Piensa, antes de contestar, la revolución mental que puedes armar en este cuarentón soltero. Tú no tienes la culpa; yo, al invitarte, sí. Has sobresalido ante mí como una gran montaña en la mar.
Eloy bebía con placer del vaso que el español había dejado recientemente sobre una mesita; le gustaba saber lo que pensaba ese hombre aunque para ello no había que ser muy ducho en adivinar secretos a partir de las sobras ajenas. Llanio permanecía de pie, recostado a la pared y con los ojos fijos en Olimpia; la habría invitado al Bar Sarima para que probara las especialidades en pulpo, lacón, pinchos en general y vino Ribeiro. Olimpia tenía carácter para compartir con todos los amigos de él en el Bar Elizondo, La Bodeguilla de San Mamés, el Bar Paco, donde comenzaban con un café a la crema y terminaban ebrios de gozo, con ganas de inventar otras fiestas a esa hora. A Olimpia él le habría dado un papel en la película “Cuando salí de Cuba”, justamente el interpretado por Marisa Tomei, quien logró imponerse en el plantel gracias a la encarnación de una sabrosa prostituta cubana. Olimpia tenía agallas para actuar junto a Alfred Molina, Anjelica Houston; podría asombrar a Chazz Palminteri. Piensa, gordita, antes de contestar, la revolución mental que vas a armar en este cuarentón soltero. Me gustan las personas valientes como tú, no las tibias que te suplican fotos de maricas cantautores. ¿Vamos al Malecón o no? ¿Harás el papel de la tía comilona frente al mar? Llanio seguía de pie, en silencio, y Eloy bebía poco a poco los secretos que estaban en el fondo del vaso, donde formaban una pareja que abandonaba la fiesta y cualquier lugar se les volvía acogedor, especial; Olimpia y Llanio sentían unas ganas inmensas de abrazarse al muro y respirar el salitre, recoger objetos herrumbrosos para luego hacer los más despiadados ready–mades que adornarían las galerías de Madrid. El español planificaba hablar otras cosas con Olimpia antes de pedirle obscenidades. Sí, algunos turistas eran descerebrados; eso, en términos generales, era verdad. El no era San Juan Bautista y cuando estaba de vacaciones, máximo en una isla como Cuba, trataba de pasarla como el mejor, lo que no incluía mentir ni avasallar o tratar de tener gente haciendo lo que él quisiera por su dinero. Viene de dos familias muy viejas y lo primero que le enseñaron es que fuera se tiene que portar mejor que en casa. Mientras le explica, Olimpia va sintiendo menos vergüenza por aceptar la invitación. Entonces tiene cuarenta años, es soltero y nunca ha estado casado; la está pasando en la isla muy bien. Las mentiras que sus coetáneos españoles han dicho aquí, unas veces producen risa y, la mayoría, pena. Por mucho que de vacaciones se haga el loco hay que tener en cuenta que desde el momento en que una mujer va contigo su dignidad es la tuya. La mayoría de los españoles dan asco; son camareros, fontaneros, gente que allá tiene dificultad para conectar con su entorno y viene aquí a jugar quince días de millonarios. También es cierto que hay muchos españoles serios, y no habla de los italianos porque a esos, en general, qué les podría llamar la atención de la isla.
Llanio conducía por Obispo; no podía hablarle a Olimpia directamente del asunto que lo había llevado a invitarla a dar ese paseo. En realidad sí quería ir al Vedado. Deseaba llevarla al Malecón, sentir su cuerpo rollizo bien cerca, oírla respirar y fumar al aire libre. Mira, encontré esta postal en la guantera; creo que se le quedó aquí a tu hija. Olimpia sonreía ahora por primera vez; ni siquiera había mirado bien a Llanio para no resultar impertinente. Él siguió hablándole de la postal, “La Giralda”, una torre árabe que todavía se conserva. A ella le pareció bonita pero, de forma general, no le gustaban las postales vacías. Entonces tendré que echarla a perder con una poesía donde se repita el si condicional más que una cebolla: si yo tuviera un caballo que a tu isla me llevara... Yo antes escribía algunas cosas, Olimpia; ahora estoy en mala edad. Contigo lo intentaré; si me dejaras citar a Lorca podría decirte que eres de las personas que tienen el duende.
El auto avanzaba un poco más; tenían que parar de una vez y sentarse frente al mar sin más rodeos, sin darle vueltas al asunto. Así la había imaginado, sentadita y con la ropa recogida sobre los muslos. Tal vez lo mejor era darle un poco de confianza, hablarle de la casa del Vedado a la que irían. Le dijo a Olimpia que quería ponerla al tanto de algunos detalles para que no lo acompañara ingenuamente a hacer esa visita. ¿Por qué no se sentaban en alguna parte del muro y así él le explicaba algunas cosas?

Había desaparecido el viento que media hora atrás anunciaba lluvia y eso les permitió acomodarse sobre el muro. No me importa si vas a encontrarte con una mujer; yo estoy aquí solamente para mostrarte el camino, dijo Olimpia y Llanio se echó a reír y le confesó que, aun cuando casi no la conocía, se atrevía a asegurar que ella era muy celosa. Olimpia, qué mente tan horrible tienes. La tal Laura que tanto te inquieta, Laurita, que es como se llama la niñita que veremos, es mi amiga; nos conocimos a través de las cartas, quizás tú nunca hayas experimentado eso. La chica me escribió un día y luego no dejó de hacerlo nunca más; es una especie de conversación que la ha mantenido viva. De todos modos, y como mi vida es un bolero aburrido y monótono, me dio por corresponderle. No sé, ya te contaré mi vida; cada día me aburre más hablar de mí o releerme. No sé qué pasa que con todo me aburro de solemnidad. Digamos que se me despierta la imaginación cuando la gente me cuenta sus cosas y entonces me pregunto por qué nunca he hecho yo algo como lo que hacen los demás y es ahí donde se me despierta la imaginación y me decido; creo que vivo la vida que otros ya mataron. No, no me hagas caso, un ejemplo de lo que te digo es el estar sentado aquí contigo. Tiene que ser bueno estar en pareja frente al mar cuando tanta gente lo experimenta, disculpa que te llame pareja en este caso.
Aun no era el momento de que ella le comiera el sexo. El mar sólo tenía sentido para tías comilonas como la que estaba en el recuerdo de Federico, no para suicidas, locos, aberrados con sueños inalcanzables, pero cojonudos. Sobre el hablar mal o decir groserías, Olimpia, tendría que acostumbrar sus lindos oiditos a soportar groserías, tacos, juramentos y blasfemias. Aquí eso es feo; sin embargo, el castellano, la lengua castellana de la península, se maneja a base de improperios de todos los modos y colores. Te confieso, Olimpia, que hubiera podido conquistarte mucho más rápido por carta, ella volvía a reír porque se divertía escuchándolo; yo escribo las cartas con planilla, ¿qué te parece? Mi madre, desde que éramos unos críos, nos enseñó, de verdad, la cortesía epistolar. Llanio quedó sin palabras al ver que Olimpia se acomodaba a horcajadas sobre el muro. No podía ser brusco justo cuando la señora comenzaba a deshinibirse. Gorda, bajita, sabrosa. Le confesó que siempre observaba asombrado a las criaturas como ella; le parecían nuevas y mágicas y a veces hasta podía parecer imprudencia de su parte. En ese momento ella tenía mucha importancia en sus pensamientos y en el mundo de relaciones extrañas que él estaba viviendo. Pequeña damita cubana, puede que asustes a más de uno; estoy seguro de que no dejas vacío por donde caminas. Ya muchos habrán querido seguirte la trola.

