Jurado / Octava Edición

Ivette Fuentes de la Paz
Armando León Viera
Rafael A. Bernal Castellanos

Edición y Corrección: Rafael A. Bernal Castellanos
Diseño:
Ángel María Mesa Rodríguez
Impresión:
Heberto Martinez Morales

Ediciones VITRAL, 2006.      

 

Obispado de Pinar del Río. Máximo Gómez 160 e/ Ave. Rafael Ferro y Cdte. Pinares. Cuba. Tel. 53 (82) 75 2359, 53 (82) 75 7644, 53 (82) 75 3381 Fax: 53 (82) 77 8362 Email: obipinar@cocc.co.cu. Web: www.vitral.org

 
   

 



Orlando Freire Santana.
Jovellanos, Matanzas, 1953. Licenciado en Economía. Mención de Honor en concurso periodístico en Austria, 1996. Mención en concurso periodístico de Palabra Nueva, 1999. Finalista en concurso de cuentos Ernest Hemingway, 1999. Segundo Premio de cuento del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Cultura, 2001. Miembro del Consejo de Redacción de la revista Espacios, 2001 a 2005.
Actualmente colabora con algunas publicaciones católicas.

Nota de contracubierta

Hasta el día de hoy la Izquierda— aún traumatizada por el desplome del socialismo real— no ha sido capaz de concebir una verdadera alternativa con respecto al triunfante liberalismo.
Sin embargo, ¿Por cuánto tiempo se podrán sostener las referidas situaciones paradójicas y contraproducentes, muchas veces escandalosas, que agobian a tantas personas?
¿Qué ocurrirá si se generaliza el desencanto con la democracia como sistema a causa de sus insatisfactorios resultados económicos?
Por lo pronto debemos aplaudirle a Orlando Freire Santana que haya encarado este tema de nuestro tiempo. Una vez más se ha lanzado al ruedo para coger el toro por los cuernos. / Andrés Rodríguez Pérez.

 

Ilustración de cubierta:
Jaque mate en tres.Óleo sobre lienzo. Del pintor autodidacta: Lemay Oliva Cabo. Guanajay, La Habana, 1984.



LA EVIDENCIA
DE NUESTRO TIEMPO


Orlando Freire Santana

ÍNDICE

Haga clic para ver el texto Prólogo
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Capítulo I
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Capítulo II
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Capítulo III
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Capítulo IV
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PRÓLOGO

AL LECTOR:

Conozco a Orlando Freire Santana desde los días felices en que se presentó espontáneamente para colaborar en Espacios, una publicación de los laicos católicos de la Arquidiócesis de La Habana que irrumpió en 1997 para ocupar, con su propia voz, un espacio en el universo cubano.
Lo primero que me llamó la atención de este autor fue su manera de escribir, es decir, su estilo de salir a la plaza pública mediante el ejercicio del criterio, con un lenguaje valiente y desembozado, aunque éste muchas veces resultara controversial o polémico.
Consecuente con esa tónica, nos trae ahora La evidencia de nuestro tiempo, un ensayo que abarca diversas aristas con un común denominador: el tema de nuestro tiempo en estos años iniciales del nuevo milenio en el cual nos encontramos.
Durante un prolongado período, los documentos elaborados conjuntamente por los partidos comunistas del orbe sentenciaban que el signo fundamental de la época lo constituía el tránsito irreversible del capitalismo al socialismo, iniciado en Rusia en 1917 por la “ gran revolución socialista de octubre” . El futuro pertenece por entero al socialismo, era una consigna que entonces se repetía sistemáticamente en Cuba.
“Mas de momento— apunta Freire Santana en su trabajo— ocurrió lo inimaginable: sin tan siquiera detonarse un disparo, el totalitariasmo soviético se derrumbó y con él buena parte de las naciones comprometidas con ese proyecto ideológico”.
Y puntualiza:
“ Parece incontrovertible que la democracia y el mercado resultaron más poderosos o atractivos que el unipartidismo y la planificación centralizada”.
A partir de esa reciente circunstancia histórica, la democracia y el mercado— triunfantes sin duda alguna en su competencia de décadas con el denominado socialismo real— se han extendido por nuestro planeta.
Sin embargo, ese sistema vencedor, que el autor resume en el liberalismo, no constituye, según él, un ente monolítico; por el contrario, muestra dos vertientes: la política y la económica. Es precisamente en esa última vertiente donde considera que han tenido lugar determinados contratiempos. Se trata de un aspecto, por otra parte, en el cual, estimo, el autor debió ahondar más.
El señala un hecho indiscutible cuando expresa: “ no obstante el optimismo que surge del avance de la democracia y el retroceso del totalitarismo a escala universal, vivimos en una época signada también por la incertidumbre”.
En realidad, todavía se manifiestan en el llamado Tercer Mundo, y muy particularmente en América Latina, situaciones paradójicas y contraproducentes en los ámbitos económico y social.
Hasta el día de hoy la Izquierda— aún traumatizada por el desplome del socialismo real— no ha sido capaz de concebir una verdadera alternativa con respecto al triunfante liberalismo.
Sin embargo, ¿Por cuánto tiempo se podrán sostener las referidas situaciones paradójicas y contraproducentes, muchas veces escandalosas, que agobian a tantas personas?
¿Qué ocurrirá si se generaliza el desencanto con la democracia como sistema a causa de sus insatisfactorios resultados económicos?
Por lo pronto debemos aplaudirle a Orlando Freire Santana que haya encarado este tema de nuestro tiempo. Una vez más se ha lanzado al ruedo para coger el toro por los cuernos.

Andrés Rodríguez Pérez.
  


 

LA EVIDENCIA DE NUESTRO TIEMPO

Orlando Freire Santana

 

