enero-febrero.año 3.No. 17. 1997


OPINIÓN

ARTE PRESO

por Gerardo Mosquera.

A inicios de 1990, en La Habana, durante la inauguración de la muestra El Objeto Esculturado en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, Ángel Delgado realizó un performance espontáneo que culminó al defecar en medio de una de las salas. Fue su contribución inesperada de un objeto esculturado biológicamente. Más que un boutade era un acto artístico provocador, dentro de la ingenuidad de una tradición dadaísta y situacionista. En Cuba contaba con el ilustre antecedente de Fidelio de León -un importante pintor de vanguardia- quien orinó en parecidas circunstancias, allá por la década del 30.

La diferencia consistió en que Ángel fue detenido por la policía y procesado expeditamente. Lo condenaron a seis meses de prisión -pena máxima para el delito de escándalo público-, un castigo cuyo exceso contrasta aún más si tenemos en cuenta que el artista había tenido hasta la delicadeza de poner un periódico Granma para no ensuciar el piso. Por cierto, la escultura intestinal de Ángel permaneció toda esa noche y el día siguiente en la sala de exhibición, para que las autoridades la examinaran como evidencia del delito. Formó realmente parte del Salón, por lo que el artista lo incluye con justeza en su curriculum.

La ejemplaridad del castigo ignoró todo atenuante: naturaleza artística del hecho, juventud del autor, ausencia de antecedentes penales o de mala conducta... Más bien fueron los atenuantes los que determinaron lo drástico de una condena que iba más allá de las circunstancias legales: fue una clara advertencia a los intelectuales en un momento cuando el poder realizaba una contraofensiva reaccionaria. Otros performances por sorpresa de la década del 80, con mayor filo político, sólo habían sido reprimidos in situ, sin tan duras consecuencias posteriores. A quienes intervenimos para solicitar un tratamiento especial para Ángel, se nos aseguró que las organizaciones juveniles ya estaban protegiendo al artista. En realidad, nadie intentó impedir el exceso. Después, nadie protestó. Este cruzarse de brazos queda como un oprobio histórico para las instituciones culturales y juveniles cubanas, y para la intelectualidad toda. El miedo, la falta de solidaridad y la ausencia de sociedad civil han repujado el lavado de manos en nuestro habitus.

El suceso sirvió en bandeja la oportunidad para despedir a la directora de Artes Plásticas y Diseño del Ministerio de Cultura, facilitando la limpieza de funcionarios liberales que formó parte del cierre cultural implementado desde fines de los 80. La censura a la exposición de Ponjuan y René Francisco, el subsecuente truene de la viceministro de Cultura, la prohibición de la apertura de la muestra del grupo ABTV, hechos ocurridos en 1989, más los sucesos alrededor del perfomance de Ángel Delgado y la diáspora de intelectuales, en 1990, son quizás los hitos que marcan el fin de "los 80", como se conocen las primeras etapas de un proceso artístico, cultural e ideológico que arranca a fines de los años 70.

Más que un movimiento artístico, en la década tuvo lugar -desde la plástica- una renovación crítica, de espíritu independiente y antiautoritario, en todo el ambiente cultural cubano. Ésta superó los límites de manipulación y tolerancia del poder, que reaccionó con una contraofensiva conservadora que envolvió a Delgado. Pero la nueva conciencia se ha arraigado tan fuerte y extensamente -exacerbada por la crisis del sistema-, que, desde entonces y hasta hoy, la cultura cubana devino una cultura crítica. Ella empeña una suerte de guerrilla de los límites frente al poder, donde la crítica a éste, la desconstrucción del imaginario oficial, el análisis de los problemas sociales, junto con los discursos post-utópicos y la expresividad individual, a menudo testimonio de una lacerante experiencia de contradicciones, deben enfrentar complicadamente la cooptación, las urgencias del mercado o la represión descarnada.