Olimpia tenía los ojos entreabiertos y, cuando fumaba, inflaba los carrillos tal y como se le prohibía Ricardo, quien le explicaba que eso era de mal gusto. Ahora se sentía rara pero bien; asistía a un mundo totalmente desconocido. Sevilla, como le explicaba Llanio, aun cuando él no conocía muy a fondo la ciudad, no era como ella pensaba. La Puerta del Perdón no estaba en la mezquita, sino en la Catedral, y El Cristo de la Clemencia tampoco estaba donde ella creía. El más veterano y revesado era un Cristo al que llamaban “El Cachozo”; en Semana Santa “El Paso del Cachozo” se volvía un reguero de poetas. Las dos vírgenes sevillanas por excelencia eran “La Macarena” y “La Esperanza” , esta última era la de los valientes. Que no le preguntara tanto; él estaba lejos de los andaluces en todo y nunca había asistido a la Cabalgata de Reyes, y si hoy la invitaba a ella al Malecón era porque se sentía nostálgico; extrañaba su Cantábrico hermano del Caribe, hijos los dos de ese gran padre Atlántico que a partir de esta noche los uniría y los separaría.
Un fotógrafo se les acercó y Llanio quiso hacerse una foto, alegando que en su casa no había ningún retrato; pareciera que tuviéramos miedo de perpetuar la figura en alguna parte. Olimpia, tengo que decirte de una vez la razón por la que te he traído aquí. Tendré que decírtelo a quemarropa. Hace mucho que para mí es un sueño algo que le ocurrió a mi amigo Federico; te encontré en la fiesta y me bastó con verte la cara para saber que tú, Olimpia, tendrías agallas para hacerlo.

 


Aisa no podía explicarle a quienes le preguntaban, la verdadera razón por la que ellos tres habían llegado tan tarde a la fiesta. Tenía que callarse la verdad; usualmente no se realizaban casualidades tan extravagantes como las que rodeaban al amigo de su esposo. Ella y Federico se habían adaptado a hacer todo lo que él proponía, aun cuando en un primer instante sus invitaciones parecían forzadas. Llanio, en cuanto bajó del avión y antes de disfrutar de la tierra más fermosa, comenzó a hablar de teatro y Aisa lo evitó bruscamente. Hasta ese día ya le había soportado un montón de cosas, sus juicios incontrastables y siempre de acuerdo con nada y con todo. Ahora no estaba en condiciones de permitir que fuese él quien definiera si ella era o no dramaturga, periodista o cazadora de fortunas españolas de fin de siglo. En realidad hacía mucho tiempo que ella no escribía nada; sus últimos esfuerzos se habían estrangulado en un teatrico de mala muerte que ahora ya ni siquiera existía en La Habana, donde siempre ensayaba el grupo lidereado de alguna forma secreta por Carla, la única capaz de moverlos en masa hasta ese rincón descolorido. A veces, cuando estaban sentados con las piernas dobladas bajo los muslos y demasiado pesadas como para ir a algún lugar, Carla se ponía de pie y gritaba vamos, señores. Era magia; rápidamente adquirían toda la disposición que hacía falta para llegar al cuchitril que los esperaba para ensayar.
Llanio advirtió que ese era el punto débil de Aisa y ahí hundió su dedo, barrenó las ideas, acabó con la poca gloria que se adosaba a ella. ¿Y por qué nunca hicieron buenas cosas en ese teatro? La pregunta no merecía responderse siquiera. Qué sabía Llanio de cómo era La Habana, de cómo era el teatro de la gente que tenía deseos de hacer cosas y veía puertas cerradas o, peor aun, una sola puerta abierta para obligarte a pasar por ella. Los artistas que lograban la concentración, tenían fe y sentido de la verdad, no tenían teatro. El resultado, pausas y silencios correctos de los personajes, perfecta voz y un local infame donde los pocos que se atrevían a asistir abandonaban la puesta en escena debido al calor, a la precariedad del piso y del techo que el mejor de los días se les podía caer encima. Muchos se fueron cansando, hasta Carla, que una tarde ya no pudo volver a darse ánimo a sí misma y desterró la idea de ser actriz, la cambió por la de ser una jinetera solapada, con poco ruido y con más nueces, que se llevaba del teatro las habilidades histriónicas de una actriz, la sonrisa o la lágrima perfecta y el dolor de no ser nadie aunque muchas filosofías hablaran de habitar en sí mismo. La mierda.

Ninguno de los del grupo dijo abiertamente que se largaba o que no regresaría nunca más. Fue un poco a poco que laceró los ensayos; siempre faltaba un personaje, lo que equivalía a una mala jornada. Llanio sonrió; por fin la molestaba como nunca, hasta el punto de tenerla con las lágrimas en la punta de los ojos. Aisa reconocía ante él su condición de perdedora y se recostaba a Federico que no había dicho una palabra porque no estaba acostumbrado a manejar en La Habana. Ahora correspondía el golpe final. Aisa, puedes construir un edificio majestuoso para plantar en él tu teatro; te puedo dar un escenario digno, con todas las luces y la decoración que me pidas, y aun así no harás teatro. Tú y tus amigos no aprendieron que lo imprescindible eran ustedes y olvidaron la antigua y eficaz leyenda del “actor por gracia de Dios”, para que pudieran dar ese “sí” mágico del que hablaba Stanislavsky. Conozco a mucha gente que podría demostrarte, mi refinada Aisa, que se puede hacer teatro en medio de la calle y que lo puede hacer un solo actor. Aisa tenía deseos de pedirle a su esposo que intercediera en la conversación y la salvara de Llanio, quien no tardaría en comenzar su digresión sobre el tema de siempre, el hombre y la mujer, sus miles de teorías sobre las cuestiones que más afeaban la susceptibilidad femenina.

 


