|
Plaza abierta, sol poniente,
una ausencia de portales,
chocolates del Encanto.
La tarde cae en la noche,
tapa, llena la penumbra
de aquel carmesí esplendor.
Pétrea contraluz, barro
de las manos de algún maya
que maquilló con donaire.
Las fachadas de principios
de los años veinte, blancas
como una limpia mampara.
Las pinturas adentro
parecen quedarse mudas
pero se hablan la una a la otra.
El coro no es justamente
vocación de concurrencia
sino cantabile fácil.
Mucho más se parece
el paseo a la vana huerta
que fue algún día traspatio.
Pero incluso así yo gusto
de aquellas empanadillas
aunque cueste un dineral.
Ya no puedo atravesar
el desierto para ver
como cuecen a las bellas.
Las reinas de lo argentado
ya no extrañan, como antaño,
a París le disputaban
ser las hijas de quien fuera
la ciudad más habitada
de cuanto al mundo viniera.
|