noviembre-diciembre.año2.No 10.1995 |
| RELIGIÓN |
DIOSES E ÍDOLOS por Pedro P. Arencibia Cardoso
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| "Porque
los hizo un hombre, los formó un ser con vida prestada. Y un hombre no puede
siquiera moldear a un dios que le sea semejante. Como mortal sus manos
impías producen una obra muerta. El hombre vale más que los objetos que adora;
él al menos recibió vida y ellos nunca".
(Sabiduría 15, 16-17).
PRIMERA PARTE El tema de la idolatría y su condenación es prácticamente constante en toda la Biblia. Este tema está estrechamente relacionado con la existencia de dioses ajenos al nuestro, ya que en el diccionario bíblico consultado, se define por idolatría: "la ofrenda a dioses "extraños " del culto que sólo a Yavé se debe". Pese a que la práctica de la idolatría es condenada desde los primeros libros de la Biblia hasta prácticamente los últimos libros, la idolatría y su condenación al igual que otros conceptos bíblicos, han tenido, producto de la pedagogía divina, diferentes grados de revelación. El antiguo pueblo de Israel surgió y vivió entre pueblos que tenían religiones donde había más de un dios, estas son las religiones llamadas politeístas; dentro de ellas, algunos adoraban a elementos del firmamento como el sol, la luna, etc., y otros que adoraban a objetos fabricados por el hombre o hallados en la naturaleza. El pueblo de Israel fue portador de una religión muy diferente a las de sus pueblos vecinos, ya que admitía la existencia de un solo Dios, por lo que se dice que su religión es monoteísta, pero además tenía otro rasgo distintivo: su Dios no admitía ningún tipo de representación. Podemos ver en esas características de la religión del pueblo de Israel, el fundamento inicial de su carácter de "pueblo elegido", al ser portador de verdadera fe, la fe en el Dios verdadero y único, según entendemos los que profesamos religiones judeocristianas; después ese carácter de pueblo elegido" se acentuaría más al ser el pueblo de Israel, el pueblo de donde saldría el Mesías que salvaría no sólo al pueblo de Israel como se anunciaba en el Antiguo Testamento, sino a todo el mundo, según Juan 3, 16-17. Ya en época tan lejana como en el siglo X antes de Cristo, Dios, a través de escritores bíblicos como el que escribió el segundo relato de la Creación (Génesis 2, 4-25), transmitía de manera indirecta al escribirse el versículo: "...el día que Yavé Dios hizo la tierra y los cielos". (Génesis 2, 4) la subordinación de los demás dioses de los pueblos vecinos a Él, pues al crear este Dios todos los objetos de la tierra y el cielo que eran objetos de culto por esos pueblos, él era más poderoso que los restantes dioses. En esta etapa no se negaba la existencia de "dioses menores", que correspondían a otros pueblos como veremos más adelante; pero primeramente, deseo abordar la problemática relativa a las imágenes. En el siglo IX antes de Cristo se escribió en el libro del Éxodo, el Decálogo o Diez Mandamientos. Los siguientes versículos forman parte de ese Decálogo. "Yo soy Yavé tu Dios, el que te sacó de Egipto, país de la esclavitud. No tengas otros dioses fuera de mi. No te hagas estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les des culto, porque Yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo castigo a hijos, nietos y bisnietos por la maldad de los padres cuando se rebelan contra mi" (Éxodo 20, 2-5). Observemos que en esos versículos realmente lo que se asegura es que Yavé sería el único Dios para el pueblo de Israel; no se infiere nada acerca de los otros pueblos y sus dioses. Por otra parte, prohibe