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FIESTA
SOLEMNE DE BACO
Agnieska
Hernández
Un arranque libre hacia los
seis peldaños. El vértigo. La escalera se convierte en un
sitio prohibido dentro de tanta línea recta, o al menos vedada
si hay aguardiente de por medio. Ni Decano ni sangrías ni mojitos;
prefiere el Silver Dry y el aguardiente, como cuando se aclaraba la garganta
antes de iniciar la matanza. Los cerdos esperaban dentro de las naves
con los ojitos vidriosos, convencidos de que la hoja del cuchillo entraría
directamente en sus pieles; por eso los gruñidos resultaban insoportables.
Allí mismo había que empezar dándole muerte a alguno
para iniciar la sucesión de muslos, filetes, chorizos; lo que le
gustaba a Bertha.
En la celebración de fin de año siempre comían varios
tipos de carne. Eloy llegaba con un saco blanco al hombro; se imaginaba
a sí mismo rey mago cuando ponía, sobre la mesa de su casa,
las piezas sanguinolentas y algunas partes ya horneadas y con los bordes
tostados. Después de tanta fiesta lo alcanzaba el regaño
de Bertha, por el ron, malnacido, que no hay día en que no te ciegue.
No hay día en el que no levantes el codo y le quites la paz a los
muertos y la tranquilidad a Dios. Luego, ni con reproches, lograban llevarlo
al baño. Como si quisiera evitar que el ron se le fuera del cuerpo;
lo apretaba contra su piel mientras se abotonaba la camisa, el cinto,
el pantalón húmedo porque, con el tiempo, había comenzado
a orinarse como parte de la embriaguez. Era un sueño tibio y pesado
en el que alcanzaba el inodoro; lo palpaba, incluso, antes de estirar
el brazo hasta la pared del frente. Bertha lo esperaba en la puerta del
baño, en bata de dormir, le decía Eloy, Eloy, para despertarlo
porque una caída podría salirle de a pesos. Y él
continuaba fluyendo. La bebida se le acumulaba en la barriga y no conseguía
sacársela del cuerpo ni con todas las veces que iba a orinar. Su
esposa lo llamaba; le advertía que estaba descalzo y el piso sucio,
frío. No era como cuando dormían bajo el mosquitero de tul
amarillento, que ella volteaba la cabeza para no respirar el olor que
escapaba por los poros de su marido, una peste, el tufo, la prueba de
que continuaba bebiendo aunque siempre juraba que no volvería a
hacerlo. En el baño, él destilaba el ron sacado a escondidas
de los tanques de aluminio del matadero; se le salía del cuerpo
y humedecía las sábanas. En medio de la tibieza del orine
siempre lo sorprendía la voz de Bertha, agitada y furiosa, sumergida
en el alambique de esos sueños.
Ahora, después de caer de la escalera, siente que acaba un viaje
diario y permitido; todos hablan deliberadamente del tiempo. Lo alejan
de la baranda que él mismo mandó a construir para que los
hijos no fuesen a lastimarse cuando aún tenían blanda la
mollera. Quieren que el susto le pase pronto con agua fresca y una pregunta.
¿Cuándo se va a dar cuenta de que un solo trago, una pizca
así, ya le hace mucho daño porque está saturado?
Tienen miedo de que la caída pueda repetirse. Eloy se pasa las
manos por las clavículas y el vientre, nada le duele. También
un hombre serio, sano y maduro, puede rodar como un berraco. Se mareó
un poco y punto final al tema. No soporta cuando comienzan a cuestionarlo
con tanta bobería. Lo dejan solo con Bertha. No fue él quien
compró la bebida esta vez; se la regalaron. Tú tienes mucha
suerte, dice ella. Se la regalaron, insistió Eloy, fue Olimpia,
me pidió un favor, que le trajera unas botellas para la fiesta
de esta noche; por eso no van a la Misa del Gallo. Y, por hacerle ese
favor, Olimpia le alcanzó una copita transparente para que él
mismo se sirviera. Eloy empujó el codo tan rápido como pudo
y sintió unos deseos horribles de abrir la glotis y, una vez más,
formar parte de ese círculo que se extendía desde los tanques
del matadero hasta su cuerpo, en el que podía destilarse todo el
aguardiente del mundo.
Olimpia traspasa la cerca que separa los dos patios y él la llama
para que cuente la verdad. Demuéstrales que sólo me di un
trago. Ella quiere comprar más cosas para la fiesta, por eso había
hablado con Eloy, porque bebidas, galletas, queso y demás, no están
incluidos en lo que le paga mensualmente. Es él quien le lleva
hasta su casa, le pone en las narices lo que necesita. Lo que a Bertha
le molesta, y tiene que hacer un esfuerzo para no gritárselo a
Olimpia en su cara, es que ella aparezca con esas ganas de divertirse
cuando Eloy ya está tranquilo. A ver, ¿por qué no
le da un trozo de jamón o un filete de pescado? ¿Por qué
no le da, al pobre viejo, algo de lo que tiene para divertir a la gente
esta noche? Él sale a buscarle lo que pide y, mientras camina,
se llena un poco de ese regocijo; siente en sí mismo el carnaval
que Olimpia levanta para pedir los favores. En la sala, también
prende un cigarro si ella quiere; está nerviosa, que no la vean
fumar, ni la misma Bertha. Si alguien llega, como ha ocurrido miles de
veces, se forma un cruce de manos y es Eloy quien termina aspirando bocanadas.
Es raro que una mujer que no se atreve a comer algo de lo que otra persona
toca, se lleve a la boca hasta el último centímetro del
filtro que está en las callosas manos de él. Aspiran y sueltan
humo, comprueban que Bertha no los mira; no tardará en llegar porque
Olimpia tiene miles de defectos pero le agrada, la hace reír con
tantas ocurrencias. Como si Olimpia no tuviera límites, no la frenan
obscenidades y suelta carcajadas estridentes. Sabe que no importa ser
gorda y bajita, con la cara abultada por la grasa, si cuando la piel está
así bien estirada da una sensación de bienestar. Rozagante,
salpicona, y con los senos bien grandes, hasta dónde llegarán
cuando se quite los sostenes. Es Eloy quien hace todas sus compras y a
veces, cuando quiere endulzarlo, Olimpia le dice que va a pagarle ese
mismo día. Es una buena idea porque a ella generalmente se le olvida
y retrasa el dinero una semana. Un tiempo que ante los ojos de ella no
es nada y para él significa un espacio de agonía con los
bolsillos vacíos, ni viandas ni cigarros y sin tomar tragos. Cuando
Olimpia olvida el pago, porque es eso realmente lo que sucede, olvido,
él se muestra más cordial que de costumbre; se le aparece
constantemente con una y otra compra, pregunta si desea algo, todo para
encontrar un gesto, una palabra que la haga recordar que ya es el segundo
miércoles del mes y ese es el tiempo máximo que puede soportar.
Después Eloy se da un trago y va a hablar con Sabina, a la que
también le pide su dinero. Ellas se disculparon; comienza otro
mes con la jovialidad de siempre. Bertha, parada en el patio, escucha
si su esposo reclama el dinero y le grita que no sea intranquilo, si es
que nunca han dejado de pagarle, desesperado; pide disculpas por él
a pesar de que Sabina y Olimpia ni siquiera se molestan; lo entienden.
Bertha se ofusca, algo la tiene descontenta. ¿Por qué, en
lugar de darle ron, no le brindan costillas de puerco? Él las consiente
y Bertha protesta; por eso no ha ido a la sala esta tarde. Está
indispuesta con Olimpia. ¿Por qué le da ron a Eloy? ¿No
se le ocurre darle, al pobre viejo, algo de las tantas cosas que tiene
para divertir a la gente esta noche?
Si fue capaz de alegrarse con la noticia de la jubilación;
por qué en el momento preciso no sintió ni un poco de
esa felicidad. La despedida le pareció sincera; además,
se veía que la gente lo quería de verdad. Todos, hasta
los que él regañaba por robarse la carne, decían
que lo iban a extrañar. Aquella mañana caminó
unos metros y volvió la cabeza para decirles adiós.
Aún permanecían parados al otro lado de la cerca; unos
pocos se dirigían ya a sus puestos y él estuvo seguro
de que la próxima vez que mirara atrás no los encontraría.
Por eso no lo hizo; no quería ver, como única despedida,
el nombre del matadero de cerdos escrito en letras rojas. Si cada
paso para la jubilación había sido certero, qué
lo molestaba ahora realmente. Si la partida se había llevado
a cabo con música, palabras bonitas y mucha cerveza, qué
ocasionaba su disgusto y el sobrecogimiento que sentía al verse
caminando, solo, hacia la carretera. Eran las nueve de la mañana
y estaba algo cansado por el trabajo de la noche anterior. El camión
volvería al matadero a eso de las tres con la gente del próximo
turno; ellos harían, poco a poco, el trabajo que él
había hecho durante años. Desollar, matar los animales,
llenarse las uñas de sangre. Acaso no comprendía que
esta era la libertad de algo que siempre lo había hecho sentirse
mal, era el fin de los crímenes. Mataba animales, pero seres
vivos de cualquier modo; se había convertido en un verdadero
especialista para asesinarlos. Hundía el cuchillo tan profundamente
en sus carnes, que el dorso de la mano entraba por las heridas. Al
principio tenía que beber casi un litro de aguardiente para
atreverse a apuñalearlos y, sólo cuando ya estaba ebrio,
adquiría el valor suficiente para convertir a las víctimas
en animales expiatorios de la vejación y el maltrato. A veces
les susurraba al oído que los mataría lentamente y aquello
no era abuso sino miedo; él mismo le tenía horror a
la muerte. Un día descubrió que si introducía
la hoja del cuchillo ladeada, la matanza se volvía eficaz;
el cerdo apenas podía quejarse ni tenía tiempo para
sentir el dolor.
Alguien haría, a partir de ese momento, el trabajo que tantas
veces le había resultado bochornoso. Estaba adaptado a la actividad
durante las noches, menos calor, más tranquilidad; y en el
invierno se quitaba el frío con aguardiente puro y limpio,
recién sacado de los tanques, o bien se frotaba la sangre de
los animales en la piel. Sólo uno, y ya no recordaba el nombre
porque eran muchos hombres, uno rubio, no tomaba alcohol como ellos.
El resto de los trabajadores amanecía con sed y Eloy no los
dejaba ni sentarse para que no se durmieran en el piso, porque el
cansancio y el aguardiente siempre daban deseos de tirarse al suelo.
A él mismo, el ron se le había ido metiendo en el cuerpo
y no podía definir exactamente en qué parte; la bebida
se estancaba en algún lugar y licuaba la sangre, la diluía
hasta darle una fuerza extraña que muchos descargaban en los
animales. Al principio no era así; tenía que beber,
al menos para sentirse contento, mucho más de lo que Bertha
podía suponer.
¿Por qué se llevaba del matadero la facilidad de emborracharse
solamente con un trago? Avanzó hasta la carretera sin saber
qué hacer cuando llegara la noche y fuera la hora en que habitualmente
regresaba al trabajo. Para qué utilizaría las madrugadas
si había invertido el ritmo de los días. No se lo negó
a Bertha; la casa, el sueño, todo le quedaba estrecho ahora.
Aquel día puso un trozo de carne sobre la mesa y aconsejó
ahorrarlo. Pasó muchas horas sentado en el portal mientras
Bertha bostezaba a su lado; no estaba acostumbrada a pasar sueño,
pero no se atrevía a dejarlo solo esa noche. Lo malo era que
la gente se acostaba justo cuando él tenía deseos de
reír, de beber. Tal vez un poco de ron lo ayudaba a poner la
cabeza sobre la almohada. Desde la tarde había escondido una
botella en el cuarto y deseaba que su esposa se acostara para poder
sentarse con el aguardiente entre las piernas. A veces, pensaba, le
gustaría volver al matadero y pedir que lo dejaran estar allá
para sobrevivir las noches. Como único pago pediría
uno o dos filetes a fin de mes y listo.
Aquella noche despertó a la familia con su algarabía;
confundidos, se asomaron al portal donde él gritaba que iría
a trabajar, por eso ya estaba vestido; a esa hora sus amigos lo estarían
esperando para beber y así, completamente ebrios, hundirían
los puños en las heridas de los cerdos hasta palpar el dolor
ajeno.
Terminó de hacer las compras de Olimpia y, para probarle a
su mujer que se siente bien, que ya ni siquiera recuerda que rodó
por las escaleras, le pide dos huevos fritos, malangas; es verdad,
le gusta vivir bien y eso qué tiene de malo. Se esfuerza en
esta vida para eso, lo reconoce; el resto de las necesidades son secundarias.
Para qué tantos vestidos ni tanto lujo. La comida es lo único
que garantiza buena salud y eso no puede comprarlo nadie, ni Olimpia
ni Sabina con el dinero que tienen. Eloy se sienta a la mesa, a la
cabecera, como de costumbre, y Bertha lo mira; no hay Dios que la
haga sentarse a comer tranquilamente. Él traga las viandas
sin masticarlas apenas y, cuando toma agua, primero se enjuaga la
boca antes de tragársela. Quizás por eso nadie lo invita
a alguna fiesta, para que no haga papelazos. Para qué tanta
finura si, en definitiva, la gente se pudre cuando se muere, se la
comen los gusanos. Él bebe cada vez que le da la gana, en su
propia casa y sin molestar a nadie; después se acuesta, hasta
el otro día, y a las seis ya está despierto, sobrio,
sin resacas ni cansancios.
Eloy se levanta de la mesa. Va a ayudar a Olimpia. Se comprometió
a arreglarle el patio para la fiesta. Bertha le recuerda, irritada,
que no le gusta que vaya a esa casa. Tiene que estar loco, total,
si él sólo vale un comino para todos ellos.
_Gracias a eso es que comemos.
_ ¡Ni loca te acompaño!
No termina de escucharla. El patio de Olimpia queda listo antes de
las ocho. Es él quien saca las sillas del comedor y las ordena
en forma de círculo, un trago, improvisa unos bancos de madera,
un trago. A Bertha no le gusta el tumulto de personas, olvida que
las relaciones con los demás siempre son buenas; puede que
hasta las discusiones. Está seguro de que será una noche
inolvidable, entre las observaciones de los conocidos, las necedades
de los tercos, las contradicciones que irán apareciendo en
todas las conversaciones hasta que, al final, será una sola
y gran discusión ilógica, el producto de la alegría
y la embriaguez, los espíritus fecundándose unos a otros
porque es eso lo que se propone Olimpia cuando los invita a divertirse.
Camina hasta donde están Olimpia y Ricardo; los ve esconder
el whisky. Eso no le importa, en lo absoluto, si lo hacen para no
irritar a Bertha. ¿A qué hora llega tu hija? Olimpia
le responde que espera a Aisa más o menos para las diez y luego
le pide que compre más botellas para la fiesta de bienvenida.
Claro que él recuerda la carita de Aisa, no se parece a ninguno
de ellos; siempre tuvo algo en la piel, en los ojos, flaquita y melindrosa.
A veces, cuando Olimpia recibe cartas de España, les lee algún
pedacito a él y a Bertha. Aisa les envía besos y, en
Navidad, dinero para que Bertha se compre unos zapatos y Eloy una
botella de Chivas Regal, para ver si alguna vez consigue saturarlo.
Su mujer es tan desconfiada que supone que no les entregan todo lo
que la muchacha envía. Puede que sea cierto; no será
él quien se lo pregunte a la muchachita cuando llegue.
Cuando regresa con la bebida, la música se escucha mucho mejor,
y todo, de alguna forma, tiene el encanto de Aisa. Él y Bertha
estarán a salvo siempre que ella esté cerca. Aisa, la
dueña de los caballitos, la del billete y los pesos duros,
que lo prefiere a él casi por encima de la propia Olimpia.
Nadie se atreverá a negarle atenciones o a dejarlo solo esta
noche. Ricardo hasta se pone celoso; siempre ha tratado a la hija
de su mujer como a la suya propia. Con Eloy es otra cosa, agradecida
y conmovida, el único hombre humilde y santo que Aisa conoce
sobre la tierra.
Eloy abre la puerta que da al portal. Se ocupa de esas cosas sin que
se lo pidan; es lo que le gusta hacer, disponer, organizar la velada
aun cuando a Bertha esas cosas le parecen excesivas, la gran payasada.
Los hijos de Sabina lo saludan en la sala como si no lo hubiesen visto
en la tarde cuando él les llevó la última compra.
¡Comandante!, dice Silvio y lo abraza. Este es mi otro padre.
Eloy saludó a uno y a otro y corrió a atender la puerta
que ya daba otro timbrazo. A las nueve, la casa estuvo repleta de
gente, familiares y amigos de Aisa, que vendría con Federico,
explicaba Olimpia. A partir de ese momento se generó una conversación
donde unos afirmaban que el español era un poco viejo para
Aisa, mientras otros defendían la relación. Eloy admiraba
a Federico quien, aun siendo pintor, era capaz de comer en loza o
porcelana indistintamente. En su última visita a Cuba, hacía
ya unos dos años, hasta había probado unos huevos que
Bertha estaba cocinando y luego se había quedado a beber con
Eloy toda la tarde. Sólo arrechavala, decía, algo que
nos queme la garganta, mi viejo. Descubrieron que los dos se ponían
nostálgicos con la bebida. Federico extrañaba un pequeño
bar ,El Azulito, al que iba casi diariamente cuando vivía
en Bilbao. Ningún otro lugar le resultaba tan acogedor en Madrid
y Eloy hablaba una y otra vez del matadero, las noches acostado junto
a los animales y el calor de la sangre. Le explicaba a Federico que
las mujeres tenían una conexión casi natural con la
sangre; era su propio cuerpo el que, voluntariamente, lograba la salida
de un fluido eterno y oscuro de un olor fuerte y casi nauseabundo.
