"Despertar las conciencias implica respetar
en cada persona lo que le es propio por naturaleza y lo que la gracia
de Dios ha venido a redimir. Despertar las conciencias para que cada
persona pueda asumir su responsabilidad ante sí mismo, ante su
familia y ante la sociedad, es un desafío de la hora presente
en el que la Iglesia, Madre y Maestra, ex-perta en humanidad, puede
contribuir con su poder específico" (1)
Este respeto a cada persona y esta ayuda a la naturaleza, y colaboración
con la gracia, se realizan mediante la educación, y de modo especial
con la educación en y para la libertad, que es la verdadera educación.
Juan XXIII nos dijo en su encíclica Pacem in Terris: "La
convivencia civil sólo puede juzgarse ordenada, fructífera
y congruente con la dignidad humana si se funda en la verdad. Es una
advertencia del apóstol San Pablo: Despojándoos de la
mentira, hable cada uno verdad con su prójimo, pues que todos
somos miembros unos de otros.
Esto ocurrirá, ciertamente, cuando cada cual reconozca, en la
debida forma, los derechos que le son propios y los deberes que tiene
para con los demás. Más todavía: una comunidad
humana será cual la hemos descrito cuando los ciudadanos, bajo
la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan
sus propias obligaciones; cuando estén movidos por el amor, de
tal manera que sientan como suyas las necesidades del prójimo
y hagan a los demás partícipes de sus bienes, y procuren
que en todo el mundo haya un intercambio universal de los valores más
excelentes del espíritu humano.
Ni basta esto sólo, porque la sociedad humana se va desarrollando
conjuntamente con la libertad, es decir, con sistemas que se ajusten
a la dignidad del ciudadano, ya que, sien-do éste racional por
naturaleza, resulta, por lo mismo responsable de sus acciones"
. Que estas palabras sean el fondo sobre el cual reflexionemos nuestro
tema.
¿De qué
libertad hablamos?
Libre es quien dispone de sí mismo, el
que actúa por propia decisión. Libertad es el ejercicio
de la propia personalidad y capacidades para el propio desarrollo y
para el de la sociedad. La libertad tiene dos aspectos: uno es la liberación
de lo que subyuga al hombre y el otro es la capacidad, la energía
y la voluntad para actuar.
La liberación de lo que subyuga se realiza
en tres tipos de esclavitudes: uno, es la liberación de los que
están sujetos a otra persona y no pueden actuar sino bajo su
dependencia.
Otro, es la liberación de los que hacen
el mal, porque están dominados por él. El mal no es propio
de la naturaleza del hombre. Éste fue creado bueno y está
hecho para el bien y su libertad está en hacer el bien. El mal
ha llegado al hombre, después de haber sido creado, por un engaño
hábil del Diablo. Por esto, la libertad del hombre requiere,
necesariamente, la liberación del pecado. No conoce la experiencia
de la libertad quien permanece en el pecado.
La experiencia cristiana conoce también
otro tipo de liberación, poco y menos buscado, que es la liberación
de la ley. Son muchos los que cumplen la ley a regañadientes
y contra su voluntad. La doctrina cristiana enseña que es necesario
liberar a los que cumplen la ley -la ley humana o la divina- sólo
porque es una ley. Dios no quiere que seamos esclavos, ni de los hombres,
ni de Él. Quiere que seamos sus hijos y por tanto libres ante
Él y ante los demás.
La ley divina ciertamente es santa porque tiene
la función de 'indicarnos' el bien; pero ni da la fuerza para
hacerlo ni hace justo al hombre. También las leyes humanas justas
nos indican el camino del bien, son un servicio para el bien del hombre,
pero no son su destino, son señales para no perder el camino,
pero los signos no libran de salirse del carril, ni son la meta del
camino.
