enero-febrero.año 3.No. 17. 1997


EDUCACIÓN

CÍVICA

 

¿QUIÉN NOS RESOLVERÁ NUESTROS PROBLEMAS?

por Dagoberto Valdés Hernández

Hombres de Galilea: ¿qué están haciendo ahí parados mirando al cielo?

(Hechos 1, 11)

En Cuba nos encontramos con muchas personas que se pasan la vida «mirando al cielo». Es decir, que se pasan la vida esperando que otros le solucionen sus problemas, y que la solución venga de «arriba» o de «afuera».

Escuchamos en algunas reuniones la queja de las cosas malas que hay en un centro de trabajo, y la salida es casi siempre «elevar el problema», «pedir ayuda a los organismos superiores», quejarse y esperar que la queja «suba» y «bajen» las soluciones.

Otras personas critican todo, y con razón muchas veces, pero a la hora de aportar soluciones no saben o no quieren, y a la hora de «meter el hombro» para solucionar el problema, no se comprometen.

Oímos frecuentemente preguntas como estas: ¿Cuándo se arreglará esto?, en lugar de ¿cuándo arreglaremos esto?

¿Cuándo le darán solución a este asunto?, en lugar de ¿cuándo le buscaremos, entre todos, solución a este asunto?

Otras veces escuchamos a compañeros de un mismo equipo o grupo de trabajo que dicen en medio de una reunión: «Yo no sé qué van a hacer ustedes» cuando deberían contribuir con sus iniciativas y trabajos a salir juntos de esa situación.

Se trata de lo que hemos llamado «la cultura del pichón» recordando la actitud de los críos que esperan en el nido con el pico abierto a que los papás le echen la comida.

Se trata de la vivencia a escala social de aquella frase que leí hace mucho tiempo en un afiche: «La ayuda que crea dependencia, no libera».

Se trata de años de educación paternalista que ha hecho inútiles a muchos de los hijos y los ha formado incapaces de gestionar por sí mismos sus propios problemas.

Esta educación paternalista en la que el Estado, la Iglesia, los superiores, papá y mamá, los responsables, deben resolvernos todos los problemas, no sólo ha deformado a los ciudadanos, a los creyentes, a los jóvenes, sino que ha deformado también a los responsables, a los mayores, a los jefes.

En efecto, los ciudadanos que han creado hábitos de dependencia infantil ante el paternalismo de estado no hacen nada sino esperar y solidificar los lazos de dependencia que los unen al Estado. Es más, no han entrenado la iniciativa y la creatividad para buscar sus propias soluciones de manera independiente y libre.

Aún peor, muchos creen que no pueden resolver nada, ni arreglar nada, porque no tienen suficiente autoestima, porque no creen en sí mismos y en la fuerza del ejemplo de unos pocos, ni en la fuerza superior de la virtud personal y de la libertad de la propia conciencia.

Con ciudadanos así no se puede construir ningún proyecto, ni reconstruir lo caído, ni gestionar el porvenir, ni salvar la nación.

¿Qué soberanía podremos salvaguardar cuando muchos ciudadanos de esta nación no están entrenados para gestionar de modo independiente ni siquiera pequeños problemas domésticos?

Sé que los cubanos tenemos gran capacidad para «resolver», para sobrevivir, pero no estoy seguro que sea usando los medios y formas de organizarse más lícitas y eficaces.

Tengo la opinión que más que entrenamiento militar necesitamos entrenamiento cívico, para poder autogestionarnos nuestros problemas ciudadanos sin esperar que otros «de arriba» o de «afuera» vengan a resolvérnoslo.

AUTOGESTIÓN: TOMAR LAS RIENDAS DE MI VIDA Y DE MI DESTINO

En Cuba, hace mucho tiempo, creo que desde el tiempo de la colonia, hemos estado tentados a buscar fuera de nosotros mismos la solución de nuestros problemas: los españoles, los americanos, los caudillos, los soviéticos, los chinos, etc. Miramos mucho al Norte, al Este, otra vez al Norte. Gracias a Dios, siempre existieron hombres y mujeres que miraron la estrella solitaria, la pequeñez del caimán y creyeron en la fuerza de lo pequeño y en la luz de la estrella «que ilumina y mata».

La culpa de nuestros males casi siempre tiene una causa exterior a nosotros. Cada persona le echa la culpa a los demás, los ciudadanos de «abajo» culpan a los responsables «de arriba», y todos le echamos la culpa a otro país, a otras leyes, a otros bloqueos, a los efectos de los fenómenos naturales... etc.

Esas son en realidad algunas de las causas de nuestros males y deben cesar. Pero debemos aprender todos a mirar primero nuestra responsabilidad personal, grupal, nacional antes que echar a rodar la culpa hacia afuera. Esta historia es tan vieja como la misma humanidad: en el poema del Génesis leemos que Dios le pidió cuentas del pecado a Adán, este se excusó y le echó la culpa a Eva y esta, a su vez, responsabilizó a la serpiente y a la manzana.

La autogestión es el esfuerzo que debemos hacer todos los ciudadanos por adueñarnos de nuestra propia vida para que nadie nos manipule, para gestionar nuestros problemas y ser protagonistas de nuestros proyectos.

No se trata de un individualismo egoísta sino de asumir la responsabilidad personal sin la cual no puede haber solidaridad, ni reconciliación, ni comunión de afectos y propósitos.

