noviembre-diciembre.año2.No 10.1995 |
| NARRATIVA |
EL ÁRBOL DE LA MUERTE por José J. Prado |
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"Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces." Mt 7,15.
Después de romper la pesada losa que gravita sobre la conciencia de quien quiere hacer algo que valga la pena, pero teme, no merecer más elogio que el del cerrado círculo de sus amistades, salió a la luz "EL ÁRBOL DE LA MUERTE". Vivía una familia con serios problemas en su casa. Sus miembros peleaban entre sí, se ofendían unos a otros y se herían continuamente. Algunos alzaban la voz y discutían con los demás para lograr un determinado orden y respeto. La casa en sí era un desorden completo incluido los alrededores que permanecían en total abandono. Aunque la cuadratura del patio era ideal para lograr un precioso jardín, permanecían zonas sin plantación alguna que rindiera frutos y otras sembradas, pero donde solamente algunos inquilinos tenían derecho a tomar lo que debía haberse compartido entre todos. Es en medio de este caos, de esta 'Torre de Babel" criolla, de este ir y venir de personas, preocupadas solamente por sí mismos, que un buen día, al comienzo de éste, surge en medio de la casa, sin que nadie lo esperara, una exótica planta. Todavía hoy nadie se responsabiliza con haberla sembrado. Toda la familia se reunió alrededor de la pequeña recién nacida, admirando el color verde intenso de sus hojas y ramas, su tronco, aunque pequeño aún, asimilaba a tan temprana edad, cualquier estimulo exterior. Parecía exceder en dureza al roble. Después de breves discusiones, en algo estuvo de acuerdo toda la familia: esta planta nacida de la noche a la mañana era una bendición del cielo, había nacido para traer al hogar lo que nunca habían logrado tener paz, armonía, libertad, bienestar y democracia. Como todo lo bendito, había que rendirle culto. Y comenzó entonces la adoración. -Indefectiblemente es algo sagrado con ascendencia en el más allá que bien lo dicen las sagradas escrituras en el libro de ... Bueno, sí, sí, sí, como no, la razón me asiste (como siempre), no hay dudas, relación con Moisés tiene - sentenció don Luis, el filósofo de la familia, con los brazos en cruz (pero no a la manera de don Guido) y la barbilla apoyada en la mano derecha, acariciándose la perilla de color rojizo con movimientos y ademanes dignos del más ilustre representante del Renacimiento italiano. -Bueno, pues si es así, hay que hacer algo y bien rápido, no vaya a ser que las plagas acaben con la bendita mata- dijo José, hombre práctico que no se molestaba en pensar, pues dejaba que otros lo lucieran por él. -Dediquémosle todos nuestros esfuerzos y consagremos nuestras vidas a esta mesiánica manifestación de los signos de los tiempos- sentenció de nuevo don Luis, esta vez, con las dos manos levantadas de forma tal que parecía que hablaba ante una congregación. -Papi ¿por qué tanto lío con una matica? -preguntó Carlitos, el hijo de Felipe, con su voz chillona. -Cállate muchacho y no mortifiques más, que nosotros no sabemos na´ de estas cosas- le respondió su padre, halándolo, más que llevándolo, hacia un rincón, con una expresión en su rostro que, además de imbécil era imposible de describir. Mientras todo esto se hablaba, Berto, con su machete a la cintura, su sombrero lleno de huecos y un apestoso cabo de tabaco entre los dedos, moviendo o la cabeza de manera afirmativa, increpó desde otro rincón: -Caballeros, no coman de la que pica el pollo y acaben de arrancar esa mata, por que si no... y no dijo más, paseando la mirada por todos los rincones. A toda hora la regaban. Sí tenían que dejar de tomar para que ésta no le faltara, lo hacían. Al pie del tronco lanzaban todos su bienes personales: joyas, dinero, vestidos, a fin de cuentas, a la larga, los beneficios de esta planta superarían los sacrificios que hoy hacían. Todos se postraban ante el dichoso engendro y conminaban a los niños de la familia a que hicieran lo mismo. A tal punto llegó la adoración a tan extraño ser, que algunos de la familia, los más iluminados (por supuesto, don Luis), corrieron por todo el vecindario anunciando la buena nueva e instando a los demás, a que sembraran semillas del apostólico árbol (gracias a Dios, no les hicieron caso). Fueron tenidos por satánicos y embajadores de la peste, los