CAMINANDO CON MI PUEBLO ENTRE PENAS Y ESPERANZAS

 

 

Artículo para la Revista Vitral.


El suicidio y otros atentados contra la vida

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cantidad de homicidios y suicidios que ocurren en nuestro país y en el mundo entero cada día, de los que tenemos noticias y de los que no nos enteramos; lo horripilante de algunos de ellos, como la madre que asesina a su hijo pequeño, el esposo que apuñala a su esposa y después se quita la vida colgándose de un árbol, sucesos que estremecen de horror y angustian el alma, me hacían reflexionar en estos días sobre lo que nos decía el profesor de Psicología de mis años de estudiante: "El bien y el mal no cambian según las épocas y según las personas. Son tan reales y tan inmutables como las tendencias esenciales de la vida".
El mal crece y hace presión con efectos devastadores sobre las conciencias, que quedan desorientadas sin siquiera poder discernir.
Recientemente y de forma muy elocuente lo afirmaba el Papa Juan Pablo II en su encíclica Evangelium Vitae: "El Evangelio de la vida, proclamado al principio con la creación del hombre a imagen de Dios para un destino de vida plena y perfecta, está como en contradicción con la experiencia lacerante de la muerte que entra en el mundo y oscurece el sentido de toda la existencia humana". (Ev. Vit. No 7).
Al contemplar el mundo contemporáneo tenemos que constatar que en él la conciencia de pecado se ha debilitado notablemente. A causa de una difundida indiferencia religiosa, o del rechazo de lo que la recta razón y la Revelación nos dicen de Dios, se desvanecen en tantos hombres y mujeres el sentido de la alianza y de sus mandamientos.
Además, con mucha frecuencia, la responsabilidad humana es ofuscada por la pretensión de una libertad absoluta, que se considera amenazada y condicionada por Dios, "legislador supremo".
En la década del 50 se hizo famoso un librito llamado La conducta en la vida de un político, psicólogo y pensador francés llamado Alexis Carrel que decía en el prólogo de su obra: "Todos sienten el deseo de vivir según su fantasía. Este deseo es innato en el hombre, pero en las naciones democráticas se exacerba extrañamente y ha terminado por adquirir una identidad verdaderamente morbosa. Fueron los filósofos de los siglos de las luces los que entronizaron en Europa y en América este culto ciego de la libertad. En nombre de la razón, lanzaron el ridículo sobre las disciplinas tradicionales. Hicieron, de este modo, absurdo u odioso todo constreñimiento. Entonces comenzó el período final de la lucha contra las reglas a las cuales nuestros antepasados sometían su conducta. Reglas que procedían a la vez de la experiencia duramente adquirida por la humanidad en el curso de los milenios y de la moral evangélica".
Creo que al hombre moderno le ocurre lo que al niño perdido en el bosque, anda errante, al azar, en el mundo que él ha creado. Sigue la dirección hacia la cual le impulsa su fantasía. Es libre para desobedecer todas las leyes naturales, pero con el riesgo de ser aniquilado, él o su descendencia, por los mecanismos inexorables que produce automáticamente toda transgresión a las leyes esenciales de las cosas. En ningún sitio existen en nuestro camino postes indicadores que señalen las zonas prohibidas. La pérdida del sentido de pecado en el hombre de hoy lo hace protagonista del drama de la situación contemporánea.
Todos podemos, pues, sin sospecharlo, franquear las fronteras que la estructura misma de la vida prescribe a nuestras actividades fisiológicas y mentales, a nuestras ideas, así como también a nuestras reacciones. Es indispensable una estricta disciplina para protegernos contra ese peligro. No hay otro modo de evitar los baches, las arenas movedizas y los precipicios. Tenemos necesidad de un código de ruta, de una tecnología de la existencia, de un guía para el peligroso viaje de nuestra vida.
Y como estas reflexiones las comenzamos preocupados por el problema de suicidios y homicidios, tenemos necesidad absoluta de preguntarnos. ¿Qué exige de nosotros el principio de conservación? Primeramente respetar la vida. Evidentemente está prohibido al hombre destruir a los demás hombres o destruirse a sí mismo, "No matarás", prescribía ya el Decálogo; pero he aquí que hay muchas maneras de matar.
La civilización nos ha proporcionado técnicas de asesinato más sutiles que las de nuestros antepasados bárbaros y las de los gánsters que florecen hoy en las ciudades del mundo.
