enero-febrero.año 3.No. 17. 1997


LECTURAS

LOS TRAGALUCES DEL ALMA

por José Ángel Argudín

Estimados invitados, queridos amigos:

Nos une esta noche a todos los que estamos aquí un motivo cordialísimo y único: presentar y homenajear en Minas, su tierra natal, al poeta y al amigo entrañable que es Juan Cabanas; y al decir esto, estamos pronunciando algo más que palabras.

Decía Virgilio en la antigüedad latina que "un poeta guarda siempre en sus entrañas, como el vino, las esencias de la tierra". Esto es exactamente lo que ocurre con Juan Cabanas y con su libro Los tragaluces del ánima. Un libro nacido en Minas, que tiene el azul y el esplendor de este cielo y que ha extraído de esta tierra santa el más brillante de sus tesoros: el oro de una palabra y de un sentimiento limpísimos. Podremos compartir o no la experiencia trabajosa y solitaria del poeta -algo que sólo pertenece a los escogidos-, pero lo que sí compartimos todos ahora es el hallazgo: de un libro que entra por los ojos y que al salir de él se sale -de su lectura, claro está- como embobado, como borracho de no sé qué palabras extrañas y como trabajando en no sé qué Minas, también extrañísimas. Es cierto lo que dice el poeta "el cobre metalizó cualquier transfusión, cualquier contacto." Y esta también es la palabra exacta: Contacto, yo lo sé muy bien, y de esto quiero hablar brevemente.

Hay en Juan Cabanas un contacto con su tierra que es fascinante, pues está preñado del aire y del paisaje nuestro. Hace unos días, en la presentación de su libro en la Universidad de la Habana y en Pinar del Río, pude comprobar que ese contacto del poeta con su tierra era dominador. Todos los asistentes a esos actos pensábamos que el poeta estaba pasando fuera de su tierra unos momentos agradables. Pero no, su pensamiento, soñador y divagante, estaba a kilómetros de distancia; su pensamiento estaba aquí cosido a la extrañeza azul de estos pinos que se confunden con el cielo. Es cierto lo que decíamos antes del poeta Virgilio. Un poeta moderno como Francisco Pino, prologuista del libro de Juan Cabanas, lo dice así refiriéndose al lugar en el que el poeta vive y extrae su aliento vital: Vuelvo a mi sitio. Este sitio donde mi reposo su fábrica levanta, aire azul por paredes, y por piso transparente el rumor manso del agua. Mi eternidad se acerca en mi latido y deja mi figura paso al alma. ¡Tanto me pierdo aquí, que de perdido, si algo encuentro de mí, es aire y agua!

Este mismo contacto, desde hace años, es el que viene entregándome en su poesía y que nos entrega en este libro; y es que Juan, desde la primera mirada hasta el último acto, se explica por la poesía. Él dice que quiso ser todo: bailarín, actor, profesor, animador y no sé cuantas cosas más, pero nunca me dijo lo que realmente era y todos sabíamos- poeta. Y no lo dijo jamás porque lo evidente se lleva en la sangre y sobre esa evidencia no cabe ninguna duda. Ya sabemos que los premios en poesía tienen poca importancia, pero Juan es un poeta premiado desde hace más de cinco años en los Talleres Literarios de Minas y de Pinar del Río. Sabemos también que antes de una explicación el poeta ha dejado por ahí hijos abandonados: otros libros que no han sido publicados aún, pero que emanan la misma brisa y tienen la misma veta de astronomía. Juan también tuvo dos hijos pródigos, libros inéditos titulados: "Luceras Gímnicas" de 1993 y "Veracidades Descollantes" de 1994. Justo dos años después aparece su primer libro publicado: Los tragaluces... Yo no soy ningún crítico literario, ningún entendido en poesía. Pero sé, porque lo he vivido, que este libro resume la grandeza y brillantez de un ánima. En él, con una unidad perfecta, se devela el ánima de Juan, ¿y cómo? Esto es lo que cada uno de nosotros tuvimos que descubrir ante el libro. Yo, con toda humildad, voy a hablar de mi descubrimiento como lector y amigo.

