ÍNDICE
editorial
.La Patrona de Cuba, una visita añorada
nuestra historia
.Los aprovechados
.Canje de billetes en Cuba por Sergio R. San Pedro
.Presencia cubana de la Virgen dela Caridad por Octavio R. Costa
carta desde La Habana
.El cristianismo y la sociedad por Félix Sautié Mederos
arte
crítica
.Alienación y desarraigo en Memorias del desarrollo por Jorge Luis Lanza Caride
poesía
.Décimas a la Virgen por CarildaOliver Labra
reflexiones
.La rebelión de Calibán por José A. Quintana
.Maltrato infantil por Juan Padrón Camejo
.La sensibilidad, información y educación vs VIH / SIDA por Lázaro López Llerena
economía
.¿Quién hizo las cuentas por mí? por Herminio Josué Peña
especial
.La mediación de la Iglesia Católica en Cuba (final)
justicia y paz
.Fertilizar la tierra para el cultivo del Evangelio. Entrevista a Mons. Jorge Serpa por Sergio Lázaro Cabarrouy
bioética
.La Bioética cuarenta años después de Bridge to the future por Jorge Suardíaz Pareras
educación cívica
.Palabras de orden: diálogo, cambio, transformaciones por Humberto Javier Bomnín
religión
.Cuba, peregrina en las JMJ por Tania Gómez Rodríguez
.La misión de cada cristiano por Herminio Josué Peña Otero
.La peregrinación de 1951 - 1952 por la diócesis de Pinar del Río por Rafael A. Bernal Castellanos
ecos diocesanos
.”Vivir y sentir como catequistas”
.Reporteros de Vueltabajo se preparan para la Peregrinación Nacional
.Despues de 50 años: procesión de la Virgen de las Nieves
.Hombres coherentes que no son perfectos
.III Escuela de Verano para Educadores
.El catequista: cultivador de la tierra regada por Dios
.Novena por el 8 de septiembre en la Ermita de la Caridad
.La virgen de la Caridad invita y Pinar del Río responde |
¿Cómo valora usted esta mediación de la Iglesia que trajo como resultado la solución del problema de las Damas de Blanco, la suspensión de los llamados “actos de repudio” y la liberación de un grupo de presos por motivos políticos?
Lenier González: Como ya he dicho, esta gestión realizada por la Iglesia Católica marca un hito importante en la historia nacional. No solo porque logró canalizar satisfactoriamente -en la medida que las circunstancias y posibilidades lo han permitido- un drama de profundo dolor humano que afectaba a los presos y sus familiares; sino también porque desde el sistema político se ha dejado una puerta abierta para que la Iglesia pueda intervenir en el futuro cuando las circunstancias nacionales así lo requieran. Hemos visto para qué ha servido -en la praxis concreta- el empeño eclesial de haber mantenido, contra viento y marea, su autonomía con respecto a los centros de poder que gravitan en el escenario nacional. La línea pastoral que ha defendido con valentía y estoicismo el cardenal Jaime Ortega durante tantos años (“la Iglesia no puede ser el partido de oposición que falta en Cuba”), ha comenzado a dar sus primeros frutos para bien de toda la nación.
Además, resultan interesantes las posiciones asumidas a lo largo y ancho de todo el espectro político cubano ante esta gestión desplegada por la Iglesia. El hecho ha venido a tensar nuestro ya polarizado escenario nacional. Además, posibilitó que emergieran a la esfera pública, con mayor nitidez, las agendas particulares de los diferentes actores políticos implicados. Llamativa ha sido la reacción de algunos líderes de la disidencia interna, pues han sido ellos quiénes con mayor virulencia han reaccionado contra el Episcopado nacional. Este posicionamiento ha venido a ahondar la crisis y el aislamiento que vive ese sector opositor dentro de Cuba. Esa crisis desborda la férrea política de contención que sobre ellos ha impuesto el Gobierno cubano –que precisamente provocó en 2003 el envío a prisión de muchos de sus miembros-; y está relacionada con la carencia de un proyecto político estructurado, por haber estado al margen del debate nacional sobre los destinos de la nación, por no haberse percatado que el ciberespacio emergía como la plataforma por excelencia de debate y acción política dentro de Cuba (como ha ocurrido en los últimos cinco años), por estar desconectados de los nuevos actores que han emergido en la sociedad civil, por subvalorar la capacidad de generar consenso que aun tiene el gobierno cubano, y por su cuestionada relación con políticas que se diseñan fuera de nuestras fronteras geográficas.