I

Es muy común que los hombres de pensamiento traten siempre de incluir en sus obras los asuntos trascendentales del período que les toca vivir, aquellos temas cardinales que signan una era y que contemplados a distancia nos sirven, además, para decantar lo sustancioso de lo nimio, lo inherente de lo barroco. Y no pienso solamente en escritos de contenido político, filosófico, histórico o económico. A veces hasta materias más intemporales del arte o la cultura en general poseen una enjundia tal que son capaces de extenderse más allá del convite para favorecer la exégesis de una época.
Si se nos pidiera un ejemplo de ese tipo de hombre de pensamiento en nuestra lengua, no dudaríamos en escoger al eminente filósofo español José Ortega y Gasset, el cual de una manera explícita y para dar cuenta cabal de su preocupación por los problemas que arrostraba la España de entreguerras, tituló su ensayo de 1923 como El tema de nuestro tiempo.
Bien sabido es que Ortega fue, ante todo, un hombre de proceder metafísico, y que generalmente su ejecución política o social quedó a la sombra de la labor filosófica. Es más, el madrileño fustigó en todo momento al hombre de partido, y estableció que el pensamiento y la política eran mundos diametralmente separados. En su ensayo de 1927 Mirabeau o el político (1), Ortega reconoce a este líder de los momentos iniciales de la Revolución Francesa como a un gran hombre, pero impulsivo, ocupado y, como político al fin, sin una ética definida debido a que su acción precedía al pensamiento. Lo contrapone al intelectual, reflexivo, preocupado, y de un furor interno capaz de guiar su hipotética y con frecuencia escasa actividad. De ahí que, tomando en cuenta la disoluta existencia de Mirabeau, el ensayista optara por calificarlo como “ el más inmoral de los grandes hombres”.
Pero, ¿ qué sucedía en España y el mundo en aquellos años iniciales de la década del veinte para absorber sobremanera al filósofo y hacer que su discurso se pegara al acontecimiento? En la Península, Ortega notaba con pesimismo cómo una sociedad atrasada impedía el acceso a Europa, y con él la modernización definitiva de España. Una modernización que siempre tuvo su punto de referencia en Alemania, un país que en todo momento constituyó un hechizo para Ortega, sobre todo para el joven Ortega, quien, incluso, alabó la función organizadora, cultural y unitaria del socialismo de Lassalle, tan distante de la desestabilizadora doctrina clasista de Marx.
Hacia 1923, según Ortega, chocaban dos Españas: la una portadora de la vieja política, con la monarquía oligárquica al frente y donde se concentraba cuanto de regresivo tenía el país; la otra con la energía transformadora de la nueva España que había de movilizarse mediante la actuación pedagógica de una minoría selecta, esa minoría en la que tanto cifró sus esperanzas y que contrastaba con la masa anodina. Esa visión se acompaña del repunte en Europa de dos fenómenos políticos que en grado sumo alteraban el espíritu liberal del pensador español. Me refiero al fascismo italiano y al bolchevismo ruso. Este último sobre todo inquietaba mucho a Ortega debido a la influencia que podía proyectar sobre los trabajadores españoles. Así reaccionó con espanto ante huelgas y agitaciones obreras producidas principalmente en la región de Andalucía, las cuales ya vinculaba con el ejemplo rojo. Eran acciones que el Maestro estimaba como el síntoma de un proceso revolucionario negativo, en cuanto suponía el protagonismo obrero donde no existía la inteligencia.
Mas, al margen del sesgo conservador al que semejantes peligros condujeron su comportamiento, e incluso el ya citado amago socialista de su mocedad, no hay dudas de que el credo liberal ocupaba el centro del espectro ideológico orteguiano cada vez que las faenas filosóficas permitían un espacio para otros menesteres. Así escribía en 1920: “ Siempre hemos hecho notar el carácter insociable de ciertas clases conservadoras. Piden a gritos la intervención del Estado para perseguir, castigar, aniquilar los demás grupos sociales que no son ellas, y a esto llaman orden. En cambio, no quieren que el Estado sea lo que debe ser: un organismo armonizador de las disidencias interiores, un poder imparcial, pero activo, que crea entre los hombres hostiles el recurso de la ley”. (2)
De todos modos quedaba prefigurado el esquema de su España invertebrada: el pueblo es incapaz, las minorías inexistentes y el desequilibrio social agudizado por el ejemplo revolucionario externo. Ante tan calamitosa situación, Ortega percibe la posibilidad de un gobierno de mano dura que favorezca la vertebración nacional de España: “ Todo hombre democrático debe preferir ver suspendida la legalidad a verla burlada y escarnecida. Es muy posible— más de lo que suponen las abstracciones de la democracia— que se imponga en alguna hora la necesidad de una dictadura, no solo en España, sino también en Francia, Italia y Alemania”. (3) Eso expresaba en julio de 1922, el propio año en que Mussolini accedía al poder en Italia. Al año siguiente Primo de Rivera se convirtió en el dictador de España, y una década después Hitler llegó al poder en Alemania.
Entonces, para Ortega, el tema de su tiempo era dilucidar qué actitud tomaba la minoría ilustrada para salvar a España de aquel naufragio. La recomendación fue no actuar, sino evadirse. Una evasión que iba más allá de un pesimismo coyuntural o cumplir la tarea de un intelectual preocupado pero no ocupado. Era un rechazo de todo lo que de real tenía la sociedad española; era una huida de tipo ideológico-cultural hacia el pasado y de carácter filosófico-social para saltar por encima de las dificultades de aquel presente, en lugar de afrontarlas como hiciera en etapas anteriores.
En lo filosófico el escape desarrolla el raciovitalismo, es decir, someter la razón a la vitalidad, de forma tal que las perspectivas de la minoría selecta sean las que realmente cuenten en sentido positivo, en un contexto donde la verdad se alcance a partir del punto de vista de cada cual. Así, la vida se libera de las abstracciones de la razón pura, no para agruparse en el irracionalismo, sino para afianzar las reglas de su propio funcionamiento racional. Mientras, en el aspecto político la opción apunta a un eclecticismo respecto a las tendencias ideológicas clásicas, de manera que una elección entre liberalismo o conservadurismo constituya un dilema anticuado.
Todo lo anterior lo resumió Ortega en el ensayo que ha dado pie a estas cavilaciones: “ Nuestra generación, si no quiere quedar a espaldas de su propio destino, tiene que orientarse en los caracteres generales de la ciencia que hoy se hace, en vez de fijarse en la política del presente, que es toda ella anacrónica y mera resonancia de una sensibilidad fenecida”. (4)
Vemos, pues, como Ortega lanza una propuesta que luego germinaría en terreno fértil. Frente a un presente sombrío y sin esperanzas, el ensayista, poeta o novelista, a menudo decide enajenarse de la realidad y encerrarse en la clásica torre de marfil, o volcar todas sus elucubraciones hacia los problemas existenciales del individuo, o adoptar un lenguaje expresionista sin afán comunicativo. Aclaro que no enjuicio a aquellos creadores que, al margen de la consideración anterior, obedeciendo a sus estilos, tendencias artísticas imperantes o la forma en cómo conciben la literatura, insisten en preservar un espacio metafórico entre la realidad y el arte para que su literatura no sea nunca reflejo directo o consecuencia inmediata de las circunstancias históricas. Lo reprobable es el manejo institucional que de ello se haga.
En 1949 Jorge Mañach se encargó de destapar la Caja de Pandora cuando le manifestó a José Lezama Lima que no entendía su poesía nueva. He aquí un fragmento de la carta abierta que el creador de Indagación al choteo le envió al autor de Muerte de Narcizo, a raíz de que este último le mostrara un ejemplar de su libro de poemas La Fijesa: “ La poesía, regalo de los dioses a los hombres— que se dijo con alguna novedad hace siglos— amenaza convertirse, si esos mismos dioses generosos no bajan a remediarlo, en una simbología puramente personal, a lo sumo en un idioma de pequeñas fratias poéticas. No es ya lo que siempre pensamos que debía ser, lo que fue en Homero y en Ovidio, en el Dante y en Garcilaso, en San Juan de la Cruz y en Bécquer y hasta en los más nobles momentos de Juan Ramón Jiménez y Neruda: una expresión, en símbolos inteligibles, de la más honda experiencia humana, sino que se va haciendo, repito, un idioma críptico de poetas para poetas... y para poetas de la propia capilla. Con lo que ocurre que, marginado por su propia soberbia expresiva, el creador poético se queda cada vez más incomunicado con el mundo que su voz debía iluminar y ennoblecer”. (5)
El Mañach de la Revista de Avance parece rendirse ante el empuje expresivo del Lezama de Orígenes, en lo que algunos críticos de la época apuntaron como una querella entre una generación pujante y otra fenecida. Mas lo cierto era que Mañach no aceptaba que el componente comunicativo de la obra de arte se viera desdeñado en este caso por una excesiva extralimitación expresiva de la poesía de Lezama. Este, en su réplica, apenas una semana después, reconoce la ubicación elitista de su poesía en cierta plaza de la cultura cubana donde pocos deseaban situarse, y él, con reiterada constancia, ha decidido levantar su tienda. Era, ni más ni menos, su pequeña república de las letras. Y en lo tocante a la extralimitación expresiva, la defiende argumentando que solo en las creaciones de grandes como Dostoyewsky, Claudel, Proust y Joyce, al llevarse el lenguaje a inauditas posibilidades más allá del límite, se encuentra la mayor fruición para un intelecto voluptuoso.
Pero no se piense que la evasión del grupo de Orígenes responde únicamente a motivos endógenos. También hay referencias al desencanto por las promesas incumplidas por parte de los gobiernos auténticos. Al respecto escribe: “ De esa soledad y de esa lucha con la espantosa realidad de las circunstancias surgió en la sangre de todos nosotros la idea obsesionante de que podíamos, al avanzar en el misterio de nuestras expresiones poéticas, trazar, dentro de las desventuras rodeantes, un nuevo y viejo diálogo entre el hombre que penetra y la tierra que se le hace transparente”. (6)
Diez años después de esta polémica triunfaba la Revolución Cubana, un proceso de bruscos y profundos cambios en todas las esferas de la vida nacional, y que atravesó por una fase democrática hasta que se declarara su carácter socialista en 1961. Específicamente en 1959 casi todo era color de rosa para la Revolución; aún no se habían practicado las expropiaciones a los grandes propietarios nacionales ni la sombra de la ideología marxista-leninista proyectaba su aureola desintegradora sobre la sociedad. En esas condiciones el apoyo a ella era muy mayoritario, con un reducido grupo de desafectos que provenían fundamentalmente de las estructuras del régimen batistiano. Se asistía a un presente fúlgido y esplendoroso; un presente que demandaba la adhesión de los escritores y artistas; que exigía la denuncia del pasado, como en Bertillón 166, o las loas a esa iluminaria contenidas en la poesía de Guillén. De ningún modo tolerante con la inercia de quienes se sentían en los pináculos.
Correspondería a Lunes de Revolución, el suplemento literario del periódico Revolución, ser la tribuna escogida por algunos jóvenes y entusiastas escritores para arremeter contra Lezama y su grupo Orígenes. Lunes se autocalificaba como una publicación ajena a cualquier interés de grupo o filosofía política. Pero el hecho de constituir una prolongación del principal órgano del gobierno revolucionario, y que los atacantes de ahora eran los mismos que nunca antes habían enfilado sus dardos contra tan hermética literatura, nos conduce a pensar que se trataba de un enjuiciamiento político oficialista.
El novelista César Leante anuncia la ruptura generacional, más con tintes políticos que estéticos: “ Se quería que no se juzgase la posición estética de la generación que nos precedió, la que se nucleó en torno a la revista Orígenes; que continuásemos aceptándolos como maestros cuando ya la Revolución había hecho evidente que era la generación más incapaz que había conocido nuestra república... Muchos de nosotros no tendremos una obra, es verdad. Pero ciertamente la que posee la generación de Orígenes está a distancias estelares de ser modelo para otras generaciones. A lo sumo tiene la virtud de ser un modelo negativo. He ahí lo que no debe hacerse.” (7)