Como había comenzado a decirte, Laura es mi amiga; por suerte tiene un nombre fácil de pronunciar. Los nombres de tu isla, para los españoles, suenan raros; además, todos os los ponéis larguísimos para luego usar tres letras. ¿Cuántos nombres tienes tú además de Olimpia? Bueno..., Olimpia, Olo para mis amigos y Verónica. Mi nombre completo es Olimpia Verónica y mis padres me decían el segundo nombre cuando estaban enojados; o sea, que me reservaban el Verónica para los regaños. De todos modos hace mucho tiempo que ya nadie me dice así. Bueno, Olimpia, me gustaría más decirte Olo. Sí, me gusta Olo.
Ella fue la primera en sentarse con los pies hacia el mar. Dejó los zapatos sobre el muro y le enseñó los dedos a Llanio para que viera cuán blancos y largos los tenía. Ya estaban más cerca uno del otro. Si Olimpia aceptaba ese momento, aun cuando ni siquiera hablaban de Laury, era porque estaba de humor para realizar el sueño. Quizás tenía deseos de dejarse seducir y hacer locuras en medio de una oscuridad que aun no era total. Olo..., me gusta ese nombre; tienes una forma de comunicar y de transmitir sentimientos que te hace especial. Es un don que no tiene todo el mundo. Te escribiré cuando llegue a Madrid. Lo malo es que el correo de Cuba parece que va y viene en galeón; eso lo sé por Laury. A veces me fastidio cuando las cartas no llegan en el tiempo en que verdaderamente lo necesita esa chiquilla tan linda –no avanzó mucho más en la conversación– ¿pero por qué te separas hacia la derecha, Olimpia? Si quieres nos vamos. Con ese regaño al menos logró que ella dejara de correrse cada vez que él se le acercaba. Ven, dame tu mano, que ya es la Navidad y todo el mundo tiene que ser bueno. Conseguía tocarle el pelo y, aun cuando la conversación iba por el rumbo equivocado, estaba seguro de que Olo, como había comenzado a llamarla, terminaría acostada sobre sus piernas, dándose el gran banquetazo. Dejó de mirarla y accedió a responder una pregunta más sobre Laura. En realidad, no conocía a la niña en persona. Por sus cálculos, ella sería casi una mujercita y en una mente tan egoísta y desequilibrada como la de él, Laura era la última gota, lo único de bondad que servía para algo. No soy así tan suave y fácil de manejar como estoy siendo contigo esta noche. Tal vez tu hija y Federico sí tienen la razón cuando dicen que esta es una ciudad mágica. A partir de hoy, tendrás sobre mí un criterio muy diferente al de ellos dos, que creen conocerme demasiado. A veces ni siquiera yo mismo me conozco.

 

Ricardo entró a la sala con las cartas en la mano, augurando un ajedrez aburrido para los que esperaran fuera del juego. Ojalá no estén olvidando la semejanza entre el ajedrez y el Tarot, que no está en la manera de jugarlo sino en las figuras y sus significados. Ricardo se sentó de espaldas a los invitados y desde allí siguió hablándoles, por lo que Aisa supuso que comenzaría una vez más con lo que ella llamaba oscurantismo; no esperó y se fue al cuarto de su madre, donde nadie la hiciera escuchar las ignorancias de Ricardo: ustedes están olvidando que el ajedrez deriva del Tarot; hasta se parecen en el número de piezas. El rey del ajedrez es el emperador en el Tarot, así como la reina es la emperatriz; el alfil, la sacerdotisa; el caballo, el mago; y la torre, una carroza que no es más que el triunfo. ¿Juegan, o no?
Sabina volvía a cancelar los espacios vacíos que la comunicaban con Ricardo. Ahora el negro le miraba a los ojos esperando aprobación al menos de su parte. Ricardo, negro, malsano y vigoroso, fuerte como todos los de su raza. Carla era la que más se acercaba a la invitación y ayudaba a buscar una mesa circular o alargada por toda la casa. Tiene que ser de madera oscura, gritaba Ricardo entusiasmado; por fin lograba conmoverlos. Se deben evitar las mesas plásticas, así como las cosas que estén de más y sobrecarguen el ambiente. Quien quiera consultarse deberá sentarse frente a mí.
Federico se ubicó en una silla, de madera oscura también, quedando cara a cara con Ricardo. Carla dejaba notar su molestia; quería que se leyera su vida en las cartas, para ser el centro una vez más, aunque en realidad desconfiaba de la veracidad de lectura de Ricardo y de las cartas en sí.
El negro pedía que los que observaran se mantuvieran abstraídos y en absoluto silencio. Mientras menos personas, mejor tirada y posterior lectura. Federico, ¿estás relajado? Olimpia siempre prohibía que su esposo usara los naipes delante de la gente. La mayoría de las personas no creían en eso y luego ponían a Ricardo en ridículo. Pero ahora eso no importaba, su mujer tardaría unas dos horas como mínimo en volver del Vedado, así que se apuró en poner sobre la mesa la baraja española, que era la más parecida al Tarot. Mírenla, tiene cuatro figuras principales (palos) que son el oro, el cual se refiere en lo material al dinero y secretamente a Dios. El basto, bueno, es el cetro, la fuerza y el poder. Las espadas hablan de castigo, justicia y, a veces, de muerte; y las copas se refieren a una orden religiosa como organización.

 


Acercó sus labios al cuello de Olimpia y ella se contorsionó de una forma felina. Hice bien en invitarte a venir. Por suerte no necesitamos tener la certeza absoluta para todas las cosas, si no habríamos de renunciar a todo. ¿No te parece, Olo? Dame los besos bien apretados, que igual se pierden y los pilla algún buitre que esté en el Malecón. ¿Y qué hago entonces, llorar como un chiquillo al que le pincharon su pelota? Olimpia quería saber por qué él siempre hablaba de que se sentía solo, cuando esa no era la imagen que aparentaba; para nada se notaba que era capaz de sentir tristeza. Llanio le besaba los senos por encima de la blusa... Lo de mi soledad tendrás que entenderlo en un entorno muy diferente al tuyo. Allá, cuando se pasa de cierta edad, las mujeres sobre todo, y eso no es machismo, pierden mucha ilusión; los hombres nos volvemos un poco maniáticos, no pases pena por ello; la soledad es buena como el silencio. Yo no he renunciado a nada; pero no me disgustan la soledad ni tu compañía.
Olimpia se adelantaba y le mordía los labios, mientras él recordaba la chica que había impresionado a su amigo Federico, linda, tremendamente elegante, nunca con el cuerpazo ni las carcajadas de Olimpia, que a él le producían unas ganas inmensas de recostarla al muro y hacerla comer de un golpe.
Por la misma soledad de la que te hablo es por la que he dejado a Laury entrar en mi vida. He sido un tonto; le he hablado a esa niña, en mis cartas, hasta del premio Salamanca de Literatura que le dieron a un tío colombiano, Alvaro Mutis. Ya antes le había contado yo a Laury que este hombre recibió el Príncipe de Asturias. ¿Y sabes qué hacía esa niñita? Pues escucharme; tiene una vejez prematura por culpa de su enfermedad. En una carta me contaba que Góngora le parecía un buen poeta pero se le volvía de difícil lectura. ¡Me imagino! Bueno, todo es aleatorio y discutible. A mí, en lo particular, el poeta de lengua castellana que más me gusta es Machado. La generación del 27, como grupo, ha sido la mejor de este siglo y tú haz todo eso, Olimpia, cautívame con tus manos y con tu boca, mientras yo te cuento tonterías. Sabía que no me equivocaba al escogerte.
Ya no veían pasar a la gente. Sólo faltaba el cucurucho de maní para que se repitiera la historia que tanto había hecho fabular a Llanio. Olimpia continuó besándolo hasta que hizo una pausa para saber, por fin, cuál era al enfermedad que tenía Laury. Llanio trató de no contestar para que nada interrumpiera la realización del sueño que lo había traído desde Madrid. A veces, mientras dormía, le sucedía algo semejante; se despertaba de un sueño que quería continuar y le bastaba con cerrar los ojos para volver a hilvanar el hilo del subconsciente; había aprendido a continuar los sueños desde que era un niño. Incluso, le confesaba a Olimpia, no tenía predilección por sueños malos o buenos; a todos les buscaba el final, hasta que se agotaban en ese punto donde ni siquiera podía recordarse toda la historia al día siguiente. Qué enfermedad tiene Laura, repitió Olimpia con los labios enrojecidos por la saliva de los besos. Tiene problemas con los riñones; a veces le cambian la sangre y ella me escribe, Llanio, mañana me van a poner sangre nueva por un suero y me van a sacar la mía por otra parte. Llanio, hace muchos días que no me dejan ir a la escuela y la secundaria no es difícil; pero hace tanto que no voy a clases, que creo que ya lo olvidé todo y es muy probable que pierda el curso; me va a dar pena que me vean repetir el grado. Laura me pide, en todas sus cartas, que le hable de lugares lindos y de las cosas que yo hacía a su edad. Le he contado miles de cosas, imagínate las zurras que me gané en la vida. Antes de venir yo a Cuba, la madre de Laura me había contado que la chica no hacía más que irse en diarreas y vomitar, que ya tenía problemas con el corazón y las diálisis se le hacían más cercanas unas de otras que los puestos de vender confituras en Madrid. Si vieras la cara del cartero cada vez que me entregaba las cartas de Laura; me miraba como diciéndome cuarentón zorro o algo así. He aceptado la invitación a tu país porque Laura me confesó, hace poco, que quería despedirse de mí; ya está casi muerta y se mantiene viva solamente hasta verme. Cometí el error de contarle que estaría aquí para finales de Diciembre, cuando unos amigos me trajeran de vacaciones. Olimpia lo escuchaba a la vez que le besaba los labios, los brazos; se disponía a acostarse sobre el muro para culminar el sueño que tanto ansiaba Llanio, sólo que después de escucharlo ella misma no tenía ganas de ser tan salamera, sino que deseaba abrazarlo, hacerle reconocer que era un hombre de buenos sentimientos aunque se pasara la vida tratando de demostrar lo contrario. Deseaba más reclinarse sobre él que perderse en su pantalón que ya ni siquiera pujaba por abrirse. Llanio tampoco quería realizar el sueño; le confesaba a Olimpia que a veces se sentía algo viejo, cansado, melancólico como los vascos, hipócrita consigo mismo como los andaluces, que se creían buenos en todo.