el hacer estatuas y cualquier otra imagen cuando se toman por dioses; o sea, cuando se toman para la adoración. Es fácil inferir del contenido de esos versículos, que cuando no se adoran esas imágenes, no hay inconveniente alguno en hacerlas o tenerlas; ya sean paisajes, retratos, estatuas, etc. Si leemos el versículo Éxodo 20, 4 aislado del versículo Éxodo 20, 5 no entenderíamos por qué el pueblo israelita desarrolló la pintura, la escultura y demás artes plásticas como cualquier otro pueblo. Con relación a las imágenes de temas religiosos leemos en la página 97 del libro "Historia del Arte" de E. H. Gombrich lo siguiente: "Otra religión oriental que aprendió a representar su historia sacra para instruir a los creyentes, fue la de los judíos. La Ley judía prohibía, en realidad, la creación de imágenes por temor a la idolatría. Sin embargo, las colonias hebreas en las ciudades orientales decoraron las paredes de sus sinagogas con temas sacados del Antiguo Testamento". En su página 100 se presenta como ejemplo, la pintura hallada en la sinagoga de Dura-Europos la cual aborda el pasaje llamado en Éxodo 17, 1-7. En esta pintura se presenta algo que es común a toda la iconografía sagrada del pueblo de Israel: en las representaciones lo importante no eran los héroes o los personajes sagrados, sino el recordar las acciones salvíficas de Dios y su significado para el pueblo israelita. Según Gombrich, la pintura hallada en Dura-Europos "no es tanto una ilustración gráfica al relato bíblico como una explicación gráfica de su significación para el pueblo" y agrega más adelante: "Los judíos de Dura pintaron escenas del Antiguo Testamento en su sinagoga, no tanto para adornarla como para relatar la narración sagrada en forma visible". Con respecto a construir o dibujar imágenes celestiales no olvidemos que en la construcción del Arca de la Alianza, según se lee literalmente en Éxodo 25, 18-22, se construyeron por indicaciones de Yavé, figuras de naturaleza celestial; me refiero a los dos querubines que estaban situados en ella y que cubrían el Lugar del Perdón: lugar desde el cual hablaría Yavé con Moisés. Siglos más tarde en el Templo de Jerusalén, construido por Salomón, aparecen querubines por muchas partes del Templo, según se puede leer en 1-Reyes 6, 23-35. No existía ninguna objeción en construir, dibujar y utilizar esos elementos que representaban según la tradición a seres celestiales, porque sencillamente ellos no eran objetos que recibían adoración. En 1-Reyes 7, 23-29 también se muestra la presencia de querubines en el mobiliario de dicho templo. Estas representaciones de figuras celestiales en el Templo de Jerusalén fueron santificadas por Dios según se puede leer en 1-Reyes 9,3. Sobre la existencia de otros dioses, se puede leer en el libro del Deuteronomio, escrito aproximadamente en el siglo Vll antes de Cristo, lo siguiente: "No vayas tras otros dioses; no sirvas a alguno de los dioses de los pueblos que te rodean, porque tu Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso. En cuanto estalle su furor, desaparecerás de la superficie de la tierra" (Deuteronomio 6, 14-15). En el libro de los Jueces y en el libro 1-Samuel escritos entre los años 690 y 622 antes de Cristo, se pueden leer también alusiones a la existencia, de dioses correspondientes a pueblos no israelitas: De modo que es Yavé, Dios de Israel, quien ha desalojado a los amorreos en favor de su pueblo Israel, ¿y tú nos vas a desalojar ? ¿ No tienes ya todo lo que tu dios Camas te ha dado ? Igualmente nosotros tenemos, todo lo que Yavé, nuestro Dios, nos ha dado en posesión". (Jueces 11, 