Por su parte, el poeta Heberto Padilla fue aún más lejos, y además de clamar por el compromiso del artista, abalanzó una embestida contra la figura del adalid: “ La poesía que ha de surgir ahora en un país nuevo no puede repetir los viejos consejos de Trocadero. El poeta que exprese su angustia o su alegría tendrá una responsabilidad por vez primera: al canto gratuito habrá que oponer una voz de servicio. A la retórica desmedida, un aliento físico esencial. La evasión fue siempre la divisa del grupo; cualquier contacto con la realidad les parecía anodadante. José Lezama Lima terminó ya. Como Agustín Acosta, como Pichardo Moya, como todos esos poetas mediocres. Su nombre quedará en nuestras antologías ilustrando las torpezas de una etapa de tránsito que acabamos de cancelar en 1959.” (8)
Algunos elementos conciliadores trataron posteriormente de restar importancia a esa furia de Lunes contra Lezama y Orígenes, y argumentaron que era solo el entusiasmo que acompaña los momentos iniciales del festín, y que después Lezama ocuparía un cargo de cierta responsabilidad en la UNEAC, así como las ocasiones en que fue llamado para integrar los jurados de ciertos concursos literarios. Sin embargo, la prueba más fehaciente del ostracismo en que permanecía el poeta la hallamos en el tratamiento dado a su muerte. Un escritor de su talla— su novela Paradiso fue escogida por recientes encuestas entre los cinco mejores libros del siglo XX— debió haber recibido un homenaje en el momento de su finamiento, algo muy distinto al laconismo con que la cultura oficial acogió el hecho.
El periódico Granma, en su tercera edición del 10 de agosto de 1976, informaba minúsculamente en una página interior el siguiente titular: “ Falleció José Lezama Lima”. El contenido era: “ En el día de ayer, víctima de una repentina enfermedad, y después de agotarse todos los medios y recursos de la ciencia médica, falleció en esta capital el destacado escritor y poeta cubano José Lezama Lima. Su deceso constituye una sensible pérdida para la literatura de nuestra nación. En horas de la mañana de hoy será sepultado en el cementerio de Colón de esta ciudad”. Y nada más. Al día siguiente ni una palabra de su sepelio, ni comentario alguno en las subsiguientes ediciones del periódico.
La revista Bohemia, por otra parte, acostumbraba cada semana publicar varios trabajos sobre la vida cultural del país entre reseñas, entrevistas, discursos de personalidades, crónicas, narraciones cortas... Pero en las tres ediciones de agosto que siguieron al día 10, ni una palabra acerca del ilustre inquilino de la calle Trocadero. Con fecha 27 de agosto leemos dos entrevistas: una a Roberto Fernández Retamar sobre el festival Carifesta 76, y otra a Nicolás Guillén a propósito del 15 aniversario de la UNEAC. El 20 de agosto sobresale un amplio artículo titulado “ Fernando Ortiz, tercer descubridor de la Isla”. Mas lo más sintomático lo observamos en la edición del 13 de agosto, apenas tres días después de la desaparición del poeta. Aparece allí una amplia crónica sobre un poeta, pero no el poeta de la evasión sino el poeta proletario Regino Pedroso. Todo un símbolo.
A más de 40 años de los vituperios y a casi 30 de la desaparición del Maestro, la metamorfosis es total. Resulta difícil toparse con un no lezamiano en el ámbito de la literatura en la Isla. Están los seguidores de siempre y aquellos que cada día descubren los secretos del gran creador. Pero también distinguimos en el remolino a los que esgrimen la figura de Lezama para hacer que los escritores cubanos huyan del presente, ya que si se es un intelectual honesto y se quiere abordar la realidad, es muy probable que aflore la detracción de ese presente. Entonces esos falsos lezamianos, que paradójicamente pretenden lezamizar la literatura cubana, son los dañinos.
Es tiempo ya de adentrarnos en el reverso de esa conducta, es decir, analizar el comportamiento de un intelectual comprometido. Y para ello nada mejor que evocar el momento en que Carlos Franqui viajó a París e invitó a Jean Paul Sartre a que visitara a Cuba, con la muy probable intención de que el eminente filósofo y escritor ayudara a desentrañar el abigarrado panorama político de la Isla en aquellos meses iniciales del año 1960, cuando para unos la moderación de los gobernantes era solo un engaño que escondía un marxismo riguroso presto a prescindir de la máscara en el momento adecuado, mientras que otros los tildaban de meros improvisadores sin un programa definido.
Independientemente del interés específico que despertara en Sartre el proceso revolucionario cubano, no me parece muy aventurado insistir en que él venía con la esperanza de comprobar la valía de su marxismo, un aval que se obstinaba en obtener a pesar de los tropiezos que la praxis había deparado con los campos de concentración estalinistas y la irrupción de los tanques soviéticos en Hungría apenas cuatro años antes. Era una encrucijada que Sartre había reflejado de esta manera: “ Uno de los más sorprendentes caracteres de nuestra época es que se hace la historia sin conocerse. Podría decirse que siempre ha sido así; y es verdad hasta la segunda mitad del siglo pasado. Es decir, hasta Marx. Pero lo que constituye la riqueza y la fuerza del marxismo es que ha sido el intento más radical para aclarar el proceso histórico en su totalidad. Pero, por el contrario, desde hace 20 años su sombra oscurece a la historia: es que ha dejado de vivir con ella”. (9)
Ya en Cuba, el filósofo, siempre acompañado por su inseparable Simone de Beavouir, investiga, recorre fábricas y granjas agrícolas, escruta, se entrevista con dirigentes e intelectuales, pero, ante todo, continúa escribiendo. Y es que para Sartre escribir es una suerte de invalidez, pero una invalidez sin dudas reconfortante si no se tiene otra cosa que hacer. Así, durante una visita que realiza a la Universidad, la Providencia hace que a él llegue una pregunta que luego le permitirá escribir un breve pero enjundioso ensayo titulado Ideología y Revolución, el cual reafirma al autor de la Náusea como un hombre de su tiempo: ¿ se puede hacer una revolución sin ideología?
De este modo concluye Sartre el referido texto: “ Lo que el gobierno hace día tras día bajo la presión extranjera, toma a sus ojos un sentido original y profundo. La socialización radical sería hoy un objetivo abstracto, y no se podría desearlo más que en nombre de una ideología prefabricada, puesto que las necesidades objetivas no la exigen por el momento. Si algún día fuese necesario recurrir a ella, se hará primero, por ejemplo, para resistir el bloqueo y a título de economía de guerra. Pero, de todas formas, el fenómeno aparecerá con la doble característica que encontramos en todas las medidas adoptadas por el gobierno revolucionario: será una reacción, un contragolpe, y si fuese preciso mantenerla, será la expresión del sentido auténtico de la Revolución Cubana y el término de su autorradicalización. Por otra parte, en ese instante, nos sentiremos seguros de que dicha socialización satisface a las nuevas exigencias de la producción y a las reivindicaciones humanas del pueblo cubano. Es muy cierto que la práctica crea la idea que la aclara. Pero sabemos ahora que se trata de una práctica concreta y particular, que descubre y hace al hombre cubano en la acción”. (10)
Es muy probable que Sartre estuviese convencido de que la Revolución Cubana iba a derivar en algún tipo de socialismo debido a las transformaciones realizadas hasta ese momento; sin embargo, encuentra muy bien que se actúe de contragolpe, o sea, que las acciones respondan a la hostilidad proveniente del exterior. De esa manera estima que el proceso quede a salvo de esa ideología prefabricada que dogmatiza las ideas y conduce a la pérdida de cuanto de original y auténtico pueda poseer una revolución. Y cita el caso húngaro, donde los comunistas que se empeñaban en justificar la invasión soviética acudían a los manidos fantasmas de siempre, como los errores del Partido, las fallas humanas y la presencia de elementos reaccionarios alentados por el enemigo externo. Pero todo descontextualizado de la realidad húngara y divorciado del entorno histórico en el que aconteció el lamentable suceso.
En 1971 Sartre rompía definitivamente con la Revolución Cubana. El motivo directo de la desavenencia fue el famosísimo caso Padilla— sí, ironías de la vida, el mismo Heberto Padilla que fue verdugo de Lezama en nombre de una Revolución a la que todo debía subordinarse, era devorado más tarde por esa misma Revolución implacable—, pero iba a ser un alejamiento inevitable si consideramos el curso de los acontecimientos a partir de 1968. La socialización radical no vino a título de una necesidad impuesta por la economía de guerra, sino de una ofensiva revolucionaria que anunciaba la implantación al fin del tan temido marxismo riguroso. Además, el proceso de institucionalización emprendido en la Isla hacia mediados de la década del 70 conllevó la pérdida del camino propio y la originalidad que tanto admiró Sartre en la Revolución Cubana. Su sueño de un socialismo democrático se tornó en otro de corte estatista como muchos de los que, a su juicio, habían empantanado el marxismo. Como saldo de su experiencia cubana, tal vez un sublime consuelo, Sartre conservaría la convicción de que su existencialismo seguía vivo como un parásito que se nutría de las imperfecciones del marxismo.
Entonces, tras desandar esta galería de escritores comprometidos, otros más distanciados de la realidad, pero casi todos muy atentos al pulso de los acontecimientos de su época, no podemos eludir por más tiempo una interpelación inevitable: ¿ Y cuál es el tema de nuestro tiempo en estos años iniciales del nuevo milenio?
Aquí corremos el riesgo de quedarnos en la superficie, de alelarnos con los trabajos semipanfletarios de un Michael Moore, e incluso de creer que el enfrentamiento justificado contra ese flagelo llamado terrorismo colme el horizonte para la acción y el pensamiento. Pero si nos sumergimos más en la esencia de esta época, enseguida arribamos a la convicción de que combatir los absolutismos constituye la necesidad y el agrado de los intelectuales en el mundo de hoy.
Al hablar de absolutismo, de inmediato nos aproximamos en el plano ético-filosófico al apasionante contrapunteo de la verdad y el relativismo. Mas, en el carril que nos ocupa, lo político-ideológico pero con una apreciable influencia también sobre el terreno de la cultura, el análisis indica hacia el totalitarismo.
Por supuesto que a nadie se le ocurre prorrumpir en halagos al totalitarismo. Lo que sucede es que quienes no se quieren oponer al totalitarismo clásico, esa tremebunda maquinaria estatal que todo lo controla, argumentan con insistencia que combaten a un nuevo tipo de totalitarismo derivado del pensamiento único que acompaña al actual proceso globalizador. Curiosa realidad en la que todos los pensadores exclaman a viva voz ¡ abajo el totalitarismo!, no importa que militen en la izquierda, el centro o la derecha.
Incluso, y para que el lector compruebe que no exagero, conviene destacar cómo la nueva izquierda exorciza viejos demonios, y para ello no encuentra un discurso más apropiado que aquel que apunta hacia “ el carácter totalitario o fascista que ha asumido la sociedad capitalista avanzada”. El escritor mexicano Víctor Flores Olea establece un paralelo entre las ideas de un típico representante de esa nueva izquierda, el pensador norteamericano Noam Chomsky, y el muy de moda en los años 60, Hebert Marcuse, en el cual recoge conceptos de este último que muy bien pudieran ser atribuidos al primero: “ No solamente una forma específica de gobierno construye el totalitarismo, sino un específico modo de producción y de distribución que puede ser compatible con el pluralismo de los partidos políticos, periódicos y publicaciones, y hasta con determinados contrapoderes. Las sociedades capitalistas avanzadas son totalitarias porque están enteramente controladas por la hegemonía del capital”. (11)
Comoquiera que la Globalización oficia como nudo gordiano en el debate actual en torno a conceptos clave como democracia y totalitarismo, estimo pertinente una síntesis apretada que nos esclarezca sus antecedentes, al menos en el campo de las ideas.


