mayo-junio. año I. No. 1. 1994


 

EDUCACIÓN

CÍVICA

 

ORIGEN Y CARENCIA

por Dagoberto Valdés Hernández

Primeras voces...

Era un Domingo 21 de Diciembre de 1511, en la Isla La Española, participaban en la Misa el gobernador Diego Colón, hijo del almirante y otras autoridades... Entonces con la audacia de quien abre una puerta por primera vez, un sacerdote dominico, Fray Antonio de Montesinos levanta la primera voz en favor de los indios americanos:

"Todos estáis en pecado mortal... por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decíd, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Cómo los tenéis tan presos y fatigados sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades...?

¿Estos, no son hombres? ¿No sóis obligados a amarlos como a vosotros mismos? (Las casas, Ob, escogidas, Tomo UU, pg. 176).

El Grito de La Española que deberíamos celebrar todos los latinoamericanos cada 21 de diciembre, es el origen conocido de la lucha por la dignidad de la persona humana en nuestro continente y por tanto podemos considerarlo como el inicio de los esfuerzos por la formación cívica en esta parte del mundo.

La primera reacción...

Al oír esto el gobernador y otros oficiales se reúnen en casa del primero y, cuenta el P. las Casas, que deciden:

"Ir a reheprender y asombrar al predicador y a los demás, si no lo castigaban como a hombre escandaloso, sembrados de doctrina nueva, nunca oída, condenando a todos, y que había dicho contra el Rey y su señoría... (Idem, pg, 177 a).

La primera comunidad civico-religiosa...

Y allá va la autoridad a quejarse y pedir cuentas...

Fray Pedro de Córdoba, quien encabezaba el grupo de los cuatro o cinco misioneros que se habían formado en Salamanca, bajo las enseñanzas de Francisco de Vitoria, fundador del moderno derecho internacional, recibió a las autoridades "con tranquilidad y poco asombro" a los quejosos que reclaman la presencia de Fray Antonio de Montesinos, ante el pedido de retractación por haber "predicado cosa tan nueva"... y Córdoba responde:

"... el sermón pertenece a toda la comunidad..."

Y Las Casas describe este interesante momento diciendo que el superior después de la anterior declaración accede a llamar a Fray Montesinos "el cual, maldito el medio con que vino..." (II,177 b).

No obstante la comunidad responde y respalda al intrépido defensor de los derechos y la dignidad de la persona humana:

"Los frailes, después de una madura deliberación" -se había determinado que se predicase la verdad evangélica y cosa necesaria a la salvación de todos los españoles y los indios de esta Isla, que veían perecer cada día, sin tener de ellos más cuidado que si fueran bestias del campo" (II, 177 b).

Esta comunidad religiosa que se dedica a la enseñanza y la defensa de los derechos humanos y cívicos había sido recibida -cuenta las Casas- "por un buen cristiano de esta ciudad llamado Pedro de Lumbreras, dioles una choza en que se aposentasen, al cabo de un corral suyo, porque no había entonces casa sino de paja y estrecha. Allí les daba de comer cazabí de raíces, que es pan de muy poca substancia si se come sin carne o pescado" (II, 133 b).

Un espíritu que se contagia...

Resulta que en estos aconteceres, como en la mayoría de los de siempre, el espíritu, la mística de aquel primer grupo se contagia y expande... y el propio "narrador" de estas primeras experiencias se "convierte" de un simple encomendero más, poseedor el mismo de indios, en el defensor más grande que tendrían los derechos humanos y cívicos del hombre americano: Fray Bartolomé de Las Casas.

La descripción de Martí nos presenta al luchador cívico incansable:

"era flaco y de nariz muy larga y no tenía más poder que el de su corazón. De abogado no tenía autoridad y lo dejaban sólo, de sacerdote tendría la fuerza de la iglesia y volvería a España... y si la corte no acababa con el asesinato, con la esclavitud, haría temblar la corte... diciéndole al rey, cara a cara que:

...el que manda a los hombres ha de cuidar de ellos, y si no los sabe cuidar, no los puede mandar, y que él no venía con manchas de oro en el vestido blanco, ni traía más defensa que la cruz... Seis veces fue a España con la fuerza de su virtud... porque la maldad no se cura sino con decirla... Y el hombre virtuoso debe ser fuerte de ánimo y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar que los demás le ayuden, porque estaría siempre solo: ¡pero con la alegría de obrar bien que se parece al cielo de la mañana en claridad!

