septiembre-octubre.año3.No.15.1996


IMÁGENES

EL TRAJE: HISTORIA Y URGENCIA

por Ángeles Álvares y Pedro Manuel González.

Salimos de Egipto sobrevolando el curso del Nilo. El Mar Mediterráneo se abre ante nosotros con un azul esplendoroso que nos hace compararlo con el ardiente rojo dorado de las arenas del desierto que hemos dejado atrás.

Maravilla de la naturaleza, se nos presenta una visión increíble, pequeñas islas, como perlas, sobre un piano inmenso de terciopelo verde-azul; son las islas griegas de Creta, Rodas y Chipre con sus islotes y cayos. Más al Norte sale a nuestro encuentro una gran península bañada al oeste por el mar Adriático y al este por el mar Egeo. Tierras firmes de la antigua Grecia: Esparta, Atenas... del otro lado del Egeo están: Troya, Pérgamo Efeso.

Como ya hemos comentado, el desarrollo de la humanidad ha estado marcado por grandes oleadas de invasiones y peregrinajes.

Así, pueblos que vivían al Norte emigraron al sur, los del sur fueron al este y los del oeste al norte.... bien por motivos económicos, bien por afán conquistador. Es una larga historia... Dentro de esta historia se inscribe la de la civilización griega, que comenzó allá por los 700 A.C. a ser recogida de forma coherente, ya que sus inicios oscuros (oscuros para la historia por la falta de información continua) se remontan a sus buenos milenios A.C. Lo cierto es que en el 776 A.C. se establecen los Juegos Olímpicos y estos sólo pueden haber sido concebidos por un pueblo culto y económicamente bien establecido y, si además, sabemos que esos juegos fueron muchas veces treguas entre guerras, entonces tendremos que agregar su poderío militar.

Los formadores de esta civilización fueron los jonios, los aqueos y por último los dorios. Cada uno aportó conocimientos, costumbres, gustos, filosofías e imágenes. Todo un mundo particular que al unirse, con el decursar de los siglos, constituyeron una de las culturas más trascendentes en la Historia de la Humanidad.

Las tierras que conformaron la antigua Grecia gozaban de un clima templado y un suelo poco fértil lo que propició el predominio de la ganadería sobre la agricultura.

Estos hombres llamaron a su país Hélade y a sí mismos, helenos. Su espiritualidad gira siempre en torno al hombre, con principios de mesura, composición y ritmo, que hacen que cualquier manifestación estética esté proporcionada por un «Canon» con un manifiesto sentido lógico, el interés por la perfección de la forma, creando principios básicos de expresión plástica: simetría, equilibrio, proporción, armonía y sobriedad.

Escogemos Alenos para descender.

Nuestro indicador del tiempo nos dice que estamos en el año 400 A.C., por lo tanto tendremos la oportunidad de contemplar la Acrópolis en todo su esplendor, el Partenón, el Erecteión, la gran Atenea.... mi corazón late apresurado.

Avistamos la ciudad. Una muralla fuerte, aunque irregular, rodea un apiñado y desordenado centro urbano. Edificios, templos, casas, separados por estrechas y tortuosas calles donde el mínimo espacio entre una y otra edificación es aprovechado con tiendas bajo toldo, o esculturas y lápidas con dedicatorias.

Atenas es una de las ciudades más populares de la antigua Grecia; en su distrito urbano vive más de la mitad de la población de este estado que es más poblado que los demás estados en su conjunto.

Dentro de sus murallas habitan varios cientos de familias ricas que viven de sus rentas o negocios, son «ciudadanos». Viven también griegos «no ciudadanos», con economía basada en el comercio o el préstamo de dinero. Extranjeros que viven por tiempo limitado y que traen mercancías de otros sitios; estos, igual que los esclavos libertos, los marinos y soldados, se concentran en los barrios alrededor del puerto. Los pobres que emigran del campo a la ciudad donde viven de trabajos duros o limosnas, se aposentan en las afueras de la acrópolis.

Descendemos en un espacio limpio junto a la muralla. Desde tierra vemos la colina en la que se levanta el Partenón, erigido entre el 450 y el 430 A.C. Ahí está, majestuoso sin hacernos sentir inferiores, su fachada frontal con ocho columnas esbeltas que sostienen el hermoso frontón esculpido, las diecisiete columnas laterales con frisos que continúan la historia que comenzó el frente, todo de mármol, todo increíblemente bello; la maestría, el buen gusto nos conmueven. Aquí comienza la imagen de Grecia, la que aún perdura en cada ruina, en cada piedra. Cuántas cosas habría hecho el hombre, y cuántas de ellas podíamos haber conservado aún hoy si su espíritu contradictorio, de creación y destrucción, no lo hubiera llevado a destruir una y otra vez lo que la generación anterior construyó con talento y amor.

El Ágora2 de Atenas es amplia, sin pavimentos donde la armonía y proporción de los edificios contrasta con el desorden en el conjunto urbanístico.

Nos acercamos a un grupo de personas que, a modo de recorrido, admiran el Partenón y comprendemos, sorprendidos, el «modo de ver» de estas personas. «Los templos se concebían sólo para ser vistos desde fuera»3

Ellos sólo se acercan al edificio y lo contemplan desde fuera; hacemos lo mismo y no puedo contenerme; me acerco y paso mi mano por el frío mármol de sus columnas; es liso, sumamente pulido, levanto mi vista hasta el frontón; historias de guerras, dioses, Atenea saliendo del mar, y lamento en este momento no disponer del tiempo suficiente para leerlos, interpretarlos, gozarlos.