El performance de Ángel se va convirtiendo en uno de los mitos underground del nuevo arte cubano, a pesar del silencio a su alrededor en la prensa, las publicaciones y las aulas. Alberto Casado le dedicó uno de sus mejores conjuntos pictóricos, exhibido recientemente en Espacio Aglutinador, la galería que llevan en su pequeña vivienda los artistas Sandra Ceballos y Ezequiel Suárez. Sin embargo, la dura represión que sufrió el artista ha pasado inadvertida. Esta irresponsabilidad subraya nuestro ponciopilatismo, e implica una aceptación tácita. Lo implacable y desproporcionado del castigo resalta hoy con la discusión acerca de los agresivos performances de los rusos Alexander Brener y Oleg Kulik. A pesar de las críticas recibidas por el carácter destructivo de las acciones, a nadie se le ocurriría meter a los artistas en la cárcel. Respondiendo a las "alarmantes indicaciones de intolerancia ideológica" despertadas por los performances, Giancario Politi ha recordado que "el arte ha sido a veces el territorio de la transgresión y la libertad. Y los artistas a veces han sido críticos iracundos y radicales de la sociedad y sus instituciones".

Ángel Delgado comenzó a cumplir su condena en mayo del 90, casi inmediatamente después de su acción plástica, a la edad de 25 años. La haló completa entre delincuentes comunes, sin trato especial alguno. Sobre esta experiencia versa la muestra 1242900 (su número de presidiario), presentada en Espacio Aglutinador. Al salir en libertad, Ángel guardó dentro de una caja de madera claveteadas todas sus pertenencias de preso, como enterrando esa etapa terrible de su vida. La caja sólo fue abierta por los curadores Ceballos y Suárez para la muestra. Su contenido se despliega ahora en la galería como evidencias arqueológicas de aquella experiencia y, en general, de la vida de un presidiario cubano. Están las ropas, la sábana, la toalla, los pobres objetos de uso personal, sus marcas, las cartas... pedazos materiales retorcidos por una carga emotiva. Todas estas cosas parecen empegostadas de pesares y esperanzas, su materialidad transformada más por la conmoción espiritual que por el uso.

Vemos también cómo Angel, un artista profesional graduado en la Escuela Nacional de Arte y con estudios en el Instituto Superior, se sumó a las tradiciones de folklore presidiario. No sólo usó las mismas morfologías y los materiales heteróclitos disponibles: también los temas y maneras habituales. Se destacan los pañuelos pintados con imágenes de los santos y vírgenes más populares, o los jabones tallados para representarlos, íconos ocultos de la devoción del preso, muy necesitado de su ayuda. El montaje ha tratado de mostrar la fuerza testimonial de todos estos objetos, y a la vez subrayar su expresividad, y aún su aura muy particular, a menudo estremecedora. Impresionan las deidades de jabón. Más que por sus aplicaciones escultóricas a lo Janine Antoni, por el impacto místico de un material "biológico" que, en su empleo habitual, limpia al creyente y sus ropas, y sobre ellos se disuelve.

Pero lo más sobrecogedor de la muestra es el extraordinario conjunto de dibujos realizados por el artista durante su cautiverio. Se trata de una selección de un total de 102 dibujos a bolígrafo y creyón sobre hojas de oficina, sacados ocultamente por la madre de Ángel durante las visitas. Uso el término "dibujos", pero estos papeles desafían toda clasificación. Son a la vez un diario factual y emotivo de la existencia en prisión, una escritura jeroglífico secreta, un haz de historias gráfico-textuales, una iconografía, un almacén de recuerdos, una taquigrafía testimonial de la experiencia, epístola in carcere et vinculis, pequeños espacios y ejercicios de libertad personal, en fin, la representación de un imaginario único. Propongo denominarlos Papeles del Tanque, según se llama en Cuba a la cárcel.

Están constituidos por sencillos dibujos naturalistas, signos abstractos, algunas palabras, y, al parecer, dos sistemas jeroglíficos creados por el artista, uno pictográfico y otro ideográfico. No podemos leerlos porque sólo él conoce la clave, y ha dicho que no la revelará hasta su siguiente exposición. A menudo todos estos elementos están articulados, otras veces parecen conservar independencia, o las hojas tiene la apariencia de apuntes. En pocos casos son dibujos en sentido estricto, pero sin pretensiones, como escenas trazadas en un cuaderno. Los signos abstractos corresponden a formas que se le aparecían en sueños, y eran como un refugio de fantasía y subjetividad en medio de la vida carcelaria. Delgado los empleaba como mantas, para ayudarse. Los ha incorporado a su pintura actual, en lo que me parece singularísima manifestación del arte no figurativo, originada en un escape mental a los rigores del presidio.

