|
Queridos hermanos:
Estamos casi a las puertas del III milenio. Sin caer en una inflación del Gran Jubileo del año 2,000, sí tenemos que considerar con gratitud y gozo sin igual que la humanidad se dispone a celebrar los 2,000 del nacimiento de Xto. El hombre que por ser Dios, dividió la historia humana en dos partes, antes de Él y después de Él. San Gregorio Magno comparaba a la Iglesia con una inmensa red de pesca: "Congrega toda clase de peces, porque brinda el perdón de los pecados a los sabios e ignorantes, a los libres y a los esclavos, a los ricos y a los pobres, a los fuertes y a los débiles". Cuando estamos a las puertas del Jubileo del año 2,000, recordar el modo en que nació esta práctica penitencial, nos mete de lleno en el misterio salvador que la Iglesia administra en nombre de Cristo. Corre el año 1299. Por la cristiandad circulan aires turbulentos que se agitan entre el hambre de renovación y la terrible realidad de la decadencia espiritual. Pero en medio de este tremendo vendaval late en el seno del pueblo cristiano un sincero afán de purificación espiritual y una conciencia mayor de que es la gravedad de los pecados la que provoca las calamidades que se padecen. Según el cómputo usado entonces en Roma, los años comenzaban a celebrarse desde el día de Navidad. El año 1300 debía empezar el 25 de diciembre de 1299. En torno a esta fecha comienza a difundirse entre romanos y peregrinos la noticia de una general amnistía de los pecados, reservada a los que hubieran visitado las basílicas papales. La bola corre como la pólvora y la tarde del primero de enero (comienzo del año civil) se congrega una enorme multitud en la Ciudad Eterna clamando por la indulgencia. Las autoridades eclesiásticas no saben cómo encauzar semejante fervor. El Papa Bonifacio VIII ordena que se investiguen los antecedentes, pero nadie es capaz de encontrar con seguridad un solo precedente válido. El gentío, mientras tanto, no cesa en su empeño y por fin, el corazón sacerdotal del Papa Gaetani se inclina para concederlo. Sin dudas, recordaría en ese momento las palabras de Jesús a Pedro, el primer Papa: "Lo que ates, quedará atado y lo que desates, quedará desatado". El 22 de febrero de 1300, fiesta de la Cátedra de san Pedro, desde el ambón de la basílica vaticana se promulgo el Jubileo, tras leer el documento que ahora se puede encontrar esculpido junto a la Puerta de San Pedro. La parte dispositiva dice: "A todos aquellos que en el presente año de 1300, comenzado hace poco en la fiesta de Navidad, y en cualquier otro año centésimo siguiente, visitasen las basílicas de San Pedro y San Pablo con reverencia y verdaderamente arrepentidos y confesados, y a todos aquellos que lo hagan en este presente año centésimo y en cualquiera de los centésimos futuros, no solo le concedemos el amplio perdón, sino la más absoluta y plena remisión de sus pecados. Establecemos que aquellos que quieran participar en la indulgencia por Nos concedida, se acerquen treinta días seguidos o alternos a las Basílicas indicadas si son romanos y por quince días si son peregrinos o extranjeros". El pueblo cristiano, feliz por la concesión, se lanzó en tromba sobre la ciudad. Fue el Jubileo más grande y famoso con cerca de dos millones de peregrinos, entre los que se encontraban artistas como Dante y Giotto. La iniciativa logró copiosos frutos pastorales y un cierto sosiego en un pueblo agitado pero lleno de fe. La palabra "jubileo" está emparejada a la latina iubilaeus y no, aunque lo parezca a la de iubilus (alegría, júbilo). Parece que el término trae su origen del hebreo Yobel (cuerno de carnero), una especie de trompas con las que los sacerdotes descendientes de Aarón proclamaban el año jubilar. Suponía éste una liberación de cargas y gravámenes sobre el pueblo elegido. En la ley de Moisés se especificaba bien su sentido y sus circunstancias. Las instituciones liberadoras a plazo fijo eran dos: el año sabático y el año jubilar. El primero se producía cada siete años y era tiempo de dejar la tierra en descanso y de liberar a los esclavos. Reproducía a mayor escala lo que estaba mandado al hombre hacer cada sábado. El año jubilar se proclamaba al término de siete semanas de años y en él las tierras volvían a sus dueños y los esclavos (reducidos a tal condición por impago de deudas) recobraban la libertad. Los expertos dudan que se respetaran mucho estas prescripciones utópicas, pero el sentido religioso de la liberación de la esclavitud de Egipto y el don divino de la Tierra Prometida pasó al cristianismo, donde la liberación obrada por Cristo sí alcanza su verdadero y más profundo sentido. Desde el Gran Jubileo proclamado por Bonifacio VIII en el año 1,300 se han celebrado desde entonces cien jubileos entre ordinarios (25) y extraordinarios (75). El jubileo ordinario, también llamado Año Santo, se distingue de otros de ámbito más reducido o de significado diverso por su cadencia regular y por su universalidad. El pueblo volvió a clamar y tanto Clemente VI como Nicolás V establecieron que se celebrara cada cincuenta años para no privar a ninguna generación de tal beneficio. Más adelante Urbano VI y Martín V redujeron el período a 33 años y desde Pablo II se celebra cada 25 años. Pablo VI fue el primero que hizo el Jubileo de 1975 con un año de preparación, Juan Pablo II decretó tres años de preparación para el del año 2,000. Así mismo ha establecido, por primera vez, que se celebre simultáneamente en Roma, Tierra Santa y en las Iglesias locales. Los jubileos extraordinarios, esto es, celebrados fuera de la cadencia de los Años Santos y por otros motivos, comenzaron en 1560 por iniciativa