Después llegaba el parto y la sangre lo inundaba todo. El hombre
veía la sangre de un modo casi peligroso, contranatura, generalmente
después de dañarse la piel o ser violentado por una
fuerza superior a la suya. Le confesaba a Federico que nunca había
matado a nadie, aunque estaba seguro de que podía hacerlo;
bastaría con cerrar los ojos, recordar los gruñidos
temblorosos y la piel reseca de los cerdos para sentir el valor. Eso
era una broma. La matanza de los cerdos sólo era un proceso
infinito desde el cuchillo hasta los mejores chorizos, asados, la
exposición de la comida a borbotones, lo único que lo
hacía olvidar los días en los que padeció tanta
hambre.
A cada rato llegaban nuevos invitados a la fiesta. Gente elegante,
linda. Eloy se acomodó en un asiento ubicado frente a los hijos
de Sabina, que estaban en compañía de sus mujeres. Habían
tenido la suerte de casarse, en una ceremonia común para las
dos parejas, el mismo día que él dejó el matadero;
por eso no tuvo fuerzas para ir a la boda. Aquella noche se sentó
en el portal y Olimpia fue la única que lo notó diferente,
cansado; le dijo que no se preocupara, ni a él ni a Bertha
iba a faltarles algo para comer mientras Aisa estuviera viva y allí,
tan elegante como estaba Olimpia, lo abrazó y le propuso que
le hiciera las compras; incluso, tal vez hasta Sabina se embullaba
y así las dos le pagarían algo para que pudiese vivir.
Eloy se sorprendió, con tantas preocupaciones no había
notado que Olimpia iba a la boda de los hijos de Sabina, quien también
estaría en la ceremonia, alegre, resuelta y mucho menos ostentosa.
No le dijo que estaba llegando para que no se hiciera la santa. Federico
sabía que todas las cosas tenían un principio y que,
al final, Aisa se amoldaría a él y él a ella,
hasta que no hubiera necesidad de repetir tanto las cosas para entenderse.
Sólo a veces creía conocerla, quizás cuando la
despertaba por las mañanas o hablaban de música. Enya,
Tchaichosky, Schubert, el Concierto de Aranjuéz
con el que a ella le gustaba dormirse. Coincidían en que Las
Mil y una Noches era una obra genial. Él hablaba mal
de Vargas Llosa y ella lo defendía. Todo servía para
conversar. Evitaban los nacionalismos: ni Cervantes, ni Carpentier,
ni Unamuno, tampoco Lezama y nada de Lorca. Entonces los alemanes.
Ni gaitas ni palmas, cero andaluces. Ni negros ni vascos.
Federico no tosió, no arrastró los pies, no movió
con fuerza el picaporte de la puerta para que Aisa no tuviera tiempo
de hacerse la santa. ¿Ves que sí te gusta escuchar la
música exageradamente alta? ¿Ves que no extrañas
a tu familia tanto como dices? Cuando salían a cenar, Aisa
olvidaba que era una especie de ama de casa. Evitaba hablar de Sabina
para no molestarlo, porque a él le extrañaba que esa
mujer les escribiera hasta seis cartas mensuales. Delante de Federico
y vestida para salir, volvía a sentirse dramaturga, preparada
para estar cerca de las tablas. Recordaba perfectamente su adaptación
de Noticias del Imperio. Ella había cortado todo
lo excesivo de Fernando del Paso para que Carla fuese María
Carlota de Bélgica, emperatriz de México y de América,
María Carlota Amelia, prima de la Reina de Inglaterra. Aisa
siempre estuvo segura de que ese guión sólo podría
ser actuado por Carla, y no porque fuese su mejor amiga, sino porque
tenía la piel blanca y era alta casi flaca, fea pero de una
belleza extraña. Aisa nunca negó que le gustaba trabajar
con las obras de los otros, arreglarlas, usarlas nuevamente. Se molestó
cuando presentaron Otra vez Jehová con su cuento de Sodoma.
No le gustaba La última resurrección y odiaba
cuando la gente se ponía a hablar mal de los cuentos de Bretch
porque, en definitiva, a él había que entenderlo como
un todo, lo demás venía a complementar. Que nadie se
atreviera a menospreciar El círculo de tiza de Augsburgo,
La herida de Sócrates, La Historia de Giacomo
Ui. ¿Cómo era, posible, Federico, que siendo él
pintor nunca hubiera leído esas historias? Le sonrió
a su esposo cuando la invitó a comer fuera y él contestó
que, en España, ella podía hacer lo que le viniese en
ganas; le dio un beso y que corriera a vestirse.
Aisa estuvo frente al closet repleto de ropas, zapatos, perfumes,
cosméticos. Ya habían pasado más de cuatro años
y ella todavía se asombraba. Ahora podría perdérsele
cualquier cosa que no lo notaría. Ya no era dramaturga, como
tampoco repetía un vestido, ni la comida; jamás se acostaba
más de dos noches en la misma sábana y hasta tenía
un olor peculiar. Ella, que nunca había olido a nada, quizás
a sudor, a alfombra, a limón o a cansancio, ahora olía
a nuevo. Recordaba una camisa azul comprada con mucho esfuerzo cuando
era casi una niña, unos zapatos con el tacón gastado,
la tristeza de tener buen gusto con el bolsillo vacío y la
mente abierta. Inteligente y dramaturga. ¿Por qué nunca
se atrevió a adaptar El Maestro y Margarita?
Estuvo lista, de gris y blanco, con más deseos de tomar algo
que de ir a comer fuera. Federico la besó, le cebó las
nalgas; se sentía cautivado cuando la veía impecablemente
arreglada. Él tampoco quería ir al restaurant; no existía
nada mejor que despeinarla, arrancarle los aretes con los dientes
y hacerla perder con su boca el color del lápiz labial. Quedaría
rojo como un tomate después de besarla, un tomate que olía
a Charlie Number Five. ¿Por qué siempre quieres abrazarme
cuando estoy vestida para salir? No sé; será impotencia
de mi parte. Será.
Llanio la habría mirado de los pies a la cabeza, midiéndola,
pesándole los brazos y las piernas hasta sugerirle que no fuese
tan tonta y se quitara la ropa, si Federico estaba muy handsome.
Esas cosas de Llanio siempre lograban molestarla, casi insultante
cuando hablaba de la belleza. Las mujeres y los hombres, su tema preferido,
era lo que tanto le gustaba cuestionar; a ella nunca le había
celebrado siquiera un vestido. En realidad, los españoles sólo
se volvían locos con las mulatas. Qué iba a decir Llanio
de ella, blanca, lechosa, teniendo en cuenta que el amigo de su esposo
tampoco era el típico ibérico fogoso. Nada de tías
después de las exposiciones ni invitaciones a cenar con mujeres;
tan cerca de Federico que, aunque ella no lo decía, se molestaba
cada vez que los veía juntos. Se sentía confundida y
los miraba llena de dudas. Lo peor era que mientras ellos andaban
sosegados, pasivos y en la más cómoda posición,
ella debía estar siempre pendiente de cada pregunta para que
no fuesen a burlarse. En Madrid apenas le quedaba tiempo para ser
dramaturga; no era una persona segura de sí misma. Si no estaba
segura no era una mujer linda, deseada, ni apetitosa. Su marido pintaba
y últimamente hacía performances de los que luego aparecía
alguna referencia en Art Nexus.
Cada vez que iba a Cuba la encontraban más fina. Nunca más
había vuelto a tener grasa en las manos después de comer
porque Federico la criticaba y se volvía implacable con la
gente que no era cuidadosa en la mesa.
Se vio bien arreglada y rió frente al espejo. A menudo, Federico
la tomaba por la cintura y la llevaba a la ventana, invitándola
a medir Moncloa con la vista, y ella, para complacerlo, exclamaba
¨
dando gracias a Dios porque ya hemos dejado atrás
las infectas tierras calientes y con ellas Veracruz y los zopilotes
y el vómito negro... Carla había aprendido cada
parlamento de memoria. De nada valió que pasara tantos días
manoseando el guión porque al final lo dijo todo como le dio
la gana, usó ropas blancas y se presentó ante el público
con una escoba en la mano. Carla, con cara de barrendera, recitó
el texto y la cagó, la cagó, resultó una copia
suplicante de María Carlota y aun así se alarmó
cuando no la aplaudieron.
Federico continuó cebándole las nalgas a pesar de que
ella atendía el teléfono. El portero quiso saber si
recibirían visitas a esa hora. ¿Quién es? El
hombre que está aquí abajo se llama Llanio. Ah, sí;
por favor dígale que nos espere ahí mismo. Aisa se arrepintió
instantáneamente de que su esposo le hubiese quitado el lápiz
labial, la despeinara, estrujara la ropa en su cuerpo. Ya nada quedaría
como la primera vez. Ahora se trataba de pintar sobre lo pintado y
de ordenar lo que él había dejado en desorden.
La primera palabra de Llanio estuvo dedicada a Federico: handsome,
cualquier tía se moriría por tu verga. Aisa se ruborizó;
le sucedía frecuentemente cuando compartía con ellos
y el amigo de su esposo no cuidaba el lenguaje, a pesar de que ella
misma se había prometido, cientos de veces, que no haría
caso a sus desplantes, groserías y halagos desmesurados que
siempre ensalzaban a Federico y la dejaban a ella en el principio,
el único punto del que no había podido moverse desde
que llegó a España y conoció al fatal amigo de
su marido.
Llanio tenía un libro entre las manos y se lo obsequió
a Federico. Mañana en la batalla piensa en mí, exclamó
al entregárselo. Mañana en la batalla piensa en mí,
en cuando fui mortal. Mañana en la batalla caiga tu espada
sin filo, desespera y muere. Te gustará, afirmó mirando
a Federico. Llanio aun no había saludado a Aisa y ya estaban
perdidos en una conversación; parecían extraviados en
una noche a la que no la dejarían entrar. Federico tenía
que rescatarla tomándola de la mano para atraerla hasta ellos,
mientras Llanio entraba al carro sin ningún pudor y ocupaba
el asiento delantero, demostrando así que la dejaba atrás
una vez más. Entonces comenzaba su juego de palabras sobre
el hombre y la mujer, Adán y Eva, Napoleón y Josefina,
Romeo y Julieta, Dante y Beatriz y, por fin, la pareja perfecta, Federico
y Aisa; o no, mejor Aisa y Federico. Aisa, punto, Federico. La molestaba
pero no la halagaba ni la tenía en cuenta; nunca le había
dirigido una mirada reparadora ni siquiera para saber cómo
era ella realmente, la forma convencional de transmitirle que al menos
sabía que estaba viva y compartía la noche junto a ellos.
Aisa se propuso reclamar la atención de Llanio, así
que se adelantó y lo invitó a cenar. ¿Con ustedes?
¿Federico, tu mujer tiene dinero para invitarme y pagar mis
gastos? Volvía a ruborizarla; demasiado fácil dejarla
en ridículo frente a su esposo, quien ya había notado
varias veces la impotencia de ella para soportar la inmadurez de Llanio,
que ahora se adelantaba con otra de sus preguntas sin sentido. ¿Aisa,
tú sabes lo que es una mujer? Respóndeme; no creas que
es una bobada. ¿Qué es una mujer? Ella quería
algo corto, contundente; cualquier idea quedaría atrás
al lado de la suspicacia de Llanio, adaptado a las disputas con estudiantes
que hablaban a la vez y a conversaciones en grupos donde primaba la
rebeldía y la negación por la negación. Eso mismo,
para contestarle tendría que negarlo todo y no negar nada.
Aisa quiso, de pronto, ser como Dadá, porque cualquier forma
de repugnancia susceptible de transformarse en una negación
de la familia era Dadá. La protesta del ser ocupado en una
acción destructora era Dadá... Dadá, abolición
de la memoria; y así ella quedaría olvidada. Dadá,
abolición del porvenir. Quiso ser Tzará, Willy Verkauf,
Picabia, Duchamp, cualquiera que tuviera una respuesta. Entonces,
Llanio, puedo decirte que una mujer es como invertir el origen etimológico
de la palabra Dadá. Llanio, los negros Kru llaman al rabo de
la vaca sagrada, Dadá. El cubo y la madre toman, en cierta
parte de Italia, ese mismo nombre. Un caballo de madera, la nodriza,
la doble afirmación en ruso y en rumano: Dadá. Mi querido
amigo, la mujer es como Dadá o al menos es quien lo origina;
la mujer crea un ser que, en cuanto puede, silabea Dada. ¿Satisfecho?
Llanio le respondió que no, pero esa noche se sentía
particularmente halagado y se volvió hacia el asiento trasero
para poder mirarla. ¿Cuántas mujeres que sean buenas
periodistas tú conoces; cuántas han sido presidentes,
científicas; cuántas han creado Microsoft; cuántas
han sido Dios? ¿Cuántas mujeres tienen su propio dinero
para pagar, una noche, la cena de dos hombres con buen apetito? Pero
no quiero divagar; acepto tu invitación y sólo te librarás
de mí cuando aclares mi pregunta.
Federico se mantenía atento al tráfico y a veces sonreía;
le encantaba la posición despiadada que Llanio tomaba frente
a ella, que parecía desesperada por defenderse porque eso le
había sucedido desde el primer momento. Justo cuando Federico
los presentó y Llanio le hizo una pregunta, sólo una,
y ya había pasado mucho tiempo y ella todavía la retenía
en la memoria mientras esperaba el día de respondérsela.
¿Qué haces en España, muchachita, si no tienes
una editorial interesada en publicarte, si tienes nombre de árabe,
ojos azules, eres delgada in extremi y, para colmos, te chupas una
religión de dos pares de cojones? Federico gozó la pregunta
porque esa era la única forma en que podían conocerse
su mujer y su mejor amigo. Ahora, en el carro, Llanio volvía
a descargarle un incógnita. Ella apenas se había recuperado
de la discusión anterior, en la que había puesto todo
su empeño para sonreír y no blasfemar. Tenía
que ocultar las ganas de pedirle a Federico que sacara a ese hombre
monstruoso de su lado o de lo contrario ella se iría a cualquier
parte, sola, donde pudiera pasar la noche que se habían prometido
cuando estaban en el cuarto. Ya veo qué tía te guardas
en casa, Federico, cualquier día te pedirá la berga
para mover las cortinas de un teatro.
Eloy escuchó la voz de Bertha. Era raro que no hubiese llegado
antes, si al final siempre corría tras él para evitar
que hiciera payasadas. La última vez que Eloy fue a una de
las fiestas de Olimpia, Bertha apareció justo cuando él
ya estaba contento y bailaba en medio de la gente, personas lindas,
elegantes. Lo aplaudían y él bailaba para hacerlos reír.
Ninguno de ellos sabía una canción que él había
aprendido desde niño, cuando movía el cuerpo al compás
de Palo, palo, palito, palo y con eso le daban una peseta. Aquello
no era baile sino palo, palo, palito, palo, con las rodillas semiflexionadas
una y otra vez, arriba y abajo, palito, palo. A Bertha no le gustaba
recordar esos tiempos. Aunque en esa época todavía no
soñaba ni quién sería su marido, ahora le daban
lástima esas cosas. Ella guardaba una foto justo en medio de
palo palito, que siempre le ponía los ojos llorosos.
En parte su mujer tenía razón; las fiestas de Olimpia
y Ricardo no estaban destinadas a la familia, ni siquiera a él,
que les hacía las compras. Esas fiestas eran una especie de
orgías a las que invitaban amigos y conocidos, gente linda
que siempre terminaba saltando en un solo pie al compás de
palo, palo, palito, palo. La última vez hasta filmaron un video
de los que se divertían y defendían el placer de ser
felices al menos esa noche. El ron se adentraba en el cuerpo aunque
él dijera que nunca más volvería a caerse de
espaldas por culpa de la bebida. Lo juraba y se lo había prometido
a Bertha miles de veces mientras ella peleaba; ya no soportaba más
esas borracheras, ni que la gente lo llevara hasta la casa porque
a él el cuerpo se le iba hacia atrás como un muñeco,
un niño blandito que necesitaba apoyo para sentarse. Al día
siguiente nunca recordaba lo sucedido. Se negaba a admitir los consejos
de los hijos, el regaño del más grande, el silencio
de Bertha mientras servía el almuerzo. Cada borrachera lo volvía
peor. Así llegó una vez con los ojos cerrados hasta
una loma de piedras que estaba frente a la casa y se quedó
dormido delante de todos los vecinos, que corrieron a ayudarlo, pensaron
que tenía una fatiga. Así se fue de cabeza contra un
cuadro de Jesucristo que Bertha tenía en el cuarto. Borracho,
se orinó en el escaparate, durmió en un sillón,
tiró manotazos al aire cuando intentaron levantarlo, tumbó
a Bertha de la cama cuando ella le pasó por encima para amarrar
el mosquitero a la pared. Con el tiempo se había vuelto un
borrachín y todo eso era palo, palito, palito, palo, contento
y divertido entre gente elegante y linda que lo aplaudía constantemente
para que siguiera bailando.
