Queridos hermanos y hermanas:
En esta Catedral de Cienfuegos, en la clausura
de la primera Semana Social realizada en Cuba en este milenio, la
figura excelsa de María Inmaculada, bajo cuya mirada amorosa
nació y crece esta diócesis, se hace aún más
sugerente al calor de la Palabra de Dios que ha sido proclamada.
Contemplar a María Virgen es penetrar de lleno en el misterio
de la Iglesia convocada por Dios, que acoge su llamado y responde
con prontitud. Así nos presenta el relato evangélico
a la madre de Jesús, que una vez aceptada explícitamente
la voluntad de Dios, haciéndose servidora del Señor
y cubierta por la sombra del Espíritu Santo, se pone en camino;
un camino realmente penoso por el ascenso. Va de prisa a la montaña
para comunicar y compartir su alegría, que es la de llevar
en su seno al Salvador. Su andar tiene también como fin tender
su mano servicial a su prima Isabel, necesitada de ayuda.
No hay otra metáfora más sublime y precisa de la Iglesia
y su misión. María es la parábola viva, histórica,
de la Iglesia. La Iglesia es portadora de Jesús y quiere compartir
con todos los hombres y mujeres de la tierra la alegría de
la salvación alcanzada por Cristo. Así ha ascendido
durante dos mil años la cuesta de la historia, con la prisa
del amor, aunque retardada pesadamente por el pecado de sus hijos,
por nuestros pecados, que no podían entorpecer el avance de
María, porque ella es la Inmaculada.
Ascenso penoso el de la Iglesia en medio de los "consuelos de
Dios y las persecuciones del mundo", animada siempre por el propósito
de servir a todos los que necesitan su ayuda. Incomprendida a menudo,
como lo fue María cuando José pensó repudiarla
porque no la creyó fiel. Sólo a los santos, como a José,
los ángeles le descubren la profundidad del misterio... pero
no son muchos los santos y sí los que miran a la Iglesia, misterio
del amor de Dios hacia nosotros, con desdén, con sospecha,
con dureza o con inculpable ignorancia.
De esta Virgen de Nazaret, Iglesia en ciernes, hasta la mujer vestida
de sol del Apocalipsis, con la luna a sus pies y coronada de doce
estrellas, (la Iglesia gloriosa y eterna), va la línea sinuosa
del tiempo en que la mujer sufre los dolores del parto, mientras que
un horrible dragón, símbolo mítico del mal, espera
para devorar a su hijo, que le es arrebatado hacia Dios y hacia su
trono... y la mujer huyó al desierto donde tenía un
lugar preparado por Dios.
La mujer del Apocalipsis puede simbolizar a la humanidad en su totalidad.
¿No nos dice San Pablo que la creación entera gime como
con dolores de parto?. ¡Han sido y son tantos y tan grandes
los sufrimientos de la familia humana!. Personifica ciertamente también
la mujer encinta del Apocalipsis a la Virgen María. En el momento
supremo de dolor para la madre de Jesús, El la llamó
"mujer" desde lo alto de la Cruz. Ese fue el instante del
parto doloroso de María, por el cual accederíamos a
la luz de una vida nueva los discípulos de su hijo, convertidos
ahora en sus hijos. Pero además, asociada a la entrega sufriente
de su hijo en la Cruz, ella da a luz a Jesús para la vida plena
y gloriosa que Cristo resucitado manifestará en el esplendor
de la mañana de Pascua. Jesús, arrebatado al cielo hasta
el trono de Dios, reina victorioso como primicia de todos los creyentes
y la mujer, por su parte, irá al desierto, al lugar que Dios
le ha preparado en este valle de lágrimas, para ser vida, dulzura
y esperanza nuestra, reina y madre de misericordia.
La mujer resplandeciente, coronada de doce estrellas, que son las
doce tribus de Israel y los doce apóstoles del Cordero, simboliza
sobre todo al Pueblo de Dios de la Nueva Alianza, a la Iglesia, nacida
del parto doloroso de la Cruz. Una vez llevado al cielo su Señor,
vencido ya por Dios el dragón, que es la serpiente del relato
de la Creación; Satanás, que engaña y confunde,
y el diablo, acusador de los elegidos de Dios, la Iglesia será
asediada por ese mismo dragón vencido y tendrá que ir
al desierto, es decir, hacer el mismo largo camino que el Pueblo de
Dios de la Antigua Alianza, cuando fue liberado por Yahvé de
la esclavitud de Egipto, guiado por el Señor y poniendo toda
su confianza en El.
Cada creyente, en cada época, como miembro de la Iglesia, cuerpo
de Cristo, deberá hacer suya, por la obediencia al Señor,
la salvación que Jesús nos alcanzó en la Cruz.
La batalla cósmica del Libro del Apocalipsis se realiza históricamente
en cada siglo, en cada milenio, en todos los rincones del mundo. Los
cristianos tenemos que tomar siempre el partido del ángel Miguel,
que tiene como nombre una pregunta sin alternativa para todo creyente:
"¿Quién como Dios?", sabiendo que el dragón,
rojo de la sangre de los mártires, ya fué derrotado
por aquel que derramó su sangre en la Cruz. La promesa de Jesús
nos confirma cada día en nuestras luchas: "no temas, pequeño
rebaño mío, yo he vencido al mal".
