EL PADRE FÉLIX VARELA Y LAS MADRES CARMELITAS DESCALZAS |
| En 1702, ochenta y seis años antes de que naciera Félix Varela, llegan a La Habana, provenientes de Cartagena de Indias, en la actual Colombia, las tres primeras religiosas Carmelitas Descalzas, que venían, a solicitud del Obispo de Cuba, a establecerse en el país. Encabezadas por la madre Catalina Anzola de San Alberto, llegan a la capital el 25 de Enero de 1702, hospedándose en la sacristía de la Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje, cerca de la llamada Puerta de Tierra, una de las que permitían el paso, de entrada y salida, de la ciudad intramuros. De aquí se trasladaron posteriormente al Santuario o Ermita de San Diego, que luego sería el Monasterio de Belén. Dicho lugar pertenecía al Sr. Don Melchor Rey, y la ermita estaba consagrada a Nuestra Señora de Belén. El Monasterio de Santa Teresa, llamado así, en honor a la santa fundadora del Carmelo Descalzo en España, se hallaba situado en las calles Compostela y Acosta, aunque luego, por el estado deplorable en que se encontraba la construcción, cuyas paredes eran de tierra, pasó a Compostela y Teniente Rey, donde permanecieron por espacio de más de 200 años. Ya en 1775, las hijas de Santa Teresa, que empezaron siendo 3, habían alcanzado la cifra de 21 religiosas, según datos de la época. En 1783, en la Iglesia del Espíritu Santo, a pocas cuadras del Monasterio, contraen matrimonio eclesiástico los señores Don Francisco Varela y Pérez, Capitán del Regimiento Fijo de La Habana, y Doña María Josefa Morales y Medina, quienes con el decursar del tiempo, serían los padres de tres pequeños que nacerán en el lapso del corto matrimonio, que apenas duraría 8 años, ante la repentina muerte de la joven esposa. Ellos serían: Francisco, Félix e Ignacio. Doña María Josefa, había conocido al capitán Francisco Varela, en el ambiente en que se desarrollaba, casi familiar, pues su padre, Don Bartolomé Morales y Barba, Teniente Coronel, pertenecía al mismo regimiento Fijo de La Habana, al que Francisco se hallaba incorporado. Ella era la mayor de los 9 hijos del matrimonio formado por Don Bartolomé y Doña María de la Soledad Medina. Español él, santiaguera ella. Siendo sus hermanos: Rita, Margarita, Bartolomé, Isabel, Pedro, Luisa, Juana y María de los Ángeles. El 20 de Noviembre de 1788, nace, en su casa de Obispo, el segundo hijo del matrimonio Varela-Morales, al que bautizarán con el nombre de Félix, tomado del santoral del día, por San Félix de Valois; Francisco, por el nombre del padre; José María, por los nombres de la madre, Maria Josefa, que le vienen por San José y su esposa, la Virgen, padres de nuestro señor Jesucristo; y de la Concepción, por la devoción materna de la Purísima Concepción, advocación asociada a la Virgen, María de la Concepción, a la que María Josefa ha encomendado la Concepción de su tan deseado hijo, pues el mayor, Francisco, ha muerto siendo muy pequeño, al que apenas, por su delicada salud, sobrevive 3 años. De esta forma comienza la vida del futuro Siervo de Dios, Félix Francisco José María de la Concepción Varela y Morales. Siete días después del nacimiento, se verificará, en la Iglesia del Santo Ángel Custodio, el bautizo del niño ante el sacerdote Fray Miguel Hernández, O.P (Orden de los Predicadores, dominico), capellán del regimiento Fijo de La Habana, al que pertenecen su padre y su abuelo. Sus padrinos serán: su abuelo, Don Bartolomé Morales, y su tía, Doña Rita (Josefa) Morales y Medina; a los que se les recuerda su parentesco y responsabilidad en la educación cristiana y moral del pequeño. A los 3 años del pequeño Félix, muere la madre, Doña María Josefa, quedando éste al amparo de sus padrinos, su abuelo y su tía materna, así como su abuela y sus otras tías Margarita e Isabel, que se ocuparán de él ante la incapacidad del padre, a dedicarse por entero a un oficio, por demás femenino, imposibilitado como estaba, por su carrera militar, casi siempre de viaje en misión de servicio. Por lo que éste confía su cuidado y educación a sus tías maternas, con las que siempre ha vivido y vivirá, hasta que crezca y tenga vida propia, siempre bajo la mirada y cuidado del abuelo, cuya pre-eminencia en el hogar, ha sido ya tradicional. Margarita, la tía, de apenas 14 años al nacer Félix, había vivido siempre una vida recogida y austera, en el ámbito del hogar de los Morales-Medina. De naturaleza espiritual, se acerca e inclina a la vida contemplativa, que respira en el ambiente, en sus acostumbradas visitas a la cercana Iglesia, anexa al Monasterio de Santa Teresa. Allí conoce a las Madres Carmelitas Descalzas, y en su trato, encuentra el sentido de su vida, y decide consagrarse como religiosa de esa familia, no como una vocación que algunos hoy creen opción única y obligatoria para las mujeres de su época, sino como una experiencia personal del amor de Dios y del lugar en el que uno se realiza en el ejercicio del Amor.