Una noche, Ricardo y Olimpia los llamaron, a él y a Bertha,
para que se vieran en el video de aquella fiesta. La cámara
había filmado los sucesos, la diversión, el desorden
de los que dejaron entrar el aguardiente en sus cuerpos. Eloy rió
al verse en la televisión. Las carcajadas eran porque casi
no podía creerlo; él, donde a veces estaba Pedro Infante,
el noticiero; él, donde salían Libertad Lamarque, Agustín
Lara, Rita, donde Cantinflas aparecía con el cinto en la barriga.
Eloy comprendió de pronto que las imágenes de Tito Guisa,
Silvana Pampini y Jorge Negrete no eran parte solamente de una casualidad.
A las claras se veía la intención de quien había
filmado el video de la fiesta, justo alrededor de una mesa donde existía
un cake, rodeado por los invitados, del que sólo quedó
más tarde una tabla humedecida y restos de merengue. Y él
pegado a aquella mesa, aferrado a los restos de dulce; eso era lo
que aparecía en el televisor y hacía que Bertha bajara
los ojos. Ahora los poros de Eloy lucían abiertos como cráteres,
el bigote sucio, manchado de nicotina y mientras él tragaba,
se introducía la comida en la boca con los puños cerrados.
De esa forma asquerosa estaba ahora en la pantalla, mostrando la dentadura
postiza y el bolo de dulce ablandándose con la saliva. Bertha
no quiso ver más, era suficiente; miraba el video y lloraba,
no podía decirles, a Ricardo y a Olimpia, que lo que le habían
hecho a Eloy era un verdadero abuso aprovechándose de que,
el pobre, estaba borracho. Ricardo y Olimpia reían y le pedían
a Bertha que no se fuera para que disfrutara del final, la mejor parte.
Ella salió de la casa aparentando que se avergonzaba de su
marido borracho y no que se sentía impotente ante ellos, que
aquella noche se habían parado al lado de Eloy para hacerlo
comer los restos de dulces como un puerco, sin saber que la gente
le tiraba las sobras. Eloy sintió hambre y comió, quiso
algo azucarado en su boca y cogió el merengue que ellos no
pudieron digerir. Eloy comprendió la sed y bebió un
poco de las sobras que estaban en cada vaso. En el video se veía
a Olimpia, con la bocaza abierta, dejando salir una de sus carcajadas;
no era bueno eso de que otro bebiera las sobras de uno porque así
se sabrían los secretos de todos los que estaban en la fiesta
esa noche.
Sólo se tratan en ocasiones especiales. Nadie las ha visto
discutir. Dicen que Olimpia y Sabina se miran de reojo y que, si una
de las dos está en el portal, la otra no sale de su casa. Nada
de eso es cierto. No se hablan; nadie sabe las razones ni ellas la
dicen. Sabina no se atrevería a maldecir a Olimpia, ni esta
la acusaría a ella; sólo sueltan esa incomodidad como
un poco a poco que olvidan en los días especiales, cuando hay
enfermos o en los velorios. Eloy las conoce muy bien; sabe que cuando
Sabina clausura la ventana no lo hace porque de esa parte viene la
lluvia, es que no soporta la risa estridente, las carcajadas con las
que Olimpia adorna las conversaciones.
Eloy regresa a la puerta y hace pasar a otros invitados, entre ellos
Sabina, los que son recibidos por Ricardo en medio de la sala, gente
de esa que lo sabe todo aunque en la cara se les pinte la misma nada.
Preguntan si viene Federico. Ricardo responde lo que quieren y más.
El español gana mucho dinero y un viaje a Cuba no lo cambiaría
por nada. Eloy bebe. Todas las fiestas son, al fin y al cabo, demasiado
aburridas; sólo mejoran cuando el alcohol llega a ese lugar
donde hace cosquillas y pone feliz a la pobre gente. Él mismo
tampoco es divertido ni ocurrente. Aisa siempre le dice bueno, sencillo,
el único hombre humilde que queda sobre la tierra y no sólo
él, todos los que están en la fiesta quieren verla llegar.
Sabina habla de Aisa con mucho cariño; la quiso desde el día
en que se atrevió a albergarlas a ella y a su madre en su propia
casa. Olimpia era una mujer de la calle, de la que nadie tenía
más referencias que la de verla en el portal de la bodega,
plantada y fuerte contra todo el que intentara sacarlas de allí
a ella y a su hijita. Fue idea de Bertha lo de darle un techo a Olimpia
y que fuera precisamente el techo de Sabina, quien no se negó
y eso sí lo aclaró muy bien aquel día, esa mujer
tenía una hijita que no podía continuar ni un día
más cogiendo el sereno de las noches. Si ya hacía una
semana que Olimpia había puesto la cuna en un rincón
de la bodega para esperar que el gobierno o quien fuera se compadeciera
y le dieran una casa para vivir. Y eso no era bueno, explicaba Sabina
aquella tarde mientras aceptaba la propuesta de Bertha, si querían
que esa niña alguna vez se volviera una mujer decente y tal
vez no como la madre. Aquella noche, Sabina misma fue a buscar a Olimpia;
le hizo señas, desde la acera, para que recogiera sus trapos
y se fuera con ella. En cuanto estuvieron sentadas le ofreció
leche caliente y le prestó algunas ropas. No tenían
el mismo peso ni estatura semejante, pero las ropas de Sabina se ajustaban
a las masas de Olimpia, marcaban sus carnes y Sabina supo, desde ese
instante, que había llevado la desgracia a su propia casa.
Sintió por Olimpia un miedo súbito; lo que a ella misma
la hacía lucir desgarbada, era perfecto en el cuerpo de aquella
mujer que, a pesar de llevar una semana durmiendo mal y casi sin comer,
ni siquiera se notaba decaída.
Sabina le dedicó tiempo a Aisa, más que la propia madre
y así la cuidó hasta los siete años. La niña
aprendió a decirle mamita y Olimpia terminó poniéndose
celosa por tanta complicidad entre las dos.
Eloy disfruta de la fiesta y bebe del vaso de Olimpia; acerca sus
bigotes al sitio donde aún queda una mancha roja de lápiz
labial. Es el último sorbo y tendrá que bebérselo
de un tirón si quiere saber los secretos. Aprieta los ojos;
no quiere ver; no quiere cuestionarlas, ni a ella ni a Sabina. No
quiere saber si dos cosas se suceden siempre en relación fatal,
de modo que después de aparecer la primera, obligatoriamente
aparece la segunda. Primero, Ricardo era el novio, novio para casarse
con Sabina y llegaba a la casa justo cuando Olimpia se quedaba sola.
Ahora hace mucho tiempo que Olimpia es la mujer de Ricardo y cuando
este se queda solo es que se abre la ventana que comunica con la casa
de Sabina. Luego Ricardo se marcha, aparece un carro y Olimpia se
sube a él.
Eloy vuelve a beber. Quizás a él nunca nadie lo invita
a las fiestas para que no termine ebrio, haciendo las payasadas que
tanto repudia Bertha. Hoy es diferente; bebe a escondidas lo que a
ellos les sobra para no preocuparlos, no sea que comiencen a aconsejarle
que no se dé ni un trago para que no haga el ridículo;
hasta se prometió a sí mismo que esta noche no iba a
emborracharse, no iba a molestarlos, no tenía la intención
de arruinarles la fiesta ni de caerse en la acera como le sucedió
a Olimpia la última vez que se bajó de aquel carro que
siempre la esperaba en la calle. En el vaso de Olimpia apenas queda
algo para beber. Eloy lo sabe antes de llevárselo a la boca.
Ella se empina una cerveza hasta el fondo, fondo blanco, como si fuera
un hombre sediento. Sólo la ha visto perder el control una
sola vez, aquella tarde que bajó del carro y se quedó
parada en la acera sin mover los pies, sin poder ir hacia delante,
mientras el hombre la tomaba por el brazo y la obligaba a andar a
fuerza de empujones. Sabina le explicó a Aisa que aquel olor
que se desprendía del cuerpo de su madre no era olor a fogón
ni a alcohol de hospital, sino al espíritu del vino, flor inestable.
¿Qué era eso? Olimpia olía al perfume de Eloy;
no al que él usaba generalmente, sino cuando se ponía
pegajoso, majadero, irremediablemente cómico, y se sacaba los
dientes postizos para enseñárselos a los muchachos.
Olimpia disfruta de su fiesta y le pide a Ricardo que se asome a la
puerta para ver si llegan otros invitados. Si ese negro supiera la
mitad de las cosas que ella ha hecho, la agarraría por el cuello
y dejaría de llamarla mamita. Quizás por eso escondió
la verdad. No le dijo que el hombre del carro durmió en la
casa y Aisa los sintió durante la madrugada. Aquella tarde
Sabina había insistido para que la niña se quedara en
su casa y Olimpia dijo que a partir de ese día ella misma cuidaría
de su hija; ya no quería más gente extraña en
su vida, conociéndolo y juzgándolo todo. Al día
siguiente Aisa se debatió entre dos pensamientos, traicionar
a su madre u ocultarle a Ricardo lo ocurrido. La niña sólo
se atrevió a pedirle consejo a Sabina y lo resolvieron todo
entre las dos con rezos, canciones; toda la tarde fue una alabanza
a la dignidad, al amor, la voz de Sabina que a veces se apagaba para
hablar de la felicidad de Ricardo.
Eloy siente en la puerta otro timbrazo y corre a abrir aun cuando
ve que alguien se le adelanta. Vuelve a la sala para agarrar más
vasos; quiere el hálito, la respiración que se queda
pegada a las paredes del cristal. Sólo él puede ingerir
ese ánimo de fiesta y vigor que todos derrochan. En realidad,
en la pizca que mancha el fondo de los vasos queda muy poco de esa
energía. Son las dolencias de cada uno las que se quedan pegadas
a las vasijas y eso también tiene que beberse.
¿Y tú, qué milagro que compartes esta noche con
nosotros? Eloy se queda mirando a Sabina. Aún cuando ella acepta
la fiesta ya trae el juicio formado sin pensar en modificarlo, sólo
en sostenerlo. Sabina sólo usará palabras duras, el
tono áspero con el que justifica su presencia; saluda a todo
el que encuentra a su paso; les besa la cara o les toca simplemente
la mano como si pudiera salvarlos de esa alegría que a ella
tanto le molesta. Olimpia la ve llegar; preguntarle qué hace
en su fiesta es como buscar si el número de las estrellas es
par o impar. Sabina no cabe en la casa; sus ganas de purificarlo todo
ahogan el baile y la música, aturden el paso del vino a la
sangre. La presencia de esa mujercita en la fiesta hace que la bebida
no corra hacia ese sitio donde hace cosquillas y divierte a la gente,
sino que se extiende hacia una zona de melancolía y culpas
reconocidas, el pecado de los otros que Sabina tanto detesta, desde
que los ve levantarse hasta que se acuestan, desde que los ve reír
hasta que los imagina en sus camas con los ojos cerrados, pero con
los globos oculares revoloteándoles bajo los párpados;
no pueden estar contentos de sí mismos.
Desde que Eloy y Sabina se encontraron en la puerta, andaban con semejante
paso entre los invitados; él delante y ella siguiéndolo,
hablando bajo para no hacerse notar. A veces, cuando el baile y la
repartición de platos les cohibían el paso, se esforzaba
en alcanzarlo. Siéntate Sabina, que aquí nadie te molestará
y la acomodó en un rinconcito distante del ajetreo del baile
y las conversaciones picantes, casi obscenas, que ya comenzaban a
expandirse por la noche. Las mujeres se ponen cariñosas con
la bebida; se vuelven besuconas, dice Olimpia, y los hombres se ponen
vigorosos, tanto que al final hasta molesta; se les acumula demasiada
sangre en el órgano y eso no es sensibilidad sino... ¿El
órgano?, chilló Ricardo. ¿Qué órgano?
¿Un instrumento musical de viento de grandes dimensiones? ¿Es
eso de lo que nos estás hablando, Olimpia, del que se emplea
en las iglesias? ¿Te refieres a una máquina, a un aparato
que transmite movimiento? No, así no eres mi mujer. Esta es
la fiesta solemne de Baco, nuestra orgía, un festín
para beber y comer mucho y para nombrar las cosas por su verdadero
nombre. Sabina obtuvo, por fin, una ventana que le permitiera ver
a Ricardo; fue un espacio que se quedó sin habitar cuando una
pareja se plegó sobre sí misma y, a través de
ese hueco, Sabina miró y obtuvo la voz del negro, las semillas
en colores y los miles de ancestros vigorosos y fuertes que hacían
a Ricardo oscuro, malsano, bello como todos los mulatos de piel clara.
Sabina quiso sellar de pronto esa ventana, clausurarla con gente que
franqueara el paso para no ver más esa cara de ojos oscuros
que se le enfrentaba como si del otro lado no continuara incitando
conversaciones. Olimpia, estamos esperando a que digas el nombre de
ese órgano que desconocemos. Ya sabemos que es
viril y tiene posición de ascensión, que es como el
cuerno del poder y la abundancia, pero qué más. Ricardo,
al decir más, hundía los labios y buscaba a Sabina con
la vista para hacerla sonrojar. Dímelo, Olimpia, ¿cómo
se llama ese órgano?, insistía Ricardo. Suelta ese nombre,
si tú lo sabes muy bien y tienes toda la fuerza del mundo para
decirlo; eres hija de Oshún, sólo ella puede dominarte.
Sabina no podía clausurar bruscamente la ventana que ella misma
había abierto. No puede, no puede flaquear; por primera vez
en su vida quiere sostenerle la mirada a ese negro, quien logró
un agujero más grande para darle celos y la encontró
justo en el rincón donde ella se había acomodado desde
el primer momento. Sabina corre la cortina invisible, respira aliviada
y se recuesta después de escapar de esos ojos que la ponen
tan nerviosa. Por fin, Olimpia, ¿vas a decírnoslo? ¿Sí
o sí? ¿Cómo se llama el órgano que tanto
te gusta? ¿Méntula? ¿Te satisfago si digo que
puede llamársele pudendo, glande, bálano? ¡Qué
lo diga! ¡Que lo diga! Alrededor de Olimpia se formó
un coro que pedía que ella complaciera a Ricardo y él
no esperó más para volver a incitarla. Habla, Olimpia
o no me quedará más remedio que mostrárselo a
Sabina para ver si ella sabe cómo es que se llama ese órgano
que tanto te asusta.
Todo metal es cuerpo: Todo plomo es metal: Luego todo plomo es cuerpo.
Sigue tú, Aisa. Ningún metal es vegetal: Todo plomo
es metal: Luego ningún plomo es vegetal. Te toca, Federico.
Todo metal es cuerpo: Algún mineral es metal: Luego algún
mineral es cuerpo. Dale, Llanio.
Paseaban por la ciudad. A los tres les gustaba Moncloa. También
Llanio vivía en la calle Donoso Cortés y coincidían
en que era un buen lugar; pero Aisa recordaba La Habana con nostalgia
y tenía la virtud de contagiar a Federico cuando comenzaba
a hablarle de plazas viejas, El Faro y el mar reiterado por todas
las narraciones del noventa en adelante. Mencionaron La Habana y,
por primera vez en la noche, Aisa logró dejar a Llanio atrás.
Él, que sólo podía decir algo insustancial sobre
las mulatas, comprendió enseguida que la pareja se distanciaba
hacia un sitio desconocido. No tuvo de dónde sacar una oración,
la palabra que le permitiera rescatar a su amigo y adueñarse
de todas las conversaciones. Federico no se dejó provocar con
otro tema; estaba sumido en una noche habanera, que ahora volvía
a relatar porque le parecía divertida. Sentado en el Malecón
y con las piernas colgadas hacia el agua, podía divertirse
observando a una pareja que se besaba, se comían. Todo no estaba
fotografiado en las revistas. No tenía deseos de regresar al
Inglaterra aquella noche; allá sólo tendría una
habitación organizada. Frente al mar se sentía cómodo
como nunca; se antojaba de lamer los dientes de la muchacha que ya
abría las piernas para que el novio introdujera la mano. Federico
imaginaba el pulgar acariciando el pubis mientras el Hotel Inglaterra
seguía lejos, demasiado distante de ese momento como para intentar
llegar a él y meterse en las sábanas hasta perder el
insomnio lentamente. La chica introdujo la mano en el pantalón
del novio y, cuando no le bastó, se acostó bocabajo
sobre el muro para darse el gran banquetazo frente al mar.
A la izquierda estaba un grupo de jóvenes y casi no se entendía
lo que hablaban; se comunicaban a la vez y reían continuamente.
Carla fue la primera en divisar al yuma que lucía elegante
y tenía cualquier edad. Eso no importaba en lo absoluto. Treinta,
cincuenta. Él la miro pero Carla no superaba a la chica fogosa
de la derecha, ahora completamente fundida con el muchacho. El grupo
comenzaba el juego intelectual de adivinar los nombres de las buenas
películas, a través de los gestos y señas que
hicieran algunos de ellos. Carla rogó para ser la primera;
unió los dedos índice y pulgar de ambas manos, de manera
que simulara una esfera y luego, con la mano derecha, fingió
que lasqueaba esa esfera. Movió todos los dedos con la palma
de la mano hacia arriba, chchchchch. Se escuchó una voz que
adivinaba el nombre de la película: ¡Tomates verdes
fritos! Demasiado fácil, si la habían visto todos,
el día anterior, en el Payret. Federico continuó observando
a la chica Playboy que, en el fondo, se le parecía a alguien
que repartió invitaciones para hacer un performance en un salón.
