La dimensión social de la persona
humana es una realidad creada y querida por Dios. En su voluntad creadora
quiso que el hombre y la mujer fueran seres en relación, a "su
imagen y semejanza"(Gen. 1, 26-27).
Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, enviado por
el Padre como Redentor del hombre, proclamó que el amor es la
esencia de esas relaciones humanas. Esto es lo que conocemos como Evangelio
Social: es la buena noticia de que la persona humana sólo puede
llegar a su plenitud viviendo para los demás. Asimismo, la misión
redentora de Cristo no sólo pasa por el corazón del hombre
sino también por el corazón de los pueblos. Él
puede y quiere redimir el alma de las naciones, es decir, su subjetividad,
su cultura, su historia.
Es este el fundamento y la esencia de la Enseñanza
Social de la Iglesia que, por ello mismo, forma parte inseparable de
la labor evangelizadora de la comunidad de los seguidores de Cristo.
El Evangelio es, por tanto, en esencia, el anuncio de una vida nueva,
de un estilo nuevo de relaciones humanas. No son propios del Evangelio
de Cristo ni el individualismo, ni el espiritualismo desencarnado de
la cultura y de la historia de los pueblos.
Las Semanas Sociales Católicas constituyen
una experiencia preeminente de reflexión y aplicación
de esta Enseñanza Social de la Iglesia. Las Semanas Sociales
son, en sí mismas, una celebración de toda la comunidad
eclesial y no sólo de los laicos que, por otro lado, son sus
principales protagonistas porque el lugar teológico de su misión
es el mundo, la sociedad en que viven y conviven.
Los pastores, que hemos recibido de Cristo la misión de enseñar
y guiar al pueblo de Dios, vemos con satisfacción y alegría
que los laicos, inspirados también por el Espíritu Santo,
en virtud de su Bautismo y su Confirmación, participen de la
misión de la Iglesia por derecho propio y aporten a la enseñanza
y aplicación del Evangelio, sus propias experiencias y el testimonio
insustituible de sus vidas y su palabra en el seno de los ambientes
que están llamados a transformar al estilo de Jesús, es
decir, como "luz, sal y fermento", en medio de la sociedad.
Es por ello que tengo el gusto de presentar la
Memoria de la VIII Semana Social Católica de Cuba, que se efectuó,
con abundantes gracias del Cielo, en la Diócesis de Cienfuegos,
del 10 al 13 de Octubre de 2001.
Estas ponencias, el testimonio que les dio origen
y coherencia, así como las Líneas de Acción que
les darán continuidad, con la ayuda del Espíritu Santo,
forman parte del patrimonio reflexivo de la Iglesia cubana, de su presencia
apostólica en esta sociedad al principio del siglo XXI y estoy
seguro que servirán de inspiración para que cada cristiano,
según su propio carisma y estado, ponga en las obras sociales
de la Iglesia esa mística de encarnación y redención
que caracteriza a las obras del Evangelio.
Aprovecho la ocasión para dar las gracias,
como Pastor de esta Iglesia y como Presidente de la Comisión
Justicia y Paz de Cuba, a cuantos recuperaron esta fecunda tradición
reflexiva de las Semanas Sociales que comenzaron en Cuba en el año
1938 y fueron rescatadas en el año 1991 al cumplirse el centenario
de la primera encíclica social. Estas ocho sesiones de estudio
y aplicación del Evangelio social serán un día
recogidos como parte de la memoria histórica de la Iglesia y
del itinerario de salvación de nuestro pueblo.
Doy las gracias también a cuantos han
trabajado en la Comisión Nacional de Justicia y Paz durante el
trienio que ahora termina. Ha sido una rica experiencia de comunión
eclesial y solícita atención a los problemas sociales
de Cuba. Al despedirme de este equipo de colaboradores para cumplir
otras responsabilidades en la Conferencia Episcopal, lo hago con la
satisfacción de haber experimentado, en los sacerdotes, religiosas,
religiosos y laicos que la conforman, un espíritu de filial colaboración
con el trabajo de sus Pastores. Tengo la certeza de que la nueva etapa
que se abre bajo la eminente guía de mi hermano el Sr. Arzobispo
de Camagüey, Mons. Adolfo Rodríguez Herrera, será
para esta Comisión, para las Semanas Sociales y para toda la
obra social de la Iglesia en Cuba, un período floreciente de
inconmovible esperanza y eficaz servicio a nuestro pueblo.
Recomiendo la lectura y puesta en práctica
de estas ponencias y líneas de acción, según las
condiciones de cada lugar, pero sobre todo espero que ellas contribuyan
a llevar a la vida y el actuar de nuestra Iglesia aquella enseñanza
del Papa Juan Pablo II el 25 de enero de 1998 en la Plaza José
Martí de La Habana. Ellas resumen el talante y la razón
de todo el trabajo de las comisiones Justicia y Paz:
"La Iglesia, al llevar a cabo su misión,
propone al mundo una justicia nueva, la justicia del Reino de Dios (cf.
Mt 6, 33). En diversas ocasiones me he referido a los temas sociales.
Es preciso continuar hablando de ello mientras en el mundo haya una
injusticia, por pequeña que sea, pues de lo contrario la Iglesia
no sería fiel a la misión confiada por Jesucristo. Está
en juego el hombre, la persona concreta. Aunque los tiempos y las circunstancias
cambien, siempre hay quienes necesitan de la voz de la Iglesia para
que sean reconocidas sus angustias, sus dolores y sus miserias. Los
que se encuentren en estas circunstancias pueden estar seguros de que
no quedarán defraudados, pues la Iglesia está con ellos
y el Papa abraza con el corazón y con su palabra de aliento a
todo aquel que sufre la injusticia."
Los bendice y anima en la esperanza,
Mons. Pedro Claro Meurice Estíu
Arzobispo de Santiago de Cuba
20 de Noviembre de 2001
Natalicio del Padre Félix Varela