Yolanda Prieto: La mediación de la Iglesia en la situación de las Damas de Blanco, los mítines de repudio y la liberación de presos es una consecuencia lógica de su misión pastoral. La Iglesia ha querido promover la reconciliación entre cubanos y sobre todo contribuir al justo trato de aquellos que sufren. La Iglesia ha conseguido, en su diálogo con el Gobierno, que cesaran de hostigar a las Damas de Blanco, que se suspendieran los mítines de repudio, y que se liberara a un grupo de presos por motivos políticos. Me parece que, desde cualquier óptica que se mire, la acción de la Iglesia debe medirse por los resultados, todos positivos.
Sin embargo, la lluvia de críticas en el exilio, y hasta dentro de Cuba, no se hizo esperar. Muchos en Miami criticaron al cardenal Ortega y a la jerarquía de la Iglesia en Cuba y los catalogaron como cómplices del Gobierno. Dicen que no hace falta una mediación de la Iglesia pues el Gobierno es quien va a decidir si suelta a los presos o no. Los que así piensan, están convencidos que el Gobierno está utilizando a la Iglesia para sus fines, y que la Iglesia, o ingenua o servil, le sigue el juego. Un periodista en Miami llegó a escribir que prefiere “una Iglesia perseguida, acosada y destruida pero digna, que una Iglesia cómplice.” Mas en Miami también se oyen otras voces, en los medios y entre la gente en la calle. Un cubano entrevistado en uno de los canales latinos locales calificó de “muy positiva la mediación de Ortega en estos problemas.” Un lector que escribe una carta a El Nuevo Herald señala la capacidad del cardenal Ortega para asumir la complejidad política de la mediación, además de la gestión humanitaria. “No creo, como algunos, que el Cardenal sea un simple recadero de Fidel y Raúl. Es un hombre demasiado hábil y sagaz como para dejarse manipular burdamente o servir de correveidile. Nunca he dudado de sus buenas intenciones al intervenir a favor de las Damas de Blanco y los prisioneros políticos. En vez de insultarlo groseramente, deberíamos monitorear sus gestiones con atención y leer este protagonismo a la luz de nuestras propias deficiencias.”
En Cuba también se criticó la gestión de la Iglesia. Un grupo de disidentes firmaron una carta dirigida al papa Benedicto XVI reclamando que la mediación de la Iglesia no los representaba a ellos. Se quejaban de que habían sido excluidos de las negociaciones. En una nota de prensa, el Arzobispado de La Habana respondió a la carta señalando que “cuando la Iglesia aceptó la misión de mediar entre los familiares de los presos o las Damas de Blanco y las autoridades cubanas, sabía que esta mediación podría ser interpretada de las más disímiles maneras y provocar diversas reacciones: desde el insulto y la difamación, hasta la aceptación y el agradecimiento. Permanecer inactiva no era una opción válida para la Iglesia por su misión pastoral… Esto es algo que conoce muy bien el papa Benedicto XVI. [Como dijo] el padre Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede: “El papel crucial asumido en el proceso de diálogo cubano por el cardenal Ortega Alamino y por monseñor Dionisio García, presidente del episcopado, ha sido posible por el hecho evidente que la Iglesia Católica está profundamente arraigada en el pueblo y es intérprete atendible de su espíritu y de sus expectativas.”
Armando Chaguaceda: Solo quienes reúnan una mezcla perversa entre intolerancia -de cualquier signo ideológico- , irresponsabilidad e insensibilidad ante la vida ajena pueden desear el fracaso, en toda su línea, de la actual mediación. Una cosa es señalar la lentitud y aparentes incoherencias del proceso excarcelatorio (con salidas paulatinas de pequeños grupos y el destino incierto de aquellos que decidieron no abandonar su país) y otra acusar de “complicidad” a la Iglesia por estos procederes. Ciertamente creo que se debe acelerar la salida de los reclusos y, además, garantizar públicamente (mediante comunicado de las autoridades o a través del portavoz eclesiástico) el derecho de los excarcelados a permanecer en su país, evitando cualquier equiparación de las salidas con formas de destierro. Pero hay que, además de apoyar la actitud de la Iglesia y reconocer la voluntad gubernamental en este sentido, procurar que este sea un primer paso para un necesario proceso de diálogo y reformas dentro de la sociedad y el sistema político cubanos, que acometamos sin exclusiones ni injerencias de potencias extranjeras.
