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LA AUTO-IMAGEN DEL ESCRITOR DE NICOLÁS GUILLÉN
Si
nos detenemos en los criterios lingüísticos que tenía
Nicolás Guillén y en las fuentes que le sirvieron como punto
de partida, llegaremos a comprender cómo concebía la función
del escritor frente al lenguaje, podremos determinar qué entendía
como corrección lingüística y, más adelante,
a descubrir cómo todo lo anterior se concretó en su praxis
literaria.
A partir de tres artículos15 suyos escritos
entre los años sesenta y principios de los ochenta, podemos rastrear
sus valoraciones al respecto. Influyen de manera decisiva en su criterio
de corrección16 las obras de Benito Jerónimo
Feijóo y de Juan de Valdés. Del primero, toma algunas ideas:
la adopción de neologismos y los préstamos de otras lenguas
contribuyen a enriquecer el idioma, la idea de que los aportes populares
al lenguaje terminan por imponerse como norma17
de uso común y, por ello, el idioma y su uso literario deben estar
abiertos al cambio. En Juan de Valdés encuentra una lista de palabras
censuradas que hoy son de uso generalizado y esto lo lleva a la conclusión
de que lo que se prescribe como "incorrecto" por los hombres
de letras casi siempre es lo que se impone. Descubre el valor de los americanismos
y de los regionalismos como mecanismos que permiten el crecimiento del
léxico del español. La fuente de su criterio de corrección
lingüística, en materia de lenguaje, casi siempre es el uso
de escritores consagrados por la historia literaria (Cervantes, Valera
o Rojas).
En cambio, a la Real Academia de la Lengua Española, la ataca.
Esta institución, por la época en que Guillén la
critica, tenía sus posturas teóricas bastante actualizadas.
Fue más bien un pretexto de Guillén para buscar un enfrentamiento
ideológico con Julio Casares sobre algunos comentarios valorativos
hechos por este último referidos a esos términos cuyo uso
se había acuñado en los países comunistas de entonces.
En su comentario sobre Casares, sobran las novedades del Diccionario de
la Academia; lo que Guillén combate no es al diccionario en sí,
lo que critica es la postura ideológica de Casares que, a pesar
de ser académico, tampoco puede ser identificado con la Institución
a la que pertenece. Las pasiones de las posturas políticas de académicos
como Casares, sumadas a la auto-imagen guilleniana del escritor como hombre
insurgente y revolucionador del lenguaje, llevaron al autor de Motivos
de Son a subvalorar, quizás por desconocimiento, la obra científica
de la Academia.
El militar en una dialéctica materialista que se mezcla con el
positivismo más ortodoxo, lo llevó a tener criterios un
tanto "biologicistas" del lenguaje18 y
a afirmar:
"Lo que ocurre es que el idioma es algo
vivo, que nace, crece, se desarrolla y muere, para dar paso a nuevos
organismos que recorren el ciclo vital..."19
Este
cambio lo lleva a cabo el uso; hasta ahí todo está bien,
pero la globalización de los medios de difusión masiva y
la existencia de un sistema educativo muy diferente al del medioevo tienden
a unificar el lenguaje, es decir, la posibilidad de que con los idiomas
modernos ocurra lo mismo que con el latín es muy escasa e improbable.
La muerte no, el cambio sí; la muerte de un idioma implica su sustitución
por otro, el cambio solo implica una modificación.
Estas concepciones biologicistas y evolucionistas fueron el sustrato de
su comprensión de la función del escritor dentro del cambio
lingüístico. El escritor es el anunciador del cambio lingüístico
y el modelo de este, sin él no puede alcanzar prestigio ninguna
modificación en materia de lenguaje frente a la comunidad de hablantes.
El escritor no innova arbitrariamente, lo que hace es recoger los cambios
que se están dando y legitimarlos; como hace Juan de Valdés
con la palabra popular "extranjero", a la que da una dignidad
literaria.
Así es como aparece su criterio de corrección lingüística
muy próximo al criterio de la autoridad literaria que le atribuye
al escritor la función de ser, junto con el uso común, la
única fuente "legitimante" en materia de corrección
de lenguaje. Desde estos nexos podemos comprender mejor el protagonismo
que le reconocía Guillén al escritor en ese proceso de crecimiento,
desarrollo y muerte del idioma. El escritor, de acuerdo con este criterio,
vendría a ser el legitimador de qué es lo correcto; y esto
es muy similar a decir que se propone él mismo como modelo. El
matiz entre la legitimidad y el modelo, en este caso, es sutil. Es casi
lo mismo que lo conocido como teoría de la autoridad literaria.