II

El Estado soy yo, decía el monarca Luis XIV en el ejemplo más evidente de poder absolutista. Atrás habían quedado los tiempos en que el poder debía justificarse en Dios o la naturaleza; ahora la justificación venía por sí sola: el poder es origen y fin en sí mismo.
El rey francés seguía la línea de El Príncipe de Maquiavelo, aquel famoso autor florentino a quien muchos consideran el primer politólogo de la era moderna, un hombre para el que la legitimidad no es previa a la acción política, sino que la segunda debe anteceder a la primera. Curiosa aproximación a la manera de actuar de un gobernante totalitario. Cierto que Maquiavelo consideraba su Estado como el instrumento más importante de que disponía el hombre para poner freno a su naturaleza egoísta y ser garante de la seguridad y el bienestar de la comunidad. No obstante, su Príncipe es visto como una estratagema que permite apoderarse del poder político y conservarlo contra viento y marea, con independencia de la moral. El fin justifica los medios.
Otra gran preocupación por la paz y la armonía en las que deben vivir los hombres llegó con El Leviatán de Thomas Hobbes, un intento de conciliar al hombre antisocial movido por las pasiones, tal y como se presenta en el estado de naturaleza, con la vida social que necesita de la razón. “ La razón establece que el hombre debe renunciar a su derecho sobre todas las cosas y contentarse con una libertad frente a los otros semejante a la que está dispuesto a permitirles frente a sí” ( 12), así se expresaba Hobbes, el cual no nos ofrece la justificación del dictador para su despotismo, sino las razones que obligan a sus súbditos a aceptarlo. Y estamos ante un hecho paradójico: El poderoso Estado que constituye El Leviatán es el primer ataque democrático a la democracia. Aquel porque el individuo es absorbido por la maquinaria estatal en nombre de un bien supremo; ésta por cuanto se establecen tanto los deberes del soberano como los derechos de los súbditos.
Pero la descomposición de la Edad Media no solo fue un catalizador para el surgimiento del potente Estado moderno; también ofició como el lanzamiento del individuo más allá de los marcos de la trascendencia. Lo económico y filosófico muestran el avance del espíritu laico, en un contexto donde la concepción del pecador cambia por la del hombre, y la de servidumbre por la libertad.
La Iglesia continúa condenando la usura, esa política draconiana de prestar con un interés prohibitivo; sin embargo, llega a aceptar la actividad comercial ordinaria y el bien común que esta asegura cuando actúa por el interés personal. Por otra parte, el filósofo francés René Descartes sienta la pretensión del hombre de tomar la medida de su ser a partir de sí mismo, considerado como sujeto autónomo desligado de la fe. Pienso, luego existo. Aun creyendo en la existencia de Dios, el hombre moderno trata de pensarse como si Dios no existiera.
La escena quedaba lista para que se reconocieran los derechos del hombre de una manera institucional. En su Ensayo sobre el Gobierno Civil expresaba el filósofo inglés John Locke: “En estado natural los hombres poseen los derechos naturales a la vida, la libertad y la propiedad, y la sociedad civil surge para el mantenimiento de esos derechos ” ( 13) . Emerge así la idea liberal de gobierno ya en las postrimerías del siglo XVII, una concepción que tendrá en la división de poderes de Montesquiu una fuerte garantía para la libertad del individuo; libertad, sobre todo, frente al poder. Pero una concepción, además, basada en el pilar de la propiedad. Y seguía afirmando Locke: “ La finalidad capital de que los hombres vivan en repúblicas y se sometan a gobiernos es la conservación de la propiedad”. (14)
El liberalismo aparecía como un reverso de la aplastante maquinaria estatal de la monarquía. Mas no podían prescindir del Estado, cierto que más pequeño, un mal necesario para el bienestar del individuo, como seguramente calificaba Locke su gobierno civil. Lo único que , para él, su individuo era el que se avenía a la ontología del propietario: ser es tener. Entonces quedan muy bien definidas las antípodas: el hombre para el Estado, de Hobbes; o el Estado para el hombre, de Locke.
Pero, ¿ y qué restaba para las personas que no poseían todos los derechos naturales que defender, específicamente para los jornaleros no propietarios? Es evidente que Locke no consideró los deberes naturales del hombre, o sea, sus obligaciones sociales. De ahí que abunden las opiniones de que el liberalismo al nacer se distanció de la democracia. El eminente pensador inglés no sería el profeta del gobierno popular, sino más bien el que, involuntariamente, brindaría el pretexto para la aparición de las distintas variantes de socialismo que clamarían por las necesidades de los desposeídos. Un hecho, empero, parece inobjetable: su Gobierno Civil estableció los cimientos de lo que en el futuro serían, si no las panaceas, al menos las formas menos inconvenientes de gobierno.
El avance del siglo XVIII reafirma la necesidad del Estado para asegurar la libertad y el bienestar del hombre. Solo que este precisa de una especie de pacto social para someterse a aquel y ver concretados sus intereses y aspiraciones. “ De la misma manera que la naturaleza le ha dado a cada hombre poder absoluto sobre las partes de su cuerpo, el pacto social da al cuerpo político el poder absoluto sobre sus miembros, y es este mismo poder el que bajo la dirección de la voluntad general, lleva el nombre de soberanía” (15), eso escribía el ginebrino Juan Jacobo Rosseau en su obra El Contrato Social, el cual devendría en el primer equívoco de la era moderna, ya que la susodicha voluntad general iba a tener parcelas específicas de interpretación de acuerdo a los intereses en pugna. El Príncipe de Maquiavelo se convierte en el pueblo cuando la ley conserva la autonomía con respecto al poder; pero deriva en el Partido o un César si ella es una emanación de los gobernantes.
Tal vez el primer episodio en el que se pusieron a prueba las ideas de Rosseau fue la gran Revolución Francesa de 1789, un suceso ciego al decir de algunos historiadores, con una etapa inicial de reconocimiento del derecho de los propietarios, para pasar con las cabezas rodantes de Luis XVI y María Antonieta a un intento de soberanía popular con el terror jacobino, hasta llegar, incluso, a la pretensión de un comunismo colectivista mediante la Conspiración de los Iguales de Babeuf. Al final, como balance, la Revolución manifiesta una transformación radical en la forma del Estado: si bien la autoridad no pasa a manos del pueblo, ésta se traslada del Monarca a la ley. Una secuencia que cobra capital importancia por cuanto la ley adquiere autonomía con respecto al Estado, el cual surge como la traducción jurídica del pueblo, y éste queda como un mito de poder.
Al rebasar la Revolución el espíritu liberal en 1793 por las reivindicaciones igualitarias de los jacobinos, y dejarse extraviar posteriormente por un soldado genial que forjó un orden más centralizador y absolutista que el antiguo régimen, la voluntad general tomaría cuerpo de ley emanada de los centros de poder. No resulta aventurado afirmar que tanto Robespierre como Napoleón fueron los grandes tergiversadores del pensamiento de Rosseau.
No obstante, el mito del poder del pueblo no se desvanece totalmente. Entre toda la madeja de ideas socialistas que recorren Europa durante el siglo XIX, toma forma en los postulados de Carlos Marx y Federico Engels. Solo que ahora el pueblo se transforma en el proletariado, el agente llamado a derrocar el poder político de los propietarios para instaurar la sociedad sin clases. En el mejor estilo de la herencia hegeliana, el marxismo se constituye en una concepción del mundo que trasciende con creces la aspiración de los desposeídos por mejorar su situación en los marcos del Estado liberal. Cierto es que Marx insta a los proletarios para que apoyen a la burguesía que se rebela contra los regímenes reaccionarios de un Napoleón III o un Bismarck. Según él, el socialismo solo vendrá después de haberse afianzado el sistema capitalista en los países industrializados, cuando el impetuoso desarrollo de las fuerzas productivas sobrepase el ámbito ya estrecho de las relaciones sociales de producción.
Pero Hegel pretendía mediante la reflexión acceder al lugar de la verdad que determina para siempre lo que es y debe ser el ser, el hombre y la sociedad. Marx se distancia de su maestro y afirma que toda filosofía es hija de su tiempo, ¡ paradójicamente una frase del propio Hegel!, o sea, resultado de una práctica determinada. Análisis concreto de una situación concreta.
En ese contexto sobreviene Lenin con un análisis específico de una situación específica. Verdad que Rusia no era el sitio indicado por la anticipación metafísica para el estallido de la revolución social, mas el discípulo estima que el asalto del cielo puede comenzar por los eslabones más débiles del sistema capitalista mundial. La dictadura del proletariado prevista por Marx, sin embargo, pronto deviene en dictadura del partido bolchevique, tal y como había alertado Bakunin en la Primera Internacional. La dictadura distaría mucho de ser temporal; al contrario, la lucha de clases aumentaría mientras más avanzaba la construcción del socialismo, según el criterio de Stalin. Con ello, la praxis deja de ser el criterio de la verdad, y el marxismo soviético asumió la condición de doctrina ideológica que conformó la envoltura teórica del primer Estado totalitario del planeta..
A partir de ese momento el marxismo se convierte en el segundo gran equívoco de la modernidad: sigue alentando la lucha de los pueblos ávidos de sacudirse las imperfecciones del Gobierno Civil, pero también deviene doctrina oficial de nuevos Leviatanes, como éste que aflora en la nación más extensa de la tierra, con los ingredientes básicos de planificación centralizada y unipartidismo totalitario.
El liberalismo, por su parte, iría avanzando con paso firme. A la experiencia temprana y poco satisfactoria de la Revolución Francesa, hecha más para la justicia y la igualdad, siguió la revolución de las Trece Colonias de Norteamérica, sin dudas depositaria de la libertad. Según afirma Carlos Alberto Montaner: “ La Revolución norteamericana fue el primer Estado moderno concebido sobre creencias liberales”. (16) En el plano de las ideas la evolución apunta a perfeccionar el esbozo inicial de Locke en el sentido de proteger a los desposeídos.