Aurelio Alonso: Espero no equivocarme si afirmo que valoro esta mediación como un verdadero hito de entendimiento, no limitado al respeto mutuo como médula de eso que suele llamarse normalidad en las relaciones, sino centrado, ya en alguna medida, en el diálogo genuino, el que pone a cada interlocutor en la capacidad de escuchar las razones y la perspectiva del otro, de interiorizarlas y de concederles crédito desprejuiciadamente. El «otro» puede tener en muchas ocasiones la razón. Aún cuando no tenga toda la razón, una parte de la razón. No hay motivo para que ninguna de las posiciones considere que la verdad le pertenece por entero. Ni siquiera que crea que la diferencia entre una posición abierta y la intolerancia radica en la opción por «persuadir» en lugar de la opción de «imponer». El diálogo tiene que ir más allá, mucho más allá, porque no se trata de una diferencia cuantitativa sino cualitativa: reconocer la verdad del otro y aprender a asumirla. Y que el otro actúe, por supuesto, en consecuencia. De no existir dos voluntades en correspondencia no hay diálogo posible. Tampoco podemos verlo como la panacea, sino como algo que está siempre en peligro de ser entorpecido desde cualquiera de las partes, cuya racionalidad se hace necesario defender como una constante.
Digo que las mediaciones implementadas por el cardenal Ortega, cuya sensatez y serenidad de juicio hay que aplaudir, y creo que, justo es decir, por una Iglesia que piensa de manera más madura su realidad social, marcan un hito porque propician salidas válidas a una problemática compleja y actual.
Roberto Veiga: La llamada mediación de la Iglesia ha constituido un acto evangélico –muy pastoral- que busca, en la medida de lo posible, atenuar el sufrimiento de un grupo de cubanos que se encontraban en prisión, y de sus familiares. No intenta legitimar ni al Gobierno ni a la oposición. Es un desempeño que pretende aumentar la armonía, por medio del cual se benefician muchos: los afectados que ya mencioné; el Estado que muestra la fortaleza de solucionar los conflictos con la altura humana necesaria y hasta la Iglesia, por demostrar su capacidad como facilitadora de paz.
Ha sido un hecho muy importante que expone una realidad novedosa, donde las autoridades cubanas aceptan la metodología del diálogo y de la comprensión e incluyen a otros actores nacionales en la búsqueda de soluciones a problemas del país. Esto puede ser un signo altamente positivo y alentador. No obstante, existe determinado cuestionamiento a este proceso por parte de determinados sectores.
Algunos cuestionan la salida del país de quienes están siendo liberados y alegan que, dada esta realidad, podría ser un proceso de deportación. Es verdad que el traslado hacia el exterior puede ser beneficioso para el Gobierno, porque aleja de su entrono a activos opositores, pero también puede ser ventajoso para quienes están muy dañados por largos años de encierro y, como algo excepcional, conservarán sus propiedades en Cuba. Pero además, es necesario tener en cuenta la libertad personal de quienes, sin coacción –y esto lo puede garantizar la Iglesia-, han decidido aceptar la salida hacia el extranjero y que, además, esta posibilidad surgió como una propuesta de los familiares de los mismos presos.
Ciertos opositores también se quejan de que la Iglesia no haya incluido en su agenda una conciliación con el gobierno cubano de los intereses de la nombrada disidencia pacífica y de sus llamados compatriotas del exilio, como la única solución para resolver los asuntos nacionales. Esa fórmula política de arreglo entre estas únicas partes es una simplificación de la solución a los problemas que demanda la realidad cubana. Nuestra sociedad es mucho más rica en matices, actores sociales y propuestas. Pero además, para que cobre vida un proceso de “conciliación” entre cubanos se hace imprescindible que los actores políticos implicados se impongan el diálogo y renuncien a pretender aniquilar al otro. Y, desgraciadamente, estas no son las posturas que prevalecen en el sector de la oposición que hace tal reclamo a la Iglesia.
Asimismo, se han empeñado en inclinar el triunfo de estas liberaciones a favor de la metodología política de la presión y aclarar que no es producto de una posible dinámica de apertura y comprensión. En mi opinión, este gesto del gobierno cubano es el resultado de un proceso complejo que desde hace tiempo se viene gestado, gracias a varios actores que decidieron conducirse con limpieza. Por supuesto que, teniendo en cuenta la complejidad del proceso, no descarto alguna influencia por parte de quienes presionan, pero estoy seguro que sin la incorporación de cierta apertura y comprensión no hubiera sido posible encaminarse hacia una solución del problema. La presión ha estado presentes por más de 50 años, sin lograr cambiar nada.