Algunos autores se empeñan en decir que Rita, su hermana, y también tía y madrina de bautizo de Félix, había optado junto a Margarita, por la vida religiosa, lo cual, aunque no deja de ser cierto su estilo de vida monacal y su tardía incorporación como seglar en el Monasterio de Santa Teresa hasta últimos momentos de vida, no significa que lo hiciera como religiosa propiamente, pues cuando Margarita entra en el Monasterio, con apenas 18 años de edad (1792), ella se encuentra junto al pequeño Félix y su padre, Don Bartolomé, al cual acompaña en su nueva ubicación, luego de ascendido a Coronel, como Comandante del Castillo de San Marcos de los Apalaches, en San Agustín de la Florida. Desde su entrada en el Monasterio de Santa Teresa, Margarita, que al profesar como religiosa al término de su noviciado, responde al nombre de religiosa de Sor Margarita Josefa de la Natividad de María, se verá acompañada por su familia, y en especial por su hermana Rita y el pequeño Félix, que durante su estancia en la Habana, en cada carta desde La Florida, en sus viajes a La Habana, y a su regreso a la patria, vibran espiritualmente al compás de sus oraciones compartidas y las pláticas sobre el progreso de sus estudios, las noticias de los familiares, amigos y conocidos, el interés por sus experiencias de Dios y otras, a lo largo de su vida como religiosa, y los períodos en que funge como priora del Monasterio. Para muchos era evidente la futura vocación del niño. Llegado a los 14 años, todos creen que seguirá la carrera de sus mayores, será militar. El ejemplo de su padre, que ha llegado al grado de Capitán, o de su abuelo, que ha alcanzado los honores de ser Coronel y hasta Comandante de la importante plaza del Castillo de San Marcos; o de su tío Bartolomé, que también ha llegado a ser Capitán, y su hijo, de igual nombre, que ya es subteniente. Honores y méritos militares le rodean. Le ofrecen los cordones de cadete y la esperanza de una brillante carrera militar. Pero pocos han visto el brillo de sus ojos, cuando en el locutorio del Monasterio de Santa Teresa, o al leer las cartas de su tía, descubre la intensidad de sus experiencias en la búsqueda de Dios; pocos han sentido como palpita y late su corazón, al descubrir la felicidad de su consagración al Amor Eterno, que nunca falla. Por eso, sin dudar, pero con la delicadeza del que ama a los suyos y mira fijo a lo Eterno, contesta, al ofrecimiento de su abuelo, al decir de los biógrafos: «Yo quiero ser soldado de Jesucristo... Mi designio no es matar hombres, sino salvar almas». Es ya muy difícil hacerle cambiar de parecer, su firmeza y resolución son respetadas en el hogar. Ya ha muerto su padre, Don Francisco, con el que ha vivido poco tiempo, ya que su carrera militar y su inexperiencia en la crianza del pequeño huérfano, con el que ha quedado a la muerte de su esposa, le impiden estar cerca de ellos, que son criados por las tías maternas, fundamentalmente por Rita, al consagrarse Margarita como religiosa, y por el abuelo, que no puede, en su carácter de patriarca familiar, separarse de los suyos, pues también él ha perdido, hace ya varios años, a su fiel esposa.
