Edición y Corrección: Rafael A. Bernal Castellanos
Diseño: Ángel María Mesa Rodríguez
Impresión: Heberto Martínez Morales
Diseño Web: Sergio Lázaro Cabarrouy Fernández-Fontecha

Jurado / Novena Edición del Concurso
María del Carmen Muzio
Orlando Freire Santana
Jorge Domingo Cuadriello


Premio Ensayo
Concurso Vitral 2006

 

   

 

 

 

Jorge Santos Caballero
Camagüey, 1950.
Crítico, periodista, editor y profesor universitario. Ensayos suyos y cuentos aparecen en periódicos y revistas nacionales y extranjeras. En el 2004, apareció su libro de ensayos En la otra esquina del ring, coeditado por Sanlope (Las Tunas) y Ácana (Camagüey). Está antologado en los libros Anuario de Puerto Príncipe 2002 (Investigación); Severo Sarduy. Escrito sobre un rostro (Ensayo) y La huella infidente y algún sobresalto (Cuento), todos de la editorial Ácana. Ha impartido cursos de postgrado sobre Comunicación, Relaciones Públicas y Metodología de la Investigación, e innumerables conferencias sobre Literatura y Arte.
Entre sus últimos galardones se destacan, los obtenidos en el evento-homenaje a Luis Suardíaz, Primer premio con su ensayo, Manías de lecturas, y Premio por su ponencia titulada Suardíaz entre tantas cosas: nivel poético y racionalidad periodística, organizado por la UNEAC en Camagüey en el 2006. También en el 2006, en el concurso literario “La ética de Don Quijote”, organizado por el Boletín Diocesano de Camagüey con el patrocinio de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, le fue concedida la primera mención por el texto Identidad y alteridad en la ética ecuménica del Quijote.

 

Contraportada

En este libro de Jorge Santos Caballero, se aprecia un altísimo nivel de información que constituye el elemento caracterizador de todo su accionar literario y periodístico, unido a una sólida base de lecturas que conforman un background, de los que pocos pueden hacer gala como él. Pero es en el ensayo, como se aprecia en estas páginas, donde se regodea, hace excelencias del lenguaje y de un dominio de los temas tratados con rigurosidad y soltura a la vez. De ello es ejemplo este texto al que podemos asomarnos gracias a Vitral, y al hacerlo descubrimos el acento definidor de este creador camagüeyano. Carlos Peón

 

Sobre el ilustrador de cubierta
Jorge Santos Díaz
(Camagüey, 19/4/1922 al 5/9/1996)
Estudió pintura en la Escuela Provincial de Artes Plásticas José Martí, de Camagüey, donde se graduó en 1958 como profesor. Fue miembro de la UNEAC y recibióinnumerables premios y distinciones a lo largo de su vida, entre las que se destacan la Distinción por la Cultura Nacional, la medalla Raúl Gómez García, el Sello de Laureado del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Cultura, la medalla de la Alfabetización y otras. REalizó más de cuarenta exposiciones personales y ciento veinte colectivas, nacionales e internacionales. Obras suyas se encuentran en colecciones particulares y de instituciones de países como Estados Unidos, Colombia, Italia, REpública Checa, Suecia, México, Bulgaria, Rusia, Ucrania, España, Francia, República Popular China, Hungría, Argentina, Nicaragua, Reino Unido, Irán Alemania, Noruega, Finlandia, Dinamarca, etre otros.
En portada:
Puerta, 1975.
Óleo sobre cartón.


Índice

Prólogo

El Quijote: Su ética a partir de la identidad y la alteridad

Redefinición de la perspectiva cultural de Alejo Carpentier

Lo que hicimos para ser lo que somos



Prólogo

La entrañable cercanía a un escritor innegable: ensayista, periodista, e investigador serio por demás, nos lleva a la comprometida y agradable tarea de escribir el prólogo de esta obra suya que hoy ve la luz en la propuesta del sello editorial de la prestigiosa revista Vitral. Jorge Santos Caballero, ese es el autor, es de esas personas a quien se aprecia o se odia -no existe la posibilidad intermedia, lo aclaro-. Uno puede ser su amigo incondicional -él apuesta por ello y tiende puentes, y abre su corazón, su casa, su biblioteca borgiana-; o se convierte en su acérrimo enemigo -en tal caso, quien lo sea debe atenerse a las consecuencias, pues de seguro es que ha violado con impunidad ese código de ética hemingwayano, altamente humano y de lealtad a toda prueba, que él vive a rajatabla-.
Mi amigo Jorge Santos Caballero, se presenta esta vez con un libro de ensayos que aglutina, en un título sugeridor, su mejor manera de hacer dentro del tan difícil género. Tiene, sin dudas, a su favor, esa facilidad innata que requiere esta vertiente literaria para cogitar sobre temas y aristas embarazosas, en los que se introduce y discurre sin tapujos o subterfugios. Jorge, el ensayista, que antes ha sido y sigue siendo el periodista intransigente, crítico y escrutador -género que cultivó profusamente-; reconoce una vocación absoluta para la confrontación. Pero no por ello se siente dómine de una verdad u otra. Su disposición está centrada en acrecentar ese impulso que busca enriquecer la vida, no empequeñecerla o reducirla a cánones obligatorios. Por tanto, no teme equivocarse; en todo caso, considera, y son sus palabras: “que es lícito hacerlo si en ello va el beneficio de una polémica honesta”. Proviene de un periodismo influido por grandes del género como Ambrose Bierce, Ernest Hemingway, André Malraux, Norberto Fuentes y Ryszard Kapuscinski. Son también sus fuentes de inspiración el buen periodismo cubano de antes de 1959, o la impronta que marcó el soviético Ilya Ehrenburg. Tales proximidades lo dotan, desde luego, de un alto apego a la verdad informativa, venga de donde venga, que lo caracteriza inexorablemente. Ha estudiado con minuciosidad a Hemingway, a Raúl Roa, el período republicano cubano, las literaturas norteamericana y latinoamericana, y el actual acontecer socio-político del país.
Su literatura de ficción se acerca a una realidad palpable, con cuentos plagados de información. En Jorge Santos Caballero, ese altísimo nivel de información es elemento caracterizador de toda su actuación literaria y periodística, unido a una sólida base de lecturas que conforman un soporte, de los que pocos pueden hacer gala como él. Pero es en el ensayo donde se regodea, hace excelencias del lenguaje y de un predominio de los temas con rigurosidad y soltura a la vez. De ello es ejemplo perfecto este libro al que podemos asomarnos. Al hacerlo descubrimos el acento inapelable de este creador camagüeyano, a quien el amor por su terruño mediterráneo lo mantiene habitando este espacio de la realidad cubana, donde descansan sus tesoros más valiosos: su hijo Jorgito, y su padre Jorge Santos Díaz, mejor conocido como “el pintor de la ciudad de Camagüey”.
Por otro lado, Jorge, como Ulises, ha taponado salvadoramente sus oídos para no dejarse perder por los cantos de sirena que quizás en la capital del país, o en otra parte de este mundo plural que vivimos, pudieran otorgarles otras ventajas creativas que le han sido ofrecidas más de una vez. Desde su Camagüey, vive y crea una obra sólida, oculta y respetada. Puede obtener, como ocurrió ahora, “un premio en cualquier concurso serio en el que no haya contubernios ni bajas pasiones, o publicar un libro sin tener que caerle bien a alguien”, según ha expresado; pero lo más común es que lo traten de preterir. No obstante, desde su incilio -pues asume honestamente su mediterraneidad- y a pesar de saberse, cito nuevamente sus palabras: “un autor vergonzosamente omitido u opacado”, trabaja sin descanso. Con Lope de Vega pudiera suscribir aquellos versos tan objetivamente definidores de su actual condición, que rezan: “No sé que tiene la aldea/donde vivo y donde muero/que de venir de mí mismo/no puedo venir más lejos”. 1
En cuanto a los trabajos recogidos en este libro de ensayos que Santos ha titulado tan provocativamente como Desafíos en claroscuro, conforman un tríptico muy interesante donde las temáticas se concatenan en una suerte de texto único, que, sin dudas, es trascendente a cada uno de los aspectos tratados para conformar un panorama donde todos y cada uno, dan notas contrastantes, pero, a la vez, concurrentes. El primero de ellos, “El Quijote. Su ética a partir de la identidad y la alteridad”, nos parece una atildada obertura palatal en el mejor decir lezamiano. El autor nos ofrece, con una mirada lúcida, un texto donde el Caballero de la triste figura, tan llevado y traído en estos sus primeros cuatro siglos de andadura, reaparece con bien ganadas connotaciones éticas, en lo que Santos llama “una longitud inmanente”. El ensayista nos propone conocer lo que significa la ética concebida como forma de vida, tal y como la creyó en toda su dimensión el célebre personaje. Por eso, Jorge Santos, sabedor de la pluralidad del tema que lo ocupaba, no desdeñó en su transitar investigativo, asomarse a escuchar la voz autorizada de otros autores de diversas tendencias e ideologías, que hacen referencias muy oportunas a su aproximación. De tal suerte descubrimos alusiones y citas valiosas de estudiosos de la talla de Ortega y Gasset, Mijail Bajtín, Adolfo Sánchez Vázquez, Leopoldo Zea, Alejo Carpentier, Mirtha Aguirre y Ambrosio Fornet. Por ende, la línea ideo-temática de este ensayo nos conduce irremisiblemente al develamiento de otros importantes atajos socio-culturales, puntos de vista que denotan y connotan la bien documentada urdimbre de nuestro ensayista.
En la continuidad de este libro, el autor nos propone un texto sobre un nombre imprescindible en nuestra literatura: Alejo Carpentier. Bajo el título “Redefinición de la perspectiva cultural de Alejo Carpentier”, tenemos a mano un acercamiento complementario y singular a este hombre grande de las letras cubanas, hispánicas y universales; indiviso y plural a la hora de determinar las esencias literarias del siglo XX. Santos lo sabe, y nos dota de unas coordenadas cardinales para entender su obra a partir de un testimonio iniciático en la carrera del escritor de Ecué Yamba O, que lo vincula precisamente con el camagüeyano Juan Tornavaca Alamar, testigo extraliterario de tales avatares vivenciales del notable intelectual, en la cárcel de Prado No. 1 durante la dictadura de Machado, y que dan pie a la obra ya citada. De ingente valor documental es también la cuestión del término «real-maravilloso», definidor en el quehacer del autor de El reino de este mundo, al que Santos alude desde opiniones tan diversas como las de Mabille y Guillermo Cabrera Infante. En resumen, el lector encontrará en el texto, pero también en las notas que lo acompañan -en especial, la número cinco- detalles reveladores que son de imprescindible valor.
“Last but not least”, nos llega otra visión lúcida de Jorge Santos, ahora referida a la realidad cultural de los pueblos latinoamericanos. Su vibrante ensayo de conclusión, “Lo que hicimos para saber lo que somos”, pasa de la interpretación historiográfica, que se traduce en la Carta de Jamaica, el documento escrito por Simón Bolívar sobre los problemas de estos pueblos de Latinoamérica, a líneas más literarias y sociológicas, de orientación intelectual, que son, a saber, esos dos modelos referenciales de nuestras letras: el Ariel, de José Enrique Rodó, y el Calibán, de Roberto Fernández Retamar. Santos se las ingenia en este ensayo de tesis para descubrirnos los elementos constitutivos de nuestras esencias raigales, donde el pastiche, la ficcionalidad de la realidad, o la intertextualidad -entendida esta como lo que toda obra literaria repite y remite de otra-, son aspectos primordiales para nuestra mejor comprensión como pueblos. Nada más evidente que escucharlo del propio autor, en un párrafo donde lo explicita de manera conclusiva:
Por consiguiente, para saber lo que somos hoy, debemos replantearnos la historia de estos pueblos -del Bravo a la Patagonia- y tener presente cuánto bien nos haría si Ariel tuviese menos etiqueta y Calibán entendiera que la barbarie y la pobreza son extinguibles, y no necesariamente recursos para exponerlos como virtudes. Solo así pudieran verse como mundos aparte que son parte indisoluble uno del otro. 2
Una cosa que clara, este libro de Jorge Santos Caballero, nos lega la manera de mirar siempre inquieta de un creador que, ante todo, vive a plenitud su enorme condición creativa. Como un incansable Sísifo, dotado de una perseverancia inusual, Santos vuelve, una y otra vez, de la cima a la base de su mundo, desde donde carga otra vez con renovada pasión, el gravamen precioso de su irrenunciable labor como escritor.

Carlos Peón Casas.

 

Notas:
1.- “A mis soledades voy…”, de Lope de Vega, en Ocho siglos de poesía castellana, antología de Francisco Montes de Oca. México. Editorial Porrúa. 2001. p. 212.
2.- Jorge Santos Caballero. “Lo que hicimos para saber lo que somos”, que aparece en este libro.

 

DESAFÍOS EN CLAROSCURO

Jorge Santos Caballero

 

A la memoria de mi hijo Jorgitico,
que fue mi inspiración permanente.

La pasión irracional no es digna de los hombres;
se ama apasionadamente lo que ha de ser
siempre rectamente justo.
José Martí.