Los esclavos de la ley, los antiguos y los modernos
fariseos, ignoran la libertad. Las leyes (incluida la divina) son letra
que no da vida; más aún matan. "La letra mata, mas
el Espíritu da vida"(3) . Comentando
estas palabras de San Pablo, Santo Tomás dice que "por letra
hemos de entender toda la ley exterior al hombre, incluso los preceptos
de la moral evangélica, los cuales serían capaces de dar
la muerte, si no existiese la presencia interior de la gracia sanante
de la fe"(4). La muerte que da la
ley es la muerte a la libertad. Porque el cumplimiento de la ley hecho
a fuerza (sea porque alguien nos obliga, o sea porque nos lo impone
la propia conciencia) no es la libertad para la que fuimos creados.
La libertad como capacidad, energía y
voluntad para actuar, que es el otro aspecto de la libertad, constituye
realmente una nueva experiencia, un nuevo modo de ser del hombre, la
verdadera experiencia de ser hombres. Vaclav Havel habla de la "revolución
existencial" que se produce en el interior del hombre cuando experimenta
y ejercita la libertad. Esta libertad es la que libera del miedo en
que viven quienes son incapaces de expresar lo que son y de manifestar
su propia identidad.
El cristianismo, la vida cristiana, es un llamado
a la libertad. "Para ser libres nos libertó Cristo"(5)
. Es un llamado a vivir el bien sin el peso de cargar algo impuesto
y con la alegría continua de realizar ese bien por propia decisión.
Dicho de otra manera, el hombre libre es el que está de tal manera
identificado con el bien, que discierne, quiere, busca y hace espontáneamente
el bien, porque naturalmente le pertenece y le satisface; así
cumple toda ley sin ser forzado ni externa ni internamente. Es la expresión
más pro-funda de su mismo ser. Esta es la libertad que la Iglesia
ha recibido la misión de dar a los hombres, es su misión
Esta experiencia cristiana, pues, no choca con
la vigencia de la ley, más aún, es la única que
garantiza el cumplimiento de la ley de manera estable. Urs von Baltasar
dice al respecto: "Nuestros actos más íntimos de
fe, de amor y de esperanza, nuestras disposiciones de ánimo y
los sentimientos, nuestras resoluciones más personales y libres:
todas estas realidades inconfundibles que nosotros somos, están
impregnadas de tal forma por su aliento, que el último sujeto
-en el fondo de nuestra subjetividad- es Él (el Espíritu
Santo)"(6) . Santo Tomás afirma:
"El Nuevo Testamento es el Espíritu Santo en cuanto construye
en nosotros la caridad que es la plenitud de a ley. Era necesario darnos
una ley del Espíritu que, obrando en nosotros el amor, pudiese
vivificarnos"(7).
La verdadera libertad, por tanto, nos hace cumplir
toda la ley, pero nos libera de ella y de la esclavitud de quien es
'forzado' a algo que no viene de dentro de nosotros, sino de fuera.
Esta libertad, su consiguiente felicidad y su poder transformador de
las relaciones humanas, es la que Jesucristo ha querido para nosotros.
Esta es la libertad que predica y es capaz de dar la Iglesia.
El. P. Ellacuría, hablando de libertad,
escribió: "tanto la libertad personal como la social y política
sólo es tal efectivamente cuando se puede ser y hacer lo que
se quiera -[dentro de lo que]se debe o se es permitido- ser y hacer.
... Pero, si además de no darse las condiciones reales para ejercitar
las libertades y los derechos formales, se da una dominación
y una opresión positiva que impide aún más aquel
ejercicio, es no sólo irreal sino positivamente ideologizado
e hipócrita hablar de libertad".
Las bases de
la libertad
La Apología de Sócrates también
nos enseña que educar en y para la libertad tiene un necesario
nexo con la verdad y que se realiza en primer lugar liberando del miedo
y enseguida impulsando a la persona al servicio a los demás.
Platón pone en sus Diálogos, estas palabras en boca de
Sócrates:
"Temer a la muerte es creerse sabio sin
serlo y creer lo que no se sabe. En efecto, nadie conoce la muerte ni
sabe si es el mayor de los bienes para el hombre. Sin embargo, se la
teme, como si supiese con certeza que es el mayor de todos los males.
