enero-febrero.año 3.No. 17. 1997 |
| NARRATIVA |
¿QUÉ HACER CON TU NOMBRE? por Reidel Gálvez Riera |
| Eran las doce del mediodía del mes de marzo cuando Juan descubrió
la señal pronosticada para la cura de su mal de amores; Eda Teki le había llevado el
almuerzo hasta la orilla donde mal arreglaba los botes mientras se afanaba por descifrar
el enigma en los amasijos de algas, medio caracoles, y hasta escamas de peces muertos, que
el mar le servía a diario en sus pies para encontrar un indicio que hiciera corresponder
a su gravedad de amor. La cucharada de comida se le enfrió en el trayecto hasta su boca
al quedar suspendida en el vacío, pese a que sus mandíbulas estaban abiertas a más no
dar; pero no era el hambre la causa de su exagerado muestreo de dientes sino el asombro
ante la mole de herrumbrosos huesos que se acercaban cortando las olas en dos y escupiendo
una sinuosa masa de humo que le robaban espacio a las nubes, así, con el estómago
despejado y el pecho rebosante de anhelo, arrastró a Eda Teki hasta el muelle donde una
vez descargaron la trata de sus ancestros. Los años de Eda Teki soportaron el atraque de
la mole sin percatarse de la llegada de la predicción que habría de llenar de dicha a
Juan; observó en silencio el desembarco sin establecer conexión con la profecía que Ña
Wata formuló aquella tarde después de tirar tres veces los caracoles y escupir
aguardiente como un dragón: -Tu solución la traerá el mar- le había dicho sin querer
explicar detalles del futuro venidero; ella había llevado a Juan a su presencia para que
le regresara el corazón de entre las piernas cada vez que escuchaba, veía o imaginaba el
menor rastro de su deidad, la deidad de la nieta de Eda Teki.
Desde esas palabras él se dispuso esperar sentado en los dientes de perro por el día señalado sin término fijo jugando con los macaos que amenazaban con zamparse sus dedos; cobijado bajo el casco de un bote plantado al revés entre las crestas de las rocas, se alimentaba de las ilusiones destinadas a su persona, de los planes perfeccionados cada media hora para el encuentro, de la exactitud en lustrar su piel de ébano, de la forma de hablarle sin castigarla con el aliento; y con semejante sostén su vientre decreció para quedar moldeado por los huesos. Fue cuando Eda Teki comenzó a llevarle las comidas al convencerlo de que con tales alimentos el cuerpo no funciona bien y con qué contaría cuando su nieta se decidiera a aceptarlo entre sus carnes moldeadas para el deleite; Juan desechó su dieta de abstracción y se dedicó a zurcir botes con la madera que una vez abandonaron los extranjeros a lo largo de la costa. Finalmente el barco escupió sus amarras contra los postes del muelle negrero para dar un espectáculo de civilización ante los ojos de los nativos que miraban atentos. Juan vio descargar frutas, barriles con esencia, autos plegables, y hasta jaulas de malla con gallinas que necesitaron una sarta de palabrotas para quedar acomodadas sin perder pluma alguna, por su parte, ante la mirada de Eda Teki desfilaron por el muelle pasarela modelos en sombreros, tejidos, vestidos de algodón para el abrasante calor del trópico, simuladores de varillas de cobre, último diseño inoxidable pero resultaba una bagatela si se comparaba con su exagerado trasero adiposo; su vista se acostumbró a todas y cada una de las excentricidades importadas hasta llegar el momento en que sus ojos zarandearon violentamente dentro del pecho a los órganos que mudaron de sitio. Allí, entre la bulla y el llanto en otro idioma de los niños recién llegados, se abría paso en el descenso un hombre con su andamiaje de tres patas, escala de medición, y un enorme carcaj de planos topográficos, mientras sonreía para hacer desfallecer con el brillo de los perfectos marfiles de su boca a quienes repararan en su rostro; al pisar muelle peinó sus sienes con los dedos buscando con la mirada a los carretoneros que se disputaban a los arribantes; fue entonces que comprendió las palabras de aquella tarde frente a los caracoles de Ña Wata. -¿Quiénes son?- preguntó al aire sin dejar de mirar al hombre que se alejaba a su derecha. Juan, después de forzar las individualidades de los caracteres góticos de las letras en el casco del barco, leyó: Los Ángeles. Aceptó la respuesta convencida del acierto: no recordaba una piel tan blanca desde el primer grupo de extranjeros que llegaron con sus casas de madera cepillada dentro de contenedores, para bendecir aquel terreno irregular con ciénagas donde hacían el amor los mosquitos, y establecer un lugar de asentamiento, por mucho que se esforzaron los hombres incoloros, no pudieron destilar aquella agua putrefacta para el acto, se sentaron a rezar por el sitio elegido tres días seguidos hasta que el cielo se inundó y cayó un aguacero de tierra que hizo huir a los que pudieron con las bocas llenas de lodo, abandonando las casas