Félix ha consultado con su corazón, el padre ausente, quien pudiera haberle influido, ya no está. La imagen de su madre, borrosa por la corta edad en que la pierde, la recrea en la de sus tías, esas dos matronas piadosas y de profunda vivencia religiosa, que habían renunciado a tener familia propia, en sentido carnal, para vivir en una dimensión de maternidad espiritual; una como madre del pequeño huérfano, y la otra, como madre espiritual de cuantos por la fe, entre ellos el mismo Félix, se acercaban a su comunidad religiosa en busca de Dios. ¿Quién podría dudar, que el joven Félix, encontrara en su propia familia la fuente de la que bebería el agua viva, de la que brotaría su futura vocación sacerdotal?, ¿quién podría negar, que toda su vida, humana y sacerdotal, caracterizada por la sencillez, la austeridad y la oblación total, no estuviera inspirada en aquellos seres que todo lo dieron por él y fueron digno ejemplo de vida? En 1801, luego de regresar a La Habana años antes, el joven Félix Varela y Morales, con apenas 13 años, ingresa al Real y Conciliar Colegio Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana, y comienza sus estudios, en calidad de estudiante externo, dado el estado de salud de su abuelo, que ya se ha retirado de la vida activa en el Ejército. No serán difícil para él los estudios, pues, además de su reconocida inteligencia, se ha preparado, durante su estancia en La Florida, con el Padre Michael O´Relly de ascendencia irlandesa, humanista formado en el Colegio Irlandés de Salamanca, que lo inicia en el estudio del Latín, Música y los preceptos religiosos. Durante dos años, cursará Latín y Humanidades. Entre 1803 y 1811 realiza sus estudios filosóficos y teológicos, a la par que comparte su tiempo entre el Seminario y la Universidad «San Jerónimo», regenteada por los Padres Dominicos, donde realiza sus estudios universitarios, obteniendo su título de Licenciado en Teología. En Diciembre de ese mismo año, 1811, se ordena de sacerdote en la S.M.I. Catedral, a pesar de no contar con la edad canónica exigida, al serle concedida la dispensa de edad, ante su solicitud de que se le permita acceder al ministerio por las razones que alega: «...dígnese admitirme al sacerdocio en consideración a mi abuelo, que próximo al sepulcro por su avanzada edad, graves y notorios males, espera de la bondad de V.S.I., ver conseguido el fruto de sus desvelos en la educación y carrera del que expone...». Poco tiempo después, oficiará su primera misa en la Iglesia anexa al Convento de Santa Teresa, donde su tía es religiosa de clausura, al cual ofrecerá en memoria de sus familiares difuntos: madre, padre, hermanos y abuela, y en acción de gracias por sus madres de crianza y la posibilidad de compartir con su abuelo la alegría de su ordenación sacerdotal. Continuará su labor pedagógica, ya como sacerdote, en el Colegio Seminario, sin dejar de reiterar sus visitas al Convento de Santa Teresa, cercano a su casa, manteniendo viva esa relación que de afectiva se ha extendido al ámbito de su vida religiosa, que desde pequeño ha establecido con su tía Sor Margarita Josefa de la Natividad de María. Lazos que cada día serán más estrechos, si tenemos en cuenta que en 1815, su tía es elegida priora del Convento, y seguramente, será su sobrino sacerdote, quien conocedor de la espiritualidad que la anima, la acompañe en un crecimiento mutuo de sus vidas como religiosos. Es de notar, la estrecha relación que entre estas dos personas se establece, no ya sólo desde el punto de vista afectivo, que es muy importante, sino de compenetración espiritual, de tal forma, que se establece una identificación entre ambos que va más allá de lo que se puede expresar en un libro de doctrina, sino de lo que supone una experiencia de vida, que se trasmite de la tía al sobrino, a través de cada palabra salida desde lo profundo de su corazón de contemplativa, es sabido que el vocabulario o lenguaje cotidiano y habitual de las carmelitas descalzas, tiene incorporados muchos principios y elementos de la vida espiritual, que necesariamente tuvieron que fluir en su contacto, sobre todo si tenemos en cuenta la sensibilidad tan delicada de Varela, por lo que éste tuvo que captar e integrar muchos de esos principios a su vida.
