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I
¿Aún es posible
que te sientas
igual a ese desterrado del puerto?
¿Crees poder echarte, sin más, junto al río
a esperar la crecida sin moverte de la arena?
¿Acaso has perdido el resguardo
de hojas secas y limo de las piedras
que lucías sobre el pecho?
Si te tambaleas no esperes de mí un salto por la borda
porque no hay antifaz en los rostros matutinos.
Fíjate en la brisa que viene de aquellos
danzantes que tergiversan esa melodía.
Un ofidio no puede salir a la plaza
vestido de algodón y con sobrero
pero si se dice de ti quizás lo creería.
Te puedes permitir lo que desees
menos sentir que careces de una historia
y de la suficiente compañía.
II
Este órgano tuyo, esta liebre fisiológica,
es un incendio dentro de un balde lleno.
Arde la víscera y no se quema como de rutina
parece ser la de un marino o un halconero.
Tus argumentos anatómicos con su delgadez
hacen de él ese remero que te mira a los ojos.
Yo lo siento como el sudor de mi vientre.
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