 

 


Ricardo leyó las cartas en silencio y dijo que, por primera vez en su vida, faltaría al deber de comunicarle al consultante lo que decía en ellas. Eso bastó para que todos quisieran saber. No se trataba de la verdad o la mentira, sino de lo que Ricardo había visto y a ellos les quedaba vedado. El negro lucía pálido, tembloroso y eso los ponía desconcertados; él jamás se mostraba preocupado o débil delante de los demás. Sabina dio unos pasos para hablarle y llegó a la conclusión de que era mejor retroceder y dejar que se las arreglara solo. Ya nadie se preocupaba por la música o los platos con frituras. Muchos rodeaban a Ricardo para hacerlo hablar mientras él se negaba. No lo diría; a veces era mejor no saber, ignorar lo que habría de suceder en muy corto tiempo.
Ricardo preguntó por Olimpia y Federico le contestó que todavía no era tiempo suficiente como para que pudiera regresar del Vedado, si cuando Llanio comenzaba a hablar era incansable, un verdadero papagayo. Para hacerlo olvidar a Olimpia, Federico le confesó que, sin intenciones de desacreditar las cartas, no creía mucho en ellas, así como tampoco se fiaba de relaciones ocultas, secretos de estado ni anécdotas picantes sobre personajes reconocidos o tesoros de pueblos antiguos. Todo podía estar alterado por historiadores o tiradores de cartas; de alguna forma siempre mediaba la emoción de otros. Así, Ricardo, que puedes tragarte eso que te pone tan mal, si te complace. Ya está arreglado, no me importa un bledo la tirada. Pero el negro quería decirles el secreto, expulsar lo que tenía asustado, para no verse en la situación de convivir solo con tantas preocupaciones. ¿Por qué no llega Olimpia? Preguntó la hora y eran ya las doce, por lo que daría un plazo para que llegara su mujer o iría a buscarla en el Peugeot. Carla lo siguió a la cocina; estaba segura de que, si sabía pedírselo, a ella el negro no podría negarle ningún secreto.

Sólo quedaban las personas más cercanas a la familia, las únicas que estaban en las buenas y en las malas, no como tanta gente que sólo servía para comer. Tu hija postiza está escondida en el cuarto, dijo Carla para llamar la atención de Ricardo, yo creo saber por qué está tan rabiosita. Él seguía sin mirarla; los que lo conocían lo dejaban solo cuando se ponía molesto. Era inútil hacerlo razonar; se volvía disparatado y hasta agresivo, capaz de arremeter con palabras contra cualquiera. Carla regresó a la sala; se mantuvo tan callada que muchos creyeron que estaba preocupada y la interrogaron hasta que ella bajó la mirada al advertir la duda en todas las caras y les siguió el juego. Carla fingió que estaba triste porque lo sabía todo; muchos se le acercaron para palmearle el hombro y Sabina se apuró en decir que sólo Dios era capaz de conocer los secretos del hombre y que Carla no sabía nada de Ricardo; no era mujer que pudiera callarse las cosas. Si esta muchachita tuviera alguna idea, pueden estar seguros de que ya la sabríamos, la tentación siempre ha sido más fuerte que ella misma y no olviden que Ricardo tampoco le cuenta sus cosas a cualquiera. Sabina dijo que se iría y Bertha le pidió que no lo hiciera hasta ver qué pasaba con Ricardo o hasta ver si llegaba Olimpia.
El negro salió de la cocina hacia el cuarto; quería vestirse para salir a buscar a Olimpia, así que nadie se pusiera a estarlo agarrando. Eloy bebió del vaso de Ricardo que estaba sobre la mesa, lo sacudió constantemente para que las pequeñas gotas que quedaban se depositaran en su lengua y sólo sintió un gusto raro, dulzón, el inconfundible sabor de la sangre mezclándose con su saliva. Se llevó un dedo a la boca y comprobó que no había sangre alguna aunque el gusto era idéntico. Nunca había tenido tantas dudas al beber de las sobras de alguien. El secreto de Ricardo estaba, precisamente, en ese sabor a sangre. Eloy se sintió nervioso, aturdido; era la primera vez que no podía descifrar el pensamiento de una persona tan común como las otras; escupió y miró al suelo esperando encontrar algún indicio rojo y sólo halló su propia saliva espumosa y abundante.
Ricardo estaba en el cuarto, sentado sobre la cama, mientras Carla y Bertha intentaban detenerlo para que no fuera a buscar a su esposa a esa hora si ya era tan tarde, más de la una. Ya no escuchaba, pedía que lo dejaran en paz porque iría a buscar a su mujer de cualquier modo, si nadie tenía que acompañarlo; todos, para que lo oyeran bien, todos podían irse a sus casas tranquilamente y descansar en paz. No tuvieron más remedio que seguirlo hasta el garaje y Eloy fue el primero en subirse al Peugeot sin contar con nadie; lo siguieron Aisa y Sabina y esta última no lo hacía por Olimpia sino por su hija, a la que le había dedicado más tiempo que a cualquier cosa en el mundo.

