noviembre-diciembre. año III. No. 16. 1996


REFLEXIONES

REFLEXIONES SOBRE EL PENSAMIENTO POLÍTICO DE MONTESQUIEU

por José G. Prado

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia porque de ellos es el reino de los cielos. Mt. 5-10.

Mucho se habla en nuestros días de democee dice de causa de la justicia porque de ellos es el reino de los cielos los hombres que en momentos determinados de la historia de la humanidad se elevaron, por encima de los demás, con su pensamiento como pedestal y nos enseñaron la mejor forma de vivir, acorde a la época.

Nada se comenta de la historia de los conceptos, de su evolución, de la historia del pensamiento político de la humanidad.

Todos queremos democracia, vivir en ella, ser democráticos, pero sabemos acaso qué es, cómo evolucionó, cómo usarla, qué hacer con ella, de qué sirve, sus principios, sus riesgos, cómo mantenerla, cómo conservarla?

¿Nos han enseñado o nos hemos molestado en averiguar quiénes fueron sus precursores, quiénes han influido en nuestros conceptos políticos de hoy?

Tratemos con este modesto trabajo (despojado totalmente de pretensiones científicas o literarias) de dar respuesta, si no a todas, al menos a algunas de las interrogantes arriba planteadas.

Al analizar la obra que es considerada hoy día como el basamento filosófico de las más modernas democracias del mundo, no debemos soslayar ni el entorno en que se desarrolló el autor ni las limitaciones que para nosotros, ciudadanos de este planeta en los albores de siglo XXI, tiene dicho documento.

 

DATOS BIOGRÁFICOS. ENTORNO SOCIAL

Nació Carlos Luis de Secondat, Barón de la Brede y de Montesquieu en 1689, en el castillo de la Brede, cerca de Burdeos, Francia, en el seno de una familia noble. Recibió por herencia, a la muerte de su tío el pomposo cargo de Presidencia del Parlamento de Burdeos, desempeñándolo por algunos años, al cabo de los cuales, lo vendió al mejor postor para dedicarse a su formación filosófica y a la prosa política, además de viajar por toda Europa residiendo varios años en Inglaterra, lo que marcó definitivamente su visión política de la sociedad. Aunque es considerado como el ideólogo de la monarquía constitucional, su aporte al concepto moderno de democracia es indis-cutible, como lo es también el hecho de ser considerado el ideólogo de la primera fase (1789-1791) de la Revolución Francesa.

Su desarrollo intelectual se produce en un siglo que nos da figuras de la dimensión de Racine, Concilie, Moliere y Fontaine en el mundo intelectual, al lado de Newton, Leibniz, Laplace y D'Alambert en lo científico.

Los descubrimientos de nuevas tierras, su colonización y las rancias monarquías europeas, marcan toda esta etapa.

Su obra más conocida, «El Espíritu de las Leyes» fue todo un acontecimiento socio-político en su época. Esta obra infundió una gran influencia no solo en su época, sino en las futuras generaciones que se vieron permeadas así de toda la filosofía política en ella expuesta.

Es por eso que hoy, al cabo de dos siglos de publicada, debemos observar este documento dentro del contexto histórico en que fue concebido. Debemos analizar por lo tanto lo que de positivo tiene para nosotros. Eso haremos.

 

 

EL ESPÍRlTU DE LAS LEYES. TIPOS DE GOBIERNO.

 

Divide Montesquieu los gobiernos en tres tipos: Monárquicos, Republicanos y Dictatoriales.

En la monarquía gobierna un soberano, pero atendiéndose a leyes fijas y preestablecidas. En la república lo hace todo el pueblo (democracia) o una parte de él (aristocracia) pero siempre mediante voto, siendo esto su característica principal, lo que convierte de hecho al pueblo en dueño absoluto de su destino. En los gobiernos dictatoriales gobierna, a semejanza con la monarquía, un hombre, pero sin leyes y solo de acuerdo a su antojo, capricho y libre albedrío quita y pone sin consultar con nadie, según su criterio y deseo. Solo su conciencia dicta las leyes. Elimina de un plumazo o de un sablazo a todo el que piense diferen-te de él. Quien no lo sigue es simplemente un traidor.