Se ha cumplido ya la profecía de Isaías. Como en los
orígenes del mundo, el caos y las tinieblas son sometidos por
la luz, en este caso de un niño que nos ha nacido, de un hijo
que se nos ha dado. Es Dios quien lo envía, sus títulos
lo presentan como un ser sobrenatural: "milagro de consejero,
guerrero divino, jefe perpetuo, príncipe de paz". Su acción
será definitiva para establecer una paz que no tendrá
fin, porque se mantendrá y consolidará con la justicia
y el derecho.
Una vez más, y ahora no en una visión apocalíptica,
sino en un mensaje profético, aparece el "ya, pero todavía
no" de la historia de la salvación. En Jesucristo se cumple
la profecía de Isaías. Ha venido el Príncipe
de Paz, ha establecido su reino que no tendrá fin, pero no
se ha extendido la paz a todos los hombres que ama el Señor.
Basta lanzar una mirada al último siglo del pasado milenio
y a los primeros meses de este nuevo siglo. Formas terribles de enfrentar
los conflictos se abren paso con el despliegue de armas siempre más
destructivas y el recurso a un terrorismo de variados rostros y de
crueldad inusitada, alimentado en fanatismos ideológicos y
religiosos. Si todos aceptamos que la paz es fruto de la justicia,
es imprescindible buscar la causa de los conflictos, que generan diversos
tipos de guerra y enfrentamientos, en una falta de justicia.
Cuando Isaías anunciaba la implantación de la justicia
y el derecho, que son correlativos, no lo hacía, sin embargo,
pensando en una justicia concebida al estilo del antiguo derecho romano
como "la constante y perpetua voluntad de darle a cada uno lo
suyo". Aquí "lo suyo de cada uno" significa
un conjunto de derechos humanos. Santo Tomás de Aquino, guardando
el concepto del viejo derecho, ponía el acento en el aspecto
virtuoso de la justicia: "es el hábito según el
cual alguien, con voluntad constante y perpetua, concede su derecho
a cada uno". Así la justicia es considerada virtud, que
en el cristiano estará animada desde dentro por la gracia de
Dios y será la primera exigencia de la caridad, del amor cristiano.
Pero esta definición es más jurídica que cristológica,
porque en los evangelios no hay reglas sobre los derechos de justicia.
Sigue el Nuevo Testamento la tradición del Antiguo; no hay
ruptura entre ambos. Dice Jesús: " Yo no he venido a abolir
la ley, sino a darle plenitud".
Las leyes del Antiguo Testamento estaban todas dictadas por Dios.
Entre todos los pueblos del Oriente Medio sólo los hebreos
tenían leyes que no eran dictadas por el rey, y el mismo rey
quedaba sometido a esa ley divina. De ahí la acción
de los profetas de cara a las infidelidades del rey. Los jueces primero
y los reyes después, tenían el poder para juzgar de
acuerdo a una ley divina, pero esta ley no enunciaba derechos, sino
deberes que engendraban derechos en el otro. Por esto la justicia
en el Antiguo Testamento puede traducirse como "fidelidad y lealtad
hacia la comunidad", como "solidaridad con la comunidad",
y así, ser justo no se mide por una norma abstracta y absoluta
con acento en lo subjetivo como es la " voluntad de dar a cada
uno lo suyo", sino por las exigencias concretas de comunión
con Dios, cumpliendo su ley, para vivir en comunión con los
demás. Por esto la justicia se manifiesta ante todo en la actuación
social del individuo. Es así como la justicia produce paz y
son inseparables una de otra: "la justicia y la paz se besan"
(Salmo 85,11), y ambas son don de Dios.
La Revelación de Dios se hace sublime en el código deuteronómico.
No hay en ningún pueblo del Oriente Medio, ni en Egipto, ni
en Mesopotamia, ni antes ni después, una literatura preceptual
como la deuteronomista. El amor de Dios a su pueblo y la respuesta
de amor del hombre a su Dios envuelven todos los mandatos de la Ley
y le conceden una elevación inigualada por ningún otro
código. Baste citar Deuteronomio 30 del 11 al 14: " Pues
esta ley que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas ni está
fuera de tu alcance. No está en los cielos para que digas:
¿Quién subirá por nosotros a buscarla para que
nos la dé a conocer y la pongamos en práctica?. Ni tampoco
se encuentra más allá de los mares, para que tengas
que decir: ¿Quién pasará por nosotros al otro
lado de los mares a buscarla para que nos la dé a conocer y
la pongamos en práctica?. Pues la palabra está muy cerca
de ti, está en tu boca, en tu corazón para que la pongas
en práctica".
Sólo interiorizando la ley de Dios por la fe y el amor accederemos
a la verdadera justicia que es bien social y que promueve el derecho.