que advirtieron sobre el peligro de tal adoración, los que advirtieron que este fenómeno ya se había producido en tiempos de nuestros bisabuelos y que los resultados no habían podido ser peores, a esta pléyade de fariseos se les prohibió hasta visitar la casa, tan abundante en tertulias y canturrías en otros tiempos y fueron excomulgados. ¡Sí, no se asombren, excomulgados! El árbol, ya el primer día comenzó a dar sus frutos; lo mismo calmaba la sed y mitigaba el hambre, que provocaba náuseas e hinchazón. (De seguro por sus frutos lo conoceréis). Todos bailaban y danzaban a su alrededor cogidos de la mano y en frenética orgía, no se daban cuenta que se lastimaban unos a otros, además de que cada vez que alguien tomaba alguno de sus frutos, algo orgánico (y hasta inorgánico) desaparecía de la casa. Era como si el misterioso árbol se alimentara de bienes terrenales para transformarlos en maná. -¡Han desaparecido mis mejores libros y manuscritos que con tanta devoción he cuidado durante largos años- se quejaba don Luis, por demás, algo ojeroso y desgreñado. -¡Qué bueno papi, como tengo libretas! - Chillaba, más que gritaba el niño Carlitos, dando saltos sobre las ramas. -Yo les dije que no mortificaran más, que esto no traería nada bueno- apostrofaba Berto, moviendo su mano como un fiscal en el acto acusatorio y se largó. Pero siguieron los días y la danza continuaba y el árbol crecía y crecía. Las raíces se hundieron profundamente en la tierra y levantaban los cimientos, sólidos por demás, sobre los cuales se levantaba la frágil superestructura. Sus ramas crecieron tanto que, llenando toda la casa, comenzaron a salir por puertas y ventanas y cuanto hueco hubiese. Con el crecer de su follaje y raíces, creció también la necesidad de alimentarse del gigante con pies de plomo. En su ritual, los integrantes de tan ignorante y ridícula familia, no se daban cuenta que se alimentaba de todo cuanto se encontrara bajo sus ramas, incluyendo sangre. Sólo veían, o querían ver, sus frutos. No les importaban de qué estuvieran hechos. -Uhmnn, qué interesante (meditaba en voz alta don Luis, rodeado por completo de hojas y ramas, al tiempo que observaba a Carlitos). Aunque bien es cierto que ha bajado algo de peso, también lo es que se observa, bajo sus ojos, la sombra de la felicidad y su abultado vientre refleja abundancia de alegría. Sí, no me cabe duda, de tanta instrucción recibida, se parece a don Quijote. Decían los que presenciaron tales sucesos, que la familia, escuálida y sin colores, aún seguía danzando alrededor de lo que ni ellos mismos sabían ya qué era. Aseguraban también que algunos, los malagradecidos, temerosos de lo que se aproximaba y no recibiendo respuestas a sus advertencias, huyeron hacia otras casas de los alrededores, donde los recibieron con cierta compasión. -Menos mal que usted, se dió cuenta enseguida de la idiotez de su familia -comentaba Angélica, la vecina más cercana. -Allá ellos -respondió Berto. -No se dan cuenta de que el diabólico árbol los está matando a todos, poco a poco -comentaba Caridad, como hablando consigo misma. -Y qué fama han cogido ¡a cada rato se aparece un bobo por ahí tirando fotos! -añadió Berto. Carlitos, aunque no habló, estaba allí. Nadie supo nunca como llegó, pero estaba allí. Y pasó mucho tiempo. Cuentan también que los niños que nacieron después de la irrupción del santo árbol, participaban también en el culto, pero que en sus ojos se observaba que no comprendían absolutamente nada de lo que pasaba a su alrededor. Sólo el terror y una diabólica disyuntiva los mantenía en tan funesto ritual. Si se paraban, eran momificados y convertidos en figuras pétreas al instante. Y volvió a pasar mucho tiempo. ¿Los vecinos? Cerraron puertas y ventanas ante el soplo del viento evitando así, que tal semilla entrara en sus casas, pero no hicieron nada, nada, por secar el árbol. Algo real hubo, se perdió la noción del tiempo mientras continuaba la bacanal. No se sabe a ciencia cierta cuánto duró. Según don Luis, es un fenómeno cuya ecuación no contiene el término 't" (y él sabe mucho). Todavía hoy, cuando algún peregrino en busca de señales divinas se acerca y pregunta cómo fue que sucedió tan espantoso desastre, recibe por respuesta un encogimiento de hombros de los vecinos y un:
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