La corrupción
por: Sergio Lázaro Cabarrouy Fernández - Fontecha
La corrupción es uno de los males más graves que nos aquejan. La corrupción es una forma de practicar sistemáticamente la mentira. El término se usa cuando esto ocurre en el cumplimento de obligaciones sociales o el desempeño laboral, sobre todo en el caso de cargos públicos, o desempeño político. En Cuba, esa palabra está indisolublemente ligada a la política, y para muchas personas se identifica con ésta, es decir, política es igual a corrupción.
La corrupción es, desde el siglo pasado, el peor enemigo de la democracia, sobre todo en América Latina, y especialmente en Cuba. Los políticos y empleados públicos corruptos les han hecho más daño a los pueblos del continente que todas las ideologías totalitarias juntas. En Cuba, fue la “politiquería” y la corrupción administrativa uno de los principales elementos que impidió que los ideales de la democracia (representatividad, derechos humanos e imperio de la ley) pasaran a formar parte del consenso de valores [1] nacional cubano de la naciente república. Ha sido la corrupción la que ha sembrado en nosotros el criterio de que “la política es algo sucio”. En esta situación, la sociedad se vuelve vulnerable a que aparezcan “soluciones” totalitarias que niegan muchos de los principios democráticos, los cuales para una suficiente mayoría aparecen como “una manipulación de los poderosos”. Así, creo yo, pasó en Cuba. No fue la corrupción la única causa, pero fue una de las más importantes.
En los últimos 50 años la corrupción en Cuba ha tenido una cara distinta a la de la primera república. En el estado paternalista propio del modelo totalitario que se adoptó, el Estado “asume” muchas de las funciones propias de la iniciativa privada, y de custodio de derechos y libertadas, pasa a ser protagonista y administrador de éstos, con el consecuente deterioro de los mismos. Por otra parte, al abolirse la división de poderes, el Estado y sus funcionarios adquieren un poder e impunidad que lleva en muchísimas ocasiones a exacerbar lo más negativo de la naturaleza humana en cuanto a engaños y uso indebido de recursos. Una de las consecuencias de esta práctica es entonces el deterioro económico y moral. Dicho deterioro, unido a la proscripción de las formas moralmente válidas de enriquecimiento personal, lleva a que la corrupción se muestre como una de las poquísimas vías al alcance la inmensa mayoría, para mejorar la calidad de vida, y en los últimos años, sobrevivir. En otras palabras: el que no “arañe y resuelva” lo que le hace falta “está frito”. Cuando se quiere que algo cambie para bien, lo primero es hacer consciente lo que está mal, por eso quiero compartir lo que a mi juicio son formas de corrupción que existen en nuestro país:
Corrupción del ciudadano y la familia: El padre vende en el barrio lo que “consigue” en su trabajo, para complementar el salario no le alcanza. Los adolescentes oyen decir a sus padres que no se debe tomar lo que no es de uno, pero ven que sus padres los hacen.
Corrupción de la educación: Procesos docentes con insuficiente rigor, fraude, y hasta abolición de los exámenes finales, son hechos que hacen que el estudiante no aprenda sobre el mundo que le rodea y la tecnología para vivir mejor en él, ni aprenda las habilidades fundamentales que le ayudarán a crecer en humanidad. En cambio aprende procedimientos inmorales para “progresar” valiéndose de ardides y sobornos, o mostrando una posición política o moral que tal vez no tenga. La escuela, que existe para enseñar el bien, es en gran medida un lugar donde se aprende la corrupción.
Corrupción de los servicios públicos: Si no conoces o llevas un buen “regalo” a un médico que te “encamine” en el hospital o el policlínico tienes muchas dificultades para resolver tu problema de salud si este tiene cierto grado de complejidad. Si vas a hacer un trámite jurídico o de trabajo, no conoces a nadie en la oficina o llevas un buen “regalo” puede que demores años o nunca logres tu propósito en muchos de los casos. Estos dos ejemplos muestran una realidad de funcionamiento “subterráneo” de las estructuras elementales de servicio del país, las cuales en muchos casos han sido muy buenas, pero que han sufrido un deterioro creciente en los últimos años. En dichas estructuras los mecanismos normales o no corruptos de funcionamiento son críticamente ineficaces.