 

 

El Quijote: Su ética a partir de la identidad y la alteridad

Para Halbert y Yeleny

Un hombre es el instrumento del deber: así se es hombre.
José Martí.

Es inevitable una investigación del modelo ético del Quijote, en ocasión de cumplirse el IV centenario de la publicación de la célebre obra de Miguel de Cervantes Saavedra, en el año 2005. Esto se debe a que su devenir prosístico y vivencial atrapa a un observador sin importar la época histórica en que la haya leído. La filosofía de la vida expuesta en esas páginas, se aproxima a las más diversas versiones y pasiones que puede experimentar un ser humano. En ella brota una plenitud de potenciación del ser, que, para nada implica vacuidad de la base ontológica sobre la integridad de la libertad. En consecuencia, un lector interesado comprende por qué Cervantes, aun partiendo de un punto de vista que quizás no se comparta por todos, no obstante, desarrolla una crítica razonable de las posiciones sociales, filosóficas, jurídicas, antropológicas, económicas y religiosas, entre otras, de su época. Vale decir al Quijote -como personaje- lo alumbra un derecho natural como ideal de vida, que trata de manifestar mediante una fuerza espontánea la concepción de libertad que irrumpe en él sin frivolidad, aunque alocadamente, descompasadamente, sin límite de elasticidad, porque el envés de su desenvolvimiento es una norma base que determina su dispositivo dinámico y constitucional.
Puesto entonces frente a esta situación, el lector del Quijote asume que la relación del personaje con todo el medio circundante parte de una función representativa muy particular, de una perspectiva preexistente, que no da lugar a una coexistencia interpersonal que implique renunciar a sus preceptos indicativos, sino que todo está subordinado a un tiempo y un espacio de omnipresencia, y a una expansividad de su disquisición de panlogismo. A partir de allí, el personaje protagónico mira el mundo y ve lo que es real según su reglamentación primigenia y no está al cabo de saber -ni le interesa- si coincide o no con lo que ocurre en realidad. Si examinamos desde ese perfil su evolución, podemos darnos cuenta que hemos invertido el tiempo en mirar un cuadro dentro del cual este personaje, trocado en ser muy real, se asienta una síntesis de renovada naturaleza e historia; de amor —en cualquiera de las circunstancias—, pues ofrece una definición del ser en constante movimiento de transformación, pero al servicio de los demás. No hay desilusión por el fracaso reiterativo. Su cota está más elevada que todo contratiempo, y por eso no es una actitud metafísica sobre el deber del ser, es un reconocimiento de la existencia desde una racionalidad que no rechaza el creer en una fe, en la legitimación de un ser superior; en fin, en una racional sustanciación de lo que concibe como hombre y como tal actúa.
Reflejar la sinceridad ética de la obra cumbre del gran escritor Miguel de Cervantes Saavedra, constituye un propósito acuciante, definidor y, a todas luces, enaltecedor para lo intente. La materia del tema a dilucidar es amplísima, porque ese ser conocido por don Quijote se ubica como ejemplo expositor del sentido vivencial y de trayectoria humana, en lo que refiere al por venir del tiempo concepto ético del hombre.
Para un lector simple quizás sean muy graves las desproporciones y altibajos de ese insólito personaje literario; pero, por otro lado, puede que desconozca también la intensidad de los aspectos existenciales que iluminan su camino y, entonces, lo vea todo sin sus atributos básicos y estime el proceder como inconexo, aunque haya que dejar sentado que se produce sin alteración de la línea cronológica de los sucesos. Y además, a la exigencia de tomar en consideración que Alonso Quijano más que un personaje lleno de anécdotas, está plagado, al mismo tiempo, de digresiones o alucinaciones; por lo que, en todo caso, debe inferirse que tal manera de ser es una guía de desenvolvimientos éticos innatos que pretendió fijar para que lo identificaran o asociaran con él, y cuya lógica habría que explicársela a través de las polémicas y persecuciones infinitas sostenidas.
Así, de pronto, consignamos la irreductible pluridimensionalidad de las apariencias de este hombre-personaje, siempre redefinidas a partir de un aspecto decisivo: su conducta ética, explora las más disímiles articulaciones como algo motivador de su ser. Es por ello, que cualquier investigador que se acerque a la obra y a lo que Cervantes aportó en el plano social, literario, antropológico, lingüístico y ético, debe avanzar hacia un entendimiento firme y sistemático de la relación entre el momento que vivió ese autor y cómo previó que fuera su personaje central, hasta llegar al nivel de abstracción que le permitiera demostrar lo exhaustivo del problema social acaecido. Y es el caso, que la constitución de la subjetividad humana, de donde partió para indagar la estructura del universo, le permitió hurgar en sus dimensiones y, sin dudas, lo hace diferir de cualquier otro escritor cuyo intento globalizador tenga a bien probar la objetividad del ser, el mundo y las coordenadas de ese otro que existe y es diferente a nosotros. Sobre esa peculiaridad distintiva de la obra de Cervantes, trataremos de particularizar en este trabajo, cuyas extensiones suponen una tentativa de ilustrar el universo vivencial de Miguel de Cervantes a través de su personaje don Quijote.
En tal sentido la separación artificial que pueda asentarse entre autor y personaje se retuerce si es artificial la observación, a partir del resultado complejo de mostrar críticamente la condición enfática de cada uno. Este precepto estimula también a observar una riqueza de la realidad cuya noción epicéntrica consiste en exaltar la alternativa ética de Cervantes y, muy especialmente, la del Quijote. De allí parte, según entendemos, la noción axiológica que los invade y se suma a esta categoría la concepción gnoseológica plasmada en la apreciación del tiempo vivido, así como el elemento ontológico que marca hasta las últimas consecuencias.
De manera que una orientación de la generalidad existencial advertida tanto en autor como personaje no puede verse en el estrecho marco de la epistemología solamente y, mucho menos, considerar que cada paso dado, por ese singular personaje conocido como El Ingenioso hidalgo -entiéndase también el propio autor- constituye una mera obsesión, o un error imaginativo que puede determinarse como factor evitable en tanto esos -sus- delirios representen actitudes obcecadas en toda la extensión de su proyección y debe remitirnos a ver todo ese comportamiento como un patrimonio de defensa individual y, a la vez, una guía para otros —y hasta por nosotros—, aunque se manifiesten de diferentes maneras a las evocadas por el autor y su personaje.
Pero detengámonos exclusivamente en la forma de proceder del Quijote, pues es de él de quien más se habla en la historia de la literatura —incluso, por encima de su autor—, sobre esa dimensión humano-literaria suya queremos referirnos en este texto. No obstante, se presume también que si algo tiene de formal en cuanto al idioma y al estilo narratológico esta obra, es que puede considerársele novedosa porque resume, en sí misma, muchos estilos; aporta al idioma considerables vocablos y giros, y es antecesora de toda una vanguardia literaria que vendría. No hay un escritor que se respete que no acuda a esa institución de la literatura española y universal, para aprender y aprehender de su fuente la manera en que mejor puede intervenir en la psiquis del lector, es decir, cómo persuadirlo utilizando las herramientas narrativas, y por el hecho de ser la persuasión un elemento fundamental de la comunicación, como el fático, el catártico, el informativo y el lúdicro. Por consiguiente, la obra representa un caudal de en cuanto a dispositivos transicionales de tonos, modos y hasta de procederes, y no asumirlo así, en su contexto, es no entender la forma en que Cervantes vio la vida a través del Quijote.
Cabe preguntarse, ¿en qué consiste el alma ética del Quijote? Una tortuosa representación de valores, cuyos límites se dirigen a la identificación del bien sustancial, traza la línea definitoria de su proceder y, sobre ese entramado, hay que revalorizarlo permanentemente. En un ambiente divergente, el personaje insólito con su contrapartida Sancho Panza —quizás mejor puestos los pies sobre la tierra, en el momento en que transcurre la obra— nos introduce en una suerte de espectáculo dialéctico —entendido como cambio—, de longitud inmanente con la historia, aunque no se produce en el texto una ruptura con la tradición teológica. Viene concentrado en un tiempo impetuoso, irreverente. En suma, es la historia de un hombre y de su relación con el medio; es la de toda una época decadente en cuanto a subsistencia, porque va caducando el tiempo social e histórico a través de una base económica trastrocada, de ahí la tautología psíquica del célebre caballero.
De manera que, en la aproximación que hagamos de su axiología y su epistemología nunca podrá soslayarse la relación entre individuo, sociedad (época) y el micromundo que circunda al Quijote. Por ello, ese lenguaje fructífero y entretejido utilizado por él para referirse a cualquier aspecto, nos da una propuesta analítica de su moral y de su proyecto de vida. Esa concepción suya sustenta y expresa una primordial atención hacia el elemento interior de su lógica que, en mayor o menor grado, es su derecho natural —del que ya hablamos— a vivir, interpretar la vida sin perjudicar a otro, pese a que muchas, o todas sus batallas, traigan aparejados no pocos contratiempos para él y nuevos choques con una realidad —otra— que denota la utilización de un código moral de singularidad propia, unívoca, que no es compatible con lo que ocurre a su alrededor: precisamente, un problema de intereses, no hay reciprocidad entre las partes —él y la sociedad—, por la tensión circunstancial provocada en la vida cotidiana. No en balde Mirta Aguirre señaló:
Don Quijote de la Mancha, más que la pintura trágica del espíritu humano atropellado contra la realidad, es la explicación misma de ese hecho en función de un lugar y de una circunstancia. (1)
En tanto ese cierto nivel de equilibrio existencial cumple una función fundamental de discernir entre el bien y el mal, la interacción de la diversidad imbricada por la polifonía de ese concurso de ideas suyas genera de por sí una conciencia de distinción activa que no es más que verse a sí mismo y diferenciarse con alteridad.
Así caminó el Quijote, un hombre esencialmente tradicionalista por interactuar con la naturaleza, pero que también supo ser él mismo —a pesar de que ello lo llevara a no discurrir que cuando aparecen rasgos distintos a una identidad permanente se produce un efecto contrario a lo que existía—. En cualquier caso la identidad fija apariencias intrínsecas que tipifican un determinado ser en el tiempo, que son permanentes por su presentación de valores, pero esto no quiere decir que no sean cambiados o transferidos a partir de aprehender nuevos indicativos, y es ahí donde se une con la alteridad. En la obra de Cervantes prima esa ética de identidad-alteridad, la relación personal y la interpersonal tienen una vital conjugación porque las virtudes básicas de la alteridad, raigalmente asentadas en el Quijote son la libertad y la justicia.
Es curioso que un hombre de pleno siglo XIX, como lo fue José de Armas y Cárdenas, conocido por su seudónimo de Justo de Lara, planteara algo que define al Quijote de punta a cabo:
El deseo de hacer bien cuando está erróneamente encaminado o cuando no se ponen para alcanzarlo los medios debidos, acarrea peores consecuencias, a veces, que el mismo daño que deliberadamente produce. (2)
Y es que el personaje llamado Alonso Quijano es un liberador de ideas que tiene una desconsoladora experiencia nunca reciprocada, y ese enigma existencial es, en algún sentido, misterioso y legendario al mismo tiempo. Por tanto, tratar de introducirse en el maravilloso mundo y viaje del Quijote es una revelación o, cuando menos, una aventura inimaginable.
La historia demuestra siempre que los hombres marcan sus pasos por las circunstancias y que los impactos de la realidad son el presupuesto básico de las relaciones sociales, ya sea por el irrespeto al orden establecido por la fuerza, por la complejidad de las propias relaciones, por la impronta de la comunicación no identificable entre unos y otros, por el poder político o ideológico impuesto o, en última instancia, por la pérdida de la identidad. Todo ese trance permite integrar una descompensación de los procederes de este hombre, cuya máxima contradicción es no darse cuenta que sus pasos son mal interpretados por otros, en algunas oportunidades con una visión hiperbólica sobre lo que sucedía.
Hay que situarse en la época del personaje de la obra de Cervantes, solo así cuando lo estudiamos en su entorno, probamos que el destino de los hombres aquellos de su siglo y del que el autor formó parte, aparece una diversidad que marcó a Alonso Quijano por ser una realidad única en su consecuencia globalizadora y fecunda. El reconocimiento conceptual de aquellas recreaciones imaginarias registra una forma no sistemática de desenvolverse y, por eso, su configuración es arrebatada. No puede descuidarse, entonces, el carácter de una ética que se enfrenta a otra —que se nos antoja pragmática en exceso, y no por filiación con esa corriente tan manejada de estos tiempos—, que prescribe reordenar las relaciones sociales, jurídicas, morales, religiosas y económicas partiendo de una realidad no concebible. Esa contingencia invadió al Quijote en toda su trayectoria, y por esas razones urge su proyecto de vida para comprender su diversidad. De ese modo, en la medida en que conozcamos su imperio de certidumbres podremos hacer pervivir esa digna transacción epocal que llega hasta nosotros y que él nos regalara sin importar siquiera si la tendríamos en cuenta.
El primer reto del Quijote fue reconocerse a sí mismo, haciéndonos ver que con su ejecutoria conoceríamos más de los otros. Esa mezcla de ilusiones profesada por él, resulta, cuando menos, peligrosa, pero, también, es sensata y muy auténtica. En realidad, la lógica quijotesca de la que hemos venido hablando tiene una estrecha correspondencia con la cultura de época, emana del actuar y el pensar de un hombre cuya manera de compensarse está en la verdad de su Yo, en la incentivación de un portarse que no considera dañino para nadie. Quizás le haya sido necesario convencer a los otros de lo que vale la pena, pero, evidentemente, erró en la forma convencional establecida para hacerse creíble. Sin embargo, para ser precisos, eso no constituye un pecado original, ni fue culpa suya la incorporación a su espíritu de tales males de la mente. Para nadie es un secreto que, en la época en que transcurría la vida de Alonso Quijano, había barreras de todo tipo —las hay siempre, para ser honestos—, culturas diferentes, propensión a una conducta distinta. Otra interpretación del fenómeno sería improcedente. Acertada es la afirmación de Ambrosio Fornet, cuando plantea: “El quijotismo es también una forma de humanismo y por tanto se niega a desaparecer, aunque las condiciones objetivas no lo favorezcan”. (3) Y es que esa manera de ser del Quijote pervive en la conciencia de otros muchos, aunque no lo digan públicamente, porque es la contraposición a lo mal hecho, al desafío de la experiencia histórica impuesta y necesitada de colapsar para mejorar.
Pero hay más, si bien Alonso Quijano tenía una manera de ser casi única, y un hablar impecable, toda su compostura es como si quisiera decirnos que la clave de la identidad es el lenguaje, cosa, por demás, trascendental y lógica, y por todo eso es un renovador insuperable. Al respecto, Marlen Domínguez, señala:
El instrumento expresivo de que dispone Cervantes, a fines del siglo XVI, ha alcanzado un estadio de desarrollo que le viene determinado por la puja entre normas, por la flexibilidad que le proporciona el ejercicio literario, por el peso regulador de la imprenta y por la función política que está llamado a cumplir en el ámbito nacional e internacional…(4)
De suerte que las alusiones del Quijote son providenciales y premonicionales, pues la imagen trazada por él contribuyó a la construcción de un paradigma, que todos los días se violaba y se viola, pero que queda como diseño de un modo de vida y una posible representación ecuménica. Y es que la diáspora cronológica de su pensamiento -porque la cronología sí existe en su mente-, no era necesario revelar al mundo sus errores, no tanto porque los contenidos duelan, sino por el hecho de hallarse subsumido de una garantía definitiva de estar en lo cierto y con ello basta.
Vale afirmar que en esta obra de Cervantes sobresalen las pasiones del hombre raro que fue el Quijote por encima de los contextos e intenciones de una nefasta y disimulada situación social, quiere hacernos ver que la vida cuando se toma de la forma en que lo hizo el protagonista, se posesiona de obsesiones dolorosas y frustrantes, la variedad de enfoques éticos evidencian la elaboración de diferentes esquemas con vistas a tratar de comprenderlos como si fueran utopías bien intencionadas, aspecto no asimilado por los que detentan el poder de cualquier tipo. En este orden Adolfo Sánchez Vázquez ha apuntado con excelente veracidad:
[…] ¿podemos leer la novela de Cervantes como una utopía? La pregunta tiene sentido, a nuestro juicio, porque don Quijote es, a lo largo de ella, un hombre de acción. Pues bien, si es así, cabe preguntar: ¿qué es lo que mueve a aventurarse a actuar? ¿Qué valores o ideales le impulsan? ¿Y cómo actúa? Y nuestra respuesta, que habrá de argumentarse, desde ahora es ésta: lo que mueve a don Quijote a actuar es una utopía, y su comportamiento práctico, su modo de realizarla, es utópico…” (5)
Quizás en esa utopía, nada desaliñada, radica la clave de actuación de un hombre que sufrió por ser diferente, por tener sus propias manías, sus propios principios. Si eso es una utopía, vale la pena intentarlo como lo hizo él: es una utopía realizable, aunque en ello vaya en juego la supervivencia.
Ahora bien, las nociones de compostura de don Quijote no rondan la perspicacia de imponer su voluntad. Entenderlo así es partir de una falta de rigor, de legitimidad de sus iniciaciones éticas, y esa trae aparejada la discontinuidad del análisis y por qué las polémicas relacionadas con la obra se diluyen en aspectos sinusoidales y nada acertados, deben ser precisados antes de ser captados por una mirada imparcial y sin algarabía carnavalesca, como dijera Mijail Bajtín.
La característica decisiva de esa actuación ilógica —y a la vez imperecedera— de un personaje de ilimitados recursos para plantearse cada paso a dar, genera un tipo de acción y un portento imaginario que no concibe la derrota y tampoco el consenso. Puede decirse que su historia es una contraposición a lo fijado por una costumbre obsoleta, y por esa misma razón el personaje —sin formulárselo— aprovecha su subjetividad para relacionarse con la época.
Quizás un aspecto sobresaliente en don Quijote sea la relación binaria que se produce en su discernimiento de un hecho, nos referimos a lo que él consideraba el bien y el mal. En esto cabe apuntar que el hombre, en cualquier nivel de comprometimiento, necesita de su propia fe para crear —y hasta para imaginarse cómo debe ser la realidad—, y justo en esa medida actuó el caballero de la triste figura, quien ofreció su drama existencial con alegría interna. En cierta forma eso fue, aunque con un viso fatalista, lo que expresó José Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote, escritas hace casi un siglo, pues aparecieron en 1914, explicar que la manera de ser del Quijote era, en sí misma, una filosofía, una suerte de originalidad que brota de lo más profundo de la conciencia y el ser de un hombre hecho para una época: el romanticismo. Con esos pormenores, Leopoldo Zea, llega a afirmar que:
Para Ortega filosofía es amor, comprensión […]. No se refiere [solamente] al conocimiento de lo general y abstracto, sino de lo concreto, y por concreto peculiar. Es en este sentido que Ortega vuelva a su propio saber, su filosofar, sobre esa entidad tan concreta que es el Yo; pero no el Yo trascendental y abstracto, sino el Yo concreto, que posee cada hombre y, que por poseerlo cada uno, lo poseen todos los hombres, el Yo en su circunstancia. (6)
Es decir, el talante del Quijote se va más allá de los límites y mira más extensamente, con una integralidad corpórea, sabiendo dominado el pasado vivido; por eso don Quijote actúa enfáticamente como si estuviera viviendo otro momento, no su tiempo real-novelístico.
En tanto esto ocurre, quien se acerque a esta obra capital, debe tener presente de antemano que el ser humano funciona por patrones económicos, políticos, sociales, ideológicos, culturales y, sobre todo, psicológicos, y esto genera una preocupación de mentalidad de suma importancia. No es por la pérdida de lo que ya poseen, lo que ocurre, por ejemplo, en la España del siglo XVI es que hay una mentalidad feudal, la obsesión por determinar cuál es su tierra, y eso le sucedió, con sus rasgos elocuentes y extremos a don Quijote, cuando, por ejemplo, le otorgaba territorios a Sancho. De ese modo, se infiere que si este hombre de cultura significativa, se plantea su reflexión con una intención auténtica, entonces sus ideas universales y sentenciosas no pueden verse como producto de una locura, sino como el efecto de una autodeterminación, de una reivindicación de libertad, de un amplio sentido humano. Es esa la esencia quijotesca; la que no es entendida ni asumida por muchos debido a sus propias cobardías. Son esos que callan cuando ven una injusticia, pese a que son capaces de citar de punta a cabo al Quijote literario.
La vocación de fe en sus ideas hizo de don Quijote, no solo un adalid de la libertad y un defensor inclaudicable de sus principios. Sin embargo, al leer la obra que lo inmortaliza, esta permite establecer parámetros de carácter monográfico que distinguen su concepto cultural y la diversidad de sus enfoques. Por eso la novela es una novela mayor y ejemplificadora a la hora de las generalizaciones en lo literario, lo narratológico y hasta por su riqueza vivencial.
Don Quijote fundó un estilo propio como personaje, con confluencias distintas a la de otros personajes, pero, eso sí, con el sello distintivo de una renovación que sirve de modelo para todos los que se involucran en el ámbito -no olvidemos que literario-. No obstante haberse colocado en un primer nivel de aceptación, resulta evidente que en sus páginas sobresale una historia que no es para leerla sinópticamente, sino interpretando el gran concierto de voces que expone, pero con un solo problema básico: el de don Quijote, y no las melindres especulativas de que este no se atuvo a condiciones socio-culturales y jurídicas predominantes e instituidas para legitimar o restaurar su visiones-ideas-caprichos. Por esa razón, fundamentalmente, no pudo hacer prosperar ninguna de sus pretensiones -todas cayeron en el vacío-, y le fue impuesta una especie de bozal como medio de seguridad para aislarlo de la realidad, para que su verdad no fuera conocida. No en balde fue tildado de loco inmisericordemente.
Para muchos la descomposición mental que lo aquejaba frustraba todo deseo de su parte interactuar con el medio, con una cultura que le era propia. Es decir, lo presentaron como un ente aislado. Sus derechos quedaron conculcados y solo contó con la lealtad vehemente de Sancho para protegerlo. La manifestación de repulsa a su conducta tiene como punto de vista el realce de un miedo, de un orgullo no declarado, pero sí prominente en cuanto a reafirmar las identidades de los otros —la otredad—. Si don Quijote insinuó su proyecto de vida, desde luego telúrico, no necesitaba tener frente a él un discurso agresor, severo, cargado más de miedo que de una retórica con tendencia a la preocupación como le ocurrió. Para nadie es un secreto que la legitimidad y concepción de un lenguaje como instrumento de apropiación de la identidad esbozada en cada frase por don Quijote, con un marcado matiz ético, se oponía a la mediocridad de lo vulgar. Su imaginación funcionaba con una lógica, aunque rompiera o quebrantara los vínculos de representación entre el referente y los signos distintivos de una época. La envidiable posición asumida por él, con un decoro casi sobrenatural, articuló un destino que implicaba una condición fundacional, digamos mejor que un mito. Y como se sabe, el ser humano rechaza los mitos vivientes en tanto le son tan necesarios inventárselos o tenerlos a mano si son del pasado, o no se los puede explicar. No en balde hay una frase que señala algo tremendamente cierto: un pueblo sin historia la inventa es decir, crea su mito y, en torno a él recrea sus vidas, sus ficciones y hasta sus falacias.
