LA IMPIEDAD

EN LAS "CARTAS A ELPIDIO" DEL P. VARELA

por Diosdado González Lugo

 

 

El Padre Varela guiado y sostenido por el amor que anima su sacerdocio y conmovido profundamente por los males que afectan la sociedad de su época, escribe las "Cartas a Elpidio"; denunciando en ellas a tres monstruos que afectaban y siguen afectando a la persona y por consiguiente a toda la sociedad. Me permito en estos sencillos párrafos tocar algunos planteamientos del Padre Varela ante el primer fenómeno que él llama: "La Impiedad".

Entendemos por Impiedad la característica de una persona que no vive de acuerdo a las creencias religiosas, ni actúa según las virtudes y valores morales que se inspiran en la religión.

 

La insensible impiedad, el monstruo que junto a otros enemigos de la virtud conducen al género humano hacia un mismo fin: su destrucción.

Cuando la naturaleza inspira el amor –y éste va necesariamente hacia las perfecciones con más fuerzas que los cuerpos celestes hacia el centro de su circulación- ¿cómo puede dejar un ser perfectísimo de atraer la voluntad humana, y por qué anomalía inexplicable puede ésta convertir en objeto de odio el bien por esencia?

Se preguntaba el sacerdote, al tiempo que definía la respuesta:

"el hombre nunca odia al Ser supremo, si bien en su delirio procura disimular los sentimientos de su espíritu".

Seguidamente afirma:

"He aquí una de las pruebas más evidentes de que la impiedad es un monstruo puesto que sus operaciones contrarían la naturaleza, que puede ser desatendida pero jamás conquistada".

Tenemos pues que el ateísmo no puede pasar de una duda, no puede ser sino efecto de pasiones desarregladas.

La imagen del impío es la del hombre mas desgraciado sobre la tierra. Bajo el título de espíritus fuertes vencedores de las preocupaciones que introdujo la ignorancia y confirmó la malicia han procurado alucinar a muchos empezando por alucinarse a sí mismos.

Por más esfuerzos que ha hecho la impiedad para probar que la religión es abominable, solo ha conseguido demostrar que es benéfica al linaje humano. Un pueblo religioso y criminal es como un círculo cuadrado que solo tiene existencia en los labios que pronuncian las palabras.

Medita, dice el Padre Varela, sobre las doctrinas destructoras de la libertad humana y verás que sólo tienen por autores y partidarios a los impíos, estas ideas desoladas esparcidas en la sociedad produce un total descontento que inutiliza a los hombres privándoles de toda esperanza.

La voz de los pueblos declara que la impiedad ha sido siempre detestada por sus perniciosos efectos y que el orden social y la paz de los hombres han sido víctimas de los impíos.

Al descontento que causa la impiedad se sigue, la desconfianza de los pueblos; mal terrible que destruye todos los planes de la más sabia política y anula los esfuerzos del más justo gobierno, de nada vale las leyes sin las buenas costumbres.

Difundida la impiedad en el cuerpo social destruye todos los vínculos de aprecio y a la manera de un veneno corrompe toda la masa y da la muerte. El honor viene a ser un nombre vano, el patriotismo una máscara política, la virtud una quimera y la confianza una necesidad.

El impío es el hombre del momento, el justo de la eternidad, tienen pues, consistencia las sociedades de los justos y son deleznables la de los perversos. La impiedad, enemiga de la virtud de un pueblo, impide la felicidad, además de que sirve de apoyo al despotismo, por lo que el Padre Varela no dudó en denunciar su efecto en los partidos políticos y dijo: "por más justa que sea su causa y más sagrado su objeto, su ruina es inevitable si prevalece en ellos la impiedad".

¡Ah, qué profundas son las heridas que causan en el cuerpo social las emponzoñadas garras del monstruo de la impiedad!