Bertha y Carla se quedaron a cargo de la casa; entraron cogidas de la mano como si se conocieran de toda la vida. Sentadas en la sala miraron, ahora con otros ojos, el verdadero desastre de la fiesta. Vasos bajo las sillas, marcas de zapatos en el suelo como último resuello del baile, el churre y toda la bebida que se había derramado. Carla le explicaba a Bertha su preferencia por marcharse de los lugares antes de ver el final de las cosas que vendrían; los finales le parecían extremadamente penosos, como si lograran burlarse de uno mismo, casi una predestinación de la muerte. La casa en ese estado más bien parecía la antesala de la muerte, algo capaz de interrumpir el curso de una vida normal. Bertha, como de una muerte que nadie espera, ¿no te parece? Cállate, muchacha, no ves que casi se me caen los vasos de las manos. Recogieron las cosas en silencio. Carla dijo que prefería la música y, para no molestar a su ayudante, mantuvo el equipo en un volumen neutral y caminó de un lado hacia otro con la bandeja repleta de copas, eso le hacía recordar cuando hizo el papel de Jovina, aquel personaje que Aisa había creado expresamente para regalárselo por su cumpleaños. El guión resultó bueno y la actuación tuvo éxito. ¿Por qué su amiga nunca se habría atrevido a adaptar “El Maestro y Margarita”?

 


En medio de toda la locura de esa noche, Ricardo era el único que recordaba la dirección del Vedado. Él mismo le había dicho a su esposa que podía acompañar al español. Tal vez la suerte estaba echada de antemano y ella se habría ido con él de todas formas. El Peugeot ya se encaminaba por 23. Federico reconoció el auto rentado frente a una casa amarilla que, a pesar de la hora, mantenía la puerta y las ventanas abiertas, la única en toda la calle que no había apagado las luces. Ciento veintiséis. Esa, esa misma, exclamó Ricardo. No podían llegar de pronto a un lugar al que no habían sido invitados. Sabrá Dios qué cosas está haciendo Llanio ahí dentro, dijo Aisa, siempre esperando lo peor del mejor amigo de su esposo. Sabina y yo los esperaremos aquí en el carro. Vayan, vayan ustedes, agregó, y ya regresarán confundidos después de asistir a cualquiera de las orgías de ese loco. A Federico no le gustaba oírla hablar así; en definitiva, era Llanio quien inventaba exposiciones, cenas a media luz, música hasta la madrugada y conseguía sacarlos a ellos dos de la rutina del matrimonio. En lugar de criticarlo debía estarle agradecida de que les hubiera enseñado los lugares más lindos de Madrid. Federico apenas conocía la ciudad; había vivido mucho tiempo en Bilbao y ella qué podía decir, si Llanio la llevaba a los teatros más importantes de España, aun cuando la azocara continuamente con sus conversaciones. Aisa era la que menos podía criticarlo si él hasta le había conseguido un espacio en una revista importante y ella se había negado a publicar en una revista del exilio. Aquella tarde Llanio terminó por reírse en su propia cara; ella se negaba a asumir el exilio cuando se había desterrado con tal de no volver a ver los cuchitriles en los que se hacía teatro en La Habana. Llanio rió tan fuerte que ella sólo pensó en golpearlo, tal y como le sucedía siempre que se sentía acorralada por su culpa.
Federico tomó a Aisa por los hombros y le pidió que no hablara mal de su amigo, si sólo era divertido, casi infantil. Vamos, perdónale, quieres. Ya le pediré que no siga jorobando en las conversaciones contigo; no le permitiré que te vuelva a hacer la trola para burlarse. Un beso, ya todo pasó, ¿verdad?
Ricardo no esperó más; era muy tarde y quería saber de su mujer; la casa era la ciento veintiséis, de eso estaba seguro. Eloy fue tras él. Ricardo no estaba en condiciones de explicar qué querían a esa hora. Fue Federico quien habló y los dejaron entrar sin muchas preguntas; bastó con mencionar a Llanio para que una mujer, con los ojos llorosos y enrojecidos de tanto secárselos, los hiciera pasar al cuarto de Laura.
No pensaron que el español estaría justamente sentado a los pies de la cama de una niña a la que, hasta los médicos, le habían permitido irse a su casa; ya no quedaba mucho por hacer, ni los padres querían continuar con las transfusiones. Laura decía que, de tanto cambiarle la sangre, sólo conseguirían quitarle el cariño del cuerpo, lo poco que había aprendido en la escuela, la despojarían de la memoria; quizás por eso ya no recordaba ninguna cosa. Laura pedía que le dejaran la sangre, los riñones, el alma en paz para morirse al fin como cualquier persona.

La madre de la niña le estuvo explicando algunas cosas mientras caminaban por el pasillo hasta el cuarto; se extrañaron al entrar porque Llanio, Olimpia y Laura, no tenían el mismo estado de ánimo que se respiraba en la casa; hasta podría decirse que los tres estaban felices y que la niña no tenía nada que ver con ese estado morboso que describía su madre. Laura abría los ojos a cada rato y se aferraba con fuerza al brazo del español, para luego dejarse caer sobre la almohada nuevamente mientras soltaba una risita tranquila.
Federico y Ricardo entraron primero y Eloy los siguió a pasos cortos, con las manos cruzadas sobre el pecho; jamás le había gustado eso de asistir a las camas de los enfermos. La gente decía que si uno compadecía al que agonizaba no lo dejaba morir entonces y el pobre sufría mucho más, tal y como le pasaba a los cerdos cuando se les daba la puñalada con lástima. Ricardo besó a su mujer y se quedó observándola. Todo en orden, la ropa limpia y bien dispuesta sobre su cuerpo, los ojos salpicones y sólo la boca un poco despintada. Hacía ya unos cinco minutos que Laura no conversaba y ni siquiera le había vuelto a sonreír a Llanio aun cuando se mantenía agarrada a él. La madre entró al cuarto y ellos le pidieron que saliera; si seguía llorando tan fuerte podría asustar a la niña. A Eloy le molestaba que todos estuvieran ubicados en un círculo alrededor de la cama de una niña tan enferma y se alejó discretamente. En cualquier caso, era a los médicos a quienes les correspondía hacer algo por ella. Pero el doctor había estado en la casa hasta las doce y luego se había ido, alegando que ante cualquier emergencia podrían llamarlo por teléfono; su casa sólo quedaba a seis minutos de camino.

 

 

 