23-24). "Ahora te ruego, mi rey y señor que escuches mis palabras. Si es Yavé quien te mueve contra mí, sea aplacado con una oblación, pero si son los hombres, malditos sean ante Yavé, porque hoy me expulsan de la herencia de Yavé, como quien dice: Que vaya a servir a otros dioses". (1-Samuel 26,19). Es en el libro de Isaías, en los capítulos 40 al 55, escritos aproximadamente dos siglos después que los primeros capítulos de ese libro, donde aparece de una manera clara y firme el planteamiento de la existencia de un único Dios. Esto ocurrió aproximadamente entre los afios 546 y 539 antes de Cristo. "Así habla el rey de Israel y su Redentor, Yavé de los Ejércitos "Yo soy el primero y el último; no hay otro Dios fuera, de mí" (lsaías 44, 6). "Yo soy Yavé, y no hay otro igual, fuera de mí no hay ningún otro Dios. Sin que me conocieras te hice tomar las armas " (lsaías 45, 5). El pecado de representar de alguna manera al único Dios del pueblo de Israel, al igual que muchos otros conocimientos de carácter religioso, histórico y natural, eran conocidos desde hacía mucho tiempo por dicho pueblo y eran transmitidos oralmente de generación en generación. Con la invención de la rudimentaria escritura hebrea, esos conocimientos y tradiciones son transmitidos de manera escrita. El escritor del Decálogo, con la narración que hace del pasaje del becerro de oro (Éxodo 32, 1-29), alerta de las consecuencias que puede traerle a los israelitas ese pecado. Dicho suceso, que había transcurrido aproximadamente tres siglos antes, nos transmite la enseñanza de no intentar hacer representación alguna de Dios. La razón fundamental se puede leer en los siguientes versículos escritos varios siglos después: "¿Con quién podrán ustedes comparar a Dios? ¿Qué representación pueden dar de él? " (lsaías 40,18). Nuestra mente no puede concebir la grandeza de Dios y por tanto, cualquier imagen con que tratemos de representaría, lo empequeñece, además, los hombres al hacer esa representación de Dios trataríamos de hacerla de tal manera que ella se ajustara a nuestras conveniencias y eso nos apartaría aún más de él. En eso radica la esencia de ese pecado. Ahora bien, Cristo en algunas de sus parábolas comparó en cierto sentido a Dios de diferentes maneras: un padre que recibe a su hijo pródigo (Lucas 15, 11-31), el dueño de una viña (Lucas 20, 9-16), un viñador que poda a la Vid verdadera (Juan 15, 1-10). ¿Estaría pecando Cristo cuando comparaba de esa manera a Dios?, todos sabemos que no, pues entendemos el sentido de su comparación. ¿Si alguien desea mediante un dibujo, una escultura, etc., utilizar esos elementos de las parábolas u otros para comparar a Dios, estaría pecando? La respuesta sería no, siempre que se entendiera que eso representado no es Dios. En el pasaje bíblico del becerro de oro, el pueblo de Israel consideró que ese becerro era su Dios o su representación. Deseo aclarar que todos los seres humanos vivimos en un mundo material y todas nuestras percepciones materiales, incluyendo las mentales, proceden de este mundo. Cuando en nuestras oraciones nos dirigimos a Dios o alguien menciona esa palabra, necesariamente nos vamos a formar una imagen mental de Dios que puede ser: Un anciano robusto con barbas, la imagen de Cristo, una luz, una nube, etc., y en los menos un vacío cósmico. Todas esas son imágenes que nos hacemos de Dios, ¿estaremos pecando por hacernos esas imágenes mentales?, nuevamente la respuesta es: No, siempre que no pensemos que esa imagen es Dios o su representación. Debo aclarar como algo colateral, que lo espiritual no es lo mental, ni el espíritu es la mente.