 

 

PRINCIPIO DE CADA GOBIERNO

Clasifica también dicho autor los principios de cada gobierno en: Honor, Virtud y Miedo, considerando el primero como inherente a la monarquía, el segundo a las repúblicas y el tercero a los gobiernos despóticos.

No quiere esto decir que estén ausentes los demás principios en cada tipo de qobierno. Que el honor sea el principio fundamental de la monarquía no significa que exista la virtud y el miedo en mayor o menor grado, pero sí que se impone uno respecto a las demás. Por lo tanto, no funciona una monarquía si el resorte principal que mueve este engranaje no es el honor, como tampoco se mantiene una república si no reina en sus ciudadanos el concepto de la virtud sobre el honor y el miedo, entendiéndose la virtud como el amor a la Patria, el respeto y el acatamiento de las leyes que promulgan quienes elegimos, la imposición del bien común sobre el individual. No durará mucho tiempo un sistema dictatorial si el miedo no cala en lo más profundo de los corazones de todos los ciudadanos, si el miedo no es lo que hace actuar a todos los hombres.

En las monarquías los hombres mueren en nombre de otro hombre, por mantener el honor de ellos y de quien los gobierna. En las repúblicas, los hombres marchan a la guerra en defensa de ideales supremos, que en todos los casos, significan el bien de la patria, la defensa de esta. En las dictaduras los hombres mueren por miedo a no morir. No los guía el honor ni la virtud si no simple y llanamente esa fuerza, destructora siempre, que es el miedo.

 

 

LEYES FUNDAMENTALES.

Es por eso que las leyes fundamentales en las repúblicas son las referentes al sufragio. Cómo, en qué forma, de qué manera se darán los votos, quiénes pueden recibirlos y cuáles serán las razones para darlos es condición primordial para que funcione este tipo de gobierno. De la capacidad de la población para elegir a quienes dirijan sus destinos (cuando puede hacerlo) hay sobrados ejemplos desde los tiempos antiguos.

En las monarquías, las leyes fundamentales son las referentes a la delegación de poderes. El soberano gobierna confiando sus fundaciones en sus subordinados (la nobleza) de forma tal que él se reserva el derecho de tomar las grandes decisiones y el control de la ejecución del gobierno.

No existen por lo tanto leyes fundamentales en las dictaduras que no sean las referentes a la consolidación del poder del que gobierna. Como el dictador considera que el lo es todo y los demás no son nada, nada hay que legislar. Todo se hace sobre la marcha, según sus criterios y sus opiniones.

 

 

EDUCACIÓN.

De igual manera, la educación es típica de cada forma de gobierno. Como lo son los principios.

En la monarquía se enseña, no lo que de común tienen las personas, si no lo que los distingue a unos de otros, no lo que de bueno tiene una acción, sino lo que de grande lleva en sí misma. No se enseña a

decir la verdad por ella misma, sino por su grandeza. Un hombre excesivamente grande hace pequeños a los demás, esto es la esencia en la educación de las monarquías, pues es lo que a fin de cuentas, justifica la presencia del monarca.

Los sistemas dictatoriales basan su sistema educativo en el servilismo absoluto. El hombre nace para obedecer. El saber y el pensar resultan peligrosos, la competencia más aún. Por lo tanto, en las sociedades donde impera un régimen despótico, la educación en el sentido amplio de la palabra, simplemente es nula. A los hombres se les enseña solo lo que van a aplicar, para subsistir en sus vidas. Es máxima conocida de estos gobiernos que «es preciso quitarlo todo para después dar algo». «Pan y circo» fue la divisa de los antiguos emperadores romanos, lo que traducido a nuestros tiempos sugiere un mínimo de alimentación como para que no se desplomen por su propio peso las personas y muchos actos públicos, evitando así el tiempo libre que pueda ser empleado en pensar, cosa esta, por demás, excesivamente peligrosa para el dictador.