De igual forma, en 1816, la tía, ya priora del Convento, lo invita a que predique en la fiesta de la santa fundadora, Teresa de Jesús, en lo que sería, según sus contemporáneos, un famoso sermón, hoy perdido, titulado «Del Dardo», en clara alusión a la experiencia mística de la santa, conocida como Transverberación. En 1817, Félix Varela es admitido como miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País, en su sección de Educación, en la cual, luego de la disposición por Real Cédula del 20 de Octubre de 1817, en que se dispone el establecimiento en todos los claustros de regulares de ambos sexos, de escuelas gratuitas para niños y niñas pobres, es nombrado, en 1818, «curador» (inspector), por lo que se ocupará, por encargo del Vicario General de la Diócesis, P. Juan Bernardo O´Gavan, de establecer en los conventos de La Habana de estas escuelas, entre las que estará la que se establecerá en el claustro del Convento de Carmelitas Descalzas, donde aún, por lo que podríamos llamar un misterio inexplicable, dada la pérdida por el paso del tiempo de tantas cosas de valor, se conservan algunas de las sillitas pequeñas, en las que se sentaron las pobres discípulas de las religiosas descalzas, donde les enseñaban a leer, escribir, costura y otras labores domésticas, principios de religión y reglas de buena educación. A partir de 1821, en que se traslada a España para cumplir con sus funciones como Diputado a Cortes, y hasta 1853, momento de su muerte, tras la frustrante disolución de las Cortes y el exilio obligado pero fructuosísimo en su ministerio pastoral, Varela no dejará de comunicarse con sus tías-madres, en una larga correspondencia epistolar, que dolorosamente no ha llegado a nuestros días, pero que se puede deducir, de las pocas referencias que nos han llegado de sus contemporáneos y por las alusiones que aparecen en las pocas cartas suyas que nos han llegado hasta el presente. A lo largo de este período se desbordará todo el caudal de su ternura hacia la familia que se encuentra en la añorada patria, pero su relación, más que afectiva, espiritual con su tía religiosa, será sin duda un elemento que se hace notar tanto en su obra escrita, cargada de un espíritu que busca conformarse siempre a la voluntad de Dios, como en su vida cotidiana, impregnada de una caridad pastoral sin límites y una cercanía, en su propia carne, al mundo de la pobreza, llevando una vida de austeridad y sencillez muy próxima al ideal que vive la religiosa carmelita descalza en su claustro habanero. En una de sus cartas a su hermana María de Jesús, fechada en 1842, le dice:
«...¿Con que quieres mi retrato? Te lo mandaré cuando pueda costearlo, y en miniatura porque nunca tendré medios para más. Habrá tres o cuatro años que mandé uno a las monjas carmelitas porque un amigo de ellas lo costeó, pues de lo contrario nunca hubiera ido...»
Y en otra, la última cronológicamente, en fecha tan tardía como 1848, le escribe a su hermana:
«Estoy casi seguro de que no ha llegado a tus manos ninguna de mis cartas, y así me valgo de la Madre Natividad para que por su conducto recibas ésta si es que llega a recibir la que le escribo, pues de todas maneras suelo verme chasqueado...»
Por estos documentos sabemos, que, tanto por la diferencia de fechas como por la secuencia epistolar, Varela mantiene una intensa relación epistolar con sus familiares, además se conoce de esa forma que, a pesar de su proverbial modestia, logra vencer sus escrúpulos y se deja retratar por un pintor para enviarle un retrato a su tía y a la comunidad carmelitana, que tanto le quiere y con la que ha tenido una intensa relación afectiva y espiritual. Y es curioso, que todavía en 1848 su correspondencia con la Madre Priora, tía suya, es continua, y así lo dice en la carta a su hermana: «si es que llega a recibir la que le escribo», y aunque esto pueda parecer tonto, es curioso, pues la carta está fechada en 20 de julio, día del cumpleaños de la religiosa, y apenas dos años antes de que ésta muera en 1850, aún en funciones de priora del convento. Algunos biógrafos señalan que una ayuda financiera llegada desde Cuba, que todos coinciden en atribuirla a su tía religiosa, le permite disponer de los fondos necesarios para comprar y reparar el local en el que se instalaría como párroco de su primera iglesia.