En las invitaciones estaba escrito que esa mujer se desnudaría.
El salón estuvo repleto justo a las ocho y la artista permaneció
sentada y con la ropa puesta; habían acudido motivados por
el escándalo y la lujuria.
En el grupo seguía el juego y le llegó el turno a Aisa.
Federico la vio ubicarse justo bajo un poste de luz, de manera que
en una mitad de su cuerpo se proyectaba la sombra y la otra parte
sobresalía en la claridad mostrando una figura tenue, un solo
seno, un parrilla costal, un ojo azul ciclópeo, un hemicuerpo
iluminado y uno apagado. Esa era su descripción de la película,
a ver quién la adivinaba. ¿La trilogía de Juliet
Binoche? No, qué tontos. Aisa continuaba abandonada a su bisección
de luz y sombra, la dicotomía de su cuerpo delgado, oscuro
y claro, la medianía que pasaba por ese centro formado por
la nariz, el mentón, el esternón, el ombligo. Federico,
para complacer a su amigo, que últimamente sentía una
fatal devoción por las culturas orientales, seguía contando
como ella, tras el poste, simulaba los elementos Ying, a la derecha,
y Yang a la izquierda, la región ventral y dorsal del cuerpo.
Ella, Aisa, jugaba con sus amigos a una teoría de creación
universal, el Yang masculino y el Ying femenino y negro, contrarios
pero dependientes, el fruto de una lucha de contrarios que sólo
se curaban con los contrarios. Ninguno de los del grupo adivinaba
el nombre de la película y Carla se moría por encontrar
la respuesta exacta. El español se había sentado frente
a ellos, demostrando que escuchaba y se entretenía con el juego.
Todos vieron que Federico se levantaba del muro. ¿Qué
parte tienes en la sombra, chula? ¿La izquierda? Hace muy poco
que viste El lado oscuro del corazón. Bravo, adivinó
el yuma. Bravo, Federico.
Cuando llegó a esta parte de la historia, Aisa se inclinó
hacia el asiento delantero del carro y lo besó en la nuca.
A partir de ese día en el Malecón ellos habían
seguido viéndose. Todo, todo lo que tengo de impar en el cuerpo
te pertenece, dijo después de besarlo. Llanio tuvo que confesar
que era una forma bonita de conocer a una mujer; eso no era tan extraño
en un hombre como su amigo, siempre rodeado de sucesos capaces de
asombrar a la gente. Dime, Aisa, esposa del hombre más apuesto
de España, cónyuge y costilla de este Adán, si
eres digna de que él derroche su inteligencia contigo. Aquel
día mencionaste el corazón, quizás sin saber
con qué elemento se corresponde; tal vez ni crees que todos
los fenómenos se encuentran en una relación de creación
y dominio. Aisa no respondió y Llanio se apuró en explicar
para no darle la oportunidad de encontrar una salida decorosa. Cada
elemento se relaciona con un órgano Zang y una víscera
Fu. Corazón le corresponde a Fuego y se expresa en lengua,
arteria, alegría, amargo, rojo, color de verano, verano. ¿Y
con qué te identificas tú, Llanio? Veo que no tienes
ni la más remota idea de esto, Aisa; mi elemento es la madera
y habla de hígado, ojo, tendón, ira, ácido, verde,
viento y primavera. No siguió hablando con ella, quería
saber qué había pasado entre Federico y la chica Playboy.
¿Dejaste que se fuera sin que se merendara tu sexo? Aisa se
enfadó pero no se atrevió a intervenir porque su esposo
ya daba una respuesta. Era ilógico creer que el novio iba a
soltar a una muchacha así. Llanio subió las piernas
sobre el asiento del carro y se las cubrió con el suéter.
Sí, le gustaría ir a La Habana con ellos en Diciembre.
Le gustaría topar con esa tía comilona que se daba los
banquetazos frente al mar.
Comenzaron a dar chillidos de alegría. Aisa, Federico y un
amigo estaban por aparecer en la fiesta. Eloy se sintió más
tranquilo al pensar que pronto llegarían del aeropuerto. Si
a alguien estimaba en la vida era a Aisa, tan linda y divertida.
Carla pidió permiso para entrar al baño y Eloy la vio
salir, un rato más tarde, con el lápiz labial reforzado;
su pelo, revuelto con el baile, volvía a acomodarse sobre los
hombros porque Carla levantaba los brazos como si quisiera llegar
más alto a cada momento y, en medio de sus movimientos desmesurados,
dejaba ver un argolla aferrada a su ombligo. Bailaba sola y con los
ojos puestos en los hombres. A Eloy le pareció que la joven
estaba borracha y se acercó para advertirle que no fuera hacia
el centro de la sala, sino que ocupara un asiento más modesto
junto a Sabina. Él les sirvió té a ambas y luego
continuó con la tetera en la mano para llenar todos los vasos
que aceptaban el cumplido. Ya no podía estar tranquilo; sentía
una especie de alboroto muy peculiar por ver y no ver, por encontrar
a Aisa con la carita humedecida por las lágrimas en cuanto
lo abrazara.
Carla intentaba hablar con Sabina pero esta hacía como que
no la escuchaba para no verse en el compromiso de confesar que jamás,
jamás, se inmiscuía en la vida de Olimpia; por tanto
no le interesaba que esa mujer estuviese casada con un negro. Carla
se sintió ofendida y se fue a flirtear con los hermanos de
Aisa que, por primera vez en la noche, estaban sin sus esposas, las
cuales eran idénticas entre sí o al menos así
las veía Carla. No podía diferenciarse entre una y otra
si las dos tenían el pelo normal, los ojos y el mentón
normales, no bailaban y solo permanecían al lado de sus maridos.
Eloy tomó el vaso y bebió para encontrar otros secretos.
Quería hallar, en el fondo, los restos del último aliento
sensual de Carla. Bebió y sólo halló un amargor
que se pegó a la parte posterior de su lengua. Se llevó
a la boca un nuevo sorbo en el que ansiaba encontrar sueños
profanos, imprudentes, marcados por el desatino del sexo y el sabor
de los labios de la italiana Sofía Loren, Silvana Pampini.
Cualquiera de ellas besaría como Carla. Le extrañó
que en el fondo del vaso no hubiera ni un solo secreto, sino un sermón
que no se atrevió a aborrecer de inmediato. Ya tenía
que beber el sorbo y vivir de ese hálito. Estuvo seguro de
que no existía una repugnancia absoluta o de lo contrario él
mismo, adaptado a los peores secretos ajenos, a las más duras
obscenidades de la gente, habría vomitado en aquel vaso donde
encontró, únicamente, un resuello angelical. El vaso
de Sabina trocado con el de Carla en un espacio apenas perceptible.
Sabina había colocado su té tan lejos de sí,
que más bien quedaba cerca de Carla y él se había
dejado confundir. Ahora comprendía la distancia que lo separaba
de Sabina; se creía tan pura que sentía asco de él
cada vez que le veía las manos callosas; se le revolvía
el estómago tan solo al ver los dedos que alguna vez habían
tenido que hundirse en la sangre de los cerdos. Alguien tenía
que hacer el trabajo del matadero y eso era lo que Sabina nunca había
comprendido en su oficio de juzgar a los demás. El alma de
la carne está en la sangre; a ella le venía esa idea
a la cabeza en cuanto lo escuchaba hablar sobre aquellos días
de trabajo intenso, el proceso que se extendía desde la muerte
de los animales, las piezas sanguinolentas, hasta los jamones y chorizos.
Al beber el té que quedaba en el vaso de Sabina, comprendía
por qué ella jamás lo saludaba con un beso, no le daba
la mano ni aceptaba café en su casa. Pensó en no beber
el último sorbo. La vio huesuda, seria, con los ojos irritables
y unas ganas inmensas de sanarlo todo y encontró el nombre
de Jehová repudiando a miles de santos con halos, aureolas,
nimbos y formas luminosas. Sabina había leído que esos
atuendos tenían sus orígenes en una época precristiana
y quién era ella para decir que esos halos también se
utilizaban para representar a Júpiter, Neptuno, Baco, Apolo.
Permanecía callada sin saber que él caminaba por el
fondo de todos sus secretos y encontraba a cada paso un muro, una
barrera, una capa hecha por ella para contrarrestar la emoción
de la fiesta. Era evidente que a esa mujer no le interesaban la música
ni el baile; de ella sólo podría libarse la traición
de la alegría. A la religión no debía entrarse
por odios ni por una categoría de sublimación en la
que Sabina le daba valor a Dios para olvidar lo que tanto le dolía.
Un Negro. Un negro hermoso y con los dientes perfectamente acomodados
en la boca, que se había casado con otra. Sabina lloraba cuando
estaba sola. Olimpia nunca había cesado de hilvanar casualidades
que la acercaran a Ricardo, hasta hacerlo su marido definitivamente.
Sabina, cuando era la persona más incrédula del mundo
y nadie le había mostrado otra religión, adoraba el
mundo de semillas fértiles de Ricardo. Un día traicionó
la confianza que ese negro ponía en ella cada vez que la invitaba
a entrar a su cuarto. Ricardo le pidió que se quedara sobre
la cama mientras él iba a lavarse; siempre lo hacía
antes y después del sexo; se despojaba de toda la suciedad
de la mujer que era lo único capaz de debilitar al hombre.
Sabina lo esperó en silencio; no pudo soportar la tentación
de agradarle, hacer la primera locura de su vida, mientras Ricardo
aplacaba su furia masculina bajo la ducha. Cuando regresó al
cuarto, Sabina lo esperaba con una cara muy estúpida y no le
negó que había sido capaz de encender todas la velas;
destapó algo que se le pareció a un ánfora y
adornó su cuerpo desnudo con siete collares hechos de cuentas
en colores, mientras él se daba un baño para llegar
puro hasta ella. Sabina corre en el fondo del té; se escabulle
por la vergüenza que siente al ver que Ricardo se come las carcajadas
de otra mujer a la que, cada noche, le llena el vientre de semillas.
Sabina se apodera de Aisa y le enseña que alguien tiene que
salvar a su madre, salvarla. Olimpia es una pecadora dispuesta a casarse
con un negro si ellas dos no rezan lo suficiente. Tal vez Olimpia
tampoco perdona a Sabina porque fue ella quien le enseñó
a Aisa que el cumpleaños era el día del nacimiento,
no una práctica bíblica y por esa razón no debía
celebrarse. Entonces, nada de regalos ni de flores. El hecho de celebrar
el cumpleaños se remontaba mucho más atrás de
lo que las personas creían, al dominio de la religión
y la magia. La costumbre de felicitar, dar regalos y hacer una fiesta
con velas encendidas, le dijo Aisa a su madre cuando puso una muñeca
rubia sobre la cama, tienen el propósito de proteger de los
demonios al que celebra la fiesta y de garantizar su seguridad durante
el año entrante. Nada del ángel custodio, el hada madrina
o el santo patrón. Aquel día Aisa sólo tenía
diez años y se negó a aceptar el regalo de su madre.
Olimpia salió del cuarto corriendo, dispuesta a atropellar
a Sabina, a Jehová, al Viejo y al Nuevo Testamento; entre todos
le habían robado la ingenuidad a la niña, le habían
quitado hasta la posibilidad de ser feliz el día de su cumpleaños.
Olimpia gritó junto a la ventana, para que Sabina la oyera,
que todo en la vida no podía ser obediencia, respeto y, menos,
pensamiento y contradicción. Sabina se mantuvo del otro lado
de la ventana sin atreverse a abrirla; ya sentía los golpes
del puño contra la madera. Desde allí sentía
los resuellos de Ricardo en su lucha por contener a Olimpia. Los pectorales
del negro moviéndose como dos moles, los bíceps dilatados
conteniendo los golpes que caían sobre la ventana y se extendían
desde la madera hasta la cara de Sabina.
Eloy se sentía molesto. En el último sorbo del té
de Sabina había tropezado con demasiadas cosas, una obsesión
casi ridícula por la salvación de las almas, el interés
sin límites por todo lo que fuera una versión de la
Biblia. Guardaba una traducción de Felipe Scío
de San Miguel, de la que se jactaba porque se la había regalado
alguien muy querido. Antes de esa había leído El
libro del pueblo de Dios (por LevorratiTrusso), la Biblia
de Jerusalén, donde el tetragrámaton se traducía
Yahveh, comenzando en Génesis 2:4, el primer lugar donde
aparecía. Sabina leía cualquier cosa que tratara de
religión. ¿Algunos de los que estaba en esa fiesta tan
ridícula conocía el significado de creer en algo? ¿Necesitaban
creer? Eloy se atrevía a cuestionar todo lo que encontraba
en el fondo del vaso de Sabina y la miraba con pena; a pesar de tanta
fuerza, era como una niña fácil de ruborizar cada vez
que Ricardo le pasaba cerca. Alguna vez, sólo que para eso
tuvo que pasar mucho tiempo, Ricardo le perdonó el ultraje
de sus creencias, la frescura con que ella encendió las velas.
Quizás por eso el castigo natural que se le fue encima cuando
lo que más deseaba en el mundo era quedar embarazada de ese
hombre. El huevo no se implantó en pleno útero, sino
en otro lugar y allí estiró las mucosas, las paredes
de los órganos y rompió los tejidos provocando una hemorragia
vergonzosa en su ropa interior. Bastó con que se empeñara
en ocultar el embarazo para que todos hablaran de aquel sangramiento
repentino de Sabina. Bastaron los deseos de olvidar a cada momento,
para que la imagen de ese negro malsano se volviera más fuerte
en su cabecita que solo podía odiar y despreciar a Olimpia.
Ese fue el empujón que Sabina necesitó para llegar a
Jehová, renunciar al marido ajeno y franquear ese momento en
el que se había congelado su vida por culpa de alguien que
no merecía tanto sufrimiento.
Eloy dejó el vaso en el piso nuevamente. Los invitados bebían,
conversaban en voz alta y repicaban las tazas contra los platos. Olimpia
les servía a todos, incluso a él que era quien le servía
a ella siempre. Esta noche él es el invitado especial de Aisa,
quizás por eso todos lo complacen, lo invitan a la comelata
aun cuando temen que se emborrache como tantas veces, que se ponga
contento y sienta esos deseos inmensos de bailar en medio de los invitados,
gente elegante y linda que deja entrar el aguardiente en sus cuerpos
mientras esperan por Aisa.
Ya no quería volver a mirar a Sabina. Sentía por ella
una especie de repulsión; justamente en el último trago,
había comprendido el asco que ella sentía al recordarlo
como un matarife de animales para poder ganarse la vida. Sabina se
permitía el lujo de juzgar a los demás; siempre lo había
tenido todo; se daba el lujo de consumir la carne limpia y desangrada,
implorando con un rezo que la gente siguiera absteniéndose
de comer cosas sacrificadas y con sangre y cosas estranguladas o a
las que se les hubiera dado muerte sin escurrirles la sangre.
Llanio les dijo que no estaba interesado en la fiesta, a menos que
estuviese ahí la tía comilona que se sentaría
con él frente al mar para hacer lo mismo que aquella muchacha
de la que, con tanto favor, había hablado Federico. Podría
encontrar a otra mujer cualquiera, capaz de olvidar la presión
familiar y el acato de la moral, que eran dos cosas a las que él
jamás les daba importancia. En ese punto Federico habló;
hacía rato que no intervenía en la conversación
y le aconsejó a Llanio portarse bien en la casa de Aisa, donde
encontraría a personas muy decentes.
Aisa tenía miedo. El amigo de su esposo en realidad era casi
amoral. Podía volverse implacable si llegaba a saber que Federico
no decía la verdad con respecto a la familia de ella. Había
que calmar la euforia de Llanio, muy capaz de llegar preguntando por
alguna mujer que estuviese deseosa de ir a ver el Malecón a
esa hora, una mujer que no fuera tan tímida y jodidamente medida
como todas las yucas que podían encontrarse después
de cruzar el Atlántico, el Cantábrico y el Caribe. A
ella le parecía que la culpa de lo que pasaba con Llanio la
tenía Federico; su esposo permitía que ese hombre vapuleara
las conversaciones e hilvanara discursos contra cualquier cosa perteneciente
al género femenino y ella era lo único que cumplía
esos requisitos cuando estaban los tres juntos; ese odio caminaba
hacia ella, se le posaba encima y la hacía dudar de la hombría
de Llanio. No bastaba con decirse a sí misma que tenía
capacidad suficiente para tolerarlo, darle el perdón que nunca
otra persona podría otorgarle a alguien como él. Nada
era suficiente porque Llanio, mientras se desplazaban desde el aereopuerto
hasta la Habana Vieja en una auto rentado, continuaba hablando mal
de las mujeres, del teatro, a la vez que disfrutaba la rabia que podía
adivinar en la cara de Aisa.