Laura, Laurita, abre los ojos. Se veía pálida pero fuerte por la forma en que retenía a Llanio. Laurita, abre los ojos que no vas a morirte ahora. ¿Bien? Nadie se muere en el momento preciso y menos mientras haya tanta gente a su alrededor. Además, te confesaré que cada uno de nosotros tiene capacidad suficiente como para entretener a la Parca; sé que te gustaría saber cómo lo hacemos. Nunca te conté en mis cartas cómo es que solemos desviar a la muerte en España. Sólo podemos burlarla con otras muertes; es golosa como todas las tías y se deja engañar fácilmente. O sea, Laura, que mientras estemos a tu alrededor brindándole a la muerte personas más interesantes que tú, ella no va a hacerte caso siquiera; puede que hasta se ría de tu cara paliducha. Ah, ya veo como abres los ojillos. Te va a gustar el juego; después, si quieres, cierras y puf, nos dices adiós. Pero no has hecho nada, niña; no eres una víctima exquisita a la que ella querría cautivar; ni siquiera la has tentado alguna vez y eso vale en este asunto, puedes creerme. Mientras la estéis esperando no vendrá. ¿Has oído hablar de Safo? Safo reunió en su casa a muchas doncellas de familia noble, de ahí que la historia juzgue su refinamiento sensual; lo que más se menciona de ella no son sus amores por el joven Faón, sino lo de una tal señorita que abandonó el internado para irse a otro que funcionaba en la isla. Safo se lamentó amargamente, creo que nunca te hablé de esto en mis cartas, e invocó a Afrodita para que hiciera regresar a esa muchacha. Pues bien, Safo se lanzó al mar desde una roca. No importa que Platón la llamara “la Décima Musa”, si ahora yo la lanzo al mar desde esa roca, la tiro a la boca abierta de la muerte para que pierda la sensualidad y comience la verdadera cesación de la vida. Pues bien, Laura; me alegra que despiertes para que puedas escuchar esto, justo cuando la muerte, que está ahora aquí mismo entre nosotros, me pide algo más para llevarse a la boca. No le basta con Safo y entonces le entrego a Virginia Wolf o un espectacular suicidio en el Mar del Plata, para que recoja el cadáver de Alfonsina Storni, porque nunca bastó con que esa mujer se despidiera con su “Voy a morir”, si los peces y los animales del agua no entienden de eso. La muerte les comió la boca, los ojos, las algas se les enredaron en el pelo y sus estómagos amanecieron llenos de agua. Aún la persona que más desee morir, trata de salvarse cuando siente llegado el momento; creo que es una reacción natural. Hay quienes fallecen a medias. Siempre me ha hecho mucha gracia Antonio López de Santa Anna, quien hizo capitalizar a las tropas españolas en Tampico, apoyó a los liberales, fue presidente de la república unas cinco veces y luego se colocó al frente de la reforma religiosa; demostró ser insufrible al asistir al entierro solemne de su propia pierna perdida frente a una escuadra francesa. Esos son los cuerpos que le gustan a la Parca para lograr en ellos la lividez cadavérica, esa exquisita coloración rojo oscura en las zonas declives del muerto. Laura, no cierres los ojillos que la muerte tiene signos inconfundibles y ellos no están todavía en ti. A que no sabes que no basta con dejar de respirar o con que se detengan tus latidos. Es bueno que quieras saber todo... Así, abre los ojos y respira lentamente. Ya ves, los españoles sí podemos engañarla. Cuando alguien muere se enfría, se pone rígido, putrefacto después de veinticuatro horas y aparece una mancha verdosa en la parte derecha del abdomen... Aquí abajo... Me alegra saber que tú no la tienes. Laura soltó una carcajada; hacía rato que no se mostraba tan complacida y dejó de agarrar a Llanio para poder taparse la boca. No, pequeña, no rías así; tampoco debemos ser tan violentos. Sonrisas como esas sí logran tentarla; bastante tenemos ya con Casal, que a pesar de su lírica hastiada y escéptica y de su amargura ancestral, murió en medio de un ataque de risa. Llanio buscó la cara de Olimpia; estaba seguro de que ella no sabía nada sobre la muerte de Casal y menos si al poeta le gustaba quemar perfumes y maderas de Oriente ante la imagen de un Buda. Olimpia también reía, la cara le lucía roja no sólo por lo de una muerte tan absurda, se ponía nerviosa al ver que el español la miraba sin tener en cuenta a Ricardo.

Continúo con mi tarea de entretener a la Parca. A la muerte le gusta lo patético, le agrada ver que un tío se desangra en una galería simplemente porque tuvo la osadía de cortarse los testículos como parte de un happening. Si a ella no le gustara lo imprevisto, Isadora Duncan no habría muerto estrangulada por su propia bufanda. Estoy por creer que dejar de existir es algo paradójico a nuestra vida y que a cada uno se le otorga un final tan normal, romántico o cínico como para contradecir toda su existencia. Los suicidios y envenenamientos son el plato favorito de la muerte. Todavía disfruto cuando leo la vida de Claudio; me río al pensar que dieron con él, escondido tras un cortinaje y sin deseos ni capacidad para gobernar, y así mismo lo proclamaron emperador después de la muerte de Calígula. Muy escandalosa la vida privada de Claudio, hasta que Agripina lo mandó a envenenar por la célebre Locusta. Tú no eres la víctima preferida, niña, así que por hoy mejor te duermes o te pones a reír con nosotros. Si yo fuera tú le pediría a ese negro que ves ahí, se llama Ricardo, que se dé alguna maña para entretenerla. Se me están acabando las palabras y qué tal si nos quedamos callados como una yuca y de pronto no tenemos nada que ofrecerle; puede que la Parca se acuerde y te pille entonces.

 


No, no quiero, ni siquiera tengo idea de cómo burlarme de la muerte. Ricardo se sentó en la esquina de la cama y evadió el compromiso. No sé, así que no insistan. ¿Entonces te da igual que esta niña se muera, verdad?, le reprochó Olimpia. A su mujer no podía negarle algo y menos decirle que él no sabía nada de la muerte, si ella conocía perfectamente hasta dónde llegaban sus pensamientos. Hablaré. Les confieso que no podré hacer mucho; ni siquiera estamos ante un Abikú. Todos se quedaron observándolo. Ah, ya veo que no saben nada sobre eso; será un poco difícil que entiendan algunas cosas pero me esforzaré. Abikú es como un espíritu viajero que encarna en los niños y los hace morir en edades tempranas de la vida. Hay otros niños que, aún teniendo ese espíritu encarnado, no mueren; son portadores de cierta jetatura que puede matar o impedir el nacimiento de sus futuros hermanos. A estos niños, al menos uno puede someterlos a una ceremonia para sacarles el maleficio. ¿Nunca han oído cuando se dice que alguien es Abikú? O sea, el niño que viene para acabar con toda la familia. No sé por qué me ponen en el compromiso de hablar en público si eso es lo que más detesto en la vida. Por qué yo, si apenas sé expresarme bien. Esta mujercita que ustedes ven aquí, dijo mientras sostenía a Olimpia por los hombros, es hija de Oshún y puede explicarles mejor que yo mismo. ¿No lo notan en la coquetería y la sensualidad que desborda? ¿No le parece, Llanio? El español asintió; no dijo nada porque todos estaban entusiasmados con lo poco que conseguían sacarle a Ricardo. Mi mujer es bella, tiene el don de la alegría eterna, bailadora y, como Oshún, muy capaz de resolver problemas y, a la vez, de provocar espantosas riñas entre los orishas o los hombres. Oshún tiene varios caminos: Oshún Yeyé Moró o Yeyé Kani, la más coqueta, alegre o disipada de todas; se pinta, se mira en el espejo, se perfuma; le coquetea, incluso, a los muertos.