Hay una multitud dispersa de hombres, más perversos que ignorantes, cuyo placer es la discordia, cuya ciencia es el engaño y cuyo objeto es la destrucción que invocan con suma perfidia para justificar sus depravados intentos los hombres respetables de los célebres patriotas, a quienes suponen como autores de los más desatinados proyectos. A estos hombres Varela los calificó como ciegos voluntarios.

Los dos santos principios de la felicidad humana, la justa libertad y la religión auténtica están en perfecta armonía y son inseparables. Una hipocresía política pretende desunirlos, pero un estado tan violento no puede ser duradero, y el tiempo corre al fin el velo y descubre al hipócrita.

Suelen valerse también los déspotas de otro medio aún más infame, suponen la impiedad aún mucho más difundida de lo que, por desgracia, se encuentra y pintan un porvenir el más funesto y casi inevitable, y afectando la imaginación en sumo grado preparan los ánimos para sufrir cualquier medida, que toman como una afectada pena y como por fuerza cuando no es sino el resultado de una maquinación infernal. Es por tanto evidente que la impiedad facilita los medios necesarios al despotismo y a la tiranía, preparando el camino de tal modo, que no deja obstáculo de ninguna clase.

Los impíos que por ignorancia, solo igualada por su perversidad, han procurado y procuran ridiculizar la religión, no han hecho ni hacen más que favorecer la tiranía. En un pueblo virtuoso es imposible que se elija un tirano.

No hay sociedad perfecta sin amor perfecto y el de los impíos jamás puede ser, sólo hay una manera justa de amar y es refiriéndolo todo al Ser supremo. Es pues la impiedad un efecto lamentable de la mala aplicación de un principio y de erróneas combinaciones ideológicas.

 

Con respecto a los jóvenes nos dice:

"creo que se juzga con suma precipitación acerca de su impiedad que sin duda es real en muchos casos, más en otros es solo una majadería, o mejor dicho, una niñada". No pretendo por esto que se abandone la juventud y se permita en ella todo exceso, mucho menos pretendo disculparla. Solo deseo que los jóvenes sean tratados en materia de religión, como los niños cuando empiezan a ser molestos por sus travesuras.

La juventud propende la justicia por más que se empeñe en negarlo algunos alucinados o irreflexivos; y así es por más entregado que esté el joven a los placeres, y a la impiedad, siempre da signos de gratitud por los esfuerzos que se hacen para mejorar su estado.

Los jóvenes siempre aman cuando conocen que son amados, no deben ser tratados por las reglas de los premios y castigos, pues los premios sirven para formar hipócritas especuladores y establecer en el corazón de los jóvenes una religión puramente humana, además, porque se acostumbran a agradar a los hombres y a esperar de ellos lo que solo deben esperar de Dios. Los castigos por otra parte favorecen también la hipocresía y destruyen los sentimientos religiosos.

Persuádanse que el primer paso que deben dar para demostrar que son hombrecitos y que ya han salido de la falda de la madre, es empezar a hablar, no con franqueza, sino con osadía, sobre materias de religión. Si logran opositores tanto mejor para su intento.

No cabe duda que un joven cuyo espíritu está ejercitado y cuyo corazón está libre de afecciones fuertes, siempre será más capaz de hacer progresos y ganarse el afecto que tanto influye en el bien de los demás.

Si circunstancias inevitables me separan para siempre de mi patria, la juventud a quien consagré en otro tiempo mis desvelos, me conserva en su memoria, te encargo, Elpidio que seas el órgano de mis sentimientos y que procures de todos modos separarlos del escollo de la irreligiosidad, diles que un hombre de cuya ingenuidad no creo que dudan, les advierte y les suplica que eviten tan funesto precipicio. «Diles que ellos son la dulce esperanza de la patria y que no hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad".

Ábranse las páginas del evangelio, de ese sagrado testamento del autor del cristianismo, y cada palabra brotará mil virtudes y destruirá mil crímenes.

Así sea.