Sin embargo, ahora se ha incorporado un nuevo elemento al desempeño político de la nación: la altura de espíritu. Este se ha venido encarnando poco a poco en muchos cubanos que de alguna manera influyen en la creación de la opinión y de la voluntad social, en ciertos actores del Estado, en algún que otro opositor, y en la Iglesia Católica, por sólo citar a sujetos nacionales. Es de suponer entonces que este elemento nuevo, o sea, la altura de espíritu, puede ser lo que realmente modifique el panorama nacional y abra las puertas a una verdadera transformación.
Esta actitud debió haber sido asumida por las débiles organizaciones políticas que se oponen al Gobierno. Estas tienen un gran reto si se estableciera en Cuba una dinámica de diversificación de la sociedad política, pues muchísimas de ellas –tal vez con la excepción de unos pocos actores- están perjudicadas por vicios que atentan contra su legitimidad. Entre estos se pueden encontrar: que pudiera ser lícito tener relaciones intensas con cualquiera, pero –en nuestro caso no es correcto ser opositor y mantener estrechos vínculos con sectores de poder en Estados Unidos; carecer de un programa universal que ofrezca perspectivas y certidumbres; no considerase como un complemento político de quienes ejercen el poder, sino como quienes deben destruirlos, estimulando así una dinámica de guerra que dificulta el establecimiento de una metodología democrática de relación-tensión; así como desplegar su quehacer a partir de una relación más intensa con los actores sociales del país y no tanto con determinados círculos en el extranjero.
No faltan quienes sostengan la posibilidad de prescindir de una conducta fundamentada en la altura de espíritu que conduzca hacia un diálogo entre todos, porque para ellos lo lícito sería derrocar al Gobierno. Si por lícito entendemos lo que sostienen las mejores filosofías jurídica y política, o sea, que lícito es aquello consensuado y/o aceptado por la comunidad, entonces tal tesis no podría disfrutar de dicho calificativo. La Revolución continúa gozando de cuotas de legitimidad y por ende del respaldo de sectores sociales, aunque en muchos casos ellos mismos la critiquen. El pueblo real, ese que trabaja y sufre, al cual debemos tener en cuenta a toda costa porque constituye la verdadera Cuba, prefiere cambios, mejorías, pero sin que hayan nuevos derrotados. En tal sentido, para ser consecuentes con el bien del país, hemos de despojarnos de nuestras percepciones y prejuicios particulares, y valorar al máximo los verdaderos anhelos de aquellos a los cuales decimos estar dispuestos a servir.
Arturo López-Levy: Si como se espera, el 7 de noviembre, cumplidos los cuatro meses anunciados, todos los presos de la primavera de 2003, incluyendo aquellos que desean permanecer en el país, son liberados, sería una victoria de Cuba, del Gobierno, de las Damas de Blanco, y por supuesto, de la Iglesia y de los que, católicos o no, acompañamos su gestión.
Los Obispos han definido acertadamente su relación con el gobierno no en términos de “alianzas”, sino como interlocutores en la reconciliación nacional, que como han dicho, es un proceso, no es un hecho separado o eventual. La función mediadora de la Iglesia Católica es justamente alentar y gestionar ese proceso de modo tal que la solución del tema de los presos cree condiciones en las que dinámicas constructivas de paz y tolerancia tomen impulso, permitiendo abordar otros temas, quizás más difíciles.
El rol mediador de las comunidades religiosas es hacer avanzar procesos de comunicación, diálogo y negociación; reducir los conflictos al proveer un tercer actor que permite a las partes hacer compromisos y concesiones, partiendo de criterios no partidistas de humanidad y justicia, como son los Derechos Humanos recogidos en la Declaración Universal. En esta etapa inicial, el logro mayor de la mediación sería el hábito discreto a un diálogo franco, serio y de respeto entre los diferentes actores. El hecho de que tanto las autoridades como sus opositores sientan que su posición ha mejorado, siendo los conflictos menos virulentos, es un logro intangible pero tan importante como los resultados concretos. La liberación de los presos de la primavera de 2003 debe ser el inicio y no el final del proceso facilitador para que ocurran los “cambios buenos”, “los cambios necesarios” que con estabilidad política, gradualidad y orden, pero “con prontitud” convienen al pueblo cubano.