Si bien el Utilitarismo de Jeremías Bentham no concibió la acción altruista ni el afán de comunidad por parte de los gobernantes hacia los gobernados, ese revolucionario internacional que fue Thomas Paine sería el padre del liberalismo reformado, de gran vigencia en el siglo XIX, o del llamado socialismo fiscal, una variante defendida posteriormente por los partidarios del socialismo democrático o de rostro humano. Paine estableció que la libertad absoluta de la iniciativa privada y el derecho de toda la nación a los frutos del impuesto eran los pilares fundamentales de un buen gobierno.
Específicamente en lo que se refiere al Utilitarismo de Bentham, encontramos una fuerte crítica que de él hiciera el pensador inglés John Stuart Mill debido a su carencia de espiritualidad. Indicó que el espíritu individual para desarrollarse debía ser alimentado también en sus apetencias estéticas y sensibles. En la obra El Gobierno Representativo, Mill predica una defensa de la oligarquía atemperada con medidas democráticas: “ El capitalismo, bajo la acertada dirección de hábiles y desinteresados gobernantes, puede convertirse en la base económica de una nación unida laborando por el bien común”. ( 17)
El miedo al totalitarismo soviético, un fuerte sentimiento nacionalista y una insatisfecha sed de venganza debido a la derrota en la Primera Guerra Mundial se conjugaron para que surgieran en Europa el fascismo y el nacionalsocialismo, a la postre dos nuevas formas de gobierno totalitario que frenaron el desarrollo de las ideas liberales. Su basamento teórico le otorgaba preponderancia en la historia al carácter por encima de las fuerzas económicas; la voluntad antes que la razón. Intentando una exégesis de ambas ideologías se llega a la conclusión de que asistimos a una vertiente de la voluntad general de Rousseau en la que la ley es una exhalación del poder; o sea, el individuo empequeñecido frente a la abrumadora mole estatal. Nadie mejor que el propio Benito Mussolini para representarlo: “ El fascismo es una concepción religiosa en la que se concibe al hombre en una relación inmanente con una ley superior, una voluntad objetiva que trasciende al individuo particular y lo convierte en miembro consciente de una sociedad espiritual”. ( 18)
Hacia finales de los años 30 del pasado siglo ya era casi inevitable el estallido de un nuevo conflicto mundial. Este totalitarismo emergente constituía un centro de poder que había desplazado de los primeros planos a las potencias occidentales beneficiadas tras el Tratado de Versalles; y el otro totalitarismo, el soviético, no ocultaba sus intenciones hegemónicas. Con ellos entraban en la porfía las naciones que representaban las ideas de la democracia liberal, con Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos a la cabeza, de manera tal que a los países más pequeños no les quedaba más alternativa que mirar hacia el polo que mejor garantizara su existencia.
Y la guerra fue una torva realidad. Una guerra total, sangrienta y devastadora como nunca antes había conocido la humanidad. Al principio los totalitarismos concibieron un pacto que permitió a Hitler lanzarse contra el Occidente democrático, pero llegó el momento en que todos comprendieron que el eje fascismo-nazismo era el enemigo más peligroso. Alemania, el bastión principal de las fuerzas del mal, fue atrapada entre dos fuegos, los aliados por el Oeste y los soviéticos por el Este, y al final quedó totalmente aniquilada.
El panorama que vislumbraba la postguerra semejaba más un torneo aplazado que una contienda cabalmente dirimida. Dos superpotencias, los Estados Unidos y la Unión Soviética, quedaron frente a frente, cada una liderando sus respectivas zonas de influencia, en un nuevo capítulo de la vieja polarización del siglo XVII: ahora la democracia liberal y el mercado de una parte, y el unipartidismo y la planificación centralizada de la otra.
Comenzaba el período de guerra fría o coexistencia pacífica, según estuviera alto o bajo el nivel de tensiones entre los contendientes. En realidad la segunda denominación obedeció siempre a consideraciones tácticas en aras de preservar la paz en el mundo y evitarse una conflagración de consecuencias imprevisibles si tomamos en cuenta el tácito empate nuclear al que se había arribado. En el fondo se consideraban enemigos, y la estrategia de cada superpotencia tendía a restarle espacios a su rival para lograr algún día el predominio absoluto.
En el caso de los Estados Unidos, la explicación de esa actitud la brinda el catedrático Louis Hartz: “ El liberalismo es un mesianismo que ha desatado fenómenos como el americanismo a ultranza, la intolerancia hacia lo que consideran no democrático, el absolutismo liberal, y una tendencia irrenunciable al liderazgo mundial”. (19) La Unión Soviética, por su parte, se apropió de la pretensión marxista de que la humanidad marchaba inexorablemente hacia la sociedad comunista debido a las contradicciones del capitalismo. En vano aguardaron los jerarcas del Kremlin por una crisis económica similar a la de 1929 que estremeciera los cimientos de Occidente.
La convivencia y el equilibrio implicaban que cada centro de poder interviniera en los desajustes de sus respectivas zonas de influencia sin que el adversario actuara. En ese contexto figuran la intervención norteamericana en República Dominicana en 1965 para neutralizar una peligrosa revuelta popular; así como la entrada de los tanques soviéticos en Hungría y Checoslovaquia para aplastar las ansias de libertad de esas naciones.
En semejantes circunstancias, muchos países no encontraban otra opción que girar en torno a algunas de las superpotencias, a pesar de loables esfuerzos como el no alineamiento verdadero— de ello se desprende que hubo un no alineamiento formal—. Movimientos de liberación nacional y luchas anticolonialistas se desvirtuaron por la influencia del conflicto Este-Oeste, y acontecimientos como la Crisis de Octubre de 1962 mostraron cómo decisiones trascendentales para la vida de pequeños Estados eran tomadas por los poderosos.
Mas de momento ocurrió lo inimaginable: sin tan siquiera detonarse un disparo, el totalitarismo soviético se derrumbó, y con él buena parte de la comunidad de naciones comprometidas con ese proyecto ideológico. Infinidad de razones se han esgrimido y aun serán consideradas para explicar tamaña debacle; pero parece incontrovertible que la democracia y el mercado resultaron más poderosos o atractivos que el unipartidismo y la planificación centralizada.
Amén de lo anterior, y según la opinión del politólogo norteamericano Samuel Hungtintong, expuesta en su obra La Tercera Ola (20), ya desde 1974 se inició en el mundo un proceso democratizador que acabó con numerosos regímenes de corte autoritario. Comenzó en Europa con los casos de Grecia, España y Portugal, continuó en la mayor parte de los países de América Latina, e incluso contaminó a regiones de Asia y África donde a veces por motivos religiosos o de idiosincrasia el gobierno democrático nunca había hallado terreno fértil.
Es muy común contemplar en la actualidad la propagación de sistemas pluripartidistas, la independencia de poderes, la alternancia de las agrupaciones políticas en el poder, así como la defensa de conceptos como la universalidad e indivisibilidad de los derechos humanos. En el plano económico es muy significativa la transformación de una economía estatista a otra en la que— aun sin renunciar al sector estatal— posea un peso apreciable la libre competencia. Ya el objetivo fundamental de la empresa no es cumplir el plan de producción, sino satisfacer al cliente. En consecuencia, a un productor no lo debe evaluar su jefe, más bien el consumidor del producto. Hasta la Semántica se entromete en el convite, y una palabra de más o de menos significa toda una estrategia de dirección. Es cuando el Marketing se concibe como una técnica de dirección, y no una técnica capitalista de dirección.
Curiosamente por esta época se comienza a hablar de la Globalización, un término que enseguida nos conduce a pensar en lo conjunto, algo que va contra la dispersión y en pro de un acercamiento. En efecto, el Mundo conoce de una auténtica revolución en el campo de la informática y las comunicaciones con el empleo de satélites e Internet. Asimismo ocurre una interrelación entre las economías de los distintos países; un fenómeno que nos torna dependientes los unos de los otros y que ha impulsado los procesos de integración regionales. Algunos llegan a afirmar que nuestro planeta ha devenido una aldea global.
La Izquierda internacional, tan arruinada en lo ideológico tras el descalabro del paradigma soviético, intenta sacudirse del marasmo y toma nuevamente la iniciativa, calificando a la Globalización como otra etapa en el desarrollo del capitalismo, quizá para no perder su agorera costumbre de aspirar a escribir el epitafio de ese sistema social.
Antes de pretender una evaluación de ese criterio, conviene destacar que la Globalización cuenta con antecedentes. ¿Qué fueron las campañas de Alejandro Magno y el establecimiento del Imperio Romano si no movimientos globalizadores en el mundo antiguo? ¿Quién pondría en duda que el descubrimiento de América fue el proceso globalizador más importante que ha conocido la humanidad? O la cotidianidad de la era moderna, cuando el malogro de la cosecha de hule en Malasia afecta a los trabajadores de Birminghan o Detroit, mientras que una transacción en Londres puede arruinar a los productores de cacao en África occidental. En todo caso la actual sería la Globalización postmoderna.
Pero yerra la Izquierda al evaluar únicamente el elemento económico-financiero de la Globalización y obviar su otro componente, precisamente el que le otorga el signo al movimiento, el frente ideológico. Porque, vista de esa manera, la Globalización sí podría considerarse como una nueva etapa en el desarrollo del capitalismo, mas sería la del capitalismo triunfante, ya que él y el denominado socialismo real mucho se esforzaron por imponer al resto del mundo sus respectivas ideologías.
Globalizar es también lograr un acercamiento en las ideas, aspiraciones y modos de comportamiento. Y el hecho de que fueran los valores de la democracia y no la hoz y el martillo los que lograran difundirse sin mediar coacción, sin dudas debe conducirnos a una profunda reflexión. Es como si en este alborear del siglo XXI , el optimismo de Locke se hubiese impuesto al pesimismo de Hobbes.