Comoquiera que se mire, don Quijote, hombre, novela, ser imaginario literariamente en definitiva, es emancipador por la base coyuntural que lo acompaña. De igual manera, si su impronta genera una ética, esta encontrará siempre dificultad para comprender el papel de ese ser, que ocasionó una alteridad. De hecho, se puede llegar a precisar por qué se le temió tanto a don Quijote. No hay que hacer una exhaustiva investigación literaria y socio-cultural para darse cuenta que quien trate por todos los medios de actuar y comportarse según los patrones de este hombre singular, será mal mirado por el resto del conglomerado social donde se relacione y más en estos tiempos de postmodernidad, de tanta confabulación traicionera, de tanto daño hecho en nombre de posiciones ideológicas fundamentalistas y sectarias. La situación, por supuesto, se torna desesperante y llega a ser agónica a veces, si quien lo imita no tiene a bien manejar las coordenadas de un código de comunicación con ese resto que lo rodea para paliar los efectos devastadores en la integridad física y mental. Mientras que, para otros, la actitud del Quijote, aún con sus disparates, es tomada en cuenta, constituyendo un síntoma de claridad. Tal proceder consigna que hacia el personaje existe el propósito de comprenderlo. Cuando no se logra asimilar su enseñanza, entonces se ha tildado de loco, astucia típica de quienes detentan el poder cuando algunos se le rebelan.
Al analizar la sociedad el momento histórico en que transcurre la obra y ver la instrumentación de sus matices desde una óptica construida en la apropiación de símbolos específicos fijados en el colectivo, cabe consignar que las representaciones sociales tal no fueron identificadas plenamente por el personaje. Es como si su ideal fuera una realidad ajena totalmente a la del otro, obviando los distintos contornos que conforman la experiencia colectiva. De allí que su condición básica sea, en el transcurso de la obra, un conjunto de significados propios, la diversidad de los repertorios identitarios que lo acompañan sin ser suyos y, por ende, el personaje no los quiere, o no entiende como son. No por gusto niega todo vínculo con el mundo circundante lo que hace más difícil la comunicación, y se aparta de lo planteado por muchos teóricos en relación con la representación social, quienes apuntan sin remilgos que esa forma de significación de representarse pone énfasis en imágenes de nociones abstractas, y le imprime una textura material a las ideas, hace corresponder cosas con palabras, y da cuerpo a esquemas conceptuales muy específicos. Y como señalamos anteriormente, don Quijote, hiperboliza todo desde la perspectiva personal y enfermiza que es característica de él.
Esas apreciaciones nos llevan a la identificación de enfoques interpretativos derivados de un romanticismo pleno, en donde la sociedad y sus relaciones sociales, la religión, el derecho, etc., establecen un diálogo con nuestro pasado y con lo que está ocurriendo en ese momento, pero que en Alonso Quijano se fue quedando reverberante para que no se le borrara. Ese proceso conllevaba la expresión de contradicciones que, en la trama de la novela, se vuelve un embrollo de complicaciones, de enfrentamientos, de avatares, de incomprensiones, pero que nunca dejan de producir simpatía ante un personaje agudo como es el caballero andante y su fiel compañero y servidor. En esa dificultad interpretativa de don Quijote para lidiar con la realidad, hay, a pesar de ello, una concepción dialéctica que responde a sus fantasías, a sus incertidumbres previsibles, y no obedece a imposiciones ajenas a su voluntad, sino que vienen a reafirmar la riqueza explícita en él.
Aunque haya criterios divergentes, vistos desde la formulación de una idea capaz de razonar asociándonos a don Quijote, lo que sobresale en todo el asunto es el aprendizaje que nos brinda sobre la independencia de pensamiento, la libertad que fluye cuando se es dueño de sí; la burla a un sistema de vida caduco y opresor, y la necesidad de tener presente que no vale para nada tener un sentido de resignación si se carece de fe.
Pero existen algunas formas justificativas para dilucidar el tema de la virtud en don Quijote. Habría que preguntarse ¿tiene sentido hablar en estos tiempos de su eticidad? No cabe dudas que habrá quien lo considere innecesario, porque lo mejor sería plantear problemas actuales, sin embargo, para nadie es un secreto que los problemas morales, los del amor, la amistad, la traición y otros que siempre gravitan en el conflicto social tienen plena vigencia, no pasan de moda. Apoyándonos en este punto de vista, los errores humanos no son dignos de obviar ni meros cataclismos, son, ante todo, la exaltación efervescente, el resultado lógico de la desenajenación del ser humano con el propósito de obtener su libertad. Por eso la relación con la sociedad viene suscrita por un criterio de hacer generalizaciones tomando como base un personaje atípico, como ejemplo de algo bueno o malo, y establece una diferencia sustancial entre don Quijote y su ayudante Sancho, como para fijar los nexos derivados de una irrealidad-realidad que aplaque el conflicto y la evidente coherencia de ese hombre liberador de sueños, utopías que llevaba un traje inexplicable y molesto, que manifestaba desde su génesis hasta la madurez, la actuación insólita de un Caballero, que tiene más de disfraz de carnaval —aunque creído por el personaje en toda su extensión—, que, para colmo, guerreaba contra todos, y utilizaba un orden de palabras, exagerando su extraterritorialidad como una manera de emanciparse que simbolizaba toda una connotación de autoridad fantaseada y de transferencia directa con la vida y con una cultura propia. Al parecer, esta inusual forma de conducirse le reportó no pocas dificultades y, también, el desinterés de muchos, su hilaridad, que suponía un desentrañamiento de sus puntos de vista.
Viviendo en una época de intolerancias y fanatismos sociales y religiosos, don Quijote no vaciló en prestar su conciencia y figura a un ejemplo de libertad inalcanzable para el momento histórico y para la mayoría. Por ello fue, es y será una figura principalísima de la literatura, pero, además, por su notorio parentesco con muchos otros personajes vitales que han dejado su huella para regocijo de los lectores. En ese nivel ideo-estético se inserta este singular propagador de ideas impracticables, que no pensaba descansar mientras sintiera vergüenza por algo que ocurriera; que fuera capaz de ir a rescatar a una amada —cuyas virtudes estaban magnificadas por él—, y que tuvo también la perentoria actitud de antagonizar contra todo lo inadecuado según su óptica, sin importar que en ese lance le fuera la vida. Ante todo, estaba para el deber, la intensidad de una manifestación moral centrada en el espíritu humano y la de don Quijote, como máximo exponente, es un paradigma, pero queda atrapado en su esencia transitando por caminos dificultosos y no por los márgenes.
Si para don Quijote la ética, concebida como una forma de vida, indica una posibilidad de vivir, no podemos achacarle entonces una suerte de dolor psíquico imposible de restaurar. Cervantes lo pintó de esa manera porque esa fue su propia certidumbre, después de haber partido de los efectos de las relaciones públicas entre los seres humanos basadas en mezquindades y en la desintegración provocadas por la inconciencia de las causas históricas. Para buscar una respuesta a los interrogantes hay que descifrar sus discursos éticos, saber por qué razón quiso transgredir o subvertir el orden concreto de una realidad impuesta, cuestionar los postulados de una cultura homogenizadora y pacata. De lo contrario pudo ser un rudimento de exégesis, un intento de acercarse a desenmascarar las representaciones y los modos de una cultura, obviando que el personaje es un préstamo ficcionalizado de un sujeto histórico imposible de desfragmentar claramente. En esto hay que considerarlo un renovador literario pleno.
Otra cuestión básica para conocer la intención del autor de la célebre novela es determinar la cuestión del idioma, que, en ningún momento pareció ser un problema a la hora de refrendarlo en su obra. Es significativo empero, la utilización de la denotación y la connotación en cada palabra para convertirse así en una estrategia asumida por Miguel de Cervantes como un modo para decir lo que quería, para poner en boca de un hombre —cuya arista de locura imperecedera y constituye lo que más llama la atención a casi todos— lo que otros no se atrevían a decir. Pero la historia hace prevalecer siempre la égida victoriosa de una actitud, no importa que haya sido lóbrega o que una nebulosa impida ver mejor, por un tiempo o por toda la vida si se siente, entonces es válida, y así lo percibió don Quijote. Si trágica e impactante fue la vida de este personaje, por la moral arrogada de su entorno, no puede pasarse de lado el hecho de analizarlo en todo su esplendor y no ver solamente el medio en que se desenvolvió. Ese fue, precisamente, el ángulo que explotó para decir muchas cosas que, de otra forma, le acarrearían contratiempos. Muy acertada está, por tanto, Marlen Domínguez cuando expresa:
Los estudiosos del Quijote coinciden en advertir en su prosa tanto sinonimia ‘acumulación de significados’, como repetición de palabras y grupos de palabras ‘acumulación de significantes’ […], o series distributivas, por ejemplo, con nexo allí […], recurso narrativo acaso enfático, acaso propio para la lectura en alta voz, y que marca varios momentos de la historia de la literatura española. (7)
Y es que el carácter heroico de un hombre trágico y la idiosincrasia mesiánica que lo animó, como fue en caso de don Quijote, aflora en cada página de la obra y, a su vez, nos muestra un personaje trágico, que es hoy mito, leyenda e historia —entiéndase memoria común, atendiendo a las normas modernas de la tradicionología y la culturología, ser un texto constante— de fuerte expresión, y por el rol fundamental de las miasmas de una época allí expresadas.
Es por ello que esta es una obra maestra, en la que transita el hombre en dimensión sobrevalorada que evoca un destino colectivo pese a no ser explícito, es decir, toda la llamada cultura de fronteras que le había durado cinco siglos a España, es decir, una cultura en el sentido de guerras, lo cual no significa lo mismo que hacer una cultura una frontera hostil. Recordemos también que, en la época de la novela, España, un país sin unidad nacional, que a lo largo del periodo citado vivía en fronteras interiores y, por consiguiente, lo caballeresco existía como modo de vida, el prototipo de ese ser en Europa fue el español. Pero, se suma a esto que en España predominaba un factor psico-social muy candente, vale decir, la actitud religiosa con independencia de las diferentes modulaciones del cristianismo —órdenes contemplativas, mendicantes, etc.—, y eso trajo que en esa tierra predominara lo evangelizante y lo combatiente como elementos sustanciales de la forma de vida. Por tanto, no es erróneo plantear que allí existiera, por tanto, una relación dialógica, es decir, aparte y entre partes, y esto se da raigalmente entre el criterio religioso y la postura militar, aspecto que luego se proyectó en América con la llegada de Colón y sus hombres.
Y hay otros detalles para el problema de cultura predominante, y es que el territorio español había conservado más el vínculo con el imperio romano, cuya expresión más notoria y que acentuada fue la obsesión con y por el derecho, con la manera de legislar por encima de cualquier contingencia, señalar que primero iba el derecho sentando las pautas, a tal extremo que legisló para territorios que no conocía, como era América. Vamos a ver ese espíritu legalista no tan arraigadamente en el resto de Europa. De suerte que, si nos asomamos a ese mundo español percibimos la preponderancia en su seno una identidad que es una consolidación del sujeto al contacto con otras culturas. Es la conciencia del ser, pero, por otro lado, cada vez que ese contacto se producía reafirmaba la alteridad. Solo así tenemos ante nosotros una situación de la hechología —cómo es la vida— que funcionó en el Quijote, y por qué la mentalidad vino acreditada por un necesario saber cómo se formó ese país, cómo fueron sus gentes.
En tanto la cultura de fronteras hizo que esos hombres —hoy llamaríamos de gatillo alegre, para contemporizarlos más— pelearan sin escrúpulos por lo que le dieran; y la narrativa cervantina, en esta otra obra clave vino a constituir la expresión de un tiempo pasado, de esos recursos se valió el grande escritor cuando, por ejemplo, con metonimias hizo ver al Quijote ejércitos frente a él. Pero hay más, utilizó, por ejemplo, el minimalismo como arma para desfigurar las imágenes de aquel hidalgo enloquecido, pues muchas veces este vio en lo pequeño cosas máximas. Esas máximas le valieron a Cervantes, como autor, un artificio para exagerar el factor determinante de la no cordura del Quijote desde diferentes posiciones en la novela. Cierto es que todo escritor esconde un objetivo básico como agente catalizador —digamos por caso, detentar el poder en ese noble caballero para imponer lo que él creía que era la razón, y eso lo impulsaba a actuar—, traspasando tiempo y espacio. Llega a más cuando hace uso de la isotopía, que es esencial para la literatura, pues los temas siempre vigentes del amor y la muerte, entre otros, están presentes en la obra, si se viene a ver, la literatura es una red de isotopías, cosa que no podemos soslayar en este estudio del Quijote.
Entonces, si como sabemos, una obra literaria se compone de motivos asociados —que son la estructura de obra, el argumento, el tema dado, la tradición, etc.— y de motivos libres —que se fundamentan en aspectos para llenar los espacios vacíos— y solo estamos hablando de esto someramente, pues no es el tema de este ensayo, procede decir que un entendido comprende lo que hizo Cervantes cuando concibió su novela, y cómo utilizando el motivo asociado, apoyó su estructura narratológica, y mediante el motivo libre se apoyó para construir el estilo. Así convenimos con el ideal de que en cualquier circunstancia, Don Quijote de La Mancha tiene, en su esencia, un tema recurrente para reflexionar de modo permanente, y en ello consiste su eficacia como novela.
Si bien al reflexionar sobre la identidad, la alteridad y la eticidad en la obra cumbre de las letras hispánicas, nos viene a la mente la urgencia de tratar un asunto así, ver la polisemia del tiempo, tal y como fue utilizado, porque de la forma en que se introduce en la novela para crear un estado de ánimo al calor de acontecimientos, se presenta acaso como un traductor para que entendamos mejor lo planteado y nos dé claramente la alteridad de la que hemos venido hablando, convierte al protagonista en parte de la colectividad por lo que realiza.
Es la subjetividad implícita en el personaje lo que hace que la conciencia se refleje en constante movimiento y hurgue en un tiempo histórico, en otro íntimo; en el tiempo inmanente de la obra, provocando la aparición de un ritmo y un enfrentamiento consigo mismo, de reconocimiento de su identidad, de propiciar una dicotomía vivencial entre un ser y un no ser para confirmarse y verse de expresarse. Para distinto a otro.
Pero lo planteado queda en el tiempo y tenemos que ver también los límites que fija el espacio, y que deciden en el acuciante modo nadie es un secreto que la “ruptura de las formas artísticas procedentes del romanticismo, se inicia a finales del siglo XIX…” (8) y, por tanto, también debe verse el espacio anterior como un negociador de la introducción comunicativa de cada obra. En el Quijote esto está presente desde el espacio liminar seleccionado por su autor, o el espacio gestual del personaje y toda su parafernalia por vivir, hasta llegar al espacio dramático, que es donde transcurre el suceso, y todo ese devenir le otorga una autenticidad vital a la obra, que sobrepasa los marcos formales de enunciación de su problemática existencial.
Quien intente acercarse a la obra desde una óptica actual, debe tener presente estos elementos pero, muy espacialmente, el hecho de que si analiza desde el ámbito latinoamericano, esa reflexión debe concebirse dentro de los horizontes y la dimensión de nuestro tiempo con el de la obra; de nuestras realidades con esas realidades anteriores. Aunque a veces no se diga explícitamente, los diferentes estudios —por demás, abundantes y exhaustivos sobre la obra y su autor— pretenden siempre arrimarlo a esta o aquella posición ideo-estética. Pero una obra tiene sus equivalentes y sus digresiones formadas casi por intuición sobre bases similares o, en su defecto, con intenciones preconcebidas. Todos esos enfoques son valiosos y entrañan una arriesgada aventura quijotesca, pero lo que caracteriza a la obra es su significado ético, la enseñanza, el conocimiento del asunto de la moral, de la vida española de una época. La obra es más que un pórtico o estudio parcial y socio-cultural de un tiempo preciso. Son ideas y hechos vivenciales y, como explica Adolfo Sánchez Vázquez:
La edad de oro con que sueña don Quijote, como toda sociedad utópica, debe existir justamente porque sus principios y valores no existen o se hallan degradados en el presente. Lo que existe es la ‘edad de oro’ que, como toda utopía, entraña una crítica a lo existente: la edad de hierro. Es ésta -como hace ver don Quijote a los atónitos cabreros- una edad detestable en la que imperan el fraude, el engaño y la malicia; en la que no existen la paz, la amistad ni la concordia; en la que el favor y el interés turban y ofenden a la justicia; en la que en el entendimiento del juez se asienta la ‘ley del encaje’ y en la que la honestidad no puede andar a solas sin temor de verse menoscabada por lascivos intentos… (9)
Tal evaluación del importante intelectual mexicano no resulta paradójica, sino que concretiza una sumatoria de pensamientos de muchos otros conocedores del tema, con lo que se corrobora que la cultura es componente vital de la condición humana. Don Quijote no solo es un visionario irreductible del mundo irreal-real; él es —quizás— la visión de un mundo que debe realizarse y no ha podido emerger todavía pese a los siglos vividos desde su época.
Las actividades humanas siempre están marcadas por numerosas interpelaciones que parten de principios a veces no distinguibles a simple vista. Por eso muchos de los llamados contemporáneos de don Quijote quedaron asombrados ante su fantasía-supuesta-realidad, que él defendía con vehemencia y optimismo. Después de todo, tildado de desequilibrado, sus alocuciones quedaban, en apariencia, en el vacío, pero hoy nos damos cuenta de que la dimensión de las mismas tenía un claro papel polémico para un periodo retrógrado, y de un tipo modelo socio-cultural-histórico de férrea posición conductual y esquemática sustanciación ideológica —porque la ideología, como parte de la conciencia social, no puede ser omitida y menos en este análisis—. En consecuencia, una revalorización de los dictados morales, digamos mejor: éticos, es la matriz fundamental de la cual hay que partir para justificar su porte sociológico.
Llegados a este punto, conviene reinsertar en la exploración de este trabajo la clave del mismo: el punto de vista ético de don Quijote —entiéndase el autor también—, pero con la potenciación de un comportamiento inusual por parte del personaje revisado al asumir el ecumenismo de forma genérica para ser un de hombre de bien; con los sabios preceptos humanos caracterizados por un comportamiento dirigidos a darlos a conocer a costa de ser incomprendido. Si, como hemos explicado, la novela refleja la situación de un momento histórico, así como el poder de una ideología y a un nivel general de interdependencia, en estrecho vínculo, entre sociedad, costumbres, religión, hombres, poder y economías, tiene, también, la bifurcación de ventilar la cuestión ética como elemento universal de comportamiento.
Ese sobredeterminismo de su conducta, marcado por los componentes socio-éticos, no es causal, ni lleva supuesta la articulación de maniobras desfigurativas; en todo caso, don Quijote lo arriesgó todo para convertir en realidad lo que fluía en su mente de hombre soñador. Si tal proceder fue correcto o no, parecería una simpleza analizarlo, pero no es así. La lucha sostenida por el caballero andante no se refiere a sostener una pose, sino a refrendar un status de vergüenza, un concepto ordenado como deber en la constitución social de los hombres. Si fue inestable en su actuar no podemos perder de vista que es un personaje de ficción —que tales desajustes también le ocurran a los cuerdos—; no olvidar que esa manera de conducirse, no solo le acarreaba problemas a él, pues su compañero de aventuras, su instrumento o medio para comunicarse con la realidad, el inefable Sancho Panza, pasó innumerables apuros por culpa del Caballero de la Triste Figura. Dadas estas prerrogativas, el lector que se sumerja en esta obra hallará una acumulación de tipos, situaciones, frugalidades y cuestiones de toda índole, que intervienen de alguna manera en esa realidad.
El escritor y ensayista Alejo Carpentier apuntó:
Cervantes, con el Quijote, instala la dimensión imaginaria dentro del hombre, con todas las implicaciones terribles o magníficas, destructoras o poéticas, novedosas o inventivas, haciendo ese nuevo yo un medio de indagación y conocimiento del hombre, de la historia, la sátira social, la caricatura junto a la poesía, y hasta el cura del escrutinio famoso parece haberlo leído todo, y el mismo Ginés de Pasamonte, a ratos perdidos de ladrón, escribe sus memorias. Y el novelista, impaciente por hablar en primera persona, se introduce dentro de su propia obra, en el octavo capítulo, al pasar la narración a un tercero por un sorprendente proceso de ‘suspenso’ cinematográfico-novelista novelado, alguacil alguacilado… y, en cuanto a forma el Quijote se nos presenta como una serie de geniales variaciones a base de un tema inicial, en trabajo parecido al de las variaciones musicales inventadas por el maestro Antonio de Cabezón, el organista ciego e inspirado vihuelista de Felipe II, que fue el creador de esa técnica fundamental del arte sonoro […]. No tuvo España mejor embajador, a lo largo de los siglos, que don Quijote de la Mancha, hombre —nos dice su creador— ‘que solamente disparataba en tocándole a la caballería, y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento’…(10)
Precisamente en esa anchura humanitaria y ética estimada por el escritor cubano, hemos visto a don Quijote siempre, y así don Quijote cabalga todos los días, en una suerte de viaje sentimental y necesario para rectificar, aquí o allá, el daño y lo mal hecho. Su ejemplo, noble y triste a la vez, perdura en el tiempo lógico, porque nos enseñó a volver la vista sobre lo mal hecho, aún cuando el otro no nos reconozca lo que hacemos por él. Esa es la grandeza literaria entroncada con la realidad, porque en la obra no se respetaron las reglas aristotélicas, como dijera Justo de Lara (11), pero sí está la voluntad fundacional de fomentar una auténtica valoración ética que conciba la existencia de seres diferentes sin subordinación a un grupo. Ese es uno de los principales motivos para estarle agradecidos, pues con don Quijote comprendimos mejor el amor al ser humano, la importancia de sí mismo y saber que existe otro. Si para algunos los razonamientos del Quijote les aclaran las conductas, se ha formado entonces una interrelación filosófica y social de insoslayable parentesco. No importa que se fracase mil veces en el intento, eso también le ocurrió al ingenioso hidalgo, y sobrevivió a la hostilidad e incomprensión, pero los obstáculos fueron rotos uno tras otro, por su absoluta libertad de pensamiento.