Los Papeles del Tanque son una obra rarísima. No conozco ningún otro preso -artista profesional o no- que haya dejado algo semejante. No es outsider art, al ser hecho por un profesional, pero participa de la libertad y el funcionalismo personal directo que encontramos en un Artur Bispo, Henry Darger o Howard Finster. Carecen de toda aspiración "artística" trascendente; fueron hechos para el instante, sin la pretensión del testimonio histórico. Tal vez sea outsider art hecho por un insider en una situación outside del campo de producción artística. Son actos de libertad en varios sentidos.

Más plausible que las taxonomías, resultaría explorar cómo los Papeles del Tanque funcionan a manera de un mecanismo de sobrevivencia y simultáneamente construyen relatos íntimos, donde las historias de la prisión se empapan de subjetividad. A pesar del carácter críptico de los Papeles, palpitan las referencias al ambiente carcelario. Escenas de violencias, retratos de los guardias, parásitos, enfermedades, deseos sexuales, represión, violaciones, homosexualismo, masturbación, trabajos forzados... Hay una representación obsesiva de lo biológico desde lo que Elaine Scarry llamaría "el cuerpo en dolor". El cuerpo late por todos lados como deseo reprimido, tensiones, esfuerzos extremos, efluvios, llagas, sed, olores, evidenciando al final una dimensión de resistencia, la extraordinaria capacidad de resistencia del organismo, que descubrimos unida a la experiencia de su vulnerabilidad. No por azar uno de los primeros Papeles lleva pegado, por encima de los signos abstractos, un delicadísimo dibujo de San Lázaro, el leproso, en papel copia. Éste aparece también en un pañuelo y un jabón. El santo fue inventado por los cubanos como sincretismo con Babaiú Ayé, el temido dios yoruba y ewe-fon de la viruela y, por extensión, de las enfermedades. San Lázaro-Babalú tiene poder milagroso sobre ellas, pero es él mismo un enfermo incurable.

La poética de lo biológico tiene además que ver con la del famoso performance de Ángel. El cuerpo aparece a menudo representado por dentro, como visceralidad conectada hacia afuera. Una especie de subconsciente físico. En una de sus múltiples dimensiones, los papeles podrían metaforizarse como un sicoanálisis del cuerpo sufriente. La violencia de toda índole se relaciona con esta dimensión general. A veces es representada en forma bastante explícita, en sus acciones e instrumentos. Así, se puede seguir una historia horrible que culmina en suicidio. Estas referencias gráficas sólo tiene equivalente en Cuba en la literatura, y recuerdan Presidio Modelo, de Pablo de la Torriente Brau, y Hombres sin Mujer, de Carlos Montenegro. Una atmósfera permanente de violencia envuelve los papeles, contrastando con la frescura de libreta de escuela que poseen, y como infiltrándose aquí y allá en ella.

El texto y la imagen son aquí recursos del cana para sobrevivir, como la cuchara con filo que sirve de arma, la masturbación o la fe. Su construcción es una reconstrucción permanente de la identidad amenazada. La prisión, uno de los castigos más crueles inventados por la humanidad, no sólo implica "privación de libertad", según reza el lenguaje jurídico. Si la ley islámica contempla la amputación de partes del cuerpo, la occidental se basa en la amputación del tiempo. No sé que será peor. La cárcel conlleva además la prohibición de ser uno mismo. Desde que se atraviesa ese umbral bosquejado en uno de los dibujos de Ángel, el preso troca su nombre por un número. Los Papeles salvan un espacio de libertad entre cadenas, crean un instrumento para configurar sentido personal. Son crípticos porque deben ocultarse, pero también porque constituyen una creación de sentido en corto circuito, dirigida con urgencia al emisor mismo. Su solución es la autolimitada de aquella sabiduría existencialista del preso señalada por Camus. Indirectamente metaforizan la colectividad solitaria del preso.

