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ENCUENTRO NACIONAL
ECLESIAL CUBANO (ENEC)

Año XVIII. no.105
enero-marzo de 2012

DOCUMENTOS

 


ÍNDICE

editorial
.Háganse todos los cambios necesarios

nuestra historia
.La historia, los obreros del Cobrey la imagen de la Virgen de la Caridad por Ignacio M. Ruiz Díaz
.Martí y el socialismo por CarlosValdés Sarmiento

documentos
.Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC)

educación cívica
.El talento y la fe por Lázaro Gómez Piquero
.Común unidad de amor por Redivaldo Rodríguez

especial
.Sobre Su Santidad Benedicto XVI

carta desde La Habana
.El cristianismo y la reconciliación por Félix Sautié Mederos

reflexiones
.Hacer lo mismo de otra manera por Herminio Josué Peña Otero
.El sentido de la vida en tiempos apocalípticos por Jorge Luis Lanza Caride

justicia y paz
.Diálogo y libertad religiosa en Cuba hoy por Sergio L. Cabarrouy

bioética
.Bioética de la persona desde una antropología cristiana por Jorge Suardíaz Pareras

religión
.Año Jubilar por P. Cirilo Castro
.Llamados a la Caridad por Tania Gómez Rodríguez

ecos diocesanos
.Premiación del concurso “Mi hogar en la navidad 2011”
.Encuentro de animadores de GDH en Pinar del Río
.La Colmenita “picó” fuerte en Pinar del Río
.La Iglesia junto al que sufre
.Encuentro de GNEES
.Viñales, reinauguración de su templo parroquial
.Celebran los 20 años de la Cáritas cubana

Con el deseo de mirar el presente a la luz de los documentos eclesiales,
ponemos en sus manos esta nueva sección, invitando a reflexionar
sobre los mensajes recibidos por herencia de los que nos han precedido
en la construcción del Reino de Dios entre los hombres, especialmente en nuestra tierra,
cuya Iglesia se empeña en llamar a la Conversión, es decir, al Cambio.

I PARTE
JESUCRISTO: CENTRO DE LA RENOVACIÓN ECLESIAL

I. Marco del ENEC
El marco en que se desarrolló el ENEC estuvo centrado en “lo más cristiano del cristianismo: Jesucristo” (Rahner). Jesucristo fue el centro no sólo del documento de trabajo y de los trabajos mismos de la Asamblea, sino también de la conciencia de todos los delegados de aquella asamblea que, antes de hablar de nuestra Iglesia, se arrodilló ante Cristo, con los “ojos fijos en Él” (Lc 4, 20). Recordábamos entonces lo que Plinio, el legado imperial, le escribía hace 20 siglos a Trajano: “Le cantan a Cristo como a un Dios”. La Asamblea, presidida por una significativa cruz, se inauguró con la Eucaristía, que ocupó, día tras día, el centro mismo de las sesiones, porque nada debe ser para la Iglesia más importante, ni más fuerte, ni más seguro, que Aquel “bajo cuyos pies Dios lo colocó todo” (Ef 1, 22): Jesús de Nazaret.
Nuestra fe cristiana se define en relación con Cristo buscando más una fe en Él que una simple fe religiosa. Se define por un hecho de certeza que tenemos y creemos: que Jesús murió y resucitó para la salvación de todos. (I Cor. 15, 3)
No serán, pues, queridos hermanos, nuestras instituciones, más o menos renovadas, las que nos salvarán, sino Aquel “cuyo nombre está por encima de todo nombre” (Fil. 2, 9; Hch 4, 12; 2, 21; Rom. 10, 13)