Notas
1. Aguirre, Mirta. UN HOMBRE A TRAVÉS DE SU OBRA: MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA. Ciudad de La Habana. Editorial Letras Cubanas. 1979. p.86.
2. de Lara, Justo. CERVANTES Y EL QUIJOTE. Ciudad de La Habana. Editorial Letras Cubanas. 1980. p.73.
3. Fornet, Ambrosio. “Contrapunteo cubano del Quijote y la utopía”. En revista CASA, No. 239, abril-junio 2005:10. Casa de las Américas. C. de La Habana.
4. Domínguez Hernández, Marlen A. “Los que hoy vivimos con su lengua hablamos…”, revista REVOLUCIÓN Y CULTURA, época V, No. 1, enero-marzo 2005:21
5. Sánchez Vázquez, Adolfo. A TIEMPO Y DESTIEMPO. C. de La Habana. Editorial de Ciencias Sociales. 2004. pp. 532-533.
6. Zea, Leopoldo. ¿POR QUÉ AMÉRICA LATINA? México. UNAM. 1988. p.32.
7. Domínguez Hernández, Marlen: Op. Cit., p.21.
8. Corrales Arias, Adriano: “La categoría temporal como clave hermenéutica para comprender el arte contemporáneo y su incidencia en el teatro”, revista COMUNICACIÓN, Vol.12. Año 24, No.1-2, enero-diciembre 2003: 31
9. Sánchez Vázquez, Adolfo: Op. Cit., pp.537-538.
10. Carpentier, Alejo. ENSAYOS. C. de La Habana. Editorial Letras Cubanas. 1984. pp. 229-230.
11. Justo de Lara: Op. Cit., p.119.