Las críticas a esta teoría son válidas también
para la postura de Guillén.
Esta teoría de la autoridad literaria es la negación del
principio del cambio permanente de la lengua, postula una prioridad de
la lengua escrita sobre la lengua oral y, además, toma como absoluta
una forma literaria que solo es una de las posibles que aparecen en el
archisistema de cualquier lengua.
Este elemento permite ver más claramente la función que
Guillén reconocía al escritor en materia de lenguaje. Si
bien es cierto que el escritor influye para legitimar un uso literario
e, incluso, culto en un momento determinado de la historia del lenguaje,
ya hoy esa función solo se aprecia al interior de los círculos
literarios. En la actualidad, cuando de criterios lingüísticos
se trata, se ponderan más los estudios científicos y la
norma de los mass media que las valoraciones del hombre letrado. En Cuba,
la introducción de los nuevos criterios de legitimación
del lenguaje no se empiezan a estudiar seriamente hasta los años
setenta y por ello no debe extrañarnos esta perspectiva guilleniana
del lenguaje.
El escritor consagra como legítimo el cambio que el uso popular
ha impuesto y la Academia solo tiene una función legalista, digamos
jurídica, para usar una analogía más feliz. Es muy
comprensible entonces una auto-imagen del escritor como insurgente, un
revolucionador del lenguaje cuya misión consiste en acoger el cambio
lingüístico popular y sacralizarlo en la obra artística.
En el caso de Guillén, esta auto-imagen fue reforzada por la carta
que recibió de Unamuno dos años después de publicar
sus primeros poemas, en la que dice que sus versos lo "penetraron
como poeta y como lingüista. La lengua es poesía".20
La idea de unir al escritor y al lingüista es muy antigua y la opinión
de Unamuno comprendía estos dos prestigiosos juicios; como si esto
fuera poco, elogiaba el intento guilleniano. Esta noción del escritor
como insurgente del lenguaje, en el caso del autor de Motivos...,
permite comprender la propuesta de lenguaje que hace en sus poemas aparecidos
en "Ideales de una Raza".
Saber cómo pensaba en materia de corrección lingüística
puede arrojar mucha luz en la explicación de la peculiaridad de
los fenómenos linguoestilísticos de su obra, porque permite
comprender como, a partir de una consagración de la escritura,
se formó su auto-imagen de creador. La creación literaria
deviene así en motor del cambio en el lenguaje, al darle la fijeza
y la autenticidad que este necesita.
15 Nos basamos fundamentalmente en sus
artículos "Purismo." Periódico Hoy, 26 de diciembre
de 1962. "La Academia se moderniza." Periódico Hoy,
26 de diciembre de 1964. "Palabras viejas, palabras nuevas"
Revista Revolución y cultura, noviembre de 1981.
16 La corrección lingüística
es el criterio que se toma como punto partida para determinar qué
es correcto y qué es incorrecto. Nuria Gregori Torada, "La
corrección lingüística: un fenómeno sociolingüístico",
Anuario L/L, No.16, 1985. p. 323
17 "La norma lingüística, el concepto de normatividad,
es una categoría sociohistórica en el sentido de que su
mismo surgimiento, formación y reconocimiento como tal, es la
historia de la transformación de las posibilidades potenciales
de la lengua como sistema de recursos comunicativos expresivos en hechos
de comunicación verbal reconocidos como ejemplares, en determinada
comunidad lingüística, en uno u otro período de tiempo."
Definición de G.V. Stepanov que da Nuria Gregori Torada, "La
corrección lingüística: un fenómeno sociolingüístico",
Anuario L/L, No.16, 1985. p. 323.
18 Es decir sostener que los lenguajes tienen una existencia similar
a la de los organismos vivos.
19 El subrayado es nuestro en "La academia se moderniza",
p.84.
20 El subrayado es nuestro. Tomado de Selección y prólogo,
Nancy Morejón Recopilación de textos sobre Nicolás
Guillén. Serie Valoración Múltiple, Ed. Casa
, La Habana 1974. p. 324.
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