II: Cristo es todo para nosotros
Él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6); la luz (Jn. 8, 12); la cabeza (Col. 1, 18); la piedra angular (Ef 2, 20) el fundamento (I Cor. 3, 11); el pastor bueno (Jn. 10, 11 y sig); la puerta (Jn. 10, 7); la palabra última y definitiva a los hombres (Heb. 1, 2); el mediador único (I Tim. 2, 5); la causa única de nuestra salvación (Hch 4, 12); nuestra paz (Ef 2, 14).
Perfecto en su humanidad, perfecto en su divinidad, Cristo es Dios verdadero y hombre verdadero, que vino para que tengamos vida abundante” (Jn. 10, 10). Ante Él se dobla toda rodilla (Filp. 2, 10), todo se recapitula en Cristo (Rom. 11, 36), todo se ordena a Cristo (I Cor. 15, 28), todo encuentra en Él su sentido último (I Cor. 8, 6; Col. 1, 16-17). En Cristo encuentra el hombre su dignidad completa: sabemos lo que somos, tenemos, podemos, valemos, cuando aceptamos a Cristo. Por cualquier camino se puede perder el hombre; por el camino de Cristo nunca se ha perdido nadie. Cristo libera, salva. Toda la acción de Dios está expresada en Cristo. “En Cristo” es una palabra muy original y muy rica que San Pablo no se cansa de repetir. Nadie ha podido absolutizarse como se absolutizó Él: “El que no está conmigo está contra mí” (Mt 12, 30). Él modificó la moral; se identificó con el Padre; perdonó los pecados; habló con autoridad; dijo que en Él se cumplía la Escritura. Fue el hombre para los demás, pero con tres categorías humanas preferidas: los pobres, los enfermos y los pecadores. El que encontró a Cristo, encontró el tesoro por el cual vale la pena “venderlo todo” (Mt. 13, 44) porque “todo es pérdida en comparación del conocimiento sublime de Cristo, mi Señor” (Filp. 3, 7).

III. El conocimiento de Cristo
Al conocimiento de Cristo San Pablo le llama “eminente” (Ef 3, 19). Pablo se propone no saber otra cosa que Cristo y Cristo crucificado (I Cor. 2, 2) y pide de rodillas “comprender toda la anchura, la altura, la profundidad del amor de Cristo” (Ef 3, 18)
Queridos hermanos: A todos se nos han dicho las palabras que resonaron en el monte de la Transfiguración del Señor: “Este es mi Hijo amado: escúchenlo” (Mt. 17, 5). Porque “Él nos llevará hasta la verdad completa” (Jn 16, 13).
“Del conocimiento vivo de esta verdad dependerá el vigor de la fe de millones de hombres. Dependerá también el valor de su adhesión a la Iglesia y de su presencia viva de cristianos en el mundo. De este conocimiento derivarán opciones, valores, actitudes y comportamientos capaces de orientar y definir nuestra vida cristiana y de crear hombres nuevos y luego una humanidad nueva por la conversión de la conciencia individual y social” (Juan Pablo II a los Obispos de Puebla).
Nos alegramos mucho con ustedes de que el centro del ENEC haya sido Cristo y deseamos que el centro del post ENEC sea igualmente Cristo. Más aún en este momento del mundo en que el optimismo antropocéntrico parece desvanecerse, el carisma de los grandes fundadores se eclipsa con rapidez y emerge la figura de Cristo, su persona, su mensaje, su vida, con un atractivo fuerte y singular. Una especie de cristofilia ha sacado curiosamente en estas últimas décadas a Jesús de sus lugares clásicos para llevarlo como un símbolo al mundo del cine, de la música, de los movimientos juveniles, como si se repitiera la frase de aquellos peregrinos de procedencia griega: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Como si se repitiera lo que dicen a Jesús los Apóstoles: “Todo el mundo te busca” (Mc 1, 37), que más bien podrían haberlo dicho al revés: Señor, Tú buscas a todo el mundo.
El Sínodo de 1985 nos interpela con esta pregunta: “sí hablamos demasiado de la renovación de las estructuras eclesiales externas y poco de Dios y de Cristo” (1, 5) “La Iglesia se hace más creíble si habla menos de sí misma y predica más a Cristo crucificado” (Sínodo 1985, II, 2). “Una Iglesia que habla demasiado de sí misma… no habla bien de sí misma” (C. Ratzinger, Sínodo 1985). No tenemos necesidad de insistir tanto en el prestigio cultural de la Iglesia, como su rasgo ilustre y durable, sino más bien, insistir en nuestra única riqueza y prestigio que es Cristo: “Miren sobre qué fundamento construyen” (I Cor. 3, 10-13).
Dios se nos ha revelado en Cristo como alguien que nos habla y nos escucha, y nuestra fe consiste en el asentimiento total, valiente, con todas sus consecuencias, que demos a esta palabra revelada en Cristo.