SEGUNDA PARTE Después de exponer las ideas elementales y básicas sobre la idolatría, estarnos en condiciones de responder algunas preguntas relacionadas con ese tema y con nuestra fe católica; pero antes, deseo señalar que los católicos al igual que la mayoría de las iglesias cristianas, creemos en la Santísima Trinidad: Tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo y un sólo Dios. Las preguntas son: ¿Somos los católicos idólatras? ¿ Qué significan las imágenes que hay en nuestros templos? ¿Qué significan las bendiciones a ciertos objetos? ¿La Iglesia Católica permite la idolatría? Las imágenes que se encuentran en nuestros templos, no son objeto de ningún culto de adoración por parte de los católicos que los frecuentamos. En los templos hay un lugar muy especial para arrodillarnos y adorar al único que adoramos: a Dios. Ese lugar es frente al Sagrario. El Sagrario es el lugar más importante del templo y es hacia el lugar que mirarnos cuando entramos o salimos del templo y hacemos la señal de la cruz o nos persignamos. No adoramos al Sagrario, que es esa caja de metal que guarda la presencia del Cristo Eucarístico y que recuerda de alguna manera al Arca de la Alianza, pero que guarda un alimento dado por Dios, muy superior al maná consumido por el pueblo de Israel y guardado en el Arca: Cristo en la Eucaristía. Adoramos a nuestro Dios presente en el Sagrario que en su última Cena, según Lucas 22, 19-20, dijo que ese pan era su Cuerpo y ese vino su sangre. San Pablo años más tarde en 1-Corintios 10, 16-17 planteó y retomó nuevamente la identificación de ese pan y ese vino con el cuerpo y la sangre dados por Cristo en su sacrificio único. Sacrificio único que nosotros en la misa revivimos y celebramos para cumplir su mandato de recordarlo y anunciarlo hasta que vuelva (1-Corintios 11, 25-26) ofreciéndose en ella el propio Cristo: la más pura y limpia de las ofrendas que se le puede ofrecer a Dios en todas partes, desde donde nace el sol hasta su ocaso (Malaquias 1, 11) Deseo dejar claro que en este sacrificio único revivido, Cristo es el sumo sacerdote, ofrenda y Rey según se plantea en la carta a los Hebreos; en particular: Hebreos 7, 1-3; 7, 21; 8, 3; 9, 14. San Clemente discípulo de San Pablo (filipenses 4,3) y cuarto Papa, también reconoció la presencia real de Cristo en ese pan y en ese vino: "Cada uno de los fieles reciba el Cuerpo del Señor y su Sangre preciosa. Que todos se acerquen con orden, con temor, con respeto, porque es el Cuerpo del Dios de los cielos". Es tal nuestra costumbre de ir a rezar, orar, dar gracias o pedir frente al Sagrario, que aún después de efectuada la comunión en la cual todos los que comulgamos estarnos en unión con Cristo y por tanto podemos adorarlo en la Eucaristía, en cualquier parte del templo y fuera de él, preferimos orar y adorarlo frente al Sagrario. Es importante aclarar que podemos adorar a Dios en cualquier momento y cualquier lugar, como por ejemplo, en nuestros aposentos y a solas, que es la forma que sugirió Jesús en Mateo 6, 6; pero su adoración, mediante la repetición del ritual de la última Cena, se hace colectivamente en el marco de la misa, la cual siempre se hace en conmemoración de Jesús. En los templos no hay representación alguna de Dios Padre, más aún, el Hijo (Cristo), con toda la gloria que tiene junto al Padre, tampoco tiene representación alguna; lo mismo ocurre con el Espíritu Santo. Sí, tenemos representaciones del Jesús hombre, que convivió con nosotros y cuya descripción se transmitió de una generación de cristianos a otra y cuya imagen los hombres no deseamos perder de ninguna manera, aunque sabemos que no es la imagen personal lo importante que debemos guardar de Cristo, sino su ejemplo y enseñanzas. Las estatuas y pinturas de Cristo y de diferentes santos, incluyendo a la virgen María no reciben culto de adoración, sino que las respetamos; la adoración la recibe Dios y la veneración (amor y respeto) la reciben los santos que están gozando de