Pero, como en los diarios personales, queda un relato que parece fatal o felizmente destinado a comunicar con destinatarios (posibilidad que no deja de estar subterráneamente en el acto íntimo y cerrado de hacerlos). El relato de los Papeles del Tanque no es lineal, ni mucho menos totalizador. Del mayor interés resultan los flashbacks donde Ángel representa su propio performance, seguido del juicio y la entrada en prisión. Los Papeles parecen responder a una temporalidad y una espacialidad compleja, conectando hacia múltiples direcciones. Provienen de una racionalidad en la estructuración del texto, no son descargas expresivas. Pero, a la vez, responden a la espontaneidad vivencial. Habrá que esperar a poder leerlos para comprenderlos en profundidad. Entonces conoceremos mejor sus muchas historias. 

GRAU, UN PINAREÑO CANTINFLESCO

por Yoel Prado Rodríguez

"Cubano: Reza por el eterno descanso del que en vida fue un cubano bueno y sabio, y como gobernante, un popularísimo campeón de libertades y justicias sociales"

Así, de forma sencilla y acaso urgente, suplica cierta lápida desde una callejuela del Cementerio de Colón, allá en La Habana. Dicha inscripción cubre la tumba de alguien que no fue ni un santo ni un modelo inmaculado de estadista, como podría ingerirse del texto mortuorio, pero que tampoco fue ese personaje mediocre que languidece cercenado en los libros escolares.

Entre la soledad y la quietud secularmente misteriosas del sepulcro, descansan allí, como era su voluntad, los restos de un hombre que llenó toda una época de nuestro pasado. Un hombre polémico e irónico cuya misión en el reino de este mundo aún está por estudiar con justeza, sin apologías ni maniqueísmo.

Allí en el camposanto decimonónico, encontró su última morada terrenal el pinareño Ramón Grau San Martín, expresidente de la República.

 

CARO PARA ALGUNOS, GRATIS PARA OTROS

La carrera de Grau por la vida comenzó un martes 13, día fatídico según los supersticiosos, pero que pareció formidable al catalán don Francisco y a la asturiana Pilar, pues en aquel septiembre de 1882 les nació el pequeño Ramón en "La Jíbara", una finca de La Palma, aquí en Pinar del Río.

Bajo la mirada protectora y complaciente de una negra apodada "Cotella" transcurrió la infancia de ese niño enfermizo, desnutrido, cariñoso y meditabundo. Sus padres querían que fuese perito mercantil y él los complació; luego, desafiando la oposición familiar, se costeó estudios de medicina.

Resultó ser un alumno brillante en la docencia y apático en las lides políticas. Primero como interno en el lujoso Hospital de Nuestra Señora de las Mercedes y después como facultativo de la Quinta Covadonga, probó Grau su talento y dotes profesionales. "Médico caro para los ricos, gratis para los pobres", dirían sus pacientes.

La consulta no consiguió esclavizarle y, a través de ejercicios de oposición, ganó la cátedra de Fisiología de la Universidad habanera. En los años 20, llegaría a convertirse en uno de los mejores fisióiogos de América, y a tanto prestigio académico añadiría otro lauro viril cuando, en plena ferocidad del machadato, lo arriesgó todo, oponiéndose a la expulsión de los estudiantes antimachadistas de la Universidad.

Estaciones de policías, cárceles y exilio matizaron su itinerario de aquella época convulsa, hasta que en la madrugada del 4 de septiembre de 1933, sus antiguos discípulos lo sacaron intempestivamente de la cama y lo lanzaron al Campamento Militar de la Columbia, donde conoció a un sargento mulato con el que rivalizaría

durante un cuarto de siglo. Ramón Grau San Martín y Fulgencio Batista Zaldívar llegaban a la política cubana en el mismo parto histórico.

 

KING KONG Y MIAU MIAU

En aquellos días, el pueblo había desalojado al General Machado de la Presidencia, y su sitio lo ocupaba un gobierno conservador, dirigido por un hijo del Padre de la Patria, con el cual los estudiantes no transigían. A Palacio fueron en son de guerra, y en sus salones el doctor Grau se atrevió a decir al presidente Carlos Manuel de Céspedes:

-En nombre de la revolución, venimos a hacemos cargo del Gobiemo de la República.

_¿De la revolución? -preguntó Céspedes ¡No sé que revolución puede ser!