La falta de autogestión, es decir de trabajar por resolver los propios problemas sin ayudas que creen dependencias paternalistas, deforma no sólo a los simples ciudadanos sino también a los responsables, a los jefes, a las estructuras estatales e institucionales.

Los deforma porque les asigna tareas que no pueden asumir porque desbordan sus posibilidades. Los deforma porque les otorga un poder absoluto que es instrumento de control y presión de los más insignificantes detalles de la vida de cada persona. Los deforma porque distrae la atención de los asuntos verdaderamente importantes que deben resolver para perderse en la ineficacia de lo superfluo.

Los deforma porque los hace creerse protagonistas indispensables de los procesos económicos, sociales, políticos o culturales cuando esos procesos deben tener no caudillos iluminados sino ciudadanos conscientes, responsables y solidarios que asuman con madurez y eficacia su participación en el tejido de la sociedad civil y también en las estructuras del Estado.

AUTOESTIMA: CREER EN UNO MISMO

Para lograr que los ciudadanos asuman su responsabilidad en la sociedad lo primero es elevar su autoestima. Esto quiere decir, en primer lugar, superar los complejos de inferioridad, las inhibiciones y los miedos que paralizan nuestra gestión personal.

Es cuestión de entrenamiento, pues todos tenemos miedos y limitaciones, pero si una persona desea llegar a la madurez personal y ciudadana debe empezar, hoy mismo, a saltar por encima de esos complejos y temores.

En segundo lugar, debe confiar más en sus capacidades y talentos, creer más en sí mismo, poner a prueba sus posibilidades y poco a poco, paso a paso, cobrará mayor seguridad en sí mismo y creerá que «lo poco que puede hacer, vale mucho».

En tercer lugar, debe comenzar a independizarse poco a poco de las dependencias paternalistas de todo tipo: de su familia, de la Iglesia, del centro de trabajo, del partido, del Estado. Comience a desatar sus amarras y salga a navegar por el mar de la autogestión en el que será el timonel de su propio barco y tomará las riendas de su vida.

EL ÁGUILA Y LAS GALLINAS

Recuerdo aquella parábola del águila en el gallinero: era un pichón de águila que cayó en un gallinero y como no había aprendido a volar comenzó a imitar a las gallinas que lo rodeaban, hasta que un día uno de sus hermanos de raza lo invitó a salir del gallinero y a volar alto. La primera reacción fue: no puedo, lo único que he aprendido es a picotear lo que encuentro en el suelo y mirar para abajo. Las gallinas le aseguraban que él no podría, que no se arriesgara, que era más cómodo vivir en el gallinero, allí recibían diariamente la comida necesaria y si no alcanzaba podía coger algo más picoteando aquí o allá.

Ante la insistencia de alguna que otra águila que pasaba por allí, un día intentó levantar la cabeza, mirar para arriba y volar alto, pero lo que logró ese primer día fue darse un tremendo trastazo en la cabeza con el techo del gallinero.

Las gallinas se rieron y le decían: ya ves, te lo dijimos, no intentes volar alto porque no puedes, ya estás criado en esto, no podrás nunca alcanzar la altura de tus hermanos. No seas bobo, vas a perder también la comida del gallinero.

Pero otro día lo volvió a intentar y entonces logró remontar el techo y volar alrededor del patio y ver desde arriba lo pequeño del gallinero y lo bajo del techo que los cubría. Decidió no volver a bajar la cabeza para picotear lo que le echaban y correr el riesgo de volar alto y otear el horizonte y buscarse su propio alimento, aunque esto le diera más trabajo.

Todos debemos sacar nuestra lección de esta parábola que nos ayuda a mirar para arriba, a confiar en nuestras propias fuerzas y a aprender, poco a poco, a buscarnos el sustento y la propia libertad.

Desde la autoestima y la autogestión, desde la libertad y la responsabilidad personal, desde los altos ideales y la fuerza de la virtud, desde el riesgo del intento y el sacrificio de la entrega, descubriremos la grandeza y la altura que pudiera tener nuestro proyecto de vida, como ciudadanos y como nación, cuando agarramos las riendas de nuestra vida y somos protagonistas libres e independientes de nuestra historia.

Comprenderemos también lo sofocante y rastrera que se queda la vida cuando no somos capaces ni de levantar la cabeza de la supervivencia cotidiana, del «picotear» material, para darnos cuenta de que por encima del techo de nuestra dependencia y de nuestro miedo se abre un espacio de libertad y responsabilidad que sólo tiene límites en el respeto y la solidaridad que le debemos a los demás hermanos que también descubrieron que podían erguirse, levantaron la mirada hacia los altos ideales y comparten con nosotros el arriesgado y fascinante camino hacia la libertad, en cuyo trayecto, mientras más cumbres alcancemos más pequeño y limitado nos parecerá el patio que teníamos bajo los pies.

Hacer de la vida de cada cubano un espacio, siempre mayor, de responsabilidad y libertad, de solidaridad y comunión, es una tarea que no podemos dejar en manos de otros que vengan a resolvérnoslo. O lo hacemos nosotros, con nuestro propio esfuerzo, o nuestra vida personal y social no rebasará nunca los límites de la dependencia, el miedo y la autocensura.

Seremos la nación que seamos capaces de ser entre todos.

Sólo tendremos lo que seamos capaces de alcanzar primero por nosotros mismos.

¡Sursum Corda: levantemos el corazón!