desembarcadas en la costa; los otros fueron asfixiados por el polvo y sepultados por piedras en los desniveles del terreno. Era la misma piel blanca que voló a su derecha con los aires de desgracia en lo inmaculado de sus dientes. Al regresar a casa su nieta la estaba esperando hacía horas, con el lienzo deshilado que fungía como puerta hecho un nudo dentro de su puño derecho y elevado por encima de su cabeza; era el almuerzo más lentamente digerido el que le había llevado ese mediodía a Juan y solo le brindó unos trozos de boniato en azúcar, ni que para eso necesitara las dos horas que malgastó en la playa cuando podía haberla ayudado a dar paletazos a la ropa en los rápidos del río, y ella estaba harta de pasar trabajos y oír la misma charla de la soledad de Juan, mientras Eda Teki quitaba en las cenizas del patio las sobras de comida de los cachorros embarcados de las intenciones de ese hombre, al carajo Juan y sus buenas intenciones, y no le justificaba la tardanza con el cuento de los ángeles, ni que ese pueblo de mala vida fuera el paraíso y cayeran ángeles como moscas a dar prueba de sus divinidades bajo la refrescante brisa de un calor de 40 grados. Tomó el bulto de la ropa seca y se alejó exagerando sus despotismos al caminar para que su abuela la viera desde el umbral de la puerta y la creyera más enfadada de lo que estaba. Llegó al motel poco después de la media tarde, los asiduos en la sala de juegos ya extrañaban su presencia y se asomaban de vez en vez a la marquesina para averiguar el motivo de su tardanza, muchos venían hacía años solo para verla, primeramente a despejar con su risa de cuando niña y más tarde a embriagarse con sus pies descalzos que atravesaban las espinas sin ocasionarle daño ni hacerle malgastar su sangre cimarrona. Otros llegaron desde lejos al oír hablar de la virgen morena junto a aquel galán que apostó ser un tonto de por vida si no la seducía, la suerte o el orgullo de la morena quiso que tuviera que unirse a una carpa de paso contando su historia en burla para hilaridad de las personas y dolor bajo su antifaz bufonesco, nunca se conoció hombre con suficientes cualidades para pretenderla o valor para hacerlo, a excepción del negro Juan que no desfallecía en el intento y tenía el futuro asegurado junto a ella por la milenaria Ña Wata que jamás se equivocaba, aunque jamás fuese la palabra más inapropiada en los asuntos del corazón. Depositó la ropa limpia sin inmutarse con el par de ojos que descubrían sus intimidades en el más leve movimiento; exhibida en el patio interior disfrutaba de su poder en la voluntad de los hombres y después de medir un rato sus atributos, comprobando la creciente exaltación de los presentes, se alejó a recoger las mudas sucias al final del lateral derecho. Un olor a ambrosía la hizo desviar al encuentro de una puerta entreabierta; allí la atraparon unas manos tan delicadas como las suyas, piel a través de la cual se descubría el verdeazul de las venas y los chorros de sangre corriendo por su interior a las pulsaciones cada vez más aceleradas del pecho, es posible que el olor la haya hecho caer en desvarío; enfrentó la mirada que la había perseguido cuando llegó absorbiéndola en todo su espectro hipnótico para sentirla suya, junto al rostro que opacaba las imitaciones academicistas colgadas en las paredes del cuarto. No sintió nostalgia por la huida de sus ropa ni se evaporó ante el abrazo ahogado de tentación, se dejó llevar por la cadencia de su lengua extranjera para aprisionarla en sus dientes, la bañó en saliva sumergiéndola en una ola de mordiscos, sus manos buscaron un saliente de plumas en el torso del cuerpo explorado por sus dedos que descubriera su verdadera condición divina; mientras ardía el vientre en danza de contorsiones bajo el peso de los músculos encontrados, se abandonó a sus instintos al elevarse en un gemido por donde penetró todo el encanto masculino para quemarla con su tridente y dejarle en el cauce de sus muslos un ardor desenfrenado. No supo por qué rondó en su mente la justificada tardanza de su abuela al verlo levitar encima de sus senos, cuando él le brindó una sonrisa desde la altura de sus marfiles sin dejar escapar por ellos su nombre, ni preguntar el suyo que añoraba murmurarlo a su oído. Se le escapó la vida a la virgen morena en pocos minutos, corrió a esconderse en el monte de la imagen que hizo estremecer sus huesos y acalambraría desde las corvas hasta los tobillos saltadores de espinas. La hallaron de tarde cuando el viento comenzó a enfriarse por la proximidad de la noche, entre las ramas que emitían destellos como recuerdo de un soleado día, inmutable ante tal metamorfosis, con su miedo emboscado por el gris opaco del cielo en un aleteo de su vientre. Eda Teki hincó las rodillas a su lado para equilibrar toda la pesadez de su agonía, la miró sin preguntar de lo pasado, y dijo: -Hay quienes