Entonces el profesor le expuso quiénes integraban el movimiento. Al terminar, el Primer Mandatario lo interrogó:

_¿Se dan cuenta ustedes de la responsabilidad que contraen?

_Hace tiempo, señor, hemos cumplido la mayoría de edad contestó irónico el pinareño.

Así nació la famosa y efímera Pentarquía, un gabinete de cinco personajes que no lograban ponerse de acuerdo. Cuentan que alguien reclamó: "Aquí hace falta un nombre", y entre los pentarcas se escogió el de Grau. El 10 de septiembre del 33 tuvo que jurar como nuevo Presidente de la República, pero se negó a comparecer ante el Tribunal Supremo y tomó por testigo a la multitud. Uno se le acercó y le dijo al oídlo: "Presidente, lo llaman desde Washington". El, esforzándose para que todos lo oyeran, le espetó: "Dígale a Washington que espere. Ahora estoy hablando con el pueblo de Cuba".

Aiboreaban así los tiempos del Gobierno de los Cien Días con un Grau rebelde y nacionalista a la cabeza. Hoy, los historiadores oficiales intentan minimizar la ejecutoria del pinareño, le reprochan sus vacilaciones y atribuyen sólo al ministro Antonio Guiteras la obra progresista de aquella etapa. Pero revísense las leyes más profundas de entonces y se comprobará de una vez que, junto al espíritu de Guiteras, estuvo siempre la firma valerosa de Grau.

Combatido por izquierdas y derechas, presionado por la Casa Blanca, traicionado por Batista y abandonado por los estudiantes, al Fisiólogo no le quedó más remedio que renunciar. "¡King Kong, que se vaya Ramón!", coreaban los más; "¡Miau Miau, que no se vaya Grau!", pedían los menos... hasta que el Presidente dijo "iyaaaaa!" y se fue. Se marchó al exilio con una aureola de popularidad que luego aprovecharía su Partido Auténtico.

Vinieron años duros. Dicen que la casa de Grau en Miami era visitada por muchos simpatizantes que carecían de medios para vivir decentemente. En una de las reuniones, el Profesor miró los rostros hambrientos y sugirió: "Bueno, amigos, ¿no creen que nos vendría bien un chocolate?". Minutos después apareció la sirvienta con una sola taza y dos tostadas. Grau tomó una y, mojándola en el chocolate, tuvo una frase para aquellos infelices al borde del desmayo: "Señores, ¿ustedes gustan?".

Así era él. Un político inteligente, pero irónico y cantinflesco a la vez, No hablaba claro, su lenguaje se perdía en evasivas y alambicamientos, y acostumbraba a matizar con humor sus ataques. Aunque jurase mil veces que la doctrina auténtica era el amor, no sentía afecto sincero más que por su familia; aunque sus discursos comenzaran con un "amigos todos", en realidad nunca los tuvo. Cuando tenía que saludar, daba la mano izquierda.

A fines de los años 30 el país vivió una apertura democrática y regresó. Encabezaría entonces la Asamblea encargada de redactar la Constitución de 1940, y fracasaría en las elecciones presidenciales controladas por el Gobierno. Cuatro años después, sus largos y blanquísimos dientes esbozaron al fin una sonrisa de triunfo.

 

EL SATANÁS ERA YO

Nunca fue mayor el brillo de Ramón Grau San Martín que aquel lero de junio de 1944, cuando un millón 42 mil cubanos le dieron su voto en las elecciones más democráticas que recuerda nuestra Historia. La prensa lo llamaba el Mesías criollo, el Presidente de la esperanza... pero como suele suceder en esta nación, su Gobierno no satisfizo las expectativas. "Aunque culto y muy bien preparado, Grau incumpiió sus promesas", rememora el veterano periodista católico Juan Emilio Fríguls.

Auge de la bolsa negra, fraudes y pandilierismos marcaron negativamente el período. Célebres fueron los escándalos por corrupción, principalmente aquellos que involucraron al ministro José Manuel Alemán, protegido de doña Paulina, la cuñada del Presidente solterón.