IV. La Iglesia: signo de Cristo, encarnado, evangelizador, orante.
Queridos hermanos: Lo que constituye el ser y el quehacer mismo de la Iglesia es ser “sacramento de Cristo” y consideramos que esta es una palabra del ENEC que no puede desgastarse nunca como un tópico común cualquiera. La Iglesia nace de Cristo (Cf. Puebla 222). O la verdad de Cristo es anterior y superior a la verdad de la Iglesia. En “Él permanece la plenitud de Dios y Él despliega en ella esa plenitud” (Ef. 1, 23). Después de la Ascensión, Cristo continúa ofreciendo la salvación por medio de la Iglesia, frágil y vulnerable, pero signo eficaz de Cristo resucitado.
¿Cuál es la verdad de Cristo? Cristo se encarnó tomando forma de siervo (Jn 1, 14). Cristo tuvo por alimento hacer la voluntad de su Padre (Jn 4, 34) con quien se mantuvo en permanente comunión por la oración (Jn 14, 9). Cristo vino enviado por el Padre, bajo el Espíritu Santo (Jn 20, 21) con la misión de salvar lo perdido (Mt 18, 11).
Evangelizador, orante, encarnado, son tres palabras definitorias de Cristo; y definitorias también de la Iglesia renovada que el ENEC busca en continuidad con el pasado. A un Cristo encarnado, orante y evangelizador corresponde una Iglesia evangelizadora, orante y encarnada.
La Iglesia cubana en el ENEC se propone revivir la exigencia de la encarnación (dimensión inmanente); de la oración (dimensión trascendente) y de la misión (dimensión apostólica); tres dimensiones teológicamente coherentes, en estrecha conexión, que no dejan fuera nada de la esencia, del ser y del quehacer de la Iglesia. Tres dimensiones que se complementan y se articulan entre sí: la oración que desfataliza la encarnación; la encarnación que concreta la oración en la acción y evita la alienación; la misión que despliega el horizonte de la Iglesia e impide el encerramiento en cualquiera de las otras dos dimensiones.
Paradójicamente, en la cruz, en cuanto figura geométrica, que presidió el ENEC, encontramos como un símbolo plástico de la Iglesia cubana renovada que busca el ENEC mismo: plantada y encarnada en esta tierra, la Iglesia se levanta como una flecha hacia lo alto, no sin antes abrirse en dos brazos misioneros. “Tener los mismos sentimientos de Cristo” (Filp. 2, 5) es ser encarnado, orante, evangelizador.

II PARTE A.
IGLESIA EVANGELIZADORA

I. Jesús enviado, nos envía
La misión propia que Jesús dio a su Iglesia tiene cinco dimensiones muy precisas:
1. “Vayan por el mundo”: el envío (Mc. 16, 15)
2. “Sean mis testigos”: el testimonio (Hechos 1, 8)
3. “Anuncien el Evangelio”: la evangelización (Mc. 16, 15)
4. “Bautizando”: la sacramentalización (Mc 16, 16 – Mt. 28, 19)
5. “Enseñándoles a ser mis discípulos”: la catequesis (Mt. 28, 19)
El Señor vino para anunciar el Evangelio; a salvar lo que estaba perdido; a hacer oír a los sordos, ver a los ciegos y dar la libertad a los cautivos; a sanar los corazones afligidos; a reconciliar a los que el pecado había dividido; a congregar a todos los hombres en la misma mesa de la unidad. En una palabra, a salvar a todos los que quieran y crean (Mt. 18, 11; Jn. 12, 47). “Él no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva” (Ez. 28, 23)
Cristo enviado, envía también. “Como el Padre me envió así yo los envío a ustedes” (Jn. 20, 21) “Los envío” nos dice incisivamente Mt. 10, 5. Y la Iglesia existe, por tanto, para eso: para predicar y testificar (LG 1, AG 9). Si ella no cumple esta misión, nadie la puede cumplir por ella; si ella no cumple esta misión, no es la Iglesia, es una caricatura de Iglesia. Si una Iglesia particular no evangeliza, se haría a sí misma distinta de todas las demás Iglesias. La Iglesia está para anunciar al mundo, no importa cuán secularizado, desacralizado o descristianizado esté, una salvación que consideramos necesaria, porque cuando este mundo sea un paraíso ¿podríamos decir que ya estamos salvados todos?
Para cumplir este supremo deber de la Iglesia en los llamados territorios de misión, la Iglesia tiene una Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos y un Consejo Superior de las Obras Pontificias Misionales que abarca cuatro Secretariados: de la Propagación de la Fe, de San Pedro Apóstol, de la Santa Infancia y de la Pía Unión Misional. Además tiene la Iglesia un Centro Internacional de Animación Misionera. El Concilio dedicó un Decreto a este tema de la Misión. Nuestra Iglesia cubana debe estar también abierta a las problemáticas misioneras internacionales. No podemos ser indiferentes a este servicio misionero de la Iglesia en esos territorios pobres y lejanos donde la Iglesia tienen y tuvo siempre, millares de sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, profesionales… que dejaron todo: patria, hogar, familia, comodidades… para llevar el Evangelio a esos hermanos.