Corrupción de la vida económica: Los camiones de una empresa de acopio funcionan con las piezas y servicios que sus choferes compran en el mercado subterráneo, utilizando el dinero que obtienen por transportar mercancías de la economía también subterránea. Las autoridades de la empresa estatal lo saben, pero fingen ignorarlo. Los funcionarios de alto nivel realizan constantemente operaciones económicas ilegales, muchas de las cuales son éticamente aceptables, los beneficios muchas veces son para las personas implicadas y no para bien público.
La corrupción se exacerba a niveles intolerables e inconmensurables cuando se prohíbe lo que no es malo, y cuando el Estado intenta tomar cuotas de control de la vida individual y social que no le pertenecen. Cuando aumentar la calidad de vida, y aun sobrevivir, pasa por la violación de la ley porque esta prohíbe acciones, trabajos, o relaciones comerciales, que son naturales y beneficiosas, entonces la inmensa mayoría de los ciudadanos se convierten para dicho sistema jurídico en “delincuentes”. Esto a su vez trae como consecuencia que para los ciudadanos la autoridad de Estado ya no es vista como apoyo y amparo al ciudadano sino como un peso. Las instituciones del orden público son vistas como enemigas y no como aliadas y garantía de la seguridad. Paradójicamente se crea una situación de ingobernabilidad latente, que sólo puede ser contenida con mayores cuotas de control, lo cual cierra un círculo vicioso de consecuencias impredecibles. Una de dichas consecuencias es que la vida y la cultura de los ciudadanos se alejan cada vez más del consenso de valores que incluya el ejercicio responsable de las libertades fundamentales. Los cubanos que llegan a realidades donde las condiciones están creadas para dicho ejercicio tienen éxito por lo regular, habría que ver cuánto nos cuesta construir dichas condiciones en nuestro país, una vez que se superen las enormes trabas que aun existen para ello.
La corrupción de los poderes económicos y políticos fue señalada por Juan Pablo II [2] como una de las causas de fracaso de la Unión Soviética y del llamado socialismo real de Europa del Este.
La corrupción en Cuba es una realidad que aplasta, un mal tan grande y tan cotidiano que se nos ha hecho familiar al extremo que ya no nos escandaliza. Lo mismo sucedía en tiempos de Jesucristo con el espectáculo de la miseria, la enfermedad, o el de viuda que iba a enterrar a su único hijo [3]. Sin embargo Cristo siempre prestó atención (“Jesús vio”, se repite muchas veces en el Evangelio), y ofrecía ayuda efectiva a los necesitados, al tiempo que anunciaba el Reino de Dios, como estilo de vida y como realidad que trasciende a toda situación de miseria e injusticia personal y social. Esa es tal vez la pista fundamental para los cristianos y cualquier persona de buena voluntad en Cuba, que no quiera sucumbir ante lo negativo de la realidad: hay que tener siempre ojo crítico, buscar alternativas viables a los problemas, y poner a la persona humana, que es imagen de Dios, como sujeto, principio y fin de cualquier empeño.
La corrupción no es propia de ningún modelo social, es consecuencia del pecado personal y social, existe en todas partes en mayor o menor grado, y se puede convertirse en una práctica cotidiana para la subsistencia bajo cualquier régimen político, de hecho, son la corrupción y las políticas económicas erradas las causas fundamentales que han hecho proliferar la pobreza y la delincuencia en algunos países de América Latina a niveles alarmantes, aunque en éstos haya regímenes con estructura de democracia representativa. Sin embargo el mal de muchos es sólo consuelo para los tontos, y en ninguna realidad debe ser tolerada la corrupción, ni mucho menos utilizada a favor de intereses políticos o de enriquecimiento personal como sucede en Cuba, bajo la justificación de que es un problema general, ni mucho menos ocultarla, o culpar de ella a otros gobiernos, transnacionales o grupos civiles fuera del país.