la paz del Señor, pues nuestra fe católica considera, basada en diferentes textos bíblicos, que nuestros muertos que están gozando de la paz del Señor no se encuentran dormidos esperando la trompeta del juicio final (ese es un tema para otro artículo). La Iglesia Católica no está de acuerdo con lo que plantean algunas ciencias ocultistas: las fuerzas mentales de nuestras oraciones y peticiones le transmiten a nuestras imágenes cierta fuerza sobrenatural. En cambio, si creemos el poder de ciertas reliquias de algunos de nuestros santos, para ello nos basamos en: 2 Reyes 13, 20-21; 2 :Reyes 2, 14; Hechos 19, 11-12; Hechos 5, 15-16; Mc 5, 27-28; Mc 6, 56,pero vistas como una manifestación del poder de Dios, el cual interviene a favor de esos santos y de los que le piden a esos santos Deseo aclarar que los católicos les pedimos en ocasiones a los santos celestiales que nos acompañen con sus oraciones pidiendo la misericordia de Dios, ya que la oración eficaz del justo puede mucho (Santiago 5, 16). A esa petición que le hacemos a los santos del cielo para que oren por nosotros, petición que también le hacemos en ocasiones a nuestros hermanos en Cristo que están vivos, se llama: pedir la intercesión de los santos; en esas oraciones todos los que oramos, ponemos ante Dios los méritos de Jesucristo hombre, único mediador entre Dios y los hombres, pues Él es el camino para llegar al Padre ( Juan 14, 6). Es cierto que los católicos tenemos ciertas inclinaciones hacia las imágenes, pero eso no es nuevo: En las catacumbas romanas se pueden ver imágenes que crearon las primeras generaciones de cristianos. En el libro de Gombrich en su página 101 puede verse una de ellas: 'Tres hombres en el horno encendido", la cual se refiere al pasaje del capítulo 3 del libro de Daniel. El cristianismo primitivo, no reconocía en las imágenes un valor autónomo de culto en sí misma, como en el paganismo. Los primeros cristianos centraban su atención en la palabra y en los sacramentos pero no desecharon la utilización de las imágenes como se mostró ya en el ejemplo. Los símbolos y figuras más frecuentes y antiguos en esas imágenes eran relativos a los misterios de la salvación en los que estaban presentes Jesús y los apóstoles. Deseo mostrar algunos criterios emitidos en torno a las imágenes en los casi 2000 años de historia dé la Iglesia. San Gregorio Magno (540?-604) rechaza la adoración de las imágenes, pero acepta su uso didascálico (didáctico) y pedagógico o sea, la imagen posee un valor complementario y colateral al de la palabra. Los teólogos de Carlomagno en los libros Carolinos (año 790) insisten en la no-adoración de las imágenes. Santo Tomás de Aquino (1225- 1274) plantea la utilidad de la imagen como: instrumento de información (en especial para los que no saben leer); ayuda para la memoria de los misterios de la salvación y estimulo para la devoción. En la parte oriental de lo que fue el imperio romano, la Iglesia Oriental (también llamada Griega u Ortodoxa), en su Concilio de Hiería (754) alcanzó la cima de la tendencia iconoclasta (eliminación de las imágenes), sin embargo, el Concilio Segundo de Nicea (787) fue favorable a la veneración (amor y respeto) a las imágenes. Dentro de la Iglesia reformada o protestante, nacida el 31 de octubre de 1517, las opiniones con respecto a las imágenes eran divididas: Martin Lutero (1483-1546), monge agustino y profesor de teología, creador de la Reforma, consideraba que la imagen era Adiphoro, ni buena ni mala; Ulrico Zwinglio (1484-1531), reformador suizo y Juan Calvino (1509-1564), reformador francés, consideraban que se debía luchar decididamente contra el culto a las imágenes. En el Concilio Vaticano Segundo de nuestra Iglesia Católica, celebrado entre 1962 y 1965 y en el que participaron aproximadamente 2000 obispos se planteo lo siguiente:
"Manténgase la practica de exponer imágenes sagradas a la veneración de los fieles; con todo, que sean pocas en número y guarden entre ellas el debido orden, a fin de que no causen extrañeza al pueblo cristiano, ni favorezcan una devoción menos ortodoxa". (Sagrada Lit. 125). Es mi criterio que no tenemos por qué deshacernos de las imágenes ni tampoco por qué maltratarlas. Al igual que los viejos recuerdos de familia, ellas nos recuerdan en cierta medida a esas santas personas que se destacaron en la práctica de nuestra fe y están representadas en ellas; así como a los que utilizaron esas imágenes para darle culto de adoración a Dios. Es cierto que la ignorancia religiosa de algunas personas ha traído en ocasiones un mal empleo de las imágenes y una inadecuada valoración del papel de los santos. Pero la solución para erradicar esos problemas no es la eliminación de las imágenes ni el ignorar a los santos. La solución es elevar el conocimiento religioso de nuestros hermanos mediante la utilización de una adecuada metodología pastoral. Hay personas que confunden las posibilidades y potencialidades que poseen los santos que están junto a Cristo en la gloria y no comprenden que ningún santo puede darnos algo que Dios no nos quiera dar. Es también frecuente en esas personas, ver a los santos como seres separados y desunidos de Cristo. No entienden que en esas santas personas vive Cristo y que de ellas no puede esperarse algo que no provenga de Cristo. La Santidad de la Iglesia se deriva totalmente de la Santidad de Cristo y de su amor hacia ella. Cristo la unió a sí mismo como su cuerpo pero Él es su Cabeza. La vida cristiana debe ser cristocéntrica y la veneración hacia los santos nos debe llevar a establecer un contacto más rico con Cristo y no lo contrario. La bendición de la imagen por nuestros sacerdotes es otro aspecto que deseo abordar. Ella es valorada desde puntos de vista diferentes: unos consideran que esa bendición le proporciona poderes mágicos a esa imagen, otros consideran que es una práctica inútil que conduce a la idolatría. En realidad, la bendición de las imágenes lo que quiere decir simplemente, es que esas imágenes se separan del resto de las imágenes no bendecidas para ser utilizadas, durante el culto personal o colectivo a Dios, independientemente de quien sea el santo que esté representado en la imagen. La bendición a imágenes no transmite ni se hace para transmitir ninguna característica sobrenatural a la imagen. La bendición a la imagen no es una deferencia con la imagen sino hacia Dios y su culto. La bendición al agua, cuyos orígenes hay que buscarlos la liturgia -del antiguo pueblo de Israel de purificar el cuerpo (no su espíritu) y pertenencias ( por ejemplo la ropa ) con agua, para eliminar la contaminación que se podía haber adquirido de múltiples maneras y así poder participar de los ritos religiosos (esa purificación se llama purificación ritual), es otra de las acciones muchas veces incomprendida. Bendecir el agua significa: tener agua separada para culto. Su utilización en un momento determinado, nos sirve de preámbulo y preparación espiritual previa para el culto que rendiremos a Dios mediante el rezo, la oración, la participación en una misa, etc., también se utiliza para recordar nuestra condición de bautizados y pedirle a Dios perdón por nuestros pecados y la protección de nuestra alma y cuerpo contra el demonio. Con la bendición al guano el domingo de Ramos ocurre algo similar. Muchas personas consideran a ese guano bendecido, un talismán o amuleto, cuando realmente ese guano, apartado de los demás por la bendición que recibió, es para recordar lo ocurrido hace casi dos milenios en Jerusalén, cuando Jesús, montado en un asno, entró en esa ciudad y fue reconocido por el pueblo como el Mesías. El guano bendito no posee ningún poder protector ni nada parecido. El guano bendito es un signo que sirve para mostrar de cierta manera que nosotros hoy en día aclamamos a Jesús, de la misma manera que el pueblo de Jerusalén lo aclamó y cortó ramas de los árboles para tenderlas a su paso (Mateo 21, S); hecho que fue profetizado por Zacarías 350 años