Habría que agregar algo que hasta el presente se desconoce, y es que su tía Rita, luego de la muerte de su padre, Don Bartolomé, abuelo y padrino de Félix, y cuando ya casi toda su familia se ha ido dispersando y creciendo, se siente un tanto sola en su soltería voluntaria, y se incorpora a vivir junto a su hermana Margarita, religiosa carmelita descalza, viviendo en el Convento de Santa Teresa como seglar hasta los últimos días de su vida, cuando muere a la edad de 81 años. Este detalle ha sido ignorado, más bien desconocido, por todos los biógrafos que la imaginan fallecida en La Florida, sin descubrir su vida callada y escondida en el monasterio de Compostela y Teniente Rey, alimentada con el silencio y la paz de la vida religiosa y el aliento del cariño de su hijo-sobrino exiliado, que nunca dejará de comunicarse con ellas. Si todo esto pareciera poco, aún queda un lazo más con las Carmelitas Descalzas, y es que en 1832, solicita su entrada al Convento de Santa Teresa una joven aspirante a la vida religiosa: Ana Josefa Joaquina Morales Arnais, prima hermana de Félix Varela, hija de su tío materno, el Capitán Bartolomé Morales Medina, hermano de Margarita y Rita, la cual ingresa al mismo y luego de su noviciado profesa como religiosa en 1833, hasta que tiene que salir por enfermedad, sin poder regresar luego al convento. Esta prima será una de las que él querrá mucho, dada que a pesar de ser mayor que ella, todos los primos, casi hermanos, por vía materna, nacieron y se criaron en el mismo hogar de la familia Morales Medina, y Félix Varela será el padrino de bautismo de dos de sus hermanos, los que al quedar tempranamente huérfanos de sus padres, en gran medida quedan al amparo de su padrino sacerdote. Como último elemento de interés sobre la relación entre nuestro Siervo de Dios y las Madres Carmelitas Descalzas sería oportuno destacar algo que muchos ignoran, signo de la estrecha relación entre Varela y las religiosas teresianas, y es que a su muerte, en el inventario de su biblioteca particular, encontrado providencialmente en 1945 por Mons. Martínez Dalmau, Obispo de Cienfuegos, aparecen las siguientes obras entre sus libros, que no sabemos, pero podemos suponer regalo de su tía y las religiosas de su comunidad o adquisición propia dada su relación con la doctrina teresiano-sanjuanista: Obras de Santa Teresa, el Libro de la Vida de la santa, y 4 volúmenes con las Cartas de la Doctora Mística, así como una Colección de Poesías Españolas, donde no podían faltar las poesías de Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Por las dificultades propias del paso del tiempo, las épocas y de la inadvertencia acerca del valor de los documentos que hoy no parecen tenerlo, y mañana son invaluables, no han llegado hasta nosotros muchos manuscritos de la pluma del futuro santo cubano, muchas de sus cartas se han perdido; el traslado a principios de este siglo del monasterio de las Madres Carmelitas Descalzas a su sede actual en el Vedado, la destrucción de muchos documentos de la época ordenadas por las autoridades ante las epidemias que azotaron La Habana, y otras tantas razones, hacen que apenas pueda conocerse toda la riqueza de esta relación que hasta hoy se mantiene viva en la comunidad de las Carmelitas Teresianas, que lo recuerdan con vivo amor y rezan cada día para que se haga efectiva su canonización. Quienes las visiten y puedan acercarse a las rejas que separan el Coro del Presbiterio, podrán apreciar al final del mismo una escultura muy bella que representa a la Santísima Trinidad, regalo de la familia Morales-Medina, a instancias del abuelo de Félix Varela, el teniente Coronel Don Bartolomé Morales, quien hiciera entrega al convento de Santa Teresa, actual Iglesia de María Auxiliadora, y que aún conservan amorosamente las religiosas que viven en su actual convento del Vedado.
Que este trabajo sirva como estímulo al conocimiento de toda la riqueza del legado vareliano y su lugar dentro de la Historia de Cuba y de la Iglesia Cubana, así como su estrecha relación con la familia fundada por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. |