Las cuatro partes de Los tragaluces... , se me antojan como cuatro ventanales abiertos a cuatro puntos cardinales. El primero es un potente reflector -el Norte diríamos- en el que la intimidad del poeta, cual infancia, se refleja en un espejo. Por eso dice: ser espejo cuesta. ¡Y claro que cuesta!

El poeta ve siempre lo que nosotros no vemos y que en esta primera parte aparece como un descubrimiento ensortijado y veloz: los arañazos de la existencia, la alevosía de los ocasos, la dureza de los que labran la tierra, las contradicciones de la felicidad, las cornaduras de la mansedumbre, la firmeza del aire y las preguntas eternas del poeta:

 

¿No discurro, que lo único

que pueda hablar el navío

es de olas?

El segundo ventanal o tragaluz es sobrecogedor, porque el poeta -al Sur de su tarde- se ha acostumbrado a mirarse en el espejo y se ve deformado; deformado por una proclama que ya no tiene orillas, pues las aguas han inundado aquella primera imagen que, preguntaba por todo.

El poeta no se gusta a sí mismo, pero esta parte es el tragaluz de la entraña. La entraña de Juan resulta tan tierna como dura y desgarrante. "Aquí no hay nada" dice y sin embargo, no hace otra cosa que descubrirnos la entraña de esa nada llena de hallazgos y de búsquedas descorazonadas.

 

Las catacumbas denotan

el espaldar de los difuntos.

Todo este tragaluz nos lleva a un latido excitante: como si un arcabucero pusiera la mirada en el ánima de su armamento y disparara sin piedad al centro de la verdad insustituible. Por eso se concluye en este tragaluz así:

 

Lo que nunca fue de uno

se devuelve.

Pero la entraña esta ahí: única en su tierra de mineral extraído.

El tercer ventanal -el Oriente de la vida-, es lógicamente el de la experiencia, que es el tragaluz más denso de todo el libro, y me pregunto ¿pero experiencia de qué? El prologuista Francisco Pino, uno de los poetas renovadores de la poesía europea y de la vanguardia del siglo XX, lo dice en el mismo prólogo: "respirar en lo otro". Sé que esto es difícil de explicar y sé también que esto nos averguenza, pero eso "otro" es nuestra referencia como hombres. Es decir, sabemos que hay hermosura fuera de nosotros, sabemos que hay amor porque hay personas que arrasan con nuestro yo reduciéndolo a cenizas, sabemos que hay palabras levadizos porque un poeta como Juan Cabanas nos convierte en teas vivas y en herederos de la llama y de la seda. Lean ustedes esta tercera parte y verán que es cierto:

 

Mi compra ya está hecha:

no habrá novicia subasta

en el despilfarro.

Estamos realmente con el poeta: todo lo nuestro es suyo y lo suyo es nuestro, por fin somos gozosamente lo otro.

El cuarto tragaluz y el final -el Occidente de la tierra del poeta- es el ventanal de la afirmación, en este maravilloso ocaso sólo nos encontramos con una interrogación:

¿qué tendré que perder? Nada, porque la apuesta del poeta Juan Cabanas contra el dolor y la desesperanza la ha ganado la vida con una sustancia secreta: más de lo otro, más solicitud, más contumacia, más arrebato, más dureza. Da la sensación de que el cielo de Juan Cabanas no ha agotado su inversión azul y que el ser busca todavía su pureza absoluta, la conspiración de todas las existencias, y la fecha sin tiempo. Ello nos hace concluir con el poeta bajo esta certeza corporal:

 

Hay que tener el corazón grande

para tragarse

los ultrajes de la mira...

y hay que gritar también con el poeta de la mis-ma manera, desde las minas profundas, para volver de nuevo a respirar: "Sáquenme del lomerío". El resto me da la sensación que sobra, como también estas mismas palabras que pronuncio, y estas gracias, que son rehenes de un tempranísimo anhelo: el que sienten los amigos en esa pesquisa entrañable del encuentro y de la felicidad cumplida. Estamos en hora buena, Minas ha dado un poeta al mundo y nosotros lo celebramos.

Muchas gracias.

___________________

"Los tragaluces del ánima" fué donado a Cuba por la Fundación Jorge Guillén, en la persona de su Presidente, el catedrático y Editor Sr. Antonio Piedra, quién también donó a los participantes en el pasado Encuentro Ibereoamericano sobre la vida y obra de Dulce María Loynaz una lujosa edición de "Alas en la sombra". (poesía de los hermanos Loynaz).