Con palabras del Deuteronomio respondió Jesús al demonio
que le presentaba tentaciones religiosas, sociales y políticas:
"No sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale
de la boca de Dios". Jesús y todo el Nuevo Testamento
se complacen en el Deuteronomio, la Revelación de Dios es una
y las bienaventuranzas en San Mateo le dan plenitud y sobrepasamiento
a una ley antigua que no queda derogada por una ley nueva.
En materia de justicia y derecho es esto lo que pensaba Isaías
al anunciarnos el nacimiento del Mesías. No hay tampoco en
la Revelación de Dios en el Nuevo Testamento ningún
tipo de codificación jurídica, sí hay un espíritu
nuevo para que nazca y crezca la justicia y el derecho y esto es lo
que la Iglesia y el cristianismo tienen como aportación especifica
al mundo. Ninguna otra religión ni ideología u organización
política puede ofrecer al mundo la justicia y el derecho que
vino a implantar Jesucristo, el Hijo de Dios. Responsables de esta
tarea somos todos en la Iglesia, especialmente los laicos, y que podamos
realizarla depende de nuestra fidelidad a la letra, al contenido y
al estilo de la Revelación de Dios; pues la renovación
del mundo en justicia y en derecho pasa necesariamente por el corazón
del hombre, por nuestra conversión, y no la habrá en
verdad mientras no se dé el encuentro del hombre y la mujer
de hoy con Jesucristo.
Se comprende la inhibición, y aun el mismo rechazo de la Iglesia
ante la proclamación de los derechos del hombre en la Revolución
Francesa de 1789, incluso antes, en la revolución norteamericana.
Se apoyaban ambas en una concepción del hombre nacida del pensamiento
iluminista, que reclama para el ser humano varios derechos válidos,
pero situando al hombre individual frente a la colectividad o frente
a Dios; exactamente lo contrario del aliento religioso y social de
la revelación bíblica. Aun la Declaración de
Derechos Humanos de las Naciones Unidas (1948) no encontró
en el Papa Pío XII ninguna mención en sus mensajes y
escritos. ¡Resulta tan subjetiva la formulación de los
derechos humanos! y hasta hoy ha estado en dependencia de las ideologías
o de los sistemas políticos que la sustentan. Esto puede conducirnos
por caminos aberrantes, al punto de reclamarse como derecho del hombre
lo antinatural y aún lo monstruoso. Pensemos sólo en
el aborto del último momento, cuando se vacía el cráneo
del niño que asoma ya su cabeza, para extraer después
su cadáver. Esto se hace en nombre de la libertad individual
para decidir, la misma que se invoca para que cada uno pueda expresar
libremente su pensamiento.
La Iglesia ha introducido en su vocabulario el tema de los derechos
del hombre desde el Papa Juan XXIII y los cita a menudo el Papa Juan
Pablo II, pero el contenido total, la motivación y el origen
de esos derechos no son los mismos que en los enunciados iluministas
o actuales. El relativismo lastra el pensamiento posmoderno y sólo
una búsqueda de la verdad hará posible que las relaciones
entre hombres y pueblos se funden en una justicia y en un derecho
verdaderos para que surja la paz.
El cristiano debe ser hoy un luchador por la verdad y por el derecho
que tiene el hombre de buscarla y de acceder a ella. Las encíclicas
de Juan Pablo II "Fides et Ratio" y "Veritatis Splendor"
deben ser tan estudiadas por quienes trabajan por la justicia como
las encíclicas sociales.
La justicia de Dios coincide con su acción salvífica:
en la Cruz Jesús nos hace justos, capaces de comunión
y nos libera del pecado, esto es, del egoísmo y la violencia
que impiden precisamente la comunión con Dios y con los hermanos.
Así pues, la justicia entre los hombres no es sólo cuestión
del "homo oeconomicus o politicus", sino un milagro de la
gracia misericordiosa y liberadora de Dios.
Los cristianos se comprometen con la justicia y son signos de justicia
para el mundo en la medida en que edifican de verdad la Iglesia, como
signo y sede de la presencia de Dios en la historia: un Dios justo
que quiere la salvación integral del hombre. La liberación
del mundo de las injusticias, la esperanza de un mundo más
justo, la solidaridad de los cristianos con las víctimas de
la injusticia y con los oprimidos nacen de la fe en Cristo, que es
justicia de Dios para el mundo y para cada hombre. Solamente partiendo
de Cristo tiene el hombre la capacidad y la esperanza de hacer al
mundo más justo.
Así libra su combate de justicia, de amor y de misericordia
la mujer vestida de sol y coronada con doce estrellas, la Iglesia.
Así vence al dragón de siete cabezas y diez cuernos.
Así sube la Iglesia, como María, la cuesta empinada
de la historia y entra en el tercer milenio de la era cristiana cantando
con la Virgen su acción de gracias por las maravillas que ha
hecho el Señor y entonando con ella un himno de esperanza al
Dios justo que derriba a los poderosos y enaltece a los humildes,
que a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide
vacíos, que se acordará siempre de que tenemos necesidad
de su misericordia.