¡Ah! No es una ignorancia vergonzante creer conocer una cosa que
no se conoce?"
"Respecto a mí, atenienses, quizá
soy en esto muy diferente de los demás hombres y si en algo parezco
más sabio que ellos, es porque no sabiendo lo que nos espera
más allá de la muerte, digo y sostengo que no lo sé.
Lo que sé de cierto es que cometer injusticias y desobedecer
al que es mejor y está por cima de nosotros, sea dios, sea hombre,
es lo más criminal y más vergonzoso. Por lo mismo, yo
no temeré ni huiré nunca de males que no conozco y que
son quizá verdaderos bienes; pero temeré y huiré
de males que sé con certeza que son verdaderos males".
"Buen hombre, ¿Cómo siendo
ateniense y ciudadano de la ciudad más grande del mundo por su
sabiduría y su valor, cómo no te avergüenzas de no
haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito
y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría
y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como puede serlo?"
"Que ha sido Dios el que me ha encomendado
esta misión para con vosotros es fácil inferirlo por lo
que os voy a decir. Hay un no sé qué de sobrehumano en
el hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios
negocios por consagrarme a los vuestros, dirigiéndome a cada
uno de vosotros en particular, como un padre o un hermano mayor puede
hacerlo y exhortándoos sin cesar a que practiquéis la
virtud"(8) .
La libertad se basa en la verdad. La mentira
está en el origen del miedo, es la base fundamental de la esclavitud,
da una falsa fuerza al despotismo, hace posible la manipulación
de las conciencias y todo tipo de dictadura. La mentira está
en la base del hedonismo, del afán del dinero y del poder opresor.
La fuerza del consumismo y de la dicta-dura no es física, está
en la mentira y en el miedo de muchos.
La verdad del hombre para tiene que brillar ante
los esclavos de la mentira para que ésta pierda su fuerza. "Si
os mantenéis en mi Palabra seréis verdaderamente mis discípulos,
conoceréis la verdad y la verdad os hará libres"(9).
El lugar propio de la verdad está en está
en la conciencia, que, en cada hombre, es el lugar propio de Dios. Tiene
que construirse el hombre interior basándose en la verdad para
derrotar al hombre en la mentira. Y la verdad que construye al hombre
es la realidad, es decir, la verdad de Dios, la verdad del hombre, la
verdad de la sociedad.
Ø La verdad de Dios es que Él
nos ha llamado a ser sus hijos, a participar de la naturaleza divina
y, por tanto, a tener la experiencia de la libertad propia de sus hijos.
La libertad que Él nos da es en primer lugar la liberación
del pecado y enseguida es la fuerza para realizar su voluntad con osadía
y grandeza de corazón en la historia en su momento presente.
Él nos enseña que "donde está el Espíritu
del Señor allí está la libertad"(10).
La educación para la libertad que da la Iglesia siempre consistirá
en ayudar al hombre a entrar en contacto con la fuente de la libertad.
Ø La verdad del hombre está
en que:
- Participando de las cuatro naturalezas creadas que conocemos (mineral,
vegetal, animal y espiritual) y de la naturaleza divina, el hombre no
puede ser tratado como si fuera sólo materia con vida. Manipular
el poco desarrollo de la inteligencia o la escasa fuerza de voluntad
que hay en muchos, constituyen un acto inmoral que destruye la libertad
de los seres humanos.
- También es una verdad que el hombre está hecho para
actuar conforme a su naturaleza material, espiritual y divina; y, por
tanto, no es para una vida ni puramente animal ni puramente espiritual,
ni puramente divina. La exclusión de uno de estos componentes
perjudica la libertad del hombre. El hombre tiene que aprender a manifestar
su espíritu y su vida de hijo de Dios, a través de su
cuerpo.