Eloy permanecía recostado a la puerta del cuarto previendo que ya era hora de marcharse; desde allí escuchaba a Ricardo, que tenía la razón: Olimpia sí era coqueta, en exceso, hasta el límite de confundir. Cuántas veces él mismo no se había ilusionado por la forma en que ella miraba. Olimpia no tenía los ojos lindos; sólo sabía usarlos muy bien; pedía todas las cosas clavándole a uno la mirada llena de lujuria y se pintaba los labios de una forma que la hacía lucir bembona. Luego, los hombres eran tan bobos que querían comerle la boca y los ojos para que ella no siguiera mirando; invitaba a desnudarla; hacía la confidencia con la mirada, casi a las claras, pero uno no podía decírselo, sus gestos nunca venían acompañados de palabras o de alguna otra prueba que permitiera decirle que fue ella la primera en iniciar la coquetería.
Ano burukú, ano burukú, dijo Ricardo. Que se vaya la enfermedad, que se vaya. Oyá es la que vive en la puerta del cementerio. Ustedes conocen a Oyá, no por ese nombre, ni tampoco por Centella Endoki, Remolino, Noche Oscura, Viento Malo, Vira Vira, que es como se le nombra en la Regla de Palo. Sí han oído hablar de la Virgen de la Candelaria o Virgen del Carmen en La Habana o Santa Teresa de Jesús desde Matanzas hasta Las Villas. A Olimpia le pareció que su esposo comenzaba a hablar más de la cuenta y lo interrumpió. Yo también me le he escapado un par de veces a la muerte y, como todo el que se le escapa, ahora cuido un poco más la vida. ¿Laurita, si salieras de este instante, si de pronto supieras que todo ha sido un sueño, qué harías? ¿Volverías a hablar de dolor, del miedo que tienes de que te cambien la sangre una y otra vez? La muerte no sólo se evita con fe, médicos, polvos, baños u orinando sobre los daños que otros nos envían; se evade con mucha vida. Yo sentí el mar en la boca, el suicidio de lanzarme al agua. Lo recuerdo como si estuviera sucediendo hoy mismo. Mi abuela, que en gloria esté y en paz descanse, en cuanto el sol se ponía un poco fuerte quería hacerme dormir la siesta. Imagínate, Laura, quién podía hacerme perder en una playa el verdadero sol de las doce, justo cuando la arena se ponía rica de verdad. Mi abuela se valía hasta de la fuerza para dejarme en la cabaña y ella era una mujer robusta y de mal carácter, no había quien se atreviera a enfrentársele. Recuerdo que me hice la dormida y luego salí por una ventana y fui sola hasta el muelle de la playa que quedaba cerca de allí. Mi abuela me reconoció y, a pesar del mareo que ella sentía al caminar sobre aquella madera carcomida por el salitre, subió a buscarme. No sé lo que sentí al ver que ella olvidaba su miedo con tal de hacerme obedecer. Corrí mucho, ni siquiera me atreví a mirar hacia atrás; corrí hasta que se acabó el muelle y corrí por el aire, eso puedo jurarlo, hasta que caí donde el mar superaba mi estatura unas tres veces. Sólo pensé en morir. Quise ahogarme con tal de escapar de ese momento. Estuve segura de querer morir y tragarme toda la playa; pero algo en mí se negaba a aquel aturdimiento, y eso, Laurita, era lo que me hacía patalear en el fondo y me empujaba hasta la superficie para obligarme a respirar. Yo me dejaba caer de nuevo, pegaba mis brazos a ambos lados del cuerpo y sumergía la cabeza; todo era en vano; terminé agarrada al muelle y cuando vi que había sobrevivido no tuve fuerza de voluntad como para dejarme caer. Así estuve aferrada a la madera, hasta que llegaron unos pescadores y aquí me ves, soporté el regaño de mi abuela y ahora me gusta el mar para cualquier cosa menos para bañarme en él. Ahora, si no les molesta, prefiero ir afuera; quiero hablar algo con mi hija Aisa.

Ricardo sintió que no era a ellos a quienes correspondía cuidar a la niña y se lo hizo saber a Llanio. En ese momento Laura llamaba al español para pedirle que le quitara las sábanas de encima porque ya había pasado la fiebre y tenía mucho calor; se sentía pegajosa. Quedó en el centro, justo en medio de todos ellos que no pudieron evitar mirarla. Hasta ahora la habían imaginado muy delgada, pálida, nunca con las clavículas prominentes y las caderitas tan anchas. No se correspondían la parte superior e inferior de su cuerpo; no tenían relación entre sí. Llanio le sugirió que se tapara para que no volviera la fiebre y ella lo llamó para que se sentara a su lado. Todos advirtieron que los que la rodeaban eran hombres, confundidos por la idea de que esa niña ya era casi una mujer. Sintieron un sentimiento confuso al verse varones, hombres, acostumbrados a devorar a las mujeres con los ojos, a atacarlas por todas partes sin perdonar siquiera la enfermedad; desear a Laura era inconcebible, macabro. La miraban de reojo y con tanto de curiosidad como de lujuria; le pasaban la vista por encima como parte de un recorrido habitual de la mirada.
Laura bostezó y ellos supieron que una vez más la muchacha se dejaba vencer; les decía que algo a lo que los médicos llamaban azoados, ya volvía a invadirle la sangre y que su corazón ni siquiera bombeaba. Miró a Llanio para explicarle que se sentía bien, de pronto hasta podía recordar la tabla del seis y comenzó a recitar lo que ella creía que era la tabla del seis, una serie de números incongruentes sin ningún orden entre sí. Si ahora le sacaban la sangre, les dijo, ella no recordaría cómo escribir una carta, aun cuando tenía una vaga idea de cómo era eso de escribir siempre hacia la derecha, zigzagueando sobre la línea o bien derechito cuando la hoja tenía rayas. ¿Verdad, Llanio, que eso es cierto? Los miró y soltó una carcajada mucho más fuerte. Sólo se cambiaría la sangre de nuevo si cada uno de ellos daba un poco de la suya. Ninguna otra, sólo quería la sangre de ellos que eran tan buenos. No necesitaba el esfuerzo de otros sino el de quienes la habían acompañado tantas horas de dolor.

