enero-febrero.año 3.No. 17. 1997 |
ECONOMÍA |
LAS COOPERATIVAS, FUENTES DE EMPLEO Y SOLIDARIDAD por José A. Quintana de la Cruz. |
L a cooperativa parece ser una figura del futuro. Parece que las formas individual y cooperativizada de ganarse el sustento ganarán espacio, lenta y persistentemente, en el porvenir. Parece que, para unos, ese es el único remedio para incorporar a los no "insertados" en el sistema económico, en tanto que para otros es una opción. Los primeros piensan que las triunfantes economías de mercado, informadas en el principio neoliberal de la retribución según el aporte productivo de los factores de la producción, al eliminar el lastre paternalista de la hipertrofiada seguridad social, no practicarán otra caridad que no sea la de promover en el hombre, solo o asociado, la virtud de valerse económicamente por sí mismo. Claro que detrás de la belleza ética de esta idea y de la utilidad práctica de la misma, se esconden dos hechos incontrovertibles: un desempleo crónico y una gran desigualdad en el punto de partida. Todos correrán hacia la meta de la justicia social neoliberal, pero saldrán de lugares distintos, por lo que muchos perderán antes de haber corrido. ¿Darwinismo social? Los otros que aprecian el porvenir de las cooperativas ven en las mismas, además de su utilidad económica, un medio de acercar y educar a los hombres, de materializar la inmanente solidaridad humana, de enriquecer el tejido social y propiciar con todo ello la más amplia participación ciudadana en la administración de la sociedad. Hay, también, quienes ven en las cooperativas una variedad sui géneris de la empresa estatal. De todas formas, motivaciones ideológicas aparte, parece que un proceso de cooperativización en el Sur pobre, contribuirá a una honda reestructuración de estas sociedades, sin excluir, desde luego, a la nuestra.Hace 152 años, en Rochdale, se reunieron por primera vez un grupo de hombres para dotar de principios organizativos y éticos al entonces naciente y desorganizado movimiento cooperativo. Desde aquella época importó a los que unían sus fuerzas e inteligencias en pos del bien personal y colectivo, que el ingreso a las cooperativas fuese voluntario, que el gobierno de las mismas fuese democrático, que primara la transparencia administrativa y que además de organizar y dirigir la producción y administrar las finanzas, la directiva se ocupara de atender socialmente a los afiliados, fundamentalmente en lo que tocaba a sus necesidades de educación. Nacía, pues, el cooperativismo unido a los conceptos de democracia, autonomía, transparencia administrativa e interés social solidario. La idea de cooperación productiva ha pasado por diferentes etapas de maduración y por diversas experiencias socio-políticas, desde la más absoluta libertad hasta la más vi¡ servidumbre y el terror más cruel; desde los más optimistas éxitos y expansiones hasta las épocas de olvido, repliegue y desesperanza. Ha florecido en campos y ciudades, en Europa y en América, y ha tomado cuerpo tanto en regímenes capitalistas como socialistas y fascistas. Tuvo épocas doradas en Europa; se fortalecen y arraigan hoy en Asia; se diseminan en Latinoamérica en forma legal o ilegal... y se implantaron a sangre y fuego en los campos soviéticos bajo la tiranía staliniana. En 1895, cincuenta años después de la reunión de Rochdale, se constituyó un organismo internacional para promover, dirigir y orientar el movimiento cooperativo a escala planetario. En 1937, la Alianza Cooperativa Internacional (A.C.I.), que así se denomina el organismo rector del cooperativismo, sesionó en París en Congreso de alentadoras conclusiones. En 1966, se volvió a reunir en Viena y en 1995 en Manchester. Como resultado de la maduración de ideas, la depuración de conceptos y el perfeccionamiento de métodos surgidos de estos congresos, la A.C.I. sintetizó los valores y objetivos del cooperativismo en los siguientes principios:
1-Adhesión voluntaria y abierta. 2-Gestión democrática (de los socios). 3-Participación económica de los socios. 4-Autonomía e independencia. 5-Educación, Formación e Información. 6-Cooperación entre cooperativas. 7-Interés por la Comunidad. Como puede colegirse de la lectura reflexiva de estos principios, a siglo y medio del surgimiento de la idea fundacional, el alma del cooperativismo sigue siendo la libertad de asociación, la democracia, la autonomía y la independencia. No puede ser de otra manera. Cada vez que se ha ensayado obligar a la gente para que se una y trabaje, se ha fracasado. Fracasó el cooperativismo forzoso staliniano, que cundió de "cooperativas" el inmenso campo soviético pero que no logró que se convirtieran en creativa y eficiente fuerza productiva, en escuela de solidaridad y en saludable tejido del cuerpo social. Fracasó el cooperativismo del socialismo asiático de hasta hace pocos años, lleno de normas, de trabas, de dirigismo, paternalismo y constantes y erradas intromisiones partidistas y gubernamentales. Fracasó el intento de muchos gobiernos y el esfuerzo de organismos internacionales para tratar de promover en Latinoamérica, con créditos y calificadas orientaciones, con buenos consejos y asesoría técnica, con mejores intenciones y elevados ideales pero sin el elan de la vo-luntariedad, sin el acicate del esfuerzo autónomo e independiente, un movimiento cooperativo. Con más dinero, un alma inmensa y un afán tremendo de renovador social, había fracasado Roberto Owen, aquel al que le apodaron el "sublime candoroso", quién sabe si por desconocer el destructivo efecto del tutelaje, el paternalismo y el injerto de ideas y necesidades en cuerpos sin autoconciencia de las mismas. Lenin, en uno de esos momentos de clarividencia suyos que muchos dogmáticos y escleróticos tratan de hacer ver como geniales y concesivas tácticas maquiavélicas de supervivencia política, encontró en