- Es verdad que el hombre está hecho para darse y hacer el bien
a los demás y que así adquiere la madurez humana. La sociedad
es siempre la conjugación de auténticas libertades que,
sin presiones, realizan el bien común.
- Es verdad que el hombre fue creado para el trabajo y que con él
se hace más hombre, se perfecciona, contribuye a la creación
y construye la sociedad. Por eso mercantilizar el trabajo es una manipulación
y una reducción inmoral del hombre
- Es verdad que el hombre, con la experiencia de estas realidades, adquiere
conciencia de sí mismo, conoce su identidad y se libra del engaño
que enajena, del consumismo, del tecnologismo, del economicismo, de
las dictaduras etc., que esclavizan.
Ø La verdad de la sociedad está
en que:
- Ésta se construye por la conjugación de las decisiones
de las personas que la constituyen. De hecho, nunca nadie puede construir
una sociedad para otros. Son los miembros de cada sociedad quienes con
sus decisiones, sus indecisiones o la ausencia de ellas, dan forma o
dejan que otros pretendan formarles su sociedad. Las personas que conviven
forjan su tipo de convivencia, construyen algo superior a su individualidad.
La convivencia y la sociabilidad propia del ser humano se realizan en
la libre interacción responsable, en la mutua complementación,
en el libre uso de los carismas o capacidades personales para el servicio
al Bien Común. Esto pide a cada uno la aportación, no
sólo de su actividad o de sus bienes, sino de su ser mismo.
- Los seres humanos libres, ejercitando su libertad conjuntamente con
otras personas, adquieren la experiencia de construir la subjetividad
de la sociedad, la capacidad social de ser sujeto responsable de su
bien-ser y de su bienestar.
- Las personas que conviven en cada poblado necesitan, consiguientemente,
tener la experiencia comunitaria de la capacidad y de la responsabilidad
de realizar la construcción del bien común.
- Soljenitzin denunció la falsedad y el carácter ilusorio
de las esperanzas que no se basan en la responsabilidad y la consiguiente
incapacidad de las democracias tradicionales para oponerse a la violencia
y al totalitarismo. Allí el individuo goza de libertades y de
garantías pero, en definitiva, ellas no sirven para nada: él
solo es víctima del funcionamiento del sistema, que lo ayuda
a dejarse esclavizar; lo condena al aislamiento si no acepta ser esclavo;
y si quiere encontrar un sentido superior a su vida, lo hace incapaz
de mantener su identidad, de defender su interioridad y de superar su
angustia por la supervivencia. Los esclavos más satisfechos de
su esclavitud se encargan de tratar así a quienes quieren vivir
su identidad; ellos no son libres, sirven al sistema y a su mantenimiento.
La vida en la mentira requiere una multitud miedosa que quiere justificar
su esclavitud. La vida en la mentira a la vez esclaviza y hace que quienes
se dejan esclavizar a ella, sirvan de sostén a la permanencia
de la mentira.
- Es miope creer que la 'democracia madura' es el ideal en el que el
hombre pueda tener una vida digna e independiente. No son los mecanismos
de la democracia, sino la formación a las personas lo que hace
crecer la sociedad. No son las leyes ni los partidos de oposición
los que garantizan la erradicación de la violencia, sino la revolución
existencial basada en el encuentro con Cristo que nos da la conversión,
la comunión y la solidaridad. Sin Él surgirán nuevas
formas de violencia.
Estos tres aspectos de la verdad son básicos
para la formación en y para la libertad. Vivir en la verdad,
no sólo conocida teóricamente, sino experimentada en su
concretez, es el elemento fundamental de la libertad. En torno a esta
verdad vivida se generan las respuestas libres que desarrollan una libertad
sólida y madura.
La realidad pide siempre respuestas que partan
de la auténtica propia identidad y de la estructura familiar,
del barrio, de los varios aspectos de la vida social y de los requerimientos
del bien común. La rectitud de las diversas respuestas se funda
siempre en la revolución existencial que renueva los valores
en cada persona y que asegura una reconstrucción de la sociedad.