La educación en el despotismo obedece a un fin prefijado, que no es el hombre en sí. No se educa a las masas para que estas aprendan, para que se ilustren, para que por sí mismas disciernen entre el bien y el mal. Se les enseña lo que conviene al sistema, lo que le es útil, no se necesitan hombres ilustrados. El bien y el mal están de hecho, pre-establecidos. Puede asegurarse (al decir de Voltaire) que no se ense-ña más que fábulas, emblemas y alegorías.

Es en el sistema republicano donde más difícil es, por tanto, la educación, pues desde la cuna, el hombre puede percibir lo mejor y lo peor de todas las cosas, por sí mismo despejar el camino hacia el bien común. Debe ser capaz de anteponer este al interés personal. Toda la eficacia de la educación debe ser puesta a disposición de la república.

El Amor a la patria (que no es más que el deseo del bien común) y las leyes es inculcado desde la más temprana edad. El amor a las instituciones se logra solo en la democracia, donde el hombre sabe y se siente parte del gobierno. Si no se logra que ame las leyes y las instituciones, no las cuida. Este es el sentido de la educación en los sistemas democráticos.

La ilustración, como fin, es lo que guía la educación. Un hombre sabio cuidará mejor la democracia que un ignorante. Este, como su nombre lo indica, no sabe lo que tiene, por lo tanto la entrega fácilmente o se la deja arrebatar sin mayores dificultades. Un gran matemático que no conozca, ni le importe conocer donde queda el Nilo ni la división socio-política de Europa, poco le importa quien y como gobierna. Su único interés será seguir resolviendo grandes y complejas ecuaciones; lo demás, de poco o nada sirve.

 

 

INTERRELACiÓN.

Es por lo hasta aquí expuesto que existe una indisoluble unión entre los tipos de gobiernos, sus principios, sus leves fundamentales y la educación. Fijada la primera, las demás caen por su propio peso. No existe entre ellas, simultaneidad ni superposición. La historia de la humanidad ha demostrado que es imposible que funcione una república con los principios de la monarquía y sujeta a las leyes fundamentales de la dictadura.

La virtud en la república es un sentimiento y no una serie de conocimientos. Cuando se enseña amor y respeto a las leyes e ins-tituciones, esto es lo que practica el pueblo. Cuanto menor podemos satisfacer nuestras pasiones personales, más nos entregamos a las pasiones colectivas. El amor a la democracia es el amor a la igualdad. Si todos tenemos los mismos derechos, todos abrazamos las mismas esperanzas. La democracia se funda en el principio de la igualdad. No existe si todos los hombres no son iguales. Las excepciones no le son propias, mas se avienen a las monarquías y a las dictaduras. Si la religión necesita pureza para servir a Dios, la democracia exige lim-pieza para contribuir al bienestar de la patria. Seria muy saludable una democracia que formara muchos hombres inteligentes y ningún super-sabio.

Salta a la vista entonces la interrelación de los tipos de gobiernos con las leyes que lo mantienen. Por eso Montesquieu afirma «El gobierno despótico tiene por principio el temor: para pueblos tímidos, ignorantes y rebajados, no hacen falta muchas leyes». Lógicamente no hace falta todo un cuerpo legislativo ni una enseñanza encaminada al respeto mutuo, donde los hombres no tienen voluntad propia o en el mejor de los casos, no puedan ejercerla. Cuando el hombre no es dueño de sí mismo ni de su futuro, no hacen falta leyes que garanticen la realización plena del individuo. En cambio, cuando el ser humano es dueño de su propio destino, se necesita entonces todo un complicado sistema de leyes que garanticen el pleno desenvolvimiento del hombre en la sociedad. De ahí la simpleza de las leyes en los gobiernos despóticos. O lo coges o lo dejas, o te quedas o te vas, conmigo o en contra mía, son suficientes para gobernar. No hace falta más.

