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Diario de un intruso nos sorprende con su audacia de insertarse
de una vez en la más secreta tradición de la poesía
hispánica: esa zona donde lo sacro y lo profano se mezclan
de tal modo que no hay modo de separar cuerpo de espíritu,
tan aherrojados están en la participación de una gloria
anticipada. Es el terreno peligroso por donde transitaron los místicos,
los alucinados, los heterodoxos, cada uno a su modo, todos bien
o mal encubiertos de la intemperie que juzga, desgasta y borra.
El poeta, prófugo del sentido común, paladea lo que
la mayoría relega al margen, forja su jardín cerrado
con las ruinas que otros han tomado por estériles:
Me es imposible ver el fin de las columnas,
cada nueva piedra rezonga y no hay descalcez
que la obligue a dejar de vocear
el tatuaje que llevo en el brazo y en el corazón.
Y si alguna de mis palabras te parece fea
no te olvides que de nada valen
los años de espera porque a cada ratito
vuelvo al inicio y no tengo para cuando terminar.
Amauri Gutiérrez entra y sale de conventos al son de las
chirimías. No hay regla que convenga a sus advenedizas maneras
de poeta. Contempla un cráneo azteca sobre la mesa del refectorio,
apunta una cita latina, mezcla las lecturas escolásticas
con el amor al modo de Tíbulo, escribe a Sor Isabel de la
Trinidad desde Mérida mientras paladea unas enchiladas potosinas
y en cambio recibe respuesta de la Escribanía Dolz de Sancti
Spiritus. De los seráficos ha aprendido a no despreciar a
la “hermana materia”, sus versos están recorridos
por una sensualidad que es difícil de volatilizar por lo
impaciente y devoradora:
Carencia de luz llévate este cuerpo
para que seamos uno vertido en el otro
una oscuridad sobre la tendida noche
te voy a enseñar de hermosa noche
a pobreza de lo irradiante.
Cada piedra me dice una palabra
de tu cuerpo, de tu oscura belleza
y de cómo se ha de contemplar
lo corpóreo de ti que reside acá o allá.
Del Carmelo ha recibido el ansia de imposible, la locura de ir
más allá de los límites y dejar atrás
lo penitencial para inmiscuirse en el banquete secreto, así
como el atrevimiento de ciertas exégesis:
Tú que anoche saltaste entretenido por prados y riveras
tienes la superficie de tus manos acolchadas por la gracia
de cierta llama y ellas parecen vibrar, en un esfuerzo repentino,
mientas la tenaz aguja da muerte a los vacíos y, al invadir
la tela con el hilo, se siente un grave hedor a retiro
frente a las carnes rosadas por la fricción salada de dos
cuerpos.
Sería demasiado simple marcar la presencia de Lezama en
ciertos giros y artimañas del verso, o en el modo de citar
a los Padres de la Iglesia. Es más atractivo constatar la
huella que en su quehacer ha dejado la voz ansiosa de Emilio Ballagas,
con su fusión de aspiración angélica e inevitable
tributo a la hondonada de la carne. Esta poesía tiene el
desafío de su propia lucidez. El escritor sabe demasiado,
eso aumentará su agonía. Haber leído a San
Agustín a la vez que a Góngora, a San Juan de la Cruz
y a Cavafis, no hace más sencillas las cosas, sino que agrega
un peso feroz sobre su pluma. Nihil novum sub sole. Peor si se tiene
clara conciencia de ello a la hora de componer, es como una anticipación
del purgatorio.
La originalidad de estos poemas tiene que ver con su absoluta falta
de pudor, con su alucinada franqueza, con la noción de que
hay límites pero su daimon lo hace saltar por encima de ellos,
también con una exquisitez, no la que viene de las palabras
muy escogidas sino del ansia de una arquitectura para el pensamiento
y de la adecuación entre letra y vida.
No hay que cerrar las puertas a este intruso en la poesía
cubana, entrará por el jardín trasero y con el mismo
gusto con que se sienta ante los bachilleres hispanos y les da la
lección de Gracián con un ojo en el reloj. Todo puede
esperarse de Amauri Gutiérrez, hasta otras fugas.
La verja es infranqueable pero la tapia propicia.
Las frutas del huerto valen lo que un higo seco
al lado de esta estancia definitiva, propia.
Este pueril desafío es algo serio, implica un cuerpo.
Roberto Méndez Martínez
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