II. El dinamismo de la palabra
La Iglesia tiene un mensaje que transmitir en palabras, porque Dios quiso acoger libremente el dinamismo de la palabra humana para transmitir la fe y propagarla. “La fe viene por el oído” (Rom. 10, 17). “Vienen a la fe por haber oído la predicación” (Rom. 10, 17). Todo este capítulo de Romanos es ilustrativo. Jesús proclama bienaventurados los oídos del hombre. El núcleo de este anuncio se centra y se condensa en la proclamación de la muerte y resurrección del Señor por el poder de Dios. (Filp. 2, 6-11; Rom. 10,9). No consiste por tanto la evangelización en invitar a otro a la misa dominical, a un discoforum, a una fiesta patronal o a una actividad parroquial… sino en anunciarle esta verdad central de nuestra fe.

III. Predicar y dar testimonio
El Señor dijo: “Sean mis testigos” (Hch 1, 8). El testimonio solo no es suficiente para la evangelización; el solo servicio a los enfermos, a los pobres, por muy abnegado que sea, no basta para la evangelización; la sola presencia, tampoco. El testimonio lleva un reflejo de Cristo, pero propiamente no lleva a Cristo mismo: su persona, su vida, su mensaje. Además, el testimonio “solo”, tiene el riesgo de convertirse en pretexto para no hacer nada, para no decir nada.
Sin embargo el testimonio es esencial a la misión. “Yo te probaré por mis obras mi fe” (Stgo. 2, 18). El testimonio abre el camino al Evangelio porque consiste en compartir la vida y el destino de los hombres, sintiéndonos unidos a todos por el aprecio y la caridad (AG 11) y compartiendo con todos las responsabilidades en la construcción del bien común. (Sínodo 1985 II B-2)
Una Iglesia que quiere ser evangelizadora tiene que preguntarse: ¿Qué clase de testimonio estamos dando como cristianos? Nosotros, obispos, sacerdotes, religiosos, seglares, tenemos que esforzarnos en vivir lo que predicamos. “Demuéstrame con tu vida que Cristo vive”. “Miren cómo se aman” era el testimonio de la Iglesia primitiva. El contra-testimonio lleva a la descristianización, al ateísmo y a algo peor aún: el indiferentismo, y lo que muchas personas rechazan no es que seamos cristianos sino que no seamos auténticos y sinceros. La exigencia para que se respete nuestra identidad empieza por el respeto que uno mismo tenga a su propia identidad.
Finalmente queremos recordar que el testimonio cristiano empieza por el individuo pero no es de individuos: es de la comunidad. Es la comunidad, no sólo el individuo, la que es signo de Cristo. Cuando el testimonio es de individuos y no de la comunidad, surge siempre la conocida frase: “Es muy bueno a pesar de que es católico”.