Como el objetivo de la sociedad democrática es la realización plena del hombre, se desprenden las discrepancias que surgirán entre ellos, las que deberán ser canalizadas a traves de mecanismos y leyes tan complicadas como ellas mismas. Es imposible entonces una democracia en perfecta «tranquilidad» La agitación constante es característica intrínseca de estas sociedades, pero la agitación que trae progreso, bienestar.

El objetivo del gobierno dictatorial es la imposición de un hombre sobre una sociedad. De ahí que se necesite que esta esté tranquila, si no, no habría dictadura. Si el miedo es el principio inherente a este tipo de gobierno, es lógico que las sociedades permanezcan tranquilas, inmóviles.

Hay una diferencia abismal entre la tranquilad de una sociedad democrática y de una sometida al despotismo. en la primer, la tranquilas es a golpe de ojo, vista de cerca es un constante hervidero de ideas, proyectos, movimientos sociales. En la segunda, la tranquilas sólo es comparable a la existente en los cementerios. La tranquilas (aparente) de las sociedades democráticas conduce a la observancia, allí todo se encuentra. En la tranquilidad de la dictadura nada hay, todos los caminos conducen a la inopia; todo falta, hasta el mismo deseo de vivir.

 

 

CONSTITUCIÓN.

La forma de plasmar la interrelación entre los tipos de gobiernos, sus principios, sus leyes fundamentales y la educación es la Constitución, ley de leyes llamada por algunos, ley suprema por otros. Obligación en la democracia, letra muerta en el despotismo. Sirve la constitución por lo tanto, para deducir los dos tipos de leyes principales, las relativas a la nación como conjunto y las relacionadas con el individuo.

Nos proponemos en este capítulo, señalar las consideraciones que hace Montesquieu sobre los principales aspectos que deberán tener en cuenta quienes tengan sobre sus espaldas la responsabilidad de redactar y dar formas a la constitución de una nación. A criterio de dicho autor estos son:

 

1- TODO HOMBRE, INVESTIDO DE EXCESIVA AUTORIDAD, ABUSA DE ELLA.

 

Cuando todo el poder se concentre en uno solo, o en un pequeño grupo, se confunde la paz con la más rígida subordinación, la obediencia ciega, que no es otra cosa que la máxima manifestación de la total ignorancia, no engendra seres inteligentes, estos sienten sus imperfecciones, los brutos se consideran a sí mismos superdotados.

Poner toda la autoridad en manos de un solo hombre lleva implícito excepciones y donde existen estas, cerca esta la tiranía. Para mantenerse, el tirano se sentará siempre en peligro, así como la república se sentará siempre segura. El despotismo abusa hasta del mismo terror que inspire.

Sella Montesquieu esta consideración con una anécdota histórica. En la época de Enrique VIII, se declaraba culpable de alta traición, y como tal era juzgado, a todo el que predijera la muerte del rey. Baste esto.

 

2- SIN EL SENTIMIENTO DE LA PROPIEDAD, AUMENTA LA PEREZA.

El hombre, cuando está consiente de que puede aspirar a determinadas metas que considera principales en sus vidas, es labo-rioso, emprendedor. Lucha cuando sabe que tiene posibilidades de llegar al destino que se fija. Se sienta cuando considera imposible luchar, trabajar, esforzarse y la servidumbre empieza con la modorra. Si el hombre sabe que nada puede alcanzar, nada hace, se da por satisfecho con alcanzar el sustento diario y estar vivo.

Cuando se teme al trabajo, se es feliz en el reposo.

La distancia infinita que separa la virtud del vicio, es la misma que separa al hombre emprendedor del hombre adormecido. Cuando el ser humano tiene motivos para estar en una constante actividad, las virtudes se despiertan y florecen. Cuando la falta de perspectiva lo condena a la inactividad, a la pereza, aflora el vicio, la corrupción. No se hace nada porque sencillamente nada se alcanzará. Si el hombre se siente propietario de su vida, sobrarán motivos para la febril actividad humana. Solo los pueblos libres y democráticos trabajan para adquirir. Los que están sometidos al despotismo lo hacen para conservar. Adquirir implica un máximo de esfuerzos, conservar un mínimo. El absolutismo trae consigo el ocio; la libertad el trabajo.

