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¿Cómo habría sonado
esta bendición fundante
en la voz de Juan Crisóstomo?
¿Cómo habría sido
esa pronunciación
en griego de Bizancio entonado
entre una pausa y otra?
Sin dudas él se llevó la gloria
del canto llano en ordinario,
el aroma de hierbas
que van de sólido a líquido
como las manos perfumadas.
Rito con olores monacales.
El texto de la liturgia reposa
en hojas de bordes rojo cardenal
y letras atrapadas por recuadros
de románicas grecas
y un Cristo Pantocrator
presidiendo cada página.
Mientras muevo ahora el incensario
pienso en mi hermano y en este regalo
que me hace pero pienso sobre todo
en el perfume a nieve y hábitos sin polvo.
Ahora en mis ropas
el hilo hecho de fibra vegetal
no luce en las trabas de la tela
aquellas minúsculas partículas
odoríferas a monte y olivos húmedos.
La grandilocuencia de gestos
hacen de este fragmento de incienso
un relicario de respuestas.
Preguntas, respuestas, alocuciones
pero sobre todo ese silencio
en el que todo el canto llano
hace el coro más estrecho.
Cuanto quisiera revestir de estas letanías
cada instante, cada vacío, cada silencio,
pero sobre todo revestirlos con estos olores.
Hay algo que se ha prendido de mi nariz
para cuando no estés presente;
tenerte muy cerca de mi olfato.
Un obsequio de ritmos y perfumes,
eso eres tú mientras veo que te mueves
en las manos de algún monje athonita.
Tu carne es otra vez hecha de piedra,
macerada entre una letra y el rubor
de un movimiento acompasado.
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