La dirección que hay que tomar está
constituida, pues, por la nueva experiencia del ser, el nuevo enraizamiento
en el universo, el saber asumir una responsabilidad superior, la nueva
relación interior con el prójimo y con la comunidad humana.
Todo esto es la revitalización de valores de confianza, sinceridad,
responsabilidad, solidaridad y verdadero amor, un nuevo espíritu
con contenido verdaderamente humano.
Así se desvanece el miedo ante los mitos
y ante lo desconocido, porque la mente que vive la ascesis de la verdad
no puede aceptar la mentira ni su respuesta inauténtica a la
realidad. El hombre que tiene miedo lo padece porque ha entregado la
autenticidad de su vida, que es lo único verdaderamente alienable
que hay en él. A este respecto, Víctor Frankl dice que
"la cualidad del hombre de ser libre no es un "factum",
sino simplemente una facultad. Siempre que el hombre se deja llevar,
se deja auténticamente llevar, y esto quiere decir que, como
libre que es, renuncia, abdica, con el fin de verse disculpado como
no libre, ... una forma de comportamiento típicamente neurótico:
la abdicación del Yo a favor del Ello -la renuncia a la propia
personalidad y existencialidad a favor de la facticidad"(11).
Sin embargo, aún dentro de esa "vida
en la mentira", permanece la orientación fundamental hacia
la verdad, que nunca se puede perder como constitutiva del ser, aunque
quede como algo dominado y pisoteado. Esta realidad es, a la vez, origen
de la tristeza propia de la esclavitud dentro de la mentira, y también
la fuerza aliada, dentro de la plaza tomada por el enemigo, para hacer
la liberación del esclavo. Cuando alguien hace ver la falsedad
que hay en la mentira empieza la liberación y el rescate de la
identidad.
Tareas de la pedagogía
de la libertad
La ayuda para llegar a la libertad y al servicio
empieza alentando el descubrimiento de la propia identidad. Ésta
se obtiene en profundidad por el encuentro con Jesucristo, el único
que "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre
la sublimidad de su vocación"(12)
. El encuentro personal con Jesucristo es absolutamente necesario a
los seres humanos para conocer lo que somos, para apreciar nuestra identidad.
El hombre es objeto de revelación; las solas ciencias no dan
a conocer la profundidad del ser humano.
A la luz de esta verdad fundamental, quien quiera
ser libe tiene que decidir romper con "la vida en la falsedad",
en todas sus dimensiones -personal y social- para 'vivir siempre en
la verdad', para "ser de la verdad"(13).
Quien ha encontrado a Jesucristo y se ha entregado a Él, no permite
que su conciencia sea compartida por otra persona o cosa que no sea
el Señor Jesucristo. El descubrimiento de la mentira en todas
sus formas es el preámbulo del descubrimiento de nuestra identidad
y de nuestra responsabilidad. Por tanto, el análisis de nuestras
personas, de nuestra familia, de nuestro barrio, de nuestro trabajo,
de nuestra recreación y de nuestra participación social
y política, nos conducirá a "la vida en la verdad".
La pedagogía para educar para la libertad y el servicio tiene
que propiciar una nueva experiencia de ser.
Es necesario descubrir lo que es nuestro, de
nuestra naturaleza, la falsedad de nuestras e inclinaciones y al mismo
tiempo nuestros traumas, miedos y condicionamientos, las falsedades
que afectan nuestras relaciones con los demás y nuestra vida
social. Este trabajo debe realizarse continuamente en la vida para permanecer
en la libertad.
