noviembre-diciembre.año2.No 10.1995 |
EDUCACIÓN CÍVICA
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¿DE QUIÉN ES LA CALLE...? por Dagoberto Valdés Hernández |
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"Si la vela hace pacto con el viento, el timón nunca podrá dirigir la ruta". (Excilia Saldaña). Hace unas semanas en una reunión donde se hacían estas preguntas: ¿De quién es la calle? ¿De quién es la universidad? Y a renglón seguido venía la respuesta que lo deja a uno entre la ambigüedad y la segregación: "La calle y la universidad son de los revolucionarios". Ambigüedad, porque no sabemos bien que significa en este momento ser revolucionario. Lo que hace algunos años o solo unos meses era actitud que distinguía una condición, ya hoy no lo es: Revolucionario es quien se oponía al predominio vergonzoso de la moneda del imperialismo. Era también quien defendía la soberanía nacional y las riquezas del país frente al expolio de las inversiones extranjeras y no solo a los peligros de la automatización por el pluralismo ideológico o político. El Padre Félix Varela lo definía así: "Cuando una sociedad es bastante numerosa para constituir un cuerpo político, las circunstancias exigen que lo constituya, tiene un derecho a hacerlo... En tales circunstancias, un pueblo entero jamas es revolucionario. Lo son sus opresores. Mas si usted llama revolucionario a todo el que trabaja por alterar un orden de cosas contrario al bien del pueblo, yo me glorío de contarme entre esos revolucionarios, y si he rechazado la expresión es porque sé el sentido en que se aplica". (Escritos Políticos, pág. 167). Segregación, porque si la calle es sólo para una parte del pueblo, por muy buena que esa parte se considere a sí misma, no tiene derecho a excluir de los lugares públicos (esta palabra viene de pueblo, perteneciente a todo el pueblo) a los demás que no piensan, o no actúan como ellos. Está claro que la segregación social, la discriminación, no es sólo condenable cuando se excluye al otro por el color de la piel o por el lugar de nacimiento, sino cuando una parte del pueblo coloca al margen a las demás partes porque no tienen las mismas ideas políticas, o no comparten la misma religión, o porque tienen gustos y creación estética diferentes. Tan injusto es segregar por la raza que por la política, tan censurable es marginar por haber nacido en Puerto Rico que por tener otra creencia religiosa o ninguna. Pero la diferencia está en que la discriminación racial es más visible, por el color, que la discriminación social que a veces no es tan fácil de ver y otras veces nos sorprendemos a nosotros mismos autocensurándonos, o dejando que esa neurosis policial nos persiga desde adentro. Nelson Mandela, en su autobiografía, cuyo titulo puede ser muy sugerente, "El largo camino hacia la libertad", pero cuyo contenido recomiendo encarecidamente a los lectores, decía refiriéndose a las limitaciones que sufrió por sus ideas más que por su color: "La proscripción representa tanto un confinamiento físico como espiritual. Induce una especie de claustrofobia psicológica, que hace que uno añore no sólo la libertad de movimientos sino también la de espíritu. Era un juego peligroso, ya que uno no se encontraba cargado de grilletes ni entre rejas... El efecto más insidioso de aquellas prohibiciones era que llegaba un momento en que uno podía acabar pensando que el opresor no estaba en el mundo exterior, sino dentro de uno mismo".(Ob. Cit. pág. 154). Ensimismado en estas reflexiones sobre las exclusiones y las partes que excluyen o son excluidas, terminé la reunión y salí a las calles de mi ciudad. De pronto sentí que la realidad con la que chocaba era substancialmente diferente a la realidad de aquellas reflexiones de Varela y de Mandela. Resultó ser que las calles de mi ciudad me daban un mensaje muy diferente a la confrontación excluyente de las ideologías. Lo que me encontré fue mucha oscuridad, grupos aislados de ciudadanos que vociferaban malas palabras y ofensas; un parque en el centro de la ciudad que en su penumbra servía lo mismo para evacuar una necesidad fisiológica como para satisfacer, incómodamente, otras necesidades o miserias humanas. Más allá me encontré, en la esquina de la heladería, un grupo de ancianos y de vagabundos que no se han acogido todavía ni al hogar creado por el Estado, ni a sus familias, si las tienen. Dos jóvenes pasaron veloces en bicicleta, sin luces y sin reparos, gritando algunas palabrotas y blandiendo un machete. Dos jugadores trasnochados arreglaban todavía las cuentas pendientes. Me pregunté: ¿Serán de estas personas las calles de mi ciudad y de mi país ? ¿Será que mientras nos preocupamos por definir la "propiedad" de la calle, otros, sin propiedad, la ocupan con sus carencias y desvalores? Pero, gracias a Dios, al doblar la esquina encontré dos jóvenes con sus libros que venían de la Escuela de Idiomas hablando de superación y tiempos nuevos que exigen competencia y formación ética. Entonces comprendí que la calle no es sólo de aquellos que la afean, porque los que llevan en sí el decoro de muchos la dignifican. No me dejé atrapar en la trampa de ver la vida de un sólo color ni de etiquetear la calle con valoraciones de una parte. Por suerte, las calles de mi "ciudad, aún en la noche, son el camino cotidiano de todos los que esperan un amanecer con todos. Entonces vino a mis ojos aquel otro refrán de Excilia Saldaña que anima nuestra esperanza: "No importa que los gallos enmudezcan, el sol sabe su hora de salida".
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