IV. La Iglesia Cubana: Iglesia evangelizadora
Sin abandonar la pastoral de conservación o de mantenimiento, donde todavía hay mucho que hacer, la Iglesia cubana, fiel al mandato del Señor, debe abrirse a la misión en sus agentes de pastoral, en sus bautizados, en sus estructuras pastorales, buscando formas de participación de todos en la misión y formando con profundidad a los laicos en esta conciencia.
Tenemos que reconocer que la vida intraeclesial de nuestra Iglesia se ha desarrollado más que la vida extraeclesial y que nuestra conciencia y compromiso misionero es débil. Explicable y razonablemente vuelta sobre sí misma, en actitud de replegamiento, absorbida por el culto y la sacramentalización, ocupada por lo inmediato, acaparada a veces por los más asiduos…, estos elementos válidos en sí mismos, han impedido a veces ver el horizonte pastoral más amplio. Los creyentes en Cuba son muchos, los practicantes son pocos. Pero esta misma situación, que parece una calamidad, es una suerte porque lleva a desarrollar más y más la conciencia misionera.
Nos preocupan tantos hermanos nuestros que no conocen a Jesús, que no confiesan su nombre, que no lo quieren, aunque Él quiere a todos. Nos preocupa la ignorancia religiosa que existe en muchos sectores dentro de este pueblo que quiere ser cada vez más culto. Nos preocupan tantos pueblos sin templos, sin un solo indicador religioso, sin un espacio para la evangelización. Nos preocupan tantas iglesias cerradas de día y de noche porque el sacerdote no puede llegar por falta de tiempo; pueblos donde todo está abierto: el círculo social, el cine, el bar, el comercio, todo… menos el templo. Nos preocupa la falta de equilibrio que constatamos entre la atención pastoral a las ciudades grandes y los pueblos pequeños; entre los pueblos pequeños y los campesinos.
El ENEC nos interpela a despertar la conciencia y el compromiso misionero, a cambiar nuestras estructuras pastorales para que sean más misioneras. No está la solución en declarar en un documento a Cuba como “territorio de misión”, cuanto en ponernos todos en estado de misión y declararnos misioneros todos los cristianos: en revitalizar las misiones populares, en liberar sacerdotes y religiosas para la misión; en dar una formación misionera en la catequesis, cursos, seminarios; en aumentar sobre todo la oración por las misiones dentro y fuera de nuestro territorio. No pretendemos resucitar viejas ideas de épocas de cristiandad; no debemos tener ideas hegemónicas, de arbitraje universal para la Iglesia; pero tampoco queremos quedarnos en las sacristías. Sembremos en nuestros corazones la pasión evangelizadora, la conciencia de ser “enviados” y el deseo de compartir con los demás nuestra experiencia de fe.

V. La responsabilidad evangelizadora
Aun en el caso de que las condiciones no fueran las mejores, fueran nulas o fueran las mínimas, la responsabilidad misionera es responsabilidad de todos los que un día fuimos llevados a las aguas bautismales. “Qué hermosos los pies de los mensajeros que evangelizan anunciando la paz, trayendo buenas nuevas, anunciando la salvación” (Is. 52, 7; Rom. 10, 15). “El que invoque al Señor se salvará, pero ¿cómo van a invocar si nadie les predica?” (Rom. 10,13-15). De todo cristiano bautizado debe decirse cada día: “Salió el sembrador a sembrar su semilla…” (Mt.13, 3). Y todo cristiano debe decirse cada día a sí mismo: “¡Ay de mí si no evangelizo!” (I Cor. 9, 16). Esta sagrada responsabilidad tiene que nutrirse en la unión con Cristo por la vida sacramental.

VI. No siempre es posible anunciar el Evangelio
Cuando por las razones que aduce el Vaticano II (AG), u otras, no es posible anunciar el Evangelio, siempre queda abierta la posibilidad del testimonio callado; de la respuesta oportuna a quien pida cuentas de nuestra esperanza (I Ped. 3, 15); de la pastoral del tú a tú porque “el corazón habla al corazón”, y queda también abierta la gracia cristiana de poder aceptar en paciencia y respeto esa limitación, como un dolor redentor y como una llamada a una mayor conversión y a una mayor oración, a fin de quitar lo que de nuestra parte dificulte el ejercicio de este derecho de la Iglesia. La falta de éxito ni cambia nada, ni exime en nada de la responsabilidad misionera. La evangelización es en todas partes una misión difícil, pero no imposible, porque no es un proyecto humano sometido a las reglas del cálculo, del número, de las fuerzas, de las contrafuerzas, sino del Espíritu. Se trata de ser testigos, no de ser eficaces; de anunciar, no de vencer.