III

Como hemos visto, el frente ideológico de la Globalización postmoderna nos ofrece un diáfano mensaje: el mercado y la democracia se han extendido por el mundo. La particularidad de esa propagación estriba en que ha ocurrido fundamentalmente de una manera espontánea, pacífica, alentada más por el ejemplo que por cualquier tipo de coacción. Poseen poco peso en comparación con lo anterior afirmaciones acerca de presuntas presiones económicas ejercidas contra la Unión Soviética o maniobras de la Iglesia Católica para desestabilizar a algunos aliados de Moscú.
La Globalización nos llega anunciando el triunfo indudable de la ideología liberal, un fenómeno que debe haber dejado boquiabiertos a muchos, por cuanto afirmaban que durante todo el siglo XX, y particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, el liberalismo había experimentado un ocaso ante el avance de las distintas modalidades de socialismos.
Sin embargo, en aras de lograr una comprensión cabal de los tiempos que corren y enfrentarnos a las alternativas de acción en un futuro cercano, es preciso no ver el liberalismo como un ente monolítico, sino deslindarlo en sus dos vertientes principales: la política y la económica.
El liberalismo político ha sido el triunfador entre los triunfadores. Su extensión por el planeta apenas ha hallado resistencia en los años más recientes. Lo mismo en las naciones de Europa oriental, en las que sucumbieron los sistemas comunistas; en América Latina donde los gobiernos elegidos democráticamente interrumpieron la cadena de golpes de Estado o regímenes militares; o hasta en algunos países de Asia y África regidos por gobiernos ajenos a la democracia debido a motivos religiosos o de idiosincrasia, los principios del liberalismo político hacen acto de presencia. Incluso en regiones de fuerte efervescencia antineoliberal como Latinoamérica, acceden al poder gobiernos de corte izquierdista que, con independencia del contenido de sus discursos, no se atreven en la práctica a ignorar las libertades individuales, la independencia de poderes o el libre juego de los partidos políticos.
Este predominio del liberalismo político mantiene anonadada a la Izquierda internacional. Mientras se sostuvo en pie el otro proyecto globalizador, el llamado “socialismo real”, buena parte de los izquierdistas conservaban el paradigma de la dictadura del proletariado, pero al colapsar ese socialismo se vino abajo dicha referencia. Ahora no encuentran una propuesta política con que complementar sus protestas contra la globalización neoliberal. El marxista argentino Atilio Borón apoya nuestro planteamiento: “ El grave problema que caracteriza a nuestra época es que mientras el neoliberalismo exhibe evidentes síntomas de agotamiento, el modelo de reemplazo todavía no aparece en el horizonte de las sociedades contemporáneas. ¿Por cuánto tiempo habrá de prolongarse esta agonía? No sabemos. Lo que sí sabemos, y nos revitaliza en nuestras luchas, es que históricamente el momento de viraje de una ola es una sorpresa, y que el neoliberalismo puede sucumbir mucho antes de lo esperado” . (21)
Más explícito aún es el criterio del filósofo polaco, también de izquierda, Adam Schaff: “ El socialismo es un régimen de elite porque las condiciones propicias para su construcción solo pueden darse en los países más avanzados. De ello tienen que cobrar conciencia en el Sur”. Y más adelante señala: “ El capitalismo actual será reemplazado por un régimen basado en una economía parcialmente colectiva y planificada, pero nunca más puede haber socialismo sin libertades para el individuo y sin una democracia basada en esas libertades”. (22) Aquí Schaff retoma la esencia marxista del socialismo, deformada por los bolcheviques rusos, y sugiere el uso de los valores del liberalismo político para el nuevo socialismo que propugna.
De todo lo que hemos expuesto se infiere que el liberalismo económico, por su parte no ha corrido la misma suerte. Las políticas de privatizaciones, el libre comercio, el alejamiento del Estado de los asuntos económicos y los tratados de integración como el ALCA, a pesar de ser prácticas recurrentes desde fines de la pasada centuria, constituyen el blanco favorito de la contraofensiva de las fuerzas de izquierda al atribuirles la polarización de nuestras sociedades y la hipotética pérdida de la soberanía de los Estados frente al coloso del Norte.
Entonces el totalitarismo de hoy se identificaría con la no observancia de la espontaneidad en la propagación de los valores que encierra la actual Globalización postmoderna. Sería algo así como hacer caso omiso de los principios del liberalismo político o el tratar de imponer compulsivamente el liberalismo económico.
Comencemos por el primer caso, o sea, aquellos Estados que parecen no haberse dado cuenta del curso de los acontecimientos y persisten en la implantación de políticas ajenas a los valores democráticos, o lo que es lo mismo, del liberalismo político. Algunos autores los clasifican como gobiernos autoritarios, mientras que otros optan por llamarlos totalitarios. Conviene, pues, realizar la bifurcación de los mismos con vistas a eliminar un posible equívoco.
Hay gobernantes que acceden al poder para contrarrestar lo que consideran una situación de ingobernabilidad, y acto seguido pueden proceder a destruir algunas de las instituciones democráticas existentes, algo que generalmente conduce a una indefinición del lapso de permanencia en el gobierno. Sin embargo, esos gobernantes no siempre pretenden legitimar su actuación; son conscientes de que su mandato conserva ribetes de provisionalidad, y en ocasiones restauran las vías legales para mantenerse ellos mismos en el poder o cuando estiman que han cesado las causas que dieron lugar a la usurpación. Casi nunca maniobran para transformar la mentalidad de los hombres ni crean nuevos canales de participación de la sociedad civil. En cuanto al uso de la fuerza, es proporcional a la magnitud de la circunstancia a corregir o a la resistencia que opongan sus adversarios. Estamos en presencia entonces de un Estado autoritario.
Otros gobernantes, en cambio, una vez que ocupan el poder no solo se dedican a demoler las instituciones que encuentran, sino a edificar otras que funjan como correas de transmisión entre el Estado poderoso y las masas. Aquí el gobierno de mano dura responde más a un entramado teórico e ideológico antes que a factores casuísticos o coyunturales. Se restringen o eliminan los espacios de participación de la sociedad civil, y las autoridades se esfuerzan en trastrocar la subjetividad ciudadana en una operación en la que hasta los propios conceptos de democracia y libertad son cambiados por consignas utilitarias. La legitimidad democrática es sustituida por la legitimidad revolucionaria en estos Estados de corte totalitario.
Y, ¡oh paradojas de la praxis política!, a pesar de ser los menos despóticos, los Estados autoritarios devuelven una imagen de máxima represión. Sucede que los ciudadanos se impacientan por la merma de la democracia, la quiebra de instituciones o la prolongación de un gobierno más allá de los plazos razonables. Comoquiera que se preservan sus conductos participativos, ellos los aprovechan para encauzar las inconformidades por medio de críticas, huelgas y manifestaciones, las cuales pueden ir seguidas de censuras, despidos y encarcelamientos.
Aunque la experiencia histórica nos muestra que cuando ven peligrar el sistema no dudan en disparar sin piedad contra las masas o sacar los tanques a la calle, en los Estados totalitarios, por lo general, crecen una tras otra las generaciones que desconocen hasta el derecho de disentir, mientras se disfruta de una rara tranquilidad que semeja la paz de los sepulcros.
Cabe preguntarse, ¿qué mecanismos emplean los gobernantes totalitarios para influir en la mente de los ciudadanos de forma tal que se alcance un consenso favorable al sistema? En primer término se llama a exaltar la cultura, a convertirla en un factor de resistencia que permita oponerla a los supuestos peligros que acechan. No podemos pensar en un proceso aperturista de esas culturas hacia el mundo para absorber las nuevas ideas y corrientes de pensamiento en boga. Por el contrario, el enarbolamiento de la cultura como elemento de resistencia supone a menudo una hiperbolizada recurrencia a las tradiciones, lo que a la postre redunda en cualidad de aislamiento. No es una inserción martiana del mundo en nuestras repúblicas, sino más bien la construcción de una república enclaustrada en la mejor estirpe del mito crusoeniano.
Un significativo papel en ese empeño les corresponde a los intelectuales orgánicos del sistema. Ellos son conscientes de que no representan la conciencia crítica de la sociedad, sino la conciencia participativa que actúa como coprotagonista en el mantenimiento de semejante estado de cosas. Pero nadie piense que renuncian a esa ilustre condición que denominan “el heroísmo intelectual”. En una mera operación prestidigitadora transforman los términos de la ecuación: ya el Estado totalitario no es el poder ni constituye la cultura dominante en la sociedad; ahora ambos pergaminos les son atribuidos a los centros internacionales de poder emergidos de la Globalización neoliberal. Así pues, de dóciles instrumentos de la maquinaria totalitaria, estos intelectuales pasan a convertirse en bravos pensadores a contracorriente atrincherados en las gloriosas barricadas del contrapoder y la contracultura.
Ahondando en el aislamiento, es necesario que los ciudadanos de los estados totalitarios no conozcan otras realidades, que evalúen su existencia como normal o satisfactoria gracias a la política benefactora de las autoridades. Para ello es indispensable limitar los libres contactos que pudieran mantener con representantes del mundo democrático y , sobre todo, controlar la información. Otras veces la estrategia se dirige a saturar los oídos de las personas con los sitios más oscuros del mundo libre; se ignoran o minimizan sus triunfos y son sobredimensionados los tropiezos, de forma tal que el hombre común perciba que en otros lugares sus iguales viven peor que él. Así el ciudadano enfrenta penurias, privaciones y conculcación de las libertades fundamentales con la certeza de un presente luminoso debido a las bondades del sistema.
Sin dudas uno de los artificios que emplean los gobernantes totalitarios en el empeño de domesticar a las masas es la educación. Si apoderarse de las mentes de todos los ciudadanos es un caro anhelo en ellos, mucho más lo será si esas mentes corresponden a las nuevas generaciones. Los adultos tal vez hayan vivido el pasado y retengan de una manera irreversible rezagos de una moral que se aspira a sepultar. Mas los jóvenes solo deben de conocer lo nuevo, constituyen la simiente de la sociedad que se pretende construir y son la niña de los ojos de esos gobernantes. De ahí que no escatimen esfuerzos para monopolizar la formación de la juventud, y la escuela pública elimine totalmente el radio de acción de la privada y la religiosa, entre otras. En el aspecto cuantitativo se produce una explosión en lo concerniente al número de estudiantes, escuelas y territorios cubiertos por ellas. En el plano cualitativo, además del axiomático detrimento de la calidad ante semejante masividad, lo más lamentable es la indigencia que envuelve a la enseñanza cuando va dirigida en un solo sentido y se nutre de una única fuente.