Ellos tres fueron el toque final de la fiesta. Llanio también
saludaba y cada vez que alguien le estrechaba la mano advertía
que, de proponérselo, podría avasallar a toda esa gente
que, por creerlo español, casi le besaba la mano. A los hombres,
Llanio casi no les miraba la cara, todo lo contrario con las mujeres,
a quienes les escudriñaba el rostro buscando algún indicio
de atrevimiento, un gesto que indicara el valor que hacía falta
para ir al Malecón a hacer lo mismo de aquella descripción
que estaba a punto de pedirle nuevamente a Federico. El Malecón
no era para tontos ni para gente que se lanzaba al mar como judías,
tontos de poca leche en la cabeza que se ahogaban en las dos primeras
millas o se deshidrataban por el sol; locos, pero cojonudos. Ese muro
era para tías como la chica que había visto Federico,
mujer hambrienta de sexo que se extasiaba con un dedo cerca del pubis.
Cuando estuvieron sin Aisa, Llanio le preguntó tantas veces
sobre ese hecho a Federico, que este tuvo que jurarle que era verdad,
todo era verdad. Aquella comilona se había tragado, por debajo,
claro, hasta un cucurucho de maní empujado por el novio. Llanio
estaba algo turbado y pensativo; por eso no advirtió que Eloy
se le acercaba para extenderle un vaso.
Por fin la fiesta lograba equilibrarse después de la llegada
de Aisa. A las diez ya se habían acabado el llanto y aquellos
abrazos que a los españoles les resultaban espantosos. Todos
volvían a sus asientos. Llanio aún no se sentía
a gusto, no mientras siguieran mirándolo tan fijamente con
esas caras curiosas. Con tantos ojos encima no podría comenzar
su labor con respecto a la mujer escogida para esa noche, la tía
con ganas de lamer, escupir, de abrir las piernas en el Malecón,
la mujercita atrevida que ya le sonreía desde su asiento en
el centro de la sala.
Aisa continuó saludando, internándose cada vez más
en los pequeños grupos donde la recibían amistosamente.
Eloy estuvo próximo a agarrarla por la cintura, taparle los
ojos y hacerla girar hacia él. No se hubiese atrevido a confesarlo
pero, en el fondo, le molestaba que ella no hubiese ido a saludarlo.
Por qué postergaba el momento de darle un abrazo y casi lo
ignoraba. Se propuso llamar la atención de Aisa del único
modo que tenía para hacerlo, bebiendo hasta matarse, hasta
preocuparla y hacerla correr desesperada.
Para que ella sepa que ya es el momento de saludarlo, él tendrá
que beber sin mesura hasta que alguien exclame su miedo en voz alta,
el temor que todos tienen de que él se emborrache y arruine
la fiesta. En cuanto lo vean empinarse la botella recordarán
que, por culpa del ron, ya se rompió la cabeza contra un cuadro
de Jesucristo que Bertha tenía en el cuarto. Volverá
a todas las memorias el día en que Eloy se subió a una
loma de piedras de la que no pudo volver a bajarse. Una de esas veces,
quizás la más infeliz de sus borracheras, fue cuando
gritó cosas contra Ricardo. Fue una sensación extraña,
como si de pronto el ron no hubiese andado por los sitios habituales,
sino por una zona del cuerpo donde sólo producía celos
malditos. Desear a Olimpia era una estupidez. Había sido absurdo
eso de gritarle tantas groserías a Ricardo quien, al día
siguiente, sin ningún tipo de resentimiento dijo que lo perdonaba,
que ni siquiera le guardaba rencor por tanta majadería.
Luego él también se disculpó con Ricardo y le
explicó que generalmente pasaba las borracheras en silencio.
Se acostaba y dormía como un bendito. Era una resaca tranquila,
a pesar de que Bertha era peor que el vértigo y las náuseas;
no cesaba de insultarlo tan solo porque él se había
atrevido a beber. Bertha, cuando se cansaba de discutir, se acercaba
para darle algunas bofetadas muy rápidas y se alejaba para
no darle la oportunidad de devolverle el golpe. A él nunca
le importó nada de eso. Jamás se hubiese atrevido a
tocarla a pesar de que ella adoptaba una actitud desesperante. Era
la bebida lo que lo ayudaba a perdonarla, no sólo a ella, sino
a todas las personas que únicamente reparaban en él
cuando necesitaban pedirle un favor. Las personas lo saludaban cuando
querían algo y, mientras, él no existía para
ninguno, que se jodieran ahora, que pasaran un poco de trabajo. Olimpia,
Sabina y hasta Ricardo, vivían gracias a que él les
ponía todo en las narices, les acercaba a las bocas cuanto
pedían para poder vivir.
En realidad no se arrepentía de haberle gritado tantas cosas
a Ricardo en medio de aquella borrachera. Por suerte todo había
quedado como un juego. Quién iba a creer que un viejo, decrépito
y hasta sucio como él, iba a estar loco por una mujer tan fina
como Olimpia. A nadie le cabía en la cabeza; y lo que para
él era lo más serio del mundo quedaba en la barrabasada
de la borrachera. Eso era lo que lo molestaba realmente, que ahora
se burlaran del amor que sentía por Olimpia como si no pudiera
ser cierto.
Eloy se distanció un poco del resto de los invitados y comenzó
a llevar a cabo su proyecto para acercarse a Aisa. La gente conversaba,
fumaba, mientras él bebía a pico de botella. El hígado,
las vías biliares, la salud; no era más que un pretexto
de los médicos para ayudar a mantener el orden en la sociedad.
Nadie se moría de ron como mismo nadie se moría por
ser feliz ni por comer carne diariamente. Si en el mundo no había
mayor placer que el de tomar la alegría prestada y disolver
en el ron las necesidades, los problemas y el amor que uno podía
sentir por una mujer que siempre sería de otro, aunque ese
otro fuese un negro. El ron siempre le había dado valor y si
no, que le preguntaran a los cerdos cuando él se daba unos
tragos. El aguardiente espantaba el miedo, la indecisión de
tomar un puñal y hundirlo en la carne grasienta de los animales.
Al principio, de tan suave que empujaba la hoja, casi los dejaba agonizando.
No tenía el poder de aniquilarlos con una sola cortada. Los
cerdos se revolvían en el suelo sin fuerza para levantarse
y lo miraban con los ojitos vidriosos como implorándole que
los matara de una vez; esa matanza a medias ya era el colmo del maltrato.
Lo maldecían porque hundía el cuchillo con ese miedo
tonto de provocar la muerte.
Aisa se levantó de la silla y Llanio la sostuvo por el brazo;
luego se ubicó en una butaca frente a ella y comenzó
a reírse con ironía. ¡Vaya, vaya! Ahora sé
por qué practicas una religión tan dura contigo misma.
Tu madre me ha estado contando que la culpa es de aquella señora
que está sentada allá. ¿Sabina, no es sí
como se llama? Pero hay algo que no me queda claro todavía,
niñita, y es a quién tratas de redimir. Sólo
contéstame si ese alguien está entre nosotros esta noche
y me iré de tu lado.
A Llanio no podía enfrentarlo a locas ni a tientas ni hacerlo
babear con una explicación bíblica; lo único
que pudo decirle fue que, aunque él no lo creyera, a través
de Jehová existía la posibilidad de nacer otra vez.
¿Otra vez, Aisa? Sí, nacer del agua, ser bautizado y
engendrado mediante el espíritu de Dios, y eso no tiene que
ver con segundas personas sino con nosotros mismos. La corrupción
no hereda incorrupción, Llanio, por eso es que le temo. Dejó
de hablar con él cuando advirtió que apenas la escuchaba.
Otra vez conseguía ponerla en una situación ridícula
mientras se dedicaba a mirar descaradamente a Olimpia. Creo saber
de quién te avergúenzas, muchachita; pero no tienes
ni puta idea de que tu madre es un ser excepcional. Vives en el país
de los consejos y te has dedicado a escuchar cómo debería
ser Olimpia. Ninguno de ustedes, ni siquiera tú misma, que
vives al lado del hombre más apuesto de Madrid, has logrado
ser feliz como ella; al menos es limpia de alma y sencilla, y eso
a vosotros os falta bastante en este país; todos tienen el
ego muy saludable.
_Llanio, haz lo que quieras. Vete a admirar a mi esposo; mira, Federico
ya se cambió la camisa.
_No, no esta noche. Con el tiempo, al igual que tú, me he ido
aburriendo de Federico. Voy a inventar una excusa para ir al Vedado
y así desataré todos los demonios para que anden sueltos
esta noche.
_Vete, me da lo mismo, asqueroso.
_No lo creo, pero igual.
Aisa lo vio salir directamente a hablar con Olimpia y Ricardo, para
que lo acompañaran al Vedado en el auto rentado. Les mostró
la dirección copiada en una hoja y Ricardo no lo pensó
dos veces para decir que prefería quedarse en la fiesta, además,
parecía más bien que esa noche llovería o al
menos eso es lo que indicaba tanto viento. Acompáñalo
tú, Olimpia y avísale de las calles por las que tiene
que doblar; avísale con tiempo, que tú eres fatal para
las direcciones.
Llanio terminaba una conversación con Ricardo y Olimpia sobre
los niños racistas que tanto abundaban en España, muy
capaces de hacer un escalafón descendente de rechazos, encabezado
por gitanos, moros árabes, judíos, asiáticos,
negros, sudacas, del que tampoco escapaban los portugueses. España
no era como ellos creían, sino el lugar donde más se
bebía en el mundo, el sitio de mayor corrupción, donde
la gente asistía drogada, como si tal cosa, al Palacio de los
Festivales de San Fander, para dormirse con Vita de San Francesco,
Tres pasajes del Poverello, San Francesco predica
a las golondrinas; les confesó que él mismo había
asistido a ese lugar hacía sólo unas noches y aquello
era la barbaridad del aburrimiento. Olimpia y Ricardo rieron; les
hacía gracia la entonación con la que Llanio inventaba
el cuento para divertirlos un poco.
Aisa quiso impedir que su madre saliera con Llanio; no se veía
bien que andaran juntos a una hora como esa. El español, por
lo disparatado que era, y Olimpia, que tampoco era la mesura en persona,
no eran buena mezcla. Llanio ya le daba las gracias por aceptar acompañarlo,
no sin reconocer que jamás le pedía a los demás
lo que él mismo no fuese capaz de hacer. Piensa, antes de contestar,
la revolución mental que puedes armar en este cuarentón
soltero. Tú no tienes la culpa; yo, al invitarte, sí.
Has sobresalido ante mí como una gran montaña en la
mar.
Eloy bebía con placer del vaso que el español había
dejado recientemente sobre una mesita; le gustaba saber lo que pensaba
ese hombre aunque para ello no había que ser muy ducho en adivinar
secretos a partir de las sobras ajenas. Llanio permanecía de
pie, recostado a la pared y con los ojos fijos en Olimpia; la habría
invitado al Bar Sarima para que probara las especialidades en pulpo,
lacón, pinchos en general y vino Ribeiro. Olimpia tenía
carácter para compartir con todos los amigos de él en
el Bar Elizondo, La Bodeguilla de San Mamés, el Bar Paco, donde
comenzaban con un café a la crema y terminaban ebrios de gozo,
con ganas de inventar otras fiestas a esa hora. A Olimpia él
le habría dado un papel en la película Cuando
salí de Cuba, justamente el interpretado por Marisa Tomei,
quien logró imponerse en el plantel gracias a la encarnación
de una sabrosa prostituta cubana. Olimpia tenía agallas para
actuar junto a Alfred Molina, Anjelica Houston; podría asombrar
a Chazz Palminteri. Piensa, gordita, antes de contestar, la revolución
mental que vas a armar en este cuarentón soltero. Me gustan
las personas valientes como tú, no las tibias que te suplican
fotos de maricas cantautores. ¿Vamos al Malecón o no?
¿Harás el papel de la tía comilona frente al
mar? Llanio seguía de pie, en silencio, y Eloy bebía
poco a poco los secretos que estaban en el fondo del vaso, donde formaban
una pareja que abandonaba la fiesta y cualquier lugar se les volvía
acogedor, especial; Olimpia y Llanio sentían unas ganas inmensas
de abrazarse al muro y respirar el salitre, recoger objetos herrumbrosos
para luego hacer los más despiadados readymades que adornarían
las galerías de Madrid. El español planificaba hablar
otras cosas con Olimpia antes de pedirle obscenidades. Sí,
algunos turistas eran descerebrados; eso, en términos generales,
era verdad. El no era San Juan Bautista y cuando estaba de vacaciones,
máximo en una isla como Cuba, trataba de pasarla como el mejor,
lo que no incluía mentir ni avasallar o tratar de tener gente
haciendo lo que él quisiera por su dinero. Viene de dos familias
muy viejas y lo primero que le enseñaron es que fuera se tiene
que portar mejor que en casa. Mientras le explica, Olimpia va sintiendo
menos vergüenza por aceptar la invitación. Entonces tiene
cuarenta años, es soltero y nunca ha estado casado; la está
pasando en la isla muy bien. Las mentiras que sus coetáneos
españoles han dicho aquí, unas veces producen risa y,
la mayoría, pena. Por mucho que de vacaciones se haga el loco
hay que tener en cuenta que desde el momento en que una mujer va contigo
su dignidad es la tuya. La mayoría de los españoles
dan asco; son camareros, fontaneros, gente que allá tiene dificultad
para conectar con su entorno y viene aquí a jugar quince días
de millonarios. También es cierto que hay muchos españoles
serios, y no habla de los italianos porque a esos, en general, qué
les podría llamar la atención de la isla.
Llanio conducía por Obispo; no podía hablarle a Olimpia
directamente del asunto que lo había llevado a invitarla a
dar ese paseo. En realidad sí quería ir al Vedado. Deseaba
llevarla al Malecón, sentir su cuerpo rollizo bien cerca, oírla
respirar y fumar al aire libre. Mira, encontré esta postal
en la guantera; creo que se le quedó aquí a tu hija.
Olimpia sonreía ahora por primera vez; ni siquiera había
mirado bien a Llanio para no resultar impertinente. Él siguió
hablándole de la postal, La Giralda, una torre
árabe que todavía se conserva. A ella le pareció
bonita pero, de forma general, no le gustaban las postales vacías.
Entonces tendré que echarla a perder con una poesía
donde se repita el si condicional más que una cebolla: si yo
tuviera un caballo que a tu isla me llevara... Yo antes escribía
algunas cosas, Olimpia; ahora estoy en mala edad. Contigo lo intentaré;
si me dejaras citar a Lorca podría decirte que eres de las
personas que tienen el duende.
El auto avanzaba un poco más; tenían que parar de una
vez y sentarse frente al mar sin más rodeos, sin darle vueltas
al asunto. Así la había imaginado, sentadita y con la
ropa recogida sobre los muslos. Tal vez lo mejor era darle un poco
de confianza, hablarle de la casa del Vedado a la que irían.
Le dijo a Olimpia que quería ponerla al tanto de algunos detalles
para que no lo acompañara ingenuamente a hacer esa visita.
¿Por qué no se sentaban en alguna parte del muro y así
él le explicaba algunas cosas?
Había desaparecido el viento que media hora atrás anunciaba
lluvia y eso les permitió acomodarse sobre el muro. No me importa
si vas a encontrarte con una mujer; yo estoy aquí solamente
para mostrarte el camino, dijo Olimpia y Llanio se echó a reír
y le confesó que, aun cuando casi no la conocía, se
atrevía a asegurar que ella era muy celosa. Olimpia, qué
mente tan horrible tienes. La tal Laura que tanto te inquieta, Laurita,
que es como se llama la niñita que veremos, es mi amiga; nos
conocimos a través de las cartas, quizás tú nunca
hayas experimentado eso. La chica me escribió un día
y luego no dejó de hacerlo nunca más; es una especie
de conversación que la ha mantenido viva. De todos modos, y
como mi vida es un bolero aburrido y monótono, me dio por corresponderle.
No sé, ya te contaré mi vida; cada día me aburre
más hablar de mí o releerme. No sé qué
pasa que con todo me aburro de solemnidad. Digamos que se me despierta
la imaginación cuando la gente me cuenta sus cosas y entonces
me pregunto por qué nunca he hecho yo algo como lo que hacen
los demás y es ahí donde se me despierta la imaginación
y me decido; creo que vivo la vida que otros ya mataron. No, no me
hagas caso, un ejemplo de lo que te digo es el estar sentado aquí
contigo. Tiene que ser bueno estar en pareja frente al mar cuando
tanta gente lo experimenta, disculpa que te llame pareja en este caso.
Aun no era el momento de que ella le comiera el sexo. El mar sólo
tenía sentido para tías comilonas como la que estaba
en el recuerdo de Federico, no para suicidas, locos, aberrados con
sueños inalcanzables, pero cojonudos. Sobre el hablar mal o
decir groserías, Olimpia, tendría que acostumbrar sus
lindos oiditos a soportar groserías, tacos, juramentos y blasfemias.
Aquí eso es feo; sin embargo, el castellano, la lengua castellana
de la península, se maneja a base de improperios de todos los
modos y colores. Te confieso, Olimpia, que hubiera podido conquistarte
mucho más rápido por carta, ella volvía a reír
porque se divertía escuchándolo; yo escribo las cartas
con planilla, ¿qué te parece? Mi madre, desde que éramos
unos críos, nos enseñó, de verdad, la cortesía
epistolar. Llanio quedó sin palabras al ver que Olimpia se
acomodaba a horcajadas sobre el muro. No podía ser brusco justo
cuando la señora comenzaba a deshinibirse. Gorda, bajita, sabrosa.