VII. Destinatarios de la Misión
Queda siempre latente una pregunta difícil de contestar: ¿quién está y quién no está evangelizado? No es esta Instrucción el lugar para entrar en un largo desarrollo de este tema profundo. Nos complace aplicar aquí una frase de Juan XXIII: “Los que no están iluminados hasta el hondo de sí mismos por la luz del Evangelio”. Tendríamos, pues, que preguntarnos con la mano en el corazón si estamos iluminados hasta el fondo de nosotros mismos por la luz del Evangelio. “La evangelización de los no creyentes presupone la autoevangelización de los bautizados. También de los mismos diáconos, presbíteros, obispos” (Sínodo 1985 II-B-2)
El anuncio del Evangelio debe llegar a todos los hombres que no estén iluminados hasta el fondo de sí mismos por la luz de esta Buena Nueva: a los niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos; a los sanos y los enfermos; a los sabios e ignorantes; a los de la propia familia y a los otros; a los que no tienen fe, a los que la perdieron, a los que la tienen pero no la practican, a los débiles en la fe, a los llamados “católicos a su manera”; a los ateos por formulación filosófica y a los ateos prácticos en cuyo corazón Dios no tiene o tiene muy poco lugar; a los que han negado o disimulado su fe; a los que dicen que no saben si Dios existe o no existe, y a los indiferentes, que es el más difícil sector de la evangelización.

VIII. Las “semillas del Verbo”
Nuestra tierra cubana no es una tierra extraña a la palabra del Señor. El Vaticano II toma como punto de partida para la evangelización lo que llama “semillas del Verbo” dispersas en el mundo, admitiendo que hay en este mundo muchos valores fuera de la fe cristiana que no sólo abren el camino a la evangelización sino que son en sí mismos valores cristianos. Existen muchas personas no identificadas como cristianas que hacen una presentación muy genuina de la caridad. Cuando Dios cuenta a los suyos, cuanta más de los que nosotros contamos. Él no está lejos de nadie. Cuando San Agustín dice que también el paganismo tiene profetas, quiere decir que el designio de Dios puede realizarse por cualquiera. “Ojalá que todos fueran profetas” (Num. 11, 29). Si alguien “hace milagros sin ser de los nuestros (Lc. 9, 49) no hay por qué impedírselo” (Lc. 9, 50) dice Jesús.
Estos valores presentes en nuestra cultura constituyen un punto de avanzada en la evangelización, a la vez que nos “evangelizan” y nos critican, porque así como la fe critica la cultura: sus contravalores, sus valores erigidos en ídolos, sus valores relativos absolutizados, también la cultura, interpela nuestra fe, nos “evangeliza”: nuestros contratestimonios, nuestra falta de autenticidad, nuestras infidelidades, nuestras alienaciones. En el Documento, particularmente, en “Fe y Cultura”, y “Fe y Sociedad”, encontramos material abundante para esta reflexión.

IX. La religiosidad popular
Un sector privilegiado y priorizable a nuestro parecer es el sector de aquellos cuya fe descansa en devociones y tradiciones; de los llamados católicos de “ritos estacionales”, de los ritualistas, de la religiosidad popular o catolicismo popular, según sea el grado de evangelización previa que tengan. En Cuba hay todavía muchas “llamas que aún humean” (Is. 42, 3). La especificidad católica marca el modo de ser creyentes de mucha gente. Además la religiosidad popular en Cuba incluye las diversas formas de sincretismo religioso con referencia al catolicismo y a las diversas religiones animistas de origen africano. Estas formas de religiosidad popular merecen un tratamiento pastoral particular.
Nosotros, los sacerdotes, responsables de la pastoral, tenemos mucho de qué arrepentirnos por el modo con que se aplicó sobre todo la renovación litúrgica del Concilio. La reforma fue buena pero el modo no fue siempre acertado. No hubo una mentalización previa y respetuosa. Hubo radicalizaciones, y cuando uno se radicaliza pierde el derecho de llegar a todos. Hubo una reducción indiscriminada de signos, y esto traumatiza y no se olvida. Hubo sectarizaciones elitistas, y cuando uno se sectariza olvida el carisma mejor: la caridad. Hubo reformas impositivas y desencarnadas, y el pueblo no se reconoció en ellas. “Cerramos puertas” (Mt. 23, 13) y “apagamos llamas que aún humeaban” (Is. 42, 3).

