| Primera
Tú que anoche saltaste entretenido por prados y riveras
tienes la superficie de tus manos acolchadas por la gracia
de cierta llama y ellas parecen vibrar, en un esfuerzo repentino,
mientas la tenaz aguja da muerte a los vacíos
y, al invadir la tela con el hilo, se siente un grave hedor a retiro
frente a las carnes rosadas por la fricción salada de dos
cuerpos.
Estos guantes, hijos de esas manos, queman
y hacen buscar otra forma de recorrer con una lupa
el mantel de césped verdecido por las lluvias.
Estos guantes de cazador con apetito se detienen
frente a los músculos del guerrero, son como un ángel
gélido
que se sienta a ver saltar un gamo oculto entre sus fibras.
El ciervo no es más que un jugoso trozo de carne
cocida sin sal y aderezada con hierbas perfumadas.
En el rocío, no veo más que un momento previsto
por alguien que de guerrero solo le quedan unos guantes
que ahora usa para atrapar la presa
y no puede ver mucho más allá de la huella
o el sigiloso movimiento.
Un cazador es quien tiene ojo atinado para descubrir
y un guerrero es aquel a quien no le alcanzaron
los juegos de la infancia para gozar de su inocencia.
De ángel a guerrero no hay más diferencia
que la que hallamos entre un ojo de buey
que descompone la luz visitante
y el mismo salón donde te hincas.
Quien no puede ofrecer más que un cuerpo de rodillas
porque el resto de mí le recita a otros distantes
algún pétreo texto que es el jugo de la renuncia;
jamás verá la carne contemplada en gozo.
Quien es un cazador, no puede ser el esposo
con la lámpara lista, más que nada, es amante
y no el guerrero que creíste tendido en la batalla
porque ahora todos se molestan por el despilfarro.
A quien no le interesan los trofeos que cuelgan,
lo que le importa en verdad es la Gloria de tu carne,
la propiedad de aquel que glosa los versos,
como un cazador gongorino ofrece
algún icono abandonado en un rincón.
Relator de la Resurrección es el cazador que salta de un
relieve
al Averno apoderado del paisaje como el dueño de la suerte.
Él anda lejos a decirle de sus sueños y la gracia.
Quien quiere decirle dónde se halla la verdadera presa
de los músculos afiligranados y del apetito,
no alcanza nunca el ombligo de la noria.
Transparente decoración la del valle por donde anda
el guerrero trocado en cazador, es el fondo de sus guantes
y de los paseos de un joven sudoroso junto al lago.
Segunda
Un cazador es un San Sebastián en el martirio
pero no es presa de un sufrimiento cualquiera
se trata de aquel que vive allá en Palencia
junto al prelado y que es blancor del Greco,
el lugar donde hay menos figura que torso,
menos trazo que músculo en gracia.
Lo demás es puro rostro castellano.
Cazador palentino retratado en plenitud
que no anuncia más vida que un torso
ni más gracia que una escandalosa pose.
Tengo unos guantes que parecen hechos para tocar
la carne de este guerrero devenido presa.
Tercera
  a
César López
En la Ciudad de Dios, la Nueva Alianza
se presenta al que se ríe de las fieras
y anda por los bosques con las memorias
de la pétrea silla donde el guerrero
celebró sus bodas a destiempo
y tejió con un hilo de agua joven,
sus manos de cazador como espigas de trigo,
al fin lleva guantes y las manos
se pueden resguardar de los intrusos.
Son sus Anales unos diminutos papeles
que, al escaparse de ser confundidos con el polvo
y, ante el paso de un nativo,
se deshacen entre los dedos
por el lado frío del despeñadero
donde, de seguro, ya no falta un suicida
meditabundo en la De Trinitate.
Convencido de penetrar las vivencias terrenales
del cuerpo teocéntrico y perturbado por una estrofilla
que suena igual al cascabel de un reptil acechante
hace cortés una genuflexión frente al secreto.
No hay más libro de la Ciudad que el de aquel
polémico descuido del delfín entre tus manos
porque toda ciudad me llena irremediable.
Cuarta
Ya no hay cántico esponsal ni señora del verbo
ahora solo hay cuerpos y poses que deleitan.
Tú que de aquel cuaderno de tímida caligrafía
manchado por flores, silvestres y secas,
junto a algún cabello suelto por descuido
dibujaste ese monte, pretexto de la Gloria,
ahora te quedas sin tus atributos
y la huida es una vuelta al goce del viento
que golpea los rostros sin medida.
Quinta
Tú me hablas de aquel charco de las ranas
y de cómo se sienten protegidas
mas yo, bien me conformo con las alas
de esos guantes tejidos por la fina
mano que quiere devenir en sana
disputa sobre las pocas cenizas
de una pregunta que, si alcanza fama,
es porque de algún modo justifica.
La capa larga no es el pulimento,
el favorecido pellejo o entronque,
dónde el charco nos asiente cuerdo.
La rana es el disfraz de aquel que rompe
a cuanto navegante tienda cerco
al todo preguntón de quien es hombre.
Sexta
Más que amante furtivo en la ventana,
soy el cazador que, nocturno y alevoso,
enciende sin pensarlo alguna llama
fría, donde el cantar de los esposos,
se trueca en poca luz para quien trama
cambiar la carne contemplada en gozo
de ser allí trepado por las ramas
aquel juglar que, al deshacerse en trozos,
no deja de inquietar, bien pertrechado,
a todo el que dispuesto a ganar, luzca
una lisonja y obtenga un duro fardo,
con el que se le quite lo frugal,
en donde, quien se sienta algo de raro,
tiene un por qué para deambular.
Séptima
La Ciudad de Dios se ha vuelto más pequeña
porque unos habitan en las entrañas de los otros.
|