La conversión sincera, que consiste en
orientar el camino de nuestra vida y en darle la orientación
permanente hacia Aquel que es la Verdad, es el principio de la libertad
y del auténtico servicio. Viene enseguida la liberación
de nuestras esclavitudes con la actuación especialmente cuidadosa
y amorosa del Espíritu Santo, cuya presencia final-mente nos
impulsa hacia el bien. El Espíritu Santo, autor principal de
la libertad de los cristianos, nos da la experiencia de querer y hacer
el bien por propia decisión, sin ser forzado ni externa ni internamente
para realizarlo. Esto nos da la profunda y verdadera experiencia de
ser hombre.
Vivir en la verdad es estar siempre enfrentando
la propia responsabilidad: debemos saber lo que cuesta hacer el bien,
tener la experiencia del valor real que han tenido nuestras determinaciones
y la conciencia de la participación real del poder de Dios en
nuestra acción. De manera semejante es necesaria la experiencia
de la comunidad, des-cubriendo comunitariamente la responsabilidad común
y el poder comunitario para el mejoramiento de todos.
"La vida en la verdad" facilita el
discernimiento en situaciones concretas, incita a cada paso la imaginación
para encontrar nuevos caminos de hacer el bien y nos da la fuerza necesaria
para vivir cada paso en libertad. Cuando alguien comienza a "vivir
en la verdad", que es la antesala de "la vida en libertad",
necesita compartir su vida de verdad y de libertad con otras personas,
y esto produce las 'comunidades de base'.
Estas comunidades son el principio de una nueva
experiencia de relaciones huma-nas, un apoyo mutuo en la vida de fe
y de verdad. La "revolución existencial" que se produce
dentro de la vida en comunidades pequeñas renueva los valores
que dan sentido a la existencia, de modo especial el valor comunidad,
que exige el servicio mutuo y la complementariedad. Es la experiencia
sentir las necesidades de otros y la experiencia del servicio y de sus
efectos. Así se construye la comunidad de la caridad. La caridad,
plenitud de la ley, es, antes que precepto, una fuerza, un dinamismo
de la libertad para responder a las necesidades de los demás.
Los ámbitos
de la libertad
Víctor Frankl
había definido al neurótico "como el hombre que conmuta
la interpretación de su existencia, de un "poder-llegar-a-ser-continuamente-de-otra-manera"
a un "tener-que-ser-así-de-una-vez-y-no-de-otro-modo"(14).
La verdad de que podemos siempre ser de otra manera abre los horizontes
no sólo de nuestra propia conciencia, sino de la familia, del
vecindario, de la escuela, del trabajo, de la sociedad y de la Igle-sia.
En todos estos ámbitos hay que descubrir cualquier falsedad que
estorbe la verdad en su esplendor. Se trata de una conversión
continua que libera cuando se descubre la verdad y nos conduce a actuar,
sin miedo a la nueva experiencia. La "vida en la verdad" constituye
el trasfondo de una sana vida personal, familiar, social y política.
Como con-versión personal y rebelión ante la falsedad
constituye un acto verdaderamente moral. No se trata de un acto político,
es una confrontación entre "la vida en la verdad" y
"la vida en la mentira".
Al descubrirse la verdad de estos ámbitos,
emerge la conciencia social y la responsabilidad por ellos. Y esta conciencia
es también la base firme de la libertad personal para servirlos.
La familia, la sociedad, la política y la Iglesia necesitan de
hombres libres, convertidos, que vivan la verdad de su pertenencia a
esos ambientes y sean libres para servirlos.
Al descubrirse la verdad de estos ámbitos,
emerge la conciencia social y la responsabilidad por ellos. Esta conciencia
es la base firme de la libertad personal para el servicio. La familia,
la sociedad, la política y la Iglesia necesitan de hombres libres,
convertidos, que vivan la verdad de su pertenencia a esos ambientes
y sean libres para servirlos.