antes (Zacarías 9, 9). En otras palabras, ese guano es sencillamente un signo de nuestra fe cristiana. A mi entender, el problema general de la bendición de objetos radica, en que se confunde con la bendición que se hace a ciertas personas en determinados momentos, como por ejemplo, en la imposición de manos en la confirmación para que reciban el Espíritu Santo. Ambas acciones tienen un contenido muy diferente, aunque en ambas se usa la misma palabra: bendición. La Iglesia Católica no promueve ni incentiva la idolatría, Los que visitamos el templo somos testigos de esa actitud. En homilías, en las clases de catecismo y en los estudios bíblicos que se realizan, se explica lo que es la idolatría y el papel que tienen nuestras imágenes en los templos. Nunca he leído u oído a alguna autoridad promover la utilización de imágenes para su adoración. En algunas ocasiones, las autoridades eclesiales han regalado algunas imágenes, por ejemplo: fotos y medallas de la Virgen de la Caridad y San Rosendo, pero éstas al igual que las fotos de nuestro cardenal Ortega, que fueron repartidas el día de su visita a Pinar del Río, sólo se dan con el propósito de recordar alguna fecha o un hecho muy especial y para proclamar nuestra fe católica. No tenemos por qué temer el utilizar imágenes, cuando sabemos qué actitud debemos asumir en su utilización y el verdadero valor que ellas poseen. Por otra parte, cuando una persona desea crearse un ídolo, cualquier cosa sirve para ello, por ejemplo: una piedra, un palo o una pieza de metal que son los más usuales; pero puede ser también un cantante (no necesariamente de rock, pero preferentemente fallecido), un héroe legendario, un libro (no hago exclusión alguna), un concepto y hasta un hongo, que es lo que está de moda en nuestro país. El problema de la idolatría reside no en la existencia de determinados objetos (o sujetos), sino en la actitud espiritual del hombre hacia ellos. En los capítulos 13 y 14 del libro de la Sabiduría, libro clasificado como Deuterocanónico, se muestran algunas causas u orígenes de la idolatría.
TERCERA PARTE Nuestra Iglesia es fiel al legado paulino de recibir al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones. Los que son fuertes en los fundamentos de la fe deben soportar las flaquezas de los débiles y no agradarse a sí mismos según se puede leer en el capítulo 14 de la Carta a los Romanos. Hay personas que al conocer ciertos fundamentos de la fe miran desde 'arriba" a otros hermanos que carecen de ese conocimiento; no se dan cuenta que esa actitud los aleja de la humildad y del amor que debe tener todo cristiano. Cristo precisó de qué manera se conocerían quiénes serían sus discípulos o sea, sus seguidores: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuvierais amor los unos con los otros". (Juan 13, 35). Y san Juan lo reafirmaba en su Primera Carta: "Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor". ( Juan 4, 7-8). Es mi criterio que la metodología pastoral que debemos asumir con aquellos hermanos nuestros que por una razón o por otra practican la idolatría, debe ser la siguiente: ser firme en los principios de nuestra fe y suave en las formas, la cual se infiere de los siguientes versículos: "Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizás Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad". (2 Tililoteo 2, 24-25).
Bibliografía: - La Biblia (Latinoamericana), Edición Pastoral, Editorial Verbo Divino, Navarra, España, 1972. - El Nuevo Testamento de Nuestro Señor Jesucristo (Reina-Valera), National Pubishing Company, Philadeiphia, Pennsyivania, EE.UU., 1988. - Diccionario de la Biblia, Haag H., Van den Born A. y de Ausejo S., Editorial Herder, Barcelona, España, 1987. - Historia del Arte, Gombrich E. H., Ediciones Garriga S. A., ParísBarcelona, España, 1975. - Nuevo Diccionario de Espiritualidad, De Fiores S., Goffi T., Guerra Augusto, Ediciones Paulinas, Madrid, España, 1985.
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