Miro dentro, por entre las columnas; allí está Atenea, enorme estatua de cuarenta pies. Cerca está el Erecteión, otro de los grandes templos de la Acrópolis. Entre estos dos monumentales edificios, y sobrepasándolos en altura, se alza otra Atenea, la Prómakhos, toda de bronce.

Continuamos nuestro andar por entre las tortuosas calles. Casas de piedra con techo de madera y planchas o tejas de barro. Casas de ladrillos, otras de adobe; todas reflejan la condición social y económica de sus habitantes, pero algo tienen en común, a pesar de esta amalgama sin orden ni concierto; es el color, todas sin excepción están pintadas de colores brillantes, rojo, azul, amarillo... Todas ganan luz con el sol del Egeo.

Un hormigueante ir y venir de atenienses formando todo un catálogo de modas para todas las edades, sexos o clases sociales, se cruzan en mi camino. Una joven llena una hermosa vasija en una fuente; me acerco a ella, me ofrece agua fresca y me sonríe. Camino junto a ella mientras, complaciendo mi curiosidad, va explicándome diferencias y similitudes en los perfectos trajes que veo pasar, trajes dignos para ser reproducidos en sus esculturas. Insuperables, representan fielmente la imagen griega; llevan implícita la misma sencillez que me emocionó en el Partenón.

En un mismo el buen gusto, el sentido del ritmo, la forma de llevarlo lo convierte en muchas formas diferentes; hombres y mujeres usando una misma pieza, jóvenes y ancianos, ricos y pobres. Sólo los griegos pudieron lograr tal poder de síntesis. Convirtieron al traje en un monumento tan majestuoso como la misma Atenea.

Ella me explica en que consiste.

Una túnica sin cortes, formando una especie de tubo; su ancho dependerá de la talla, el gusto o el propósito de su uso. Envuelve el cuerpo y se sostiene sobre los hombros mediante fíbulas (pasadores) que pueden ser dos, cuatro, seis... y se ata a la cintura con un cordón, una sola vez o varias, desde el busto a la cadera.

Este traje básico se llama khitón o chitón y recibe otros nombres de acuerdo a la forma de llevarlo. Está confeccionado con lino, preferiblemente en su color natural; también puede ser de lana. Se le aplica un complicado procedimiento de plisado, retorcido y engomado que varía a gusto.

Para algunas ocasiones se tiñen de formas refinadas, logrando que cada traje sea único. También pueden llevar bordados en la unión lateral o en los bordes.

Se completa el conjunto con un manto llamado himatión, generalmente de lana en color natural, aunque, igual que el khitón, podía ser teñido en rojo o marrón. Esta pieza es rectangular de 2x3 m y, como el khitón, se enrolla de diversas formas.

Los hombres suelen usarlo sin otra pieza debajo, dejando libre el hombro y el brazo derecho. Los guerreros, los campesinos y esclavos, y los muy jóvenes, usan este manto más corro, para permitir la libertad de movimientos, y es llamado clámide.

El khitón lleva el nombre de Khitón Dorio cuando su parte superior va doblada hacia afuera y se sujeta sobre los hombros con dos fíbulas. El Khitón Jónico, más ancho, llega hasta 3 m y se sujeta encima de los hombros con varias fíbulas.

Una variante de este traje es el Peplus, que no es mas que un khitón corto sobre la cadera.

Resulta complicada esta explicación y por eso les presentaré los apuntes o bocetos que fui haciendo por el camino.

La imagen del traje griego se completa con el peinado y algunos accesorios indispensables. Veamos.

Las damas llevan el pelo generalmente recogido en finos moños con suaves rizos, bucles o trenzas adornadas con cintillas, diademas o joyas discretas. No es frecuente el uso de brazaletes o prendas recargadas, como vimos en Egipto. La cabeza de la mujer me recuerda los capiteles de las esbeltas columnas de los templos.

Me cuenta Elea que antiguamente los hombres llevaban barba y cabellos largos. Ahora no, las caras rasuradas y los cabellos con rizos cortos son de uso común.

A medida que nos acercamos a la salida de la ciudad vemos hombres y mujeres cubiertos con sombreros. El petase, puntiagudo de ala ancha.

El pilos, cónico sin alas. Y el tholia, puntiagudo, con alas, hecho de paja para las mujeres.

El calzado, común a ambos sexos, es de piel, de confección sencilla y elegante.

Vamos llegando al lugar de partida y no puedo imaginar a las figuras del Partenón o a los andantes que lo rodean, con otras vestiduras. No me cabe duda alguna. La arquitectura, la escultura, el traje, forman una unión indisoluble en la imagen de Grecia.

Debo continuar el camino y, conociendo el futuro que le aguarda a tanta belleza y perfección, no puedo menos que lamentarlo.

Hasta dentro de muchos siglos, Grecia. Adiós para siempre, Atenea.

1 Acrópolis: Ciudadela.

2 Ágora: Plaza central, plaza pública.

3 Los griegos de la antigüedad. M. l. Yenley. ECS

pág. 156.

Bibliografía

1. Historia del traje en Occidente desde la Antigüedad hasta nuestros días. 1967. Autores varios.

2. Le Costume. Jaques Ruppert, 1990.

3. Enciclopedia Gráfica del Arte. Ediciones «Rueda».

1 985.

4. Los griegos de la Antigüedad. M. l. Yenley. Ediciones Ciencias Sociales.