CAMINANDO CON MI PUEBLO ENTRE PENAS Y ESPERANZAS

 

 

Homilía en el Jubileo de los Educadores. Catedral de Pinar del Río. 18 de noviembre de 2000 .


Educar para la libertad,
la justicia social y la responsabilidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Queridos educadores.
Queridos hermanos y hermanas.

1- "Nosotros y nuestras palabras estamos en Manos de Dios con toda nuestra inteligencia y habilidad".
Así expresa el Libro de la Sabiduría el misterio de ese espíritu inteligente, santo, único, múltiple, vivaz, ágil, claro y puro que penetra nuestro ser y nos hace gustar, eso significa Sabiduría, que viene del verbo latino "sapere", es decir, saborear esa emanación pura de la gloria del Todopoderoso.
Nos reunimos hoy, queridos hermanos, para celebrar la Santa Jornada Jubilar de aquellos hombres y mujeres sobre los que pesa el importante y delicado arte de la educación, que consiste en que "el hombre llegue a ser cada vez más hombre, que pueda ser más, y no solo que pueda tener más, y que, en consecuencia, a través de todo lo que tiene, todo lo que posee, sepa ser más plenamente hombre", como decía el Papa Juan Pablo II en su Discurso a la Unesco en junio de 1980.
La educación es tema y problema muy preocupante tanto para el Estado que busca cada vez métodos nuevos y atrevidos al comprender y sufrir la pérdida incontrolable de valores, como para la Iglesia que, en su condición de Madre y Maestra, experimenta con profunda pena esa depauperación de valores éticos, cívicos y religiosos que son los que de verdad perfilan al hombre, a la persona humana.

2- Tema de importancia primordial en nuestra Nación, porque "las escuelas son fruto, no tanto de las buenas estructuras y ordenaciones, cuanto principalmente de los buenos maestros, que, egregiamente instruidos, cada uno en la disciplina que debe enseñar y adornados de las cualidades intelectuales y morales que su importantísimo oficio reclama, ardan en puro y divino amor de los jóvenes a ellos confiados, precisamente porque aman a Jesucristo y a su Iglesia", así afirmaba Pío XI en la encíclica Divine Illius.
Buenos maestros, pues, con perfecta formación humana, intelectual y moral; porque el magisterio es una función altísima que pide tanta discreción al entendimiento como bondad al corazón; tanta capacidad de intuición como delicadeza de espíritu; tanta adaptabilidad y acomodación como fondo humano capaz de soportarlo todo por amor al prójimo. Para educar hay que ser en verdad un Evangelio vivo, como dijera Don José de la Luz y Caballero.
Buenos maestros, con una competencia profesional por lo menos superior al nivel medio, y mejor aún, eminente en todos los grados de la enseñanza y en cada una de las especialidades, que quiere decir ser digno de una misión que no es solamente para servicio del pueblo y del Estado, sino también de Dios, de la Iglesia y de las almas.
Buenos maestros, con una clara conciencia profesional católica, con un alma ardiente de celo apostólico, con una idea exacta de la doctrina, que debe penetrar toda su enseñanza, aunque no se pueda manifestar públicamente, que sepa servir a los más altos intereses espirituales y culturales en un campo de privilegio y de responsabilidad especial. Buenos maestros, en fin, cuidadosos de educar antes que de enseñar; capaces sobre todo, de formar y plasmar almas, principalmente al contacto con la suya propia porque, como dijo ya un gran pedagogo aunque iluminado solamente por la luz del paganismo: "elige aquel maestro que más has de admirar cuando lo veas, que cuando lo oigas" (V Carta de Séneca a Lucilio).