Es elemental que el hombre, cuando no se siente dueño del fruto de su trabajo, pierde el interés por este. Acaba por acostumbrarse a la inactividad, ama su propia miseria. Cuando no se produce, entonces se está condenado al hambre. Deberán entonces las leyes ganar el corazón de los hombres sin oprimirles el espíritu.

Debe estar claro en la mente de los que legislan que si un poder arbitrario despoja a los hombres del premio que les da la naturaleza por su trabajo, en vez de sentirse estimulados, se entregan entonces a la inacción. Un hombre que en todo momento se siente en peligro de perder lo que ha alcanzado con su inteligencia y trabajo, no tiene entonces inclinación a conservar, a producir más de lo necesario para subsistir. Eso sí, semejan llagas en la piel el espectáculo de las fortunas improvisadas. Que estas deban evitarse, no justifica las malas leyes. Deben la leyes inspirar fe, no miedo. El conjunto de toda la fe particular, adquiere fuerza de fe pública.

 

3- LA LIBERTAD DE CADA CIUDAD NO ES LA LIBERTAD PÚBLICA.

 

La libertad es única, verdadera, insustituible. De nada sirve bastardear el concepto de democracia. Es tan fácil cambiar el nombre de las cosas como difícil cambiar las cosas mismas. Se es demócrata o se es déspota.

El grado de libertad de una nación se identifica por lo que sobresale de ellas: las leyes, el monacato, el dictador.

Una nación de hombres libres es una nación libre. Un país de hombres temerosos e inactivos no es un país libre. Del grado de desarrollo de las libertades personales de los componentes de una sociedad, depende el grado de libertad de la nación misma. No marcha acorde con las leyes de la naturaleza el estado despótico; la esclavitud es opuesta a la naturaleza.

Prosperan los estados donde se impone la ley del pueblo, del colectivo, no la ley del amo.

4- SE GOBIERAN CON LEYES, NO CON GOLPES.

Siempre ha sido una bella cosa gobernar a los hombres, haciéndolos felices. Las leyes, cuando surgen de la necesidad del bien público inspiran respeto. Los golpes inspiran rencor.

Debe ser la fuerza de las leyes lo que gobierne, no las leyes de la fuerza. Lo primero identifica a las repúblicas, lo segundo a los estados despóticos.

Si las leyes son reflejo de la moderación, entonces se gobiernan con templanza, no con exceso. Deberán hacerse las leyes para castigar los hechos, no las palabras, estas nunca deberán formar cuerpo de delito. Si logramos que el temor a las leyes sea el temor a la infamia que proviene del castigo, estaremos en el camino correcto. Ya que las leyes enseñan, los golpes embrutecen y es entonces cuando se vuelven los hombres más fieros. Si se da por cierto que la virtud se sienta al lado de la libertad, también lo es que las buenas costumbres están tan separadas del despotismo como el cielo de la tierra. Donde impera el gobierno de uno solo, donde los hombres obedecen por miedo, no por respeto, estos no aman las leyes ni las instituciones, sencillamente porque no las hay, no existen.

Las leyes no deben dejar nada a la suerte; es como dejarlo a la decisión de uno solo. Deberán buscar siempre la ponderación ya que el hombre se acomoda mejor a los medios que a los extremos. Nunca debe la pena ser capricho del legislador sino de la naturaleza del delito. Si todo está legislado, todo está previsto. Son buenas las leyes que contribuyen a que los hombres grandes puedan hacer grandes cosas. En las democracias, de un gran hombre se logra un gran dirigente. En las dictaduras, lo mismo se hace un magnate de un mendigo que un príncipe de un perdulario.

 

5- LAS NACIONES NO SON ILUSTRADAS POR LA FERTILIDAD DE SU SUELO SINO POR LA LIBERTAD DE SUS CIUDADANOS.