Redefinición de la perspectiva cultural de Alejo Carpentier

Para Mariesta, mi mujer

El Caribe, un tema tan vasto, con tópicos tan diversos,
tan distintos, ¿y Usted quiere que se lo reproduzca en una sola respuesta?

Alejo Carpentier,
en una entrevista con Eligio García Márquez.
París, 1980.

Quizás sea Alejo Carpentier, entre los escritores cubanos del siglo XX, de quien más se haya escrito y teorizado. Su prolija actividad literaria, periodística, artística, diplomática y social no sólo lo lanzó hacia una suerte de expresión y promoción cultural que no ha cesado aún, pese a su muerte ocurrida un poco más de la medianoche del jueves 24 de abril de 1984 —según contó en crónica admirable Jorge Timossi (1)—; también, desde luego, por su relación directa con el surrealismo y con lo que mucho después se denominó el boom de la literatura latinoamericana (2), todo ello pesa considerablemente y nos remite a distinguirlo en lo que valoramos como su sentido y alcance en la perspectiva cultural cubana, caribeña, latinoamericana y universal a un siglo de su nacimiento.
Al escudriñar en su actividad investigativa, literaria y periodística, rescato de mi archivo unas hojas amarillentas —escritas por Juan Sebastián Tornavaca Alamar (3)—, en las que da su versión de la estancia suya y de Carpentier, entre otros, en la Cárcel de Prado No. 1, en La Habana, y cómo un afamado escritor años después, aprovechaba el tiempo en ese lugar. Es sobre ese periodo, y la relación directa existente entre historia, literatura y perspectiva cultural asumida por Carpentier que nos referiremos en las líneas que siguen. De cualquier manera, lo que nos llama la atención del escritor cubano fue la habilidad para engarzar esos tres elementos y desentrañar las posibilidades humanas en el entorno de América, examinando la legitimidad de la voluntad escrutadora que lo caracterizó, denotando, a su vez, una ética cartesiana consabida como un resorte poderoso de movilización hacia lo novedoso, aspecto innato en él. Cabe precisar que Carpentier tuvo además, muchas entradas o inserciones en temas vitales que volaban como pólvora, y propuso un procedimiento para entender las causas y estructuras que definieron —y definen— la multilateralidad del hombre y de las culturas americanas. Al respecto, Luis Álvarez ha dicho:
Una cuestión es capital para abordar la realidad de las colonias caribeñas: los españoles, en el continente americano, organizaron y desarrollaron sus colonias sobre la base de la deculturación de las civilizaciones indígenas. En los virreinatos de Nueva España y Perú, la política virreinal procuró desintegrar las bases de las culturas precolombinas, y ello motivó un minucioso trabajo de legislación, control y represión socio-cultural. En el Caribe no se produjo una situación similar: no era necesaria una política de deculturación, toda vez que los habitantes precolombinos habían sido exterminados, ya en los siglos XVI y XVII. Esto, en principio, significó para los colonizadores el disponer de un espacio vacío del cual disponer a su antojo. La población indígena de las Antillas fue diezmada de una manera brutal y que, a la larga, debió desaparecer. Pero el ritmo y peculiaridades precisas, durante mucho tiempo, [constituyeron] un reto y un misterio para la investigación culturológica. (4)
Precisamente, ese reto y ese misterio lo afrontó Carpentier desde el concepto de lo real–maravilloso.(5) Esa identificación, basada en la experiencia adquirida y en la asombrosa capacidad de información que lo dignificó, trajo por consecuencia la posibilidad de engendrar un objetivo general de estudio del problema americano como instinto básico de su actuar, constituyendo, en sí mismo, su reservorio prioritario para abarcar diversos aspectos y enfrentar los desafíos culturales, propiciando así el desarrollo de su intelecto y la comprensión cabal de estos pueblos latinoamericanos.
La advertencia señalada por Luis Álvarez, establece las coordenadas esenciales y multisectoriales para aprehender lo perseguido por Carpentier en toda su obra. Por eso detectamos como la complejidad tiene sentido, valga decir que diacrónicamente, tanto en el insigne escritor cubano como en Pierre Mabille, porque como ha dicho Irlemar Chiampi, “... el mundo empírico tiene una posibilidad excepcional de captarlo (revelarlo, iluminarlo) siempre que el sujeto se despoje de las constricciones de los sentidos inmediatos” (6). Y ese análisis realizado por Chiampi concuerda con nuestra idea inicial, pues trae consigo una intelección vinculada con lo que venimos suponiendo en razón con la cuestión cultural, ya que resulta significativo apreciar la importancia de los gestos y símbolos utilizados por el escritor cubano, y porque la cultura como tema propiamente dicho se enfrenta raigalmente con el procedimiento, método, medio y hasta maneras de ser de todo sujeto. Y tal consecución de planos conceptuales tiene su médula en lo ocurrido en estos pueblos —caribeños y latinoamericanos— donde la marginación cultural —en especial, en la población autóctona— marcó la pauta de la existencia misma de ellos.
Cabe preguntarse entonces ¿sería lógico valorar la sociedad solamente como consecuencia de lo que ocurrió con su genocidio? Ese cuestionamiento es erróneo planteárselo de manera tajante. En todo caso, habría que valorar cómo ocurrió ese genocidio, así cómo lo qué se dijo al respecto y qué determinó crear una leyenda negra. Por otro lado es imprescindible conocer —como caribeños y latinoamericanos— qué existió antes de la llegada de los españoles y pobladores de otras comarcas europeas y africanas, y tomar en cuenta, además, en qué grado ha degenerado la visión que se tiene de los conceptos de lo caribeño y lo latinoamericano.
Alejo Carpentier, hombre avisado, llegó a la conclusión de que los componentes culturales de América Latina y el Caribe influyeron en el desarrollo social y de cualquier otra índole en estas zonas geográficas y que la historicidad iba a profundizar la opción preferencial de estos pueblos, pese a la penetración del coloniaje español, o del llamado american way of life estadounidense que vino años después. Es que misticismo, tradición, vida cotidiana son, a la vez, componentes o la columna vertebral de estos pueblos dolidos —y no cabe dudas que el cerebro y corazón también— algo así como sus dones intrínsecos. Precisamente, vale afirmar que esos elementos constituyen el nudo gordiano imposible de cortar ni por Alejandro Magno, ni por el colonialismo, o por el imperialismo —desde hace un tiempo globalizador y neoliberal—, han mantenido unidos (aunque no con fuerza) a estos pueblos a pesar de más de cinco siglos en los que se les ha tratado de desvencijar de sus riquezas y de sus exponentes más sobresalientes, claves para su existencia. Esa síntesis existencial, reflejo del vasto contenido humano que los alimenta, hizo que Carpentier los mirara diferente, con la óptica de un intelectual comprometido y situado en el lugar y grado que debía estar. Coincidimos con Julio Rodríguez Puértolas cuando refiriéndose al autor