Le confesó que siempre observaba asombrado a las criaturas
como ella; le parecían nuevas y mágicas y a veces hasta
podía parecer imprudencia de su parte. En ese momento ella
tenía mucha importancia en sus pensamientos y en el mundo de
relaciones extrañas que él estaba viviendo. Pequeña
damita cubana, puede que asustes a más de uno; estoy seguro
de que no dejas vacío por donde caminas. Ya muchos habrán
querido seguirte la trola.
Olimpia tenía los ojos entreabiertos y, cuando fumaba, inflaba
los carrillos tal y como se le prohibía Ricardo, quien le explicaba
que eso era de mal gusto. Ahora se sentía rara pero bien; asistía
a un mundo totalmente desconocido. Sevilla, como le explicaba Llanio,
aun cuando él no conocía muy a fondo la ciudad, no era
como ella pensaba. La Puerta del Perdón no estaba en la mezquita,
sino en la Catedral, y El Cristo de la Clemencia tampoco estaba donde
ella creía. El más veterano y revesado era un Cristo
al que llamaban El Cachozo; en Semana Santa El Paso
del Cachozo se volvía un reguero de poetas. Las dos vírgenes
sevillanas por excelencia eran La Macarena y La
Esperanza , esta última era la de los valientes. Que
no le preguntara tanto; él estaba lejos de los andaluces en
todo y nunca había asistido a la Cabalgata de Reyes, y si hoy
la invitaba a ella al Malecón era porque se sentía nostálgico;
extrañaba su Cantábrico hermano del Caribe, hijos los
dos de ese gran padre Atlántico que a partir de esta noche
los uniría y los separaría.
Un fotógrafo se les acercó y Llanio quiso hacerse una
foto, alegando que en su casa no había ningún retrato;
pareciera que tuviéramos miedo de perpetuar la figura en alguna
parte. Olimpia, tengo que decirte de una vez la razón por la
que te he traído aquí. Tendré que decírtelo
a quemarropa. Hace mucho que para mí es un sueño algo
que le ocurrió a mi amigo Federico; te encontré en la
fiesta y me bastó con verte la cara para saber que tú,
Olimpia, tendrías agallas para hacerlo.
Aisa no podía explicarle a quienes le preguntaban, la verdadera
razón por la que ellos tres habían llegado tan tarde
a la fiesta. Tenía que callarse la verdad; usualmente no se
realizaban casualidades tan extravagantes como las que rodeaban al
amigo de su esposo. Ella y Federico se habían adaptado a hacer
todo lo que él proponía, aun cuando en un primer instante
sus invitaciones parecían forzadas. Llanio, en cuanto bajó
del avión y antes de disfrutar de la tierra más fermosa,
comenzó a hablar de teatro y Aisa lo evitó bruscamente.
Hasta ese día ya le había soportado un montón
de cosas, sus juicios incontrastables y siempre de acuerdo con nada
y con todo. Ahora no estaba en condiciones de permitir que fuese él
quien definiera si ella era o no dramaturga, periodista o cazadora
de fortunas españolas de fin de siglo. En realidad hacía
mucho tiempo que ella no escribía nada; sus últimos
esfuerzos se habían estrangulado en un teatrico de mala muerte
que ahora ya ni siquiera existía en La Habana, donde siempre
ensayaba el grupo lidereado de alguna forma secreta por Carla, la
única capaz de moverlos en masa hasta ese rincón descolorido.
A veces, cuando estaban sentados con las piernas dobladas bajo los
muslos y demasiado pesadas como para ir a algún lugar, Carla
se ponía de pie y gritaba vamos, señores. Era magia;
rápidamente adquirían toda la disposición que
hacía falta para llegar al cuchitril que los esperaba para
ensayar.
Llanio advirtió que ese era el punto débil de Aisa y
ahí hundió su dedo, barrenó las ideas, acabó
con la poca gloria que se adosaba a ella. ¿Y por qué
nunca hicieron buenas cosas en ese teatro? La pregunta no merecía
responderse siquiera. Qué sabía Llanio de cómo
era La Habana, de cómo era el teatro de la gente que tenía
deseos de hacer cosas y veía puertas cerradas o, peor aun,
una sola puerta abierta para obligarte a pasar por ella. Los artistas
que lograban la concentración, tenían fe y sentido de
la verdad, no tenían teatro. El resultado, pausas y silencios
correctos de los personajes, perfecta voz y un local infame donde
los pocos que se atrevían a asistir abandonaban la puesta en
escena debido al calor, a la precariedad del piso y del techo que
el mejor de los días se les podía caer encima. Muchos
se fueron cansando, hasta Carla, que una tarde ya no pudo volver a
darse ánimo a sí misma y desterró la idea de
ser actriz, la cambió por la de ser una jinetera solapada,
con poco ruido y con más nueces, que se llevaba del teatro
las habilidades histriónicas de una actriz, la sonrisa o la
lágrima perfecta y el dolor de no ser nadie aunque muchas filosofías
hablaran de habitar en sí mismo. La mierda.
Ninguno de los del grupo dijo abiertamente que se largaba o que no
regresaría nunca más. Fue un poco a poco que laceró
los ensayos; siempre faltaba un personaje, lo que equivalía
a una mala jornada. Llanio sonrió; por fin la molestaba como
nunca, hasta el punto de tenerla con las lágrimas en la punta
de los ojos. Aisa reconocía ante él su condición
de perdedora y se recostaba a Federico que no había dicho una
palabra porque no estaba acostumbrado a manejar en La Habana. Ahora
correspondía el golpe final. Aisa, puedes construir un edificio
majestuoso para plantar en él tu teatro; te puedo dar un escenario
digno, con todas las luces y la decoración que me pidas, y
aun así no harás teatro. Tú y tus amigos no aprendieron
que lo imprescindible eran ustedes y olvidaron la antigua y eficaz
leyenda del actor por gracia de Dios, para que pudieran
dar ese sí mágico del que hablaba Stanislavsky.
Conozco a mucha gente que podría demostrarte, mi refinada Aisa,
que se puede hacer teatro en medio de la calle y que lo puede hacer
un solo actor. Aisa tenía deseos de pedirle a su esposo que
intercediera en la conversación y la salvara de Llanio, quien
no tardaría en comenzar su digresión sobre el tema de
siempre, el hombre y la mujer, sus miles de teorías sobre las
cuestiones que más afeaban la susceptibilidad femenina.
Como había comenzado a decirte, Laura es mi amiga; por suerte
tiene un nombre fácil de pronunciar. Los nombres de tu isla,
para los españoles, suenan raros; además, todos os los
ponéis larguísimos para luego usar tres letras. ¿Cuántos
nombres tienes tú además de Olimpia? Bueno..., Olimpia,
Olo para mis amigos y Verónica. Mi nombre completo es Olimpia
Verónica y mis padres me decían el segundo nombre cuando
estaban enojados; o sea, que me reservaban el Verónica para
los regaños. De todos modos hace mucho tiempo que ya nadie
me dice así. Bueno, Olimpia, me gustaría más
decirte Olo. Sí, me gusta Olo.
Ella fue la primera en sentarse con los pies hacia el mar. Dejó
los zapatos sobre el muro y le enseñó los dedos a Llanio
para que viera cuán blancos y largos los tenía. Ya estaban
más cerca uno del otro. Si Olimpia aceptaba ese momento, aun
cuando ni siquiera hablaban de Laury, era porque estaba de humor para
realizar el sueño. Quizás tenía deseos de dejarse
seducir y hacer locuras en medio de una oscuridad que aun no era total.
Olo..., me gusta ese nombre; tienes una forma de comunicar y de transmitir
sentimientos que te hace especial. Es un don que no tiene todo el
mundo. Te escribiré cuando llegue a Madrid. Lo malo es que
el correo de Cuba parece que va y viene en galeón; eso lo sé
por Laury. A veces me fastidio cuando las cartas no llegan en el tiempo
en que verdaderamente lo necesita esa chiquilla tan linda no
avanzó mucho más en la conversación ¿pero
por qué te separas hacia la derecha, Olimpia? Si quieres nos
vamos. Con ese regaño al menos logró que ella dejara
de correrse cada vez que él se le acercaba. Ven, dame tu mano,
que ya es la Navidad y todo el mundo tiene que ser bueno. Conseguía
tocarle el pelo y, aun cuando la conversación iba por el rumbo
equivocado, estaba seguro de que Olo, como había comenzado
a llamarla, terminaría acostada sobre sus piernas, dándose
el gran banquetazo. Dejó de mirarla y accedió a responder
una pregunta más sobre Laura. En realidad, no conocía
a la niña en persona. Por sus cálculos, ella sería
casi una mujercita y en una mente tan egoísta y desequilibrada
como la de él, Laura era la última gota, lo único
de bondad que servía para algo. No soy así tan suave
y fácil de manejar como estoy siendo contigo esta noche. Tal
vez tu hija y Federico sí tienen la razón cuando dicen
que esta es una ciudad mágica. A partir de hoy, tendrás
sobre mí un criterio muy diferente al de ellos dos, que creen
conocerme demasiado. A veces ni siquiera yo mismo me conozco.
Ricardo entró a la sala con las cartas en la mano, augurando
un ajedrez aburrido para los que esperaran fuera del juego. Ojalá
no estén olvidando la semejanza entre el ajedrez y el Tarot,
que no está en la manera de jugarlo sino en las figuras y sus
significados. Ricardo se sentó de espaldas a los invitados
y desde allí siguió hablándoles, por lo que Aisa
supuso que comenzaría una vez más con lo que ella llamaba
oscurantismo; no esperó y se fue al cuarto de su madre, donde
nadie la hiciera escuchar las ignorancias de Ricardo: ustedes están
olvidando que el ajedrez deriva del Tarot; hasta se parecen en el
número de piezas. El rey del ajedrez es el emperador en el
Tarot, así como la reina es la emperatriz; el alfil, la sacerdotisa;
el caballo, el mago; y la torre, una carroza que no es más
que el triunfo. ¿Juegan, o no?
Sabina volvía a cancelar los espacios vacíos que la
comunicaban con Ricardo. Ahora el negro le miraba a los ojos esperando
aprobación al menos de su parte. Ricardo, negro, malsano y
vigoroso, fuerte como todos los de su raza. Carla era la que más
se acercaba a la invitación y ayudaba a buscar una mesa circular
o alargada por toda la casa. Tiene que ser de madera oscura, gritaba
Ricardo entusiasmado; por fin lograba conmoverlos. Se deben evitar
las mesas plásticas, así como las cosas que estén
de más y sobrecarguen el ambiente. Quien quiera consultarse
deberá sentarse frente a mí.
Federico se ubicó en una silla, de madera oscura también,
quedando cara a cara con Ricardo. Carla dejaba notar su molestia;
quería que se leyera su vida en las cartas, para ser el centro
una vez más, aunque en realidad desconfiaba de la veracidad
de lectura de Ricardo y de las cartas en sí.
El negro pedía que los que observaran se mantuvieran abstraídos
y en absoluto silencio. Mientras menos personas, mejor tirada y posterior
lectura. Federico, ¿estás relajado? Olimpia siempre
prohibía que su esposo usara los naipes delante de la gente.
La mayoría de las personas no creían en eso y luego
ponían a Ricardo en ridículo. Pero ahora eso no importaba,
su mujer tardaría unas dos horas como mínimo en volver
del Vedado, así que se apuró en poner sobre la mesa
la baraja española, que era la más parecida al Tarot.
Mírenla, tiene cuatro figuras principales (palos) que son el
oro, el cual se refiere en lo material al dinero y secretamente a
Dios. El basto, bueno, es el cetro, la fuerza y el poder. Las espadas
hablan de castigo, justicia y, a veces, de muerte; y las copas se
refieren a una orden religiosa como organización.
Acercó sus labios al cuello de Olimpia y ella se contorsionó
de una forma felina. Hice bien en invitarte a venir. Por suerte no
necesitamos tener la certeza absoluta para todas las cosas, si no
habríamos de renunciar a todo. ¿No te parece, Olo? Dame
los besos bien apretados, que igual se pierden y los pilla algún
buitre que esté en el Malecón. ¿Y qué
hago entonces, llorar como un chiquillo al que le pincharon su pelota?
Olimpia quería saber por qué él siempre hablaba
de que se sentía solo, cuando esa no era la imagen que aparentaba;
para nada se notaba que era capaz de sentir tristeza. Llanio le besaba
los senos por encima de la blusa... Lo de mi soledad tendrás
que entenderlo en un entorno muy diferente al tuyo. Allá, cuando
se pasa de cierta edad, las mujeres sobre todo, y eso no es machismo,
pierden mucha ilusión; los hombres nos volvemos un poco maniáticos,
no pases pena por ello; la soledad es buena como el silencio. Yo no
he renunciado a nada; pero no me disgustan la soledad ni tu compañía.
Olimpia se adelantaba y le mordía los labios, mientras él
recordaba la chica que había impresionado a su amigo Federico,
linda, tremendamente elegante, nunca con el cuerpazo ni las carcajadas
de Olimpia, que a él le producían unas ganas inmensas
de recostarla al muro y hacerla comer de un golpe.
Por la misma soledad de la que te hablo es por la que he dejado a
Laury entrar en mi vida. He sido un tonto; le he hablado a esa niña,
en mis cartas, hasta del premio Salamanca de Literatura que le dieron
a un tío colombiano, Alvaro Mutis. Ya antes le había
contado yo a Laury que este hombre recibió el Príncipe
de Asturias. ¿Y sabes qué hacía esa niñita?
Pues escucharme; tiene una vejez prematura por culpa de su enfermedad.
En una carta me contaba que Góngora le parecía un buen
poeta pero se le volvía de difícil lectura. ¡Me
imagino! Bueno, todo es aleatorio y discutible. A mí, en lo
particular, el poeta de lengua castellana que más me gusta
es Machado. La generación del 27, como grupo, ha sido la mejor
de este siglo y tú haz todo eso, Olimpia, cautívame
con tus manos y con tu boca, mientras yo te cuento tonterías.
Sabía que no me equivocaba al escogerte.
Ya no veían pasar a la gente. Sólo faltaba el cucurucho
de maní para que se repitiera la historia que tanto había
hecho fabular a Llanio. Olimpia continuó besándolo hasta
que hizo una pausa para saber, por fin, cuál era al enfermedad
que tenía Laury. Llanio trató de no contestar para que
nada interrumpiera la realización del sueño que lo había
traído desde Madrid. A veces, mientras dormía, le sucedía
algo semejante; se despertaba de un sueño que quería
continuar y le bastaba con cerrar los ojos para volver a hilvanar
el hilo del subconsciente; había aprendido a continuar los
sueños desde que era un niño. Incluso, le confesaba
a Olimpia, no tenía predilección por sueños malos
o buenos; a todos les buscaba el final, hasta que se agotaban en ese
punto donde ni siquiera podía recordarse toda la historia al
día siguiente. Qué enfermedad tiene Laura, repitió
Olimpia con los labios enrojecidos por la saliva de los besos. Tiene
problemas con los riñones; a veces le cambian la sangre y ella
me escribe, Llanio, mañana me van a poner sangre nueva por
un suero y me van a sacar la mía por otra parte. Llanio, hace
muchos días que no me dejan ir a la escuela y la secundaria
no es difícil; pero hace tanto que no voy a clases, que creo
que ya lo olvidé todo y es muy probable que pierda el curso;
me va a dar pena que me vean repetir el grado. Laura me pide, en todas
sus cartas, que le hable de lugares lindos y de las cosas que yo hacía
a su edad. Le he contado miles de cosas, imagínate las zurras
que me gané en la vida. Antes de venir yo a Cuba, la madre
de Laura me había contado que la chica no hacía más
que irse en diarreas y vomitar, que ya tenía problemas con
el corazón y las diálisis se le hacían más
cercanas unas de otras que los puestos de vender confituras en Madrid.
Si vieras la cara del cartero cada vez que me entregaba las cartas
de Laura; me miraba como diciéndome cuarentón zorro
o algo así. He aceptado la invitación a tu país
porque Laura me confesó, hace poco, que quería despedirse
de mí; ya está casi muerta y se mantiene viva solamente
hasta verme. Cometí el error de contarle que estaría
aquí para finales de Diciembre, cuando unos amigos me trajeran
de vacaciones. Olimpia lo escuchaba a la vez que le besaba los labios,
los brazos; se disponía a acostarse sobre el muro para culminar
el sueño que tanto ansiaba Llanio, sólo que después
de escucharlo ella misma no tenía ganas de ser tan salamera,
sino que deseaba abrazarlo, hacerle reconocer que era un hombre de
buenos sentimientos aunque se pasara la vida tratando de demostrar
lo contrario. Deseaba más reclinarse sobre él que perderse
en su pantalón que ya ni siquiera pujaba por abrirse. Llanio
tampoco quería realizar el sueño; le confesaba a Olimpia
que a veces se sentía algo viejo, cansado, melancólico
como los vascos, hipócrita consigo mismo como los andaluces,
que se creían buenos en todo.