La educación, además de intentar adueñarse voluntariamente de la conciencia de las masas, es un medio coercitivo del que disponen determinados gobernantes totalitarios para captar adeptos. En ese sentido opera como un mecenazgo al estilo artístico o intelectual: crea espacios pero los condiciona. Muchas plazas en escuelas y universidades no solo se deciden por el rendimiento académico, sino tomando en cuenta la fidelidad ideológica. Es un proceso que arrastra vocaciones, preferencias y voluntades, y hasta lleva a los educandos a realizar todo tipo de labores adicionales con tal de conservar lo logrado. Eso se añade a la inquietante realidad de que hay lugares donde explícitamente la educación superior está reservada para los partidarios del gobierno. Una encrucijada que deja ante el futuro profesional la crucial alternativa: si no se es un genuino incondicional, hay que aprender a aparentarlo o se renuncia al sitial más alto en materia educativa. La fabricación de personas con doble moral, en consecuencia, constituye uno de los importantes e irreparables daños colaterales que la educación ocasiona a la ética de esas sociedades.
Siguiendo con la temática educacional, una asignatura sobresale en el afán imantador de los gobernantes totalitarios: la enseñanza de la Historia. Lo que debemos objetar en el uso de esa ciencia social es que el diálogo presente-pasado-futuro sirva para que el segundo se adecue arbitrariamente y permita a los ojos del presente justificar todo tipo de tropelías. En muchos de estos casos la dosis subjetiva que acompaña al historiador lleva a que la interpretación histórica apabulle el hecho histórico, y se rompa el necesario equilibrio que garantizaría el sesgo objetivo.
Los perjuicios provocados por semejante teleología se manifiestan en lo político, las vocaciones, así como en el sentimiento de las personas. Cuando se transmite una historia tendenciosa basada en falsas superioridades raciales o culturales se fomenta el odio entre las naciones, y hasta las guerras de rapiña adquieren una apología. Si contamos el pasado como si todo hubiese tenido que pasar como realmente pasó debido a ciegos determinismos, y con ello se redujera la actuación del accidente histórico o la labor creadora de los hombres, entonces la historia se torna aburrida y podría disminuir el interés por estudiarla. O la tristeza de contemplar cómo se denigran las imágenes de próceres y patriotas al considerarlos responsables de un presente del cual la gente huye despavorida, cuando lo cierto es que la única complicidad de ellos con el ahora es la secuela de una historia contada unidireccionalmente.
En el caso específico de Cuba pudiera surgir en algunos la tentación de justificar el totalitarismo enarbolando la moral emancipatoria o lo mejor de la eticidad cubana, que según Cintio Vitier en su texto Ese Sol del Mundo moral (23)— su edición cubana tardó increíblemente 20 años después que viera la luz en México en 1975— va de Varela a Martí pasando por Luz y Caballero. Según ese razonamiento, la actual Globalización es una consecuencia de las instituciones modernas internacionales, la cual, al decir de Rafael Rojas, sería rechazada “por las instituciones de la antimodernidad cubana” (24)
Esta antimodernidad, evidentemente asociada a la moral emancipatoria, sería la responsable de mostrar la imagen de ínsula intocada por el mundo, de espaldas a la moneda y el mercado, y blandiendo una autoctonía multiplicadora de la insularidad cubana. A ella Rojas le opone la moral instrumental, partidaria de la modernización económica, el libre comercio, receptora de todos los progresos provenientes del exterior e introductora a la postre de nuestra ideología en el cuerpo doctrinal del liberalismo. Los representantes de esta tendencia irían de Arango a Varona pasando por los autonomistas de finales del siglo XIX.
Confieso que considero interesante la interpretación de nuestra historia que Rojas viene realizando a partir de la pugna entre estas dos facciones. Pero lo menos aceptable es atribuirle a la moral emancipatoria la paternidad del actual estado de cosas en la Isla. Una tendencia peligrosa que cobra fuerza en los últimos tiempos con la pretendida “desacralización” de la figura de Martí. Una operación todavía aceptable en cuanto al Martí hombre o escritor que nos presenta Antonio José Ponte en “El abrigo de aire” (25), pero de nefastas implicaciones si nos atenemos al Martí político y hombre de partido que muestra Emilio Ichikawa en “Cuba es la noche” (26).
Incluso algunos van más lejos y llegan casi a execrar la obra del Apóstol. Son los que lamentan que en Cuba hubiese estallado una guerra independentista en 1895, en lugar de conducirse la colonia por cauces autonomistas que hipotéticamente la hubieran conducido a una soberanía gradual sin violencias ni derramamientos de sangre. La oratoria elegante y mesurada de Rafael Montoro debió de haber ocupado el pedestal en el que se encaramó el verbo encendido y beligerante de José Martí, según el criterio de historiadores como los españoles Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo, y los cubano-americanos Rafael Tarragó y Vicente Echerri. Pero quienes nos resistimos a obsequiar al totalitarismo la figura del héroe de Dos Ríos en bandeja de plata, no dudamos en soslayar la hipótesis con independencia de lo atractiva que pudiera resultar.
Entonces conviene en este momento retomar la bifurcación del liberalismo, y de esa forma lograr una mejor contextualización de la figura de Martí. El ensayista Rafael Almanza, un acucioso investigador de la obra martiana, en particular en lo concerniente a sus ideas económicas, enfatiza la adhesión de Martí al liberalismo filosófico: “ El concepto prometeico del hombre, el principio de que el hombre es un ser para la libertad, y que en consecuencia debe vivir en un orden social donde la libertad sea el fundamento mismo, es lo que mantiene a Martí dentro de los marcos del liberalismo” (27).
En cuanto a lo político, su preferencia explícita por los métodos republicanos de gobierno, la tolerancia contemplada en su máxima “con todos y para el bien de todos”, y la prédica en pos de no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla, difícilmente alejen al Apóstol de los derroteros del liberalismo político, no obstante criterios en el sentido de que su postrimero sentimiento antiimperialista lo hubiesen hecho trascender la referida ideología. Además, no observo contradicción alguna en oponerse a los apetitos de una potencia hegemónica y defender la soberanía de la nación de una parte, y por la otra enmarcar los lineamientos del gobierno dentro de los cánones de la democracia liberal.
El liberalismo económico, por su parte, no fue ajeno del todo a las concepciones de nuestro Héroe Nacional. En su juventud defendió el librecambio en México y Guatemala, y siempre mantuvo constante la convicción de que la propiedad privada era esencial para preservar el espíritu creador del hombre. Es cierto que ya a partir de la segunda mitad de la década de los 80, ante el carácter expansivo del capital monopolista norteamericano, Martí advirtió de los peligros a que se exponían los países latinoamericanos, en especial lo concerniente a adherirse a tratados comerciales con los Estados Unidos debido a la asimetría en los niveles de desarrollo económico. No estaríamos en presencia, pues, de un antiimperialista cercano a criterios económicos socializantes ni nada que se le parezca. Más bien califica como un liberal autóctono y no globalizador.
Si nos referimos a Félix Varela, su monumental Cátedra de Constitución impartida en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio fue un vehículo idóneo para propagar las ideas liberales entre la juventud de la época. Se cuenta que, además de los 193 alumnos inscriptos oficialmente en la Cátedra, un público numeroso se agrupaba en la puerta y ventanas del local para disfrutar de las disertaciones. Ya en su obligado exilio norteamericano, las Cartas a Elpidio abogan por la construcción de un Estado de derecho, y también arremete en ellas contra el dogmatismo, el fanatismo y la superstición, todos los cuales, según él, eran vicios fomentados por los tiranos para contrarrestar la opinión que anima a la sociedad y la religión que rectifica la conciencia. Era Varela, sin dudas, un liberal en política; no así tanto en lo económico si nos atenemos a su elegía contra la moral insular en la que solo importaban los sacos de azúcar y las cajas de café. De cualquier forma creo justo consignar que ni Varela, ni Martí, ni ningún otro representante de la moral emancipatoria cubana del siglo XIX sirven para justificar un sistema político totalitario en Cuba. Aquí el sesgo objetivo se impone sobre el resquicio que pueda brindar la interpretación histórica: no hay manera de contar el pasado que acredite este presente.
Por último nos toca referirnos a la otra modalidad que adopta el totalitarismo en nuestros días, este vinculado con la imposición del liberalismo económico; una política que ejercen los centros de poder en sus relaciones con los países pobres. Sucede que para algunos teóricos del neoliberalismo a ultranza— ellos defienden la tesis de que para ser liberal han de ir de la mano lo económico y lo político—, ya las diferencias en el desarrollo y el ingreso entre las naciones no hay que buscarlas en la geografía, el clima o los recursos naturales que posean; ni siquiera serían tan significantes el papel del comercio internacional o los mecanismos de integración en que estuviesen involucrados. Ahora la prioridad le corresponde a las instituciones. O sea, bastaría con que los países respetasen al pie de la letra el derecho de propiedad y dejasen al mercado regir sin interferencias la economía para que estuvieran en la antesala de la riqueza.
Lo reprobable no es el argumento en sí, que puede tener más o menos visos de certeza, sino el hecho de que a partir de él los préstamos del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial se condicionan a que los países receptores cuenten con las instituciones exigidas por los prestamistas. Otro ejemplo en ese sentido lo observamos en la Cuenta para el Desafío del Milenio creada por el gobierno de los Estados Unidos.
Aquí la democracia política solo fungiría como una metainstitución que ayudaría a las sociedades a elegir sus instituciones. Y casi siempre estas últimas tienden a la disminución del papel del Estado, así como la aprensión de que hay que crecer primero para redistribuir después. Algunas naciones, aun aceptando de buena gana la democracia liberal, se resisten a asimilar dichas imposiciones por los desajustes sociales que traen aparejadas.
De momento una conclusión extraemos: si esta Globalización postmoderna ha parido espontáneamente dos criaturas nombradas democracia y mercado, tras un largo y accidentado período de gestación, y las mismas marchan con buen tino, no vemos motivo alguno para la impaciencia. Tampoco, por supuesto, para la ignorancia de esta realidad.