De El siglo de las luces, señaló:
Para comprender la tarea novelística [entiéndase toda la obra] de Alejo Carpentier, y además de todo lo anterior, es imprescindible enfrentarse primero con los puntos básicos de sus teorizaciones acerca de América Latina y de su literatura. Sería: la teoría de los contextos, la teoría de lo real-maravilloso, la teoría de la novela como épica, la cuestión de la literatura y conciencia política, el barroco como estilo latinoamericano, concepto de historia. (7)
En esos puntos delineados por Rodríguez Puértolas se puede considerar que radica la grandeza de Carpentier, su tiempo cognoscitivo y útil, su ámbito de la cultura y su forma de actuar y pensar. Por ello, Armando Cristóbal Pérez no vaciló en señalar que:
[...] Carpentier fue —es— un autor de vocación realista e histórica. Y tras la urdimbre extraordinaria de sus textos eruditos, del manejo brillante del idioma, de la profesionalidad, de la maestría y el rigor, la consecutividad lógica de la vida palpita muy cercana. En cada personaje. Y en cada momento de su obra. (8)
Quizás en eso descanse la concepción de la perspectiva cultural evidenciada en él: la concertación entre lo vivido, lo que se vive y su importancia; por eso en cada obra suya está el ser humano complejo, con sus contradicciones y aspiraciones, que transita desde suburbios más bajos, calles, castillos, rincones y las grandes ciudades, o el mar imperecedero, o la selva intrépida, con el consabido pretexto justificativo de que el ser caribeño, latinoamericano, o europeo o africano, es dueño de una gran variedad de situaciones en ese entorno, y por tanto, los debemos cuidar y conservar en la memoria.
Tenemos que reconocer que llama la atención pensar en un Carpentier valorador sobremanera del contexto social y del panorama mismo donde se recrea y ubica sus personajes. Por consiguiente, consideramos su sentido está dirigido a estudiar con lógica dialéctica cómo afloran las virtudes y desafueros humanos, en especial del hombre latinoamericano tan apegado a su medio. Y es ese medio el que tratan de subvertir los hombres hegemónicos de la cultura a imponer; por ello lo que más se conoce es la figuración de lo exuberante gracias a las fotos excelentes del National Geography, que por haber trabado contacto y comprendido al leer el Popol Vuh, o los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega; o las Cartas de relación de Hernán Cortés o, mejor aún, por el Diario de Navegación del gran Almirante, o los Anales de los Cakchiqueles; o la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo; o lo narrado por Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en sus Naufragios o, en última instancia, por lo contado por el Padre Las Casas, por solo citar algunos textos que grafican el sufrimiento, la nostalgia, las alegrías, las costumbres y mitos de estos pueblos americanos. Pero es natural que esto ocurra; si vamos a ser justos, diríamos que al National Geography le resulta más fácil desenterrar cadáveres mediante fotos lujosas, que buscar a los asesinos de esos cadáveres exquisitos. Carpentier, en el Prólogo a su novela El reino de este mundo, dio la sistematización de lo que constituyen y significan estos pueblos afectados por la tragedia de la conquista y la colonización a la que fueron sometidos inmisericordemente. En ese vía crucis está también la grandeza de estos pueblos, haberse separado de la realidad-irrealidad en que los colocaran los colonizadores, por consiguiente, la obra toda del escritor cubano se convierte en un perenne analizar y proclamar la verdad irredenta —aunque ficcionalizada— de su tragedia vista en un hiperbolización por una óptica creativa muy particular, que no olvida ningún detalle del paso de la historia, no rehuye la polémica que puede provocar porque su postura cultural es válida y trascendente.
Ahora bien, puede que haya ocurrido que estos pueblos no hubieran asimilado correctamente sus condiciones de vida, la marginalidad a la que fueron sometidos, ni tengan claro cuál es su verdadera historia; una cosa sí está precisada por y para ellos: lo sufrido no se olvida, lo padecido queda en el alma, queda en la conciencia, quizás no puedan comprender lo que se dice de ellos en las obras de los investigadores o maestros de las letras como Carpentier. En ese sentido, Pierre Bourdieu ha fijado la siguiente sentencia:
Si los espectadores menos cultivados de nuestras sociedades tienen una inclinación tan fuerte a exigir el realismo de la representación, es, entre otras razones, porque, estando desprovistos de categorías de percepción específicas, no pueden aplicarle a las obras de la cultura erudita [savante] otra clave que no sea la que les permite aprehender los objetos de su medio cotidiano como dotados de sentido. La comprensión mínima, aparentemente inmediata, a la que tiene acceso la mirada más descarnada, la que permite reconocer una casa o un árbol, supone todavía un acuerdo parcial (y, por supuesto, inconsciente) entre el artista y el espectador sobre las categorías que definen la figuración de lo real que una sociedad histórica considera realista (9)
Y este criterio fija ciertos lineamientos de lo que constituye la filosofía del pensar de estos pueblos latinoamericanos. De manera lo que se desprende es que en el Prólogo carpenteriano a El reino de este mundo, poseedor de una fuerte incidencia connotativa, su autor quiere reflejar la conducta ante la vida seguida por estos pueblos, que se aprecia en su teoría de lo real-maravilloso latinoamericano, porque el escritor cubano quiso provocar una suerte de búsqueda de la identidad de un conjunto de principios que conforman un ser y lo diferencia de otros y que, por supuesto, van mutando y se transmiten o se conservan en la memoria de una generación a otra, pero en el fondo mantienen una sólida convicción por tener orígenes yacentes o similares, refrendados en la magia y el mito, en la realidad y en la muerte, en las raíces estéticas e ideológicas de extremas singularidades, pues de esa forma han inventado sus ficciones seculares y han vivido de ellas.
No obstante, Carpentier quiso descubrirlos y describirlos mejor, siguiendo la pisada del hombre latinoamericano, en la que brotaba la autenticidad creadora, de lógicas implicaciones expresivas y de una probada característica de apreciación en torno a la significación de lo cubano, lo caribeño, lo latinoamericano, lo universal, y hasta en sintonía con la mirada de afuera —la europea—. Tales disquisiciones no son cuestiones baladíes, sino que la interpretación del mundo en estas tierras americanas por parte de Carpentier rompe con el discurso establecido, novelero, mentiroso y pintorequista que, a lo largo de los años, le endilgaron a estos pueblos. Lo que él apuntó en el Prólogo de su novela El reino de este mundo, en 1949, rebasa los cánones academicistas de enfocar la problemática de las tradiciones culturales y epocales, y que eran la concreción de una leyenda negra con malas intenciones. En todo caso, reveló y dirigió al lector hacia la posibilidad de realizar un análisis desprovisto del miedo a sus propias costumbres, al no conocerse a sí mismo; y les dio la oportunidad de vivir su aventura existencial y mística a aquellos se acercaran a estos asentamientos poblacionales para que lo hicieran con una visión etnohistórica, filosófica y hasta con una estética de admiración por lo que se había hecho antes de 1492; poseyendo así un lenguaje para valorar mejor sus antepasados.
Por eso lo hecho por Carpentier tiene un alcance que traspasa el sentido de la invención literaria; su propósito es más definitorio en apreciación antropológica y le proporciona a los investigadores perspectivas para que conozcan al hombre de estas tierras desde antes de la llegada de Colón y sus acompañantes; asimilar su evolución histórica, económica y mítica. Entonces, de manera certera en el Prólogo traza concepciones, pero, por su propio peso es un manifiesto vivificador, necesario, insustituible para conocer el mundo americano. A propósito de la eficacia de Carpentier para ubicar sus experiencias en sus obras, llama la atención lo dicho por Victoriano Polo García cuando expuso:
Las formas narrativas de Carpentier, en efecto, se hunden en todas las raíces de la realidad que lo contextualiza, con la que produce una doble corriente de alimentación y crecimiento. Parte de la historia de la tierra y del hombre americano, y a ellos vuelve de todos los periplos imaginables y controvertidos. Las parejas conceptuales pensamiento/vida, teoría/praxis, no son en él términos excluyentes o de simple dialéctica funcional; antes al contrario, significan difíciles y eficaces complementos de sí mismas que se resuelven en totalizadora síntesis, brotando, a su vez, de una sorprendente capacidad de análisis (la historia siempre al fondo) de la que cabría esperar una sencilla integración... (10)
y de esa compaginación coronativa un Carpentier pletórico, hecho a imagen y semejanza de la dignidad latinoamericana, como hemos venido observando.
Cuando se arriba a estas ideas, la tendencia inmediata es simplificar las cosas para evitar perderse en un marasmo de incongruencias, pero la literatura y la vida de Carpentier invitan y obligan a reflexionar más en su interés urgente por estos pueblos, su cultura, demografía, realizaciones económicas, mentalidades, etc. En sus obras Carpentier nos enseña la impronta de la explotación y la indiferencia de los poderosos desde antes del siglo XX, pero eso no es todo: es solo un buen comienzo para hallar una explicación del modus vivendi de los latinoamericanos, confronta sus avatares y logros, cómo se han manifestado, muy particularmente después del escandaloso abuso cometido contra ellos y la violencia engendrada por tales desmanes. Y ese establecer significados simbólicos tiene el propósito de mostrar un tipo de sociedad que magnetiza por su inestabilidad emocional, así como que las víctimas lo único que guardan en sus adentros es la dignidad que los embarga pese a todo. Comoquiera que se mire, hay un nexo que lo relaciona con la opinión manifestada por el novelista y ensayista Leonardo Padura, cuando afirmó:
[La] necesidad de ver más allá de lo fenoménico, de lo real-maravilloso, y hallar una segunda y más acabada visión de la realidad está indiscutiblemente, la génesis más remota de lo que luego será su teoría de lo real-maravilloso americano. (11)
Quiere esto decir, que al tantear en lo vivencial de estos pueblos, le proporcionó al escritor el acicate para forjar una idea, un concepto, una estética que mantiene vigencia. Pero hay más, en Carpentier se destacan dos posiciones importantes, que resultan imposibles de soslayar: por un lado, su acerada manera de reflexionar nuestro mundo americano, a partir de su concepción clara de amalgamar la realidad con la ficción literaria, la historia con la cultura y, por otro lado, la responsabilidad intelectual que asume como forma de ser. Tales vertientes que conforman su unicidad lo definen como un escritor de talla excepcional comprometido con el pasado, con su presente y con el futuro.
Llegado a este punto es obvio precisar que nuestras pesquisas no estaban erradas cundo nos planteamos el tema de este ensayo. A simple vista, Carpentier puso énfasis en la variabilidad de temas que rondan al hombre americano, sosteniendo así una decidida postura de reflexión sobre ese proceder. No obstante, no resbala en una repetición pintoresquista de esa realidad, sino que propone un análisis, descubre un contrapunteo para romper con ciertas ligaduras que, a su vez, constituya de por sí una continuidad. Interpretado así su esquema reflexivo, cualquier contacto con su obra —novelística, cuentística o ensayística— denota un afán de búsqueda de la fisonomía americana. Ese conjunto de circunstancias ha movido la conceptualización de la idea carpenteriana, distinguiendo entre lo que es propiamente autóctono, lo que es original, y lo que es pastiche, que son, en definitiva, tres categorías diferentes. Ese pensar, entonces, contribuye a hacer más dramático el proceso histórico de América, cual si fuera una paradoja de vicisitudes que no se puede soslayar si no quiere caerse en un error garrafal.
Por consiguiente, Carpentier halló la ruta por donde transitó la historia y sin miedo a la responsabilidad de equivocarse, transitó hasta encontrar qué pasó con estos pueblos; vale decir, se acercó al escenario de los acontecimientos. Pero no lo hizo para narrarlos fotográficamente, su aproximación fue con vistas a interpretar con sensibilidad y cordura el despliegue espiritual y cultural que los invadió, así como percibir la terrible agonía del suplicio que les impusieron, y aprehender la grandeza de sus invenciones. Esas contextualizaciones auténticas fueron asimiladas por Carpentier revisando en zonas casi indescifrables y corriendo el riesgo de no ser comprendido. Por eso lo real- maravilloso tiene implícito el empezar de nuevo y la sacralidad de respetar lo autóctono. Para algunos, puede que la imaginación del escritor haya desbordado el examen de una historia pero, en realidad, las características de su condición de escritor cabal no le permiten darse ese lujo nada honesto.
Carpentier sigue un procedimiento investigativo variado, profuso, en el que se advierte un punto de vista histórico. Al respecto, y tomando como base el ingente esfuerzo realizado por el escritor cubano cuando escribió La música en Cuba, Leonardo Padura ha apuntado que:
La historia, como tema y asunto, llega a la obra de Carpentier traída de la mano de este genésico estudio [el de la música] para provocar un importante giro en la creación y el pensamiento carpenteriano y para convertirse, desde entonces, en la fuente de inspiración (incluso estilística) más recurrida del narrador cubano (12)
Y este criterio confirma lo que se ha venido expresando y lo avala ciertamente, amén de que le concede a la obra de Carpentier una trascendencia primordial para entenderlo, para comprender lo que nos quiso decir con lo real-maravilloso, como lo atestigua su relato Viaje a la semilla, obra capital de su narrativa y que, como también dijera Padura:
…revela, con mayor evidencia, su capacidad para asumir todas las influencias formadoras que ha venido recibiendo y devolverlas ya marcadas por la huella de una individualidad al fin conseguida. (13)
En esa actitud abierta a recibir influencias radica su originalidad. No necesitamos, pues, detenernos en cada obra suya para ver y conocer la viabilidad de Carpentier ante el hombre americano. No obstante, si bien en la ensayística de Carpentier dejó sentado una teoría de lo que él vio del mundo americano, no es menos cierto que en su novelística, en especial en El reino de este mundo, Los pasos perdidos, El siglo de las luces y, en menor caso, La consagración de la primavera, explicitó el fenómeno comprensivo e intelectivo de su «filosofía americana». Ese camino enriquecedor de experiencias, sirvió para ver la realidad de estos pueblos que, pese a ser vencidos una y otra vez por enemigos poderosos, cifraron sus esperanzas en un proceso liberador.
Cabe, por tanto, señalar que la perspectiva cultural en Carpentier no fue exclusivamente diferenciadora de otros pareceres. En todo momento supo que la lucha de estos pueblos representaba un ideal americano atendiendo a las distintas facetas que lo irradiaban. Pero llama la atención que su visión de conjunto tenía mucho de cierto, porque en él primaba una actitud respetuosa con la tradición de estos pueblos, a pesar de las múltiples colisiones que tuvieron en su devenir. Por eso sorprende la agudeza del pensamiento cultural de Carpentier que supo distinguir todas las interrogantes, en cuanto al sentido y el alcance de esa perspectiva, manifestando su deseo de precisar lo que había de cierto en la cultura de estos pueblos, su identidad y los rasgos de distinción y diferenciadores. Se convirtió así en un hombre que aceptó la realidad, la reinterpretó, y comprendió el proyecto de vida de estos pueblos intentando descifrar sus virtudes y defectos sin un viso turístico o bocetista. Es decir, cumplió el rol intelectual comprometido con el análisis, sin importarnos a qué ideología se afilió.