La Iglesia
en la educación para la libertad y el servicio
Václav Havel dice: Una mejoría
"de las estructuras, que sea real, profunda y esta-ble, hoy no
puede partir de la afirmación de ésta o de aquélla
mala copia de un proyecto político tradicional y en definitiva
sólo externo, sino que tiene que partir -más que nunca
y más que en otras partes- del hombre, de la existencia del hombre,
de la reconstruc-ción sustancial de su posición en el
mundo, de su relación consigo mismo, con los otros hombres y
con el universo. El nacimiento de un modelo económico y político
mejor, hoy más que nunca, debe partir de un cambio existencial
y moral más profundo de la sociedad: no es algo para lo que baste
con pensar y actuar, como para comprarse un coche nuevo, se trata de
algo que -si es que no se trata sólo de una nueva variante de
la antigua confusión- sólo puede ocurrir como expresión
de una vida que cambia".(15)
Por otra parte, el Concilio Vaticano II define
así el objetivo de la verdadera edu-cación: "se propone
la formación de la persona humana en orden a su fin último
y al bien de las sociedades"(16).
En este tono están las palabras que dijera el P. Félix
Varela al hablar de educación "Se trata de formar hombres
de conciencia en lugar de farsantes de la sociedad, hombres que no sean
soberbios con los débiles, ni débiles con los poderosos".
Ya que la libertad es propia de la naturaleza
humana y la gracia de Dios la asume y la redime, la educación
exige el escrupuloso respeto de la conciencia, y su formación,
para que cada uno madure y asuma sus responsabilidades ante sí
mismo, ante los demás y ante Dios. Es esa libertad de la que
habla Don Quijote: "la libertad es uno de los más preciosos
dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse
los tesoros que encierra la tierra, ni el mar cubre".
El Santo Padre recordó en Camagüey:
"La Iglesia tiene el deber de dar una for-mación moral,
cívica y religiosa, que ayude a los jóvenes cubanos a
crecer en los valo-res humanos y cristianos, sin miedo y con la perseverancia
de una obra educativa que necesita el tiempo, los medios y las instituciones
que son propias de esa siembra de virtud y espiritualidad para el bien
de la iglesia y de la Nación". Y en su Homilía en
Santa Clara agregó: "la familia, la escuela y la Iglesia
deben formar una comunidad educativa donde los hijos de Cuba puedan
crecer en humanidad".
El pueblo de Cuba valora, como toda Nación,
el legado de aquellos miembros de la Iglesia que se dieron a la tarea
de buscar una educación adecuada para todos, desde el padre de
la patria, Carlos Manuel de Céspedes: hasta los pensadores como
José Martí, El P. Félix Varela, José de
la Luz y Caballero, así como otros contemporáneos nuestros,
como Mons. Carlos Manuel de Céspedes, los obispos actuales, los
que escriben en las revistas diocesanas; todos ellos son testimonio
de lo que es dar la vida en favor de los demás. A los laicos
de hoy les toca en este nuevo siglo, siglo de los laicos, tomar el es-tandarte
de la libertad de los hijos de Dios y ser así los protagonistas
en la obra de sal-vación del mundo al que Dios ama.
El P. Varela vio que esta transformación
hará posible la salvación del individuo y de la sociedad:
"No hay Patria sin virtud, ni virtud con impiedad". Es por
eso que los educadores son de alguna forma, pastores que deben estar
al cuidado de sus ovejas. Como lo señala el profeta Ezequiel:
"Lo juro por mi vida -oráculo del Señor- Mis ovejas
fueron presa, mis ovejas fueron pasto de las fieras salvajes por falta
de pastor; pues los pastores no las cuidaban, los pastores se apacentaban
a sí mismos"(17).
José Martí escribió esta
frase valiosa: "La felicidad general de un pueblo descan-sa en
la independencia de sus habitantes. Una nación libre es el resultado
de sus pobladores libres. De hombres que no puedan vivir por sí,
no se hacen pueblos respetables y duraderos"(18).
Agradezco muy hondamente la amable invitación que he recibido
para participar en esta Semana Social Católica. A través
de ella Dios me ha concedido la gracia de colaborar con la Iglesia de
este país hermano, que desde hace muchos años ha interpelado
mi conciencia. Muchas gracias.