JUAN CABANAS: LA BÚSQUEDA DE LA RAZÓN POÉTICA

por Joaquín Badajoz

La verdad en poesía no está en la diferencia, lo raro, sino en la autenticidad; eso es lo que identifica en primera instancia a un buen poeta. La autenticidad que es por una parte la búsqueda de un discurso orgánico donde tomen cuerpo las pretensiones estilísticas, donde esté trazado, al menos, un objetivo epigonal en la escritura y de otro lado la utilización del arsenal idiomático que en el empaste conceptual y formal no sea un pastiche de vocablos altisonantes. Esto es, dicho de otra forma, transmitir una simbología semiótica decodificable (si no a la letra al menos al efecto). El poeta es un comunicador y como tal siempre va a tener un mensaje -plano, textual y supratextual- que transmitir. Nadie en su sano juicio tiene la pretensión de poetizar para no decir nada, salvo que el aparente no decir implique otra forma de decir conscientemente utilizada. La escritura es, más que imagen, posibilidad, creación de universos, emergencia y sutil, casi frugal, decadencia. Toda poesía es en sí misma nacimiento y muerte de otra escritura, estado conceptual de la realidad agónica y experimentación semiótica. Aquí la alquimia y su quintaesencia no consisten en pugnar por ser diferentes, sino por hacer la diferencia auténtica, creíble. La verdad tácita no está en burlar los trazos de una u otra escritura generacional como único objetivo, esto es válido, pero exclusivamente cuando el sistema poético está soportado por una búsqueda incesante de la concreción de esta manera de decir con la verosimilitud de que esta «novedad» es necesaria, insoslayable, y no proviene de una razón iconoclasta cuyo único propósito radica en la búsqueda de esa exclusiva diferencia que, por virtud o defecto, constituye la rareza. De lo demás argüimos que la «rareza pura» es efímera, condenada desde su parto a una muerte precoz.

La poesía de Juan Cabanas ha sido definida por algunas voces autorizadas, entre ellas la Premio Cervantes Dulce María Loynaz, como «rara». «Usted es un poeta raro y no lo digo por elogio sino por rigor». ¿Rareza objetivamente condicionada? ¿Nos encontramos ante la paritura de una nueva forma de decir dictada desde los altibajos de Minas, un pueblecito de mineros perdido en la geografía cubana o ante uno de los frecuentes brotes iconoclastas que esporádicamente se suceden en la historiografía poética de las naciones? Honestamente, para mí, Juan Cabanas representa, después de la sorpresa y el asombro, la búsqueda de la poesía pura, de una razón poética que se ha forjado desde la conjunción de lecturas, desde el agotamiento de otras formas de decir y que se defiende por la fragilidad y la magistratura de la autenticidad. Raro: por auténtico, diferente: por verosímil.

Hasta donde permitan, caminaré.

(Poema 46)

Juan Cabanas debe provenir de una estirpe de herreros. Su poesía fluye en saltos elípticos. Hilvana diademas con la cadencia del martillo repiqueteando en el yunque; y no es el poeta del buril y el estuco, que cincela y moldea, sino el que suelta versos con una pasmosa economía de adjetivos. Es por ello que puede contarse entre la prosapia de escritores que ven la poesía como síntesis. Su principal recurso consiste en la palabra acuartelada, en la posibilidad de la palabra misma y no en la imagen que puede lograr. Así que Juan anda por otros predios que no son los de la poesía cubana de fin de siglo; influida por un abigarrado abanico de lecturas donde se cuentan desde S. J. Perse, Valery, Rimbaud, Cavafis, T.S. Eliot, hasta Lezama y los Origenistas, la Loynaz, la poesía cubana de los sesenta (donde prendió el conversacionalismo), y los contemporáneos cubanos. La búsqueda de esa poesía que influida y desaprendida la influencia será el «gran útero» que todo lo contiene y será cosa nueva y que el poeta entre la inconformidad y la angustia reclama:

Lo más angustioso

entre la barahúnda del sigilo

fue esperar lo que no vendría-,

y si hubiera llegado,

llegar siendo diáspora

con nadie.