¿En qué otros aspectos problemáticos del acontecer nacional podría actuar la Iglesia Católica de cara a nuestro presente? Y en el caso de actuar, ¿cómo podría hacerlo?
Lenier González: Creo que la meta más ambiciosa que podría proponerse la Iglesia Católica en Cuba es contribuir a la normalización de la vida en el país. Esa normalización pasa por la creación de un clima nacional de entendimiento y de aceptación del “otro”, que busque revertir la lógica del aniquilamiento del adversario, que ha primado desde hace tanto tiempo en los imaginarios políticos oficial y de oposición. La Iglesia debe facilitar la consolidación de este clima, pero para ello necesita del concurso de todos los actores nacionales. Su actuación entonces, abarcaría el abanico inmenso de asuntos que atenten contra este propósito general. La Iglesia debe seguir siendo fiel al mandato de su Maestro y Señor: predicar el Evangelio del Amor a todos los cubanos. Propiciar la consolidación e institucionalización de la presencia del hecho religioso católico dentro de la sociedad cubana, con su propuesta antropológica siempre nueva, es la mejor manera que posee la Iglesia de contribuir al presente y al futuro de Cuba.
- Yolanda Prieto: La Iglesia Católica en Cuba ya ayuda a solucionar problemas en la sociedad cubana, especialmente atendiendo las necesidades de los grupos más vulnerables de la población. Es bien sabido que las monjas católicas trabajan asiduamente en los asilos, lo cual, desde hace mucho tiempo, ha gozado del respeto del mismo Fidel Castro. La Iglesia también mantiene comedores en muchas iglesias para ancianos y otros necesitados. Con la ayuda de Caritas, la organización internacional católica que provee servicios sociales y ayuda a los pobres, así como de donaciones internacionales, la Iglesia distribuye medicamentos a los necesitados. La Iglesia debe continuar fortaleciendo esta misión de asistencia social.
Hay otras áreas problemáticas del acontecer nacional donde la Iglesia pudiera actuar, e incluso ofrecer su liderazgo. Muchas familias cubanas, como en otras partes del mundo, sufren separaciones, ya sea por la emigración, el divorcio, la muerte. Si bien es cierto que la familia extendida es mucho más beneficiosa que la familia nuclear cuando ocurren estas separaciones, en el caso de Cuba, las dificultades económicas y el grave problema de la vivienda, hacen la vida familiar muy tensa a veces. En situaciones como éstas a menudo surgen casos de violencia doméstica. La Iglesia pudiera establecer programas de visitas familiares, ayudar materialmente con lo que sea posible, y sobre todo implementar cursos de educación familiar. En cuanto a este último punto, sería importante abordar el tema del aborto, el cual se ha convertido en un abusado método anticonceptivo. Además de las razones religiosas, el uso excesivo de esta práctica puede tener repercusiones físicas y emocionales a largo plazo. También sobre el tema de la familia, es importante recordar las necesidades específicas de las madres solteras.
Otra contribución de la Iglesia a la sociedad cubana puede ser la ayuda en la recuperación de valores perdidos. No es secreto para nadie que muchos cubanos se quejan de cómo se ha perdido el sentido moral, ético en las relaciones interpersonales y en la actitud sobre el trabajo, sobre los buenos modales, el respeto al individuo, tan necesarios para el desarrollo de una sociedad saludable.
Por último, la Iglesia puede continuar contribuyendo, pues lo ha hecho siempre, a la unidad nacional. Inspirada por la devoción a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de todos los cubanos, dentro y fuera de Cuba, la Iglesia llama a la unidad bajo el manto de la Virgen Madre. En este caso, también la Iglesia puede asistir en el acercamiento entre los cubanos de fuera y los de adentro.
Pero para ayudar a las familias cubanas, para influenciar en una recuperación de valores, para contribuir a la unidad nacional, entre otras cosas, la Iglesia necesita de un reconocimiento institucional más fuerte en la sociedad cubana. Es cierto que recientemente a la Iglesia se le ha permitido trasmitir programas, homilías, misas, por la televisión nacional, pero la Iglesia necesita más participación positiva para llevar a cabo su labor. Como expresara un editorial de la revista Palabra Nueva, del Arzobispado de La Habana, “Los cubanos aspiramos a más desarrollo y más oportunidades, y para un desarrollo integral se necesitan menos restricciones a las libertades individuales y colectivas… [No hay] argumentos que den razón del exceso de enfermizos controles burocráticos.”