Ricardo leyó las cartas en silencio y dijo que, por primera
vez en su vida, faltaría al deber de comunicarle al consultante
lo que decía en ellas. Eso bastó para que todos quisieran
saber. No se trataba de la verdad o la mentira, sino de lo que Ricardo
había visto y a ellos les quedaba vedado. El negro lucía
pálido, tembloroso y eso los ponía desconcertados; él
jamás se mostraba preocupado o débil delante de los
demás. Sabina dio unos pasos para hablarle y llegó a
la conclusión de que era mejor retroceder y dejar que se las
arreglara solo. Ya nadie se preocupaba por la música o los
platos con frituras. Muchos rodeaban a Ricardo para hacerlo hablar
mientras él se negaba. No lo diría; a veces era mejor
no saber, ignorar lo que habría de suceder en muy corto tiempo.
Ricardo preguntó por Olimpia y Federico le contestó
que todavía no era tiempo suficiente como para que pudiera
regresar del Vedado, si cuando Llanio comenzaba a hablar era incansable,
un verdadero papagayo. Para hacerlo olvidar a Olimpia, Federico le
confesó que, sin intenciones de desacreditar las cartas, no
creía mucho en ellas, así como tampoco se fiaba de relaciones
ocultas, secretos de estado ni anécdotas picantes sobre personajes
reconocidos o tesoros de pueblos antiguos. Todo podía estar
alterado por historiadores o tiradores de cartas; de alguna forma
siempre mediaba la emoción de otros. Así, Ricardo, que
puedes tragarte eso que te pone tan mal, si te complace. Ya está
arreglado, no me importa un bledo la tirada. Pero el negro quería
decirles el secreto, expulsar lo que tenía asustado, para no
verse en la situación de convivir solo con tantas preocupaciones.
¿Por qué no llega Olimpia? Preguntó la hora y
eran ya las doce, por lo que daría un plazo para que llegara
su mujer o iría a buscarla en el Peugeot. Carla lo siguió
a la cocina; estaba segura de que, si sabía pedírselo,
a ella el negro no podría negarle ningún secreto.
Sólo quedaban las personas más cercanas a la familia,
las únicas que estaban en las buenas y en las malas, no como
tanta gente que sólo servía para comer. Tu hija postiza
está escondida en el cuarto, dijo Carla para llamar la atención
de Ricardo, yo creo saber por qué está tan rabiosita.
Él seguía sin mirarla; los que lo conocían lo
dejaban solo cuando se ponía molesto. Era inútil hacerlo
razonar; se volvía disparatado y hasta agresivo, capaz de arremeter
con palabras contra cualquiera. Carla regresó a la sala; se
mantuvo tan callada que muchos creyeron que estaba preocupada y la
interrogaron hasta que ella bajó la mirada al advertir la duda
en todas las caras y les siguió el juego. Carla fingió
que estaba triste porque lo sabía todo; muchos se le acercaron
para palmearle el hombro y Sabina se apuró en decir que sólo
Dios era capaz de conocer los secretos del hombre y que Carla no sabía
nada de Ricardo; no era mujer que pudiera callarse las cosas. Si esta
muchachita tuviera alguna idea, pueden estar seguros de que ya la
sabríamos, la tentación siempre ha sido más fuerte
que ella misma y no olviden que Ricardo tampoco le cuenta sus cosas
a cualquiera. Sabina dijo que se iría y Bertha le pidió
que no lo hiciera hasta ver qué pasaba con Ricardo o hasta
ver si llegaba Olimpia.
El negro salió de la cocina hacia el cuarto; quería
vestirse para salir a buscar a Olimpia, así que nadie se pusiera
a estarlo agarrando. Eloy bebió del vaso de Ricardo que estaba
sobre la mesa, lo sacudió constantemente para que las pequeñas
gotas que quedaban se depositaran en su lengua y sólo sintió
un gusto raro, dulzón, el inconfundible sabor de la sangre
mezclándose con su saliva. Se llevó un dedo a la boca
y comprobó que no había sangre alguna aunque el gusto
era idéntico. Nunca había tenido tantas dudas al beber
de las sobras de alguien. El secreto de Ricardo estaba, precisamente,
en ese sabor a sangre. Eloy se sintió nervioso, aturdido; era
la primera vez que no podía descifrar el pensamiento de una
persona tan común como las otras; escupió y miró
al suelo esperando encontrar algún indicio rojo y sólo
halló su propia saliva espumosa y abundante.
Ricardo estaba en el cuarto, sentado sobre la cama, mientras Carla
y Bertha intentaban detenerlo para que no fuera a buscar a su esposa
a esa hora si ya era tan tarde, más de la una. Ya no escuchaba,
pedía que lo dejaran en paz porque iría a buscar a su
mujer de cualquier modo, si nadie tenía que acompañarlo;
todos, para que lo oyeran bien, todos podían irse a sus casas
tranquilamente y descansar en paz. No tuvieron más remedio
que seguirlo hasta el garaje y Eloy fue el primero en subirse al Peugeot
sin contar con nadie; lo siguieron Aisa y Sabina y esta última
no lo hacía por Olimpia sino por su hija, a la que le había
dedicado más tiempo que a cualquier cosa en el mundo.
Bertha y Carla se quedaron a cargo de la casa; entraron cogidas de
la mano como si se conocieran de toda la vida. Sentadas en la sala
miraron, ahora con otros ojos, el verdadero desastre de la fiesta.
Vasos bajo las sillas, marcas de zapatos en el suelo como último
resuello del baile, el churre y toda la bebida que se había
derramado. Carla le explicaba a Bertha su preferencia por marcharse
de los lugares antes de ver el final de las cosas que vendrían;
los finales le parecían extremadamente penosos, como si lograran
burlarse de uno mismo, casi una predestinación de la muerte.
La casa en ese estado más bien parecía la antesala de
la muerte, algo capaz de interrumpir el curso de una vida normal.
Bertha, como de una muerte que nadie espera, ¿no te parece?
Cállate, muchacha, no ves que casi se me caen los vasos de
las manos. Recogieron las cosas en silencio. Carla dijo que prefería
la música y, para no molestar a su ayudante, mantuvo el equipo
en un volumen neutral y caminó de un lado hacia otro con la
bandeja repleta de copas, eso le hacía recordar cuando hizo
el papel de Jovina, aquel personaje que Aisa había creado expresamente
para regalárselo por su cumpleaños. El guión
resultó bueno y la actuación tuvo éxito. ¿Por
qué su amiga nunca se habría atrevido a adaptar El
Maestro y Margarita?
En medio de toda la locura de esa noche, Ricardo era el único
que recordaba la dirección del Vedado. Él mismo le había
dicho a su esposa que podía acompañar al español.
Tal vez la suerte estaba echada de antemano y ella se habría
ido con él de todas formas. El Peugeot ya se encaminaba por
23. Federico reconoció el auto rentado frente a una casa amarilla
que, a pesar de la hora, mantenía la puerta y las ventanas
abiertas, la única en toda la calle que no había apagado
las luces. Ciento veintiséis. Esa, esa misma, exclamó
Ricardo. No podían llegar de pronto a un lugar al que no habían
sido invitados. Sabrá Dios qué cosas está haciendo
Llanio ahí dentro, dijo Aisa, siempre esperando lo peor del
mejor amigo de su esposo. Sabina y yo los esperaremos aquí
en el carro. Vayan, vayan ustedes, agregó, y ya regresarán
confundidos después de asistir a cualquiera de las orgías
de ese loco. A Federico no le gustaba oírla hablar así;
en definitiva, era Llanio quien inventaba exposiciones, cenas a media
luz, música hasta la madrugada y conseguía sacarlos
a ellos dos de la rutina del matrimonio. En lugar de criticarlo debía
estarle agradecida de que les hubiera enseñado los lugares
más lindos de Madrid. Federico apenas conocía la ciudad;
había vivido mucho tiempo en Bilbao y ella qué podía
decir, si Llanio la llevaba a los teatros más importantes de
España, aun cuando la azocara continuamente con sus conversaciones.
Aisa era la que menos podía criticarlo si él hasta le
había conseguido un espacio en una revista importante y ella
se había negado a publicar en una revista del exilio. Aquella
tarde Llanio terminó por reírse en su propia cara; ella
se negaba a asumir el exilio cuando se había desterrado con
tal de no volver a ver los cuchitriles en los que se hacía
teatro en La Habana. Llanio rió tan fuerte que ella sólo
pensó en golpearlo, tal y como le sucedía siempre que
se sentía acorralada por su culpa.
Federico tomó a Aisa por los hombros y le pidió que
no hablara mal de su amigo, si sólo era divertido, casi infantil.
Vamos, perdónale, quieres. Ya le pediré que no siga
jorobando en las conversaciones contigo; no le permitiré que
te vuelva a hacer la trola para burlarse. Un beso, ya todo pasó,
¿verdad?
Ricardo no esperó más; era muy tarde y quería
saber de su mujer; la casa era la ciento veintiséis, de eso
estaba seguro. Eloy fue tras él. Ricardo no estaba en condiciones
de explicar qué querían a esa hora. Fue Federico quien
habló y los dejaron entrar sin muchas preguntas; bastó
con mencionar a Llanio para que una mujer, con los ojos llorosos y
enrojecidos de tanto secárselos, los hiciera pasar al cuarto
de Laura.
No pensaron que el español estaría justamente sentado
a los pies de la cama de una niña a la que, hasta los médicos,
le habían permitido irse a su casa; ya no quedaba mucho por
hacer, ni los padres querían continuar con las transfusiones.
Laura decía que, de tanto cambiarle la sangre, sólo
conseguirían quitarle el cariño del cuerpo, lo poco
que había aprendido en la escuela, la despojarían de
la memoria; quizás por eso ya no recordaba ninguna cosa. Laura
pedía que le dejaran la sangre, los riñones, el alma
en paz para morirse al fin como cualquier persona.
La madre de la niña le estuvo explicando algunas cosas mientras
caminaban por el pasillo hasta el cuarto; se extrañaron al
entrar porque Llanio, Olimpia y Laura, no tenían el mismo estado
de ánimo que se respiraba en la casa; hasta podría decirse
que los tres estaban felices y que la niña no tenía
nada que ver con ese estado morboso que describía su madre.
Laura abría los ojos a cada rato y se aferraba con fuerza al
brazo del español, para luego dejarse caer sobre la almohada
nuevamente mientras soltaba una risita tranquila.
Federico y Ricardo entraron primero y Eloy los siguió a pasos
cortos, con las manos cruzadas sobre el pecho; jamás le había
gustado eso de asistir a las camas de los enfermos. La gente decía
que si uno compadecía al que agonizaba no lo dejaba morir entonces
y el pobre sufría mucho más, tal y como le pasaba a
los cerdos cuando se les daba la puñalada con lástima.
Ricardo besó a su mujer y se quedó observándola.
Todo en orden, la ropa limpia y bien dispuesta sobre su cuerpo, los
ojos salpicones y sólo la boca un poco despintada. Hacía
ya unos cinco minutos que Laura no conversaba y ni siquiera le había
vuelto a sonreír a Llanio aun cuando se mantenía agarrada
a él. La madre entró al cuarto y ellos le pidieron que
saliera; si seguía llorando tan fuerte podría asustar
a la niña. A Eloy le molestaba que todos estuvieran ubicados
en un círculo alrededor de la cama de una niña tan enferma
y se alejó discretamente. En cualquier caso, era a los médicos
a quienes les correspondía hacer algo por ella. Pero el doctor
había estado en la casa hasta las doce y luego se había
ido, alegando que ante cualquier emergencia podrían llamarlo
por teléfono; su casa sólo quedaba a seis minutos de
camino.
Laura, Laurita, abre los ojos. Se veía pálida pero
fuerte por la forma en que retenía a Llanio. Laurita, abre
los ojos que no vas a morirte ahora. ¿Bien? Nadie se muere
en el momento preciso y menos mientras haya tanta gente a su alrededor.
Además, te confesaré que cada uno de nosotros tiene
capacidad suficiente como para entretener a la Parca; sé que
te gustaría saber cómo lo hacemos. Nunca te conté
en mis cartas cómo es que solemos desviar a la muerte en España.
Sólo podemos burlarla con otras muertes; es golosa como todas
las tías y se deja engañar fácilmente. O sea,
Laura, que mientras estemos a tu alrededor brindándole a la
muerte personas más interesantes que tú, ella no va
a hacerte caso siquiera; puede que hasta se ría de tu cara
paliducha. Ah, ya veo como abres los ojillos. Te va a gustar el juego;
después, si quieres, cierras y puf, nos dices adiós.
Pero no has hecho nada, niña; no eres una víctima exquisita
a la que ella querría cautivar; ni siquiera la has tentado
alguna vez y eso vale en este asunto, puedes creerme. Mientras la
estéis esperando no vendrá. ¿Has oído
hablar de Safo? Safo reunió en su casa a muchas doncellas de
familia noble, de ahí que la historia juzgue su refinamiento
sensual; lo que más se menciona de ella no son sus amores por
el joven Faón, sino lo de una tal señorita que abandonó
el internado para irse a otro que funcionaba en la isla. Safo se lamentó
amargamente, creo que nunca te hablé de esto en mis cartas,
e invocó a Afrodita para que hiciera regresar a esa muchacha.
Pues bien, Safo se lanzó al mar desde una roca. No importa
que Platón la llamara la Décima Musa, si
ahora yo la lanzo al mar desde esa roca, la tiro a la boca abierta
de la muerte para que pierda la sensualidad y comience la verdadera
cesación de la vida. Pues bien, Laura; me alegra que despiertes
para que puedas escuchar esto, justo cuando la muerte, que está
ahora aquí mismo entre nosotros, me pide algo más para
llevarse a la boca. No le basta con Safo y entonces le entrego a Virginia
Wolf o un espectacular suicidio en el Mar del Plata, para que recoja
el cadáver de Alfonsina Storni, porque nunca bastó con
que esa mujer se despidiera con su Voy a morir, si los
peces y los animales del agua no entienden de eso. La muerte les comió
la boca, los ojos, las algas se les enredaron en el pelo y sus estómagos
amanecieron llenos de agua. Aún la persona que más desee
morir, trata de salvarse cuando siente llegado el momento; creo que
es una reacción natural. Hay quienes fallecen a medias. Siempre
me ha hecho mucha gracia Antonio López de Santa Anna, quien
hizo capitalizar a las tropas españolas en Tampico, apoyó
a los liberales, fue presidente de la república unas cinco
veces y luego se colocó al frente de la reforma religiosa;
demostró ser insufrible al asistir al entierro solemne de su
propia pierna perdida frente a una escuadra francesa. Esos son los
cuerpos que le gustan a la Parca para lograr en ellos la lividez cadavérica,
esa exquisita coloración rojo oscura en las zonas declives
del muerto. Laura, no cierres los ojillos que la muerte tiene signos
inconfundibles y ellos no están todavía en ti. A que
no sabes que no basta con dejar de respirar o con que se detengan
tus latidos. Es bueno que quieras saber todo... Así, abre los
ojos y respira lentamente. Ya ves, los españoles sí
podemos engañarla. Cuando alguien muere se enfría, se
pone rígido, putrefacto después de veinticuatro horas
y aparece una mancha verdosa en la parte derecha del abdomen... Aquí
abajo... Me alegra saber que tú no la tienes. Laura soltó
una carcajada; hacía rato que no se mostraba tan complacida
y dejó de agarrar a Llanio para poder taparse la boca. No,
pequeña, no rías así; tampoco debemos ser tan
violentos. Sonrisas como esas sí logran tentarla; bastante
tenemos ya con Casal, que a pesar de su lírica hastiada y escéptica
y de su amargura ancestral, murió en medio de un ataque de
risa. Llanio buscó la cara de Olimpia; estaba seguro de que
ella no sabía nada sobre la muerte de Casal y menos si al poeta
le gustaba quemar perfumes y maderas de Oriente ante la imagen de
un Buda. Olimpia también reía, la cara le lucía
roja no sólo por lo de una muerte tan absurda, se ponía
nerviosa al ver que el español la miraba sin tener en cuenta
a Ricardo.
Continúo con mi tarea de entretener a la Parca. A la muerte
le gusta lo patético, le agrada ver que un tío se desangra
en una galería simplemente porque tuvo la osadía de
cortarse los testículos como parte de un happening. Si a ella
no le gustara lo imprevisto, Isadora Duncan no habría muerto
estrangulada por su propia bufanda. Estoy por creer que dejar de existir
es algo paradójico a nuestra vida y que a cada uno se le otorga
un final tan normal, romántico o cínico como para contradecir
toda su existencia. Los suicidios y envenenamientos son el plato favorito
de la muerte. Todavía disfruto cuando leo la vida de Claudio;
me río al pensar que dieron con él, escondido tras un
cortinaje y sin deseos ni capacidad para gobernar, y así mismo
lo proclamaron emperador después de la muerte de Calígula.
Muy escandalosa la vida privada de Claudio, hasta que Agripina lo
mandó a envenenar por la célebre Locusta. Tú
no eres la víctima preferida, niña, así que por
hoy mejor te duermes o te pones a reír con nosotros. Si yo
fuera tú le pediría a ese negro que ves ahí,
se llama Ricardo, que se dé alguna maña para entretenerla.
Se me están acabando las palabras y qué tal si nos quedamos
callados como una yuca y de pronto no tenemos nada que ofrecerle;
puede que la Parca se acuerde y te pille entonces.
