enero-febrero.año 3.No. 17. 1997 |
| JUSTICIA Y PAZ |
DESIGUALDAD: FUENTE DE DISCRIMINACIÓN Y VIOLENCIA por Virgilio Toledo López |
| «Toda
persona acusada de delito tiene derecho en condícíones de plena igualdad a ser oída
públicamente y con justicía por un tribunal independiente e imparcial, para la
determinación de sus derechos y obligacíones o para el examen de cualquier
acusación contra ella en materia penal.»
(Articulo 10. Declaración Universal De los Derechos Humanos) Veamos la fundamentación de este artículo en la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia: «Aquí no se hace distinción entre judío y griego, todos tienen un mismo Señor, el cual da abundantes bienes a todo el que lo invoca.» (Rom 10,12). «Pero ¿Cómo invocarán al Señor sin antes haber escuchado? y ¿Cómo creer en él sin antes haber escuchado? y ¿Cómo escucharán si no hay quien predique?» (Rom.10,14). El Papa Juan Pablo II en su Encíclica «Veritatis Spiendor» nos dice: «Ante las normas morales que prohiben el mal intrínseco no hay privilegio ni excepciones. No hay ninguna diferencia entre ser dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra. Ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales.» (V.S. 96,b) Más adelante nos dice: «La tutela de los derechos de los acusados contra procesos y condenas sumarias es un principio que tiene su base fundamental, así como su urgencia singular, en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas del funcionamiento de los Estados... Cuando no se observa este y otros principios se reciente el fundamento mismo de la convivencia política y toda la vida social se ve progresivamente comprometida, amenazada y abocada a su disolución» (V.S.101)
¿Contribuye esta desigualdad al progreso moral y espiritual del hombre? Partiendo del hecho de que la comunicación es un proceso de integración social que tiene como uno de sus objetivos modificar ideas, costumbres, actitudes, conocimientos y prácticas del otro, y de que es requisito indispensable para que los seres humanos se relacionen, y si aceptamos como necesidad primordial que exista esta relación entre los hombres producto de sus limitaciones personales y humanas, reconociendo que estas relaciones generan riquezas, complementación, y que promueven a la persona a condiciones de vida más humanas, podemos derivar de aquí que toda persona acusada de delito tiene derecho en condiciones de plena igualdad a ser oída públicamente y con justicia por un tribunal independiente e imparcial para la determinación de sus derechos y obligaciones o para el examen de cualquier acusación en materia penal. Podemos, entonces, decir que la desigualdad en el ejercicio de este derecho, que debe ser no sólo legal sino real, provoca que: -no se contribuya al progreso moral y espiritual del hombre porque lesiona su dignidad e integridad personal. -no se contribuya al desarrollo de la humanidad de la persona, provocando un retroceso y degradación en ella porque se le niega el aporte que puede hacer para modificar ideas y esclarecer cualquier situación que esté relacionada con su persona.
¿Predomina el bien sobre el mal en las sociedades donde vive el hombre? ¿Crecen de veras en los hombres el amor en las relaciones sociales y el respeto de los derechos de los demás? Cuando un tribunal le niega a una persona el derecho a ser escuchada en condiciones de plena igualdad, no es un tribunal justo e imparcial porque lesiona algo que es universal e inviolable y que, por ende, es absolutamente inalienable. Con este acto se contribuye a que predomine el mal sobre el bien en la sociedad donde se desarrolla esa persona. Si un miembro de la sociedad es sometido a proceso para determinar sus derechos y obligaciones o para examinar cualquier acusación en materia penal en un tribunal, no debe recibir ningún tipo de distinción o diferencia al ser escuchado pública o privadamente porque sería discriminatorio y la discriminación es fruto de la desigualdad y la parcialidad, por lo que no tiene justificación ética. Además, esto suscita graves trastornos morales. La discriminación se basa en criterios arbitrarios, irrelevantes e injustos, además se le niega o restringe el derecho de igualdad de oportunidades que posee toda persona. Esto provoca la natural resistencia y oposición en la persona y en la sociedad que son víctimas de la discriminación. Esta es una injusticia porque no respeta la igualdad en dignidad y derecho de la persona a ser diferente. Por lo que podemos concluir que, como consecuencia de esto, el amor en las relaciones sociales entre los hombres y el respeto a los derechos de los demás no crece, todo lo contrario, lo que crece es la inseguridad, la resistencia cívica y la oposición, que pueden desembocar en conflictos, incluso violentos, o bien erosionan la cohesión y la convivencia de la sociedad, lo que puede elevar la desorganización social y hasta síquica de los ciudadanos.
La Violencia Engendra Violencia No atender a las exigencias de la justicia puede favorecer el surgir de una tentación de respuesta violenta por parte de las víctimas de la injusticia. Las personas que son afectadas por este tratamiento a través de cualquiera de sus manifestaciones, que pueden ser personal o estructural, física o sicológica, es muy probable que asuman comportamientos de tipo agresivo como consecuencia de la frustración, es decir de la incapacidad de conseguir un objetivo propuesto, debido a un obstáculo que puede ser la desigualdad de oportunidades o actos discriminativos. La violencia es una cualidad desintegradora que se produce cuando dos sistemas entran en relación; esta violencia desintegradora puede ser de forma rápida, cuanto se aprecian sus efectos inmediatamente, o puede ser perdurable en el tiempo, cuando los efectos no se ven tan rápidamente. Podemos afirmar que la violencia es un antivalor sociocultural debido a que podría obligar a que una persona o sociedad acaten la voluntad de los que emplean este tipo de método, por miedo, coacción o cualquier otro modo de imposición o manipulación. Pero la violencia jamás será un valor social, porque lesiona la dignidad e integridad de la persona humana y, por tanto, sus derechos, que son inviolables e inalienables. ¿Debemos permanecer impasibles ante posturas que generan o que son desiguales, discriminativas o violentas? ¿Cuál debe ser nuestra actitud cívica? |