(Poema 30)

 

Para él la temporalidad y el espacio son solo elementos de gestación, de los cuales se despoja para que su verso de saeta arrojada serpentee en una contrahechura de lo hermético, lo cerrado.

Su primer libro -el primero que ve las fraguas de Gutemberg trastocadas por la cibertecnología- editado por la Fundación Jorge Guillén y el copatrocinio de la Junta de Castilla y León y el Ayuntamiento, la Diputación y la Universidad de Valladolid, no puede pasar por alto. Con un excelente trabajo editorial dirigido por D. Antonio Piedra, esa mezcla de rey Midas, catedrático y fabricante de libros, desde que se tiene en la mano sobrecoge -Motivos del oro que se desborda, encuentro de las exageradas posibilidades de la capital de las imprentas con nuestras discretas publicaciones financiadas- Juan Cabanas tiene en sus manos un golpe de suerte (que se merece) y una magia editorial con la que pocos han contado al comienzo de sus carreras literarias. Bello sarcófago, mascarilla mortuoria para esa bestia que muere en el poeta al quedar presa en las galeras, y nace para los demás.

Después de traspasar esta excelencia editorial -que nunca se logra completamente- un influjo de descreimiento y desazón compulsan la lectura- porque la poesía de Juan inquieta, es el encontronazo con un verso que parece tiene como único propósito engastar una fina osatura que soportará palabras traídas más por su riqueza intelectiva que por hacer profesión de fe. Luego de esta primera «lectura» -superficial, si se quiere- sobre el descreimiento, que desaparece con los textos que atrapan por descarnados y fuertes, persiste la inquietud; inquietud de encontrarse con un poeta de facto deseoso de transfundir sensibilidad y a la vez copiosamente hermético, novedosamente cerrado, por abierto, No es el hermetismo del poeta de «Muerte de Narciso» con sus versos orfébricos cargados de imágenes y referencias donde aflora una filosofía poética que va más allá del entendimiento hacia la confabulación, el despertar cadencioso de un espíritu de comunicación donde la letra muerta es redimida, el lenguaje enaltecido y la palabra acaricia y desplante, no es tampoco la escritura matizada de sutiles ironías y divagaciones filosóficas que pone trampas y enreda en su ca-racol de los Postmodernos. No es laberinto de Dédalo, pérdida y hallazgo, es otra cosa. Quizás a la manera gongoriana, como precisa Lezama, también Juan como Don Luis «sigue las usanzas de Delfos, ni dice, ni oculta, sino hace señales» (Sierpe de Don Luis de Góngora, en Analecta del reloj, 1953).

Juan Cabanas doma la palabra y la palabra es cerrera. Es un poeta de «intuición» -de intuición por oficio, que la otra es ingenuidad- y como poeta de intuición goza vaciándose a cántaros. Por eso no intitula sus versos sino que enumera lo que son fragmentos de una realidad que, tragaluces adentro, funciona dentro de un complejo y unitario sistema semántico.

Es escaso en recursos figurativos, y se pensara que es pobre, siendo rico, porque su manera de hacer es otra, donde prevalece el tropos, al desnudo, como una manufactura del verso que ostenta a favor de la albañilería. Levanta paredes que no han de enseñar sus vigas, pero no por ello se regodea con la palabra, sino que signa en sus muros los rastros que descubrirán los caminos de acero entre la piedra. Hace encierros que no están medidos por las reglas de oro de la ciencia poética, sino por la gracia de la deconstrucción. Dice D. Francisco Pino en su entrada a los Tragaluces... «En este caso, la unión de sus palabras se realiza por puro contraste, no se unen, se pegan, y claro al pegarse, en el doble sentido del vocablo, conciertan como palabras poéticas explosivas. Suena, retumba, truena la expresión y se produce el rayo creativo, sugerente, que obliga a leer la siguiente palabra, el siguiente verso, con avidez.»

