| Yo soy la bruma
de la noche y tú ese cuerpo al mediodía.
Yo no soy más que suntuosa timidez, en cambio tú
pones un grito en las gargantas, mientras yo que te pretendo,
no llego a ser más que una isla en un charco de rocío
mañanero.
Yo, que estuve al otro lado de la verja,
a la intemperie, bregando sin rumbo,
ahora estoy perdido en este sendero, en medio de un jardín
que parece hijo de la espera con una sed en mi piel de tu cuerpo
y busco oírte hablar o escuchar como me llaman tus palmadas.
Una isla no es más que una intrusa en el mar,
la carencia lamentable de un agua desplazada,
un trozo de líquido que se evapora bajo el sol
y subir la tapia siempre es una reconciliación oportuna.
No sé si hallaré algún rastro tuyo en mi camino,
lo que sí sé, es que los arbustos del jardín
son un frutero
bien colmado, surtido como para satisfacer
el apetito de un reposo en el portal después del baño.
Las frutas me importan más que cuando estaba del otro lado,
me distraen tanto como ese cristal de carne que deseo.
El agua huida del sol está furtiva en un sitio
donde la vida es un sombreado refugio.
¡Si fuera capaz de diluirme!
Pero he amado demasiado tu palabra
que ha sido como una mano firme sobre mi espalda
y que también, en los ratos de descanso, me acaricia los
pies.
Un hombre sólo necesita de tu voz
para no sentirse un intruso
y contentarse con ver los cuerpos bañándose en el
estanque
echando un poco de olvido en esta agua vigilante.
Yo que antes me pasaba horas mirando el cráneo azteca
que está en el refectorio sobre la mesa primera,
me callo entre una lectura y otra, para oír a los cubiertos:
ad mesam sicut ad crucem, ad crucem sicut ad mesam.
Ahora soy como un velero errante por un bosque
o algún minúsculo detalle en la cornisa del Pórtico
de la Gloria.
Ahora no soy más que un hombre sediento que camina.
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