| A la sombra
del portal, entre herrajes y persianas
todo es de agua, incluso su cuerpo que,
tendido sobre losas de líquida apariencia,
invita a saltar la tapia y a unirse al danzón que allí
se tararea.
Agua discursiva, aguas del espejo, agua mansa,
sueño salpicado, manantial seco, chorro de agua,
último oleaje, fuentes de mármol, reencuentro anegado,
nueva humedad, agua confusa, sor aqua,
nube olvido, surtidor de ángeles, agua desbordada...
Del otro lado de la verja, al intruso le apetece
reposar sobre ese suelo helado y ver cómo pasan
los días desde dentro
sin que al portal se le apague su frescor.
La intemperie es un vacío, una ilusión.
Esta masa líquida que escucha y solo escucha
y dócil responde invitando al hielo de un portal
y a ser cuerpo acuoso también y posibilidad
de piel desbordada o preñada de escamas.
La verja es infranqueable pero la tapia propicia.
Las frutas del huerto valen lo que un higo seco
al lado de esta estancia definitiva, propia.
Este pueril desafío es algo serio, implica un cuerpo.
Bregar por el agua es siempre un desafío.
Un intruso no puede evitar extraviarse en el jardín
que, poco a poco, deja de ser huerta para volverse un bosque
y obliga a ir por otra ruta distinta de la que se pretende
pero, a pesar de eso, ya es imposible reparar en la maleza.
El agua catedralicia de este cuerpo permanece
ajena a los cuerpos que andan al sol evaporados
y que se niegan a buscar la sombra, a que los arranquen
/de raíz,
a ser más que un marino con un ojo de agua tatuado
/en el hombro.
Mirar del otro lado de la verja es como contemplar
/un lienzo desgarrado.
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