3.-Muchos altibajos ha sufrido en nuestro continente, y en nuestra bella isla no menos, la tarea educacional a través de los tiempos, pero muchos e ingentes esfuerzos se han realizado para llevarla adelante.
Quién puede olvidar el intento, en gran parte logrado, de aquellos insignes educadores, secundados siempre por el espíritu universal y católico, que en el siglo XVIII y XIX fueron pioneros y fundadores de una sabia y profunda cubanía. Quién puede olvidar la labor de aquellas inolvidables instituciones que como el Colegio El Salvador, el Seminario San Carlos, la Universidad de los Padres Dominicos y otros tantos se empeñaron en hacer del cubano un hombre culto y libre.
Quién puede olvidar aquellas humildes escuelitas en las que una sencilla pero sabia maestra enseñaba los rudimentos de la escolaridad; aquellas escuelas públicas, a veces mal atendidas, pero muy pedagógicas en su enseñanza, en las que el Maestro era el ángel y el paradigma del alumnado, aquellos Institutos de Segunda Enseñanza, públicos y privados, aquellas famosas y nutrientes Universidades, hasta llegar a la realidad de nuestra enseñanza hoy; cuánto esfuerzo se ha desarrollado, cuántos modelos de egregios educadores, gloria y luz de nuestras generaciones. Aquel ingente esfuerzo educativo de la Iglesia que, a pesar de las múltiples dificultades que a él se oponían, sembró de modestas escuelas parroquiales todos los campos de Cuba, de modernos Colegios las ciudades y de alguna Universidad, no podemos menos de llamar grandioso y profundamente duradero. Ya en aquellos tiempos era fuerte la preocupación de una verdadera comunidad educativa en que padres y tutores, catequistas y maestros aunaron esfuerzos para formar un buen ciudadano y un buen cristiano.

4.-El Evangelio proclamado nos habla de las condiciones que Jesús exige a sus seguidores, a los que han decidido amarle. Esas condiciones son lealtad a sus mandatos que se reducen a uno nuevo: "ámense unos a otros como yo los he amado". Confianza en que no nos dejará solos. Nos enviará un Defensor que permanecerá siempre con nosotros.
Amadísimos educadores la tarea de ustedes siempre ha sido ardua y difícil, hoy se hace más preocupante; pero no por eso ha perdido importancia, al contrario, están ustedes ante un grave y delicado desafío: modelar hombres para el Tercer Milenio, en una encrucijada histórica que requiere nuevos bríos y nuevos métodos para un futuro en el que nos hagamos todos protagonistas de nuestra propia historia.
No podemos olvidar el Evangelio social que el Papa Juan Pablo II nos dejó a su paso por Cuba. Nos decía en su mensaje de Camagüey: "el mejor legado que se puede hacer a las generaciones futuras es la transmisión de los valores superiores del espíritu. No se trata sólo de salvar algunos de ellos, sino de favorecer una educación ética y cívica que ayude a asumir nuevos valores, reconstruir el propio carácter y el alma social, sobre la base de una educación para la libertad, la justicia social y la responsabilidad. En este camino, la Iglesia, que es "experta en humanidad" se ofrece para acompañar a los jóvenes, ayudándolos a elegir con libertad y madurez el rumbo de su propia vida y ofreciéndoles los auxilios necesarios para abrir el corazón y el alma a la trascendencia. La apertura al misterio sobrenatural les hará descubrir la bondad infinita, la belleza incomparable, la verdad suprema; en definitiva, la imagen que Dios ha querido grabar en cada hombre"
Queridos hermanos, a la vista tienen un programa bien trazado, desafiante y cargado de una responsabilidad que lo hace más interesante para el educador católico.
La Iglesia confía en ustedes y cuenta con ustedes. A la luz de la vida de los insignes educadores de nuestra historia y de otros insignes testigos del Evangelio, y guiados por la cuidadosa atención de sus pastores, ayúdense los unos a los otros a fortalecer su fe y a ser los maestros del año 2000, los constructores del gran edificio de nuestra felicidad.

Así sea.


 

Publicado en Vitral No.41 - enero-febrero. Año VII. 2001

En los 50 años de la ordenación sacerdotal de Mons. José Siro González Bacallao, Obispo de Pinar del Río