X. Cómo evangelizar la religiosidad popular
Nos remitimos al Documento final y también al cap. II nº 3 de la segunda parte de Puebla y nos limitamos ahora a recordar aquí tres puntos: primero: es necesario no sólo reconocer el hecho de este fenómeno social religioso sino, en cierto sentido, también el derecho, puesto que todas las religiones universales pasan por este proceso y en todo grupo humano existe una gama de posturas según los grados de lealtad al valor central. “Lo que no es asumido, no puede ser redimido”, podíamos aplicarlo también aquí. De hecho, en nuestro pasado inmediato hemos comprobado cómo mientras nuestras comunidades se empobrecieron la religiosidad popular creció.
Segundo: observemos que Jesús, en su evangelización, partía de las actitudes para formar convicciones (Lc. 8, 43), al revés del método que a veces nosotros aplicamos a estos y otros sectores en nuestra pastoral. Y tercero: sabemos que la religiosidad popular está llena de ambigüedades; que desvirtúa el mensaje; que su pastoral es una pastoral de lógica difícil y de poco consuelo; que sus motivaciones son a veces ambivalentes. Evangelizar esas motivaciones es el primer deber del evangelizador de la religiosidad popular.
La Conferencia Episcopal aspira vivamente a poder publicar un catecismo popular elemental sobre estas cinco bases: 1) lo que debemos creer (la fe); 2) lo que debemos ser (virtudes teologales y evangélicas); 3) lo que debemos obrar (los mandamientos); 4) lo que debemos recibir (los sacramentos); 5) lo que debemos orar (la oración del cristiano).

XI. Las puertas de la evangelización.
“El Espíritu Santo suscita de muchas maneras el espíritu misionero en la Iglesia de Dios y con frecuencia se anticipa a la acción de los que dirigen la vida de la Iglesia” (AG 29). No se empieza por organizar sino por evangelizar. “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt. 12, 34). Son muchas las puertas que abre el Señor a la evangelización: el bautismo, la catequesis de los niños, los temas de la conversación humana, las situaciones límites de la vida en que todo lo humano se detiene: la enfermedad, la muerte… Recordemos también que aunque los sacramentos suponen la fe, existe siempre la posibilidad de una sacramentalización evangelizadora.
Es necesario que distingamos bien entre proselitismo y misión. Una cosa es el proselitista y otra el misionero; una cosa es el propagandista y otra el mensajero; una cosa es el activista y otra el evangelizador; el proselitista se preocupa por aumentar el número: el misionero por anunciar el Evangelio; el proselitista pesca para el grupo: el misionero para el Señor; el proselitista compromete la palabra: el misionero compromete la vida; el proselitista tiene la pasión de la cantidad. El misionero tiene la pasión de la verdad. Es más fácil ser proselitista que ser misionero.

XII. Los agentes de la evangelización
Agentes de evangelización son todos los bautizados que tienen parte con Cristo. La evangelización no es un ministerio especializado. Pero sin duda que el primer oficio del sacerdote es evangelizar. (Sínodo 1985 II-A-2). Sentimos muy sensiblemente en este campo la situación extremadamente pobre de nuestra Iglesia cubana que, con sólo 200 sacerdotes para un país de 10 millones de habitantes se coloca muy por debajo del país que mayor escasez de sacerdotes tiene en América Latina.
Agentes de evangelización son las religiosas que preparan, como el Bautista, el camino a la presencia del sacerdote; pero cuyo número, también de sólo casi 300 religiosas en Cuba, constituye otra pena de nuestra Iglesia.
Agentes de evangelización son los diáconos permanentes cuya restauración nos proponemos de nuevo estudiar. Son los ministros laicos, instituidos recientemente por la Iglesia, para laicos de vida cristiana y ciudadana ejemplar, con competencia y aceptación de la comunidad, que quieren dar más al Señor y prestar este servicio a la Iglesia. Agentes son los equipos itinerantes, bien sea de sacerdotes, de religiosos o de laicos, que también nos proponemos estudiar a la luz de las conclusiones del ENEC.