Otro episodio de película fue el robo del diamante que señalaba el Kilómetro Cero de la Carretera Central en el Capitolio. Catorce meses después de su sustracción, apareció en el despacho de Grau. Este reunió a los ministros y líderes políticos para entregarles la joya, pero al ver que no se ponían de acuerdo aclaró: "Señores, miren a ver si ese es el brillante del Congreso, porque si no hay que devolvérmelo, ya que fue a mí a quien se lo enviaron".

El sentido del humor de Grau difícilmente encuentre paralelo. Cuentan que para anunciarle la destitución a cierto ministro le dijo: "Usted tiene mala cara. Mejor se va a descansar". Otra vez, recibió muy amable a los líderes del Partido Liberal, se sentó entre ellos y confesó emocionado: "Amigos, me siento como Cristo...". Cuando se fueron, le aclaró a su ayudante: "Sí, porque a Cristo lo pusieron entre los ladrones".

Quienes vivieron aquella época, aseguran que quizás el mayor mérito de Grau fue su escrupuloso respeto a las libertades democráticas. "El gobernante -afirmaba- debe saber lo que piensan los demás. Hace más daño lo que se calla que lo que se dice". Y aquí va una anécdota contada por él mismo: "Una noche en Palacio (...) subía a mi cuarto con los periódicos del día para leerlos, cuando un cintillo me llamó la atención. Decía: ¡El Satanás del Caribe! Pensé, vamos a ver qué dicen de Trujillo, y ¿a qué no saben mi asombro?

¡Caramba! ¡El Satanás era yo!".

 

DEJAR LOS HUESOS EN CUBA

Su sucesor en la Presidencia, Carlos Prío Socarrás, presumía de ser la única persona fuera de la familia capaz de "manejarlo". El secreto del éxito radicaba en que a Grau nunca se le podía ir de frente, sino de costado... Pero la receta no le dio muy buenos resultados a Prío, ya que el profesor se convirtió en un acérrimo detractor de su Gobierno.

Cuando el golpe del 10 de marzo de 1952, Ramón Grau San Martín entró en Columbia y Batista, asustado e histérico, empezó a gritar:

"¡Llévense a ese hombre de aquí! ¡Llévenselooooo!". Durante los 50 siguió participando en la vida política de la nación como candidato presidencial, mas sólo fue una contrafigura sin posibilidades reales de alcanzar el Poder.

Llegó la revolución y muchos antiguos colegas comenzaron a "espantarla mula". El viejo líder del autenticismo, sin embargo, se quedó en el país como espectador reticente, al margen, irónico, inconmovible en su manera de ser. Vivió los últimos años en lo que llamaba su "choza", una enorme casa en Quinta Avenida y 14, Miramar. Cuentan que por las mañanas leía mucho; al mediodía conversaba con viejos conocidos y por las tardes salía a dar una vuelta.

Todos lo trataban con afecto, tal vez admirados por su extraña promesa de "dejar los huesos en Cuba". Eran los años 60 y ya no actuaba en la política, pero la seguía con sumo interés. Nunca recurrió a la violencia para combatir la Revolución. Lo hacía con su arma tradicional: el humor. En una oportunidad, alguien le sugirió que enviara un saludo al pueblo cubano y él le respondió: no, chico. Si cada vez que salgo a la calle lo único que veo son cartelones que dicen "saludamos Asamblea tal o Congreso mas cual", así que basta ya de saludos.

Los meses finales de su existencia fueron una búsqueda incesante del perfeccionamiento moral a través de la lectura de La imitación de Cristo, del místico alemán Thomas Kempis. Sin embargo, el tiempo no le alcanzó a Ramón Grau San Martín, pues el 28 de julio de 1969, a las 1025 de la noche, en la sala "P" del Hospital On'cológico habanero, la muerte le jugó una mala pasada.

 

FUENTES:

Ramiro Guerra y otros: Historia de la Nación Cubana. 1952.

Mario Kuchilán: Fabulario. Retrato de una época. 1970.

Julio Le Riverend: La República. 1973. Enrique de la Osa: En Cuba. Primer Tiempo. 1990.

Yoel Prado Rodríguez (Placetas, 1971)

Graduado de Periodisino en la Universidad de La Habana en 1994. Miembro del Consejo de Redacción de la revista "Amanecer", Diócesis de Santa Clara.