No es su propósito, o no lo ha sido en este que no es su primer libro, aunque a partir de ahora se reconozca como tal, ejercer el oficio desde la alegoría y la (re)creación de imágenes, sino desde la creación de estados, desde la entrega sucesiva de su propio universo, por momentos cataléptico, y no del mito. ¿La realidad del hoy alucinado y desbastante no será a la luz de una lectura secular el mito de mañana? Provoca la posibilidad de la palabra como unidad semiótica hasta el agotamiento, y esta otra forma de desborde, al conjugarla como mejor le suena conforma una escritura fraccionada, resumen de una realidad que no pretende se consuma en sí misma. Este crear desmañado, tronante, sin el cual sus versos serían andamios de cristal, entalladuras de un esqueleto traslúcido, que de no quebrarse, desaparecería.

Esa es la gracia de los textos de Juan Cabanas, ahí precisamente radica su «hermetismo», en construir su bosque cifrado, recubriendo de saetas un tronco finísimo, en el cual la apropiación no consiste en llegar a la médula, en descubrir su quintaesencia, sino en tomarlo íntegro, porque como buen jugador solo enseña la punta del naipe.

No está errado Juan Cabanas, y ha ido lejos. No es su intención, lo que en primera instancia resultaría evidente, crear imágenes harto difíciles de descifrar, sino provocar sacudidas, exorcizar vientos con la mesura y el reposo de un pararrayos. Su poesía puede no gustar o gustar mucho, mas está prevenida contra el escalpelo de la teoría literaria que tenemos a mano. Su cadencia no se ajusta a una rima externa; es el ritornello lo que provoca la partición del verso y el empalme a voluntad respondiendo a dictados del oído. Toda poesía esta escrita para leer y escuchar, pero la poesía de Juan surte efecto como si hubiese sido escrita para los pequeños auditorios en una suerte de conjuro mágico, donde al cerrar el ultimo verso flote desconcertante la palabra y su posibilidad.

En él se libera un enclaustramiento telúrico, privativo a una encajada abulia existencia¡ (des)compuesto con una técnica sobria que le permite superar ciertos manidos cantos de arraigamiento a la tierra con los que no tiene nada en común. Por eso es dramático por descarnado y no por comulgar en un constante despliegue de efectos teatrales. Así sucede cuando comienza el primer verso del poema 60, texto final, que compartiendo la opinión de mi amigo el narrador, poeta y crítico Juan Ramón de la Portilla considero un poema antológico, que sostiene de imán un verso que no sería utilizado en esencia por ninguno de los poetas de los '90 en Cuba, y que contiene en sí el abatimiento, la urgencia de una salida, un escape, al anquilosamiento intelectual de un escritor de provincia (de nación cerrada y periférico) que pide ser salvado (sin dramatismos) a partir del reconocimiento y la identificación con un medio que deslumbra y desgasta: «Sáquenme del lomerío... », para continuar poniendo sello de estilo mediante la conjunción simbólica «los contrapozos relevan/ y vuelven a las galeras./ El cobre metalizó/ ojeras en vetas;/ y pulverizada por realces,/ se distingue el ánima/ en una transfusión/ que rellenaría el ostracismo/». Pero la concha se abre y pare su Adonis y el que se debate entre el silencio forzado (impuesto) y el impulso de decir triunfa y cierra el texto... «Cae la hondonada/ en Minas,/ y los vagones del tórax/ cargan,/ cargan con lo que sobra». Momento reflexivo, clímax y epígono.

Ha vuelto a los orígenes consciente o inconscientemente pero como resultado de una seria búsqueda y experimentación dentro de su universo poético. Se aparta de toda figuración retórica y se confía al tropos, bien usado; la metáfora como principio y fin, como atributo incondicional del lenguaje humano. Y lo que pudiera parecer una limitación funciona como leit motif, como hálito que insufla gracia volátil y voz propia. Ha encontrado en una vuelta a los orígenes de la escritura, desde otra vuelta de tuerca postmoderna, los rasgos de una nueva caligrafía poética, que no va a ser mejor, ni peor, sino diferente de lo que está sucediendo en la poesía cubana de fin de siglo y de la que es parte y complemento como antípoda y afluente natural. Es por ello que está obligado a jugar fuerte con la metáfora, a ser agresivo y punzante, a menudo con cierta resaca vallejiana: «báculos del rostro/ con sus atrios de pómulos/ desde nuestras marcas» (Poema l). Dónde al analizar el verso «con sus atrios de pómulos» se observa un arquetipo de su hechura gramática al enmascarar un símil convencional para no dejar espacio a los conectivos usuales en lo que pudiera ser, escrito de otro modo, «con sus pómulos como atrios» (sic), lo que invertiría la perspectiva desde la cual ha sido establecida la relación atrio-pómulos, y que evidentemente sobre el rigor gramático de la construcción, aporta cualidades de rigidez, profundidad y leve inmovilidad a los pómulos, que en primera instancia ve como atrios, de lo que se percibe que no ha sido voluntariosamente alterada la disposición constructiva, sino sugerente y conscientemente explotada en otra dimensión. Sigue el espíritu descarnado y violento de Vallejo perenne en su sello propio.