El aprovechador que hace aumentar el precio de los artículos indispensables para la vida, el financiero que despoja a los humildes de sus economías, el inversionista que altera las esferas sociales con su poder, el industrial que deja a sus obreros sin protección contra las sustancias tóxicas, la mujer que provoca su propio aborto, el padre que obliga o el médico que se dedica a hacer abortar, la violencia intrafamiliar que crea desavenencias y rupturas. En la misma clase se encuentran también el fabricante de alimentos que sin escrúpulos usa materias primas falsas, alteradas o tóxicas. El vendedor de productos, como refrescos, que no guarda las debidas medidas de higiene. Los responsables de las pésimas condiciones de vivienda de familias enteras. Y así una larga lista de irresponsables que ponen en peligro la vida de sus prójimos.
Está prohibido no solamente destruir la vida, sino también entorpecerla, asfixiarla, hacerla dolorosa, alterar su calidad. Este precepto es infringido a diario por los padres cuyo egoísmo, ignorancia o pereza alteran o ponen en peligro la vida de los hijos. Los maridos que maltratan a su mujer, la abandonan y la ponen en peligros múltiples. Las mujeres que con su mal carácter, suciedad, desorden, o libertad de criterios hacen insoportable a su marido la existencia cotidiana. Los hijos que torturan a sus padres con su ingratitud y maldad. Los responsables del gobierno de las naciones que imponen leyes injustas o éticamente inaceptables, los que se olvidan de promover el bien y la felicidad de los ciudadanos. Todos estos ejemplos, que pueden componer una enorme gama, y todos estos actos son formas larvadas de asesinato.
Existen otras muchas maneras más de atentar contra la vida de las gentes. La burla incesante, la maledicencia, la calumnia disimulada, el odio, la difamación, el desprecio, la persecución refinada, la imposición de criterios, hieren profundamente a sus víctimas, destruyen la paz de su existencia, aminoran, con frecuencia para siempre a sus ojos, el valor de la vida.
La sociedad moderna subestima la gravedad de estos actos. Son, sin embargo, tan odiosos como dar una puñalada por la espalda a su propio hermano.
El principio de conservación se opone al suicidio lo mismo que al asesinato. Condena no solamente nuestra destrucción brutal por nosotros mismos, sino todos los pensamientos, acciones y hábitos que tiendan a rebajar nuestra vitalidad, a perturbar la armonía de nuestro sistema nervioso o de nuestro espíritu, a provocar la aparición de enfermedades, a disminuir la calidad y la duración de nuestra existencia.
El alcohol, la droga, el desorden sexual son formas lentas de suicidio. Todas estas formas de dañar la vida, constituyen infracciones sumamente peligrosas a la ley de conservación. Estos vicios debilitan al individuo y lo marcan con un estigma especial. Quizás nunca nos ponemos a considerar que el suicidio toma con frecuencia una forma sutil y agradable. Por ejemplo: La abundancia y el desorden en la alimentación, la dulzura de la existencia, la seguridad económica total, la ausencia de responsabilidad y tantas otras formas.
Para conservar la vida no basta abstenerse de destruirla, es preciso también hacerla más amplia, más profunda, más sosegada, más alegre. Y eso lo logramos en gran manera con el desarrollo de nuestro espíritu, que es una necesidad y obligación tan estricta como la de conservar la vida, sin embargo, no hacemos ningún caso. Las escuelas, las universidades, los múltiples centros de enseñanza se contentan con cultivar la inteligencia.
Pero la cultura de la inteligencia no es equivalente a la del espíritu. Porque el espíritu supera en todas partes a la inteligencia. Es preciso, ante todo, descartar los obstáculos que se oponen a la vida del alma. El equilibrio nervioso y el equilibrio mental tienen íntimas relaciones. La armonía de las funciones mentales condiciona la de las funciones orgánicas. Recíprocamente la armonía de las funciones orgánicas es indispensable para la serenidad mental.
Es indispensable abandonar las actitudes mentales que son para la conciencia equivalentes al suicidio. Tenemos que defendernos de ese estrés producido por la rapidez de la vida moderna, o la angustia de la sobrevivencia, el bombardeo de la prensa, la trampa seductora de la TV, la alienación que buscamos en distintos ambientes, ocasiones o cosas que se adueñan de nuestra voluntad y nuestro espíritu.
Una vez descartados estos obstáculos ¿qué hacer? se trata entonces de comenzar la ascensión ordenada por las tendencias fundamentales de la vida. El ser humano tiene el extraño privilegio de modelar, si así lo desea, su cuerpo y su alma, con la ayuda del espíritu.
Esta formación exige voluntad firme y técnica apropiada.
De eso hablaremos quizás en otras "REFLEXIONES".
Por hoy te aconsejo disciplina y oración.




 



 

Publicado en Vitral No.33 - septiembre-octubre. Año VI. 1999

En los 50 años de la ordenación sacerdotal de Mons. José Siro González Bacallao, Obispo de Pinar del Río