Así pasó la vida defendiendo a los indios. Y murió sin cansarse a los noventa y dos años". (Martí, J. La Edad de Oro, O.C. 1953, Tom. II pg. 1289).

Entre sus muchas denuncias y escritos en defensa de los indios están los cuatro Memoriales sobre: Los Agravios, Los Remedios, Los Abusos, y Los Medios Suaves, verdaderos tratados sobre la situación del indio americano, su colonización y su proyecto de reforma social y humanismo cristiano. (Cfr. recuadro).

En aquellos lejanos tiempos, hace casi 500 años, se levantaron pequeñas voces, desde humildes casas, en celebraciones religiosas ante la autoridad y el pueblo, desde intrépidos hombres cristianos que comían casabe con raíces sin carne ni pescado... pero que vivían en una comunidad pequeña y cohesionada que les respaldaba "del maldito miedo" y los animaba a seguir anunciando la verdad evangélica sobre el hombre, sobre la persona, su dignidad y derechos cívicos...

Mirando estos orígenes y carencias...

¿De qué nos asombramos hoy?

Memorial de los Remedios (1516).

P. Bartolomé de Las Casas.

Nos encontramos esta declaración de los derechos del indio:

1ro. Que los pueblos indios son libres y deben ser tratados como libres.

2do. Que deben ser instruidos en la fe, como el Papa lo manda en sus Bulas.

3ro. Que se les puede mandar que trabajen, pero que el trabajo sea de tal manera que no sea impedimento a la instrucción de la fe y que sea provechoso para ellos y a la república ("res-pública: Cosa pública, bien común" N.R.).

4to. Que este trabajo o servicio sea tal que ellos lo puedan hacer, dándoles tiempo para rezar, así entre días (semanal), como entre el año, en tiempos convenibles.

5to. Que tengan casas y haciendas propias y que se les de tiempo para que puedan labrar y tener y conservar dicha tierra a su manera.

6to. Que tengan comunicación con los pobladores que allá van, porque con estos están mejor instruidos en cosas de nuestra santa fe católica.

7mo. Que por su trabajo se les de salario conveniente...

(Las Casas, O. Esc. Tomo V, pg. 27b).

Sobre la Libertad.

P. Las Casas.

"Como la libertad sea la cosa más preciosa y suprema en todos los bienes de este mundo... ningún poder hay sobre la tierra para suprimirla... y no pueden ser privados de lo que por ley natural les compete, que es la libertad".

"Aunque los pueblos acordasen por propia determinación, abandonar su condición de libres, sería nula y de ningún valor tal voluntad y no lo podrían hacer".

Sobre la política.

"El poder emana directamente del pueblo... A la perfecta sociedad pertenece que los hombres vivan en ella a toda su voluntad.

El "gobierno" se funda sobre el voluntario consentimiento de los súbditos y por tanto no trae consigo, natural fuerza ni absoluta necesidad".

Sobre religión.

En el Tratado sobre "El único modo de atraer a los pueblos a la verdadera religión" expresa que es por respeto y el convencimiento de la palabra y el ejemplo de vida y no por la fuerza que se atrae a la religión y dice aún más "si toda la república, de común consentimiento de todos los particulares, no quisiesen oírnos, sino estarse con sus ritos en sus tierras, donde nunca había habido cristianos, como son los indios, no les podemos hacer la guerra".

Y cita al Papa Paulo III en su Bula de 1537:

"por las presentes letras decretamos... que los indios y todos los demás pueblos que en adelante vengan al conocimiento de los cristianos, aunque se encuentren fuera de la fe de Cristo, no se ha de privar de su libertad, ni del dominio de sus cosas, ni deben ser reducidos a servidumbre y que hay que invitar a los mismos indios y a las demás naciones a recibir la mencionada fe de Cristo con la predicación de la Palabra de Dios y con los ejemplos de una buena vida..." (Las Casas, "Del único modo...", pg. 365-367.

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