XIII. El laico evangelizador
Con especial afecto queremos dirigirnos a los laicos, hombres y mujeres, niños, jóvenes o adultos, cuya condición y espiritualidad se acredita específicamente en el mundo. Laico y sacerdote son dos modos de ser la misma Iglesia; son dos realidades diferenciadas de igual valor.
Esté o no esté en el Apostolado Seglar Organizado, todo laico es, en virtud de su bautismo, un misionero. Y una responsabilidad del pastor es despertar, formar y promover esta conciencia y esta responsabilidad efectiva y apostólica del seglar. No está el sacerdote para restringir y controlar abrumadoramente la vocación y el papel del laico, que nace de su bautismo. Las relaciones entre el sacerdote y el laico se fundan en la caridad y en un vínculo que el Concilio califica de “recíproca necesidad”. Los dos dan, los dos dicen, los dos hacen, los dos reciben. Cuando estas relaciones son relaciones de sumisión, engendran un laico inmaduro; cuando son de paternalismo, engendran un laico menor de edad; cuando son de privilegio, engendran un laico de «piñitas»; cuando son de dominación, engendran un laico clericalista, y cuando son de separación, engendran un laico laicizante. La ley de subsidiaridad, que es un principio de la filosofía social, es también una recomendación del Vaticano II y un consejo de la Sagrada Escritura (Mt. 18, 15) aplicable a la tarea del laico en la Iglesia.
Dirigimos una palabra de reconocimiento y de recuerdo a tantos laicos de nuestras comunidades, ejemplares por su pasión evangelizadora, y nos permitimos hacer una especial mención de las abuelas que mantienen su fe bajo la mirada constante de Dios, aun en circunstancias difíciles, y la transmiten a sus nietos, hijos y familiares.
Nos proponemos reestructurar nuestras organizaciones laicales en una dimensión misionera a la luz de las recomendaciones del ENEC; precisar su pertenencia, su estructura, sus objetivos, pero recordando que el Apostolado Seglar no debe ser solo para alimentar más estructuras sino para organizar el apostolado entre todos nuestros laicos, antes de buscar que todos nuestros laicos entren en el “Apostolado Seglar”, no sea que seamos organizados pero no apóstoles. Apóstol es todo aquel que es capaz de decir con gozo a los demás: “Ven y verás” (Jn. 1, 46).
No queremos cerrar este capítulo de nuestra Instrucción sin resaltar que la comunidad, como totalidad, no importa el número, es el agente preferencial de la evangelización porque, como en el testimonio, la evangelización empieza por el individuo, pero no es del individuo. Al decir que no importa el número queremos decir que la fuerza de la evangelización no está en el número sino en el Señor que está “donde estén dos o más unidos en su nombre” (Mt. 18, 20)
Esto nos lleva a un punto tratado en nuestro ENEC: Las Comunidades Eclesiales de Base sobre las que queremos decir una palabra. Las CEB son células del cuerpo eclesial que constituyen un nuevo modo de ser lo mismo: Iglesia e Iglesia misionera, promotora del hombre. Las CEB son formas válidas cuando no se contraponen a la Iglesia, que es contraponerse a sí mismas; la Palabra de Dios está en nosotros actualizada en la Iglesia y toda marginalidad de la Iglesia termina mal. Son formas válidas cuando no se convierten en un movimiento contestatario, lo cual no adelanta nada; cuando no tienen como base el conflicto, que suele engendrar mayores conflictos; cuando la base está en la Iglesia que nace de Cristo; cuando no compite con la parroquia territorial que, en nuestras circunstancias, conserva todo su valor y oportunidad vital.
Dadas nuestras circunstancias, pensamos que esta iniciativa requiere un estudio serio teológico, sociológico y pastoral a la luz de la Evengelii Nuntiandi, del Sínodo del 1974 y de la experiencia de otras Iglesias locales, porque no podemos olvidar que, si bien tenemos algunas comunidades parroquiales grandes, donde el feligrés se pierde en el anonimato y donde las relaciones interpersonales son muy difíciles, sin embargo la mayoría de nuestras comunidades son pequeñas, y en algunos casos, mínimas, de modo que constituyen ya de por sí comunidades eclesiales de base. No olvidemos tampoco que durante 27 años nuestra orientación pastoral y nuestra intuición ha estado más en formar comunidades vivas que en una pastoral de estructuras. (LG 9, AG 15).