Armando Chaguaceda: Señalo tres de forma concreta y sucinta. Uno, que he destacado otras veces y en el cual esta revista ha hecho un aporte invaluable, es la contribución a la constitución y sostenimiento de una verdadera esfera pública, beligerante y plural. El publicar en Espacio Laical me ha permitido comprender cómo incluso una institución jerárquica y dotada de sólidos dogmas como la Iglesia Católica no necesariamente tiene que imponer o permear con su discurso a todos los actores que con ella se relacionan o subordinan. He podido también conocer la gestión democrática de un Consejo Editorial, ajeno a los despotismos ilustrados y la suerte de encomiendas feudales que se instauran con demasiada frecuencia en los espacios y publicaciones de la Ciudad Letrada a nivel global y local. Y creo que lo más importante ha sido constatar cómo en esta revista pensadores cristianos, liberales o quienes -como es mi caso- profesamos un socialismo libertario y un enfoque marxista crítico, pueden asumirse públicamente como tal -algo ausente en buena parte de los espacios culturales de la Isla- y dialogar entre sí, con civismo y respeto.
Otro tema polémico, pero urgente, en el cual la Iglesia puede ayudar es en la legitimación simbólica -y la consecución práctica- del discurso y las políticas acerca de los Derechos Humanos en nuestro país. Los Derechos Humanos pueden definirse como conjunto de derechos básicos que definen la condición de la persona y su dignidad como tal, son formas jurídicas y culturales que evolucionan en dependencia del contexto, la militancia, los valores y cosmovisiones del sujeto y su sociedad.
Sobre este tema existe un analfabetismo general en la población y los funcionarios cubanos, motivado por la cultura política tradicional, autoritaria y estadocéntrica, que nos viene de la colonia y que se ha visto reforzada por la ideología del socialismo de Estado, y por el rechazo gubernamental y popular a la injerencia imperialista y sus campañas en torno al tema de los Derechos Humanos en la Isla. Lo cierto es que en Cuba abundan los Derechos del Estado, ya que cualquier funcionario tiene amplias potestades discrecionales para decidir en asuntos que afectan la vida de un ciudadano (incluso sin realizar este oposición política alguna). Pero la gente carece de tradiciones e instituciones para materializar un Estado de Derecho, que garantice un acceso justo y equitativo a sus derechos.
La Iglesia puede ayudar en el definitivo abandono de prácticas denigrantes como la organización gubernamental de actos de repudio, que ni representan actitudes populares espontáneas ni sirven para otra cosa que lesionar la imagen internacional del país y la integridad humana de víctimas y victimarios. Puede insistir en el reconocimiento legal del activismo ciudadano en ese campo, evitando tanto la invisibilización mediática y la represión estatal, como su manipulación subversiva por poderes extranjeros. Y conseguir que el tratamiento público de los Derechos Humanos en la Isla no siga obviando la variable claramente emancipadora de un fenómeno que emerge en nuestro continente como resultado
de la oposición a las dictaduras de Seguridad Nacional y las injusticias sociales del neoliberalismo, lucha que lleva en su panteón a mártires cristianos como monseñor Oscar Arnulfo Romero y el padre Ignacio Ellacuría.
Para terminar, creo que la vocación, recursos y experiencia de entidades de asistencia social como Caritas –reconocidas por las autoridades cubanas- serán cruciales ante un escenario de envejecimiento poblacional, reducción de la mano de obra y declive de las capacidades del Estado para sostener políticas sociales universales y de calidad. No se puede dejar solas a las autoridades en ese rubro emblemático de los logros de la Revolución, y complementar su labor -junto a otras organizaciones de la sociedad civil- puede ser buena muestra de la responsabilidad y el compromiso de la Iglesia Católica, no solo para con sus fieles, sino para con todos los compatriotas que habitan esta hermosa Casa Cuba.