El pueblo cubano es noble, con capacidad creativa y cultura del trabajo, lo ha demostrado el éxito de la mayoría de los cubanos que se han ido a otros países donde han podido ejercer estas virtudes propias de nuestra cultura. ¿Por qué entonces no crear las condiciones para que esto suceda aquí? La corrupción se combate con leyes y medidas contra el delito, pero estas son, a mi juicio secundarias, lo primero es incentivar la creatividad ciudadana, al tiempo que se eduque para la libertad, la responsabilidad y la creación de riquezas materiales y espirituales. En este sentido comparto algunas propuestas.
Para el Estado:
- Perderle el miedo al tema de la corrupción, y permitir que se trate debidamente en los medios de comunicación.
-Continuar profundizando en la creación de mecanismos y leyes contra la corrupción, pero persiguiendo al delincuente y no dificultando la vida al trabajador o dificultando la creación de de riquezas. Si mala es la ausencia de leyes y regulaciones, lo es también el exceso [4]. Los ciudadanos deben ser los primeros beneficiados por dichas regulaciones.
-Mejorar el marco jurídico existente para incentivar el trabajo por cuenta propia y la empresa privada. Aprovechar para ello las facilidades internacionales de crédito.
-Continuar abriendo la economía a la inversión extranjera productiva, con un marco jurídico que garantice la distribución justa de los beneficios.
-Pasar de forma gradual una parte de las propiedades y funciones económicas que hoy están en manos del Estado a propiedad privada o cooperativa, comenzando por la agricultura y los servicios.
- Legalizar los trabajos, procedimientos económicos, y formas de comercio, que hoy forman parte de la economía subterránea y que sin embargo son éticamente aceptables, al tiempo que se persiga con más rigor los que no sean éticamente aceptables.
Para las empresas y cooperativas:
- Cumplir con las leyes y normas establecidas, pero advertir y exigir continuamente al Estado sobre las necesidades de cambio de dichas normas, de modo que la gestión que dichas organizaciones realicen sea más eficaz y beneficiosa para nuestra sociedad.
- Buscar cada vez mayores grados de autonomía y creatividad en la gestión que realizan, buscando articular su actividad con la de otras organizaciones y con el Estado.
- No usar los “mecanismos” o “procedimientos” que se han generado por la corrupción y denunciar los mismos a las autoridades competentes.
Para el ciudadano y la familia:
- Cumplir con las leyes y normas establecidas, pero advertir y exigir continuamente al Estado sobre las necesidades de cambio de dichas normas.
- Participar de forma activa y creadora en las organizaciones intermedias evitando formar parte de las realidades de corrupción y denunciarlas.
- No participar en los elementos de la vida económica subterránea que sean éticamente inaceptables.
- Preocuparse por la superación personal sin importa la edad. Utilizando escuelas o espacios de formación que sean provechosos para el progreso personal.
Referencias
[1] Cf., Consejo Episcopal Latinoamericano. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. ISBN 978-958-629-653-7, pp. 17 -18. El papa Benedicto XVI en su discurso inaugural de la Conferencia de Aparecida señala que las estructuras sociales justas no son suficientes para el progreso humano, si las mismas no están sustentadas por un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal.
[2] En la encíclica Centesimus Annus
[3] Cf., Evangelio de la viuda de Naim
[4] Raúl Castro Ruz, Jefe del Gobierno en Cuba ha señalado en varias ocasiones que es excesivo el número y alcance de las leyes y regulaciones de diverso tipo que afectan la vida de las personas en nuestro país.