la cooperación un medio real y seguro de hacer socialismo. Es más, dijo que el Socialismo era, nada más y nada menos, que un régimen de cooperativistas cultos, y por cultura, al decir eso, no entendía la posesión de un buen caudal de conocimientos generales y diversos, sino la comprensión inte-lectual y la voluntad práctica de producir y agregar valor mancomunadamente, de intercambiar valores según las reglas de las relaciones monetario-mercantiles bajo la regencia de la ley del valor y servirse a sí mismo y a la sociedad simultáneamente. Es obvio, y por tanto huelgan las argumentaciones y las aburridoras citas con respecto a que el líder de Octubre no olvidó la justicia social ni dejó de pensar en el papel que correspondería al estado y al partido comunista en las pretendidas condiciones en que convivirían mercado y socialismo, planificación y autogestión, interés privado y social, orientaciones y decisiones centralizadas e iniciativas locales y particulares, y gobierno y real participación de la sociedad en sus asuntos. Claro que todo esto debía ser, o es, una empresa inédita y verdaderamente difícil, y resulta más fácil continuar con las clásicas polarizaciones ideológicas y dejar hacer al capitalismo o implantar la dictadura del proletariado de por vida. Es lo que se conoce mejor y lo que, si no redunda en sólidos, amplios y perdurables beneficios para los pueblos, sí provoca pingües resultados de gloria, de poder o de dinero, a hombres, castas, grupos, clases y partidos. Así son los extremos, aunque los antiguos creían que in medi stat virtus. En Cuba, en 1959, pareció que el cooperativismo irrumpía con fuerza en la escena nacional, o mejor dicho, en la escena agraria nacional. Pero no fue así. Pronto las ideas con respecto al mismo cedieron lugar, en la mente de la máxima dirección revolucionaria, a la decisión de fundar granjas estatales. La idea de la cooperativización quedó circunscrita a la formación de las que hasta hoy se denominan cooperativas de crédito y servicios (C.C.S.). Estas, como lo indica su nombre, eran gente unida para obtener los beneficios del crédito bancario y diversos servicios agrotécnicos y comerciales. También han cooperado, en ocasiones, en pequeñas iniciativas comunales como el arreglo de un camino o de un puente. Pero los integrantes siempre mantuvieron, como dueños de la tierra, y las mantienen hasta hoy, las prerrogativas de tales, hasta donde en las circunstancias del socialismo cubano es posible mantenerlas y ejercitarlas. Los miembros de las C.C.S. han sido, fundamentalmente, campesinos independientes, y la relación de producción básica, la que ha dado el tono en la agricultura cubana de al menos 30 años de ejercicio revolucionario, es la propiedad estatal sobre los medios de producción, la que dicho sea de paso, y con pesar, no ha podido ser buen caldo de cultivo de la eficien-cia económica. Hace poco, comenzaron a surgir en el país nuevas figuras de cooperativización. Se trata de las denominadas Cooperativas de Producción Agropecuaria (C.P.A.) y de las más recientes Unidades Básicas de Producción Cooperativa (U.B.P.C.). En el desarrollo de las primeras ha estado presente una componente sabia de evo-lución; en la creación acelerada de las segundas primó la revolución, en el sentido de cambio brusco que denota este término. Las primeras, mal que bien, apuntaladas o con laborioso esfuerzo propio y "suerte geográfica", han ido madurando, y luego de los desastres iniciales y sin que aún sean modelo de economía eficiente, son, en más del 50 por ciento de los casos, rentables. Las segundas sobreviven milagrosamente; su economía es, en una mayoría de veces que se acerca pertinazmente al total, una franca bancarrota. Aunque en ninguna de las dos modalidades -C.P.A. y U.B.P.C- se cumplen, en aceptable y necesaria medida, los imprescindi-bles principios acordados en Manchester en 1995, las C.P.A. "nacieron" de manera más voluntaria que las U.B.P.C. y no tuvieron desde el principio el lastre económico que en forma de capital fijo se le endilgó a las últimas por una burocracia bien intencionada. Los miembros de las C.P.A. son dueños, aunque con prerrogativas limitadas; los cooperantes de las U.B.P.C. son usufructuarios organizados en estructuras cooperativas que remedan bastante a un establecimiento empresarial con autonomía relativa y premios en dinero al final del año. Las U.B.P.C. parecen haber sido creadas obedeciendo más a una necesidad del período especial que a un criterio de desarrollo socio-económico. Parece ser la criatura de los hechos, la obra de una descentralización apresurada e inevitable dada la inminencia del descalabro de la gran empresa estatal sometida a desabastecimiento casi total y repentino. No obstante, los hechos, la mayor parte de las veces, son padres de las nuevas ideas, y la pervivencia de los hechos, como las costumbres, hacen las leyes y las ideologías. Hechos que, puestos en un mapa de reflexión retrospectiva, hacen ver a cualquiera que desee verlo, que la geografía económica delineada por la primera y segunda reformas agrarias, se desdibuja, y no solo físicamente. Las cooperativas, formas de organización económica y relación de producción de positivas potencialidades sociales, tendrán, a la larga, la presencia socio-económica que por necesidad le depare la historia. Mientras tanto, en el hoy de sacrificios y esperanzas, en este día a día en que duramente se agota la vida sin perder la alegría, con el oído atento a la noticia buena que se habrá de anunciar, vale mucho abogar por esa figura económico-social que dará empleo a los hombres, creará riquezas materiales y espirituales y fortalecerá la sociedad civil cubana con la creación de células eficientes y solidarias en todos los sectores de la economía, sin excepciones. Yo voto por el esplendor del futuro de las cooperativas. 11 de septiembre de 1996 |