|
Fue cuando desde el alcázar
se oyó el gemido difunto
de las reses entrando deseosas del amo para ser dos
de un tajo y mojar el laxo reposo de los carniceros.
Un montón de dientes, patas, pedazos que al sol
ya se acomodan como si fueran un paisaje inofensivo
o la palabra grabada en el cuchillo de un militar.
Jóvenes cosacos en manadas, tráfico y roce,
sonrisa de una boca a otra boca, trago seco,
rubor de la carne húmeda y temblorosa.
Uniforme de campaña, botas sucias y roídas,
lampiños formidables y todo calor en el convoy
descansan en las mudas sábanas al otro día.
¿Cómo crees que voy a echar en estas impolutas
de lino almidonadas una gota de aceite que, precisa,
se tienda sobre ellas, vertiendo así su metralla?
|