«Quieren cortarme en disparo» (Poema 6, pág.16), «Mandaron a desnucarme/ con llagas del hacha» (Poema 18, pág.8), «Viento/ que subleva piedras» (Poema 8, pág. 18), «Y que las hienas/ astillen lagares/ habiendo tanta bulimia/ en el resquicio de la dentellada» (Poema 14, pág.74), atravesado diametralmente por una fina subversión filosófica «ser espejo cuesta» (Poema 1, pág,l), «rasuré el pulso/ para que vieran/ los gritos salobres/ que rasguñé/ hasta volverme costa.» (Poema 47, pág.62), «Nos obligan a andar/ en lo suprimido de los caballetes» (Poema 20, pág.33), «Tanto se pierde/ para tan poco ganar» (Poema 51, pág. 68), «Cuando todo lo tengo/ nada quiero» (Poema 35, pág. 50), hasta los textos breves imantados de un discurso filosófico que los trasciende: «La mar en el arrastramiento/ implanta horcajos/ por los estuarios/ no te aproximes./ Las aguas/ lo mismo se contraen en astilleros/ que remachan en lo estantío.» (Poema 39, pág.54), o «Aprendo a la mudez/ en compresa de vidrieras./ Puedo callar,/ nada merece, contesta.» (Poema 17, pág. 27); a veces con un leve giro a lo Loynaz «¿De que me acusan ahora?/ De ser alambre en el helecho,/ y no tener hojas de más.» (Poema 19, pág. 29).

Es un pez de la tierra que escamotea la luz hasta que por obra de la alquimia se convierte en gerifalte que lleva escamas (monedas de oro) en las plumas; o serpiente emplumada que serpentea lanzando las saetas de su armadura mientras sentencia lo absoluto, lo limitado-ilimitado. No es el Trobar Clus que sugiere, que cede un mundo que ha de complementarse indefectiblemente con una serie ilimitada de lecturas y apropiaciones. No pretende dar espacio para la fabulación. Tiene el semental de piedra tomado corto por las riendas dispuesto de modo que la escritura subliminar se incorpore y trace su vuelo corto; una historia que ha de registrarse por lo que sorprende de ella misma, donde el mito no puede aportar nada, Por eso quema sus barcos en cada texto, desangra al ave en el último verso y la hace resurgir transfigurada en el poema que le precede para que quede solo eso: enjundias de gambiamientos, ambiente monocorde dentro de un órgano de múltiples registros, lo telúrico como óbolo, lo humano como contenedor de abrevaderos, lo rural para provocar la sajadura. Todo lo suficientemente verosímil y descarnado como para pujar entre otras voces más convencionales. Hay poesía viril en las garzas que recomen de los parales, en las moliendas, los sembradíos, las escarbaciones, los voceos y los animales yuntados y el hombre que se pierde en la soledad y se encuentra y hace que el verbo se encarne de la tierra, auténtico, como una razón para encontrar la poesía pura. Entonces, para entrar en el laberinto de los tragaluces hay que desarroparse de prejuicios y acercarse denodadamente, echando a rodar esa hebra finísima que se ovilla en las profundidades del ser, que lo define genéricamente: la sensibilidad, única y auténtica aristocracia humana; porque este poema fragmentado es un viaje (como todo gran poema) para perderse y salvarse en las sucesivas crónicas de los días de un hombre, debemos dejarnos llevar de la mano, de los ojos, por entre ese haz de luz.

En la ciudad de Pinar del Río, entre los meses de junio y agosto de 1996.