 

No son las riquezas naturales de un país lo que hace que su sociedad sea ilustrada o no, es el grado de libertad de sus ciudadanos. Una nación de hombres que se mueven como mecanismos no es una nación feliz, es una nación triste. La libertad engendra riquezas pero estas no implican libertad.

Las sociedades ilustradas saben reprimir sus pasiones, están conscientes de que liberadas estas, reina entonces la envidia. Los pueblos ignorantes siempre serán engañados por los inteligentes. Una sociedad de ignorantes es una sociedad de supersticiosos y la preocupación que engendra esto es superior a todas las demas. Las naciones civilizadas y cultas producen obras y bienes que sobreviven, los pueblos ignorantes ocasionan males que duran más que ellos mismos. Si una sociedad es culta e ilustrada, nunca abrirá sus puertas a la dictadura, ya que esta es siempre parsimonioso y floja en sus inicios, por lo que solo engaña a los ignorantes, se introduce donde no se le conoce. No conocer es no saber. Los pueblos cultos saben que lo importante no es saber leer sino saber pensar.

El hombre ilustrado sabe bien que un pueblo cuidado no es siempre un pueblo libre. Los antiguos cuidaban a sus esclavos. Las leyes en la esclavitud, obligaban a los amos a cuidar de sus esclavos. Claudio, el emperador romano, mando que los esclavos no atendidos por sus patronos cuando caían enfermos, una vez curados, quedaban libres. Nunca nadie ha discutido la máxima que "No se es libre donde no se puede decir lo que se piensa".

 

6- RELIGlÓN.

La religión es inherente a las leyes. La naturaleza de estas está en relación directa con la religión. Las constituciones que no declaran su adhesión a la fe cristiana, rara vez garantizan la libertad plena de¡ hombre.

Basta leer algunas de los países árabes.

Transcribiremos en esta sección, algunas consideraciones que hace Montesquieu sobre el cristianismo por considerar que con solo eso, basta para tener una idea clara de lo que debe ser el espíritu de las leyes.

a- La religión cristiana, al ordenar que los hombres se amen entre sí, quiere, sin dudas, que cada pueblo tenga las mejores leyes políticas y dar mejores leyes civiles, por ser estas, después de la religión, el mejor bien que los hombres pueden dar y recibir.

b- La religión cristiana, si no lleva a los hombres a la buena venturanza en la otra vida, contribuye en este a la felicidad.

c- Es mala manera de razonar contra la religión cristiana, el reunir en un volumen el largo repertorio de los males que ha causado, omitiendo malintencionadamente los grandes bienes que ha producido.

d- La religión cristiana se aviene mal con el despotismo, la dulzura recomendada por el evangelio es opuesta a la cólera despótica del soberano, a las crueldades del dictador.

e- La religión cristiana, que al parecer, no tiene más objetivos que la felicidad en la otra vida, nos hace felices, además, en esta.

f- La religión puede ser apoyo del Estado cuando no bastan las leyes.

g- Llamados los hombres a conservarse, alimentarse, vestirse y tomar parte de la vida de la sociedad, no debe la religión obligarles a una vida contemplativo en eso.

 

CONCLUSIONES.

No las haremos ni con epitafios ni con epicurias enumeraciones de los objetivos alcanzados, sino con una anécdota histórica que lleva el mensaje implícito en este trabajo.

A Sabacón, uno de los reyes pastores, se le apareció, mientras dormía, el dios de Tebas y le ordenó matar a todos los sacerdotes de Egipto. ¿Cuál era el deber histórico de Sabacón?, exactamente lo que hizo: juzgó que no reinaba a gusto de los dioses, puesto que le ordenaban hacer cosas opuestas a su voluntad y sencillamente, se retiró a Etiopía.

¡Gloria a Sabacón!

(Agosto 1995).

Bibliografía.

-El espíritu de las leyes.

-Constitución de 1940.

-Biblia.