No, no quiero, ni siquiera tengo idea de cómo burlarme de la
muerte. Ricardo se sentó en la esquina de la cama y evadió
el compromiso. No sé, así que no insistan. ¿Entonces
te da igual que esta niña se muera, verdad?, le reprochó
Olimpia. A su mujer no podía negarle algo y menos decirle que
él no sabía nada de la muerte, si ella conocía
perfectamente hasta dónde llegaban sus pensamientos. Hablaré.
Les confieso que no podré hacer mucho; ni siquiera estamos
ante un Abikú. Todos se quedaron observándolo. Ah, ya
veo que no saben nada sobre eso; será un poco difícil
que entiendan algunas cosas pero me esforzaré. Abikú
es como un espíritu viajero que encarna en los niños
y los hace morir en edades tempranas de la vida. Hay otros niños
que, aún teniendo ese espíritu encarnado, no mueren;
son portadores de cierta jetatura que puede matar o impedir el nacimiento
de sus futuros hermanos. A estos niños, al menos uno puede
someterlos a una ceremonia para sacarles el maleficio. ¿Nunca
han oído cuando se dice que alguien es Abikú? O sea,
el niño que viene para acabar con toda la familia. No sé
por qué me ponen en el compromiso de hablar en público
si eso es lo que más detesto en la vida. Por qué yo,
si apenas sé expresarme bien. Esta mujercita que ustedes ven
aquí, dijo mientras sostenía a Olimpia por los hombros,
es hija de Oshún y puede explicarles mejor que yo mismo. ¿No
lo notan en la coquetería y la sensualidad que desborda? ¿No
le parece, Llanio? El español asintió; no dijo nada
porque todos estaban entusiasmados con lo poco que conseguían
sacarle a Ricardo. Mi mujer es bella, tiene el don de la alegría
eterna, bailadora y, como Oshún, muy capaz de resolver problemas
y, a la vez, de provocar espantosas riñas entre los orishas
o los hombres. Oshún tiene varios caminos: Oshún Yeyé
Moró o Yeyé Kani, la más coqueta, alegre o disipada
de todas; se pinta, se mira en el espejo, se perfuma; le coquetea,
incluso, a los muertos.
Eloy permanecía recostado a la puerta del cuarto previendo
que ya era hora de marcharse; desde allí escuchaba a Ricardo,
que tenía la razón: Olimpia sí era coqueta, en
exceso, hasta el límite de confundir. Cuántas veces
él mismo no se había ilusionado por la forma en que
ella miraba. Olimpia no tenía los ojos lindos; sólo
sabía usarlos muy bien; pedía todas las cosas clavándole
a uno la mirada llena de lujuria y se pintaba los labios de una forma
que la hacía lucir bembona. Luego, los hombres eran tan bobos
que querían comerle la boca y los ojos para que ella no siguiera
mirando; invitaba a desnudarla; hacía la confidencia con la
mirada, casi a las claras, pero uno no podía decírselo,
sus gestos nunca venían acompañados de palabras o de
alguna otra prueba que permitiera decirle que fue ella la primera
en iniciar la coquetería.
Ano burukú, ano burukú, dijo Ricardo. Que se vaya la
enfermedad, que se vaya. Oyá es la que vive en la puerta del
cementerio. Ustedes conocen a Oyá, no por ese nombre, ni tampoco
por Centella Endoki, Remolino, Noche Oscura, Viento Malo, Vira Vira,
que es como se le nombra en la Regla de Palo. Sí han oído
hablar de la Virgen de la Candelaria o Virgen del Carmen en La Habana
o Santa Teresa de Jesús desde Matanzas hasta Las Villas. A
Olimpia le pareció que su esposo comenzaba a hablar más
de la cuenta y lo interrumpió. Yo también me le he escapado
un par de veces a la muerte y, como todo el que se le escapa, ahora
cuido un poco más la vida. ¿Laurita, si salieras de
este instante, si de pronto supieras que todo ha sido un sueño,
qué harías? ¿Volverías a hablar de dolor,
del miedo que tienes de que te cambien la sangre una y otra vez? La
muerte no sólo se evita con fe, médicos, polvos, baños
u orinando sobre los daños que otros nos envían; se
evade con mucha vida. Yo sentí el mar en la boca, el suicidio
de lanzarme al agua. Lo recuerdo como si estuviera sucediendo hoy
mismo. Mi abuela, que en gloria esté y en paz descanse, en
cuanto el sol se ponía un poco fuerte quería hacerme
dormir la siesta. Imagínate, Laura, quién podía
hacerme perder en una playa el verdadero sol de las doce, justo cuando
la arena se ponía rica de verdad. Mi abuela se valía
hasta de la fuerza para dejarme en la cabaña y ella era una
mujer robusta y de mal carácter, no había quien se atreviera
a enfrentársele. Recuerdo que me hice la dormida y luego salí
por una ventana y fui sola hasta el muelle de la playa que quedaba
cerca de allí. Mi abuela me reconoció y, a pesar del
mareo que ella sentía al caminar sobre aquella madera carcomida
por el salitre, subió a buscarme. No sé lo que sentí
al ver que ella olvidaba su miedo con tal de hacerme obedecer. Corrí
mucho, ni siquiera me atreví a mirar hacia atrás; corrí
hasta que se acabó el muelle y corrí por el aire, eso
puedo jurarlo, hasta que caí donde el mar superaba mi estatura
unas tres veces. Sólo pensé en morir. Quise ahogarme
con tal de escapar de ese momento. Estuve segura de querer morir y
tragarme toda la playa; pero algo en mí se negaba a aquel aturdimiento,
y eso, Laurita, era lo que me hacía patalear en el fondo y
me empujaba hasta la superficie para obligarme a respirar. Yo me dejaba
caer de nuevo, pegaba mis brazos a ambos lados del cuerpo y sumergía
la cabeza; todo era en vano; terminé agarrada al muelle y cuando
vi que había sobrevivido no tuve fuerza de voluntad como para
dejarme caer. Así estuve aferrada a la madera, hasta que llegaron
unos pescadores y aquí me ves, soporté el regaño
de mi abuela y ahora me gusta el mar para cualquier cosa menos para
bañarme en él. Ahora, si no les molesta, prefiero ir
afuera; quiero hablar algo con mi hija Aisa.
Ricardo sintió que no era a ellos a quienes correspondía
cuidar a la niña y se lo hizo saber a Llanio. En ese momento
Laura llamaba al español para pedirle que le quitara las sábanas
de encima porque ya había pasado la fiebre y tenía mucho
calor; se sentía pegajosa. Quedó en el centro, justo
en medio de todos ellos que no pudieron evitar mirarla. Hasta ahora
la habían imaginado muy delgada, pálida, nunca con las
clavículas prominentes y las caderitas tan anchas. No se correspondían
la parte superior e inferior de su cuerpo; no tenían relación
entre sí. Llanio le sugirió que se tapara para que no
volviera la fiebre y ella lo llamó para que se sentara a su
lado. Todos advirtieron que los que la rodeaban eran hombres, confundidos
por la idea de que esa niña ya era casi una mujer. Sintieron
un sentimiento confuso al verse varones, hombres, acostumbrados a
devorar a las mujeres con los ojos, a atacarlas por todas partes sin
perdonar siquiera la enfermedad; desear a Laura era inconcebible,
macabro. La miraban de reojo y con tanto de curiosidad como de lujuria;
le pasaban la vista por encima como parte de un recorrido habitual
de la mirada.
Laura bostezó y ellos supieron que una vez más la muchacha
se dejaba vencer; les decía que algo a lo que los médicos
llamaban azoados, ya volvía a invadirle la sangre y que su
corazón ni siquiera bombeaba. Miró a Llanio para explicarle
que se sentía bien, de pronto hasta podía recordar la
tabla del seis y comenzó a recitar lo que ella creía
que era la tabla del seis, una serie de números incongruentes
sin ningún orden entre sí. Si ahora le sacaban la sangre,
les dijo, ella no recordaría cómo escribir una carta,
aun cuando tenía una vaga idea de cómo era eso de escribir
siempre hacia la derecha, zigzagueando sobre la línea o bien
derechito cuando la hoja tenía rayas. ¿Verdad, Llanio,
que eso es cierto? Los miró y soltó una carcajada mucho
más fuerte. Sólo se cambiaría la sangre de nuevo
si cada uno de ellos daba un poco de la suya. Ninguna otra, sólo
quería la sangre de ellos que eran tan buenos. No necesitaba
el esfuerzo de otros sino el de quienes la habían acompañado
tantas horas de dolor.
Eloy tosió y ninguno de ellos pareció oírlo.
Laura volvía a intentar morirse y nadie hacía nada,
tal vez por culpa del sueño. A él le pareció
que se entretenían demasiado y, por ese rumbo, la niña
no tardaría en morir. Laura reía, hablaba y sólo
él podía entender que aquello no era más que
el gesto mecánico de sacar las últimas fuerzas de su
cuerpo para luego caer de pronto sobre la almohada. De nada valdría
llorarla más tarde, si ahora la muerte los tenía embobecidos
para poder acercársele. Eloy se acercó a la cama por
primera vez en la noche y, antes de hablar, pidió disculpas
por si acaso alguien creía que él estaba borracho; sólo
quería ayudar. No los criticaba; ellos habían intentado
salvar a la pobrecita desde lejos. Le habían ofrecido a la
Parca muertos viejos y extraños, ya fríos por el paso
del tiempo, cuando en realidad para burlarla tenían que ofrecerle
un cuerpo que ocupara el lugar de ese que estaba padeciendo ahora
sobre la cama. Laura odiaba el recambio de sangre y él también
odiaba la sangre, las ropas manchadas con la muerte de los animales.
Siempre envidió la fuerza con la que los demás hundían
el cuchillo en la piel de los cerdos. Ella, al menos, estaba unida
a la sangre por algo vital. Y él, eso era lo único que
había aprendido, a matar animales para ganarse la vida; con
el tiempo hasta le decía a los cerdos que no los mataría
completamente, sino que los haría agonizar justo en ese límite
que separa la vida de la muerte.
Siguió hablándole a Laura con mucha fuerza; le dijo
que Olimpia había hecho muy bien en contar cómo se salvó
a sí misma, que Ricardo había sido sincero y que Llanio
pudo eludir la muerte de un modo casi magistral. Ninguno se ofreció
verdaderamente para ocupar el lugar de ella. Eloy tragó en
seco y se acercó un poco más a la cama. Quiero que todos
escuchen muy bien lo que voy a decirles. Yo me cambio por ella. Hoy
caí de una escalera y estas son las horas en que no sé
si estoy muerto, si sigo borracho como lo he estado toda mi vida o
si continúo vivo. Yo me cambio por ella; le doy mi lugar en
la vida, que ya no es grande, y tomo el suyo. Seré yo quien
muera esta noche y me ofrezco. A mí la Parca, como ustedes
le dicen, ya no puede arrebatarme nada. Eloy iba a decir más
pero no pudo; algo impedía que tomara el aire que necesitaba
para respirar. No podía definir exactamente lo que era; le
dolía el cuerpo y las palabras casi no le salían de
la boca mientras ellos seguían sentados sobre la cama como
si nada estuviera pasando. No pudo gritar; recordaba a Olimpia aferrada
al muelle; más o menos eso estaba haciendo él mismo
en ese momento para detener el cambio recién hecho, justo cuando
sentía que la boca se le quedaba sin saliva y que Laura no
dejaba de reír. De pronto volvía a recordar el golpe,
el susto que se llevó Bertha al verlo rodar por las escaleras
como un berraco. También un hombre serio, agotado y bueno,
tenía derecho a caer. Llanio, Ricardo y Federico lucharon por
olvidar a esa niña que continuaba quitándose la ropa
para acercarlos a la cama. Tenían que olvidarla lo antes posible.
Entonces nunca fueron a su casa; jamás la conocieron. Laura
se les quedaba mirando; sí estaba dispuesta a cambiarse por
alguno, quizás el más enfermo, el débil, alguien
que estuviese borracho.
Llanio y Olimpia vieron a la madre de Laura en el portal, que con
los ojos llorosos despedía al médico. No tocaron a la
puerta de la casa ciento veintiséis. Ya eran casi las doce,
un instante apenas perceptible en el que regresaron al auto rentado
para volver al Malecón y llevar a cabo el sueño de Llanio.
A la casa podrían volver al día siguiente, si parecía
que esa mujer, parada en el portal, estaba deseosa de cerrar la puerta
y dormir. No entraron, nunca pidieron permiso para ver a Laura.
Las noches frente al mar nunca resultan calurosas, dice Olimpia a
la vez que se sienta con los pies hacia el agua. Llanio la imita,
se prende de sus labios y la hace jurar que al menos ella le escribirá.
La tristeza que él siente es mucho más grande que el
Malecón y el Faro juntos; ahora está pagando con soledad
el precio de la independencia de su juventud.
Dentro de poco comenzaría a llover. Las nubes oscuras se acercaban
con demasiada rapidez, así que mejor entraban al carro. Llanio
la abrazó una vez más y dijo que el mar, indudablemente,
no era para gente loca pero cojonuda que se lanzaba al agua como sandías.
Solamente una hora conversando y cómo se había puesto
el agua, ya no era un plato transparente sino un infierno. Ojalá
que nadie esté pescando, dijo Olimpia y le devolvió
el abrazo. Enrumbaron por Tacón para estar en la casa antes
de que fuese más tarde y Ricardo terminara por salir a buscarlos.
El auto rentado apareció en el garaje justo antes de que Aisa
y Sabina terminaran de subir al Peugeot para acompañar a Ricardo.
Eloy estaba enfadado; la fiesta no llegó a ser nunca lo que
prometía en un principio y todo porque Aisa llegó algo
españolizada y repartió besos sin acordarse de santo
Eloy, que ya siente otro timbrazo y corre a abrir la puerta, más
invitados y entre ellos Sabina, para quien la cabeza de Cristo es
Dios, como la cabeza de todo varón es el Cristo y, a su vez,
la cabeza de la mujer es el varón. Olimpia disfrutaba al decir
que para Sabina la cabeza de la mujer era el varón; estaba
segura de que esa mujer todavía lloraba cada noche por Ricardo,
como cuando eran jovencitas y Sabina se encaprichaba en casarse con
un negro que ya la había olvidado.
Eloy deseó que esa noche llegara cualquier persona menos Sabina;
ella y Olimpia sólo se toleran en días muy especiales,
en entierros y velorios. Nadie las ha visto discutir pero afirman
que se odian y, si alguna de las dos está en el portal, entonces
la otra no sale de su casa. Sabina no clausura la ventana porque de
ese lado viene la lluvia, sino para alejar las carcajadas estridentes
con las que Olimpia acompaña sus conversaciones. Eloy casi
no podía creerlo, Olimpia y Sabina abrazadas, diciéndose
entre sí que los momentos malos eran para perdonar. Una al
lado de la otra, como cuando dormían en la misma cama. Las
miraba sorprendido. Si Sabina iba a esa casa, entonces no estaban
reunidos para una fiesta. Se sentía confundido y con ganas
de gritar, preguntarles en qué momento se habían dado
cita para reunirse sin que faltara ninguno, ni siquiera Aisa que tenía
que atravesar el Atlántico, el Cantábrico y el Caribe.
Cada vez que él llegaba a la cocina para ayudar, servir los
platos y lasquear la carne como en tantas fiestas, alguien se le adelantaba.
Él, que les había servido durante mucho tiempo y ahora
ni siquiera lo dejaban mover un dedo. Lo desplazaban sin decirle nada
y ocupaban su lugar como otros habían ocupado su puesto en
el matadero cuando le llegó el momento de la jubilación.
Ya no podía recordar si estaba borracho, sumergido en el alambique
de tantos sueños o si tenía el cuerpo adormecido después
de rodar por la escalera; también un hombre viejo y decente
tenía derecho a caerse. Del matadero se había llevado
dos cosas; la primera, la capacidad de matar de un golpe hundiendo
la hoja en la garganta de los cerdos y, la segunda, la suerte de embriagarse
cada vez más rápido. El ron se adentraba en algún
lugar de su cuerpo y, desde allí, fluía hasta cambiar
los pensamientos. Ya no recordaba si estaba borracho o adolorido por
el golpe en la escalera o si había bebido los secretos en el
fondo de los vasos. Escondían la bebida para no darle, para
no molestar a Bertha. Palo, palo, palito, palo. Contento y divertido
entre tanta gente elegante, gente linda, gente que lo miraba aun cuando
él no podía mover ni un miembro. Nada de cerveza, sólo
un poco de aguardiente, como cuando se aclaraba la garganta antes
de entrar a las naves de los cerdos. Eloy no quería que la
gente siguiera llegando; nada lo ataba a esa fiesta en la casa de
Olimpia; por eso corrió y se paró en la puerta para
impedir que los invitados pasaran a divertirse. Palo, palo, palito,
palo, contento y bailador, el único hombre santo y humilde
que quedaba sobre la tierra. Abrió los brazos y los pegó
al marco de la puerta. Se sintió vacío, etéreo
pero a la vez plomizo. La gente continuaba entrando a través
de él, que no hacía más que abrir los brazos
y gritar de miedo; lo atravesaban y luego se sentaban en unos bancos
horribles y sucios. Gritaba porque no sabía si estaba muerto
o borracho, muerto de verdad o tan borracho que poco a poco dejaba
de verlos. Se le confundieron los estados y ya no pudo saber. Dejó
el vaso sobre un mueble; era preciso que la bebida se estancara en
el fondo para luego beber y empinarse de un sorbo su propio hálito.
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