Aurelio Alonso: Adelantarse a la realidad, especular sin elementos suficientes, suele resultar un ejercicio, cuando menos, de utilidad discutible. Y si los que te leen o te escuchan te toman en serio, peor. No critico a quien se sienta en condiciones de hacerlo, y reconozco que en ocasiones se acierta. Pero no quisiera aventurarme ahora a enumerar temas puntuales. Sin embargo, me atrevo a responder, de todos modos, afirmativamente, en el plano genérico. Van a aparecer otras oportunidades. Tengo la esperanza de que lo que ha sucedido, y ha sido objeto de este dossier de Espacio Laical, no quede reducido a un dato episódico o coyuntural, y no voy a repetir apreciaciones que de algún modo están en mis respuestas anteriores. Pero en lo que se refiere a la cooperación en la solución de conflictos, así como en la construcción conjunta de espacios compartidos, cuando se remonta el enfrentamiento, real o virtual, de puntos de vistas, y se logra un avance práctico en objetivos esenciales, aparecen las oportunidades. Me atrevería a decir que la primera muestra de lo que afirmo, en este medio siglo de proyecto socialista en Cuba, marcado en sus inicios por un desencuentro entre Iglesia y Estado que, por momentos, muchos creyeron insalvable, lo encontramos en la asistencia a la tercena edad en los asilos manejados por congregaciones religiosas. Después han tenido lugar otros acercamientos loables, aunque ninguno de la trascendencia práctica del que estamos viviendo.
La sociedad cubana comienza, justo ahora, una dinámica acelerada de cambio socioeconómico, de los cuales solo tenemos ante nuestra vista, con claridad, los trazos del diseño de partida. Pero se haría ilusorio creer que ya podemos predecir los efectos, las incongruencias, las medidas rectificativas que habrá que implementar, las preventivas para evitar que el corto plazo trastorne el curso estratégico, o que un triunfalismo prematuro obstaculice la coherencia del proceso. Y en el cuadro de las relaciones humanas, de las garantías de bienestar, de la protección de los valores morales, de la institución de la familia, y desde luego de la consideración de las propuestas propias que desde la fe puedan ser aportadas, seguramente van a aparecer muchas aristas en las cuales encontrar iniciativas de una cooperación entre la Iglesia y un Estado, cuya condición laical se conforma bajo el signo de paradigmas que, al margen de la flexibilidad que alcancen, se mantienen enrumbados al socialismo.
Creo que en el plano de las relaciones internacionales, y de manera consecuente con la postura manifiesta desde 1969, la Iglesia va a contar con la posibilidad de desempeñar un papel en la búsqueda de un cambio efectivo en la intransigencia que ha caracterizado hasta nuestros días a la política de Estados Unidos hacia Cuba. ¿Qué estará en condiciones de hacer y cómo? Ni siquiera es una pregunta que me formulo ahora, y hasta pienso que hacerlo podría ser irrespetuoso de mi parte. La Iglesia seguramente lo va a descubrir en el camino.
Roberto Veiga: Sería bueno para la nación que la Iglesia pudiera actuar, repito: desde su naturaleza institucional, en la solución o mejoría de otros aspectos problemáticos de nuestro acontecer. Entre estos pudieran encontrarse: la mejoría de las relaciones con todo el mundo y en especial con Estados Unidos –en lo cual también viene trabajando la jerarquía eclesial-, replantear la cultura antropológica del cubano –algo a lo que toda la Iglesia le dedica mucho, pero carece de los espacios y medios requeridos para lograr el alcance que demanda la realidad-, refundar las estructuras económicas, así encontrar el mejor modo para promover las actitudes necesarias con el propósito de que cada cubano pueda expresar sus opiniones y procurar siempre el consenso entre todos.
Pienso que la Iglesia Católica en Cuba debería asumir tal reto desde una actitud de facilitadora, más que como mediadora, aunque también pueda ejercer la mediación en determinados casos. Dada nuestra realidad, la Iglesia tendría más bien que ayudar a cada cubano, a cada grupo, a cada parte, para que llegue a ser capaz de aceptar al otro y concederle el espacio que merece, así como auxiliar a todos para que logren una reflexión compartida y cincelen la mejor forma de ir integrándose gradualmente de manera inclusiva y armónica.
Arturo López-Levy: En este tema prefiero empezar por la cuestión del “cómo”, que aparece al final de la pregunta, pero que no es secundario. Una de las mayores contribuciones de la Iglesia Católica y las comunidades religiosas a la sociedad cubana de las últimas décadas ha sido la forma conciliatoria de promover sus valores, ideas e intereses. Al centro del proceder discreto y de expansión gradual de libertades promovidos desde las comunidades religiosas está la humildad de dialogar con quienes piensen diferente con conciencia de que todos tenemos límites, que podemos estar equivocados, que Dios no comulga con los corazones con soberbia, aquellos que la Biblia y los profetas de Israel llamaron “corazón incircunciso”.