Notas
1. Timossi, Jorge. DE BUENA FUENTE. La Habana, Editora Política, 1988. pp 208-231
2. Al respecto, para tener una información cercana de cómo surgió el Boom, Cf. Tomás Eloy Martínez, “El padre del Boom. Paco Porrúa, el más legendario editor argentino”, en PRIMER PLANO, suplemento cultural de PÁGINA 12, domingo 16 de octubre de 1994; o lo referido por María Pilar Donoso en su ya clásico libro LOS DE ENTONCES.
3. Juan Sebastián Tornavaca Alamar fue, según sus propias palabras, un comunista cubano que vivió casi toda su vida en Camagüey, aunque después del Proceso Penal del año 1927 en el que se vio involucrado, cuando Machado cerró en todo el país las sucursales de la Universidad Popular “José Martí”, creada por Julio Antonio Mella, se apartó de su filiación y comenzó a vivir la vida lo mejor que pudo. Tornavaca, en 1927, a raíz de cerrar sus puertas la susodicha Universidad en Camagüey, cayó preso y lo encerraron en el Vivac de la calle de Lugareño, en la ciudad de los tinajones. De allí fue remitido para la Cárcel de Prado No.1, en La Habana, y en ese lugar, en la galera No. 15, guardó prisión junto con José A. Fernández de Castro, Alejo Carpentier, Serafín Delmar, y otras personas que, a todas luces, eran víctimas inocentes pues no estaban involucradas en los hechos. Por azar, Tornavaca tuvo el privilegio, de acuerdo con su versión, de ser testigo de excepción de la manera en que Carpentier acopió información con el presidente de la galera y otro connotado criminal, conocido como “Come en cubo”, además de otros ñáñigos, para la elaboración de lo que sería su primera novela, Ecué Yamba O.
4. Álvarez Álvarez, Luis. “Reflexiones sobre la literatura del Caribe”, en CON EÑE, Revista de cultura hispanoamericana, No. 11, 2do Semestre 2000: 50-51.
5. Una versión nada ilógica, por cierto, fue planteada por Guillermo Cabrera Infante, en las páginas 138 y 139 de su libro VIDAS PARA LEERLAS, Alfaguara. España. 1998, en el trabajo titulado “Carpentier, cubano a la cañona”, donde dice: “Así se repite ahora en todas partes que Carpentier creó el realismo mágico. No saben (o se olvidan) que esta etiqueta fue fabricada por un alemán llamado Franz Roh en 1924, cuando Carpentier acababa de salir del bachillerato en La Habana o de un lycée francés y quería ser arquitecto porque sabía que la arquitectura es música congelada o letras de ladrillos, lo que se quiera creer mejor. Roh, curiosamente, regaló su membrete a artistas menores y mediocres que terminaron siendo cultivadores del realismo nacional-socialista, nazi para abreviar. Lo que Carpentier creó (con un poco de ayuda de su amigo Mabile) fue otra etiqueta, lo real maravilloso, que le sirvió sólo para una novela breve, El reino de este mundo. Después se olvidó de la cocción como eliminó la receta de los prólogos ahora invisibles de sus ediciones francesa y americana. No ya el realismo mágico sino siquiera lo real maravilloso pertenecen a Carpentier. No son de su invención sino de Roh y de Mabile. Carpentier fue siempre un buen adaptador desde sus días de la radio francesa hasta la CMZ, emisora del Ministerio de Educación en La Habana en los primeros años cuarenta [del siglo XX]. Curiosamente la CMZ tenía su sede dentro del campamento militar de Columbia”. Puede que se discrepe con este punto de vista, pero lo válido es que constituye otro criterio sobre Alejo Carpentier, y es lícito tomarlo en consideración.
6. Chiampi, Irlemar. “Lo maravilloso en la historia en Alejo Carpentier y Pierre Mabille”, en HISTORIA Y FICCIÓN EN LA NARRATIVA HISPANOAMERICANA (Coloquio de Yale) (Compilación y prólogo Roberto González Echevarría. Venezuela, Monte Ávila Editores, 1984. p. 226.
7. Rodríguez Puértolas, Julio. “Significación de Alejo Carpentier”, en ALEJO CARPENTIER. PREMIO DE LITERATURA EN LENGUA CASTELLANA «MIGUEL DE CERVANTES» 1977, Madrid, Antropos, Editorial del Hombre, 1988. p. 84.
8. Pérez, Armando Cristóbal. UN TEMA CUBANO EN TRES NOVELAS DE ALEJO CARPENTIER, La Habana, Ediciones Unión, 1994. pp. 7 y 8.
9. Bourdieu, Pierre. “Elementos de una teoría sociológica de la percepción artística”, en IMAGE 1. TEORÍA FRANCESA Y FRANCÓFONA DEL LENGUAJE VISUAL Y PICTÓRICO. (Selección y Traducción Desiderio Navarro). La Habana, CRITERIOS. Casa de las Américas, número 33, 2002, pp. 191 – 192.
10. Polo García, Victorino. VOCES DE HISPANOAMÉRICA. ESTÉTICA Y TELURISMO EN LA LITERATURA. Murcia, Departamento de Literatura Hispanoamericana Universidad de Murcia, 1982. p. 120.
11. Padura Fuentes, Leonardo. UN CAMINO DE MEDIO SIGLO: CARPENTIER Y LA NARRATIVA DE LO REAL MARAVILLOSO. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1994. p. 28.
12. Ibidem. p. 223.
13. Ibidem. p. 231.

 

Lo que hicimos para ser lo que somos

Para Carlitos y Lisbet

Lo que el americano sano pide es que cada pueblo de América
se desenvuelva con el albedrío y propio ejercicio necesarios a la salud,
aunque al cruzar el río se moje la ropa y al subir tropiece,
sin dañarle la libertad a ningún otro pueblo
-que es la puerta por donde los demás entrarán a dañarle la suya.

José Martí.

Se trata, de esencia, de la autorreflexión crítica de un sujeto colectivo que busca producir desde su matriz simbólica una alternativa al sistema dominante, valiéndose para ello de una innovación creativa a partir de su acervo tradicional y de la apropiación selectiva de elementos culturales y tecnológicos ajenos. O sea, un pensarse a sí mismo para no ser pensado por otros.
Adolfo Colombres.