Eloy tosió y ninguno de ellos pareció oírlo. Laura volvía a intentar morirse y nadie hacía nada, tal vez por culpa del sueño. A él le pareció que se entretenían demasiado y, por ese rumbo, la niña no tardaría en morir. Laura reía, hablaba y sólo él podía entender que aquello no era más que el gesto mecánico de sacar las últimas fuerzas de su cuerpo para luego caer de pronto sobre la almohada. De nada valdría llorarla más tarde, si ahora la muerte los tenía embobecidos para poder acercársele. Eloy se acercó a la cama por primera vez en la noche y, antes de hablar, pidió disculpas por si acaso alguien creía que él estaba borracho; sólo quería ayudar. No los criticaba; ellos habían intentado salvar a la pobrecita desde lejos. Le habían ofrecido a la Parca muertos viejos y extraños, ya fríos por el paso del tiempo, cuando en realidad para burlarla tenían que ofrecerle un cuerpo que ocupara el lugar de ese que estaba padeciendo ahora sobre la cama. Laura odiaba el recambio de sangre y él también odiaba la sangre, las ropas manchadas con la muerte de los animales. Siempre envidió la fuerza con la que los demás hundían el cuchillo en la piel de los cerdos. Ella, al menos, estaba unida a la sangre por algo vital. Y él, eso era lo único que había aprendido, a matar animales para ganarse la vida; con el tiempo hasta le decía a los cerdos que no los mataría completamente, sino que los haría agonizar justo en ese límite que separa la vida de la muerte.
Siguió hablándole a Laura con mucha fuerza; le dijo que Olimpia había hecho muy bien en contar cómo se salvó a sí misma, que Ricardo había sido sincero y que Llanio pudo eludir la muerte de un modo casi magistral. Ninguno se ofreció verdaderamente para ocupar el lugar de ella. Eloy tragó en seco y se acercó un poco más a la cama. Quiero que todos escuchen muy bien lo que voy a decirles. Yo me cambio por ella. Hoy caí de una escalera y estas son las horas en que no sé si estoy muerto, si sigo borracho como lo he estado toda mi vida o si continúo vivo. Yo me cambio por ella; le doy mi lugar en la vida, que ya no es grande, y tomo el suyo. Seré yo quien muera esta noche y me ofrezco. A mí la Parca, como ustedes le dicen, ya no puede arrebatarme nada. Eloy iba a decir más pero no pudo; algo impedía que tomara el aire que necesitaba para respirar. No podía definir exactamente lo que era; le dolía el cuerpo y las palabras casi no le salían de la boca mientras ellos seguían sentados sobre la cama como si nada estuviera pasando. No pudo gritar; recordaba a Olimpia aferrada al muelle; más o menos eso estaba haciendo él mismo en ese momento para detener el cambio recién hecho, justo cuando sentía que la boca se le quedaba sin saliva y que Laura no dejaba de reír. De pronto volvía a recordar el golpe, el susto que se llevó Bertha al verlo rodar por las escaleras como un berraco. También un hombre serio, agotado y bueno, tenía derecho a caer. Llanio, Ricardo y Federico lucharon por olvidar a esa niña que continuaba quitándose la ropa para acercarlos a la cama. Tenían que olvidarla lo antes posible. Entonces nunca fueron a su casa; jamás la conocieron. Laura se les quedaba mirando; sí estaba dispuesta a cambiarse por alguno, quizás el más enfermo, el débil, alguien que estuviese borracho.
Llanio y Olimpia vieron a la madre de Laura en el portal, que con los ojos llorosos despedía al médico. No tocaron a la puerta de la casa ciento veintiséis. Ya eran casi las doce, un instante apenas perceptible en el que regresaron al auto rentado para volver al Malecón y llevar a cabo el sueño de Llanio. A la casa podrían volver al día siguiente, si parecía que esa mujer, parada en el portal, estaba deseosa de cerrar la puerta y dormir. No entraron, nunca pidieron permiso para ver a Laura.
Las noches frente al mar nunca resultan calurosas, dice Olimpia a la vez que se sienta con los pies hacia el agua. Llanio la imita, se prende de sus labios y la hace jurar que al menos ella le escribirá. La tristeza que él siente es mucho más grande que el Malecón y el Faro juntos; ahora está pagando con soledad el precio de la independencia de su juventud.

Dentro de poco comenzaría a llover. Las nubes oscuras se acercaban con demasiada rapidez, así que mejor entraban al carro. Llanio la abrazó una vez más y dijo que el mar, indudablemente, no era para gente loca pero cojonuda que se lanzaba al agua como sandías. Solamente una hora conversando y cómo se había puesto el agua, ya no era un plato transparente sino un infierno. Ojalá que nadie esté pescando, dijo Olimpia y le devolvió el abrazo. Enrumbaron por Tacón para estar en la casa antes de que fuese más tarde y Ricardo terminara por salir a buscarlos.
El auto rentado apareció en el garaje justo antes de que Aisa y Sabina terminaran de subir al Peugeot para acompañar a Ricardo. Eloy estaba enfadado; la fiesta no llegó a ser nunca lo que prometía en un principio y todo porque Aisa llegó algo españolizada y repartió besos sin acordarse de santo Eloy, que ya siente otro timbrazo y corre a abrir la puerta, más invitados y entre ellos Sabina, para quien la cabeza de Cristo es Dios, como la cabeza de todo varón es el Cristo y, a su vez, la cabeza de la mujer es el varón. Olimpia disfrutaba al decir que para Sabina la cabeza de la mujer era el varón; estaba segura de que esa mujer todavía lloraba cada noche por Ricardo, como cuando eran jovencitas y Sabina se encaprichaba en casarse con un negro que ya la había olvidado.
Eloy deseó que esa noche llegara cualquier persona menos Sabina; ella y Olimpia sólo se toleran en días muy especiales, en entierros y velorios. Nadie las ha visto discutir pero afirman que se odian y, si alguna de las dos está en el portal, entonces la otra no sale de su casa. Sabina no clausura la ventana porque de ese lado viene la lluvia, sino para alejar las carcajadas estridentes con las que Olimpia acompaña sus conversaciones. Eloy casi no podía creerlo, Olimpia y Sabina abrazadas, diciéndose entre sí que los momentos malos eran para perdonar. Una al lado de la otra, como cuando dormían en la misma cama. Las miraba sorprendido. Si Sabina iba a esa casa, entonces no estaban reunidos para una fiesta. Se sentía confundido y con ganas de gritar, preguntarles en qué momento se habían dado cita para reunirse sin que faltara ninguno, ni siquiera Aisa que tenía que atravesar el Atlántico, el Cantábrico y el Caribe.
Cada vez que él llegaba a la cocina para ayudar, servir los platos y lasquear la carne como en tantas fiestas, alguien se le adelantaba. Él, que les había servido durante mucho tiempo y ahora ni siquiera lo dejaban mover un dedo. Lo desplazaban sin decirle nada y ocupaban su lugar como otros habían ocupado su puesto en el matadero cuando le llegó el momento de la jubilación. Ya no podía recordar si estaba borracho, sumergido en el alambique de tantos sueños o si tenía el cuerpo adormecido después de rodar por la escalera; también un hombre viejo y decente tenía derecho a caerse. Del matadero se había llevado dos cosas; la primera, la capacidad de matar de un golpe hundiendo la hoja en la garganta de los cerdos y, la segunda, la suerte de embriagarse cada vez más rápido. El ron se adentraba en algún lugar de su cuerpo y, desde allí, fluía hasta cambiar los pensamientos. Ya no recordaba si estaba borracho o adolorido por el golpe en la escalera o si había bebido los secretos en el fondo de los vasos. Escondían la bebida para no darle, para no molestar a Bertha. Palo, palo, palito, palo. Contento y divertido entre tanta gente elegante, gente linda, gente que lo miraba aun cuando él no podía mover ni un miembro. Nada de cerveza, sólo un poco de aguardiente, como cuando se aclaraba la garganta antes de entrar a las naves de los cerdos. Eloy no quería que la gente siguiera llegando; nada lo ataba a esa fiesta en la casa de Olimpia; por eso corrió y se paró en la puerta para impedir que los invitados pasaran a divertirse. Palo, palo, palito, palo, contento y bailador, el único hombre santo y humilde que quedaba sobre la tierra. Abrió los brazos y los pegó al marco de la puerta. Se sintió vacío, etéreo pero a la vez plomizo. La gente continuaba entrando a través de él, que no hacía más que abrir los brazos y gritar de miedo; lo atravesaban y luego se sentaban en unos bancos horribles y sucios. Gritaba porque no sabía si estaba muerto o borracho, muerto de verdad o tan borracho que poco a poco dejaba de verlos. Se le confundieron los estados y ya no pudo saber. Dejó el vaso sobre un mueble; era preciso que la bebida se estancara en el fondo para luego beber y empinarse de un sorbo su propio hálito.