parecen ángeles y tienen por alma al diablo. Fue la segunda vez en que Eda Teki resolvió pedir ayuda a los caracoles de Ña Wata; la encontró sentada en un promontorio a la entrada de la casa, no la invitó a pasar ni intercambio palabra alguna, se perdió en la penumbra de su choza el tiempo necesario para recoger algunas hierbas que alejaran la muerte del cuerpo de la morena. Estuvieron los pocos minutos de esa tarde, la noche, y hasta la entrada del alba la sorprendió bañando a su nieta en las márgenes del río, alucinada por el dejo de los cantos nativos en compás del chasquido de los gajos que martirizaban su espalda, brazos y cuello al latigazos olorosos de savia, la joven dudó de la realidad de lo sucedido y casi se convenció de su inexistencia, si no fuese por las palpitaciones que sentía en algún lugar situado en lo bajo de su vientre, Fueron las mismas palpitaciones que la acompañaron durante meses hasta después de que su abuela resolviera casarla con Juan en cumplimiento de lo vaticinado, los mismos que impidieron su unión carnal con él por desconocimiento del misterio que la trastocaba en su interior. Se propuso creer a Ña Wata cuando dijo que nada había ocurrido que no llegara a ser más que un vago presentimiento y al no permitir a Juan acercárcele en la cama estaba segura de poseer aún su castidad intacta, aunque tuviera que andar despacio con las piernas semiabiertas, se olvidara de los saltos y el paleo de la ropa, y sintiera atragantarse con la respiración cuando dormía bocarriba. Un día despertó chapoteando en una laguna de sudor, había soñado que desnuda daba vida a un niño ante cientos de miradas acusadoras, un niño con plumón inmaculado que desplegó sus alitas para volar de la risa de la gente, buscando acaso el azul del firmamento, sintió el exagerado peso de la soledad en sus costillas, y desde entonces anduvo con sendas piedras atadas a los tobillos por si el sueño se cumplía antes de hora y el vuelo la arrastrara para dejarla abandonada en la primera nube. Así continuó la vida; los barcos que llegaban semanales con extranjeros y sus planos de las mejores tierras para el cultivo, las muchachas escondidas de sus vagos pensamientos por los cuales Ña Wata se convertía en la más necesitada, y la virgen morena con su ilusión a cuestas mientras rumiaba su nombre que una vez quiso susurrar a un desconocido. Diciembre trajo los vientos antárticos para refugiar a las personas en sus casas y usar los baños en colectivo una vez por semana. A la morena se le enfrió el susto con la brisa en unas contracciones aceleradas por minutos; quiso huir nuevamente hacia el monte, pero un fluido que bajó por sus piernas la hizo doblar las rodillas y esconderse de la intemperie en los corrales de animales. Se retorció en crueles dolores que tragó para no llamar la atención, pero fueron tan continuos que pronto estuvo saturada y estalló en delirios que hicieron eco en las casas del pueblo. Esta vez estaba despierta, rasgó su vestido y quedó desnuda ante las miradas que veían retroceder en la orina a la joven que gritaba que un ángel la había preñado, como queriendo advertir a todos el fruto que estaba esperando; las palabras fueron más torturadoras de su garganta hasta llegar el momento en que las escupía en desgarros del alma, su piel mutaba el color a cada vuelta de fango y cuando no pudo soportar los tirones, vació en la hediondez toda la entraña para quedar con la mirada ennegrecida. Esperó un rato por algún comentario que hiciera sonreír y como epidemia expandirse en carcajadas para contaminar a los afluentes, mas nada escuchó; abrió los ojos incitada por el pequeño que se movía puro de toda la pestilencia en que nadaba, lo encontró hermoso con la piel cubierta de suaves vellos; ¡vellos!.. no plumas. Entonces rió, rió y volvió a reír, rió por horas durante días seguidos, removió las ramas de las hojas para implantar un otoño en el espejismo del invierno, continuó riendo aún después de que la creyeran loca; después de asustar a los muertos ya olvidados con su estrepitosa alegría, hasta quedar sin fuerzas y el eco persistiera en la costumbre de la risa para atraer en manadas a los que dormían, a los extranjeros del motel, a los recién llegados, a los que vendrían semanas tras semanas en los próximos años seducidos por la risa; a los ladrones y sus miserias, los mercaderes y sus amantes de paso, los secretarios con la demagogia de sus dioses falsos, y a los revoltosos con sus guerras por matar la rutina. Alguien preguntó su nombre en el tropel, alguien a quien se le quedó la pregunta atascada desde hacía mucho tiempo al resguardo del silencio, se marchó con la preocupación que le impidió escuchar en la multitud la respuesta que nunca entendería; aunque supiera que había sido liberada por el temor de ahogarse con la necesidad de que la murmuraran a su oído: -María, dice que es virgen y se llama María. |