Después de 1900, la América Latina cavó sus propias fosas y sucumbió a un coloniaje seductor, a un nuevo sometimiento, a una nueva usurpación de la libertad, pues no se trataba, en la mayoría de los casos, de carecer de bandera, himno y hasta de un gobierno propio —digamos esto último entre comillas—. El neocolonialismo era un mal donde muchas riquezas eran —y son— absorbidas a cambio de migajas económicas, o engañosos convenios leoninos. Pero puede pensarse que lo planteado es una diatriba más de las tantas que han abundado al respecto con referencia a los intereses poderosos que, mediante todo tipo de subterfugios, se apoderaron de estos pueblos americanos reiteradamente. Entonces ¿a qué se debe el querer repensar en todo ese entramado en este texto? Sencillamente, a que lo analizaremos se enlaza en una relación dialógica con esa otra actitud que deben asumir hoy estos pueblos y sus juventudes, ciento cinco años después de haber comenzado el siglo XX, y que, en cierto sentido, repite la confrontación entre las concepciones del Ariel rodosiano, expuesto a inicios de ese siglo, y el Calibán de setenta años después.
No sería ocioso señalar, por tanto, que América hinca sus rodillas y cae otra vez bajo en un nuevo peligro existencial que significa una posible pérdida total de su identidad, de sus riquezas ya maltrechas y, en resumidas cuentas, de su independencia. Surge, entonces, una encrucijada a dilucidar. En primer lugar, parece vital acercarse a la historia americana para poder hablar de diversidad de modernidades y no de un solo modernismo, como han hecho algunos. En cualquier caso lo que nos identifica hace que, a su vez, nos diferencie, aunque parezca ilógico que se busque una identidad en la diversidad.
Por ello, el tema a tratar nos obliga irremisiblemente a remitirnos a Simón Bolívar, un hombre utilizado por diversos sectores de acuerdo con las conveniencias políticas e ideológicas, aunque este no es el motivo por el que recurrimos a él hoy, sino que lo haremos desde su texto conocido como la Carta de Jamaica (1), a tenor de las consecuencias sociales que tal documento genera. En esa Carta, él plantea el criterio certero de que somos un pequeño género humano, un mundo aparte y diferente de Europa, y se detiene a meditar en torno a dos problemas candentes del hombre latinoamericano: la identidad y la integración, comprende que al partir de un pasado se puede presumir lo que vendrá. Es cierto que El Libertador, como comúnmente se conoce a Bolívar, no hizo alusión directa al término identidad, sin embargo, sí concibió la idea de analizar cuestionamientos esenciales al preguntarse: ¿qué somos? ¿qué tenemos en común los hombres y los pueblos de la región? Y esas interrogantes constituyen, en sí mismas, la identidad. Por ende, la intención meditativa y el discurso den Bolívar, nos lleva a mirar —y mirarnos— diferente (s), o sea, desde una postura de diálogo, somos sujetos, y no como se nos había hecho ver, vale decir, objeto, producto de un monólogo impuesto desde fuera.
En tal sentido, al corroborar esta pesquisa bolivariana, se colige otro problema para el latinoamericano de aquella época: delimitar hacia dónde miraba entonces para intentar saber quién era. Tenía dos caminos, o dirigía su vista hacia Europa y se veía como los europeos; o apuntaba hacia Estados Unidos y se creía un norteamericano. Un conflicto apremiante que inundó a los latinoamericanos en el siglo XIX y continuó siendo un problema durante el XX, porque, indudablemente, la injerencia capitalista fue cada vez más devastadora y afiebrada, con el consiguiente desgaste político, económico y social de estos pueblos, aspecto extendido hasta lo que va del XXI sin que se vea un panorama plausible plausible.
Hay todavía una dificultad mayor para estos pueblos desvencijados de la América del Sur —y las Antillas—, y constituye el que muchos han caído en el sofisma de considerar al norte como paradigma existencial, y es sobre ese particular que, precisamente alertaron Bolívar y Martí. Resulta interesante recordar la carta que este último le escribiera a Gonzalo de Quesada, el 16 de noviembre de 1889, avizorando con cuánta fuerza podían caer los Estados Unidos sobre estas tierras americanas, incluyendo, desde luego a Cuba, si no se le ponía coto a tiempo, y a ese efecto, señaló:
Son algunos los vendidos y muchos los venales; pero de un bufido del honor puede echarse atrás a los que, por hábito de rebaño, o el apetito de las lentejas, se salen de las filas en cuanto oyen el látigo que los convoca, o ven el plato puesto. El interés de lo que queda de honra en la América Latina, —el respeto que impone un pueblo decoroso— la obligación en que esta tierra está de no declararse aún ante el mundo pueblo conquistador —lo poco que queda aquí de republicanismo sano— y la posibilidad de obtener nuestra independencia antes de que le sea permitido a este pueblo por los nuestros extenderse sobre sus cercanías, y regirlos a todos: —he ahí nuestros aliados, y con ellos emprendo la lucha. (2)
Ahora bien, deteniéndonos en otros aspectos, es obvio que El Libertador supo que no éramos —y somos— distintos solo de Europa, sino entre sí, y analiza el problema de la unidad como garantía identitaria. Esto nos lleva a otra encrucijada de preexistencia para estos pueblos, y es el hecho que los mismos estaban —y valdría decir que están— urgidos también de buscar la originalidad, síntesis del gran drama entre la identidad y la integración.
Pero cabe preguntarse ¿originalidad frente a quién? Y habría que consignar: pues frente a la necesidad de reconocerse a sí mismo para hallar su identidad. Por tanto, al leer a Martí, y se precisa cuánto significa su texto Nuestra América y el esclarecedor aporte que hace a la identidad americana, el lector comprende por qué el pensamiento del Héroe Nacional cubano fue el relevo natural del de Bolívar. (3)
A tenor de lo apuntado conviene reflexionar además, sobre dos actitudes diferentes que contrastaron la conducta a seguir con respecto a cómo se iba a enfrentar el siglo XX, las cuales matizaron el antagonismo existencial. Si bien el concepto fundamental de la filosofía latinoamericana es la ética, cuando el Modernismo se desarrolló, fue por etapas, pues languidece –nos referimos a lo anterior, el Romanticismo- ni surge rápidamente -como fue el Modernismo, del que estamos hablando- su enigma radicaba en una ruptura más que todo, la cual implicaba continuidad. Es por eso que Martí, en su texto Nuestra América, (4) plantea una defensa de cómo debe ser interpretada la historia, así cómo asumir la nueva época, adelantándose de esa manera a su tiempo, porque definía la identidad categóricamente.
Una de las actitudes de las que hablamos renglones arriba se da, sin dudas, en Ariel, el excelente mensaje idílico del uruguayo José Enrique Rodó, escrito poco después del trabajo de Martí ya citado. La obra de Rodó avizora toda el ansia e ideal revolucionario de la juventud americana y tuvo una acogida formidable al repercutir eficazmente en la intelectualidad de inicios del siglo XX. En esto radica, significativamente, su diferencia con el ensayo de Martí, pues al aparecer este en un órgano de prensa, desgraciadamente tuvo menor alcance -a pesar que se considere que un periódico tiene mayor difusión- por la volatilidad de su lectura, y porque indudablemente, las tiradas no eran tan numerosas como las de hoy, y, además, y esto es lo primordial, por la poca comprensión que tuvo el texto martiano para su época. Pero lo apuntado por el Apóstol de la Independencia de Cuba, tenía mayor resonancia e implicación en el panorama social, cultural, político y humano de estos pueblos —y en su juventud—, que lo planteado por Rodó. Además, Martí lo expuso de tal modo, que a todas luces era un planteamiento modernista y un afianzamiento revolucionario ineludible para su momento histórico y para el que vendría después.
Es cierto que Rodó encaró en la ensayística lo que Rubén Darío fue en la poesía para los inicios del siglo XX, de ahí que muchos puedan preguntarse erróneamente: ¿qué y cuánto tiene de modernista Ariel? La respuesta a la pregunta hay que buscarla en la utilización de una suerte de referencia dramática llevada a la reflexión ensayística, y eso es lo conocido como pastiche. Y es menester consignar que de esa forma Rodó se valió, aunque sin otras pretensiones, para manifestar sus ideas. No obstante, incursionó también en la política, con otro viso, y no se propuso diseñar un proyecto político, aspecto que sí sobresale en Martí evidentemente. A pesar de todo, Rodó en su Ariel roza la arista política y programática porque representó lo que pretendía que fuera la juventud en materia ideológica —y de actuación— en América Latina, una suerte de dechado virtudes bien definidas, con ideales utópicos pero no profundizó más, evitó rasgar vestiduras y herir la carne; creyó que con ensuciar la cara ya bastaría; ese fue su determinismo erróneo. No obstante, por esa actitud nihilista, su modelo creado caló y tuvo generalización, pues evocaba una posición socio-política y cultural nada desdeñable en atención a la situación que existía.
Sin duda alguna, el concepto rodosiano era resplandeciente, tenía un sustento de pensamiento, y por eso no solo fue uno de los motores impulsores de la Reforma Universitaria de Córdoba, Argentina, en 1918, también lo constituyó para “sí” en cuanto a casi todos los pensadores e intelectuales del siglo XX americano. El Ariel fue el alimento espiritual de aquellos jóvenes y su guía, era una síntesis del espíritu propio de América, aquel que no puede ni debe estar contaminado con Calibán, como veremos más adelante, a tenor de algún que otro teórico.
De manera que Ariel simbolizó esa intelectualidad y juventud latinoamericana falta de esperanza que, supuestamente, debió asumir la defensa de espiritual americana de la que ya se habló; y al interpretar, por consiguiente, el espíritu hispanoamericano —cuya trascendencia en América era vasta—, trataba así de reafirmar lo autóctono. A su vez, resulta necesario refrendar el hecho de tener en estas tierras una cultura peculiar que es una y múltiple, existiendo una pluralidad de discursos en su estudio. América no es exactamente un todo único, y la unidad está dada por su propia diversidad de costumbres y regiones, que sí constituyen elementos identitarios entre otros aspectos.
En contraposición a esa conducta arielista surge, años más tarde —en la década del setenta— un texto de Roberto Fernández Retamar que reinterpreta, en esencia, la concepción martiana, nos referimos a Calibán.(5) Si Rodó asumió su Ariel como el destino de los pueblos americanos, algo que Martí ya había anunciado también en Nuestra América, lo que Fernández Retamar persigue es reverenciar aquello que Rodó expuso, pero desde la óptica de Calibán, concebido por él como la representación de los desposeídos. No considerando vital explicitar sus puntos de vista afirmó:
…tanto la antropofagia (de Osvaldo de Andrade) como mi Calibán se proponían reinvidicar, y esgrimir como símbolos válidos, un costado de nuestra América que la historia oficial había denigrado. (6)
Pero no solo allí, insistiendo en su conducta ilustrativa, aunque de una manera más evidente, Fernández Retamar apunta:
Por ello la diversidad de nuestra América (eso de que la unifican una lengua, una religión, etc., no pasa de ser una ilusión), con su pluralidad de orígenes, etnias, pueblos, idiomas, religiones, artes, saberes, debemos proclamarla. Lo que no está reñido con el hecho de que a partir de 1492 fuimos arrojados a una historia común, vinculada a su vez con la humanidad toda… (7)
Es decir, el intelectual cubano persevera en una especie de justificación o de aclaración ante la supuesta miopía que embargó a estos pueblos y a sus hombres distintivos gracias al Ariel rodosiano. En algo concordamos con Fernández Retamar, y es que no hay dudas —y por eso lleva cierta razón decir que todos —en América— no somos Ariel.
De lo antes expuesto se perfila una hipótesis generalizadora, se nos antoja pensar por donde quizás falla su propósito al resaltar que la única vía de oponerse a tal situación sería con Calibán. Fernández Retamar ha llegado a crear una corriente de pensamiento en torno a esto como teoría y método —matiz que, desde luego, le faltó a Rodó porque no se lo propuso así—, y tal comportamiento distingue entonces a Retamar como estudioso del tema, con singular preeminencia.
No obstante, la dificultad que nos parece aflora en sus criterios con más fuerza, es que esa teoría y método esgrimidos no han gozado del prestigio, la confianza y la de manera ejemplarizante de verlos en otros intelectuales latinoamericanos, al menos, colocados en la misma sintonía que el cubano. En una palabra, no ha tenido continuadores que, incluso, lo superen en cuanto a la pretensión recurrida por él. Diríamos más, en relación con su postura política, a nuestro juicio, sus intenciones no pasan de ser una confrontación ideológica del asunto, que enriquece con una dosis historicista y un estilo literario privilegiado, pero se encierra en una determinación tajante del problema.
El punto de vista expresado puede confundir a algunos, y hasta quizás sea interpretado erróneamente por inescrupulosos. La admiración que profesamos por la obra de Fernández Retamar no es cuestionada, pues consideramos que ha aportado tantas obras poéticas como de reflexión de sobrada importancia; sin embargo, lo que no compartimos de su ensayo titulado Calibán —y de la raza calibanesa que generó y ha desarrollado en innumerables publicaciones referentes al tema— es que no acabamos de apreciar la terminación de una estructura en su teoría mucho más aguda, porque se queda siempre en una sobredosis ideológica y, sin obviar citas al margen, permita un enfoque del supuesto acicate revolucionario del hombre americano, de su intelectualidad y de la juventud en última instancia en el siglo XX y lo que va del XXI.
Nadie pone en duda las ideas de Fernández Retamar ni lo dicho con certidumbre sobre las desgracias de estos pueblos americanos. Rodó expuso sus pensamientos, carentes de teoría y método pero comprensibles; entonces Retamar debió interiorizar más y no exaltar la forma sobre el contenido dejando el desasosiego de la inconformidad en sus lectores. Quiérase o no, nos desilusiona el enfoque con una sobrecarga ideológica del periodo, porque él representa a su tiempo; no obstante, en cuanto a su propósito de colocar a Calibán en su justo lugar, creemos que fracasó porque su teoría y método no han cuajado evidentemente.
En todo caso Rodó siempre tuvo una actitud benévola para el hombre de estas tierras, que está precedido y marcado por todo el conocimiento europeo; el hombre rodosiano es pulcro, casi sublime, con cualidades casi místicas. Martí, antecediéndose, se había opuesto a esa posición de regodeo de sí mismo en cuanto a este hombre americano y hurgó en las razones del mismo más que en el fetichismo de una pulida compostura. De ahí que en Nuestra América señale el nivel de frustraciones que no representaba la barbarie de la que habló indebidamente Sarmientos, porque este hombre americano con todos sus avatares y desgracias, con todo lo pobre que ha podido ser, tenía —y tiene— grandes virtudes, fácilmente distinguibles a pesar de estar muy adentro de los seres.
Por consiguiente, la tarea es ardua, para saber lo que somos hoy, debemos replantearnos la historia de estos pueblos latinoamericanos, y tener presente cuánto bien nos haría si Ariel tuviese menos etiqueta y Calibán entendiera que la barbarie y la pobreza son extinguibles, y no necesariamente recursos para exponerlos como virtudes y crear conflictos. Solo así pudieran verse como mundos apartes que son partes indisolubles uno del otro.

Notas
1.- SIMÓN BOLÍVAR. LA VIGENCIA DE SU PENSAMIENTO. (Selección y prólogo Francisco Pividal) La Habana. Casa de las Américas. 1982. pp 56-74
2.- Martí, José. OBRAS COMPLETAS. t. 6. La Habana. Editorial de Ciencias Sociales. 1975. p.122.
3.- Benítez Rojo, Antonio. “Europa y los latinoamericanos: monólogo de ayer, diálogo de hoy” revista LA TORRE. Universidad de Puerto Rico. Año IV, Núm. 12 (abril-junio 1999): 281.
4.- Martí, José. Op. Cit., en nota 2. pp.15-27.
5.- Fernández Retamar, Roberto. CALIBÁN Y OTROS ENSAYOS. C. de La Habana. Editorial Arte y Literatura. 1979, (y una saga de trabajos suyos dedicados a tema).
6.- _____________________________. CONCIERTO PARA LA MANO IZQUIERDA. (Cuadernos Casa 39); Casa de las Américas. C. de La Habana.2000. p. 144.
7.- _____________________________. “Alternativas de Ariel” en revista CASA. Casa de Las Américas. Núm. 236. (Julio-septiembre) 2004: 46.