 


IV

Indudablemente este siglo XXI que se inicia parece ser el de la consolidación de la democracia. De los tipos de totalitarismo que examinamos, al menos uno, el que se niega a reconocer la preponderancia de los principios del liberalismo político, está en franco proceso de extinción. Sin embargo, no nos engañemos pensando que la Historia es una línea recta que ya nos haya conducido al final de su itinerario. Esa concepción que parte de Hegel y desemboca en Fukuyama— con el debido protagonismo en su intermedio para Marx— ha encontrado tropiezos de tal magnitud que respaldarla hoy entraría en el capítulo de la ingenuidad política.
La mayoría de los especialistas aducen que los nuevos peligros que acechan a la democracia provienen, en lo fundamental, de las naciones del denominado Tercer Mundo; pero en algunos casos podría tratarse de reacciones contra acciones emprendidas por los propios paladines de la democracia. El catedrático Ken Jowitt, profesor de la universidad de Berkeley, nos acerca a este razonamiento cuando enumera esas amenazas: los continuos obstáculos a la consolidación de la democracia, las guerras entre los países del Tercer Mundo, y los movimientos de furia. (28) Particular interés despiertan estos últimos por tratarse a menudo de movimientos violentos y nihilistas contra todo lo que represente a Occidente.
La imposición de los postulados del liberalismo económico comporta en el fondo un fin plausible. Lograr la eficiencia, el crecimiento, disponer de instituciones fuertes y confiables, y eliminar la burocracia y el despilfarro de los recursos son logros que todos los países desearían conquistar. Mas a veces la impaciencia ante las necesidades impostergables de las masas pudiera echarlo todo por tierra al aplicarse a priori políticas redistributivas que los liberales estimarían extemporáneas y poco fundamentadas. Entonces los gobernantes tendrían la tentación de distanciarse de la democracia al creer que solo mediante gobiernos de mano dura se alcanzaría semejante propósito. Ya a estas alturas no vislumbramos como casual que el principal movimiento de furia de los últimos tiempos, el ataque contra las torres gemelas del World Trade Center de New York, se haya manifestado contra una institución que simbolizaba el comercio y las relaciones económicas de Occidente.
Ese abominable hecho terrorista posibilitó que asistiéramos al tercer frente de la Globalización postmoderna: el militar. Una coalición de países liderada por Estados Unidos intervinieron en Afganistán e Iraq con el objetivo de eliminar las redes terroristas y a sus colaboradores en esos países, primero, y en un segundo momento se han dedicado a instaurar incipientes modelos de democracia en esas naciones. Y aunque pocos en el mundo que analicen objetivamente la situación y se despojen de fanatismos duden de que hoy los afganos vivan mejor que bajo el infierno talibán, así como que en Iraq después de las elecciones haya más justicia política que en la época de Saddam Hussein, pudiera resultar chocante que esas libertades hayan venido por medio de las armas, de una manera distinta a como aconteció en otros lugares como consecuencia del actual proceso globalizador.
De ahí que las dos imposiciones, la económica y la política, estarían en condiciones de seguir alimentando los movimientos de furia contra Occidente. Son movimientos que incluyen acciones a la larga divergentes con la tendencia general hacia la democracia. Ahí están los actos terroristas, los llamados a la no integración económica con Estados Unidos y el libre comercio, los gobiernos y movimientos populistas al estilo de Hugo Chávez y Evo Morales, así como la algarabía de la más recalcitrante izquierda internacional.
Entonces debemos convenir en que, no obstante el optimismo que surge del avance de la democracia y el retroceso del totalitarismo a escala universal, vivimos en una época signada también por la incertidumbre. Inquieta pensar que actuaciones desplegadas desde y en nombre de la democracia arrojen resultados contraproducentes. Corresponde a los intelectuales y hombres de pensamiento en todo el mundo, en su condición de conciencias críticas de sus respectivas sociedades, estar alertas frente a tan infeliz paradoja a fin de evitar posibles recaídas.
No les solicitamos un compromiso partidista puesto que lamentablemente no existe un consenso acerca de lo que significa la democracia. Muchos de seguro no comulgan con el concepto de democracia que hemos defendido en este trabajo, y en cambio sí aceptan variantes que nos parecen dudosas como las de “democracia socialista”, “democracia popular” o “democracia islámica”. Nos contentamos tan siquiera con un compromiso a lo sartreano, o sea, que se refleje la situación y se evite la indiferencia. Sería, además, el mejor homenaje que podríamos brindar a esa extraordinaria personalidad de las letras y el pensamiento en este año de su centenario.

Ciudad de La Habana, 27 de febrero de 2005.

 


NOTAS

(1) Ortega y Gasset, José. “ Mirabeau o el político”, Madrid, Revista de Occidente, 1927
(2) Elorza, Antonio. (Idem.)
(3) Elorza, Antonio. “ La razón y la sombra”, Editorial Anagrama, Barcelona, 1984
(4) Ortega y Gasset, José. “ El tema de nuestro tiempo”, Espasa-Calpe, Madrid, 1964
(5) Mañach, Jorge. “ El arcano de cierta poesía nueva. Carta abierta al poeta José Lezama Lima” , en revista Bohemia, 25 de septiembre de 1949
(6) Lezama Lima, José. “ Respuestas y nuevas interrogantes. Carta abierta a Jorge Mañach”, en revista Bohemia, 2 de octubre de 1949
(7) Leante, César. “ El club de los moderados”, en Lunes de Revolución no. 37 del 30 de noviembre de 1959
(8) Padilla, Heberto. “ La poesía en su lugar”, en Lunes de Revolución no. 38 del 7 de diciembre de 1959
(9) Sartre, Jean Paul. “ Cuestiones de método”, Estudios Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1968
(10) Sartre, Jean Paul. “ Ideología y Revolución”, en Sartre visita a Cuba, Ediciones R, La Habana, 1960
(11) Flores Olea, Víctor. “ Marcuse y Chomsky: la crítica y las alternativas”, en revista Contracorriente no. 20, 1er semestre del 2004
(12) Hobbes, Thomas. “ Leviatán”, Fondo de Cultura Económica de México, 1940
(13) Locke, John. “ Ensayo sobre el gobierno civil”, Fondo de Cultura Económica de México, 1941
(14) Locke, John. (Idem.)
(15) Ribas, Armando. “La Revolución francesa desde el año 2000”, en Antología del pensamiento liberal cubano desde fines del siglo XVIII hasta fines del siglo XX, Madrid, 1994
(16) Montaner, Carlos Alberto. “ Cuba: una aproximación liberal” (Idem.)
(17) Stuart Mill, John. “ El Gobierno Representativo”, Sevilla, 1879.
(18) Crossman, R.H.S. “ Biografía del Estado moderno” , Fondo de Cultura Económica de México, 1986. ( cuarta edición en español)
(19) Hartz, Louis. “ La tradición liberal en los Estados Unidos”, Fondo de Cultura Económica de México, 1994
(20) Huntington, Samuel. “ La tercera ola”, Ediciones Paidós, 1994
(21) Borón, Atilio. “ Sobre mercados y utopías. La victoria ideológico-cultural del neoliberalismo”, en revista Caminos, cubana de pensamiento socioteológico, no. 29 y 30 del 2003
(22) Schaff, Adam. “ Meditaciones sobre el socialismo”, Siglo XXI editores, Varsovia, 1997
(23) Vitier, Cintio. “ Ese Sol del mundo moral”, Ediciones Unión, La Habana, 1995
(24) Rojas, Rafael. “ Viaje a la semilla. Instituciones de la antimodernidad cubana”, en Antología del Pensamiento Liberal Cubano, Madrid, 1994
(25) Ponte, Antonio José. “ El abrigo de aire”, revista Temas no. 29, abril-junio del 2002
(26) Ichikawa, Emilio. “ Cuba es la noche”, revista Encuentro de la Cultura Cubana no. 32, primavera del 2004
(27) Almanza, Rafael. “En torno al pensamiento económico de José Martí”, editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1990
(28) Jowitt, Kent. “El nuevo desorden mundial”, en la compilación “El resurgimiento global de la democracia”. Instituto de Investigaciones Sociales. UNAM. 1996