de Pío IV, que deseaba oraciones y penitencia a favor del Concilio de Trento. A partir de ahí se ha celebrado en 74 ocasiones bajo 29 romanos pontífices. Los últimos fueron el Jubileo de la Redención (1983) y el del Año Mariano (1987-88). CONTENIDO TEOLÓGICO DEL AÑO SANTO CRISTIANO El que podríamos llamar contenido teológico de la proclamación de un jubileo es muy rico y está magníficamente explicado, entre otros documentos, por la encíclica Tertio Milenio Adveniente y por la Bula de convocación del Gran Jubileo del año 2,000 Incarnationis Mysterium de Noviembre de 1998. Pero a modo de resumen sencillo, valen las palabras del P. Antonio de Mier: ¿Qué ventajas trae un año santo jubilar? La indulgencia plenaria, el perdón total de la pena temporal que arrastran las decisiones desordenadas, pecaminosas, del hombre. Cuando pecamos y pedimos perdón a Dios en el Sacramento de la Reconciliación, recuperamos el estado de gracia; pero de ahí a convertirse plenamente hay un trecho. No cabe decir: "aquí no pasó nada". Queda un rescoldo de mal que, cuanto más grave fue la culpa, mayor deterioro ha producido en el proyecto que Dios tiene sobre una persona cristiana. Con el Sacramento de la Penitencia se perdona la culpa, pero al lastre que deja lo llaman tradicionalmente los teólogos la pena del pecado. Conseguir indulgencia plenaria significa raer totalmente esa pena. Este es el núcleo doctrinal de las indulgencias. Un pecado mortal aparta al hombre del amor de Dios y lo hace reo de las penas eternas del infierno. Al alcanzar el perdón sacramental, por medio de la confesión individual y completa de los pecados mortales, el reato de las penas eternas desaparece. Pero subsiste una pena temporal, que en parte se satisface con la penitencia que impone el confesor y que el penitente acepta. Es verdad que el resto de la pena temporal debida por esos pecados ya perdonados en cuanto a la culpa se puede ir remitiendo con otras obras de penitencia, que en caso de no haberla satisfecho al morir, la labor de purgación se completará en el Purgatorio. La Indulgencia Plenaria limpia toda esa deuda. Si preguntásemos a algunos de los miles de peregrinos que se han congregado en torno a la tumba de San Pedro en algunos de los jubileos convocados desde 1,300, quizá no sabría decir con gran precisión lo que queda reseñado. Buscan el gran perdón que les permita recomenzar su vida y alcanzar esa paz que el mundo no puede dar. CONDICIONES PARA LA INDULGENCIA Todas las indulgencias ya concedidas por otros medios permanecen en vigor. La Indulgencia Plenaria sólo se puede lucrar una vez al día. Las indulgencias ganadas legítimamente se pueden aplicar por los fieles difuntos. La confesión sacra-mental es requisito indispensable e imprescindible y se debe celebrar en su forma ordinaria (individual e íntegra). Con una confesión se pueden lucrar indulgencias durante un período prudente de tiempo. Es conveniente que la participación en la Eucaristía, -necesaria para cada Indulgencia- sea en el día en que se realizan las obras prescritas. Estos dos momentos sacramentales han de estar acompañados junto con la conversión del corazón- con la comunión con toda la Iglesia, manifestada en la oración por las intenciones del Romano Pontífice. Por lo que se refiere a las obras prescritas, los requisitos son los siguientes:
Los confesores pueden conmutar las condiciones de las obras prescritas para las personas impedidas. EL GRAN JUBILEO DEL AÑO 2,000 Retomando las grandes tradiciones de los Jubileos anteriores, el Papa convocó el XXV Jubileo ordinario, previendo una larga preparación. Con la Tertio Milenio Adveniente quedaron anunciadas, no sólo las grandes líneas de la celebración, sino, de alguna manera, el sentido y el objetivo de todo el pontificado de Juan Pablo II. La idea de que los últimos años del siglo XX sean un "adviento", una espera y una preparación para el inicio de un nuevo milenio cristiano, -en una coyuntura, -la del mundo tecnificado y descreído- en la que la presencia de Dios en la sociedad humana iba a tener un particular relieve, late en todos los documentos del Papa actual. En la Bula "Incarnationis Mysterium" por la que se convoca al Jubileo, se establece que el Año Santo comenzará "la noche de Navidad de 1,999, con la apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro " y se "prolongará hasta la clausura del Año jubilar el día de la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo,el 6 de enero del año 2,001". Las notas más relevantes de este Gran Jubileo son su carácter ecuménico (por la convocación de todas las confesiones cristianas), interreligioso (ya que también se cuenta con la participación de buena voluntad de judios y musulmanes) e, incluso intersocial, pues "resulta claro que no se puede alcanzar un progreso real sin la colaboración efectiva entre los pueblos de toda raza, lengua, nación y religión". Además es deseo del Santo padre que en este Gran Jubileo, se resalte la memoria de los mártires, que manifiestan "sobre todo en nuestros días el signo del amor más grande que compendia cualquier otro valor". Y el sentido mariano de esta convocatoria a la penitencia no podía faltar: "La alegría jubilar no sería completa si la mirada no se dirigiera a Aquella que, obedeciendo totalmente al Padre, engendró para nosotros en la carne al Hijo de Dios". Nuestra dulce Madre de la Caridad del Cobre vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos para que confiemos llenos de esperanza en el amor infinito de su Hijo. Que nuestro patrono y protector San Rosendo bendiga nuestro empeño y participación en el programa del Año Jubielar. Con mi bendición. |