Nuestras religiones son claras en cuanto a que el compromiso y la negociación no son posibles en ciertas áreas de principio. Por eso, miles de padres y abuelos resistieron la inquisición ateísta y hubo cubanos de todas las religiones que, salvando las diferencias, como los judíos expulsados de España en 1492, prefirieron emigrar antes que aceptar el monopolio de una forma de pensar. Por principio patriótico, la independencia de la nación cubana y su estatus soberano no son negociables. La Iglesia y la sociedad civil cubana deben seguir tratando como ilegítimo cualquier proyecto político que acepte la lógica plattista por la cual el Congreso o el gobierno norteamericano se adjudican potestades sobre temas que caen estrictamente bajo soberanía cubana, como quién puede o no puede ser presidente de nuestro país o qué tiempo, secuencia y prioridad son necesarios para atender injusticias históricas.
Pero cada diferencia de opinión no es una diferencia de principios, desestabilizadora o subversiva. Nuestras congregaciones religiosas deben continuar dando ejemplos a toda la sociedad cubana de una cultura institucional en la que el disenso de oposición leal es bienvenido y distinguido de la apostasía y la subversión. El ideal de que la democracia “es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”- como dijo Abraham Lincoln y gustó repetir tanto al ex presidente Fidel Castro- es la premisa de partida, no el final de un sistema integral de Derechos Humanos, que requiere la institucionalización de los derechos individuales, la protección de las minorías y el imperio de la ley.
Las comunidades religiosas están llamadas a jugar un papel en la discusión actual sobre una economía sustentable en términos ecológicos, solidaria y fraterna en relación con los más desfavorecidos, y curadora de nuestras divisiones nacionales. La Iglesia tiene una experiencia y cultura que combina solidaridad con subsidiariedad, que admite la legitimidad de los intereses individuales y la importancia de ser eficientes sin conceder espacios innecesarios al utilitarismo irracional y los fundamentalismos estatistas o de mercado, igualmente ajenos a la trascendencia humana. La Iglesia tiene los espacios y una doctrina social propicios para debatir una reforma económica que incluya un componente de reconciliación nacional, que discuta formas óptimas para abrir el país a la inversión de los cubanos, vivan dentro o fuera del país, mientras empodera a los pobres (por los cuales tiene una opción preferencial) como sujetos con autonomía humana para ser protagonistas, no víctimas, de la economía global.
Los cubanos de la segunda década del siglo XXI tenemos naturalmente diferentes percepciones, ideas, valores e intereses porque nuestras experiencias han sido diversas. Para seguir concibiéndonos como una comunidad nacional, es imprescindible un diálogo inter-generacional sobre el pasado, el presente y el futuro de la patria. Las comunidades religiosas, a las que concurren cubanos de todas las edades, tienen la responsabilidad de promover una reflexión nacional sobre cuáles obligaciones morales tenemos los cubanos de hoy hacia aquellos a los que legaremos un país; cuáles deberes tenemos con las víctimas de injusticias históricas cometidas en nuestro país en pos de hacer cicatrizar las secuelas dejadas a sus descendientes. Es importante ir más allá de esas injusticias y atender las desigualdades actuales de poder, participación y acceso al progreso en términos de las comunidades en la Isla y la diáspora, las regiones del país, y los grupos desfavorecidos en términos de raza y género.
La historia de la Iglesia Católica en Cuba combina importantes momentos de humildad y autocrítica ante sus comportamientos intolerantes, con períodos en los que fue víctima de la intolerancia de otros. Desde esa memoria institucional la Iglesia Católica es un actor privilegiado para aportar una disciplina de reconciliación (parcial, imperfecta, en diverso grado) en la que la historia y la realidad cubanas son abordadas sin apologías ni superficialidades, pero tampoco con hipercriticismos. Madurar como nación implica que los cubanos de hoy estudien, no reediten los conflictos históricos.
Cuba es cada día una sociedad más plural, transnacional, con visiones complejas y diferentes. Sus conflictos no deben ser ignorados o reprimidos sino regulados en una competencia constructiva. Para que esto sea posible es importante crear estabilizadores institucionales y una disciplina del diálogo, donde las mayorías predominen en un contexto en el que las minorías leales son respetadas. En este aspecto, las comunidades religiosas cubanas tienen mucho que aportar como configuradores de una agenda de discusión que formule las preguntas que tocan. Aunque la denuncia es pertinente, más importante es el anuncio de estructuras de solidaridad.
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