CAMINANDO CON MI PUEBLO ENTRE PENAS Y ESPERANZAS

 

 

Palabras de despedida al Nuncio Apostólico en Cuba de 1993 a 1999.


El Nuncio Beniamino Stella:
obispo, diplomático y amigo fiel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muy querido Monseñor Stella:
Queridos hermanos y hermanas:

La Santa Madre Iglesia nos ha convocado hoy para celebrar la Eucaristía en que solemnemente son consagrados los aceites que en distintos Sacramentos se usarán como materia de unción sagrada que reaviva en el hombre la fe y le comunica la gracia y bendición del Señor.
Como cada año la Iglesia Diocesana se reúne en torno al Padre Obispo y a su presbiterio, para tomar parte en los Sagrados Misterios y escuchar todos, con gozosa unción, la renovación de los compromisos sacerdotales que cada presbítero, con entrega gozosa y total, hace al Divino Maestro y a su Iglesia.
Además, hay una razón, muy significativa para todos, que nos une en estrecha comunión. El Obispo nos ha invitado de modo especial al encuentro, junto al altar, con nuestro querido Nuncio Mons. Stella, para darle una fraterna y cordial despedida.
El mismo Mons. Beniamino nos decía hace pocos días a los Obispos reunidos en Asamblea: “las despedidas como ésta deben ser momentos de vivencia eclesial”.
Es verdad, Monseñor, y yo añadiría sin temor a exageraciones, que son momentos de vivencia eclesial muy singulares. Y para nosotros, con una connotación muy fuerte. Hay despedidas formales, en que decimos “hasta luego”, “hasta otro momento”, “hasta siempre”, “adiós” y nos separamos. Sin embargo, hay despedidas como ésta que va a ser para nosotros como un desgarramiento.
Cuando Ud. llegó a nuestra Patria en febrero del 93, enseguida los cubanos averiguamos que le llamaban: «Beniamino Corazón».
El tiempo fue demostrando, de forma irreversible, que no era falsa la calificación, ni ridículo el modo. Con creces lo hemos comprobado con el correr de los días, las semanas y los meses. Pero también fuimos comprobando que no era sólo corazón, era también y en gran medida, inteligencia, corazón.
A esto fuimos sumando todos, los más cercanos y los más lejanos, que era un “hombre de Dios y de Iglesia”, que son el fundamento y raíz de todas las dotes personales y cualidades eclesiásticas que debe tener un hombre que representa al Papa en una Iglesia determinada.
En estos años difíciles para la Iglesia, la Nunciatura Apostólica en La Habana, vale decir la Casa del Papa en Cuba, con hombres como Zacchi Tagliaferri, Einaudi, Faustino, ha desempeñado un papel singular y primordial en la vida y marcha del Pueblo de Dios.
Yo me atrevo a asegurar, sin temor a ninguna descalificación, error o contradicción, que en sus cortos seis años de permanencia entre nosotros ese papel singular adquirió dimensiones insospechadas.
Ud., querido monseñor, ha hecho con su amor y entrega, que la Nunciatura fuera la Casa de todos, con las puertas siempre abiertas, sin días ni horas; la Casa donde se resolvían los asuntos graves y las menudencias.
Ud. ha jugado un papel de artífice, de mediador, de coordinador en asuntos de menos importancia y en acontecimientos inolvidables, como la visita del Santo Padre.
Ud. ha hecho posible que Cuba tenga, con orgullo y gozo, su segundo Cardenal.
Ud. ha dedicado su tiempo, sin medida ni regateos, a fortalecer estructuras, a crear nuevas. ¡Cómo no mencionar las cuatro nuevas diócesis y la recién creada Arquidiócesis!
Ud. ha tejido, con audacia y sencillez, unas mejores relaciones entre la Iglesia y el Estado y ha hecho crecer las relaciones con el Cuerpo Diplomático.
Ud. ha sido puente principal y a veces único, en las relaciones con organismos de la Iglesia, dentro y fuera de ella, nacionales e internacionales.
En pocas palabras, yo diría que Ud. ha sido celoso pastor y finísimo diplomático, pero también y sobre todo, ha sido amigo fiel y compañero cercano.
Puede irse contento y tranquilo a su nuevo destino, Monseñor. La Iglesia lo necesita allá en Colombia y la Virgen de la Caridad velará por Ud. desde acá.
Asegura el viejo refrán: “Dicen que no son tristes las despedidas; dile a quien te lo dijo que se despida”.
Y canta el trovador: “Cuando un amigo se va, queda un inmenso vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”.
Nosotros no lo olvidaremos porque Ud., como profeta, ha sabido sembrar en nosotros la esperanza y la confianza. Hoy y siempre le cantaremos todos:

Has recibido un destino
de otra palabra más fuerte,
es tu misión ser profeta,
palabra de Dios viviente.

Tú irás llevando la luz
en una entrega perenne
que tu voz es voz de Dios
y la voz de Dios no duerme.

Sigue tu rumbo profeta
sobre la arena caliente,
sigue sembrando en el mundo
que el fruto se hará presente.




 

Este libro fue publicado en Pinar del Río, por Ediciones Vitral,
Colección "Huellas"el 21 de abril de 1999

En los 50 años de la ordenación sacerdotal de Mons. José Siro González Bacallao, Obispo de Pinar del Río